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Satori Satoru

Crossover Haikyuu! x Jujutsu Kaisen / canon!divergence / spoilers de ambos mangas

Disclaimer: ni HQ ni JJK son de mi autoría


II. Atrapamoscas

Satori abrió los ojos en una habitación desconocida y con una horrible resaca martilleándole la cabeza. No recordaba cómo fue que llegó allí. No recordaba qué había sucedido el día anterior. Tenía la sensación de que algo urgente debía hacer, pero ¿qué sería? Una imagen apareció en su memoria. Un hombre blanco como la leche y manos cubiertas de arruguitas, levantaba la venda oscura sobre sus ojos, revelando un párpado rojo y pestañas blancas que, al abrirse, lo encegueció todo.

—¡Mi vuelo! —recordó Satori. Intentó salir de la cama, pero sus piernas no respondieron a tiempo, enredándose en las sábanas y dando de bruces al suelo.

Al estruendo, otra persona apareció en la habitación.

—Has despertado, al fin.

Un hombre fornido, de espalda ancha, se acomodaba la corbata.

—¿Eita-kun? ¿Qué haces aquí?

—Cómo que qué hago aquí. Vivo aquí, imbécil. Por cierto: de nada. Menudo susto me diste. Un extraño llamó para decir que te habías desmayado. Obviamente pensé que se trataba de una estafa: qué estaría haciendo Tendou Satori en Japón, sin avisarle a tus amigos de su visita. Pero no era ninguna mentira. El único mentiroso eres tú, como siempre.

—¿Qué día es? ¿Qué hora?

—Si lo que te preocupa es tu vuelo —Eita le entregó el boleto—, tu avión salió hace dos horas; afortunadamente para ti he conseguido posponértelo. Nuevamente: de nada.

Eita abandonó la habitación. Regresó con dos tazones de café, uno de los cuales entregó a Satori. Iba bien peinado y vestido como todo un hombre asalariado. Si hace cinco o seis años le hubiesen dicho que Eita acabaría trabajando de empleado público, no lo habría creído hasta verlo.

El primer trago de café le irritó la garganta. Eita rió al ver su rostro arrugarse del asco.

—¿Qué? ¿Necesitas endulzarlo? Tú siempre igual…

De encontrarse en otra situación, Satori habría reclamado que el café era el horrible, porque estaba quemado y amargo, y se lo habría lanzado por la cabeza. En su condición actual, con una laguna en su memoria, completamente avergonzado, y en la cama de su ex, solo podía agachar la cabeza. El fastidio superficial que sentía Eita fue vencido ante su preocupación.

—Oye… he traído tus cosas del hotel donde te hospedabas. Reprogramé tu vuelo para dos días más. No tengo problema si quieres quedarte aquí hasta entonces. Sobre el escritorio encontrarás un juego de llaves adicional, por si necesitas salir. Yo debo irme a trabajar. Si decides buscarte alojamiento en otro sitio… mucha suerte, Tendou. Hasta la próxima.

Dejó su tazón a medio beber en el escritorio, sobre el hombro colgó su traje de oficinista. No volvió el rostro para despedirse de Satori. Al salir por la puerta, el piso quedó en silencio.

Satori se llevó las manos al rostro. La cabeza le iba a estallar. Cerró los ojos, cayendo nuevamente en el sueño.

. . . .

Volvió a despertar a eso de las catorce horas, empapado en sudor y con un extraño gusto a irrealidad. El aire caldeado lo ahogaba. Ya no podía seguir en la cama, le dolía la espalda. Encontró su maleta de viaje arrimada junto al escritorio. Eita tuvo el detalle de conectar su teléfono a un cargador, el cual se hallaba sobre una muda de ropa más una nota.

«Hay comida en la nevera y te he dejado una muda de ropa y una toalla.
El ventilador lo encuentras bajo la cama (hace mucho calor en esta época y la ventana no abre).
No me quedan medicinas para la resaca, pero tienes un 24/7 justo debajo del edificio».

Sacó el ventilador bajo la cama. Sentado junto a la ventana, intentó destrabarla, sin éxito. Al otro lado del cristal lo espiaba un cabeza de mosca que Satori no vio. Mordiendo su pulgar, volvió a repasar la nota, la letra descuidada de Eita. ¿Por qué, entre todas las posibilidades…? Si acaso existía algo como un destino, el suyo estaba bien negro. Y si acaso existía una divinidad responsable de todas sus desgracias, se la tenía jurada.

