Secretos de una Noche


Él


Hinata iba hirviendo de furia para cuando salió del palacio de justicia, aunque mayormente había logrado controlar su genio. Naruto la había presionado durante todo el camino para convencerla de que se marchara de Konoha, y para más irritación suya, el sheriff Hõzuki se había mostrado de acuerdo en que tal vez no estuviera del todo a salvo, viviendo sola y sin vecinos cerca.

Hinata había señalado que si se fuera cesaría el acoso, jamás averiguarían quién había hecho aquello, y el culpable se iría tan contento al ver que su táctica había funcionado. Ella no estaba dispuesta a darle aquella satisfacción.

El sheriff Hõzuki le concedió que su lógica era aplastante y su valentía encomiable, pero que brillaba por su falta de sentido común. Podía resultar herida de verdad.

Hinata convino con él en aquella valoración, y se negó tercamente a ceder un centímetro. Ahora que ya se le había pasado el tembleque, veía la causa y el efecto. El gato muerto significaba, de algún modo, que había estado muy cerca de descubrir qué le había sucedido realmente a Jiraiya, y si se marchara en aquel momento nunca lo sabría con seguridad.

El sheriff y Naruto pensaban que alguien la estaba acosando; ella sabía que la cosa era más grave. Tenía que luchar contra la tentación de decirles lo que creía que había detrás de lo del gato y las notas; si se extendía el rumor de que ella estaba sugiriendo que Jiraiya había sido asesinado, ello advertiría al culpable y lo haría aún más difícil de capturar. De modo que guardó silencio, y la frustración de hacerlo era lo que le producía aquella irritación.

Podía hacer caso omiso de los comentarios del sheriff Hõzuki en el sentido de que debía marcharse, pero los de Naruto le llegaban al corazón. Sus sugerencias en tono afectuoso hacía mucho que se habían deteriorado y transformado en duras exigencias para cuando salieron del palacio de justicia para emprender el camino de vuelta a casa.

—¡Por última vez, no! —gritó Hinata, al menos por quinta vez, cuando entraba en el coche. Varias cabezas se giraron hacia ella.

—Mierda —murmuró Naruto. Para ser un hombre que quería evitar los chismorreos, aquel día se había lucido. Su Jaguar no era un automóvil que pasara inadvertido fácilmente, y Hinata era una mujer que hacía volver cabezas.

Muchas personas habrían notado que él la había llevado en coche al centro del pueblo, había entrado con ella en el palacio de justicia y salido con ella del mismo, por no mencionar el hecho de que le estaba chillando. En fin, no había nada que pudiera hacer al respecto; dadas las mismas circunstancias por las que había pasado aquel día, haría lo mismo otra vez.

Hinata abrochó los dos extremos del cinturón de seguridad.

—Ya sé que tú no has tenido nada que ver con el gato muerto ni con las notas —le dijo en tono iracundo—. Pero no puedes evitar aprovecharte de ello en tu propio beneficio, ¿verdad? Desde el primer día estás deseando que me vaya, y para ti resulta inaceptable que no puedas obligarme a hacer lo que tú quieres.

Él le dirigió una mirada torva, peligrosa, mientras sorteaba el tráfico de la plaza.

—Ni se te ocurra pensar algo así —dijo en voz baja—. Si quisiera, podría obligarte a salir de aquí en media hora. Pero he decidido no hacerlo.

—No me digas —replicó Hinata en un tono teñido de incredulidad—. ¿Y para qué andarse con rodeos?

—Por dos razones. Una es que no te merecías lo que sucedió hace doce años, y yo no tenía intención de volver a tratarte así. —Desvió la vista de la calle el tiempo suficiente para recorrer de arriba abajo el cuerpo de Hinata, haciendo hincapié en los senos y los muslos—. Ya sabes cuál es la segunda razón.

Aquella verdad vibró un instante entre ambos, justo por debajo del punto de ebullición. Naruto la deseaba. Hinata lo sabía... bueno, casi desde el principio, ciertamente desde aquel beso incendiario de Nueva Suna.

