Secretos de una Noche


Rompecabezas


Hinata colgó el teléfono con una expresión de perplejidad en el rostro. Aquélla era la sexta vez que llamaba al señor Yamanaka y no obtenía respuesta. El detective no tenía secretaria, esa función la desempeñaba su esposa, y cuando ésta murió no había tenido valor para reemplazarla.

El señor Yamanaka había dejado el hotel, o, mejor dicho, la llave había quedado encima de la mesita de noche y sus cosas habían desaparecido. La habitación había sido pagada por adelantado, así que aquello no tenía nada de insólito. Ella misma lo había hecho más de una vez.

Lo que no era normal era que no la hubiera llamado, habiendo dicho que lo haría. No podía creer que se le hubiera olvidado. Si no ocurriera algo malo, la habría llamado. Dado su estado de salud, Hinata temió que estuviera ingresado en un hospital y se encontrara demasiado enfermo para llamar. Incluso podía estar muriéndose, y ella no enterarse.

La idea de una muerte solitaria le oprimió el pecho. Por lo menos debería haber allí alguien que le cogiera la mano, como había hecho ella con Abiru. Aparte de estar tan preocupada por él, no sabía qué había encontrado ni a quién había interrogado. Tendría que continuar sola, sin la ventaja de saber qué respuestas había obtenido el detective.

No tenía una idea clara de cómo abordar el asunto, qué pistas buscar ni qué preguntas hacer, suponiendo que alguien quisiera hablarle. Las únicas personas que tal vez respondieran a sus preguntas serían los recién llegados, y éstos no estarían en situación de saber nada. Los antiguos residentes sí sabrían, pero obedecerían el edicto de Naruto de no tener relación con ella en absoluto.

Se le ocurrió una idea, y sonrió al imaginarlo. Por lo menos había una persona que sí hablaría con ella... de mala gana, pero hablaría.

Se pasó un cepillo por el pelo, se recogió la gruesa mata en un moño alto y la sujetó con unas cuantas horquillas dejando varios mechones sueltos alrededor de la cara y en la nuca. Hasta ahí llegaba su acicalamiento. Pocos minutos después de tomar la decisión, estaba ya de camino a Konoha, a la tienda de Kabuto.

Tal como esperaba, la señora Yakushi la descubrió nada más entrar por la puerta. Hinata la ignoró y se dirigió hacia la sección de lácteos, que se encontraba al fondo del establecimiento, a salvo del agudo oído de la mujer. No pasó mucho tiempo antes de que Kabuto se le acercase por los pasillos con paso presuroso y la cara congestionada tanto por la indignación como por el esfuerzo físico.

—Creo que no lo ha entendido bien —dijo ofendido, deteniéndose enfrente de Hinata—. Salga de mi tienda. Aquí no puede comprar nada.

Hinata no se movió del sitio y le obsequió una sonrisa serena.

—No he venido aquí a comprar. Quiero hacerle unas preguntas.

—Si no se va, llamo al sheriff —replicó el tendero, pero su semblante mostraba una expresión de nerviosismo.

El hecho de mencionar al sheriff hizo que a Hinata se le encogiera el estómago, probablemente la reacción que el otro esperaba. Se le puso rígida la espina dorsal, y se obligó a sí misma a no hacer caso de la amenaza.

—Si responde a mis preguntas —dijo en voz baja—, me marcharé en cuestión de minutos. Si no, su esposa se va a enterar de más de lo que usted quiere que sepa. —Ya puestos a proferir amenazas, ella también sabía plantear las suyas.

El hombre palideció y lanzó una mirada de inquietud a la parte delantera de la tienda.

—No sé de qué me está hablando.

—Bien. Mis preguntas no tienen que ver con mi madre. Quiero interrogarlo acerca de Jiraiya Namikaze. Él parpadeó, sorprendido y nervioso por aquel giro.

—¿De Jiraiya? —repitió.

—¿A quién más estaba viendo aquel verano? —quiso saber Hinata—. Sé que mi madre no era la única. ¿Recuerda algún chismorreo?

—¿Por qué quiere saber eso? No importa a quién estuviera viendo, porque con quien se fugó fue con Hanna, y con ninguna otra.

