El enorme castillo donde reside nuestro príncipe ocupa alrededor de 2000 metros cuadrados, compuesto por más de 300 habitaciones, 50 baños, 75 oficinas, 2 cocinas, 3 bibliotecas, sala de armas, sala del trono y un largo etcétera, todo dispuesto alrededor del patio central. Y a la edad de 21 años todo eso, junto al cuantioso tesoro real serían de su propiedad. Cosas a las que jamás les dio importancia y que siempre dio por sentado tendría a disposición.
Seguido por su asistente personal que así nevara o tronara lo acompañaba a todo lugar; Marco. Lo más parecido que tenía el joven a un amigo de verdad y el único con quien podía contar sin dudarlo.
—Recuérdame que sigue en mi agenda de hoy —dijo Jean mientras atravesaban el patio central y salían por la puerta del lado derecho hacia las caballerizas.
—Después de su práctica de equitación debe acompañar al rey en su visita a la zona de Shiganshina, como recuerda el último censo sacó a la luz que allí el margen de aceptación de la familia real es el más bajo del reino.
—Oh, lo había olvidado. Honestamente preferiría no tener que ir, a mi padre le sale tan natural el trato afable hacia la gente del reino que de verlo no puedo evitar darme cuenta de lo torpe que soy en comparación.
—Si me permite dar mi opinión...
—Marco, nadie nos está oyendo, no hace falta que seas tan formal, vamos nos conocemos desde niños, crecimos juntos.
—Tiene razón, me disculpo. Lo que decía es que usted no debe compararse a su padre, usted es usted y eso está bien, quizás encuentre su propio modo de llegar a la gente.
—Eso espero, ¿oíste el sobrenombre que me pusieron durante la última caravana a Trost cuando accidentalmente confundí a uno de los alcaldes con un civil?
—¿Habla de "el príncipe cabeza de humo" o "príncipe Narcistein"?
—Oye ese último no lo había oído, y es bueno, me lleva. —Chasqueó la lengua.— ¿Lo ves? La mayor parte del pueblo me ve como un idiota cabeza hueca y desde ese suceso es aún peor, si no hago algo al respecto, ¿quién en su sano juicio querrá seguir a un rey así?
—En eso no se equivoca, pero prometo que daré todo de mi para mejorar su imagen ante el reino.
—Bueno dos cabezas piensan mejor que una, con toda la educación que recibimos algo se nos debe ocurrir. A todo esto, ¿pudiste averiguar lo que te pedí?
—¿Acerca de la chica de su dibujo? Averigüé un poco entre la servidumbre pero no encontré a nadie que conociera a alguien parecida, quizás estamos buscando en el lugar equivocado, tal vez no es de la nobleza y por eso nadie la conoce.
—Sí, puede ser, aunque si su paradero excede esos medios entonces será casi imposible encontrarla.
Para entonces ya habían llegado al establo, al ver al príncipe entrar todos los empleados detuvieron inmediatamente lo que estaban haciendo e hicieron una reverencia que Jean respondió con un movimiento de mano. Aunque estaba consciente de su importancia como príncipe primogénito a veces le incomodaba ese trato tan diferencial que se le daba, quizás causado por sus dudas acerca de sus propias capacidades para cumplir su papel o tal vez solo quería ser alguien normal de vez en cuando.
Se acercó a su caballo y lo acarició sonriendo.
—Su alteza, aquí está el cepillo —dijo entregándole en ambas manos mientras bajaba la cabeza— como usted prefiere cepillarlo por sí mismo no dejamos que nadie más lo hiciera.
—Muchas gracias Albert —lo tomó y suave empezó a pasar las cerdas por el cuello del animal— hola Agnus, ¿me extrañaste? —El caballo resopló mientras movía la cabeza— tomaré eso como un sí.
Tan solo un momento después ya estaba listo. Jean abrió la puerta de su corral y Agnus salió guiado por él que lo sostenía por la parte baja de la boca. Otro de los trabajadores se aproximó con la silla favorita de entrenamiento que el príncipe usaba, la colocó sobre el lomo del animal y luego la ajustó. Una mujer vino ahora con la chaqueta de Jockey que usaba en esas ocasiones, Jean extendió sus brazos esperando que le retiren la que portaba para colocar esa pero la chica se le quedó viendo como embobada y él sin entender miró a Marco.
—¿Pretende dejar esperando al príncipe señorita? Su agenda está muy ocupada para que sea retrasada por usted —Preguntó Marco con algo de molestia a la muchacha con la chaqueta en su mano.
—Oh sí, disculpe su majestad. —Procedió a retirar el saco de Jean, lo dobló con cuidado y le colocó la que había traído recién. Estiró la tela para que no quedara ninguna arruga y abotonó con cuidado cada uno de los elegantes botones con diamantes incrustados, al llegar al último se mantuvo unos segundos observando el rostro del joven.
