Secretos de una Noche


Tentación


Se miraron el uno al otro por espacio de un minuto a través del pequeño trecho de agua. La mente de Hinata, presa del pánico, trabajaba a toda velocidad, buscando una buena razón para justificar su presencia, pero su habitual agilidad mental ahora estaba paralizada causa de la impresión. Creía que estaba completamente sola, y de pronto se topó con Naruto, precisamente...

Naruto semidesnudo, además. No era justo. Cuando trataba con él necesitaba estar plenamente cabal, no podía permitirse que la distrajera la visión de aquel pecho ancho y desnudo y aquel cabello suelto sobre los hombros.

Él empezó a recoger el corcho con movimientos rápidos y precisos. Prefiriendo la precaución al valor, Hinata echó a correr por el embarcadero haciendo crujir los tablones. Naruto tiró la caña de pescar y rodeó a toda velocidad el cobertizo para botes. Hinata, jadeando, apretó la zancada; si lograra llegar al inicio del bosque antes que él, ya no podría atraparla.

Ella era más pequeña, más esbelta, y podría avanzar regateando entre árboles que él tendría que rodear. Pero por muy rápida que fuera, Naruto seguía teniendo la velocidad de un defensa de fútbol. Lo vio por el rabillo del ojo, demasiado cerca, ganando terreno a cada zancada.

La venció por una fracción de segundo bloqueándole el paso con su gran cuerpo justo al final del embarcadero. Hinata intentó parar, pero ya lo tenía encima, y los zapatos que llevaba no estaban diseñados para la tracción. Chocó de frente contra su pecho, y el impacto hizo que se le escapara el aire de los pulmones con una exclamación.

Naruto soltó un gruñido y retrocedió unos pasos, pero sus brazos llegaron justo a tiempo de aferrar a Hinata contra él e impedir que cayera de bruces. Recuperó el equilibrio y dejó escapar una risa amortiguada al tiempo que rodeaba a Hinata con sus brazos, sin dejar que hiciera contacto con el suelo.

—No ha estado mal el golpe, para un peso ligero. Y también ha sido buena la velocidad. ¿Adónde ibas con tanta prisa, ojos de luna? Y, antes que nada, ¿qué diablos estás haciendo aquí?

Hinata forcejeó intentando respirar, aspirando aire a bocanadas para llenar sus doloridos pulmones. ¡Dios, era más duro que una roca! Probablemente se habría causado alguna magulladura al estamparse contra él de aquel modo. Al cabo de unos instantes logró decir:

—Recordar viejas historias —y empujó contra los hombros desnudos de Naruto para darle a entender que la dejara en el suelo.

Él soltó un bufido y no hizo caso.

—Estás violando una propiedad privada. Tendrás que buscar una razón mejor que ésa.

—Curiosidad —propuso sin aliento, pues todavía el oxígeno que le llegaba era más bien poco. La fuerza de los brazos de Naruto estorbaba sus esfuerzos por inhalar aire. Se debatió contra él, pero se rindió de inmediato. La fricción de su piel desnuda resultaba una distracción demasiado peligrosa.

—Eso sí me lo creo —musitó Naruto—. ¿Qué te traes ahora entre manos? —Decidió depositarla en el suelo y aflojó el abrazo para que ella pudiera zafarse.

Hinata tenía las mejillas arreboladas al apartarse de él, y el color no se debía sólo a las profundas aspiraciones que estaba haciendo. Naruto llevaba sólo unos vaqueros blandos y unas botas desgastadas, y contempló fascinada su torso desnudo.

—¿Cómo has llegado aquí? —le espetó ella, sin responder a su pregunta—. No he visto ningún coche.

—A caballo. —Señaló con la cabeza el prado que había al otro lado del cenagal—. Está allí, comiendo sin parar.

—¿Es Kurama? —preguntó Hinata, recordando el nombre del bello semental que poseía Jiraiya.

—Uno de sus hijos. —Naruto frunció el entrecejo—. ¿Cómo es que conoces a Kurama? ¿Y cómo has llegado tú aquí?

—Imagino que la mayoría de la gente de la zona sabe que tienes caballos. —Mientras hablaba se fue desviando hacia un costado.

Naruto le aferró un brazo.