Hinata. consultó su reloj.

—Calculo que tiene unos dos minutos antes de que venga aquí su esposa a ver qué está pasando.

Él la miró furioso, pero dijo a regañadientes:

—Creo que se veía con Anko Mitarashi, la secretaria de Orochimaru Akatsuki. Orochimaru era el mejor amigo de Jiraiya. Pero no sé si eso será verdad, porque ella no pareció muy dolida cuando se fue Jiraiya. Había una camarera del Jimmy Jo's, no recuerdo cómo se llamaba, pero Jiraiya la veía de vez en cuando. Ya no está allí. También oí contar que tenía un lío con Tsunade Senju. Jiraiya se movía mucho. No me acuerdo exactamente de todas las mujeres con quienes andaba liado.

Tsunade Senju Debía de tratarse de la mujer del ex alcalde.

—¿Era de conocimiento general? —preguntó Hinata—. ¿Había por ahí algún marido celoso?

Kabuto se encogió de hombros y volvió a mirar hacia la parte delantera del establecimiento.

—Quizá lo supiera el alcalde, pero Jiraiya donaba mucho dinero para sus campañas, de modo que dudo que a Madara Foster le hubiera fastidiado mucho enterarse de que Tsunade estaba... bueno, recaudando donaciones. —Esbozó una sonrisita, y Hinata pensó lo mucho que le desagradaba aquel hombre y también recordó el ex alcalde.

—Gracias por la información— dijo, y dio media vuelta para marcharse.

—¿Va a volver por aquí? —quiso saber el tendero, nervioso.

Ella se detuvo y le dirigió una mirada reflexiva.

—Puede que no —contestó—. Llámeme si se le ocurren más nombres. —Y a continuación salió de la tienda con paso rápido sin siquiera mirar a la señora Yakushi.

Dos nombres, más la posibilidad de la camarera desconocida. Ya era algo por donde empezar. Sin embargo, lo que la intrigaba era que se hubiera mencionado al mejor amigo de Jiraiya, Orochimaru Akatsuki. Ése era quien probablemente tendría las respuestas a muchas de sus preguntas.

Los Akatsuki eran una de las familias más antiguas y adineradas de la zona, no en el mismo grado que los Namikaze, pero es que tampoco había nadie más que estuviera a su nivel. Conocía el apellido, pero no conseguía sacar a la luz ningún recuerdo de ellos. Ella sólo tenía catorce años cuando se marchó, y era más introvertida que la mayoría, pues se guardaba para sí lo más posible.

Solamente había prestado atención a las personas que tuvieron contacto directo con su familia, y por lo que recordaba, jamás había conocido a ninguno de los Akatsuki. Sin embargo, era probable que Orochimaru aún viviera allí; aparte del caso de Jiraiya Namikaze, las viejas fortunas tendían a permanecer en un solo sitio.

Fue hasta la cabina telefónica que había al final del aparcamiento y buscó a los Akatsuki. El domicilio figuraba como «Orochimaru Akatsuki, abogado». Debajo aparecía el número de «Akatsuki y Hatake, abogados».

Se imaginó que aquélla era una ocasión tan buena como cualquier otra, de modo que introdujo una moneda en la ranura y marcó el número del bufete de abogados. Una voz musical contestó al segundo timbre.

Hinata dijo:—Me llamo Hinata Inuzuka. ¿Podría el señor Akatsuki recibirme hoy?

Se produjo una minúscula pausa que le indicó que habían reconocido su nombre, y seguidamente dijo la voz musical:—Estará toda la mañana en los juzgados, pero puede recibirla esta tarde a la una y media, si le viene bien a usted.

—Perfecto. Gracias.

Cuando colgó, se preguntó si aquella voz musical pertenecería a Anko Mitarashi, que era la secretaria del señor Akatsuki en la época en que ocurrió todo, o si se trataría de otra persona.

Disponía de casi tres horas por llenar, a no ser que quisiera irse a casa y regresar de nuevo. El estómago le hacía ruidos para recordarle que la tostada que se había comido a las seis y media hacía mucho que se había esfumado.

No sabía si la atenderían en alguno de los restaurantes de la ciudad o si la influencia de Naruto alcanzaba también a aquellos. Se alzó de hombros. Ningún momento era mejor que aquél para averiguarlo.

