Secretos de una Noche
Ojos Carmesí
Karin no se dio prisa en el cuarto de baño, pues necesitaba aquella intimidad para recuperarse.
Siempre resultaba ligeramente alarmante aquella pérdida del yo, de la personalidad. Suigetsu no parecía sufrirla; él siempre estaba contento, y un poco soñoliento, cuando se separaba de ella. Oyó crujir la cama al moverse él, probablemente para apagar el cigarrillo.
No fumaba mucho, estaba intentando dejarlo, pero los momentos que seguían al sexo eran una de las ocasiones en las que más le costaba resistirse al tabaco. Hoy le había temblado un poco la mano al accionar el encendedor y había hecho bailar la débil llama.
Aquella delatora reacción hizo que Karin se ablandara por dentro, y permaneció más tiempo de lo normal en el baño para que él no lo notara. Ya era bastante malo que supiera cómo se desmandaba ella cuando lo tenía dentro, cómo gemía y se aferraba a él con las manos húmedas y agitando las caderas.
Por mucho que lo intentara, no podía permanecer quieta. Y además estaba muy húmeda allí abajo; oía los embarazosos sonidos acuosos que producía él al entrar y salir. En aquellos momentos no se sentía violenta, pues lo único en que podía pensar era la fiebre que la consumía por dentro, pero la vergüenza venía después.
No sucedía lo mismo con Orochimaru. Con Orochimaru podía contenerse; al parecer, él lo prefería así, y Karin sabía por qué: Orochimaru fingía que ella era Mito. No quería hacerlo con Orochimaru, pero al mismo tiempo sí lo deseaba. No podía decir que él la forzara, ni siquiera para hacerla sentirse mejor por lo que estaba haciendo. Amaba a Orochimaru, sin embargo... era casi como un padre.
No podía ocupar el puesto de su padre, nadie podría, pero Orochimaru había sido su mejor amigo y había sufrido mucho cuando papá se marchó de aquella forma. Orochimaru, en silencio, le había proporcionado un hombro sobre el que apoyarse, sobre el que llorar, si se daba el caso. A veces, en los primeros días de horror, Karin consiguió fingir un poco que él era en efecto su padre, que nada había cambiado.
Pero el fingimiento no duró mucho. La horrible impresión sufrida aquel día había alterado para siempre algo dentro de ella, y había aceptado que las cosas jamás serían perfectas. Papá no iba a volver; prefería vivir con aquella fulana en vez de estar con su familia. No quería a mamá y nunca la había querido.
Sin embargo, Orochimaru sí quería a mamá. Pobre Orochimaru. No se acordaba de cuál fue la primera vez que comprendió cómo se sentía él, cuando vio la devoción y la tristeza en sus ojos; pero fue varios años después de que se fuera papá. Fue más o menos cuando convenció por primera vez a mamá de que cenase con ellos.
Él conseguía de su madre más de lo que habían conseguido ella y Naruto. Quizá fuera la gentil, devota cortesía con que la trataba. Dios sabía que papá nunca había sido así; era educado y amable, pero se veía que se limitaba a actuar por pura fórmula y que en realidad no se preocupaba por ella como se preocupaba Orochimaru.
Recordaba la noche en que ocurrió por primera vez. Naruto se encontraba en Nueva Suna en un viaje de trabajo. Mamá había bajado a cenar, pero a pesar de los mimos de Orochimaru, estaba más deprimida de lo habitual y en realidad le costó un esfuerzo el mero hecho de cenar con ellos, y regresó a su habitación casi de inmediato, a pesar de sus ruegos. Cuando Orochimaru se volvió hacia Karin, ella vio desolación en sus ojos, e impulsivamente le puso una mano en el brazo con la intención de consolarlo.
Era una gélida noche de invierno. En el salón estaba encendido el fuego, de modo que entraron allí y Karin se dedicó a aliviar la expresión de aquellos ojos. Se sentaron en el sofá delante de la chimenea y hablaron reposadamente de muchas cosas mientras Orochimaru se tomaba una copa de coñac, su bebida favorita. La casa estaba en silencio, la habitación en penumbra sólo había una lámpara encendida.