—Espera. Sí, mucha gente sabe que tengo caballos, pero no hay muchas personas que conozcan el nombre de nuestro semental. Has vuelto a hacer preguntas por ahí, ¿verdad? —Apretó con más fuerza—. ¿Con quién has estado hablando ahora? ¡Dímelo, maldita sea! —Subrayó su exigencia con una ligera sacudida.

—Con nadie —respondió Hinata furiosa—. Me acordaba del nombre de antes.

—¿Y cómo ibas a saberlo antes? Hanna no se reprimía precisamente, pero no creo que al llegar a casa se pusiera a regalar a su familia con detalles de la vida de su amante.

Hinata apretó los labios. Conocía el nombre del semental porque ella era como una esponja que absorbía el más nimio detalle de toda conversación que oía, si tenía que ver con Naruto. Pero no estaba dispuesta a admitir aquello delante de él.

—Lo recordaba de antes —repitió finalmente.

Naruto no la creyó, y se le oscureció el semblante.

—¡No he hablado con nadie! —exclamó Hinata, intentando zafarse de él—. Me acordaba del nombre del caballo, eso es todo. —¿Por qué cada encuentro con él tenía que implicar un tira y afloja con sus brazos?

Naruto escrutó el rostro vuelto de Hinata con los ojos entornados.

—Está bien, te concederé eso. Ahora dime por qué estás husmeando por mi casa de verano y cómo has llegado aquí. Sé perfectamente que tú no tienes caballo.

Por lo menos aquello no parecía peligroso de revelar.

—Estaba paseando —contestó—. Por el bosque.

Él bajó la vista y le miró los pies.

—No vienes vestida para pasear por el bosque.

Aquello era muy cierto. No se había tomado la molestia de cambiarse de ropa, así que aún llevaba la falda a media pierna, medias y los zapatos planos que se había puesto para ir a Nueva Suna.

Había sido criada andando descalza por aquellos bosques, por eso no le había preocupado el hecho de llevar aquellos zapatos. Se encogió de hombros para mostrar su indiferencia y dijo:

—No he pensado en ello. —Y rápidamente añadió—: Siento haber invadido tu propiedad; me voy...

—¡Eh! —Naruto la obligó de nuevo a pararse—. Te irás cuando yo lo diga, no antes. Todavía estoy esperando a que contestes a la otra pregunta.

Gracias a Dios el cerebro volvía a funcionarle.

—Simplemente tenía curiosidad —dijo—. Ellos se veían aquí, por eso... me entraron ganas de verlo.—No había necesidad de explicar quiénes eran «ellos».

Para consternación suya, los ojos de Naruto adoptaron una expresión fría.

—No me digas. Ya has estado aquí antes, porque yo te he visto.

Hinata lo miró fijamente, estupefacta.

—¿Cuándo?

—Cuando eras pequeña. Te deslizaste entre los árboles como un fantasma, pero te olvidaste de cubrirte la cabeza. —Tomó un mechón de pelo suelto y se lo peinó detrás de la oreja—. Fue como contemplar el movimiento una llama oscura a través del bosque.

De modo que supo que ella estaba allí. Durante un instante de abatimiento en el que se le paró el corazón, se preguntó si habría adivinado que era él lo que la había atraído como una polilla a la luz.

Recordó amargamente todas sus fantasías infantiles en las que un día él levantaría la mirada y la vería, y le pediría que fuera a divertirse con ellos. Y la había visto, de acuerdo, pero no hubo invitación alguna; lo sorprendente habría sido que le hubiera pedido de verdad que se uniera a ellos.

Los ocho años de diferencia que había entre los veintiséis y los treinta y cuatro era casi inexistente, pero entre los once y los diecinueve había todo un mundo. Aunque en aquella época no hubiera sido tan joven, era una Uchiha, y como tal quedaría para siempre fuera de su círculo.

—Voy a preguntártelo una vez más —dijo Naruto suavemente cuando ella guardó silencio. Un escalofrío le recorrió la espalda al notar el tono acerado de su voz—: ¿Qué estás haciendo aquí?

—Ya te lo he dicho. —Alzó la barbilla y le sostuvo la mirada—. Curiosear.

—La siguiente pregunta es: ¿Por qué? Desde que has vuelto has estado curioseando mucho por ahí. ¿Qué te traes entre manos, Hinata? Te advertí que no reavivaras viejos chismorreos que pueden perjudicar a mi familia, y lo dije muy en serio.

