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Satori Satoru
Crossover Haikyuu! x Jujutsu Kaisen / canon!divergence / spoilers de ambos mangas
Disclaimer: ni HQ ni JJK son de mi autoría
IMPORTANTE: Este capítulo empecé a escribirlo cuando aún no estaba al día con el anime. Ya estoy al día con el manga, y algunos headcanon resultaron ser parte del canon. Así que... hay spoilers. Decisión de ustedes si siguen leyendo a partir de este capítulo.
III. Dulces kikufuku
El hombre ciego podía ver lo que otros no veían. Cosas como los corazones humanos, pensamientos y creencias, hacia el futuro, hacia el pasado, y las maldiciones.
Normalmente los corazones, los pensamientos y creencias, el futuro, el pasado y las maldiciones, fluían entre los mismos puntos, mezclándose en la extensión del infinito.
En aquellos momentos, almorzando solo en el comer de la escuela, el hombre ciego sostenía entre sus manos la cajita de kikufuku que le regaló el joven maldito Satori. Un ruido atrajo su atención.
Unas mesas más allá, sus queridos alumnos de primer año se reían y molestaban unos con otros. Apenas llevaban una semana conociéndose y el hombre ciego veía que de allí surgiría un gran equipo. Risas mezcladas con falsos regaños le mostraban que, en cuanto a sus elecciones, al menos lo de dedicarse a la enseñanza valió la pena.
Masajeó sus ojos tras la venda, intentando apagar el flujo de los pensamientos que amenazaban con oscurecerse. ¿Cuántos años tendría ya? Lo negativo de dedicarse a la docencia era ser consciente de la brecha de edad con sus pupilos. A cada nueva generación de alumnos, un año más los distanciaba con ello. Sus días de adolescencia quedaron atrás hacía mucho. Ahora tenía alumnos a quienes cultivar en valores, y ciertos días se daba el lujo de aconsejar también a desconocidos. Quién lo habría imaginado.
Ieiri-san, la médico de la escuela, juntó su bandeja de almuerzo junto a la del hombre ciego.
—Te ves serio, Satoru —saludó ella con una singular sonrisa—, ¿qué tramas ahora?
—Después de todos estos años, ¿así piensas de mí? —simuló ofenderse, olfateando el almuerzo de Ieiri-san.
Tiempo atrás, Satoru, Ieiri-san y otro joven más, se reían y molestaban unos con otros a la hora del almuerzo, del mismo modo en que ahora tonteaban sus alumnos de primero.
—¿De casualidad recuerdas cuantos años tengo? —preguntó Satoru.
—¿Me estás preguntando tu edad? —Ieiri-san soltó una suave risa—. Si no te acuerdas de cuantos años tenemos, es tu problema, yo no voy a decirte.
—Hoy estás muy irritante, ¿qué tienes? ¿tus gatos han huido de ti?
—Sí, mis gatos han huido —le siguió la broma—. Mira, Satoru, te lo explicaré porque no sabes nada de la vida ni sus tradiciones: llegada cierta edad las mujeres no vamos diciendo cuantos aniversarios hemos cumplido, porque no y simplemente no y ya está. Es algo que no tiene ni explicación ni sentido, pero que a muchas nos ayuda.
—Nunca hemos celebrado algún aniversario —soltó Satoru sin darse cuenta como podrían interpretarse aquellas palabras. La guardia de Ieiri-san aflojó, dando paso a un fuerte carmín que pintó sus mejillas. Pero los pensamientos de Satoru circulaban por derroteros distintos a los de Ieiri, a juzgar por cómo continuó—: ¿No sientes que el tiempo ha pasado demasiado rápido, y a la vez, demasiado lento? Los días se me hacen eternos, pero el fin de año siempre me toma desprevenido. No bromeo cuando te pregunto por mi edad. Realmente no lo recuerdo.
Ieiri-san agachó la cabeza, ocultando su rubor de la mirada de Satoru. Reparó en la caja de golosinas con la que jugaban sus dedos cubiertos de arruguitas.
—¿Qué llevas ahí? No me digas que sigues alimentándote horrible.
—Ah, esto es kikufuku.
—¿Kikufuku? ¿Será que los compraste cuando fuiste a Sendai? Nunca te había durado tanto alguna golosina.
—Es raro, ¿sí o no? Durante ese viaje sucedieron tantos eventos que no me dio tiempo, y hasta hoy no recordaba que los tenía.
Esa noche, su alumno Fushiguro Megumi resultó herido, y su alumno Itadori Yuji se comió un dedo maldito de Sukuna, provocándose con ello una sentencia de muerte. Una noche común y corriente en la vida de un chamán, a fin de cuentas.
—¿Quieres uno? —ofreció Satoru acercando su caja de golosinas a Ieiri-san—. Por favor—, añadió al notar que ella se negaba.
Ieiri-san alargó los dedos. Al tocar la caja, retiró rápidamente la mano.
—También lo sentiste, ¿cierto? —sonrió Satoru con esa sonrisa soberbia de quien lo ve todo—. Con lo sucedido entre Sukuna y mis alumnos, olvidé mi otro encuentro en Sendai.