El fuego crepitaba suavemente. Y a la luz de las llamas Karin debía de parecerse a su madre. Aquella noche llevaba el pelo recogido en un moño, y siempre se vestía con aquel estilo clásico y conservador que prefería mamá. Por todas aquellas razones, el coñac, la soledad, la habitación medio a oscuras, su propia desilusión, su parecido con mamá... sucedió.
Un beso se convirtió en dos, y luego en más. Sintió las manos de Orochimaru en el pelo, entre gemidos. Karin se acordaba de cómo le latía entonces el corazón, inundada por una sensación de miedo y de una compasión casi dolorosa. Orochimaru le tocó los pechos, casi con reverencia, pero sólo a través de la ropa. Y le subió la falda sólo lo suficiente para dejar al descubierto la parte esencial, como si no quisiera violar su pudor más de lo necesario.
Karin tenía un recuerdo borroso de carne desnuda, oculta pero sensible al tacto, cuando él se apretó contra ella, y después una aguda punzada de dolor y aquellos movimientos rápidos en su interior. Sin embargo, el tiempo no había difuminado el recuerdo de la voz rota de Orochimaru al murmurar «Mito» en su oído.
Por lo visto, Orochimaru no se dio cuenta de que él era el primero. En su mente, ella era mamá. Y en la mente de Karin, que Dios la ayudase, él era papá.
Aquello fue tan enfermizo que todavía sentía asco de sí misma. jamás había experimentado ningún deseo sexual hacia su padre; no había experimentado ningún otro, hasta que apareció Suigetsu. Pero en el tumulto de emociones de aquella noche, pensó: a lo mejor no se va, si yo le doy lo que no le quiere dar mamá.
Así que tomó el sitio de su madre y se ofreció sexualmente a modo de soborno para retener a papá en casa. Pobre Orochimaru... y pobre ella. Ambos eran sucedáneos de algo que ninguno de los dos podría tener nunca. Freud habría tenido mucho trabajo con ella.
Pero aquella noche fue la primera de muchas, a lo largo de los siete últimos años. Aunque no fueron tantas, pensándolo bien. Probablemente se había acostado con Suigetsu más veces en un solo año que con Orochimaru en siete. Orochimaru estaba avergonzado, le pedía disculpas, pero volvía a ella pues necesitaba hacerse la ilusión de tener a Mito en sus brazos, y Karin le permitía tomar el alivio que necesitaba. Jamás se aproximó a ella cuando estaba Naruto en casa, sólo cuando estaba de viaje.
La última vez había sido sólo dos días antes, cuando Naruto estuvo en Nueva Suna. Aquella noche fue a la oficina de Orochimaru, como de costumbre, y él se lo hizo en el sofá. Nunca tardaba mucho; jamás la desnudaba, ni se desnudaba él.
Después de siete años haciéndolo, Karin nunca lo había visto desnudo, y de hecho le había visto la cosa sólo unas pocas veces. Todavía seguía excusándose por su necesidad, como si ella fuese realmente Mito, y pensaba que el acto en sí era desagradable, de manera que terminaba lo más rápido posible y Karin se limpiaba y se iba a casa.
No era así con Suigetsu. Aún no sabía qué lo atraía de ella ni cómo había dejado que las cosas hubieran llegado tan lejos. Él había crecido en Konoha, de modo que lo conocía, sabía cómo se llamaba, había hablado con él toda la vida. Era mayor que Naruto, y cuando ella terminó la secundaria, él ya era agente de la oficina del sheriff.
Se había casado con su novia del instituto y habían tenido dos niños. Eran el matrimonio perfecto, y un día su mujer lo abandonó, así, de repente. Ella se mudó a Kusagakure y volvió a casarse un par de años más tarde. Sus hijos tenían ya diecisiete y dieciocho años, y mantenía buenas relaciones con ellos.
Suigetsu tenía buenas relaciones con todo el mundo, se dijo Karin curvando la boca en una sonrisa. Por eso lo eligieron sheriff cuando el sheriff Biwa se jubiló por fin tres años atrás. Era de verdad un buen tipo, desdeñaba los trajes en favor del uniforme y prefería las botas a los zapatos con lengüeta. Era un larguirucho de un metro ochenta de estatura, con pelo blanco azulado y amistosos ojos violetas, y un salpicado de pecas que le cruzaba la nariz. Un niño grande.