Pero la deseaba con sus condiciones; quería instalarla en una casita en algún sitio que no fuese Konoha, completamente fuera de la ciudad, para que su lío con ella no molestase a su familia. Aquellas circunstancias serían perfectas para él porque conseguiría sus dos objetivos de un solo plumazo.

—No pienso permitir que me escondas como si yo fuera algo vergonzoso —dijo, con mirada vehemente y dura, fija en el parabrisas—. Si no eres capaz de relacionarte conmigo abiertamente, pues déjame en paz de una vez.

Naruto descargó el puño contra el volante.

—¡Maldita sea, Hinata! Ese gato muerto no te lo ha enviado el comité de bienvenida. ¡Estoy pensando en tu seguridad! Sí, me gustaría horrores que te mudases a otro sitio. Mi madre me pone de los nervios, sin embargo, eso no significa que quiera hacerle daño. ¿Es que tengo que pedir disculpas por quererla a pesar de todo? Tú sabes enfrentarte a las situaciones difíciles, pero ella no.

» Yo soy un cabrón avaricioso, quiero lo mejor para ella y tenerte también a ti. Si te fueras a otra parte, podríamos mantener una relación satisfactoria, ¡y yo no tendría que preocuparme de que te estuviera acechando un puto maníaco!

—Entonces no te preocupes. Ya me preocuparé yo.

Naruto emitió un sonido de rabia y frustración contenidas.

—No piensas ceder ni un milímetro, ¿verdad?

Una vez más, Hinata tuvo que luchar contra el impulso de decirle que tenía sus motivos para seguir en sus trece, motivos que estaban al margen de la relación personal entre ambos. Pero estando de aquel humor, de todas formas no la creería.

Ya habían salido de la ciudad y por la carretera circulaba muy poco tráfico. Pronto se desviaron a una carretera secundaria que conducía a la casa de Hinata. En realidad, nunca se había percatado de lo aislada que estaba su casa, por lo menos no desde el punto de vista de su propia vulnerabilidad.

Había disfrutado de la paz y la quietud, de la sensación de espacio. Maldito fuera aquel enemigo desconocido, invisible, por haber destruido el placer que le proporcionaba haber regresado por fin al hogar.

No volvió a decir nada hasta que Naruto la dejó frente a la entrada. Eran las últimas horas de la tarde y el sol poniente bañaba el pequeño edificio con una luz dorada. En muy poco tiempo se había hecho a vivir allí, rodeada por sus cosas, sus paredes, bajo un tejado que era suyo. ¿Marcharse de allí? Le resultaba impensable.

—Dime una cosa —le dijo a Naruto con una mano en el tirador de la portezuela—: No quiero tener un romance contigo, viva donde viva. ¿Sirve eso para disminuir tu preocupación por mi seguridad?

Naruto la detuvo cerrando los dedos sobre su muñeca y reteniéndola dentro del coche. Tenía los ojos oscurecidos por la ira, pero no respondió a aquella pregunta insultante, sino que se limitó a replicar:

—Puedo hacerte cambiar de idea. Los dos lo sabemos.

Hinata abrió la puerta y él la dejó salir, contento de haber tenido la última palabra. Con frecuencia era así, pensó Hinata. Naruto tenía el empeño de llevar la conversación más lejos de lo que ella pretendía, para que su único recurso fuera el silencio.

Sintió que él la observaba desde el coche hasta que estuvo a salvo en el interior de la casa.

Tenía razón, maldito fuera. Sí que podía hacerla cambiar de idea, con poco o nulo esfuerzo. Lo de ella había sido un farol, pero no una mentira. Era verdad que no quería tener un romance con él, pero eso no quería decir que fuera capaz de resistirse. Si él hubiera insistido en entrar en la casa con ella, después de un beso probablemente se habría dejado llevar directamente al dormitorio. Luego sería cuando vendría el arrepentimiento.

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—Naruto, ¿en qué demonios estabas pensando? —preguntó Orochimaru irritado—. Eso de llevarla a la ciudad y discutir con ella delante del palacio de justicia. Por Dios, te ha visto la mitad del pueblo, y la otra mitad se ha enterado de todo a la media hora.