En la plaza había un pequeño café. Nunca había estado en él, pensó mientras estacionaba el coche casi justo enfrente de la puerta. jamás había salido a comer hasta que fue a vivir con los Sarutobi y éstos le mostraron las maravillas de los restaurantes.

El hecho de pensar en ellos la hizo sonreír mientras entraba en el café, fresco y en penumbra, y tomaba nota mentalmente de llamarlos esa noche. Procuraba mantener el contacto llamándolos por lo menos una vez al mes, y casi había pasado ese tiempo desde la última ocasión.

Los clientes escogían mesa, así que Hinata eligió un hueco situado en la parte posterior del establecimiento. Se le acercó con diligencia una mujer joven, baja y rechoncha, de rostro agradable.

—¿Qué quiere para beber?

—Té dulce. —Se daba por hecho que el té era helado, a no ser que uno especificara que lo quería caliente. Normalmente sólo había que elegir entre dulce y no dulce.

La camarera salió disparada por el té, y Hinata echó un vistazo al menú de plástico. Acababa de decidirse por la ensalada de pollo cuando alguien se detuvo frente a su mesa.

—¿Es usted Hinata Uchiha?

Se puso tensa, preguntándose si le iban a decir que se fuera. Levantó la vista hacia la mujer que estaba de pie.

—Sí, así es.

La mujer le resultó vagamente familiar, ojos castaños, pelo castaño recogido en dos moños y una cara de mandíbula cuadrada y hoyuelos en las mejillas. Era de un metro sesenta más o menos, y poseía el humor fresco de una animadora de fútbol.

—Ya me parecía. Ha pasado mucho tiempo, pero resulta difícil olvidar esos ojos. —La mujer sonrió—. Yo soy Tenten Bruce... Bueno, ahora es Johrison. Yo estaba en tu clase en el colegio.

—¡Naturalmente! —Nada más oír el nombre, le vino a la memoria aquel rostro—. Me acuerdo de ti. ¿Qué tal estás?

Tenten nunca había sido amiga suya, no tenía amigas, pero tampoco había tomado parte en ninguna de las crueles burlas que soportó Hinata. Ella, por lo menos, había sido atenta.

Sin embargo, ahora la expresión de sus ojos era abiertamente amistosa.

—¿Te apetece sentarte conmigo? —la invitó Hinata.

—Sólo un minuto —contestó Tenten deslizándose en el asiento de enfrente. La camarera regresó trayendo el té de Hinata y tomó el pedido de la ensalada de pollo. Cuando estuvieron solas otra vez, Tenten dijo con una sonrisa irónica—: Este lugar es propiedad de la familia de mi marido, y yo lo dirijo. Espero una entrega de un momento a otro, y tendré que supervisarla.

Como Naruto ya sabía lo de la agencia, no había motivo para no hablar de ella, así que Hinata dijo:—Yo estoy haciendo novillos. Tengo una agencia de viajes en Kirigakure, y en realidad debería haberle dicho a mi gerente que iba a estar aquí, pero olvidé llamarla antes de salir de casa.

Una vez quedaron establecidas sus respectivas posiciones sociales y económicas, se sonrieron la una a la otra como iguales. Hinata experimentó una cálida oleada de placer. Incluso después de haberse ido a vivir con los Sarutobi y asistir al instituto, no había tenido ninguna amiga; seguía siendo demasiado introvertida y estaba demasiado traumatizada para formar amistades.

No fue hasta que entró en la universidad cuando comenzó a tener amigos, y la aceptación natural de sus compañeras de cuarto supuso una revelación. Tímida al principio, se abrió rápidamente y empezó a disfrutar de tomar parte en los rituales femeninos que habían estado cerrados para ella de niña: las noches enteras de charla, las risas y bromas, el intercambiarse ropas y maquillajes, el frenesí de arreglarse por las mañanas, el compartir el espejo del baño con la compañera de habitación.

Participó por primera vez en el interminable análisis del turbio misterio que eran los hombres, o más bien escuchaba sonriendo ligeramente por la ingenuidad de sus amigas. Aunque en aquel punto muchas de sus compañeras ya habían tenido relaciones sexuales y Hinata aún era virgen, se sentía infinitamente mayor, más experimentada. Ellas todavía veían a los hombres a través del cristal rosa del romance, mientras que ella no tenía aquellas fantasías.