Hinata ya le había dado la única respuesta que podía darle, y él no la había creído. Podía contarle toda la verdad, o podía mentir. Al final escogió no hacer ninguna de las dos cosas, sino guardar silencio.

Naruto apretó la mandíbula con rabia y su mano hizo más fuerza sobre el brazo de Hinata.

Ésta hizo un gesto de dolor, y Naruto bajó la mirada a las marcas moradas que estaban dejando sus dedos en la suave piel de ella. Maldijo y aflojó la mano, y en aquel momento Hinata se zafó de un tirón y salió disparada hacia la seguridad que le ofrecía el bosque. Al cabo de un par de zancadas supo que era un error, pero en aquellos momentos la dominaba la emoción, no la lógica.

Naruto reaccionó como el depredador que era, echando a correr en pos de ella. Hinata se encontraba apenas a medio camino cuando el impacto del corpachón de Naruto la lanzó al suelo igual que un tigre que se abalanzara sobre una gacela. Cayó con ella, la inmovilizó contra su pecho y giró el cuerpo para recibir él toda la fuerza de la caída, con Hinata encima. A ella se le nubló la vista en un revoltillo de hierba, árboles y cielo al rodar por el suelo con Naruto, el cual la situó hábilmente debajo de su cuerpo.

Oh, Dios. La impresión que sufrió al darse cuenta de la situación la hizo quedarse inmóvil de pronto, como si no se atreviera a moverse en aquel primer momento desconcertante de placer.

Una cosa era estar en sus brazos, y otra muy distinta estar tirada en el suelo debajo de él. Su considerable peso la aplastaba contra la hierba desprendiendo la dulce fragancia verde de las hojas, que se mezclaba con el embriagador aroma masculino de su piel cubierta de sudor. La caída le había subido la falda hasta la mitad del muslo, y una de las piernas de Naruto había quedado entre las suyas de modo que sus muslos abrazaban aquella columna de músculos.

Se había aferrado a él instintivamente al caer, y ahora tenía los dedos hundidos con fuerza en su espalda desnuda, palpando el calor de su carne. La postura era la de hacer el amor, y el cuerpo de Hinata reaccionó con inconsciente intensidad. Se le nublaron los sentidos, sobrecargados por aquella primera explosión de señales sexuales.

—¿Estás bien? —murmuró Naruto, levantando la cabeza.

Hinata tragó saliva. Las palabras se le agolpaban en la garganta. Sintió que se le contraían las entrañas, instándola a pegarse a él en un impulso ciego, ardiente. Se resistió y volvió el rostro a un lado para no verlo reflejado en los ojos azules de Naruto.

—¿Hinata? —El tono fue más insistente, exigía una respuesta.

—Sí —susurró.

—Mírame. —Se izó sobre los codos, retirando la mayor parte de su peso para que ella pudiera respirar mejor, pero seguía estando demasiado cerca, con la cara a escasos centímetros de la suya.

La tentación flotó entre ambos, todavía más poderosa debido a las veces que ella se había resistido. Hacía falta muy poco para convertir el deseo en una llamarada, un beso, un leve contacto, como una chispa en la paja seca. Cada vez era más difícil resistirse a él, y sólo la fuerza de su aversión por el sexo ocasional, por ser una réplica moral de su madre, le había permitido a Hinata mantenerlo a raya.

Pero cada nuevo contacto erosionaba su fuerza de voluntad y la iba desgastando poco a poco, de forma que cada rechazo le requería un mayor esfuerzo.

El aliento de Naruto se proyectaba sobre sus labios, aquel sutil contacto los hacía abrirse como si Hinata quisiera inhalar su esencia. Naruto bajó la cabeza y llevó su boca hacia la de ella.

En un gesto desesperado, Hinata introdujo los brazos entre ambos y empujó contra el pecho de Naruto. Notó la dureza de sus tetillas contra la base de las manos. Ocultos bajo la blusa y el sujetador, sus propios pezones también estaban erguidos.

Naruto permaneció quieto un instante, observando a Hinata. Un reguero de sudor descendió por su sien y se curvó siguiendo la línea de la mandíbula. Sus tetillas eran como picas diminutas que le quemaban las manos. Deseó acariciarlas, aplicar la boca a ellas y palparlas con la lengua, paladear la sal de su piel, sentir cómo se tensaba y estremecía por la excitación.