Karin alzó la vista y miró a Naruto atónita. A éste le entraron ganas de estrangular a Orochimaru por haber sacado el tema delante de su hermana.

—Intentaba convencerla de que se fuera —replicó brevemente y sin siquiera mirar directamente a Karin, aunque vio cómo se aliviaba la tensión en ella—. Hay alguien que le está jugando malas pasadas. Hoy le han dejado un gato muerto en el buzón del correo.

—¿Un gato muerto? —Orochimaru compuso una mueca—. Eso es asqueroso. Pero, ¿Qué hacía ella en tu coche?

—Cuando lo encontró, me llamó...

—¿Por qué te llamó a ti? —exigió saber Karin, resentida.

—Porque sí. —Naruto sabía que su respuesta era brusca y reservada, pero no le importó—. Llamé a Suigetsu, y fue a casa de Hinata. Quiso que los dos fuéramos al palacio de justicia para que tomaran nuestras huellas... —Karin lanzó una exclamación—... y Hinata todavía estaba muy nerviosa, de modo que la llevé en mi coche.

—¿Para qué necesitaban tomar sus huellas? —preguntó Karin, indignada—. ¿Es que ella te acusó de ser el culpable?

—No, pero toqué la caja. Si Suigetsu no supiera qué huellas eran las nuestras, no podría averiguar si había alguna del hijo de puta que dejó el paquete.

—¿Y ha averiguado algo?

—No lo sé. Cuando Hinata terminó de presentar declaración, la llevé a su casa.

—¿Va a marcharse? —inquirió Orochimaru.

—No, maldita sea. —Naruto se pasó la mano por el pelo, nervioso—. Se ha vuelto de lo más terca. De eso, nada; era terca de nacimiento. Separó la silla del escritorio y se puso de pie—. Voy a salir.

—¿Ahora? —preguntó Karin, desconcertada—. ¿Adónde?

—Sólo quiero salir. —Estaba inquieto y agitado como un semental que hubiera olfateado a una yegua en celo y no pudiera alcanzarla.

La sangre le latía en las venas, lo instaba a la acción, a cualquier acción. Tenía la sensación de que se estaba fraguando una violenta tormenta, pero el tiempo estaba en calma, y la falta de truenos lo frustraba.

—No sé a qué hora volveré. Mañana nos pondremos con esos documentos, Orochimaru.

Perpleja y preocupada, Karin lo contempló mientras salía con gesto airado de la habitación. Se mordió un poco más el labio. Su hermano tenía pinta de estar enredándose cada vez más con aquella Uchiha. No comprendía cómo podía hacer semejante cosa, después de todas las desgracias que había les causado.

¡Y Suigetsu había acudido a su casa! No quería verlo en ningún sitio en el que estuviera Hinata Uchiha; las mujeres de los Uchiha eran arañas que tejían telas para atrapar hombres bastante incautos como para merodear por las inmediaciones.

Orochimaru sacudió la cabeza, también con una mirada de preocupación.

—Voy a despedirme de tu madre —dijo, y se dirigió al piso de arriba. Mito se había retirado a su propio cuarto de estar no mucho después de la cena con la excusa de sentirse cansada, pero lo cierto era que sencillamente allí se encontraba más cómoda.

Orochimaru permaneció allá arriba media hora. Karin aún estaba sentada en el estudio cuando lo oyó bajar las escaleras, más despacio que cuando las subió. Él fue hasta la puerta de la sala y se detuvo, mirándola a ella. Karin levantó la cabeza y lo miró fijamente, angustiada. La mano de Orochimaru se acercó al interruptor de la luz. Karin se quedó helada de miedo, conteniendo la respiración, cuando él apagó la luz.

—Amor mío—dijo Orochimaru, y ella supo que se lo decía a la mujer que estaba en el piso de arriba.

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Hinata vagaba por la casa, incapaz de leer ni ver la televisión. A pesar de haber insistido en quedarse, estaba más alterada de lo que quería admitir. Tuvo que obligarse a entrar en la cocina, pues el recuerdo de aquella caja sobre la mesa aún era muy fuerte. Supuso un alivio ver la superficie vacía, descubrir que aquella asociación se desvanecía al prepararse una frugal cena. Frugal o no, sólo pudo comerse la mitad.