Pero la amistad femenina le había supuesto una dicha especial, y miró a Tenten Johrison con la esperanza de encontrar la misma vibración en ella.

—¿Adónde te trasladaste, cuando te fuiste? —preguntó Tenten en un tono de naturalidad que resplandeció por encima de las circunstancias en las cuales se había marchado de Konoha.

—A Sunagakure. Después me mudé a Nueva Suna, donde empecé la universidad, y más tarde a Kirigakure.

Tenten suspiró.

—Yo nunca he vivido en otro sitio más que éste, ni creo que lo haga. Antes pensaba en viajar, pero entonces fue cuando me casé y llegaron los hijos. Tenemos dos —dijo, con una sonrisa luminosa—. Un niño y una niña. Teniendo ya uno de cada, parecía un buen momento para parar. ¿Y tú?

—Soy viuda —respondió Hinata. Sus ojos se ensombrecieron con el velo de tristeza que siempre sentía al hablar de Kiba, muerto tan joven y tan innecesariamente—. Me casé nada más terminar la universidad, y antes de que pasara un año él murió en un accidente de coche. No teníamos hijos.

—Eso es muy duro. —En la voz de Tenten había una sinceridad genuina—. Lo siento mucho. Me imagino lo que sería perder a mi esposo. A veces me pone furiosa, pero es mi roca, siempre está cuando lo necesito. —Calló durante unos instantes, y después la sonrisa volvió a su cara—. ¿Qué te trae otra vez por Konoha? Me parece lógico irse de Konoha para vivir en Kirigakure, pero no al contrario.

—Es mi hogar. Quería regresar.

—Bueno, no quiero ser entrometida ni maleducada, pero en tu lugar Konoha sería el último sitio donde querría vivir. Después de lo que sucedió, me refiero.

Hinata le dirigió una mirada rápida, pero no vio malicia alguna en la expresión de Tenten, tan sólo una cierta atención observadora, como si todavía no hubiera tomado una decisión acerca de Hinata.

—No ha sido un mar de rosas —repuso, y decidió que podía ser tan franca como ella—. No sé si lo habrás oído o no, pero a Naruto Namikaze no va a gustarle nada enterarse de que me has atendido. Imagino que está diciendo a todos los comerciantes que no quiere que hagan negocio conmigo.

—Oh, ya lo he oído —dijo Tenten, y sonrió abiertamente al tiempo que desaparecía parte de la actitud anterior—. Pero a mí me gusta decidir por mí misma acerca de las personas.

—No quiero causarte problemas.

—No me los causarás. Naruto no es vengativo. —Hizo una pausa—. Ya veo que puedes no estar de acuerdo conmigo. Desde luego que no querría tenerlo por enemigo, pero no va a volverse mezquino sólo porque te hayas tomado aquí una ensalada de pollo.

—Aquí todo el mundo parece tomarlo en serio.

—Posee gran influencia —admitió Tenten.

—¿Pero no contigo?

—Yo no he dicho eso. Es que me acuerdo de ti del colegio. Tú no eras como las demás. Si se tratara de Shion, bueno... no estaría aquí sentada, esperando su ensalada de pollo. Pero tú puedes venir cuando quieras.

—Gracias, pero si tienes algún problema, házmelo saber.

—Eso no me preocupa. —Tenten sonrió cuando la camarera depositó el plato de pollo sobre la mesa—. Si Naruto tuviera la intención de ponerse en plan duro al respecto, lo habría dicho. Una cosa que tiene Naruto es que uno no tiene que interpretarlo entre líneas; dice siempre lo que piensa, y piensa lo que dice.

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La secretaria de Orochimaru Akatsuki seguía siendo Anko Mitarashi, según rezaba la placa que había encima de su mesa. La mujer que se sentaba detrás de la misma podría ser holgadamente cincuentona, llevaba cada uno de esos años marcado en el rostro, y el cabello con un fino corte a lo chico.

