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Satori Satoru
Crossover Haikyuu! x Jujutsu Kaisen / canon!divergence / spoilers de ambos mangas
Disclaimer: ni HQ ni JJK son de mi autoría
IV. Desayunando a las 9PM
Cuando Itadori el maldito revivió en el tanatorio, Satoru le pidió a Ieiri-san no reportarlo todavía. No se explayó en sus motivos, ni Ieiri-san insistió por ellos.
La agenda se le complicó a Satoru. Aparecía y desaparecía por la academia, ocupado en sus asuntos. Ieiri-san leyó un reporte de Satoru en el cual revelaba la existencia de dos maldiciones de clase especial, inteligentes, organizadas, capaces de comunicarse con los humanos. Como no lograba contactar con él, conultó los detalles con Nanami-san.
—El joven Itadori presenció esa pelea, yo no podría darte más detalles de los que aparecen en el reporte.
—Pero supongo que has hablado con él. Con Satoru.
—Hablar, ya. ¿Quieres que te diga, exactamente, de qué hemos hablado estos días? Te lo diré: se le metió en la cabeza que tengo la piel mala y que debería tomar un baño de barro. Luego, el martes, me preguntó si conocía a un gitano porque necesitaba que alguien le leyera las manos. Un día quiere comer jabalí, al otro se plantea seriamente volverse vegano, y al otro dice que no necesita comer para vivir y que va a solucionar el calentamiento global.
—Además de esa idiotez.
—No trato de ocultarte nada, Ieiri-san. No sé más de lo que aparece en el reporte. Si lo que quieres es preguntarme qué opino, creo que Gojo sabe muy bien por qué lo atacaron, ha desarrollado sus propias corazonadas al respecto las cuales prefirió no divulgar por alguna razón. Como confío en su juicio, no lo he cuestionado.
—Creo que Satoru está más preocupado de lo que nos hace ver.
—Lo sé. Es evidente que está muy preocupado.
—Gracias Nanami.
Sabía Ieiri-san que, mientras más absurdas fuesen las conversaciones cotidianas de Gojo, más inquietudes traía a cuestas. Le daba mala espina no verlo en tanto tiempo.
En junio, Nanami también se enfrentó a unos de esos espíritus inteligentes. Satoru, con sus ojos vendados, leía el reporte de Nanami en la sala de maestros. A juzgar por lo arrugadas que estaban los bordes de las hojas, podía deducirse que había leído el reporte una infinidad de veces.
Ieiri-san tomó asiento frente a Satoru, apretando los puños; avergonzada de las determinaciones que le obligaban a tomar la estúpida gente con la que se rodeaba.
—¿Por qué no salimos a algún sitio?
Satoru ladeó la cabeza. ¿Estaría sorprendido? La venda no permitía a Ieiri saber qué expresión había puesto, pero ella que ya lo conocía, sabía que si daba pie a las dudas, Satoru lo usaría a su favor para burlarse. No se lo permitiría.
—No te pases películas Satoru, esto no es una cita, más bien un encuentro casual entre dos viejos amigos.
—Esto mismo que estamos teniendo ahora cataloga como un encuentro casual entre dos amigos.
—Sabes de qué hablo. Hace mucho que no hacemos algo fuera del horario laboral y creo que te vendría bien. Soy tu médico, no puedes ignorar el consejo de tu médico. Sé que no bebes alcohol, así que elige tú el lugar y la hora. Pero debe ser hoy. Que no pase de hoy. Escríbeme cuando ya tengas sitio.
Y dejó la sala de maestros antes de que Satoru pudiera verla hervir de la vergüenza. Maldito albino de los seis ojos.
Quince minutos después, Satoru se preguntaba qué era lo que lo irritaba de esa invitación. No le gustaba que Ieiri-san le tratase con cuidado, mucho menos que perdiera su tiempo preocupándose por él.
Aquella noche frente al espejo del baño, Satoru se quitó la venda que lo cegaba, y al abrir los ojos, la habitación pareció iluminarse. Unos brillantes ojos de iris azul lo sondeaban desde el otro lado del cristal, rebuscando las debilidades de su pasado.
