El Patriarca Sage, Aspros, Sísifo y El Cid se encontraban en la cámara del patriarca intentando procesar lo que había ocurrido, mientras la niña descansaba en una habitación contigua cuidada por una doncella.
- A ver si entendí bien Aspros – comenzó Sage – la encontraste en la arena tirada sola, con esos dos bolsos, llorando. Y te dijo que buscaba a El Cid, que es su hermana.
- Así es Patriarca, estaba comenzando la ronda de guardia cuando escuche unos sollozos que provenían de detrás de las cabañas de las amazonas y cuando me acerque la vi. Se notaba muy débil, pero logro decirme eso antes que se desvaneciera. Lo único que se me ocurrió fue traerla aquí, y pase a comunicarle a El Cid lo que había pasado. No sabía que tenías una hermana pequeña El Cid.
- En realidad no es mi hermana, es la hija de un hombre que conocí de pequeño. Fue uno de mis maestros durante algunos años mientras entrenaba como Santo. Hace mucho tiempo que no la veía, pero siempre mantuvimos contacto, nos escribíamos seguido. Pese a que no somos hermanos de sangre ella siempre me considero su hermano mayor, tuvo una infancia complicada, su padre no era un ser cariñoso y su madre murió cuando ella era un bebe. Yo siempre trate de cuidarla como mi hermana pequeña. Lo que no entiendo es como llegó hasta aquí sola, y por qué. Se que su padre falleció hace poco menos de un año, pero…
- Bueno creo que eso nos lo responderá cuando retome la consciencia. Mientras debemos pensar que hacer con ella. El Cid, ¿tú que piensas?
- No lo sé Patriarca. La realidad es que soy la única persona a la que puede recurrir, ahora que murió su padre… pero no se si es correcto que este cerca mío.
- Señor Patriarca, caballeros… la niña se despertó y quiere verlos. Le he dado algo para comer y beber ya que se veía hambrienta. – una doncella irrumpió en el salón.
- Gracias Katya. Ahora iremos a verla. ¿Quieres pasar primero tú El Cid? Luego iremos nosotros
- Si Patriarca, gracias.
El Cid se encamino a la habitación. Entró y la vio sentada en la cama comiendo lo que Katya le había preparado: un gran tazón de sopa de verduras y leche. La vio tal cual la recordaba, aunque un poco mayor: su cabello color plata largo hasta pasar sus hombros, su piel clara llenas de pequeñas pecas, esa extraña pero maravillosa marca de nacimiento rosada que tenía en el rostro, era como una flor tatuada en su parpado y ojo izquierdo, y sus ojos color fuego, así la llamaba su padre, decía que tenía los ojos del color del fuego como su madre, de un naranja intenso, siempre brillantes.
- Nira – la llamo al acercarse – ¿Estabas buscándome, no es cierto?
La niña levantó la mirada para encontrarse con él, al que tanto había extrañado. Dejo el tazón de sopa a un lado y corrió a abrazarlo. Lloraba, pero esta vez no era de tristeza, sino de felicidad. Después de tanto tiempo su viaje había terminado justo donde ella había soñado tantas veces, sus brazos. Lo recordaba así: su porte serio, sus cabellos azabaches, sus ojos inmutables, y esa sonrisa tímida que le dedico al verla. Ya no era un niño, era un hombre. Nira sabia que a partir de ahora el estaría a su lado simpre para cuidarla… o eso quería creer.
- ¿Que estás haciendo aquí Nira? ¿Como llegaste?
- Vine a verte El Cid, tú que crees. Desde que mi padre falleció, tú eres lo único que me queda en el mundo. Así que me decidí a encontrarte. ¡Me llevo 4 largos meses, pero lo logre! Al fin lo logre.
- Es peligroso Nira, podría haberte pasado algo en el camino… ¿porque no me escribiste antes? Podría haber ido a verte si necesitabas algo. No tenías que venir todo el camino desde España hasta aquí.
- El Cid, muchas veces te pedí de conocer el Santuario y siempre te negaste… no creí que esta vez sería diferente. Además, no quería estar más en ese lugar… ya no me quedaba dinero para pagar la renta de la habitación donde vivía.
- ¿Cómo que no tenías más dinero? ¿Acaso tu padre no te dejo nada?
- Mi padre nunca tuvo mucho dinero… lo poco que juntaba trabajando lo gastaba en vivienda y comida, y el resto en bebida. Cuando murió, la dueña de la habitación me dejo quedarme unos meses. Trate de conseguir un empleo, pero una niña de 11 años no es muy útil para nadie… bueno, para nadie decente. Luego de unos meses la dueña me advirtió que ya no podría quedarme allí. Así que aquí estoy. Hace 4 meses salí de España con mis pocas pertenencias restantes buscándote… ¿Acaso no te pone contento el verme aquí? Creí que te alegrarías de verme…
- Si me pone feliz verte Nira, pero es muy peligroso lo que hiciste. Además, el Santuario no es un lugar apto para una niña como tú. Ya te lo había dicho. Mira como estas, Aspros me conto que te encontró muy débil… debes comer y reponerte.