Un día, hacía un año, Karin fue a la ciudad y decidió almorzar en el restaurante del palacio de justicia, que tenía las mejores hamburguesas de todas. Mamá se habría horrorizado al ver que tenía un gusto tan plebeyo, pero a ella le encantaban las hamburguesas y de vez en cuando se daba el capricho. Estaba sentada a la pequeña mesa cuando entró Suigetsu, pidió también una hamburguesa y se disponía a regresar a su puesto cuando de pronto se detuvo junto a su mesa y le dijo si podía sentarse con ella. Karin, sorprendida, le dijo que sí.
Al principio estuvo un poco rígida, pero Suigetsu era capaz de ablandar las piedras. Enseguida estaban riendo y hablando con tanta naturalidad como si fueran amigos. Otro momento de extrañeza fue cuando él le pidió que cenaran juntos; sabía muy bien que su madre no lo aprobaría. Suigetsu Hõzuki no tenía nada de buen tono social.
Pero aceptó y, para sorpresa suya, él mismo preparó la cena, filetes a la parrilla, en el patio trasero de su casa. Ahora vivía en la pequeña granja en la que se había criado, cuyo vecino más próximo se encontraba a dos kilómetros carretera abajo, y Karin se relajó con la tranquila soledad de aquel hogar rural.
Se relajó lo bastante, después de cenar y bailar música country de la radio, para moverse despacio alrededor del pequeño cuarto de estar hasta dejarse llevar al dormitorio. No tenía pensado permitírselo, ni siquiera se le había ocurrido que él pudiera intentarlo, pero Suigetsu empezó a besarla, y sus besos fueron cálidos y lentos, y por primera vez en su vida experimentó la punzada del deseo en lo más profundo de su cuerpo.
Alarmada por lo que estaba sucediendo, y por lo deprisa que iba todo, de todos modos se quedó dentro del dormitorio y le dejó que le bajara la cremallera del vestido y después le quitara el sujetador. Nadie le había visto nunca los pechos desnudos, pero de pronto Suigetsu no sólo los vio, sino que además se puso a chuparlos. La presión de aquella boca hizo enloquecer a Karin, y ambos cayeron sobre la cama.
Suigetsu no era de los que penetraban discretamente, con los pantalones medio bajados; pronto estuvieron los dos desnudos, entrelazados el uno en el otro sobre las sábanas de algodón, y aquella punzada de deseo explotó en un desenfreno que aún hoy la alarmaba.
Una dama no actuaba de aquella manera, pero es que ella siempre había sabido que no era una dama. Su madre lo era, y Karin se había pasado la vida intentando ser como ella, para que la quisiera, pero siempre se había quedado corta. Su madre estaría horrorizada y asqueada si supiera que su hija pasaba varias horas a la semana en la cama con Suigetsu Hõzuki —¡precisamente había ido a escoger al sheriff!— follando como una coneja.
A veces Karin sentía rencor por las restricciones que le habían inculcado desde la cuna. Naruto no estaba sujeto ni confinado por todas las cosas que no debían hacer las señoritas. Era como si su madre hubiera descartado a Naruto como una causa perdida desde el instante de su nacimiento; él era varón, por lo tanto esperaba que actuase como un animal.
Como ella era una señora, no había hecho caso de las escapadas sexuales del padre y del hijo, aquellas cosas carecían de interés para ella, y esperaba que tampoco interesaran a su hija.
No funcionó así, aunque Karin lo intentó. Lo intentó de verdad, durante los primeros veinticinco años de su vida. Incluso después del aislamiento de su madre tras la fuga de papá, siguió intentándolo con la esperanza de que, si era buena, su madre no sufriría tanto el abandono de papá.
Pero siempre había ansiado más. Su madre era tan reservada y fría, perfecta, intocable. Su padre era cálido y cariñoso, la abrazaba, jugaba a pelearse con ella a pesar de que Mito desaprobaba semejante alboroto con su hija. Naruto era aún más físico que su padre; siempre ardió con un fuego interior que Karin reconoció desde muy temprana edad.
