Secretos de una Noche
Sin Pistas
Aquel día la volvió loca el teléfono. Hinata pensó en desenchufar el maldito aparato, pero se recordó a sí misma que aún tenía un negocio que dirigir. No disponía de una línea aparte para el fax, de modo que el teléfono tenla que seguir funcionando. En cambio, sí dejó que atendiera las llamadas el contestador. Por desgracia, la mayoría de ellas eran de Naruto.
Su tono de voz en el primer mensaje fue a la vez exasperado y tranquilizador:
—Quería verte hoy, pero he tenido que ir a Nueva Suna a primera hora de la mañana. Ahí es donde me encuentro ahora, y según parece no regresaré hasta esta noche, muy tarde.
Bueno, era un alivio, pensó Hinata. Ahora ya no estaría todo el tiempo nerviosa, temiendo que él se presentase en cualquier momento en el porche de su casa.
El mensaje continuaba, ya en un tono más profundo, más íntimo:—Tenemos que hablar, nena. ¿Quieres que pase a verte esta noche, cuando regrese a casa? Volveré a llamarte más tarde.
—¡No! —gritó Hinata al teléfono al oír que él colgaba y el contestador se desconectaba.
Fue aproximadamente media hora más tarde cuando cayó en la cuenta. Naruto estaba en Nueva Suna; no estaba ansiosa por volver a la casa de verano, pero si fuera ahora, por lo menos estaría a salvo de ser detectada. Era posible que aquélla fuera la mejor oportunidad que iba a tener, y ni siquiera tendría que acercarse andando por el bosque.
Si rompiera la ventana, Naruto sospecharía inmediatamente que había sido ella, puesto que la noche anterior la había pillado merodeando por el cobertizo de botes. Además, le resultaría difícil colarse por la ventana sin una escalera, y no tenía ninguna. Pero aún no era de noche, y ella nadaba bien. Lo que la noche anterior parecía impensable era muy factible bajo el brillante sol matinal.
El teléfono estaba sonando cuando salió de la casa con los aperos en la mano. Como normalmente no estaba preparada para aquella clase de aventuras, tuvo que conformarse. Se había puesto un bañador viejo y encima unos pantalones y una blusa.
En una bolsa llevaba dos toallas y la linterna, que tal vez pudiera hacerle falta para registrar los rincones oscuros. La linterna no era sumergible, así que la metió dentro de una bolsa de plástico con cierre hermético. Para su seguridad personal, cogió también el cuchillo de cocina más largo que tenía. No sabía qué uso podría darle —esperaba no estar demasiado cerca de una serpiente furiosa como para tener que apuñalarla—, pero el hecho de llevarlo consigo la hacía sentirse mejor, de modo que se lo llevó.
Estaba casi alegre cuando condujo hasta la casa de verano. Ya había intentado registrar aquel lugar en dos ocasiones, y las dos veces la había atrapado Naruto. A la tercera sería la vencida.
Cuando llegó al lago, decidió resueltamente no volver la vista hacia la casa de verano, pero no pudo escapar del todo a los recuerdos de lo que había sucedido en aquel porche. ¿Cómo iba a poder, cuando sentía una punzada entre las piernas a cada paso que daba? Pero también experimentó el débil aguijón del deseo, y se odió a sí misma por ello.
Se desvistió a toda prisa y golpeó la puerta del cobertizo para espantar a los posibles habitantes. No oyó ningún correteo ni chapoteo en el agua, de modo que tal vez el interior estuviera despejado.
De todas formas, aporreó de nuevo la puerta y zarandeó la cadena, para mayor seguridad. Satisfecha de haber hecho todo lo posible al respecto, echó a andar por el embarcadero hasta llegar a la altura de la puerta del garaje que sellaba el cobertizo por el lado del lago.
Naruto y Karin, y los amigos de ambos, con frecuencia habían ido a bañarse allí en verano; en más de una ocasión Hinata se había metido en el agua a hurtadillas, pero nunca cuando había delante otra persona. No le daba miedo estar sola en el agua, y sabía la profundidad que había alrededor del embarcadero.
Con la linterna metida en la bolsa en una mano, se introdujo en el agua y buceó un poco, pero emergió con una ligera exclamación por la fría temperatura. Para julio y en agosto el agua estaría ya más templada, pero todavía estaban a finales de mayo y aún conservaba el frío del invierno. Nadó un poco a un lado y al otro para aclimatarse al agua y a la actividad, y al cabo de un momento la temperatura le pareció mucho mejor.
