Secretos de una Noche
Llamas
La llevó hasta el porche, donde la rejilla los protegería de los mosquitos y otros insectos que picaban. Aterrorizada casi hasta la histeria por la brusca aparición de Naruto, un pánico que no cedió demasiado al reconocerlo, Hinata no pudo hacer otra cosa que aferrarse de sus hombros al tiempo que él la levantaba en brazos y se apresuraba a llevarla al interior de la casa.
Casi de inmediato se vio sumergida en una densa marea de deseo que la arrastraba por debajo del nivel de la razón o de la voluntad. Protestar no era una alternativa; las necesidades de su cuerpo, durante tanto tiempo suprimidas, enseguida se impusieron y apartaron a un lado todo raciocinio.
Temblaba para cuando Naruto le soltó las piernas y dejó que su cuerpo resbalara hacia abajo, a lo largo del suyo, en una dulce fricción que provocó una excitación casi dolorosa. Ya era hora. Dios santo, ya era más que hora. Lo deseaba con un ansia ciega, feroz, que no admitía más retraso, y se agarró a él con el cuerpo flexible, dispuesto.
Naruto la apoyó de espaldas contra una de las columnas cuadradas que sostenían el porche y la sujetó allí. A pesar del resplandor de la luna, aquel lugar estaba oscuro, oscuro y acogedor, perfumado con los aromas del verano y el propio olor intenso y almizclado de Naruto. Respiraba deprisa, con urgencia, al tiempo que se inclinaba pesadamente contra ella para abrirse paso hacia la suave blandura de su cuerpo.
Hundió los dedos en su mata de pelo y le sostuvo la cabeza con sus manos grandes y poderosas para mantenerla quieta para la profunda incursión de su lengua en la boca. Estaba plenamente excitado, su erección estaba dura como el mármol, presionando contra el vientre de Hinata.
Hinata gimió contra su boca, cimbreándose deseosa contra él, intentando elevarse lo suficiente para acomodar aquella gruesa protuberancia en el espacio blando de su entrepierna. Se sentía dolida y vacía, muy vacía, cada vez más húmeda por la necesidad de tenerlo dentro.
Naruto tenía la camisa abierta. La piel de los hombros en la que se hundían los dedos de Hinata estaba cubierta por tela, pero el pecho se veía desnudo. Palpó su piel, brillante de sudor. Los pechos se le tensaron, los pezones se pusieron duros y enhiestos, vibrantes por el deseo de ser tocados.
Naruto separó su boca de la de ella, buscando aire, mientras su pecho se movía igual que un fuelle a cada inspiración. Hinata se pasó la lengua por los labios inflamados para percibir su sabor y le rodeó el cuello con los brazos para atraerlo. Él cedió en el acto, con boca dura y mordiente, con una fuerza primitiva que excitó a Hinata más allá de lo que jamás había conocido.
Naruto tomó los dos senos en las manos para masajearlos con fuerza, y el alivio fue tan intenso que Hinata dejó escapar un leve gemido tanto de placer como de deseo, pero en cuestión de segundos aquello resultó insuficiente.
Naruto reconoció aquel deseo, o tal vez el suyo era igual, porque asió la pechera de la blusa de Hinata y la abrió de un tirón que hizo saltar los botones con un ruido atronador dentro de la burbuja de silencio que los rodeaba. Con una mano, soltó el cierre frontal del sujetador y apartó las copas hacia los lados para exponer la firme curva de aquellos pechos a su boca hambrienta y exigente.
Le pasó un brazo por debajo de las nalgas y la levantó al tiempo que su boca resbalaba hasta sus senos dejando un rastro de humedad allí por donde iba pasando los labios. Su boca se topó con un pezón erguido, y lo succionó con vehemencia, provocando en Hinata una sensación parecida a un intenso aguijoneo que la hizo arquearse contra él, como si pretendiera apartarlo.
Él respondió sujetándola con más fuerza, agarrándola de las nalgas y frotando su miembro erecto contra el suave pliegue de la entrepierna de ella. La descarada sexualidad de sus movimientos desató una llamarada en Hinata, que se sintió irremediablemente arrastrada hacia el túnel oscuro y resbaladizo que conducía al clímax.