El cabeza de mosca chocaba con el cristal igual que un insecto, sin que el ruido llegara a los oídos de Satori. Poco a poco los recuerdos comenzaron a caer. Merodeaba las calles de Sendai en busca de golosinas que llevar a su regreso a Francia. En su confitería favorita se encontró con un hombre de aspecto sospechoso que ocultaba su vista tras un vendaje. No podía recordar su nombre, si acaso se lo dijo. No podía recordar qué hablaron. Kikufuku. Por alguna razón, los kikufuku tenían algo que ver. El hombre ciego hizo unos extraños movimientos de manos, se descubrió un ojo, y luego…

—Luego desperté con una horrible resaca —concluyó Satori, incapaz de extraer algo más.

Se dio un baño para quitarse el sudor y se vistió con las ropas que le dejó Eita. Olió las ropas. Estaba usando una playera gastada de Eita, sus shorts. Sin saber muy bien qué hacer, se dedicó a inspeccionar el piso. Era bastante pequeño, con mucha suerte cabía una persona, ni se diga dos. Revolviendo en los cajones del escritorio, Satori descubrió varias fotografías de fotomatón en las que aparecía Eita acompañado por la misma chica. ¿Una novia? «Esto no me va a afectar» se dijo Satori. Sus manos siguieron escarbando entre los cachureos. Una cajita plástica llena de uñetas de guitarra. Envoltorios vacíos de goma de mascar. Preservativos de sabores en tiras. «No, no va a afectarte». Cerró el cajón y abandonó la pequeña habitación.

En la estancia que parecía ser una sala/cocina/comedor se encontró una guitarra acústica y una guitarra eléctrica más su equipo amplificador, lo que parecía ser el único decorado. Plegado y arrimado en otra ventana había un kotatsu. A diferencia de la ventana de la habitación, no estaba trabada, pero al abrirla, una bocanada de aire caliente y húmedo le golpeó de lleno. Cerró enseguida, justo antes de que entrara el cabeza de mosca.

En la puerta de la nevera encontró más fotografías de fotomatón, de Eita junto con colegas del trabajo, y también con Shirabu y Reon, antiguos compañeros de colegio de ambos. Al interior de la nevera había algo que podría llamarse «comida»: verduras sobrecocidas, sopa de miso, y tofu en trozos, además de latas de cervezas y botes de encurtidos. Sus tripas clamaron comida en ese momento. Intentó mejorar las verduras con soya, no hubo caso. Después de todas las molestias que debió causarle a Eita el acogerlo de improvisto, lo más adecuado sería devolverle el favor y prepararle una cena. Por desgracia las alacenas estaban casi vacías. Café instantáneo, té de bolsa, sacarinas y tiras de calamar era todo cuando había, además de sake, lo único que había en abundancia. Tomó las llaves sobre el escritorio, encaminándose al 24/7, donde compró huevos, verduras y carne congeladas, furikake, arroz, jugos de aloe, tiras de bonito, alga kombu, conservas de bambú, huevas de salmón, pan de miga, queso laminado, poki, melonpan y helado de chocolate, entre otras chucherías. Salió del 24/7 cargando con cuatro bolsas de papel que apenas le dejaban ver, y también, aunque no lo supo en ese momento, con una maldición, un cabeza de mosca, pegada a la suela del zapato.

Satori se descalzó en la entrada, la maldición se le pegó a sus pies desnudos. Vació las bolsas sobre la mesa de la cocina, y lo que no ocupó en ese momento para cocinarlo, lo guardó en la nevera y las estanterías. Sentía un pie pesado. Intentó sacudir el malestar, pero el cabeza de mosca estaba bien aferrado.

Decidió preparar la cena y comida para varios días, las que guardaría en envases de bento que también compró en el 24/7, intuyendo correctamente que no había muchos recipientes en casa de Eita.

«Es lo mínimo que se puede hacer» insistió Satori, convenciéndose de que lograría compensar las molestias que su inesperada presencia había supuesto, y quizá, otras cosas…

A Satori le costaba mucho pedir disculpas. No era el orgullo lo que lo detenía. Simplemente, desconocía las palabras.

Sobre los vapores del estofado, Satori empezó a dudar de la efectividad de su plan. «Qué estoy haciendo, debí irme. Soy un estúpido, Satori rematado estúpido. Si jamás volvíamos a vernos, eso estaría bien». Apagó el fogón de la cocina, se quitó el mandil, y se rindió. Ya no tenían dieciocho años ninguno de los dos. Satori se disponía a guardarlo todo en bentos cuando oyó unos sonidos en el pasillo del piso.