Debajo del cobertizo estaría oscuro. Encendió la linterna manipulándola a través de la bolsa, y no se dio más tiempo para pensar. Aspiró una gran bocanada de aire y se zambulló por debajo del borde de la puerta. La visibilidad era muy mala, incluso con la linterna, y debajo del cobertizo era casi tenebrosa.
Por encima veía un rectángulo de luz, gracias a Dios no ocupado por ningún bote, lo cual habría dificultado más la subida. Se impulsó en dirección a la luz y sacó la cabeza del agua casi antes de darse cuenta de que había alcanzado la superficie. Sacó un brazo y se agarró del borde del bote para estabilizarse, y depositó la linterna sobre una superficie sólida. Sólo entonces se apartó el pelo de la cara para ver con claridad lo que la rodeaba.
El interior del cobertizo para botes estaba en penumbra y prácticamente vacío. Se izó fuera del agua y se quedó de pie, chorreando y mirando a su alrededor, dejando que los ojos se le acostumbraran a la oscuridad.
En otro tiempo el cobertizo estuvo atestado de colchonetas y llantas, y chalecos salvavidas colgados de ganchos en las paredes; el bote para hacer esquí acuático se hallaba escorado suavemente contra los bordes acolchados de la grada, y en un rincón había apilados varios recipientes de petróleo.
Todo aquello había desaparecido. El cobertizo había sido vaciado y limpiado; lo único que contenía ahora era una cortadora de césped de las de empujar, un rastrillo para el patio y una escoba desgastada. No existía la menor posibilidad de que un único casquillo de bala siguiera estando allí después de doce años.
Aun sabiendo que sería inútil, de todos modos echó un vistazo. Alumbró todos los rincones con la linterna, se puso a cuatro patas y miró desde aquel ángulo. Nada. Bueno, de todas maneras, era muy difícil, se dijo para consolarse. Lo había intentado, y había disfrutado de un agradable baño matutino.
Volvió a sumergirse en el agua, pasó bajo la puerta y salió a la superficie a la luz del sol. Esta vez no había sorpresas aguardándola. Subió al embarcadero sin novedad y se quitó el traje de baño mojado, y a continuación se secó con la toalla y se vistió. Había tenido la previsión de traerse también ropa interior seca. Excepto por el pelo húmedo, su aspecto era perfectamente normal cuando regresó a casa.
El contestador guardaba dos mensajes más de Naruto.
—¿Dónde te has metido, nena? ¿Piensas levantarte tarde y has desconectado el teléfono? Te llamaré más tarde.
Hundió el rostro entre las manos. El contestador emitió un pitido y reprodujo otro mensaje:—No puedes retrasarlo indefinidamente. Tarde o temprano tienes que hablar conmigo. Coge el teléfono, nena.
Fue a la ducha para aclararse el pelo del agua del lago. Oyó sonar el teléfono incluso con el grifo abierto y procuró no hacer caso de la sensación de ser acosada. No le resultó fácil. Las llamadas continuaron todo el día, cada mensaje más irritado que el anterior. Naruto dejó de mostrarse cariñoso y empezó a exigir:
—¡Hinata, maldita sea, coge el teléfono! Si piensas que vas a poder ignorarme... —Y colgó sin terminar la amenaza.
Entre una y otra llamada de Naruto, Hinata hizo una a Nueva Suna, pero no pudo hablar con el detective Ambrose. Le dejó un mensaje y esperó a que le devolviera la llamada.
Ya era por la tarde cuando se la devolvió. Hinata levantó el auricular en cuanto oyó la voz del detective.
—Soy Hinata Inuzuka, detective. ¿Ha encontrado ya al señor Yamanaka?
—Nada, señora Inuzuka. Lo siento. Tampoco han encontrado su coche. —Suavizó el tono—.Francamente, la cosa no tiene buena pinta. No encaja con el tipo de persona que desaparecería de forma voluntaria; no tenía nada de que huir y nada adonde huir.
» Podría haber perdido el control del coche, haber sufrido un ataque al corazón, haberse dormido al volante... Si el coche se salió de la carretera y cayó a un pantano o un río... —Dejó la frase en suspenso, pero Hinata no necesitaba que le dieran más detalles. El detective esperaba que al señor Yamanaka lo acabara encontrando un pescador.