Luchó contra ello; no quería que aquella fiebre desatada terminase tan pronto. Se encogió contra el pilar de madera tratando de separar las caderas de aquella dura protuberancia, pero no pudo, el brazo que le sostenía las nalgas la mantenía amoldada a Naruto y le permitía un movimiento tan escaso que ni siquiera podía cerrar las piernas. Sintió una tensión crecer en la parte inferior del cuerpo, una tensión que iba aumentando, aumentando...
Naruto volvió a dejarla de pie en el suelo y tiró de la falda para subírsela hasta la cintura. Hinata se inclinó débilmente contra la columna, con todos los sentidos aturdidos por la velocidad y la violencia con que estaba sucediendo aquello. Recordó vagamente aquella ocasión en la que lo vio haciendo el amor, despacio y con ternura, con voz tranquilizadora y cariñosa, musitando palabras de amor.
Creía que iba a ser algo así, pero en cambio se veía atrapada en un torbellino como la Dorothy de El mago de OZ, lanzada a un territorio inexplorado. Se habían arrojado el uno sobre el otro como animales, incapaces de frenar ni de inyectar un poco de ternura en aquel acto, y a ella eso no la preocupaba. La urgencia era demasiado fuerte, demasiado inmediata.
Naruto agarró la mano izquierda con su falda y la levantó y apartó hacia un lado, mientras con la derecha le bajaba las bragas. Hinata sintió el contacto del aire de la noche en las nalgas desnudas; aquello le provocó una sensación de dolorosa vulnerabilidad, y se estremeció entre las manos de Naruto.
Él le bajó las bragas hasta las rodillas, luego alzó un pie y lo apoyó en la entrepierna de la prenda para empujarla hasta el suelo. Hinata oyó el ruido de la tela al romperse y emitió una débil protesta, pero sintió que le caía a los pies y que él la izaba para sacarla de lo que quedaba de la prenda.
La sujetó contra la columna y le abrió los muslos para introducirse entre ellos. La cabeza de Hinata cayó hacia atrás. Oía su propia respiración jadeante mientras aguardaba con insoportable espera la violenta embestida que llenaría su vacío y aplacaría aquel doloroso deseo.
La mano de Naruto se movió con frenesí entre los cuerpos de ambos luchando con el cinturón, tirando del cierre de los vaqueros, y el roce de aquellos nudillos contra su carne húmeda y anhelante bastó para hacerla gritar de ganas. Naruto consiguió abrir la cremallera, y su miembro tensó saltó afuera y empezó a buscar los pliegues de Hinata entre las piernas.
—Quiero follarte —murmuró de forma ininteligible, en un tono áspero y grave, al tiempo que alzaba un poco a Hinata para ajustar su posición—. Déjame entrar. Ahora.
Su mano seguía aún entre los dos cuerpos, sus manos se movían con seguridad sobre la carne de ella. Encontró la hendidura blanda y húmeda e introdujo un dedo en ella para sacar la humedad hacia afuera y así preparar el terreno para entrar él.
Hinata se estremeció, con los brazos fuertemente ceñidos alrededor de su cuello mientras aquel largo dedo frotaba tejidos de exquisita sensibilidad y provocaba explosiones subterráneas de placer. Sus músculos internos se cerraron sobre el dedo intruso apretándolo en una sutil caricia, y Naruto juró con una excitación salvaje. Sin poder esperar más, retiró el dedo y guió la ancha cabeza de su pene hacia el lugar adecuado.
Hinata se quedó inmóvil, congelada por la enorme presión que experimentó entre las piernas cuando él comenzó a empujar. La fiebre del deseo se esfumó, sustituida por la alarma. En un fogonazo de lucidez recordó el grito de sorpresa y pánico de Lindsey Partain cuando Naruto la penetró, y ahora supo a qué se debía.
Entonces su mente quedó en blanco, centrada tan sólo en la verga gruesa y maciza que iba entrando en su cuerpo a cada embestida, corta pero potente. Naruto gruñía por la dificultad de la penetración, con el cuerpo entero en tensión.
