Saito se preparó para contraatacar. Antes de que el autómata golpeara, el chico lo cortó cual mantequilla de un solo tajo. Todos los presentes nos sorprendimos. Si, incluido yo. "Jamás he atacado con tal decisión a un enemigo… Bueno, en mi defensa diré que no he tenido demasiadas oportunidades de hacerlo". Las runas de Gandálfr brillan en la mano del familiar. "Es como si Storm Ruler hubiera sido forjada para él". Mis compañeros empezaron a vitorear a Saito. Louise y yo permanecíamos en shock.

–¿Q-Qué significa esto?

–P-Parece que sabe luchar.

Tragué saliva. Incluso habiendo leído sobre las habilidades de Gandálfr, no puedo mas que aplaudir. Verlo en directo es asombroso. Saito se colocó en guardia de nuevo. Guiche retrocedió un poco y agitó su varita. Cuatro pétalos mas se convirtieron en valquirias. "Lo está dando todo".

–¡A-Acabad con él!

Sin perder ni un segundo, el familiar se lanzó al ataque a una velocidad vertiginosa pese a las heridas que tiene. Derrotó uno tras otro a los golems de Guiche sin pestañear. Se plantó delante de este y alzó su espada. El rubio empezó a temblar y cayó al suelo asustado. Se hizo el silencio.

–¡M-Me rindo!

Dijo un acobardado Guiche mientras bajaba la cabeza. El corrillo de estudiantes se volvió loco. Saito bajó mi espada y un gesto de sorpresa se formó en su rostro. Miró a su alrededor. Louise y yo caminamos hasta él.

–¿Qué acaba de…?

–¿Estás bien?

Preguntó una preocupada Louise. El chico asintió confuso.

–Bien hecho.

Sonreí a la vez que le colocaba una mano en el hombro. Saito se volteó hacia mi y me devolvió el gesto. Clavó a Storm Ruler en el suelo. Las runas perdieron su fulgor poco a poco.

–Gra… Cias.

De repente, el chico se desvaneció. Se tambaleó hasta perder el equilibrio. Entre Louise y yo conseguimos sostenerlo.

–¡O-Oye! ¡Quítate de encima!

La noble alzó la voz. Poco tardamos en darnos cuenta de la realidad: Saito se había desmayado.

–Creo que lo ha dado todo.

Me reí. Apoyé el cuerpo del joven sobre el mío para quitarle la carga a Louise. Ella recogió a Storm Ruler en cuanto la señalé y la guardó con cuidado en mi vaina. El corrillo de alumnos comenzó a dispersarse, incluido el derrotado Guiche. Pude ver como apretaba los dientes. "Esto ha debido de ser un duro golpe para su orgullo. Te lo mereces por hacerte el valiente con un plebeyo desarmado". Eché un vistazo rápido al cuerpo del familiar.

–Vamos a tener que tratar esas heridas.

Comenté. Louise se acercó al rostro de Saito y asintió.

–Maldito idiota…

Acaricio una de sus mejillas con cuidado. Su tono es de alivio. "Menos mal. Creí que iba a reprimirlo verbalmente mientras dormía". Sonreí.

–¿Quieres que lo llevemos a tu habitación?

Ella me miró a los ojos y parecía lista para preguntar algo, pero se contuvo por algún motivo. Asintió de nuevo y, sin decir mas, comenzó a caminar hasta la torre de los dormitorios de segundo año. Yo coloqué a Saito con cuidado en el suelo y desenvainé mi catalizador.

–Allá vamos otra vez.

Pronuncié el conjuro de Viento y su cuerpo se elevó un metro por encima del nivel del suelo. "Me pregunto si tendré que cargar de nuevo con él en lo que queda de semana". Me reí para mi. Mientras seguía a Louise una duda surgió en mi cabeza. "¿Dónde demonios está mi familiar?"

Llegamos a su cuarto y posé el cuerpo de Saito en la cama sin preguntar antes a mi compañera. Esta no se quejó. Es más, no ha dicho una sóla palabra desde que abandonamos el patio. "Debe estar preocupada de verdad". Pude ver como cerraba los ojos con cada golpe que recibía su familiar de parte de la valquiria. "Al menos yo he sacado algo del duelo: Gandálfr es poderoso, mucho. La forma en la que empuñó a Storm Ruler como si fuera un espadachín experto ha sido impresionante. ¿Acaso él ya sabía luchar y las runas han aumentado sus capacidades físicas? No lo parecía mientras combatía desarmado. Tendré que preguntarle eso también en cuanto despierte, además de otras quince cuestiones mas". Dejé de lado mis pensamientos y me centré en la realidad.

–Deberíamos avisar a un profesor y…

–No.

Su respuesta provocó que la mirara desconcertado.

–¿No?

Ella bajó la cabeza. Pude ver como se mordía el labio inferior.

–No quiero que nadie más se entere de este altercado. Bastante tengo ya con mi familiar en coma.

Desvié la mirada hacia Saito. Pensé durante un rato en mis posibilidades ante esta situación. Louise permanecía inmóvil. "Alessandro, nunca podrás estarte quieto, ¿Cierto?" Suspiré y me pasé una mano por el rostro. "De perdidos al río".

–Está bien.

–¿Eh?

Escuché detrás de mi. Dejé a un lado a Storm Ruler y me quité la capa.

–Oye, ¿Qué estás haciendo?

–Ayudar.