—¿Me tendrá informada? —susurró, parpadeando para contener las lágrimas.
—Sí, señora, en cuanto sepa algo.
Pero no iba a saber nada. Hinata dejó el auricular en la horquilla. Jiraiya Namikaze había sido asesinado. Ya no se trataba de una teoría; su madre lo había presenciado. El señor Yamanaka había estado haciendo preguntas directas acerca de la desaparición de Jiraiya.
¿Se habría quedado el asesino tan tranquilo, imaginando que no había pruebas, o lo habría puesto nervioso el hecho de que el señor Yamanaka fuera un investigador? ¿Lo bastante nervioso para cometer otro asesinato, quizá?
Aquel hombrecillo encantador estaba muerto, y era culpa de ella.
Tan pronto como caló esa idea en su mente, la rechazó. No, no era culpa suya, era culpa del asesino. No estaba dispuesta a absolverlo ni del más mínimo resquicio de culpabilidad. Encontrar una prueba del asesinato de Jiraiya iba a ser sumamente difícil, después de doce años.
El señor Yamanaka llevaba menos de dos semanas desaparecido. Sería más inteligente concentrarse en encontrar a éste último; las pruebas no estarían destruidas por el tiempo.
Si ella hubiera matado a alguien, ¿dónde habría escondido el cadáver? En el caso de Jiraiya, la respuesta más probable era el lago. En el momento de cometerse el crimen, el bote estaba allí mismo. Nada más fácil que llevarlo hasta la parte más profunda del lago, añadir algo de lastre al cuerpo y empujarlo por la borda.
En cambio, en el caso del señor Yamanaka no había habido un recurso tan cómodo. Por una parte, probablemente no se encontraba junto al lago, y por la otra, no había bote. Así que, ¿Dónde intentaría el asesino deshacerse del cadáver? En algún sitio en el que no fuera muy probable que lo viera nadie. Había abundante bosque alrededor para un enterramiento apresurado.
Era frecuente que los cazadores se tropezaran con un cadáver que había permanecido meses, incluso años escondido en la tierra. Pero el asesino ya había tenido éxito en ocultar un homicidio, de modo que, ¿no sería probable que empleara el mismo método para deshacerse de un segundo cadáver? Si ella pensara eso, y lo pensaba, el lago privado de los Namikaze era el sitio donde había que buscar.
Pero no podía hacerlo sola. Estaba dispuesta a abordar casi cualquier tarea, pero era lo bastante sensata para saber cuándo necesitaba ayuda. Habría que dragar el lago, y eso requería botes, personas, equipos. El sheriff podría ordenar que se hiciera, pero tendría que convencerlo de que había una causa para ello y de que el lago era donde había que buscar. Y no podría hacerlo sin contarle lo que sabía acerca de Jiraiya.
Y no podía contar lo que sabía de Jiraiya sin contárselo primero a Naruto. No podía permitir que se enterase por terceras personas, no podía permitir que su familia se viera inmersa en aquel lío sin avisarla. A pesar del dolor que aún le oprimía el pecho, a pesar del hecho de que estaba demasiado avergonzada de sí misma para encararse con él, de algún modo tendría que encontrar valor para decirle que su padre había sido asesinado, y no sabía si sería capaz de ello.
Como si le hubiera leído el pensamiento, en aquel momento sonó el teléfono. Hinata cerró los ojos.
—¡Maldita sea, Hinata! —La furia contenida de aquella voz le llegó con toda claridad—. Si no coges el teléfono y me dices que estás bien, voy a llamar a Suigetsu Hõzuki para que vaya ahí...
Hinata tomó el auricular.
—¡Estoy bien! —chilló, y volvió a colgar. ¡Qué tipo más pesado!
El teléfono sonó otra vez, el tiempo justo para marcar de nuevo el número.
—De acuerdo —dijo cuando respondió el contestador, ya en un tono más controlado aunque todavía se percibía la irritación en cada palabra—. No debería haber dicho lo que dije. Fui un idiota, y lo siento.
—Yo también siento que seas un idiota —musitó Hinata en dirección al teléfono.
—Mañana podrás darme una patada en el trasero o partirme la cara, lo que más te guste —prosiguió él—, pero no creas que vas a evitarme para siempre, porque no pienso permitirlo.
Se oyó un chasquido en la línea cuando colgó, y Hinata rezó para que esta vez dejase de llamar. Pero volvió a sonar el teléfono. Soltó un gemido. El contestador atendió la llamada.