Al mirarla, intentando restarle una docena de años, Hinata no se la imaginó como el tipo de mujer que perseguiría Jiraiya Namikaze. Éste tenía un gusto que se inclinaba más por las mujeres llamativas, no por aquélla tan discreta y de mirada abiertamente curiosa.

—Se parece usted a su madre — dijo por fin Anko ladeando la cabeza ligeramente al estudiar la cara de Hinata—. Con alguna que otra diferencia, pero en conjunto podría ser ella.

—¿Usted la conoció? —quiso saber Hinata.

—Sólo de vista. —Señaló el sofá con un gesto—. Siéntese. Orochimaru todavía no ha vuelto de comer.

Justo cuando Hinata tomaba asiento, se abrió la puerta y entró por ella un hombre esbelto y apuesto. Vestía de traje, una rareza en Konoha, a no ser que uno fuera precisamente un abogado que se había pasado la mañana en los tribunales. Miró a Hinata y se sobresaltó visiblemente, luego se relajó y una sonrisa apareció en su boca.

—Usted debe de ser Hinata. Dios sabe que no podría ser nadie más, a no ser que Hanna hubiera descubierto la Fuente de la Eterna juventud.

—Eso es lo que pensé yo —dijo Anko, volviéndose hacia él, y por un instante la expresión de sus ojos se hizo patente. Hinata se apresuró a bajar la vista. Por lo que acababa de ver, dudaba mucho de que Anko hubiera tenido relación alguna con Jiraiya, porque estaba muy enamorada de su jefe. Se preguntó si lo sabría el señor Akatsuki, y con la misma rapidez decidió que no. No había ni rastro de ello por su parte.

—Entre —invitó Orochimaru, acompañando a Hinata a su despacho por delante de él y cerrando después la puerta—. Sé que debemos de parecerle maleducados al hablar así de usted. Perdone. Es que el parecido es tan pronunciado, y sin embargo, fijándose bien, las diferencias son obvias.

—Por lo visto, todo el mundo tiene la misma reacción cuando me ve por primera vez —admitió Hinata sonriente. Resultaba fácil sonreír a Orochimaru Akatsuki.

Era de la clase de hombres a los que iba refinando la edad; siempre esbelto, iba adelgazando incluso más con el paso de los años. Su cabello oscuro se había vuelto gris en las sienes, y sus ojos mostraban arrugas de patas de gallo, pero fácilmente parecía estar a mitad de la cuarentena en vez de ser ya cincuentón. Su aroma era verde claro, fresco como la hierba recién cortada.

—Por favor, siéntese —dijo, y a continuación se acomodó en su sillón—. ¿En qué puedo ayudarla?

Hinata tomó asiento en el sofá de cuero.

—De hecho, vengo por razones personales, y ahora me doy cuenta de que no debería ocupar su horario de trabajo...

Él sacudió la cabeza en un gesto negativo, sonriendo.

—Es un placer para mí. Dígame qué es lo que la preocupa. ¿Se trata de Naruto? He intentado convencerlo de que la deje en paz, pero él se siente muy protector con su madre y su hermana y no quiere que nada las altere.

—Entiendo muy bien la postura de Naruto —dijo Hinata secamente. No he venido por eso.

—Ah.

—Quería hacerle unas preguntas acerca de Jiraiya Namikaze. Usted era su mejor amigo, ¿no es así?

Él le dirigió una débil sonrisa.

—Supongo que sí. Crecimos juntos.

¿Debería decirle que, después de todo, Jiraiya no se había fugado con Hanna? Jugó con la idea, pero al final la desechó. Por muy amable que pareciera, no podía olvidar que era un viejo amigo de la familia Namikaze. Tenía que contar con la posibilidad de que todo lo que le contase iría a parar directamente a Naruto.

—Siento curiosidad por él —dijo finalmente—. Aquella noche mi familia quedó destrozada, igual que la de Naruto. ¿Cómo era? Ya sé que no era fiel a mi madre más que a su esposa; entonces, ¿por qué, de repente, se le ocurrió abandonarlo todo, su familia, sus negocios, para estar con ella?

—No creo que realmente quiera que le responda a eso —replicó Orochimaru, irónico—. Para decirlo de manera educada, Hanna era una mujer fascinante, al menos para los hombres. Físicamente era... Bueno, Jiraiya era muy sensible a la sensualidad de Hanna.