Hinata se retorció en sus brazos igual que un gusano en un anzuelo, emitiendo pequeños gemidos de angustia. Naruto se detuvo con el rostro bañado en un sudor que goteaba sobre los pechos desnudos de Hinata y trazaba diminutos regueros de humedad. Luchó desesperadamente por conservar el control, en un esfuerzo que le contraía las entrañas.
—Chist, chist —susurró apretando los labios contra la delicada curva del mentón de Hinata. Aquel sonido fue un mero susurro tranquilizador que se disipó en la brisa de la noche—. No pasa nada, nena. Puedes con ello. Tú quédate quieta y déjame entrar. No te voy a hacer daño, voy a ser muy lento y suave.
Mientras hablaba empezó a mover las caderas adelante y atrás, unos movimientos ligeros que indujeron a los músculos de ella a relajarse para permitir que cada nueva embestida le permitiera deslizarse más profundamente— en su carne caliente, húmeda e increíblemente prieta. Hinata gimió temblorosa en sus brazos.
Él sintió cómo arqueaba el cuerpo de forma convulsiva en un esfuerzo instintivo por aceptarlo y adaptarse a él; Naruto trató de controlar el movimiento, pero ya era demasiado tarde. El brusco movimiento de torsión la empaló sobre la rígida verga de él, introducida hasta la empuñadura, y la vaina candente del cuerpo de Hinata le causó la misma sensación que si todo el cuerpo le explotara.
Aquella impresión hizo eco en Hinata. Se dejó caer pesadamente en los brazos de Naruto con la cabeza inclinada hacia atrás como una margarita con el tallo roto. El férreo control de Naruto se hizo añicos, y sus caderas iniciaron un movimiento similar al de una taladradora, entrando y saliendo de ella.
Hinata permaneció colgada, sostenida sólo por el movimiento del cuerpo de Naruto y por el pilar de madera que tenía a la espalda. Durante un espacio de tiempo imposible de medir, sus sentidos quedaron reducidos al retumbar de su corazón y al intenso martilleo del cuerpo de Naruto dentro del suyo, que la machacaba sin descanso. Se aferró de su camisa retorciendo la tela en un intento de soportar el trance, zarandeada irremediablemente en aquella violenta descarga de lujuria.
En aquel momento Naruto se detuvo y de su garganta surgió un gruñido al percibir en la tensión de su cuerpo el repliegue físico y mental de Hinata.
—No —dijo con frustración y rabia—. No pienso permitir que te aísles de mí. Ven a mí, nena. Hazme sentirlo.
Hinata intentó hablar, pero no pudo decir nada. No puedo hacerlo, pensaba, sin embargo no podía articular palabra alguna. El Clímax, que hacía poco lo veía acercarse inminente, ahora parecía fuera de su alcance del todo. Se sentía dolorosamente dilatada, empalada, al margen del placer.
Pero Naruto ajustó su posición enganchando los brazos por debajo de los muslos de ella y manteniéndolos muy separados al tiempo que la sujetaba con su peso contra la columna. Hinata se sintió completamente abierta, incapaz de controlar ni reaccionar a las embestidas de él.
Naruto liberó una mano durante breves instantes, buscó el pequeño capullo en la parte superior del sexo de Hinata y utilizó el pulgar y el índice para abrir los labios que lo protegían y dejarlo al descubierto. Volvió a corregir la postura y se adentró más en Hinata para poder presionar el pequeño capullo, y entonces comenzó a empujar de nuevo.
Hinata sintió como un ramalazo que le recorría todo el cuerpo y se concentraba entre sus piernas.
No tenía defensa alguna contra aquella oleada de sensaciones, que se intensificaban despiadadamente a cada arremetida. Naruto sabía exactamente lo que hacía, que era forzarla inexorablemente hacia el orgasmo. En cuestión de segundos estaba gimiendo nuevamente de deseo; en menos de un minuto sintió que la invadía la furia, y gritó con la fuerza de la liberación arqueando todo el cuerpo y estremeciéndose en los dominantes brazos de Naruto. Aquella sensación continuó sin cesar, con tal intensidad que no fue consciente de nada más, reducida a un ser totalmente físico.