—Anoche no usé preservativo —informó reposadamente.
—Ya me di cuenta —dijo ella en tono sarcástico.
—Me apostaría algo a que tú tampoco estás usando ningún anticonceptivo —dijo Naruto—. Piensa en ello. —La línea chasqueó de nuevo.
—¡Maldito canalla! —exclamó Hinata con el rostro congestionado por la ira. ¡Que pensara en ello!
¿Y cómo iba a pensar en otra cosa, ahora que él se lo había recordado tan amablemente? Paseó furiosa por la casa, furiosa con Naruto y consigo misma.
Ninguno de los dos tenía excusa; no eran dos adolescentes irresponsables que funcionasen según las hormonas y no con la cabeza, y sin embargo así era exactamente como se habían comportado.
¿Cómo habían podido ser tan descuidados? Debería haber pensado en la posibilidad de quedarse embarazada, pero se sentía tan molesta y desgraciada que no había reparado en las consecuencias.
Bien, pues ahora tenía las consecuencias delante, y con creces. ¡Como si no tuviera ya bastante de que preocuparse!
Estaba tan aterrorizada que pasó media hora antes de que se le ocurriera consultar el calendario y contar los días. Cuando lo hizo, exhaló un suspiro de alivio. Tenía que venirle la regla dentro de una semana, y ella siempre había sido muy regular. No había nada seguro, pero tenía las posibilidades a su favor.
A la mañana siguiente recibió otra nota. Desde que recibió la primera tenía cuidado de dejar el coche cerrado con llave, de modo que ésta estaba sujeta bajo el limpiaparabrisas. Se fijó en ella cuando se asomó por la ventana, y salió a investigar. Cuando vio de qué se trataba, no la tocó. No quiso saber lo que decía. Era evidente que llevaba allí toda la noche, porque el papel estaba húmedo de rocío y se le había corrido la tinta.
La noche anterior no había oído nada, y eso que había vuelto a dormir mal. Al menos era sólo una nota, en vez de un animal mutilado.
Estaba todavía en pijama, pues acababa de desayunar. Dejó la nota donde estaba y regresó al interior de la casa. Quince minutos después estaba vestida, maquillada, peinada y saliendo por la puerta.
Abrió el coche y dejó el bolso sobre el asiento. Con sumo cuidado de no romper el papel mojado, levantó el limpiaparabrisas y extrajo la nota sosteniéndola por una esquina entre el pulgar y el índice. A continuación, entró en el coche y se dirigió recto al palacio de justicia.
Aparcó delante de la plaza y, sosteniendo la nota exactamente igual que antes, ascendió los tres peldaños largos y bajos. Había un mostrador de información nada más entrar, y se detuvo para preguntarle a una mujercilla de pelo azul dónde exactamente se encontraba el despacho del sheriff.
—Justo al final de ese pasillo, querida, y después a la izquierda. —La mujercilla señaló a su izquierda y Hinata giró obediente.
El olor del palacio de justicia era sorprendentemente agradable y calmó un poco sus agitados nervios. Se componía de papel y tinta, productos de limpieza, la siempre cambiante mezcla de gente y el aroma gris frío de los suelos de mármol y de las salas. Había sido construido cincuenta o sesenta años antes, cuando los edificios poseían un carácter individual.
Por supuesto, con el paso de los años había sido «modernizado» varias veces y se habían puesto luces fluorescentes para sustituir a las anteriores incandescentes, para que los empleados pudieran tener dolores de cabeza acordes con el abaratamiento del gasto de luz.
Se adosaron a las ventanas aparatos de aire acondicionado que parecían percebes que crecieran al azar en las ventanas de los despachos. Sin embargo, en algunos lugares, de forma especial en los pasillos, todavía había ventiladores de techo que giraban perezosamente durante toda la jornada y mantenían el aire renovado y en movimiento.
Llegó al final del pasillo y torció a la izquierda, donde se encontró con otro pasillo que se extendía frente a ella. Cinco puertas más allá llegó a un juego de puertas dobles que estaban abiertas y que lucían medio letrero en la hoja izquierda que decía DEPART DEL y otro medio en la hoja derecha que rezaba AMENTO SHERIFF, de tal modo que formaban palabras completas sólo cuando se cerraban las puertas.