Se acordaba de una ocasión, cuando Naruto estaba de vacaciones en casa en su época universitaria, en la que se quedaron un rato de sobremesa tras la cena, charlando. Naruto estaba retrepado en su silla con aquella gracia gatuna que poseía, riendo mientras describía una broma que le habían gastado algunos de los jugadores de fútbol al entrenador, y en aquel momento percibió... no sabría explicarlo bien... una especie de sensualidad en estado silvestre en su forma de inclinar la cabeza, en el movimiento de la mano para levantar el vaso.
Miró a su madre y descubrió que ésta estaba observando fijamente a Naruto con una expresión de repulsión en la cara, como si se tratase de un animal asqueroso. Es que, en efecto, era un animal, naturalmente, un muchacho adolescente sano e indómito, rezumando testosterona. Pero no tenía nada de repulsivo, y Karin lo lamentó por él, por aquella desaprobación.
Naruto era un hermano maravilloso. No sabía lo que habría hecho sin él, en los días horribles que siguieron a la fuga de papá. Estaba tan avergonzada de su intento de suicidio que juró que nunca volvería a ser tan débil y suponer una carga para Naruto. Tuvo que hacer un gran esfuerzo, pero cumplió su promesa. No tenía más que mirarse las finas cicatrices de color pálido de sus muñecas para recordarse a sí misma cuál era el precio de la debilidad.
Al ver a Hinata Uchiha en el aparcamiento de la tienda de comestibles se quedó tan impresionada que, por primera vez en mucho tiempo, cayó en la antigua costumbre de recurrir enseguida a Naruto, esperando que él solucionase sus problemas.
Se sentía asqueada consigo misma por haberse desmoronado de aquella forma, pero cuando vio aquellos ojos de luna, uno ojos exóticos tan intensos como si se ahogara en ellos, estuvo a punto de parársele el corazón. Durante un instante de perplejidad pensó: ¡papá ha vuelto!, porque si Hanna estaba allí, seguro que su padre también.
Pero a papá no se lo veía por ninguna parte. Solamente estaba Hanna, con un aspecto más joven que cuando se marchó, lo cual era una verdadera injusticia. Alguien tan malvado y depravado como Hanna Uchiha debería llevar sus pecados escritos en la cara para que todo el mundo los conociera.
Pero el rostro que la miró a ella a su vez poseía un cutis exquisito, como siempre, sin una sola arruga a la vista. Los mismos ojos perlas y la misma boca grande, suave y sensual. No había cambiado nada. Y por un instante, Karin fue de nuevo la muchacha herida y desvalida que había sido antes, y fue corriendo a Naruto.
Sólo que no era Hanna; la mujer del aparcamiento era Hinata Uchiha, y Naruto se mostraba extrañamente reacio a utilizar su influencia en contra de ella. Karin no recordaba gran cosa de Hinata, sólo tenía un vago recuerdo de una niña escuálida que tenía el mismo pelo que su madre, pero aquello no importaba.
Lo que no fue vago en absoluto fue la punzada de dolor que sintió al verla, la acumulación de recuerdos, aquella vieja sensación de abandono y traición. Desde entonces le daba miedo ir a la ciudad, miedo de volver a tropezarse con Hinata y experimentar el escozor de la sal en aquella herida reabierta.
—¿Karin? —le llegó la voz perezosa de Suigetsu—. ¿Vas a dormir ahí, cariño?
—No, sólo estoy arreglándome —contestó, y abrió el grifo del lavabo para dar credibilidad a aquella mentira. Su reflejo le devolvió la imagen de su cara.
No estaba mal para tener treinta y dos años. Tenía el pelo rojo oscuro y brillante, sin una sola cana. Su rostro era de huesos finos, como el de su madre, pero poseía los ojos carmesí como la sangre. No tenía exceso de peso, y sus pechos eran firmes.
Cuando salió del cuarto de baño, Suigetsu estaba todavía tumbado desnudo en la cama y una lenta sonrisa iluminó su semblante al tiempo que le tendía una mano.
—Ven, arrímate a mí —la invitó, y a Karin el corazón le dio un vuelco. Volvió a subirse a la cama, a disfrutar del calor de los brazos de él. Suigetsu la acomodó contra sí con un suspiro de satisfacción, y movió su enorme mano para apretarle cariñosamente un pecho.