Volvió a llamar a Hanna. Sabía que era pronto, pero fue algún débil instinto, enterrado hacía tiempo, lo que la hizo acudir a su madre, no tanto en busca de consuelo sino porque entre ambas existía un vínculo al margen del parentesco: los hombres de la familia Namikaze.

Para alivio suyo, contestó Hanna. Si hubiera contestado su abuela, sabía que Hanna no habría querido ponerse al teléfono.

—Mamá —dijo, y se sintió desconcertada al notar que le temblaba un poco la voz—. Necesito ayuda. Se produjo un silencio al otro extremo de la línea, y después Hanna dijo con cautela:

—¿Qué ocurre? —La preocupación maternal no era una reacción natural en ella.

—Me han dejado un gato muerto en el buzón del correo y también he recibido un par de notas de amenaza que me dicen que deje de hacer preguntas o terminaré igual que el gato. No sé quién me está haciendo esto...

—¿Qué preguntas?

Hinata titubeó, temerosa de que Hanna le colgara el teléfono.

—Acerca de Jiraiya —reconoció.

—¡Maldita sea, Hinata! —vociferó Hanna—. Te dije que no fueras fisgoneando por ahí, pero no me has hecho caso. No, tú te empeñas en revolver la mierda, y claro, ahora huele que apesta. ¡Si no cierras el pico vas a terminar muerta!

—A Jiraiya lo mataron, ¿verdad? Tú sabes quién fue, por eso te marchaste.

Por el hilo sonó la respiración de Hanna, áspera y agitada.

—No te metas en eso —le rogó—. No puedo decirlo, prometí no decir nada. Él tiene mi pulsera, dijo que me acusaría a mí del asesinato si me iba de la lengua, que dejaría la pulsera donde pareciera que Jiraiya y yo nos habíamos peleado y que yo lo maté.

Después de semanas sospechando, de someter a examen viejos rumores y acabar continuamente en callejones sin salida, resultaba sorprendente oír de pronto la verdad. Necesitó unos momentos para recuperarse de la impresión, para asimilarla.

—Tú querías a Jiraiya —dijo, dejando entrever su convicción en el tono de voz—. No podrías haberlo matado.

Hanna rompió a llorar. No fueron sollozos sonoros, destinados a suscitar compasión; se notaba que estaba llorando por un súbito enronquecimiento del tono.

—Es el único hombre al que he querido en mi vida —dijo, y Hinata supo que tanto si lo había amado de verdad como si no, ella creía que sí, y aquello ya era suficiente.

—¿Qué ocurrió, mamá?

—No puedo decirlo...

—Mamá, por favor. —Hinata, desesperada, buscó en su mente una razón que significase algo para Hanna. Haría falta mucho para superar el básico egocentrismo de su madre, y en aquel caso en realidad no podía censurarla por haber ido en pos del número uno. Lo único que siempre había sido más grande que el egoísmo de Hanna era su avaricia —... Mamá, para todo el mundo Jiraiya sigue estando vivo en alguna parte. No lo han declarado muerto, de modo que eso significa que no se ha leído su testamento.

Hanna sorbió, pero la palabra «testamento» atrajo su atención.

—¿Y qué?

—Pues que si te dejó algo a ti, estará en su testamento. Podrías encontrarte con un montón de dinero que te he estado esperando todos estos años.

—Siempre decía que cuidaría de mí. —La voz de Hanna se tiñó de una nota de queja y autocompasión. Respiró hondo para tranquilizarse y Hinata casi llegó a oír que había tomado una decisión—. Nos encontramos en la casa de verano, como siempre —relató Hanna—. Ya lo habíamos... ya sabes... hecho. Estábamos tumbados en la oscuridad cuando llegó un coche. No sabíamos quién era, y Jiraiya se levantó y cogió los pantalones, temiendo que fuera uno de sus hijos. Nunca se preocupaba en absoluto por su mujer, porque sabía que no le importaba.