Qué nervios, hace tanto que no vemos a Tendou.

No tengo idea si seguirá aquí, Reón —se quejaba Eita.

Está, lo sé, lo sé. Ha pasado tanto tiempo. No pongas esa cara de rencor, no va contigo.

—No estoy poniendo caras. Ya basta. Déjate de reír.

Satori se paralizó en la cocina. La puerta de entrada se abrió, dejando pasar a dos jóvenes de la quinta de Tendou. Sus excompañeros Semi Eita y Ohira Reon se descalzaban en el recibidor, dejando pasar además a dos cabezas de moscas que habían estado esperando junto a la puerta.

—La… ¡Lacenaestálista! —escupió Tendou levantando los brazos.

Reon también levantó los brazos. Con confianza se acercó a abrazarlo y darle la enhorabuena por el reencuentro inesperado.

—Hace tanto que no te vemos, desde que nos dejaste, ¿qué ha sido de ti? ¿qué haces por acá? ¿Has regresado? ¿A qué te dedicas ahora?

Los cabezas de mosca se treparon sobre Satori sin que nadie los notara. Satori masajeó sus hombros, como si de pronto le pesaran.

—No lo agobies a preguntas, Reon —soltó Eita con malhumor. Con ayuda de Reon desplegaron la mesa Kotatsu. Mientras sus visitas tomaban asiento, Eita se dirigió a la despensa en busca de una botella de sake. Con sorpresa descubrió que la alacena estaba abastecida—. ¿Tendou, qué significa esto?

—Ehhh… ¿significa «gracias por las molestias»?

Eita volvió a la mesa. Repartió el sake en tres tazas idénticas y propuso un brindis «por el estúpido de Tendou y sus rarezas».

Las tres tazas chocaron. Tendou hizo como que bebía, luego dejo la taza a un lado. No pudo escapar de las explicaciones, pero con Reon de testigo, Eita no se atrevió a ahondar en aquella herida que se dejaron tiempo atrás ni Satori fue capaz de tocar ese tema. Eita escuchó las hazañas y derroteros de Tendou en Paris, a quien parecía que le iba la mar de bien. Cosas como que acababa de conseguir un trabajo en una chocolatería, tenía visto un piso que estaba muy genial. De carrerilla Satori mencionó que extrañaba Japón, como si estuviese obligado a decir algo así. Solo había regresado porque su madre le pidió un favor, y si no hubo avisado, se debía a que era una visita exprés, puesto que tenía muchos pendientes en Francia.

—Pero ya basta de mí, ¿y ustedes qué? ¿En qué andan?

Eita le entregó las riendas a Reon. Mientras él hablaba por ambos y por todos los de Shiratoizawa, Eita observaba a Satori con suspicacia.

El hombre que lo hubo llamado el día anterior se presentó como el chamán llamado Gojo Satoru. Llevaba la vista vendada y los pelos blancos de punta. Le pareció bastante sospechoso cuando ese tipo raro le entregó el cuerpo desmayado de Tendou y le pidió hacerse cargo.

—¿Por qué me llamó a mí? —fue la primera pregunta que hizo Eita.

—¿Cómo? ¿No eres una persona querida para Satori-kun?

Gojo Satoru le enseñó el teléfono de Satori, el contacto de Eita, guardado con un corazón.

—Eres el único guardado de aquella manera, así que pensé…

—Sí, está bien. Es solo que me hubo sorprendido —interrumpió Eita.

Cuando Satori dejó Japón para continuar sus estudios en el extranjero, Eita borró su contacto del teléfono. Contestó su teléfono precisamente por tratarse de un número desconocido. Pero, de saber que era Satori quien llamaba, sin dudas habría contestado. Pero ahora que volvían a reencontrarse, parecía que ninguno de los dos sabía cómo reconciliarse.

—Este estofado está bueno —admitió Eita, acompañando su declaración con un sorbo de sake.

Reon pareció aliviado al oír aquello.

A Satori, con tres cabeza de mosca a cuestas, se le aguaron los ojos.

Pero cuando Reon anunció su retirada, Eita desenfundó el futón de visita, lo acomodó entre sus guitarras, y le cedió su dormitorio a Satori por segunda vez, cerrando cualquier ventana de diálogo.