No sabía muy bien qué hacer con el mocoso. Le dije a Himura que lo dejaría con Tokio y no es que no vaya a hacerlo, pero presiento que no será temporal. Por cómo se ve este espantajo se va a encariñar y no sé si estoy listo para compartirla.
—¿Cómo es tu esposa? Dijiste que era una buena mujer —afirma el mocoso mirándome sin pestañear trotando algo rápido para seguir mis pasos largos. Necesitamos ahorrar todo el tiempo posible. Shishio se dirige a Kyoto y Himura también. Este desvío no estaba entre mis planes, pero no puedo dejarlo así.
—Lo es —respondo sin entrar en detalles.
—Pero dime algo más. ¿Es bonita? ¿Sabe cocinar? ¿Es tan vieja como tú?
—Es menor que yo. Tiene 26 años. Es una excelente cocinera y ama la jardinería. No te atrevas a destruir una sola de sus plantas —le advierto severo. Tokio se desvive por sus flores y las muestra con orgullo a todos, incluso, apenas nace un pimpollo o la planta tira un gajito. Odiaría que alguien la haga sentir mal al destruir el fruto de su esfuerzo. Sacó un cigarrillo y lo enciendo—. Ella no es bonita —exhale el humo del cigarrillo—. Es hermosa. ¿Te basta con eso? —El mocoso asiente y seguimos andando hasta llegar al carruaje.
Hicimos un largo camino a pie para no levantar sospechas cuando llegamos a Shingetsu y ahora, me arrepentía de no haber ido en caballo al menos, habríamos ganado tiempo de esa manera.
Abro la puerta y el mocoso se queda mirándome un largo rato, silencioso, sin moverse.
—Entra —ordeno. Lo único que me falta es que el crío no quiera viajar en el coche. Llega a decirme eso y mis buenas intenciones terminan justo aquí.
—¡S-sí! —dijo y corrió subiendo los escalones de un salto prácticamente. Subí detrás de él y me senté cruzando las piernas mientras él mantenía la cabeza levantada mirando el techo y todo el interior. Entonces, me di cuenta de que era su primera vez viajando en carruaje. No debía ser extraño, el pueblo era sumamente pobre y al niño se lo veía realmente delgado y mal vestido para alguien de su edad. Estaba sentado en el medio del mullido asiento y cuando empezó a moverse, gateó hasta la ventana y pegó las manos al vidrio al igual que su rostro para poder ver mejor el paisaje.
El resto del camino no hubo más charla. El crio iba tan emocionado mirando por la ventana que no tuvo tiempo de hablar. Luego de una hora o dos, se quedó dormido. Eso iba a hacer el viaje mucho más aceptable, especialmente para él. Los viajes en carruajes son molestos y cansadores, si es tu primera vez, es posible que te sientas mal. Al menos, aguantará así.
La tarde llegó sin hacer paradas. Estábamos a unos diez minutos de la casa y Eiji seguía durmiendo.
—Hey, despierta —le digo sacudiendo su hombro— ya llegamos.
El niño se levanta somnoliento, se frota los ojos y bosteza estirando los brazos por encima de su cabeza y pega de nuevo la cara contra el vidrio. Sigue fascinado por todo lo que ve como si fuera la maravilla más grande de Japón. Con el tiempo, se aburrirá y encontrará insípido todo esto. Es cuestión de darle tiempo y nada más.
El coche se detiene y bajamos. Lo guio hasta la puerta de la casa y me anuncio. Ella no me debe estar esperando, no tiene razones para hacerlo después de que le dije que podía tardar más de un mes en regresar a verla. Quizá sólo lo traje para verla ¿podría ser tan egoísta? La batalla con Shishio será difícil. Tiene a muchos espadachines excepcionales bajo su mando. Si Himura decide seguir con la estúpida idea de no matar, no logrará vencer a Shishio y dependerá de mí y la división hacernos cargo de lo que él no termine. Tenemos buenos hombres, aplicados, con buena técnica, pero todos nacidos en tiempos de paz. Son muy pocos los antiguos asesinos del Bakumatsu con los que podemos contar para hacerle frente a Shishio.