¿Estuvo enamorado de Ieiri-san? Más o menos, pero en realidad no. ¿De aquel otro joven cuyo nombre evitaba pronunciar? Sí, de él sí. Satoru observó cómo le tiritaban las comisuras de sus labios. No pudo sostenerse la mirada por más tiempo. Ojalá, pensó con sinceridad, a sus alumnos de primer año no les sucediera lo mismo que les sucedió a ellos tres.
Rebuscó en los cajones unas gafas de cristales ahumados y entre varios ejemplares, encontró aquellos redondos que utilizaba en tiempos de preparatoria. Aunque le sobraban gafas pues las tenía de todas formas, la ropa le escaseaba, y no había mucho que elegir. Se preguntó qué tan mala impresión dejaría en sus alumnos si les pidiese ropa prestada. Un profesor debería alentar a sus alumnos no solo a estudiar, sino también a vivir su adolescencia. Por ejemplo, si le pedía a Fushiguro su americana porque «tenía una cita y debía causar buena impresión» quizá Fushiguro se hiciera de ganas, viese que no tenía nada de malo salir a divertirse, y se animara a ir de cacería.
Por ejemplo, Fushiguro podría invitar a Itadori y a Kugisaki y… Satoru negó con la cabeza, incapaz de contener su risa. Tenía esa manía de shippear a sus alumnos entre ellos. Con los de segundo año la tuvo más difícil, pues uno era un oso panda, el otro hablaba en base a ingredientes de onigiri, y la chica… no, la chica no tenía ese carácter coqueto que invitase al romance. Okkotsu Yuta, el más normalito de los cuatro de segundo ("normalito"; entre comillas), resultó estar comprometido con una maldición, y no creía que la maldición quisiera compartir a Yuta con el oso panda o con cualquiera. En fin… Como se le viera, los alumnos de primer año eran los más prometedores.
Eligió una camisa celeste que alguna vez perteneció a aquella persona que ya nombraba. En su momento creyó que se desharía de todos sus recuerdos. No tuvo el valor. Ojalá Ieiri-san no la recordara. En el camino a recoger a Ieiri-san, cortó unas flores silvestres que halló a su paso.
Ella llevaba un vestido simple y fresco, ideal para el verano. Se había trenzado en cabello y, para su sorpresa, pintado los ojos y los labios.
—¡Tus gafas oscuras, que tiempos! —se consoló Ieiri cogiendo las flores, sin saber muy bien qué hacer con ellas—. ¿A dónde me llevas?
—¡A tomar desayuno!
—Pero… —Ieiri revisó su reloj de pulsera— Van a ser las nueve de la noche…
En un segundo, cientos de imágenes comprometedoras pasaron por la mente de Ieiri, y tuvo que apartar la mirada de Satoru, para que no la notara sonrojada. Pero, como siempre, los pensamientos de Satoru seguían otros derroteros.
—Las nueve de la noche es la hora ideal para un buen y nutritivo desayuno.
—¿Qué dices ahora?
—No me gusta la tradición de relegar el desayuno solo a horas de la mañana.
—Vale, vale —suspiró entre aliviada, pero también, decepcionada—, desayuno, ni modo.
Ella condujo y él la guio por las calles. Al descender del auto, Satoru volvió a entregarle el ramo de flores silvestres y le abrió la puerta del dinner que hubo elegido para aquella ocasión. Estaba jugando, Ieiri-san se daba cuenta. Quería que se arrepintiera de sus atenciones, que lo dejara en paz. Bien sea, no le permitiría ganar.
—Un desayuno continental —pidió Satoru a la mesera, sin siquiera hojear la carta—, y también un vaso de agua para poner las flores y… ¿Tú qué vas a pedir, cariño mío…?
Ieiri-san pateó a Satoru bajo la mesa. También regresó su carta.
—Un café americano, muchas gracias.
—¿Solo un café? —preguntó Satoru sin modificar su tono travieso. Ieiri-san tampoco modificó el suyo.
—Tú viniste a por desayuno, ¿no? Pues el café es mi desayuno.
—Entonces que sean un desayuno continental más un café americano, ya escuchó a la dama.
Ieiri-san volvió a golpearle las canillas, pero esta vez Satoru activó su conjuro a tiempo.
—Pareces de buen humor —masculló Ieiri—. No vuelvas a llamarme ni «cariño mío» ni «dama» ni cualquiera de esas variantes repulsivas.