Le rondó la tentación, aguda e insistente. Naruto tomó aire, su pecho se expandió bajo las manos de Hinata, y el castillo de arena de su resistencia se desmoronó bajo la oleada de placer. Dejando salir el aire en un suave suspiro, dio vuelta a las manos y las movió de forma que los pulgares rozaron aquellas tetillas, una vez, dos. El placer le produjo un ligero vértigo.

Las pupilas de Naruto se dilataron hasta casi eclipsar del todo el color azul del iris. Bajó la cabeza entre los brazos, con el cabello largo y rubio a modo de cortina alrededor de los rostros de ambos, y su aliento susurró entre los dientes. Habiendo capitulado, Hinata ya no pudo dejar de tocarlo. Exploró los duros planos de su pecho regresando una y otra vez a las puntas endurecidas que la habían atraído a un territorio tan peligroso. No se cansaba de tocarlo, no podía saciar su sed de sentirlo.

Entonces él le apartó las manos del cuerpo y clavó en ella una mirada intensa.

—Lo justo es cambiar el turno —le dijo, y le puso una mano en el pecho.

Hinata se arqueó debajo de él, dejando escapar una exclamación al sentir la fuerte llamarada de placer. Los pechos se le tensaron bajo aquel contacto, tan sensibles que el calor de las manos de Naruto se hizo casi insoportable y, sin embargo, si dejara de tocarla sería como una tortura. Incluso a través de la ropa el roce de sus dedos le producía una sensación de quemazón y palpitación en los pezones.

Naruto inclinó la cabeza y la besó, una presión dura y devastadora, al tiempo que tiraba de la blusa para sacarla de la cintura de la falda. Una vez libre, introdujo una mano por debajo de la tela y la deslizó bajo el sujetador para cerrar los dedos alrededor de la piel de satén del pecho desnudo.

—Ya sabes lo que quiero —dijo con voz ronca, situándose más encima de ella y empujando con las piernas entre las suyas para hacerse un sitio.

Hinata lo sabía. Ella también quería lo mismo, con tal vehemencia que aquella necesidad casi ofuscaba cualquier otra consideración. Los dedos ásperos de Naruto se apoderaron del pezón y empezaron a acariciarlo. Hinata quería sentir allí su boca succionando con fuerza; quería que él la tomase, allí mismo, sobre la hierba, con el calor del sol quemando sus cuerpos desnudos. Lo deseaba a él, para siempre.

—Dímelo —dijo Naruto—. Dime por qué. —Aquellas palabras sonaron amortiguadas contra la garganta de Hinata, mientras iba recorriéndole el cuello a besos.

Ella parpadeó y se quedó mirando las nubes con desconcierto. Entonces comprendió de pronto el significado de aquellas palabras y fue como un jarro de agua fría. Naruto la deseaba, así lo atestiguaba la gruesa protuberancia que presionaba contra sus ingles, pero mientras ella estaba perdida en la niebla del deseo, el cerebro de él permanecía despejado, funcionando, aun tratando de obtener respuestas.

Explotó con un siseo rabioso y se lo quitó de encima a puñetazos y patadas. Naruto se apartó de ella y se incorporó. Parecía un salvaje semidesnudo con el pelo enredado alrededor del rostro y sus ojos azules entrecerrados por una peligrosa lujuria.

—¡Hijo de puta! —escupió Hinata, temblando de furia.

Se puso de rodillas de un salto con las manos cerradas en dos puños mientras luchaba contra el impulso de arremeter contra él. No era aquél el momento de desafiarle físicamente, cuando todo aquel enorme cuerpo estaba tenso por la necesidad de aparearse.

El control, tanto el de ella como el de Naruto, pendía de un hilo; a la menor presión se vendría abajo. Naruto aguardó con aplomo, preparado para su ataque, y Hinata vio el deseo sexual ardiendo en sus ojos. Durante largos instantes se miraron el uno al otro, hasta que gradualmente ella se obligó a relajarse. No había nada que ganar en aquella confrontación.

Tampoco había nada que decir. Tal vez no hubiera sido ella exactamente la que había prendido la llama, pero desde luego había sido quien avivó el fuego acariciando sus tetillas de aquel modo. Si aquello había llegado más lejos de lo que ella quería, la culpa era solamente suya.

Por fin se levantó del suelo con movimientos rígidos. Tenía la falda desgarrada y una carrera en una media. Se volvió de espaldas, sólo para verse atrapada de nuevo, esa vez por un puñado de tela de la falda.