—Ya veo… Sí, claro, por supuesto…
Ieiri-san suspiró. Con Satoru solo podían hablarse de maldiciones y de trabajo. Aunque normalmente Satoru era payaso con medio mundo, con Ieiri-san se limitaba a hablarle de maldiciones y de trabajo, pero no siempre fue así. Ieri tampoco estaba preparada para afrontar otro tipo de conversación con Satoru. Le habría gustado detectar al menos la intención de que las cosas fueran de otra manera. No podían volver a ser amigos. No había resentimientos. No había asperezas. Solo sucedió que las circunstancias entre ellos cambiaron.
—Entonces, ¿esto es otro trabajo? —Ieiri-san apuntó a la caja de kikufuku. Satoru negó con la cabeza—, ¿de qué se trata exactamente?
—Supongo que será un pequeño pasatiempo. La energía que emite es extraña. En su momento no lo comprendí pues la energía era muy débil, pero luego de lo que ha sucedido con Itadori, veo las similitudes. Ese hombre que me regaló los kikufuku llevaba una maldición en su interior.
—¿Aceptaste un obsequio de una maldición? ¿Por qué?
—¿Cómo que «por qué»? Te equivocas Shoko, no recibí el obsequio de una maldición, sino de un humano. No sé qué maldición tendrá dentro. No debe ser nada preocupante, como te he dicho, la energía era muy débil, pero…
—O sea que sigues en tu afán de salvar vidas patéticas por pasatiempo, ¿o ahora te gusta coleccionar humanos que tendrían que ser exorcizados?
—Como quieras —Satoru se encogió de hombros—, no tiene caso discutir cuando no me dejan ganar, ¿te ofrezco un kikufuku? Me dijeron que eran los mejores de Sendai.
Ieiri-san negó con la cabeza, un poco decepcionada.
Los alumnos de Satoru comenzaron una pequeña trifulca en la cual la chica Kugisaki y el maldito Itadori se confabularon para arrojarle albóndigas a Fushiguro Megumi. Satoru recordaba una escena similar, quien sabe cuántos años atrás, protagonizada por Ieiri-san, él mismo, y un tercer chico.
Ieiri-san recordaba la misma escena.
—Sabes, Satoru, yo también pienso en Suguru a veces.
—Ahh…¿A que viene eso?
—Si te gusta congraciarte con humanos que deberías exorcizar por mero gusto, no te reprocharé nada. Si tu objetivo es llenarte la agenda con trabajos insignificantes también por mero gusto, solo espero que no te pase factura más adelante. Pero si todo esto va de un remordimiento, y el vacío en el cual decidiste tú mismo recluirte…
—Déjalo, Shoko —le interrumpió Satoru—. Lo tuyo no son los consejos.
—No seas así.
Fushiguro Megumi, harto de los ataques, invocó a uno de sus shikigami y huyó en lugar de luchar. La chica Kugisaki sacó los clavos y el maldito Itadori se arremangó el brazo, dispuesto a entrar en pelea. Satoru dejó ir una pequeña risita.
¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde que era él, Satoru, quien protagonizaba aquellas escenas escolares? Presenciarlas mientras almorzaba, en su rol de maestro, lo hacía sentir un poco incómodo. Un buen maestro ya habría acabado aquel espectáculo y estaría regañándoles por montar tal escena. Satoru, que solía actuar según su criterio, a veces dudaba cuando se trataba de enseñanza.
El asistente Ijichi llegó corriendo apresurado hasta donde estaba Satoru, incapaz de ocultar su sonrojo al reparar que era Ieiri-san quien le acompañaba.
—Discúlpeme Gojo-sensei, le ha salido un trabajo.
—Ah, sí, claro, claro.
—Ijichi, ¿no te puedes esperar? —soltó Ieiri-san con brusquedad—. Satoru está almorzando. Si quieres hacer algo útil, dile a esos de primero que se callen, me tienen harta.
Apenas terminó de hablar, se sintió avergonzada. Lo mismo que Ijichi, quien corrió a detener a los jóvenes de primero. Ieiri-san no alcanzó a disculparse con Ijichi. Sintió urgencias de fumar.
—No quise… —trató de explicarse con Satoru.
—Lo sé. Pero Ijichi sabes que solo obedece a los viejos —Satoru se levantó junto a su bandeja—. Si sigues poniendo esa cara, te va a aparecer una arruga gigante en la boca, y una verruga por bruja.
—No quiero una verruga —volvió a sonreír Ieiri-san—. Y no olvides aquello —Ieiri-san apuntó a la cajita de los kikufuku que se quedaba en la mesa—. Si no lo exorcizarás, es cosa tuya, pero no los dejes tirados por ahí.
Gojou Satoru, el hombre ciego, guardó los kikufuku en el bolsillo de su pantalón e interceptó a Ijichi, para que le entregara más detalles de su misión. Le encomendó a sus alumnos de primer año, especialmente a Itadori el maldito.
—No apartes la vista de él.
Tras examinar en su habitación el expediente de su nueva misión, armó una modesta mochila de viaje y, luego de meditarlo, metió los kikufuku dentro. Le daba curiosidad. Cosas extrañas estaban sucediendo a su alrededor, podía sentirlo en el aire, y era importante estar atento a todas las señales.
Quizá aquella cajita no significase nada. Quizá solo se trataba de un evento paralelo. De todas maneras, lo confirmaría si acaso le daba tiempo.
Pero no le dio el tiempo, porque una semana después, Ieiri-san le llamó para notificarle que uno de sus alumnos, Itadori Yuji, acababa de fallecer en las manos de la maldición que lo hubo infestado.