—Perdón, perdón, ya sabes cómo soy. No tiene mucho caso enfadarse si se trata de situaciones irremediables.
Sucedió entonces lo que ambos temían: se quedaron en silencio, sin palabras, el uno frente al otro. Fue la propia Ieiri-san, contradiciéndose a sí misma, quien le preguntó a Satoru por su trabajo. Por Itadori el maldito, en concreto.
—Pues, como sabrás, Itadori sigue muerto. Ya te lo he dicho: no revelaré que resucitó hasta el intercambio colegial, creo que es una fecha prudente.
Con esas palabras, volvieron a quedarse en silencio.
—Y… —a falta de preámbulos, Ieiri intentó ser espontánea—, ¿qué ha sido de ti, Satoru? Además del trabajo, quiero decir.
—Además de trabajo… —repitió Satoru, repasando su barbilla con sus dedos arrugados—, así que esa era la trampa.
—¿Cómo dices eso?
—Nanami ya me contó la plática que ambos tuvieron. Dice que te preocupo. De pronto, no sé por qué, le preocupo a todo el mundo.
—Solo intento hacer conversación, Satoru. Ya sabes. Algo casual. Antes podíamos conversar banalidades, ¿no te da pena?
—Tristemente no tengo nada que comentar —dijo cruzando los brazos tras la cabeza—. Conoces mis pasatiempos, Shoko: sacar a Nanami de sus casillas, sacar a Utahime de sus casillas, coleccionar dedos de Sukuna, insultar a los peces gordos, a cualquiera que catalogue como mi superior… si querías una conversación seria y profunda, hubieses conseguido mucho más platicando con Toge —Inumaki Toge era ese alumno de segundo cuyo vocabulario se limitaba a ingredientes de onigiri—. Pero si quieres, podemos hablar de lo último que le sucedió a Nanami. Verás, el otro día, por Yoyogi…
—Sé que tienes conversaciones serias. Con tus alumnos las tienes, te he visto.
—Bueno, alguna vez, con Toge precisamente, ordenamos nuestros ingredientes favoritos por orden alfabético.
—Sí, sí, claro. Sabía que me dirías eso. Pero a veces te veo charlar con ellos. Con Inumaki-kun y con todos.
—Quién diría que serías esa clase de vecina chismosa, Shoko, que andas vigilando lo que hablo con mis alumnos. Bien, bien, ya que insistes tanto, te diré lo que sucede: con mis alumnos me toca interpretar cierto papel. Digamos que para mí la seriedad consiste en ponerme la careta de profesor y hablarles de una determinada manera. Pero en ningún modo soy fanático de las jerarquías. Incluso en una situación así no soy capaz de ponerme del todo serio. Al final, de algún modo u otro…
Satoru se tocó el cuello. Ieri se atrevió a seguir escarbando.
—Eres un buen profesor.
—¿Lo crees?
—Ambos conocemos los motivos por el cual continuaste en la escuela y te has dedicado a la enseñanza. Te has ganado el respeto de tus alumnos.
—Respeto, yo… ¿De verdad lo crees? Sinceramente lo pregunto.
—No se trata de si lo crea o no: lo sé. Tú dices que te pones la careta del profesor, pero yo lo dudo. Tu verdadera careta es la del bromista descarnado.
—Ya, Shoko, déjate de bromas: ¿Acaso quieres que sea del tipo serio y amargado?
Ieiri-san no se atrevió a replicar. No podía aventurar el estado de ánimo de Satoru. En ese momento, una mesera dejó frente a Ieiri su taza de café. Dos meseras más completaron el pedido de Satoru, quien se relamió la boca divertido. Ieiri también rió. Era imposible que lograse comer todo aquello que se había pedido.
—Está bien, te preguntaré algo serio, te lo has ganado —Satoru tomó sus cubiertos y rebanó unos gofres con crema—: ¿Cuántos años tenemos? De verdad lo he olvidado.
—¿Sigues con eso?
—Sí.
—Te lo diré de esta manera: todavía nos queda para llegar a los treinta, pero poco.
—¿En serio? ¿Veintimuchos? Juraría que había pasado más tiempo.
—Por eso te digo que te des un descanso.
—Si tanto querías darme un sermón, pudiste pedirle a Yaga el favor.