Él llevó la mano a su rostro como tratando de quitarse algo.
—¿Tengo algo extraño en la cara o por qué me mira tanto?
La chica sacudió su cabeza.
—No, solo pensaba que se ve muy guapo con su traje de Jockey.
—Oye, oye más respeto con su majestad, ¿quien te dijo que tenías permitido ser tan impertinente? —Comentó Marco fastidiado.
Ella apenada hizo una reverencia.
—Lo siento, lo siento, no volverá a pasar. Me disculpo su alteza por favor no me eche, necesito este trabajo.
Jean solo sonrió por lo bajo.
—No te preocupes, puedes retirarte.
Así lo hizo la chica y él se dispuso a subir a su caballo. Agnus comenzó a caminar despacio y la puerta hacia la pista hípica se abrió de par en par con ellos dos avanzando hasta donde comenzaba el césped. A ambos lados las gradas de las cuales la del lado derecho estaba ocupada parcialmente con un grupo de jovencitas que impacientes esperaban poder apreciar al príncipe en su entrenamiento. Jean miró hacia Marco más confundido que de costumbre.
—¿Quiénes son?
—Tu club de fans —dijo su hermana, Annya que sin que lo notaran había llegado hasta ellos. —Sí, tienes un club de fans hermano, papá pensó que era buena idea para que generen una mejor imagen de ti si te ven interactuar con ellas.
—Al menos podría habérmelo dicho.
—Ahora tendrás que sonreírles, saludar y ser amigable. —Carcajeó la niña en voz alta.
—¿Y tú por qué estás aquí? ¿No tienes lecciones de etiqueta o algo?
—Vine para divertirme con tu reacción, nada personal.
—Serás... si no fueras tú mandaría que te encierren en el calabozo.
Una vez terminó de pronunciar aquellas palabras alzó su mano y saludó al grupo de muchachas en un gesto algo acartonado. De inmediato jaló la rienda del caballo y este empezó a galopar lentamente. Poco a poco el equino empezaba a subir la velocidad, el cabello del príncipe bailaba al son del viento y el grupo de jovencitas en las gradas lo observaban obnubiladas por la gracia con que el chico montaba. Tras varias vueltas al campo Jean guió a su caballo hacia uno de los obstáculos dispuestos por toda la pista y tirando un poco más de la rienda le ordenó saltarlo.
Un aplauso unánime entre los empleados, personal del establo, las muchachas en las gradas e incluso su hermana se oyó en todo el campo. Tras un rato más de carrera y varios saltos de mayor complejidad más la hora había finalizado. El príncipe bajó con cuidado y le entregó la rienda al valet.
—Por favor dale de beber. —Indicó y procedió a encaminar sus pasos hacia la salida del campo.
El grupo de chicas lo rodeó y comenzaron a hacerle un sinfín de preguntas de todo tipo, como cuánto llevaba haciendo equitación, si competía profesionalmente, que otros hobbies tenía, si ya tenía novia o prometida y todas las que puedan imaginar. Marco solo podía observar a lo lejos esperando que Jean pudiera lidiar con eso y pudiera ayudar al propósito esperado. Annya dejó de reírse por la tortura de su hermano y se acercó a darle un abrazo que él tardó en procesar hasta que atinó a abrazarla también.
—¿Y esto? ¿Desde cuándo eres tan demostrativa hermana? Recuerdo bien que quien siempre quiere acercarse soy yo y tú me echas.
—Mira la cara de tus fans —dijo maliciosa sin despegarse de él.
Él así lo hizo y se sorprendió al ver sus miradas de entre confusión, molestia y algo más que él no sabía catalogar.
—¿Ves lo celosas que están? —la niña reía.— Se siente bien. —Se separó de él y se alejó aún regodeándose dando saltitos.
Las mujeres son perversas, pensó Jean sin evitar reír por las siempre tan locas ocurrencias de su hermana. Volteó hacia el grupo y amablemente aceptó los regalos que le habían traído para luego despedirlas con cortesía.
—Vaya que las muchachas lo asedian su alteza —comentó Marco mientras se retiraban a modo de broma.
—No te confundas, no les gusto yo, es la ropa, el lujo y la idea del título real. Te aseguro que si fuera un granjero común ni voltearían a mirarme.
—No debería decir ese tipo de cosas.
—¿Qué tipo de cosas? ¿La verdad? Cuando conozca una chica a quien le interese por mí mismo y no por lo que me rodea te aseguro que me caso sin pestañear.