»Fueron a hablar al cobertizo para botes. Yo los oí gritar, así que me vestí y bajé allí. justo cuando yo llegaba, Jiraiya abrió la puerta y salió. Entonces se paró, miró hacia atrás y, jamás se me olvidará, dijo: «Ya lo tengo decidido». Entonces fue cuando recibió un disparo de lleno en la cabeza. Se desplomó en la hierba, enfrente mismo del cobertizo. Yo me arrodillé a su lado, chillando y llorando, pero antes de tocar el suelo ya estaba muerto. Ni se movía.

—¿Fue Naruto? —preguntó Hinata en tono angustiado. No podía ser. Naruto, no. Pero tenía que preguntarlo—. ¿Mató Naruto a su padre?

—¿Naruto? —Percibió una nota de perplejidad a través de las lágrimas—. No, no fue Naruto. No estaba allí.

No había sido Naruto. Gracias, Dios mío. No había sido él. Por mucho que se hubiera repetido a sí misma que él no podía haberlo hecho, debía de quedar alguna duda recóndita, porque de pronto experimentó un súbito alivio, un aligeramiento del espíritu.

—Mamá... Mamá, nadie se creería que fuiste tú quien disparó a Jiraiya. ¿Por qué no acudiste al sheriff?

—¿Estás de broma? —Hanna soltó una carcajada áspera que terminó en un sollozo—. La gente de ese pueblo se creería cualquier cosa de mí. La mayoría de ellos se alegrarían de verme detenida aunque supieran a ciencia cierta que era inocente. Además, él lo tenía todo pensado...

—¡Pero si ni siquiera llevabas una pistola!

—¡Él iba a matarme a mí también! Dijo que me metería la pistola en la boca y me haría apretar el gatillo, su mano encima de la mía, si no le prometía marcharme y no regresar nunca, y no decir nunca nada a nadie. Es muy fuerte, Hinata, lo bastante para hacerlo. Yo intenté forcejear, pero me golpeó y no pude escapar...

—¿Por qué no te mató, entonces? —quiso saber Hinata, tratando de encontrarle alguna lógica al hecho de que un asesino dejase suelto a un testigo deliberadamente.

Hanna no pudo contestar durante unos instantes, lloraba demasiado. Por fin aspiró profundamente y recuperó el control de la voz.

—No... No tenía la intención de matar a Jiraiya, dijo que se había vuelto loco de rabia. Tampoco quería matarme a mí. Dijo que me fuera y se quedó con mi pulsera. Me advirtió que si volvía, podía hacer que pareciera que yo había matado a Jiraiya y me condenarían a la pena capital. ¡Es capaz de hacerlo, tú no lo conoces! —Después de gritar la última frase, y una vez más se deshizo en profundos sollozos.

A Hinata también le escocían los ojos. Por primera vez sintió lástima de su madre. Pobre Hanna, sin estudios ni amigos, con aquella vida desordenada y aquella falta de responsabilidad, había sido el primer objetivo para cualquiera que quisiera hacer de ella una cabeza de turco.

Había visto cómo mataban de un tiro al único hombre que había amado, el hombre del que dependía para que le hiciera la vida fácil, y después la habían amenazado a ella con culparla de su muerte. No, el asesino la había calibrado bien; no había peligro de que Hanna acudiera al sheriff. Seguramente se creyó todo lo que él dijo, y con razón.

—No te preocupes, mamá —le dijo amable—. No te preocupes.

—Tú... ¿no irás a decir nada? Esto tiene que ser un secreto entre nosotras, de lo contrario él hará que me detengan, estoy segura...

—Yo no permitiré que te detenga nadie, te lo prometo. ¿Sabes qué hizo con el cadáver? Hanna hipó, pillada por sorpresa.

—¿El cadáver? —preguntó en tono vago—. Supongo que lo enterraría en alguna parte.

Aquello era posible, pero, ¿habría perdido el tiempo el asesino en cavar una fosa, una fosa que pudiera resultar visible, teniendo el lago allí mismo? No había más que poner un lastre al cadáver, y quedaba resuelto el problema de deshacerse de él.

—¿Qué tipo de pistola utilizó? ¿La viste?