—Pero ya tenía una aventura con ella. No tenían motivos para fugarse.

Orochimaru se encogió de hombros, un gesto muy galo.

—Yo tampoco lo he entendido nunca.

—¿Por qué no se limitó a divorciarse?

—Una vez más, no tengo respuesta para eso. Quizás a causa de su religión. Jiraiya no iba habitualmente a misa, pero tenía sentimientos religiosos más fuertes de lo que cabría esperar. A lo mejor pensó que sería más fácil para Mito no divorciarse de ella, dejarlo todo en manos de Naruto y marcharse. Sencillamente no lo sé.

—¿Dejarlo todo en manos de Naruto? —repitió Hinata—. ¿Qué quiere decir?

—Lo siento —dijo él con suavidad—. No puedo divulgar detalles de los tratos financieros de mis clientes.

—No, claro que no. —Hinata retrocedió—. ¿Recuerda algo más de aquel verano? ¿Con quién más estaba viéndose Jiraiya?

El abogado pareció sorprenderse.

—¿Por qué quiere saberlo?

—Como le he dicho, siento interés por él. Por su culpa, no he visto a mi madre desde aquel día. ¿Era simpático? ¿Tenía honor, o era sólo un mujeriego?

Él la miró fijamente durante unos instantes, y el dolor asomó a sus ojos.

—Jiraiya era el hombre más simpático del mundo —dijo al fin—. Yo lo quería como a un hermano. Siempre estaba riendo, gastando bromas, pero si yo lo necesitaba para algo, acudía como una bala. Su matrimonio con Mito supuso una decepción para él, pero aun así me sorprendió cuando se fue, porque estaba muy unido a Naruto y a Karin. Era un marido terrible, pero un padre maravilloso.—Bajó los ojos y se miró las manos—. Han pasado doce años —dijo suavemente— y todavía lo echo de menos.

—¿Llamó alguna vez? —preguntó Hinata—. ¿O se puso en contacto con su familia de alguna forma?

El abogado negó con la cabeza.

—No, que yo sepa.

—¿Con quién más se estaba viendo aquel verano, además de Tsunade Senju?

Una vez más, la pregunta lo sobresaltó. Alzó las cejas y cuando habló lo hizo en tono de reprimenda.

—Nada de eso importa. Como no dejo de decirle a Naruto, eso es ya el pasado, hay que olvidarlo. Aquel verano fue muy doloroso, y mantenerlo vivo no le hace bien a nadie.

—Yo no puedo olvidarlo cuando no lo olvida nadie de este lugar. Por muy triunfadora o respetable que sea ahora, algunas personas de aquí me siguen considerando basura. —Le tembló ligeramente la voz al pronunciar la última palabra. No era su intención dejar que su control se tambalease, y se sintió a la vez irritada y violenta por ello. Sin embargo, a veces el dolor conseguía aflorar.

Orochimaru debió denotarlo, porque su expresión cambió y rápidamente fue a sentarse junto a ella, cogiéndole una mano ente las suyas.

—Sé que para usted ha sido difícil —dijo con dulzura—. Ya cambiarán de opinión, cuando la conozcan mejor. Y Naruto se suavizará con el tiempo. Como digo, reaccionó así porque es muy protector con su familia, pero básicamente es un hombre justo.

—Y despiadado —añadió Hinata.

Una sonrisa triste tocó el rostro del abogado.

—Eso también. Pero no carece de amabilidad, créame. Si hay algo que yo pueda hacer para que cambie de opinión, le prometo que lo haré.

—Gracias —dijo Hinata. Aquello no era por lo que había venido a verlo, pero él era demasiado consciente para divulgar detalles personales de sus clientes y amigos. Con todo, la visita no resultó una pérdida de tiempo; tuvo la impresión de que podía tachar de la lista a Anko Mitarashi sin problemas.

Se fue, y regresó a casa meditando sobre la magra información que había obtenido aquel día. Si Jiraiya había sido asesinado, Madara o Tsunade Senju parecían ser los sospechosos más probables. Se preguntó cómo podría concertar una cita con alguno de los dos. Y también se preguntó dónde estaría el señor Yamanaka, y si se encontraría bien.