—No sé bien qué está sucediendo —continuó Ieiri, armándose de valor. Diría lo que pensaba. Lo diría y ya está—: Desde que reportaste el ataque de aquellas maldiciones humanoides capaces de pensar, te noto preocupado y alerta. Puedo ver que estás investigando por tu cuenta, y si no me has querido compartir detalles, solo se me ocurre pensar que tus sospechas te están llevando hacia Suguru y…
—Shoko…
—A mí también me dolió lo que sucedió —continuó ella, sintiéndose hipócrita porque, para no llorar, sonreía—. Yo de verdad necesitaba hablarlo con alguien. Creí que, al cambiar el color de tu vendaje del blanco al negro, podríamos compartir aquel dolor. Nunca te importó cómo yo podría sentirme.
»Ya no somos los amigos que fuimos alguna vez, por tanto, no apelaré a nuestro pasado. Solo, Satoru, por favor, date algún respiro. Tú no quieres darte cuenta, pero te estás consumiendo, y si lo de Suguru se vuelve a repetir…
—Por qué te vas a ese extremo. Qué dices, no se repetirá.
—Por favor Satoru —suplicó ella.
Gojo Satoru limpió los cristales de sus gafas con la tela de su camisa a cuadros. Sus brillantes ojos entraron en los ojos de Ieiri-san, y se sintió desnuda y expuesta. Desvió la mirada a su taza de café. Ieiri guardaba en su corazón un secreto que no estaba segura si Satoru lo sabía.
—No siempre puedo verlo todo, Shoko —habló Satoru como si pudiera leerle la mente—. Si lo hubiese visto todo…
Echó la cabeza hacia atrás, preguntándose por qué, si se trataba de aquel joven, no fue capaz de verlo todo. Se preguntaba si Shoko lo vio venir. O si, más tarde, unió las piezas y comprendió que fue lo que sucedió en el corazón de aquel chico que lo dio vuelta todo.
—¿Por qué no vuelves a Sendai? —sugirió Ieiri, sorprendiéndolo.
—¿Sendai?
—Me dijiste que tenías un pasatiempo allá, ¿lo olvidaste?
—Ah, es verdad, los kikufuku. ¿Cómo te acuerdas de eso?
Ieiri se encogió de hombros, luego dijo:
—Me sorprendió mucho ver que no te comías unos dulces. Bien, olvida mi sugerencia. Solo… extraño cómo eras antes. No te confundas, siempre has tenido esa personalidad desagradable, pero al menos ese Satoru se veía feliz.
Satoru pinchó su tenedor en un trozo de gofres que elevó hasta sus ojos.
—Gracias por la sinceridad. Incluso aunque volviéramos a pasar el tiempo juntos, nunca sería como antes. Nunca podríamos volver a ser esa clase de amigos.
—Lo sé.
—Pero seguiré tus sugerencias. Me tomaré unas vacaciones e iré a Sendai.
—¿De verdad? Porque Sendai fue lo primero que se me ocurrió, puede ser otro sitio. Hay tantos lugares…
—No, Sendai me parece bien, será divertido —dijo volviendo a su faceta juguetona—. Quiero saber si mi exorcismo habrá servido de algo o si aquel chico ya se llenó de maldiciones otra vez. No creo que me tome mucho tiempo. Pero, si sucede algo…
—Te llamaré enseguida.
—Ya mataron a Itadori una vez en una de mis ausencias.
—Y todos saben que una vez es más que suficiente porque no perdonarás una segunda vez. Además, Nanami está pendiente. Yo también le pondré un ojo.
—No puedo decirle que «no» a mi médico.
—Y otra cosa, cariño mío —Ieiri robó una de las tostadas de Satoru y la untó en mantequilla—, gracias por el desayuno. ¿Recuerdas aquella vez que…?
Satoru tembló. Lo recordaba. Suguru se enfermó y le llevaron el desayuno a la cama. Pero nunca se pusieron quién llevaría qué cosa y ambos aparecieron con tostadas.
Ieiri estaba empeñada en oírle decir «Suguru» una vez más. Satoru cerró los ojos.
—Yo jamás tendré más de treinta años. Jamás.
Ieiri no entendió por qué Satoru dijo aquello.
GOJO SE ME COMPLICÓ DEMASIADO, SORRY EL OoC !