—Yo no sé nada de pistolas. Era una pistola, es lo único que sé.

—¿Era un revólver como los que usan en las películas, con esa cámara redonda donde se meten las balas, o era una pistola de las que llevan el cartucho dentro de la culata?

—De las del cartucho en la culata —dijo tras una breve pausa.

Eso quería decir que el casquillo habría salido despedido y estaría dentro del cobertizo para botes. El asesino tenía un cadáver del que deshacerse y un testigo al que aterrorizar para que huyera. ¿Se habría acordado del casquillo y habría vuelto a recuperarlo?

¿Qué posibilidades había de que el casquillo estuviera allí después de doce años? Casi ninguna. Pero aquel lugar había caído en desuso tras la desaparición de Jiraiya, así que era probable que el cobertizo sólo hubiera tenido una limpieza mínima. El casquillo podría haber ido a caer dentro del bote, o incluso en el agua, y haberse perdido para siempre.

También podía haber aterrizado en un rincón o detrás de algún objeto. Cosas más raras habían sucedido.

—No digas nada —suplicó Hanna—. Por favor, no digas nada. No deberías haber ido a vivir ahí, Hinata; ahora él te está persiguiendo a ti también. Márchate antes de que te pase algo, tú no lo conoces...

—Puede que sí. ¿Quién es, mamá? A lo mejor puedo hacer algo...

En aquel instante Hanna colgó el teléfono e interrumpió la conexión en medio de un sollozo.

Hinata devolvió lentamente el auricular a su sitio. Aquella noche se había enterado de muchas cosas, pero no de las suficientes. La más importante de todas era que Naruto era inocente. La más frustrante, que todavía no tenía ni idea de quién era el culpable.

El asesino era un hombre. Aquello eliminaba a Anko Mitarashi y a Tsunade Senju, aunque para entonces hubiera decidido ya que probablemente no eran culpables. En principio, Madara Foster no se enteró de la aventura de su mujer con Jiraiya hasta después de que esta desapareciera, pero como en aquel pueblo los chismorreos se extendían como pólvora encendida, era muy posible que algún entrometido se hubiera encargado de ilustrar al marido engañado.

No importaba que el engañado se hubiera estado tirando a su secretaria, eso era algo distinta. De modo que Madara tenía que seguir figurando en la lista.

¿Quién podría haber discutido con Jiraiya aquella noche, y por qué? ¿Alguien relacionado con su trabajo, que estuviera molesto por algún tejemaneje financiero? Por la forma en que se movía Jiraiya, era más probable que se tratase de un marido enfurecido. ¿Con quién más se estaba acostando aquel verano?

No podía encontrar la respuesta a aquellas preguntas esa misma noche. Sin embargo, sí podría ver por sí misma si había o no un casquillo suelto aún abandonado en el interior del cobertizo para botes.

Consultó el reloj. Eran las nueve y media. Si iba a hacerlo, aquél era el mejor momento, pues había muchas menos posibilidades de toparse con Naruto y, por lo tanto, muchas más de evitarlo.

Hinata no era de las que se arredran después de tomar una decisión, aunque aquella vez se tomó el tiempo suficiente para ponerse un calzado más recio. De camino a la puerta cogió una linterna, y salió.

Al principio condujo directamente hacia la casa de verano, pero en el último minuto cambió de idea. Podía verla alguien tomando aquella carrétera y alertar a los Namikaze, lo cual no le convenía en absoluto. Y si el dios de la mala suerte le sonriera por segunda vez, y hubiera alguien en la casa de verano, no quería que los faros del coche la delataran demasiado pronto.

Así que se dirigió al mismo sitio donde había aparcado la vez anterior, incluso aunque ello implicase andar un kilómetro y medio por el bosque de noche. Para ella no suponía ningún problema; nunca le había dado miedo la oscuridad, ni tampoco las serpientes ni otros habitantes del bosque, aunque cogió un palo del suelo para estar segura, por si acaso se tropezaba con una serpiente antes de que la tímida criatura pudiera huir.