Ella abre la puerta corrediza de una de las habitaciones y me ve. El ikebana que tenía en sus manos cae al suelo, levanta el largo del kimono y corre con sonoros pasos hacia donde estoy y me abraza apoyando la cabeza en mi pecho. El olor de la lavanda y las cerezas han quedado impregnados en ella y llegan rápido a mi nariz.
—Hajime, estoy tan feliz de verte —corro su flequillo y veo sus ojos celestes brillar más que antes— ¿Acaso terminó antes la batalla?
—No. Lo siento —me quitó el guante izquierdo y acaricio su mejilla ante su expresión de frustración y tristeza—. Me iré mañana de nuevo.
Entonces, veo su sonrisa brillar una vez más. Es como un estanque de agua clara a los rayos del sol en plena mañana. Hay un día más y eso, aunque parece poco, es demasiado cuando se vive de esta manera.
El niño hace un ruido tras de mí y hace que Tokio se separe y se asome a mirar por debajo de mi brazo. Es petisa y no le importa usarme de escudo para averiguar del invitado. Sus manos están aferradas a mi chaqueta mientras lo tengo el brazo izquierdo levantado tan solo para complacerla.
—¿Quién es él?
—Su nombre es Eiji. Es un huérfano que dejó uno de los hombres de Shishio. Lo traje a casa para que lo cuides hasta que termine todo esto —le explico y ella va aflojando su cuerpo y camina casi agachada hasta acercarse a él y erguirse. Tokio lo mira de arriba abajo con una mano en la barbilla y tras tres segundos de inspección, explota de alegría y lo abraza.
—Es tan lindo. Hasta tiene tu misma mirada de "voy a matarlos a todos y a destruir el mundo" —dijo al soltarlo y con sus dedos, presiona sus ojos para rasgarlos y que se pareciera a los míos. Luego se rio alegremente como sola ella podía hacerlo después de burlarse de mí en frente de un mocoso—. Seguro que por eso lo trajiste a casa —me mira esperando que confirme su teoría, pero no voy a hacerlo. Eiji no se parece en nada a mí. Sólo es un huérfano común y corriente.
Eiji no parece sentirse más cómodo. Está sonrojado por lo cariñosa que es ella y sus impulsos también. Es normal, es un niño.
—¿En serio es tu esposa?
—Lo es.
—¿Estás seguro?
—Idiota —meto las manos en los bolsillos y miro el jardín. Realmente se ha esforzado en cuidarlo. Casi todo tiene flores o ha crecido de manera considerable.
Desde que fue capitán de la tercera división del Shinsengumi la historia se ha repetido. Nadie puede creer a simple vista que Tokio sea mi esposa. Lleva varias confirmaciones de parte de los demás y aún creo que los imbéciles no lo creen.
Manga de simios.
Aunque, puedo entenderlos. Hay veces que no yo me creo digno de esta suerte. Así, busco estar a solas con ella.
—Niño, ve con Chie y pídele que consiga ropa y te prepare un baño.
—Hajime, eso no es lo correcto —me regaña— vamos a presentarlo.
—Quiero pasar tiempo con mi esposa —me encorvo y la agarro de la cintura, evitando que se vaya. Ella me mira por encima de su hombro y sonríe. Apoyo mi cabeza en ella y me da un beso en la mejilla—. Solo serán cinco minutos —y se suelta de mí y hace un trote ligero hasta Eiji y voltea a verme con esa expresión de triunfo infantil de siempre.
Me rindo, sé que no voy a ganarle, así que sólo cierro los ojos y suspiro mientras ella se va a buscar a Chie. Busco mis cigarrillos y veo que solo me queda uno. Lo dudo, pero termino encendiéndolo y me siento a esperar a que ella regrese.
El goteo del agua del estanque es relajante. Todo sigue igual que siempre y es agradable. No quiero pensar en sí me ha extrañado o no, hasta que siento su peso en mi espalda, quedando encorvado sobre mis rodillas antes de hacer fuerza y erguirme con ella encima.
—Hajime.
—Dime.
—¿Qué quieres cenar hoy?
—Me gusta el soba que prepara mi esposa —le respondí y me quedé viendo por el rabillo del ojo su reacción. Tokio siempre reaccionaba así.
—Pudiendo pedir tantas cosas —oigo la nota de decepción en su voz. Pero se recupera enseguida—. Ve a descansar. Iré a hacer las compras para preparar la cena.