—Creo que deberíamos casarnos —dijo en un tono totalmente normal. Esa vez no sólo le dio un vuelco el corazón, sino que casi se le paró. Se lo quedó mirando con los ojos redondos, una mezcla de pánico y perplejidad.
—¿Casarnos? —balbuceó, y acto seguido se llevó las dos manos a la boca para contener la risita histérica que pugnaba por salir—. ¿Suigetsu y Karin Hõzuki? —La risa salió de todos modos.
Suigetsu mostró una ancha sonrisa.
—Dicho de esa manera... Puedo vivir con ello, si tú quieres. —Le acarició el pezón con el pulgar, disfrutando al ver cómo se erguía bajo su contacto—. Pero si tenemos un niño, le pondremos un nombre que empiece por cualquier letra que no sea una H.
Matrimonio. Hijos. Oh, Dios. Por alguna razón que desconocía jamás se había imaginado que Suigetsu quisiera casarse con ella. Ni siquiera había pensado en el matrimonio en relación consigo misma. Su vida se había congelado doce años atrás, y nunca había pensado que pudiera cambiar.
Pero nada es estático. Hasta las rocas cambian, limadas por el tiempo y los elementos. Orochimaru no había alterado el ritmo uniforme de su vida, pero Suigetsu había irrumpido en él como un cometa.
Orochimaru. Oh, Dios.
—Ya sé que no tengo mucho que ofrecerte estaba diciendo Suigetsu—. Seguro que esta casa no se parece en nada a lo que tú estás acostumbrada, pero estoy dispuesto a arreglarla como tú quieras; no tienes más que decirme lo que quieres que haga, y lo haré.
Otra sorpresa. Había vivido sus treinta y dos años de vida en la mansión Namikaze. Intentó imaginarse viviendo en otra parte, y no pudo. Doce años antes se habían venido abajo los cimientos de su vida, y desde entonces no había llevado bien ningún cambio, ni siquiera uno relativamente pequeño como comprarse un coche nuevo.
Naruto la había obligado finalmente a deshacerse del que tenía desde los diecinueve años, igual que, cinco años antes, la había obligado a decorar de nuevo su habitación. Llevaba años completamente harta de aquella decoración infantil, pero la idea de cambiarla la hacía sentirse aún peor. Supuso un alivio que Naruto trajese a un decorador un día en el que ella tenía cita con el dentista, y al regresar se encontró con el papel ya arrancado de las paredes y la moqueta levantada del suelo. Aun así, se pasó tres días llorando.
Era lo poco que quedaba de su vida anterior a la fuga de papá tal como era, y le dolía renunciar a ello. Cuando dejó de llorar y el decorador terminó su trabajo, quedó encantada con la habitación; la transición fue lo que le resultó doloroso.
—¿Cariño? —decía Suigetsu ahora, con un tinte de vacilación en la voz—. Lo siento, a lo mejor pensé que...
Karin se apresuró a taparle la boca con la mano.
—No se te ocurra rebajarte ante mí —le dijo en un tono grave y violento, dolida por dentro porque Suigetsu pudiera pensar ni por un segundo que ella se consideraba demasiado buena para él.
Era precisamente todo lo contrario: Suigetsu resultaba demasiado bueno para ella. Sólo dos días antes se había tumbado en el sofá de cuero de la oficina de Orochimaru y había dejado que éste la follara.
Una palabra desagradable. Un acto desagradable. No guardaba nada en común con el acto de amor de Suigetsu. No había sentido nada, excepto lástima, y alivio al terminar.
Si Suigetsu supiera lo de Orochimaru, ya no la desearía. ¿Cómo iba a desearla? Todo el año anterior creyó que le pertenecía sólo a él, y durante todo aquel tiempo ella había permitido que la follara un amigo de la familia, igual que durante los seis años anteriores.
No se sintió en absoluto culpable, por Orochimaru, cuando Suigetsu se convirtió en su amante. Con Orochimaru no sentía conexión alguna; ¿cómo iba a sentirla? Ni siquiera era ella la que lo hacía, sino su madre. Pero sí que la devoró el sentimiento de culpabilidad cuando fue con Orochimaru porque suponía una profunda traición a Suigetsu.