Por la noche el bosque estaba lleno de sonidos y murmullos que provocaban los animales nocturnos ocupados en sus actividades: Las zarigüeyas y los mapaches trepaban a los árboles, los búhos ululaban, las ranas croaban, los insectos zumbaban, las aves nocturnas gritaban y los grillos cantaban con frenesí.

La brisa añadía su propio susurro a aquella cacofonía y los pinos se mecían suavemente. Hinata no se dio prisa, pues quería cerciorarse de que no se salía de la pista; cuando llegó al pequeño arroyo, exactamente al mismo punto por el que siempre lo había cruzado, sonrió por la exactitud de sus antiguos instintos.

Se detuvo un momento para alumbrar con la linterna a su alrededor y asegurarse de que no hubiera culebras de agua venenosas bañándose en el riachuelo, y acto seguido pisó en la piedra plana que había en medio de la corriente y de ahí saltó a la otra orilla.

Desde allí sólo quedaban unos doscientos metros hasta la casa.

Cinco minutos más tarde se detuvo al borde del claro para hacer inventario antes de abandonar el refugio de los árboles. La casa estaba a oscuras y en silencio. Escuchó atentamente, pero no oyó más que los sonidos normales de la noche.

El lago murmuraba lamiendo los pilotes del embarcadero y su superficie cristalina se rizaba ocasionalmente con un soplo de brisa que perturbaba el reflejo de la luna casi llena. Los peces que se alimentaban por la noche añadían más rizos al agua y alguna que otra salpicadura a aquella sutil conmoción.

Hinata descendió sin hacer ruido por la ligera pendiente en dirección a la casa. No sabía lo que haría si el cobertizo para botes estaba cerrado con llave, lo cual era muy probable, por supuesto, aunque en la ocasión anterior se había encontrado la casa abierta. Pero también estaba Naruto; pudo haber abierto la casa y entrado para cerciorarse de que no hubiera nada destrozado.

Si ella fuera una aventurera de verdad, pensó irónicamente, podría pasar nadando por debajo de la pared del cobertizo y aparecer junto al bote. Y al diablo con las puertas cerradas con llave.

Ni por asomo.

Bucear de noche no era precisamente su deporte favorito. La sola idea de quedarse en ropa interior y meterse debajo de aquellas aguas oscuras ya bastaba para provocarle escalofríos. Si el cobertizo había permanecido cerrado todos aquellos años, probablemente estaría habitado por ratones, serpientes, ardillas, tal vez un mapache o dos, y toda esa fauna se vería sorprendida por un visitante que surgiera de repente del agua.

No, prefería con mucho dar tiempo de sobra a los ocupantes del cobertizo para que pusieran pies en polvorosa, y advertirlos de su llegada zarandeando las cerraduras o quizá rompiendo una ventana, si es que había alguna. Nunca se había fijado.

El cobertizo para botes se elevaba sobre el agua negra y resplandeciente, con sus paredes blancas de aspecto fantasmal a la luz de la luna. Cuando cruzó el camino de grava, dirigió el haz de la linterna hacia la zona frontal de las anchas puertas y reprimió un gemido de decepción. Había un candado grueso y brillante de acero inoxidable que enganchaba ambos pasadores y aseguraba las puertas.

Si se tratara de una puerta normal, podría haberla roto o apalancado, pero no podía hacer nada con aquel enorme candado. Ahora su único recurso era una ventana.

En la pared que daba al embarcadero no había ventanas, sólo una superficie lisa y vacía. Fue hasta el otro lado, y contempló con una mezcla de sentimientos un ventanuco que parecía un ojo negro en una cara blanca.

La buena noticia era que se trataba en efecto de una ventana, con un cristal que se podía romper; la mala era que el terreno firme acababa como treinta centímetros antes, debajo de ella. Además, estaba lo bastante alta como para que le resultara difícil izarse a sí misma hasta allí; no imposible, si se empeñaba en hacerlo, pero sí decididamente difícil.

En eso una mano muy caliente y firme se cerró sobre su brazo desnudo y la obligó a darse la vuelta de un tirón, contra un cuerpo duro y musculoso.

—Ya te dije lo que te iba a hacer si volvía a pillarte aquí —dijo Naruto con suavidad.


Continua