Sus espasmos apenas habían comenzado a ceder cuando comenzaron los de Naruto, que se sacudió violentamente bajo ellos, con la cabeza echada hacia atrás y el cuello en tensión, vibrante.
Un gruñido ronco y profundo le nació del pecho y se repitió una y otra vez al ritmo del bombeo de sus caderas.
Los momentos siguientes transcurrieron en silencio, puntuados tan sólo por la aspereza de la respiración agitada de ambos y algún que otro gemido o gruñido ocasional, involuntario, cuando las terminaciones nerviosas rezagadas se agitaban con algún resto de placer.
Hinata estaba aturdida, la cabeza colgando hacia delante, contra el hombro de Naruto. Éste se había dejado caer en los brazos de ella, y la columna los sostenía a ambos. Allí donde la piel desnuda se tocaba, el sudor los adhería el uno al otro. Los dos tenían la ropa empapada y retorcida. Hinata se sentía tan entumecida como si acabara de librar una batalla.
La respiración de Naruto fue aquietándose y recuperó el control de sí mismo, como si cada movimiento le supusiera un esfuerzo. Su corazón retumbaba contra el pecho de ella, latiendo pesada y lentamente. Se retiró con cuidado de su cuerpo y la sostuvo firme cuando ella se tensó, porque incluso aunque la humedad del clímax allanaba el camino, sus tejidos inflamados lo liberaron casi con la misma dificultad con que lo habían aceptado.
Naruto estaba estupefacto, impresionado en lo más vivo por la intensidad de lo que acababa de suceder. Aquello no era sexo. Ya había tenido mucho sexo. El sexo era un Placer, a veces suave, a veces lascivo; un apetito, persistente pero fácilmente satisfecho. Sin embargo, lo que acababa de experimentar con Hinata fue potente e imparable como una avalancha, un fuego que lo dejó chamuscado y ya necesitado de sentir la misma llama otra vez.
Sentía el cuerpo leve y tierno de ella temblar en sus brazos y deseó acostarse con ella, consolarla y luego volver a penetrarla hasta lo más profundo. Lo deseaba con una violencia tal que le contrajo las entrañas. Pero como no confiaba en ser capaz de contenerse, dejó caer los brazos.
Aturdido, un solo pensamiento le vino a la mente.
—Dios santo —dijo con la voz aún ronca por el intenso orgasmo—. Si follar con Hanna era así, ahora entiendo por qué mi padre no podía apartarse de ella.
Hinata se quedó petrificada y el delicioso calor del apareamiento se transformó en hielo al oír la mordacidad de aquellas palabras. No reaccionó a aquella insultante crudeza, aunque sí le causó efecto. Si Naruto se había propuesto hacerla sentirse barata, lo había logrado de forma admirable.
La humillación y la angustia se adueñaron de su estómago y la obligaron a apretar los dientes para reprimir una súbita náusea. Ella había experimentado la misma sensación que si el corazón abandonara su cuerpo, pero para él había sido... ¿qué? ¿Una especie de represalia? Como Hanna estaba fuera de su alcance, ¿se había vengado en su hija?
Volvió a ordenarse la ropa sin mirarlo siquiera. Tenía el sujetador retorcido, pero por fin consiguió abrochar el cierre. A la blusa no le quedaban botones, de modo que se anudó los faldones a la cintura. Se agachó para recoger las bragas con la intención de ponérselas, pero estaban destrozadas. El rubor le inundó el rostro, pero gracias a Dios la oscuridad ocultó aquel arrebato de vergüenza.
En silencio, se guardó la frágil prenda en el bolsillo de la falda y dio media vuelta para echar a andar con toda la dignidad posible, dadas las circunstancias. Pero no era mucha. ¿Cómo podía una mujer conservar su dignidad cuando acababa de ser tomada, de pie, con la elegancia y la ternura de un marinero que lleva seis meses sin ver una mujer y se folla a una ramera en un callejón? Las piernas le temblaban como un flan, tenía la pelvis dolorida por el esfuerzo y, lo que era aún peor, sentía la humedad del semen de Naruto entre los muslos.