Antes de que me suelte, le tomo la mano. Tokio se queda mirándome y esperando que diga algo.
—Te acompañaré.
—¿Eh? Pero seguro no has dormido nada y te irás antes del amane-… ¡¿Qué haces?! —Interrumpo su monólogo poniéndome de pie cargándola en mi hombro. Sé que se preocupa, pero pasaré mucho tiempo lejos como para no aprovechar y darle estos momentos. Ella lo quiere y yo también, así que es momento de salir.
—Iremos de compras.
—Iremos, iremos. Pero bájame —repite varias veces y al llegar al genkan, lo hago. Me pongo las botas y ella sus geta. La espero y cuando termina, me pongo de pie y ella toma mi brazo.
Antes de casarnos, podíamos salir más cómodos. El trabajo en la política es cansador, pero es parte de lo que necesito. Tokio jamás reclamó algo. Todavía recuerdo cuando el Shinsengumi se disolvió y tuve la oferta ara trabajar para el gobierno.
—¿Eso está bien para ti? —fue todo lo que me preguntó. Esperaba que me dijera algo más. Ella era la hija del dainmyou, nunca pensé que pudiera ser tan flexible a la hora de pensar en un futuro—. Si Saitou-san es feliz con eso y puede mantener sus principios, yo también seré feliz.
Era extraño para una mujer, incluso, los miembros de la división no estaban del todo seguros de aceptar o no. Pero ella sabía bien qué decir por ser fiel a ella misma. De haber sido una guerrera, habría sido digna de admirar.
—Hajime —me llama para que me detenga en un puesto y la espero a que termine de elegir las setas y el kombu. Me quedo mirándola un momento y luego, siento ruidos más adelante y hay unos niños jugando con unos rehiletes de papel—. Hajime.
—Di… —de pronto, pone algo en mi boca. Lo sostengo entre los dientes antes de agarrarlo con la mano y morderlo. Mujer. Ella está alegre como quien acaba de hacer una travesura y le ha salido bien.
—Es tu favorito.
Lo es, el manju de matcha me gusta. Y me gusta ver esa expresión en ella mientras disfruta la comida. Se ve adorable de esa manera. Yo no, lo sé bien. Es extraño pensar en una mujer como ella viviendo con un tipo como yo.
Hacemos otras dos paradas comprando las cosas que hacen falta y luego, volvemos a casa. Al llegar, Eiji ya se ha puesto una yukata y está sentado mirando el jardín, balanceando sus pies de forma inocente. Con el tiempo, se acostumbrara a una vida tranquila. Con Tokio aprenderá que es vivir sin preocupaciones, sin que lo ataquen o tenga que huir para sobrevivir. Sabrá que es ser un niño en ese tiempo.
—¿Por qué debo usar esto? No es ropa digna de un samurái —dijo pretencioso estirando su yukata.
—La ropa no hace a un samurái. Si no sus habilidades y creencias, crío.
—Eiji-chan, esa yukata se te ve muy buen —le dijo Tokio con una sonrisa y eso hace sonrojar al niño de nuevo. No solo por el halago, sino por el sufijo usado. Me reí. Ella era tan natural que era difícil molestarse.
—No soy un niño —reclama Eiji en voz baja.
—Hajime, sé bueno con Eiji-chan mientras hago la cena —lo dice de modo gentil, pero cuando dirige sus ojos hacia mí, me advierte con la mirada que me comporte, si hubiera un gesto para "no seas grosero", estoy seguro de que ella lo haría.
—Soy bueno. Lo traje aquí. Debería estar agradecido y no quejándose.
Ella vuelve con ese gesto de reproche y suspiro. Está bien, seré bueno. Considero que he sido demasiado amable el día de hoy para. No tiene razón para regañarme.
Eiji es otro tema. Pero será hasta que se adapte. Lo llevo hasta el comedor y nos sentamos ahí. El ambiente es cálido y sopla una fresca brisa que hace sonar la campanilla de la entrada. El tintineo es reconfortante.
—No te será difícil llevarte bien con Tokio.
—No, ella es muy agradable —responde mirando la mesa y me mira a mí. Seguro piensa "contigo será otro tema". Lo sé, no es mi intención ir haciendo amigos por ahí—. ¿No tienen hijos?