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—Hoy he visto a Hinata —dijo Orochimaru aquella noche, cuando estudiaba unos documentos en compañía de Naruto. Tomó su copa de coñac y observó con atención al otro por encima del borde del cristal—. A primera vista, el parecido resulta inquietante, pero si uno se fija, no hay forma de confundirla con Hanna. ¿No es curioso que Hanna fuera más hermosa pero que Hinata resulte más atractiva?

Naruto levantó la vista. Sus ojos mostraban una expresión irónica cuando se cruzaron con los de Orochimaru.

—Sí, ya me he dado cuenta de lo atractiva que es, si es eso lo que me preguntas. ¿Dónde la has visto? —Cogió su copa, la llenó de su whisky escocés favorito y saboreó su gusto penetrante en la lengua.

—En mi despacho. Vino a interrogarme acerca de Jiraiya.

Naruto estuvo a punto de ahogarse. Dejó la copa en la mesa con tal ímpetu que hizo que el whisky oscilara peligrosamente cerca del borde.

—¿Cómo? ¿Qué diablos quería saber de papá? —La idea de que Hinata preguntase nada acerca de su padre lo puso furioso.

Fue una reacción automática; por un momento no se trataba de Hinata, la persona, sino de una Uchiha, con todas las connotaciones que suscitaba aquel apellido. Él la deseaba con una necesidad tan imperiosa que lo alarmaba y asqueaba a la vez, pero no quería que nada suyo tocase a su familia. No quería que Karin ni Mito quedaran expuestas a ella, y desde luego no quería que anduviera preguntando por su padre. Jiraiya ya no estaba. Su ausencia, su traición, era una herida que seguía estando muy próxima a la superficie y que sangraba al menor rasguño.

—Quería saber cómo era, si alguna vez se había puesto en contacto con ustedes, si estaba viéndose con alguien más aquel verano.

Furibundo, Naruto se levantó a medias del sillón, con la intención de ir a su casa en aquel mismo momento y poner las cosas en claro con ella, pero Orochimaru lo detuvo poniéndole una mano en el brazo.

—Tiene derecho a saberlo —dijo blandamente—. O por lo menos a sentir curiosidad.

—¡Y una mierda! —exclamó Naruto.

—Ella tampoco ha visto a su madre desde entonces.

Naruto se quedó petrificado un instante, y luego volvió a dejarse caer en el sillón. Maldita sea, Orochimaru tenía razón. Dolía, pero tenía que admitir la verdad. Él, por lo menos, era un hombre adulto, si bien inexperto en los negocios, cuando desapareció Jiraiya; Hinata sólo tenía catorce años y estaba desamparada y vulnerable como una niña.

No sabía qué había sido de su vida entre entonces y ahora, excepto que era viuda y que era la propietaria de una agencia de viajes de éxito, pero apostaría hasta el último centavo que le quedase a que no le había resultado placentera. Vivir con Fugaku Uchiha y aquellos dos matones de hermanos, además de la puta de su hermana, no pudo resultarle fácil. Tampoco debió de serle fácil antes, pero al menos estaba Hanna.

—Déjala tranquila, Naruto —dijo Orochimaru suavemente—. Se merece algo mejor que el recibimiento que está teniendo de algunas personas, y parte de ello es culpa tuya.

Naruto cogió su copa y dio vueltas al whisky, contemplando el color ámbar del líquido.

—No puedo —respondió en tono hosco. Se levantó y fue con la copa hasta la ventana, donde se detuvo observando su reflejo en el cristal y la oscuridad que se abría enfrente. Bebió otro sorbo para tomar fuerzas—. Tiene que marcharse antes de que yo haga algo que de verdad perjudique a Karin y a mi madre.

—¿Cómo qué? —preguntó Orochimaru, confuso.

—Digamos solamente que, en lo que concierne a Hinata, estoy entre la espada y la pared. La pared es mi familia, y la espada... —miró a su alrededor con una expresión irónica en los ojos—... la tengo dentro de los pantalones.

Orochimaru lo miró fijamente con gesto abatido.

—Dios mío.

—Debe de ser algo genético. —Aquélla era la única explicación posible, pensó con gravedad.