Abrió la puerta de rejilla y bajó los escalones con pie inseguro. La linterna estaba donde la había dejado, y el haz de luz iluminaba las hojas de hierba y los insectos que revoloteaban atraídos hacia ella. La recogió del suelo, y en el momento de incorporarse chocó contra Naruto. Se le antojó que se movía igual que un fantasma; no lo había oído salir del porche. Lo dejó a un lado, pero él la agarró del brazo y la obligó a detenerse.
—¿Adónde diablos crees que vas?
—A mi coche.
Naruto soltó un bufido.
—Si no te dejo volver andando sola durante el día, puedes tener la seguridad de que tampoco lo vas a hacer por la noche.
Hinata percibió la tensión y la rabia en él, pero estaba demasiado exhausta y asqueada para preocuparse de ello. Se zafó suavemente del brazo que la sujetaba, todavía sin mirarlo.
—Yo crecí andando por estos bosques, no necesito escolta.
—Entra en el coche —dijo Naruto con aquel tono suave y acerado que indicaba que ya había tomado la decisión y no iba a cambiarla—. Te llevo yo.
¿Qué coche? Desconcertada, Hinata miró a su alrededor. Hasta aquel momento no había tenido tiempo de preguntarse cómo había llegado él a la casa de verano. Entonces vio el jaguar, aparcado a un costado de la casa en vez de la entrada.
Como siempre, se había aproximado desde el otro lado, por eso no lo había visto. ¿Qué malvado genio lo había inducido a aparcar allí, en lugar del camino de entrada? Si ella hubiera visto el coche, en ningún momento habría abandonado la seguridad de la arboleda.
Naruto la estaba empujando en dirección al coche, y Hinata no perdió el tiempo en discutir. Simplemente quería librarse de él, y la manera más rápida de hacerlo era rindiéndose y terminando de una vez.
Naruto abrió la portezuela del coche e instó a Hinata a entrar apoyándole una mano en la espalda.
Hinata se sentó exhalando un suspiro de alivio por no tener que sostenerse sobre sus piernas temblorosas. Él fue hasta el otro lado y se deslizó detrás del volante. Sus poderosas manos actuaron con competencia y seguridad al arrancar el motor y poner la palanca de transmisión en la posición adecuada.
—¿Has aparcado en el mismo sitio que la otra vez? —preguntó a Hinata en un tono que rezumaba rabia contenida.
—Sí —murmuró ella, y luego guardó silencio. Mantener aquel silencio parecía ser al mismo tiempo lo más seguro y lo más fácil de hacer, así que se concentró en contemplar fijamente los árboles oscuros que pasaban junto a la ventanilla.
El camino discurría alrededor del lago, luego entraron en la carretera, y después Naruto tuvo que tomar otra salida hacia el camino de tierra que en otro tiempo había conducido al hogar de Hinata.
Llegar hasta allí no llevó mucho menos tiempo que si hubiera ido a pie, pero a pesar de toda la tensión, dio las gracias de no haber tenido que poner a prueba sus piernas con aquel temblor. Lo más probable era que se hubiera tropezado con todas las raíces y rocas del camino.
El Jaguar dobló la curva ronroneando y entonces apareció el coche de Hinata. Se palpó buscando las llaves, y sus dedos encontraron un bolsillo vacío. Una sensación de pánico le atenazó las entrañas.
—He perdido las llaves —dijo con un hilo de voz. Naturalmente. Había tenido la falda prácticamente subida hasta la cabeza. Habría sido un milagro que las llaves hubieran permanecido dentro del bolsillo.
—Toma. —Un pequeño anillo aterrizó en su regazo—. Yo las he recogido.
Su mano fría se cerró sobre las llaves al tiempo que Naruto detenía el Jaguar junto a su coche, y ella abrió la portezuela antes de que a él le diera tiempo de soltar el embrague y apagar el motor.