La pregunta es inevitable. Estuvo solo en la casa y no ha visto a nadie más que a Chie.
—No.
No hay más charla al respecto. No es algo que me moleste, aunque parece que el silencio no es un buen aliado de Eiji. Golpea la mesa con los dedos de manera constante y sin ritmo mientras mira hacia afuera. Necesito un cigarrillo. Iría a comprarlos, pero Tokio me regañará si dejo solo al mocoso.
—Ve a comprarme cigarrillos —y sacó de mi bolsillo una bolsa con monedas, arrojándoselas a Eiji.
—¡Hajime! —grita Tokio cuando llega con la comida— hubieses comprado cuando salimos.
—No lo recordé. Iba contigo.
Las mejillas de ella toman color rosado y antes de perder la batalla y ceder, se enfada de nuevo como por arte de magia, se agacha y deja la olla en el suelo y se vuelve a erguir para traer la vajilla.
—Eiji-chan, no se lo devuelvas por grosero —le dice a él. El niño mira con entusiasmo las monedas en su interior.
—¡Oye! Es mi dinero.
—Ya no más —insiste y se va momentos después. Es la pelea que más caro me ha salido. ¿Cómo no se demora un poco más? Tendría mis cigarrillos ahora para pasar este mal momento. Debería haber estado más atento. Pero no presté atención a sus pasos hasta ahora.
Al regresar, se sienta y sirve la comida. Los soba se ven deliciosos y huelen de maravilla. Ningún local ni puesto callejero pueden hacer algo como esto. Los he probado a todos, pero ninguno sabe igual. La miro servir la comida. La llevaría conmigo si no fuera peligroso, la extrañaría menos.
—¿Chie-san no comerá con nosotros? —pregunta Eiji agarrando sus palillos.
—Salió. Dijo que iba a comer fuera con un amigo. Creo que está viendo a alguien. Cena mucho fuera con un amigo —dice pensativa, cambiando el tono de la palabra mientras tapa la olla— Hajime, tú deberías seguirla. Eres bueno para eso —enseguida cambia su mirada hacia donde estoy, intentando aprovechar mis habilidades como espía para algo tan banal como averiguar si Chie tiene novio o no.
—¿Me estás diciendo que debo malgastar mis habilidades para seguir un chisme?
—Sí —asegura ella con tanta confianza que da miedo. Esos ojos celestes están decididos a averiguar la verdad antes de enfrentarla. Lo entiendo, sería más fácil hablarlo, pero le gusta jugar. Aunque sea para estas cosas.
La cena se anima más cuando le digo un quizá. Aunque ella lo toma como un sí rotundo y enseguida, intenta arrastrar a Eiji a la conversación cuando lo escucha sorber los fideos. Enseguida pregunta por su plato favorito y le pide que no tenga gustos tan básicos como los míos.
—¿También eres básica? —le devuelvo el insulto y se yergue apretando los palillos. De haber sido de madera, ya se habrían roto. Las mangas del kimono revuelan con sus movimientos. Incluso así es capaz de verse elegante y femenina.
—Yo soy la excepción que confirma la regla —por nada, sale victoriosa. Lo sabe y no duda en hacer alarde de ello. Siempre termina de comer tarde por estas cosas y la cena se alarga y terminamos yéndonos a dormir tarde. Eiji tendrá que acostumbrarse a esto mientras no esté.
Al terminar, lavo los platos mientras ella acomoda la habitación para nuestro invitado. Le da las buenas noches a Eiji y va a nuestra habitación donde me espera sentada sobre el futon, peinando su cabello castaño, vestida tan solo con una yukata verde que marca mejor la curvatura de su cuerpo, aquella que el kimono esconde bajo mantos y mantos de tela.
Ella sonríe. Parece una diosa bañada por la luz de la luna. Se refleja en sus ojos que parecen dos turquesas y el cabello le brillo en tonos cobres. La piel blanca se ve más iluminada y entonces, su mano se mueve hacia su escote de manera juguetona y abre ligeramente la yukata. Ella empieza la jugada, es mi deber terminarla.
Cierro la puerta y camino hasta el futon, arrodillándome en él y besándola.
La oscuridad es nuestra aliada.