- Estoy bien, no tienes de que preocuparte. Fue el calor y la falta de agua. Ya me encuentro bien. ¿Aspros es el nombre del muchacho que me encontró? Dale las gracias de mi parte.
Un golpe en la puerta los sobresalto.
- ¿Podemos pasar El Cid?
- Si Patriarca, adelante…
Sage entro junto con Sísifo y Aspros a la habitación.
- Hola pequeña, mi nombre es Sage, soy el Patriarca del Santuario. Y ellos son Sísifo y Aspros, quien te encontró. ¿Podrías decirnos tu nombre?
Así que ese era el Patriarca. Si, parecía un hombre fuerte y sabio, y ciertamente tenía una edad avanzada, pero no lo sintió tan imponente como lo había imaginado. Lo sintió incluso familiar, como un padre, alguien cercano y cálido.
- Nira señor Patriarca, mi nombre es Nira. En realidad, es Deyanira… pero casi nadie me llama así. Gracias por recibirme en el Santuario. Y gracias a usted señor Aspros por la ayuda. – hizo una pequeña reverencia al decir esto. El caballero de Géminis simplemente asintió con su cabeza.
- Bueno, no tuvimos muchas opciones… apareciste en la entrada del Santuario, y aquí siempre tenemos un lugar dispuesto para el que lo necesite. Además, al parecer eres alguien muy importante para El Cid.
- Mucho gusto Nira, veo que ya estas recuperada. Y además que hablas perfecto griego.
- Gracias señor Sísifo. Si, mi padre era griego, así que aprendí el idioma desde pequeña, además de mi español natal.
- Bueno, solo queríamos asegurarnos que te encontrabas bien. Te dejaremos descansar. Mañana decidiremos más tranquilos que haremos contigo, ¿verdad El Cid? Con permiso. – el Patriarca hizo una seña a Sísifo y Aspros, y los tres abandonaron la habitación.
- El Cid, yo no quiero ir a ningún otro lugar. He venido para estar contigo… Seguro hay cosas en las que puedo ayudar. ¿Me dejaras quedarme contigo verdad? – Nira miraba con intensidad al caballero de Capricornio, sus ojos chocaban con los aparentes inexpresivos azabaches del hombre.
- Nira, ya te lo dije. El Santuario no es lugar para una niña. Deberías buscar otro lugar para poder crecer como una niña normal, en otro contexto. Aquí… no creo que haya futuro para ti. No es fácil la vida aquí. Agradezco que hayas recorrido tanta distancia para verme, pero no es conveniente que te quedes aquí. Cuando te recuperes decidiremos que hacer contigo.
- La vida tampoco es fácil de dónde vengo El Cid, he visto muchas cosas. La gente puede ser muy amable y a la vez muy cruel. Un hombre me trajo en barco hasta el puerto de Rodorio sin pedirme nada a cambio, pero también me cruce con hombres que querían aprovecharse de mí, o gente que me robo dinero o pertenencias. Que me hacía trabajar en sus bares o dibujando con la promesa de ayudarme y luego me dejaban en la calle sin nada. No creo que el Santuario sea peor que eso. Además, tu estarías cerca para cuidarme, ¿o no? Por favor, déjame quedarme. Si es necesario trabajare muy duro en lo que el Patriarca o la señora Athena necesiten, por favor.
- Nira… - discutir con ella era imposible, era una niña, pero había visto muchas cosas tal como ella decía. Su padre alcohólico y depresivo, un entorno sombrío, y una única esperanza: conocer el mundo. En las cartas que se enviaban muchas veces le había pedido poder conocer el Santuario, "quiero conocer el mundo El Cid, seguro ese lugar es maravilloso, con gente de todas partes, debe ser fascinante estar en un lugar así". Si lo era, pero también era un lugar surcado por las guerras y la muerte. – Veremos qué podemos hacer, pero no creo que sea correcto que estes aquí. No estoy seguro que el Patriarca lo acepte. Tal vez en Rodorio puedas quedarte en un hogar de niños mientras creces. Estaríamos cerca uno del otro, y podrías compartir una infancia normal con niños de tu edad.
- No, ni se te ocurra enviarme a un orfanato. En España lo intentaron, pero pude escaparme a tiempo. Vamos El Cid, de seguro puedes convencer al Patriarca. Tal vez haya algo que pueda hacer aquí, soy muy inteligente y trabajadora… No quiero una infancia normal, nunca la he tenido. Quiero una infancia a tu lado. – tomo su mano al decir esto y le sonrió. "Maldita niña manipuladora", pensó El Cid.
- Hoy no es un día para decidir esto. Descansa y mañana lo charlaremos más tranquilos. Duerme y te vendré a ver a la mañana. Descansa pequeña. – beso su frente y se dirigió a la salida.
- De acuerdo, nos veremos mañana. Pero ya no me llames pequeña. Se que soy una niña aun, pero no soy pequeña. Espero que mañana puedas llevarme a conocer tu templo.
Y así se despidieron, Nira esperanzada de poder al fin vivir junto con el que consideraba su hermano mayor. Y El Cid pensando una solución para poder evitar que Nira se quedara en el Santuario, sería difícil, la conocía… pero era lo mejor para ella.