Salió dando tumbos, sin hacer caso de Naruto, que le decía que aguardase, y buscó frenéticamente entre las llaves que tenía en la mano la que servía para abrir el coche. La encontró, y la hizo girar dentro de la cerradura. Naruto estaba ya fuera del jaguar, rodeándolo por delante en dirección a ella.
Hinata abrió la puerta de su coche de un tirón y se deslizó al interior.
Naruto dijo:—Hinata...
Pero ella introdujo la llave en el contacto y arrancó, luego accionó la palanca de cambios y empezó a moverse con la puerta todavía abierta. Se inclinó y la cerró, arrancándola de las manos de Naruto, y lo dejó allí de pie mientras daba marcha atrás demasiado deprisa por el camino hasta que encontró un espacio lo bastante ancho para dar la vuelta al coche.
Naruto se quedó en medio del camino, contemplando las luces de los faros virar alocadamente, seguidas por los puntos rojos de las luces de posición hasta que desaparecieron de la vista. Tenía las manos cerradas en dos puños, tensas por el esfuerzo que le suponía reprimirse para no meterse en su coche y lanzarse detrás de Hinata.
Estaba tan temblorosa, había soportado tanta tensión, que la más ligera presión adicional podría hacer que se viniera abajo. Si la perseguía, era muy probable que se fuera directamente contra un árbol.
Regresó al coche maldiciendo furioso por lo bajo. Si se pudiera alcanzar el trasero, se habría dado una patada en él. ¡Dios, tenía que decir precisamente lo más idiota, imbécil, lo más cruel de todo! No le pasó inadvertida la ironía que encerraba aquello.
Había hablado con palabras dulces a más mujeres de las que recordaba, y ninguna de ellas había significado ni un comino para él. Pero con Hinata, que era capaz de contraerle las entrañas, se las había arreglado para decir exactamente lo peor posible. Ella se había replegado inmediatamente, toda aquella pasión maravillosa se había convertido en cenizas, la expresión de su cara se había vuelto lisa y vacía como la de una muñeca.
Ya había visto aquella misma expresión otra vez, en otra noche que no olvidaría jamás, y rezó a Dios para no volver a verla nunca.
Los tumultuosos acontecimientos de aquel día también lo habían dejado a él un tanto tembloroso. Primero fue lo de encontrarse aquel maldito gato muerto en la cocina de Hinata, después la frustración de intentar persuadirla de que podía estar en peligro, maldita sea, y de que por su bien debería marcharse de Konoha.
Pero decirle aquello fue como hablar con un poste, excepto que el poste por lo menos no discutía con uno. Tenía aquella mirada tenaz, aquel gesto de levantar la barbilla, y seguía en sus trece más terca que una mula. Luego vino el enfado de Orochimaru por haberla llevado en su coche, como si estuviera contaminada, maldita sea, y Karin se había comportado como si él le hubiera dado una bofetada con un pescado.
Había ido hasta el lago en busca de soledad completa, y se había sentado en el porche apoyado en la pared, contemplando el reflejo de la luna en el agua y reflexionando sobre los irritantes sucesos del día cuando apareció Hinata, silenciosa como un fantasma.
Se la quedó mirando, sin creer lo que veían sus ojos, luchando contra el acceso de furia que le produjo ver que evidentemente había venido caminando por el bosque de noche, porque estaba claro que no había llegado en coche.
La vio dirigirse recto hacia el cobertizo para botes y recorrerlo con el haz de la linterna. ¿Qué diablos andaría buscando? Era la segunda vez que la pillaba merodeando por aquel lugar.
Y entonces fue cuando lo asaltó la lujuria, borrando todo lo demás. La había advertido, y el hecho de que ella estuviera allí significaba que estaba dispuesta a pagar el precio.
Deseaba creer que podría haberse detenido si Hinata hubiera dicho que no, sin embargo, se alegraba de no haber hecho la prueba. Hinata no había dicho que no, no había dicho nada, sino en que en vez de eso se había retorcido contra él como si intentara meterse debajo de su piel, y aquello le había hecho perder la cabeza por completo.