—Te llevaré a casa —dijo Naruto—. Deja que vaya a buscar el caballo.

—Gracias, pero prefiero caminar —replicó Hinata con la misma rigidez en la voz que en el resto del cuerpo.

—No te he preguntado qué prefieres. He dicho que voy a llevarte a casa. No deberías andar sola por el bosque. —Como no se fiaba de que ella se quedase allí si la soltaba, empezó a arrastrarla tras de sí.

—Me he pasado más de la mitad de mi vida andando sola por ahí —masculló Hinata.

—Puede ser, pero ahora no vas a hacerlo. —Le dirigió de soslayo una mirada breve, dura—. Esta finca es mía, y las normas las dicto yo.

Continuaba agarrándole la falda, de modo que Hinata se vio obligada a seguirle el paso o destrozar la prenda. Dejaron atrás el cobertizo para botes y rodearon la ciénaga, una distancia de unos cien metros, hasta llegar a donde Naruto había dejado al semental para que pudiera pastar. A un silbido suyo, el enorme animal de color marrón oscuro empezó a moverse hacia él. Para consternación de Hinata, no había ninguna silla de montar a la vista.

—¿Montas sin silla? —preguntó nerviosa.

Los Ojos de Naruto chispearon.

—No dejaré que te caigas.

Hinata no sabía mucho de caballos, ya que nunca se había subido a ninguno, pero sí sabía que los sementales eran animales díscolos, difíciles de controlar. Hizo ademán de retroceder cuando el caballo se les acercó, pero la mano de Naruto en su falda la obligó a permanecer a su costado.

—No tengas miedo. Es el semental de mejor carácter que he visto nunca, de lo contrario no lo montaría sin silla. —El caballo llegó hasta su alcance y lo agarró del ronzal al tiempo que le susurraba un elogio junto a las enhiestas orejas.

—Nunca he montado a caballo —reconoció Hinata contemplando la gran cabeza que se inclinaba hacia ella. Unos labios aterciopelados le rozaron el brazo al tiempo que unas enormes fosas nasales la olfateaban para aprehender su olor. Titubeante, levantó la mano y acarició al caballo por encima del morro.

—Entonces tu estreno va a ser con un pura sangre —dijo Naruto, y la izó hasta el ancho lomo. Ella se aferró de las gruesas crines, alarmada por la altura a la que se encontraba, mientras que la plataforma viviente que tenía debajo no dejaba de moverse.

Naruto tomó las riendas, agarró dos puñados de crines y montó detrás de Hinata. El semental se agitó ligeramente al sentir el aumento de peso, lo cual hizo que Hinata contuviera la respiración, pero la mano de Naruto y el sonido de su voz lo tranquilizaron de inmediato.

—¿Dónde has dejado el coche? —inquirió.

—En la última curva antes de llegar a la choza —contestó Hinata, y aquéllas fueron las únicas palabras que se dijeron durante el paseo a caballo.

Naruto guio el semental a través de los árboles, evitando las ramas bajas y obligándolo a rodear los obstáculos. Hinata aguantó, plenamente consciente del pecho desnudo de Naruto contra su espalda y del modo en que sus nalgas iban encajadas en la entrepierna de él.

Los fuertes muslos de Naruto le abrazaban las caderas, y sintió que se tensaban y relajaban para guiar al caballo. Llegaron a la carretera demasiado pronto, pero en cierto sentido el paseo duró una pequeña eternidad.

Naruto tiró de las riendas al llegar junto al coche de Hinata y saltó al suelo, luego extendió los brazos para tomar a Hinata por las axilas y bajarla del caballo. Alarmada de pronto por la posibilidad de que hubiera perdido las llaves en la refriega, se palpó el bolsillo, y oyó el tranquilizador tintineo.

No quería mirar a Naruto, así que sacó las llaves y se volvió de espaldas para abrir el coche.

—Hinata.

Ella vaciló un instante, luego hizo girar la llave en la cerradura y abrió la portezuela. Naruto dio un paso adelante y la expresión que vio en sus ojos hizo que diera las gracias por tener la puerta del coche como separación entre los dos.

—No vuelvas a pisar mi propiedad —dijo él en tono calmado—. Si vuelvo a pillarte en tierras de los Namikaze, no te dejare ir.


Continua