Tendría que decirle que aquello tenía que acabar, pero el viejo terror seguía habitando allí, enterrado en lo más profundo. Si dejaba de permitirle que la follara, ¿se marcharía? ¿Importaría algo que así lo hiciera? Ya no era una adolescente herida y confusa, ya no necesitaba a papá... o más bien a su sucedáneo.
Pero, ¿Qué pasaría con mamá si Orochimaru dejase de ir por casa? Él la amaba, pero, ¿podría soportar verla, tan lejana para él, si no tuviera el alivio de fingir que le hacía el amor?
—Te quiero —le dijo ahora a Suigetsu, con las lágrimas resbalando por sus mejillas—. Es que... jamás se me ha ocurrido que quisieras casarte conmigo.
—Tonta. —Le enjugó las lágrimas, y una sonrisa ladeada iluminó su rostro de niño grande . Me ha hecho falta un año para reunir el valor necesario y atreverme a pedírtelo, eso es todo —dijo sonrojándose.
Ella consiguió sonreír a su vez.
—Espero que a mí no me haga falta tanto tiempo para reunir valor y decirte que sí.
—Te da miedo, ¿eh? —preguntó, riendo.
—Cualquier... cambio me resulta muy difícil.
Tragó saliva, aterrada ante la perspectiva y con miedo de hablar de Suigetsu a su madre. Naruto ya estaba enterado, por supuesto; no era ningún secreto que se estaban viendo, pero nadie sospechaba que llevaban un año acostándose. Pero como su madre nunca iba ya a la ciudad y tampoco tenía amigas que la visitaran, no sabía nada de lo que estaba ocurriendo.
No iba a gustarle por dos razones. Primera, no le gustaría la idea de que Karin se casara con nadie, porque eso significaría que su prístina hija se vería sujeta al asqueroso contacto de un hombre. Dos, no le gustaría sobre todo si ese hombre era Suigetsu Hõzuki.
Los Hõzuki nunca habían sido otra cosa que granjeros pobres, y desde luego no se encontraban en el mismo estrato social que los Uzumaki y los Namikaze. El hecho de que Suigetsu fuera el sheriff no le hacía ganar puntos a sus ojos; se trataba solamente de un funcionario que ganaba un sueldo bueno pero nada espectacular.
Y tendría que contárselo a Orochimaru.
—Todo irá bien —dijo Suigetsu para reconfortarla—. Voy a empezar por reformar la casa. Deberá estar terminada en, pongamos, seis meses. Eso te dará tiempo suficiente para acostumbrarte a la idea, ¿no?
Karin levantó la vista hacia aquel amado rostro y dijo:—Sí.
Sí a todo. El corazón le latía con violencia. Se las arreglaría. Se lo diría a mamá y haría frente a su gélida desaprobación. A Orochimaru le diría que ya no podía seguir viéndolo. Le iba a doler, pero lo entendería. No abandonaría a mamá, era absurdo pensar siquiera en ello. Tenía que ver las, cosas como una persona adulta, no como una niña asustada.
Orochimaru ya no era sólo un amigo porque ella le había permitido que le metiera su cosa; era el representante legal de Naruto, y un amigo de la familia incluso ya antes de que naciera ella. Probablemente fuera sólo que había adquirido la costumbre de utilizarla. A lo mejor se alegraba de tener una excusa para dejar de hacerlo, a lo mejor se sentía tan culpable al respecto como se sentía ella.
Tenía que enderezar las cosas lo más posible. No podía fallar ni siquiera en lo más nimio, porque entonces se embrollaría todo. Ante ella se presentaba una vida normal, feliz, como el anillo dorado de un tiovivo, que podría ser suyo si lograba hacer lo correcto. La última vez, su sueño quedó destrozado por Hanna Uchiha...
Sus pensamientos sufrieron una sacudida. Aunque Suigetsu la tenía abrazada eufóricamente, una cara surgió ante ella: ojos perlas y grandes, una boca sensual que volvía locos a los hombres. Hanna seguía allí, en la forma de su hija.
Hinata tenía que irse. Su madre sería mucho más feliz si Hinata se marchara de la ciudad. Tal vez incluso la aprobase a ella, si fuera la que obligara a Hinata a largarse. Y si también participara Suigetsu...