Ya preparado el carruaje, los caballos y el personal todo era propicio para empezar el viaje a Shiganshina. El Rey salió escoltado por la guardia real, saludó a su hijo y se dispuso a subir seguido de este. Con todo listo el Rey dio la orden al cochero, el sonido de las ruedas contra la grava anunció su salida. Detrás del carruaje el enorme séquito a caballo los acompañaba mientras Jean miraba por la ventana con un nudo en el estómago.
El viaje fue breve y todo el camino estuvieron en silencio hasta que a lo lejos se divisó el pequeño poblado tras la hondonada. Jean jugaba con sus dedos tratando de pensar escenarios que pudieran presentarse y cuales eran las mejores maneras de afrontarlas sin que eso perjudicara a su padre o su futuro reinado. Sus manos comenzaron a sudar pero trató de ocultarlas bajo su capa.
Cuando bajaron del carruaje el gobernador de Shiganshina los recibió en persona y les dio una especie de recorrido para que pudieran saludar a la gente. Las personas se agolpaban curiosas observándolos minuciosamente, Jean podía oírlos murmurar acerca de lo costosos
que debían ser sus atuendos y porque en lugar de costear ese tipo de cosas la familia real no utilizaba esos fondos para ayudar al pueblo. Ese tipo de cosas que estaba habituado a oír y que aunque sabía las respuestas lógicas de eso no estaba de acuerdo con muchas pero ni siquiera él podía cuestionar. El murmullo comenzó a abrumarlo y aunque trataba de mantener la serenidad por momentos parecía flaquear, Marco a su lado lo observaba.
Tan solo a unos metros de distancia en el mismo poblado pero hacia la zona del mercado local se encontraba Mikasa revisando una pila de manzanas por las que regateaba con el vendedor.
—Entonce, ¿no te dijo na' la wera? —preguntó curiosa Sasha que la seguía mientras también hacía sus compras.
—Nada, ¿tienes idea de todo el tiempo que perdí en esa visita infructuosa?
—Awanta, no me hablé con esa palabra difícile.
Ya muy fastidiada blanqueó los ojos y gesticuló molesta mientras metía las manzanas a su bolsa y avanzaba al siguiente puesto.
—Que perdí tiempo al pedo, que pude haber cazado al menos dos conejos con todo lo que me llevó encontrarla y lograr que me dijera algo, ¿para qué? Para que me hablara de una mierda de gorriones y amor, ¿te parece que me interesa eso?
Sasha ladeó la cabeza y frunció los labios.
—Capá no é mala idea que te preocupe la cuestión del amor. Sabé bien que no amá al Eren, por muy hijo de Dotor que sea si no lo amá pa qué casarte. Y no empecé con tu mierda de tu clan y tu familia, me tené hasta la coronilla con eso.
—Bueno cariño si le tengo y al fin y al cabo él se preocupa por mí. Además, el hijo del Doctor es el mejor partido que se le va a presentar a una andrajosa como yo.
—Bla bla bla, siempre la mesma mierda contigo, aburrida me tené.
Ambas continuaron caminando por los puestos buscando lo que necesitaban cuando notaron que un grupo de gente se amontonaba en la zona de la plaza. Mikasa se acercó a la niña que atendía el puesto de carne.
—¿Por qué hay tanto alboroto?
—Oh, es que el Rey Magnus y su hijo el príncipe están de visita en el poblado. Ah —suspiró— dicen que el príncipe es tan apuesto y elegante, nada que ver con estos campesinos sucios y toscos.
—Con que el Rey de pronto recuerda que la gente del pueblo existe, ¿que sigue después el hada madrina se aparece a concederme 3 deseos? ¿El conejo aparece y me lleva al país de las maravillas?
—Que só tonta, el de lo 3 deseo é el genio de la lámpara —dijo Sasha codéandola.
—Bueno, entendiste la idea. Es raro, ¿será verdad que el príncipe es tan guapo?
Sasha alzó los hombros.
—¿Vamó a ver?
—Otro día, mi mamá me espera para almorzar.
Jean que hacía su mejor esfuerzo por sonreír y hablar con cordialidad a quienes querían acercarse a saludar pero los guardias no dejaban se preguntaba cuando iba a acabar esa tortura. Cuando iba a dejar de sentir que se le acababa el aire. La hoja bicolor de un álamo cayó sobre su hombro izquierdo, la alzó y se detuvo a observarla contra la luz del día. La mitad verde y la otra naranja, algo así como la combinación equilibrada de dos fuerzas opuestas. Cuando la bajó a lo lejos pudo observar una figura que capturó más su atención, un cabello negro largo moviéndose al compás de la brisa fresca de otoño. Sintió el impulso de salir corriendo a buscarla, ¿era real o solo era su mente que anhelaba tanto ver ese rostro que lo imaginaba?