Se mostró dulce y ardiente, arqueando el cuerpo bajo su contacto, ofreciendo su boca tierna y apasionada. En aquel momento nada ni nadie podría haberlo separado de ella, y aún le temblaba el cuerpo al recordarlo. En cierta ocasión la había llamado puritana, y había dado justo en el blanco. Sacudió la cabeza en un gesto negativo, todavía intentando comprender lo que había conocido de ella aquella noche.
Hinata Uchiha Inuzuka, la hija de un borracho y de una puta, no bebía, no fumaba y no follaba. Había conocido a vírgenes que no eran tan estrechas. Probablemente era virgen cuando se casó, y de pronto tuvo la certeza de que él era el único hombre que había estado con ella desde la muerte de su marido.
A pesar de toda aquella ardiente sensualidad con la que había reaccionado, era un tanto mojigata; no juzgaba a los demás, pero ciertamente ella se guiaba por normas muy estrictas. Era a causa de sus padres, por supuesto. Después de haberse criado como se había criado, estaba decidida a no parecerse nunca a ellos.
Para Naruto, no había problema en ello, siempre que Hinata no intentase atrincherarse y alejarse de él. Tenía la impresión de que aquello era precisamente lo que iba a hacer, y por nada del mundo iba él a permitir que se saliera con la suya.
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No pienses en ello. No pienses en él.
Hinata se despertó temprano de un sueño inquieto, con los ojos pesados y la misma sensación de cansancio que cuando se acostó. La noche anterior había apartado a Naruto de sus pensamientos, haciendo caso omiso de la vibración que aún persistía después de que él hubiera usado su cuerpo, incluso lo borró de su mente mientras se daba una ducha para lavar toda prueba de aquel uso.
Pero a pesar de su fuerza de voluntad, la traicionó el subconsciente e introdujo a Naruto en sus sueños, de modo que al despertarse se descubrió a sí misma buscándolo con las manos, y con el cuerpo temblando de deseo por él.
Durante cuatro años había reprimido las necesidades de su cuerpo con tal firmeza que terminaron siendo casi inexistentes, pero en lo que concernía a Naruto no poseía el mismo control.
Más le valía admitirlo. La noche pasada él la había excitado despiadadamente, la había forzado a llegar a un final que no logró comprender, y ahora su cuerpo quería más. Por lo visto, no importaba que estuviera rígida y dolorida ni que él la hubiera desconcertado con palabras hirientes; físicamente, lo deseaba. Quería más de aquel placer violento y devastador. No sabía que pudiera ser así, y el descubrimiento la había dejado a la vez humillada y atónita.
Naruto la había tratado como una puta. Había seducido a Lindsey Partain con paciencia y ternura; ella lo había visto, de modo que conocía la diferencia. A Lindsey le había murmurado palabras de amor en francés, y a ella frases sexuales anglosajonas.
Estaba claro que sólo merecían su consideración las mujeres que eran socialmente iguales a él. Se le encogía el corazón por la vergüenza, pero su cuerpo ansiaba más de aquel tratamiento brutal. A lo mejor Naruto tenía razón al tratarla así; a lo mejor su herencia había permanecido sólo latente durante todos aquellos años y ahora volvía a la vida.
No iba a dejarla en paz; Hinata sabía aquello tan bien como su propio nombre. Había intentado convencerla de que se marchara de Konoha a otro sitio para poder estar juntos, pero quizá fuera más eficaz la táctica contraria. Ella lo intentaría, pero no podría evitar a Naruto del todo, y no sabía cuántos encuentros más podría soportar su autoestima.
Todavía tenía que averiguar quién había matado a Jiraiya. Ahora ya no era tanto por sí misma, sino por Naruto. La familia de Jiraiya se merecía saber que él no los había abandonado. No había conseguido entrar en el cobertizo para botes, y necesitaba hacerlo. Necesitaba hablar con el detective Ambrose para saber si había encontrado al señor Yamanaka. Necesitaba hacer más preguntas, inducir al asesino a que actuase, pues sólo si se movía podría ella verlo.
Continua