Lo empujó con las manos en los hombros desnudos.
—Hay un problema.
Él la soltó con un suspiro de desilusión. La razón de aquella desilusión se movía nerviosa en su regazo.
—¿Cuál?
—Mi madre.
Suigetsu suspiró otra vez.
—¿Piensas que no va a gustarle la idea de que te cases conmigo?
—No va a gustarle la idea de que me case con quien sea —replicó Karin en tono arisco—. Tú no sabes... Va a enfadarse mucho.
Suigetsu estaba perplejo.
—Por Dios, ¿por qué?.
Karin se mordió el labio, incómoda por airear los trapos sucios de su familia.
—Porque eso significa que dormiré contigo.
—Naturalmente que vamos a... Oh. —Esta vez era él el incómodo. Probablemente se acordaba de todo aquel chismorreo acerca del acuerdo que tenían mamá y papá—. Supongo que no le gustan esas cosas.
—Odia sólo pensar en ello. Y ahora que Hinata Uchiha ha vuelto a Konoha, ya está alterada. —Karin lo iba llevando con cautela hacia donde quería que fuese—. Si Hinata se fuera otra vez, mamá estaría de mucho mejor humor, pero yo no sé cómo hacerlo. Naruto está intentando obligarla a marcharse, pero dice que no hay mucho que pueda hacer, que no es como antes.
Para su sorpresa, Suigetsu se quedó quieto y una expresión grave oscureció su rostro. Había desaparecido la alegría de un momento atrás.
—Sé cómo se siente. Yo tampoco querría hacer nada para echar a esa muchacha de otra casa más.
Karin retrocedió, molesta al ver que había respondido justamente lo contrario de lo que ella pretendía. Esperaba que lo hubiera entendido inmediatamente.
—¡Es una Uchiha! No puedo mirarla a la cara sin sentir asco...
—Ella no hizo nada —señaló Suigetsu en un tono razonable que hizo que le rechinaran los dientes—.Tuvimos problemas con todos los demás Uchiha, pero con ella, no.
—Físicamente es exacta a su madre. Mamá estuvo a punto de desmayarse cuando se enteró de que uno de los Uchiha había venido a vivir aquí.
—No existe ninguna ley que diga que no puede vivir donde se le antoje.
Como parecía costarle entender el meollo de la cuestión, Karin decidió hablar sin rodeos.
—Tú podrías hacer algo al respecto, ¿no? Naruto no está haciendo gran cosa, pero a ti se te podría ocurrir algún modo de obligarla a marcharse.
Pero Suigetsu negó con la cabeza, y a Karin se le encogió el estómago de decepción.
—Yo estuve allí la vez anterior —comenzó diciendo en un tono sobrio y con una expresión distante y sombría que oscurecía el violeta de sus ojos—. Cuando los sacamos de aquella choza en la que vivían. El resto de los Uchiha no tenían para mí la más mínima importancia, estuvo bien librarse de ellos, pero Hinata y el niño pequeño...
» bueno, ellos sufrieron. jamás olvidaré la expresión que tenía en la cara, apuesto a que Naruto todavía piensa en ello también. Es probable que por eso se lo esté tomando con calma esta vez. Dios sabe que yo no podría volver a hacerle nada parecido a esa muchacha.
—Pero si mi madre... —Karin se interrumpió. Suigetsu no iba a hacerlo. Él no lo comprendía, estaba claro, porque no vivía con mamá, porque no sabía el daño profundo que causaba su fría desaprobación. Controló su desencanto y le sonrió—. No importa. Ya me las arreglaré con mi madre.
¿Pero cómo? jamás había logrado arreglárselas con su madre, hacer que le resbalaran las cosas dolorosas que decía, igual que Naruto. Sabía que Naruto amaba a mamá, pero durante buena parte del tiempo no le hacía ningún caso. Karin aún se sentía igual que una niña nerviosa, intentando desesperadamente estar a la altura de las normas fijadas por mamá, y siempre quedándose corta.
Tendría que hacerlo. No podía perder a Suigetsu. Diría a Orochimaru que no podría seguir viéndolo y de algún modo —de algún modo— se libraría de Hinata Uchiha y conseguiría que mamá se sintiera tan feliz que no le importaría que ella se casara.
Continua