Dentro se abría una habitación alargada con un mostrador que discurría hasta el fondo, detrás del cual había varias mesas, la radio y dos despachos, uno ligeramente más grande que el otro. El más grande tenía un cartel con el nombre sheriff Hõzuki en la puerta, que estaba semiabierta, pero Hinata no alcanzó a ver el interior desde donde se encontraba.
En las paredes colgaban fotografías de antiguos sheriffs, indicativo de los esfuerzos parroquianos por decorar el lugar. No hacía un efecto precisamente alegre.
Una mujer de mediana edad vestida con el uniforme marrón de los agentes levantó la vista cuando Hinata se acercó al mostrador.
—¿En qué puedo servirla?
—Quisiera hablar con el sheriff Hõzuki, por favor.
La agente observó a Hinata por encima del borde de sus gafas de leer, y se vio claramente que la reconocía de la visita que había hecho dos días antes. Sin embargo, lo único que dijo fue:
—¿Cómo se llama?
—Hinata Inuzuka.
—Un momento.
Entró en el despacho del sheriff Hõzuki tras llamar a la puerta sólo de forma protocolaria, y Hinata oyó un murmullo de voces. La agente salió y le dijo:—Pase por allí.
Y le indicó una media puerta que había al final del mostrador. Apretó un botón que había debajo y la puerta se abrió con un chasquido.
El sheriff Hõzuki acudió a la puerta de su despacho para recibirla.
—Buenos días, señora Inuzuka. ¿Qué tal está?
A modo de respuesta, Hinata sostuvo la nota en alto.
—He recibido otra.
El buen humor se esfumó del semblante del sheriff, que se puso serio al instante.
—Esto no me gusta en absoluto —murmuró al tiempo que cogía un sobre de pruebas de una mesa y lo abría para que Hinata dejase caer dentro la nota. Ella la soltó con el gesto de alguien que tira un trozo de basura maloliente—. ¿Qué dice?
—No la he leído. La encontré debajo del limpiaparabrisas de mi coche esta mañana, al levantarme. Sólo la he tocado por una esquina para no dejar huellas, suponiendo que quede alguna.
El papel se ha mojado —explicó.
—Por el rocío. Eso quiere decir que llevaba varias horas en el limpiaparabrisas. De hecho, ya tenemos varias huellas buenas de la otra nota y de la caja. El problema es que no vamos a poder saber de quiénes son a no ser que el que ha escrito las notas haya dejado sus huellas registradas anteriormente. —La condujo al interior de su despacho y volcó la nota sobre el secante de su escritorio—. Como usted no la ha leído, vamos a ver qué dice.
Abrió el cajón de su mesa y rebuscó en su contenido. Por fin sacó unas pinzas de depilar. Con ayuda de éstas y de la punta de un bolígrafo, desdobló con cuidado el papel húmedo. Hinata ladeó la cabeza para leer las letras mayúsculas:
NO ERES BIENVENIDA AQUÍ VETE ANTES DE QUE SUFRAS DAÑO
—La misma persona —dijo el sheriff Hõzuki—. Sin puntuación.
—¿Se trata de una firma deliberada?
—Es posible, pero puede que sea sólo una forma de distinguirse de su manera habitual de escribir, una especie de camuflaje. —Frunció el ceño—. Señora Inuzuka... Hinata... Naruto y yo le dijimos el otro día que vivir donde usted vive, sola, podría ser peligroso.
—No voy a mudarme —repuso ella, repitiendo una frase que debía de haber dicho veinte veces cuando estuvo allí para denunciar lo del gato muerto.
—En ese caso, ¿Qué tal si se compra un perro? No tiene por qué ser un perro guardián, bastará con uno que se ponga a ladrar furioso si oye algo fuera.
Perpleja, Hinata lo miró fijamente. Un perro. jamás había tenido ningún animal doméstico, de manera que aquella opción ni siquiera se le había ocurrido.
—Sí, creo que voy a comprármelo. Gracias, sheriff, es una buena idea.
—Bien. Hágase con uno lo antes posible. Pásese por la perrera y escoja uno que sea joven y sano. Le vendría bien uno que no esté muy crecido, para que se acostumbre a usted muy deprisa, pero que ya sea lo bastante mayor para saber ladrar, y no hacer sólo esos ruiditos típicos de los cachorros. —Contempló la nota que descansaba sobre su mesa—. En realidad, lo único que puedo hacer ahora es encargar a mis agentes que pasen por enfrente de su casa en coche un par de veces en cada turno. No tenemos gran cosa para continuar.