Duermo tan sólo un par de horas después de quedarme viendo a mi esposa dormida sobre mi pecho. Cuando la luna cambia su ubicación y sólo se ve desde el otro lado de la casa, salgo de la habitación y preparo el baño. Hago todo en silencio para no despertar a nadie, pero cuando me meto en el agua, puedo escuchar su melodiosa voz cantando una rima infantil. Me iré al amanecer, es obvio que ella no se perderá un minuto. Hará el desayuno con todo lo que compró ayer y me esperará sentada en la mesa del comedor, con la cabeza apoyada sobre el mueble, susurrando alguna canción mientras mira algún punto en la pared.
Me visto y voy a su encuentro. Ella está tal y como la imaginé, con un dedo enrollándose en su cabello. No hago ruido, sólo camino y me siento a su lado y entonces, ella se levanta y apoya la cabeza en mi hombro. La yukata verde es cubierta por un abrigo grueso marrón. Ella dice que es algarrobo, yo lo veo marrón. Pero no digo nada al respecto, sólo sigo la conversación que ella propone. Nunca discutimos cuando tengo que partir, por cábala o por miedo, siempre dice que hay que despedirse en buenos términos. Y lo cumple a rajatabla.
Sirve el desayuno. Arroz blanco, tamagoyaki, sopa de miso y verduras encurtidas con té verde. Siempre me asombra de lo rápida que es para preparar la comida y que le quede tan bien. Años de vivir en Aizu habrán ayudado a eso.
—Hajime —vuelve a apoyar la cabeza en mi brazo. Su peso es ligero y reconfortante. Se ve triste, aunque lo intenta disimular. Aprovecha el flequillo largo para tapar los ojos y que estoy comiendo— quisiera que el amanecer no llegara nunca.
Mi mirada se centra en ella y luego, en la luz que entra por la puerta. Los colores rosados del cielo anuncian la salida del sol y el tiempo que se agota entre los dos.
—Cuando regrese, iremos de viaje donde quieras —prometo y veo su mirada con más entusiasmo. Ese brillo de sus ojos está esperando ansiosa el momento que la guerra termine y todo vuelva a la normalidad. Una normalidad que sólo nos toca experimentar por intervalos sumamente pequeños. Ambos lo entendemos, sé que ella no pedirá más y yo intentaré ofrecerle lo que esté a mi alcance.
Al terminar el desayuno, la vajilla queda en la mesa mientras vemos salir el sol, sentados uno al lado del otro. Mi mano está en su cintura y hasta que no caiga el último rayo y bañe el estanque, estará bien. No hace falta decirlo, pero el tiempo sigue en retroceso. Y cuando sucede, nos ponemos de pie. Busco la gorra y ella va hacia la cocina, con sonoros pasos alcanzándome en la entrada. Me entrega un bento cuidadosamente envuelto y luego, saca del bolsillo una caja pequeña, que cabe en la palma de la mano.
—Ábrela —ordena cuando la recibo y veo que tiene cigarrillos en un lado y del otro, cerillos. Me rio y cierro los ojos. Es de plata con la insignia de un lobo tallado.
Le agradezco y le doy un beso en la frente. Ella pide más y busca los labios.
—No te atrevas a morir —advierte severa— soy muy joven para ser viuda.
—También te amo.
Ella sonríe ante mi respuesta y se queda en el umbral de la puerta mirando hasta que el carruaje desaparece de su vista. Abro la cigarrera y enciendo uno. Arderá el infierno en Kyoto, eso será un hecho. Y saldré inmune de él con la cabeza de los rebeldes.
Esposa mía, no moriré. Palabra de un lobo de Mibu.
¡Hola, gente linda! ¿Cómo están? Sigo con los desafíos semanales del CLub de Lectura (me queda uno más por terminar, a ver si llego a publicarlo hoy).
Con los cortes de luz, he tenido mucho tiempo para leer, (que tristemente, la batería de nada me dura mucho xD), así que me enfrasqué en dos libros de historia japonesa que encontré que hablaban del Shinsengumi y un poquito de Tokio y el Clan en donde ella estaba medio de adoptada. Y no podía dejar pasar la oportunidad de escribir sobre Saitou y esta escena (Que Watsuki no dibujó, pero imagino que pudo ser así).
El próximo que suba, sí será más crudo, pero espero lo encuentren igual de interesante.
¡Un abrazo!