Había heredado la polla de su padre. Si le plantaban delante una Uchiha, se le ponía dura. No, no cualquiera de las Uchiha; dos de ellas lo dejaron frío. Pero Hinata... Su cuerpo no tenía nada de frío cuando Hinata estaba en cualquier sitio dentro de un kilómetro a la redonda.

—No puedes hacerle eso a tu madre —dijo Orochimaru en un susurro—. La humillación la mataría.

—¡Diablos, ya lo sé! Por eso quiero que Hinata se vaya antes de que yo cometa una estupidez. —Se volvió para mirar a Orochimaru, todavía con aquella expresión mezcla de diversión y furia en los ojos—.Pero yo no soy el único que se siente atraído por ella, maldita sea. Si lo fuera, la cosa resultaría más fácil. La otra noche fui a su casa para plantearle una propuesta: Si no quería marcharse de esta zona, yo le compraría una casa en cualquier ciudad cercana, mientras no fuera dentro de este pueblo.

» De ese modo podríamos vernos sin hacer daño a nadie. Había allí un hombre, cenando con ella, y me puse tan celoso que la acusé de tener un viejo protector. —Sacudió la cabeza y no suavemente para sí—.¿Qué te parece? El viejo parecía más frágil que un palillo de dientes, pero iba vestido como si hubiera salido de los años cincuenta, y lo único que se me ocurrió pensar fue que estaba intentando llevársela a la cama.

—¿Qué viejo? —preguntó Orochimaru con evidente curiosidad—. ¿Alguien que yo conozca?

—Era de Nueva Suna. Se apellidaba Yamanaka. Estaba tan fuera de mí que no recuerdo si Hinata mencionó el nombre de pila. Dijo que era socio suyo.

—¿Ah, sí?

Naruto se encogió de hombros.

—Probablemente. Hinata es dueña de una agencia de viajes y tiene una sucursal en Nueva Suna.

—¿Es la dueña?

—Se las ha arreglado bastante bien sola, ¿verdad? —Otra vez aquella punzada de orgullo—.Comenzó en Kirigakure. No sé cuántas sucursales posee, pero tengo una persona recopilando información sobre ella. Tiene que mandarme un informe cualquier día de éstos.

—Si no se va, ¿vas a intentar arruinarle el negocio? —preguntó Orochimaru, pero con menos brusquedad de lo que había esperado Naruto.

—No. Por una parte, no soy tan hijo de puta. Por otra, si lo hiciera, adiós a mis posibilidades con ella.—Torció la boca en una sonrisa irónica—. Decide tú cuál de los dos motivos es el más importante.

Orochimaru no le devolvió la sonrisa.

—Es una situación embrollada. Si estás completamente decidido a tener una relación con ella...

—Lo estoy —dijo Naruto, echándose al coleto el resto del whisky.

—En ese caso, no puede vivir aquí. Mito quedaría destrozada.

—Me preocupa más Karin que mamá.

Orochimaru parpadeó, como si no hubiera tenido en cuenta a Karin. Y probablemente no; toda su atención estaba centrada en Mito. Por supuesto, estaba al corriente del intento de suicidio de Karin; no fue posible mantenerlo en secreto, y menos con la conmoción que produjo en la consulta del doctor Nara.

Y de todos modos Karin no hacía nada por ocultar las cicatrices. Era demasiado orgullosa para permitirse tomar el camino cobarde de llevar manga larga o pulseras anchas.

—Karin es ahora mucho más fuerte que antes —dijo Orochimaru por fin—. Pero Mito no tiene dónde apoyarse. Al principio pensé, y todavía lo pienso, que debería enfrentarse a los hechos y seguir con su vida, pero si descubriera que tú tienes una aventura con Hinata... No, no podría soportarlo. Puede que intentase suicidarse.

Naruto sacudió la cabeza en un gesto negativo, asombrado de que Orochimaru conociera a Mito desde hacía tantos años y no comprendiera que era demasiado egocéntrica para hacerse daño. La miopía del amor sólo le dejaba ver su belleza serena, perfecta, inalcanzable. Era su vena romántica, extraña característica en un abogado.

—Tiene que irse —dijo Orochimaru con pesar.


Continua