—Y unas cuantas notas y un gato muerto no son exactamente el crimen del siglo.
El sheriff le devolvió una ancha sonrisa, con todo el encanto de Huckleberry Finn.
—Ni siquiera podemos detenerlo por crueldad con los animales. Si la hace sentirse mejor, le diré que el gato no fue torturado. Murió atropellado. Simplemente alguien lo recogió, eso es todo. A mí sí me hace sentirme un poco mejor acerca de lo peligroso de esta situación. Un psicópata auténtico habría disfrutado matando un gato.
A ella también la hizo sentirse mejor. El recuerdo de aquel pequeño cadáver mutilado la ponía enferma cada vez que le venía a la mente. El gato estaba muerto de todos modos, pero por lo menos si lo había atropellado un coche, probablemente habría muerto de manera instantánea. No podía soportar la idea de que hubiera sufrido.
Salió del despacho del sheriff y volvió sobre sus pasos. Cuando estaba a mitad del pasillo vio a un hombre alto y de complexión fuerte, con cabello largo y rubio, que hablaba con la menuda mujer de pelo azul. A Hinata casi se le paró el corazón.
Sin perder el paso, dio rápidamente media vuelta en dirección al despacho del sheriff, presa del pánico ante la idea de enfrentarse a él de nuevo después del último encuentro. Fue una reacción puramente instintiva; su mente sabía que necesitaba hablar con él, pero su cuerpo emprendió la huida.
Oyó el rugido grave de su voz, reconocible donde fuera, y apretó el paso. Al llegar al final del pasillo, dobló la esquina y miró hacia atrás, y vio que él se acercaba a grandes zancadas, acortando con sus largas piernas la distancia que mediaba entre ambos, a una velocidad alarmante. Sus ojos azules estaban fijos en ella.
Hinata se apresuró a rebasar la esquina, y entonces vio allí mismo el lavabo de señoras, a la izquierda. Al ver el rótulo se lanzó al interior, empujó la puerta y esperó de pie, con una mano en el pecho para intentar calmar el retumbar de su corazón. Miró a su alrededor. Estaba sola en la diminuta estancia provista de dos retretes. Aguardó, congelada, a que se desvaneciera el sonido de sus pisadas.
De pronto la puerta se abrió bruscamente hacia dentro obligándola a retroceder de un salto para evitar el golpe. Naruto llenó el umbral, amenazante, con un frunce siniestro en el rostro. Los ojos le brillaban igual que si fueran hielo azul. Hinata trató de huir, pero chocó contra el lavabo. Había muy poco espacio para maniobrar.
—¡No puedes entrar aquí!
Él dio un paso adelante y cerró la puerta.
—¿Estás segura?
Hinata respiró hondo, intentando calmarse.
—Entrará alguien.
—Puede que sí. —Naruto se acercó un poco más, tanto que ya sólo los separaban centímetros y ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para verlo—. Puede que no. El sitio lo has elegido tú, no yo.
—Yo no he elegido nada —le espetó ella—. Trataba de evitarte...
—Ya me he dado cuenta —repuso él secamente—. ¿Qué estás haciendo aquí?
No había motivo alguno para no decírselo.
—Esta mañana he encontrado otra nota en el coche, y se la he traído al sheriff Hõzuki.
El ceño fruncido de Naruto se acentuó.
—Maldita sea, Hinata...
—Me ha dicho que tenga un perro —dijo Hinata, interrumpiendo el sermón—. Precisamente me dirigía ahora a la perrera.
—Es una buena idea. Pero no te molestes en ir a la perrera. Yo te compraré uno. ¿Por qué no contestaste ayer al teléfono?
—No quería hablar contigo. —Lo miró con cara de pocos amigos—. Ya conseguiré el perro yo misma, gracias. Y no estoy embarazada.
Naruto arqueó sus cejas.
—¿Cómo lo sabes? ¿Te ha venido la regla?
—No, pero no es el momento adecuado del mes.
Naruto soltó un bufido.
—Nena, yo soy católico, y conozco a un montón de niños que fueron concebidos en el momento inadecuado del mes.
—Puede, pero en esto tendrás que fiarte de mí. —Mientras hablaba, intentó deslizarse hacia un lado. Pero Naruto le puso las manos en la cintura, atrapándola.
—Por el amor de Dios, estate quieta —dijo en tono irritado—. Siempre estás tratando de escapar. ¿Qué crees que voy a hacerte?
