Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es fanficsR4nerds, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is fanficsR4nerds, I'm just translating her amazing words.


Thank you Ariel for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


.: Tres :.

Mi sentido de autopreservación está en conflicto con mi curiosidad.

—¿Qué quieres? —pregunto, deteniéndome junto a la puerta. Mis ojos barren sobre el área, buscando algo… lo que sea… para protegerme.

Solo por si acaso.

—Pues ciertamente no rechazaría una copa de vino. —Hace una pausa y se gira hacia mí mientras se acomoda en la pequeña mesa de la cocina—. O tal vez una probada de algo más dulce.

Me congelo. Sus labios no han emitido amenaza alguna, sin embargo, no puedo evitar sentir que hay algo más que mi vida en peligro.

No soy virgen. No tengo ninguna virtud que proteger o que me sea robada.

Pero la forma en que me mira me hace cuestionar cada experiencia pasada. ¿Cuenta de verdad estar con alguien si nunca me miraron así?

—¿Te asusto? —pregunta, ladeando la cabeza.

Bufo.

—Todos los hombres me asustan. —Es más honestidad de la que espero demostrar y la sonrisa que me dedica en respuesta es simplemente feral.

—No soy un hombre —dice con una sacudida de cabeza. Aunque no estoy segura de que me haya mentido desde que nos conocimos, esto me parece lo más honesto que ha sido. Porque puedo verlo en los afilados planos de su rostro, la plata líquida en su mirada. Es demasiado alto, demasiado afilado, demasiado hermoso.

—No —digo al final—. No, supongo que no lo eres.

Eso lo complace; puedo sentirlo en su cambio de energía.

—¿Por qué estoy aquí?

Me mira, sus largos dedos danzan con un ritmo elegante sobre la mesa.

Tengo la sensación de que está evaluando qué tanto confiar en mí y mi curiosidad se apodera, imponiéndose sobre la autopreservación.

Y cometo mi segundo error desde que lo conocí. Cruzo el cuarto y me siento en la mesa junto a él.

Parece sorprendido, quizás incluso inseguro, cuando hago este movimiento.

Me complace saber que puedo asombrarlo.

—¿Cuál es tu nombre?

Sus labios se agitan.

—El tuyo primero, Pequeña.

Un estremecimiento me recorre el alma cada vez que me dice así, pero honestamente no puedo identificar si se debe al miedo o a algo más siniestro.

—Bella —digo eventualmente—. Puedes decirme Bella.

Asiente.

—Supongo que si queremos tener éxito, debes llamarme de alguna manera —musita—. Muy bien, puedes llamarme Edward.

Es un nombre tan extraño y anticuado que me sorprende.

—¿En serio?

Su sonrisa es enorme y enseña todos los dientes y de alguna manera un tanto lasciva a pesar de su humor.

—¿No cumple tus expectativas?

Me encojo de hombros. La verdad esperaba que tuviera un nombre hípster, no el nombre de uno de los amigos de mi abuelo.

—Fue un poco decepcionante —le digo con honestidad. Entorna ligeramente los ojos y comprendo que le he presentado un reto por accidente.

Mierda.

—¿De qué manera te he decepcionado? —ronronea—. ¿No me crees capaz de todas las cosas perversas que tu mente ha conjurado desde que nos conocimos?

Mi respiración se torna superficial mientras que la sangre me corre por los oídos.

»Tú, Pequeña, no tienes concepto del placer. —Se inclina hacia mí hasta que estamos a una respiración de distancia. Estoy congelada en mi sitio, mi corazón me dice frenéticamente que me mueva, que haga algo—. Mi verdadero nombre, un nombre que moriría por escuchar pronunciar a esos labios carmesí, significa perverso placer.

Se acerca todavía más y dejo de respirar por completo.

»Soy la perversión encarnada y no hay un fin para las depravaciones que deseo desatar sobre ti, contigo… —hace una pausa, inhala otra vez cerca de mi cara, como si estuviera bebiéndome—… dentro de ti.

Nunca en mi vida me había sentido más aterrada o excitada. Él es más que un lobo y yo soy mucho menos que un cordero.

Inhalo una respiración que inadvertidamente acerca mi cuerpo al suyo.

—Todas las cosas que son perversas en verdad empiezan en la inocencia —murmuro.

Se echa atrás y noto que lo he sorprendido.

—Eres inteligente, bien.

Justo así él se relaja, se recarga en su silla con unos ojos de un color gris apagado que casi parece azul. En ese estado casi podría confundirlo con un humano. Casi.

Inhalo profunda e inestablemente en mi silla. Me siento mareada, excitada y muy asustada.

Tomo otra profunda respiración, luego otra, y lucho por recuperar la compostura.

—Obviamente no soy lo suficientemente inteligente para evitarte, incluso si estaba borracha en ese momento. —Mi voz suena débil, pero incluso así es audible el tono mordaz en mi voz.

Sonríe.

—Una ofensa que normalmente es perdonable. —Ladea ligeramente la cabeza.

—¿Por qué estoy aquí? —vuelvo a preguntar.

Esta vez me sorprende.

—Te necesito.

Sus ojos se encuentran con los míos y me siento confundida de inmediato. ¿Qué significa eso? ¿Qué implica eso?

Mis ojos se mueven alrededor de la cabaña, aterrizando un momento en la pequeña cama individual.

Edward se ríe y el sonido es como miel vertida sobre pan caliente. Se filtra en mí, encendiendo un hambre.

—No hay tiempo, Pequeña. —Se ríe entre dientes, sus ojos se mueven de regreso a la cama cuando lo miro—. Necesito tu ayuda para encontrar algo perdido.

Estoy confundida y mi cara debe indicárselo porque asiente y continúa.

»No puedo darte más detalles. —Frunce el ceño, se ve frustrado—. Pero todas las herramientas que deberías necesitar están aquí, en este lugar. —Golpea dos veces la mesa—. Busca las respuestas. Deja que tu poder florezca. Regresaré en quince días.

Se para de la mesa muy repentinamente y yo me quedo en la mesa intentando descifrar su acertijo.

—Espera, ¿qué? —exijo saber, poniéndome de pie. Él ya cruzó la cabaña, está a punto de salir, y corro hacia él—. Detente, ¡no puedes solo secuestrarme y dejarme aquí!

Me mira con una de sus sonrisas perversas.

—No he hecho semejante cosa, Pequeña. Tú has aceptado esto. Este contrato es vinculante. —Se saca del abrigo un documento doblado y lo pone en mis manos—. Eres mía hasta Samhain.

Abro la boca para protestar, tal vez para gritar, pero me dedica una última sonrisa malvada antes de salir de la cabaña. Cuando me apresuro para seguirlo afuera, no queda rastro de él por ninguna parte, es como si nunca hubiera existido.