—Lo mismo que me hiciste la última vez que te vi —replicó ella, y a continuación se ruborizó.
Aunque había temido mucho verse de nuevo con Naruto, ahora que había sucedido experimentaba la habitual punzada de deseo. Estaba claro que nunca iba a poder tratar con él en sentido práctico, ya fuera en la batalla o en cualquier otro aspecto.
Naruto no era un hombre que suscitase el aburrimiento en la gente que lo rodeaba; era demasiado vital, demasiado abrumador con su virilidad y su sexualidad. Incluso de niña había reaccionado a su presencia, y ahora que era una mujer el efecto que ejercía sobre ella se veía dolorosamente acrecentado.
Procuraría no permitir que él lo supiera, pero no podía mentirse a sí misma. Ya sentía el cuerpo en tensión, cada vez más caliente y húmedo. Era algo instintivo, totalmente diferenciado de los dictados de su mente.
Naruto bajó las cejas sobre sus ojos de cielo, que empezaron a brillar.
—Te gustó —dijo despacio, en un tono peligroso—. No intentes fingir que no querías hacerlo. Me di cuenta de cada segundo pequeño estremecimiento.
Hinata sintió que se intensificaba el color de sus mejillas, y no sólo por la vergüenza. Si él no la hubiera tocado, si por lo menos no estuviera tan cerca como para poder percibir su olor intenso, almizclado, tan deliciosamente masculino.
—No —dijo en el mismo tono—. No he dicho eso. —Calló un instante para tomar fuerzas para la mentira más grande de su vida—. Es que no quiero volver a hacerlo. Fue un error, y...
—Estás mintiendo. —Tenía la mirada fija en sus pechos. Sus ojos cambiaron lentamente, igual que su expresión, que se tensó de deseo—. Se te han puesto los pezones de punta. Y ni siquiera te he besado todavía.
A Hinata se le cortó la respiración. No necesitaba bajar la vista para saber que aquello era verdad; notaba la fuerte tensión en los senos, el roce de los pezones contra el encaje que los cubría. Su cuerpo estaba cada vez más caliente, un calor que se le concentraba en las ingles. Miró a Naruto con un gesto de impotencia.
Las pómulos de él se tiñeron de color y su respiración se hizo más profunda.
—Hinata —murmuró.
La tensión flotaba entre ambos igual que una cuerda vibrante. Hinata tenía la sensación de que alguien estuviera tirando de aquella cuerda para juntarlos poco a poco de manera inexorable.
Invadida por el pánico, apoyó las manos en el pecho de él y empujó, pero sin resultado alguno.
—No podemos —dijo débilmente—. ¡Aquí no, por el amor de Dios!
Pero él no la escuchaba. Tenía los ojos fijos en su boca.
—¿Qué? —dijo en tono ausente al tiempo que le apretaba la cintura con las manos y la atraía hacia él.
Hinata gimió en voz alta al sentir el cuerpo duro y vital de Naruto presionando el suyo. Él inclinó la cabeza para besarla, y ella levantó la boca automáticamente. Sus labios eran suaves, su boca ardiente.
El deseo le recorrió todo el cuerpo, irresistible como la marea, y sus manos dejaron de empujarlo para asir a puñados la tela de la camisa. Él la apretó aún más contra sí, y ladeó la cabeza para ahondar en el beso introduciendo la lengua en su boca.
Hinata emitió un leve gemido de placer y la succionó, moviendo a su vez la suya en una caricia.
Naruto se estremeció como si hubiera recibido un golpe y tomó sus nalgas en las manos para levantarla con fuerza contra su grueso miembro erecto. El ardor del deseo explotó en una llamarada que los consumió a los dos. Naruto retiró la boca un momento y gimió:
—Dios. —Al mismo tiempo le alzó la falda de un tirón y le bajó las bragas por los muslos.
Hinata sintió el frío del lavabo contra las nalgas desnudas y parpadeó por la impresión, que la sacó momentáneamente de aquella marea.
—Espera —balbuceó.—No puedo.
Su voz era áspera, temblorosa. La sujetó por las caderas con un brazo mientras se inclinaba para quitarle del todo las bragas. Antes de que Hinata pudiera reaccionar, se irguió de nuevo y la izó hasta el lavabo, le separó los muslos y se situó entre ellos. A continuación empezó a pelear frenéticamente con la cremallera de su pantalón.
Liberó su erección con un gruñido y seguidamente se guio hacia el interior de ella. Hinata clavó las uñas en sus fuertes hombros al sentir el calor de su miembro desnudo presionando contra los suaves pliegues de su carne, abriéndose paso entre ellos, buscando la abertura de su cuerpo.
La encontró, y Hinata gimió bajo aquella presión cuando dio comienzo la invasión. Naruto empujó con fuerza, dilatándola hasta lo insoportable. Hinata aún estaba un poco dolorida de la primera vez, y su miembro le pareció todavía más macizo que antes. Cuando estuvo dentro de ella hasta la empuñadura, Naruto se detuvo un instante y apoyó la frente húmeda contra la de Hinata.
—Dios, estás más cerrada que un puño —jadeó.
Ella temblaba violentamente, y la abrazó más estrechamente y le acarició la espalda para confortarla. Al cabo de unos instantes se movió para probar, en pequeñas embestidas contenidas, que provocaron espasmos de un placer doloroso e intenso que hizo que ambos se estremecieran con fuerza.
—Simplemente con penetrarte ya siento deseos de correrme.
Tenía la voz ronca y la respiración caliente. Empujó un poco más fuerte, un poco más rápido.
Hinata sintió la gruesa protuberancia de la cabeza del pene moviéndose adelante y atrás dentro de ella, y sus músculos internos se contrajeron de puro placer. Gimió de nuevo, hundiendo las uñas en él en el esfuerzo de controlar aquella ola desatada.
Naruto soltó un juramento en voz baja y temblorosa de placer. Puso una mano bajo la nalga desnuda de Hinata y la atrajo hasta el borde del lavabo colocándola de tal modo que cada arremetida lo hiciera rozar el diminuto capullo sexual de ella. Era lo mismo que había hecho la vez anterior, y ella no tenía más defensa de la que había tenido antes.
Naruto empezó a empujar con fuerza, arrastrándola hacia el orgasmo. Hinata se sintió arder en llamas, se arqueó con desesperación al encuentro de las caderas de él, sintiendo en la parte baja del cuerpo una tensión increíble que crecía violentamente, sin control alguno, el cuerpo entero dominado por aquel intenso, ingobernable placer.
En aquel momento empezó a abrirse la puerta con un crujido.
Naruto se movió con la velocidad del rayo y empujó la puerta con la mano izquierda para cerrarla de golpe antes de que hubiera podido abrirse una fracción de centímetro.
—¡Eh! —exclamó una mujer indignada desde el otro lado.
—Éste está ocupado —dijo Naruto con voz ronca sin cejar en el ritmo de sus caderas—. Vaya a otro.
Hinata no podía decir nada. Con los ojos desorbitados por la alarma, lo único que fue capaz de hacer fue mirar impotente a Naruto.
Naruto hizo el gesto de enseñar los dientes e inclinó la cabeza al tiempo que empezaba a embestir con más rapidez. Tenía el rostro congestionado, a sólo unos instantes de obtener satisfacción.
Hinata se estremeció salvajemente cuando la tensión acumulada se liberó de pronto y una fuerte oleada de sensaciones le recorrió todo el cuerpo. Temblando apretada contra Naruto, hundió la cara en su pecho y mordió la tela de la camisa para sofocar sus propios gritos.
Naruto siguió sujetando la puerta cerrada con la mano izquierda, mientras usaba la derecha para afianzarse a sí mismo. Arremetió con fuerza contra Hinata, dos, tres veces, una vez más, y al final se contrajo violentamente. La cabeza le cayó hacia atrás y de su pecho emergió un gruñido áspero, gutural.
Se oyeron unos fuertes golpes en la puerta.
—¿Qué está haciendo ahí dentro? —dijo la mujer, con voz chillona—. ¡Éste es el servicio de señoras! ¡Usted no puede entrar ahí!
Naruto levantó la cabeza lentamente. La expresión de sus ojos era indescifrable, como si no pudiera creer lo que estaba ocurriendo. Aspiró profundamente y explotó:—¡Maldita mujer! —rugió furioso—. ¿Es que no ve que estoy ocupado?
Hinata se deshizo en carcajadas.
Continuará...
Gracias a quienes comentan, me hacen saber que les gusta la historia
¿Quién sera el asesino? ¿Qué paso con el Sr. Yamanaka? ¿Que hay con esas notas?
En la próxima todas las preguntas serán contestadas :3