Me remangué la camisa del uniforme. "Voy a curarlo. La pregunta es por qué. ¿Qué demonios me sucede? No les debo nada y ellos a mi tampoco. ¿Entonces, que hago revisando sus heridas? En Romalia jamás hubiera hecho esto por algún compañero, exceptuando Donatello y Francesca, pero con ellos desarrollé un vínculo enorme. A Louise la conocí hace dos días, literalmente. Con Saito ni siquiera he conversado de forma directa. ¿Será que mi deseo de reconciliarme con Vittorio me está llevando a esto? ¿A curar desconocidos para recuperar su confianza?" Debajo de la extraña prenda superior había una camisa blanca de manga corta. Ahora si veo las magulladuras en la zona del estómago. "Los moratones de la cara se irán con un simple conjuro curativo de Agua, pero esto…"

–¿Por qué nos ayudas?

Dijo Louise en un tono de desconfianza. "Piensa rápido". Seguí ojeando el cuerpo del familiar.

–Llegados a este punto, ¿Por qué no hacerlo?

Escuché unos pasos y una mano se posó en mi muñeca derecha. Me detuve.

–Lo digo en serio.

Separé mi cuerpo de la cama y nos miramos a los ojos. Suspiré de nuevo.

–Sinceramente, no lo sé. Louise, no soy la persona mas sociable del mundo.

Hice una pausa.

–Supongo que no quiero estar sólo los años que estudiaré aquí. En Romalia tenía únicamente dos amigos. Mi paso por la academia de la capital no fue un camino de rosas…

Mi rostro se ensombreció. Decidí dejarlo ahí. "No he dicho ninguna mentira". Durante el largo viaje hacia Tristain, he pensado varias veces en mi vida hasta este momento. De pequeño, madre me mantenía en casa prácticamente todo el tiempo. Por aquel entonces no comprendía la razón, puesto que creía que mi enfermedad era algo irreal al no padecerla de forma directa. Vincenzo, al ser cuatro años mayor que yo, vivía de otra forma. No estaba sólo ni mucho menos, pero Rosa y los sirvientes eran una compañía extraña. A medida que me hice mayor, conocí a otros hijos de nobles. Sin embargo, mi timidez y maneras poco ortodoxas de interesarme por las cosas provocaban que estos se alejaran. Todo cambio con la llegada a la residencia de Vittorio. Ahí me volví un poco mas abierto, gracias sobre todo a la forma de ser tan altanera de Giulio. Eso si, nunca perdí mi esencia inquisitiva. Cuando entré a la academia, me propuse la meta de hacer amigos. Fue en vano. Es cierto que la victoria en el duelo contra Andrea me granjeó la admiración de Donatello y algún otro alumno de forma temporal, pero continué siendo el mismo. Con Francesca di un paso mas. Jamás pensé que me enamoraría tan pronto, mucho menos que sería correspondido. Cada día que pasa soy mas consciente de que nunca la olvidaré. El cuarto de Louise permaneció en silencio tras la parca explicación que le di. Ella observó a Saito y luego a mi. Su gesto de desconfianza cambió por uno de preocupación.

–¿De verdad puedes ayudarlo?

Preguntó con sinceridad. Yo miré mi catalizador y al chico.

–Si. Es muy probable que el profesor Jean Paul sea mejor que yo en cuanto a magia curativa se refiere, pero con un simple hechizo arreglaré esos moratones.

Señalé el rostro de Saito, la zona mas afectada visiblemente. Bajé mi dedo a su vientre.

–En cuanto a estas magulladuras… Necesitarán un ungüento. Y no tengo los ingredientes necesarios a mano.

Me puse el dedo en la boca. "Tendré que ir a la capital pronto. Piensa". Después de unos segundos, alcé la mano.

–¡Claro! Louise, ¿Dónde están los laboratorios?

Ella se sobresaltó.

–¿Lo-Los laboratorios? En la torre principal. Segunda planta.

Sonreí.

–Bien. Realizaré el encantamiento ya mismo. En cuanto al ungüento, debo obtener el permiso del director primero.

–¿¡E-El director!? ¿¡Estás loco!? ¡Él no puede enterarse de esto!

Levantó la voz como siempre. Saqué a Storm Ruler de la vaina y busqué alguna fuente de agua cercana.

–Y no lo hará. Confía en mi.

Ella dudó. "Evidentemente, mi afirmación tiene truco. El director Osmond es consciente de mi situación. Vittorio se lo informó en la carta de recomendación por si sucedía algo con respecto a mi enfermedad. Desconozco hasta que punto un mago circular del mas alto nivel confiaría a un adolescente de diecisiete años su tratamiento, pero debo intentarlo. Al fin y al cabo, soy mas consciente que nadie sobre los ataques que me dan. Utilizaré eso en mi beneficio para ayudar a Saito". Me detuve un instante. "¿En que me estoy metiendo diciendo esas palabras?" Louise habló finalmente.

–Un momento.

Comentó. La miré tras terminar el conjuro de curación, devolviendo el agua a su lugar de origen: un jarrón junto a la ventana. El rostro del chico había vuelto a la normalidad.

–El profesor encargado de la asignatura de pociones es el señor Colbert. ¿Y si hablas con él? Lo prefiero a las sospechas del director.

Divagué detenidamente sobre su proposición. "El profesor Colbert me ha tratado muy bien desde que llegué, buscando que me integrara rápidamente. Ahora que lo pienso, los profesores deberían haberse enterado del duelo, especialmente porque fue al aire libre y lo rodeó un corrillo de alumnos de todos los cursos. Louise tiene razón. El director sospechará si hablo de repente con él e intento engañarlo con respecto a mi condición en una situación tan concreta. Buscaré al profesor Colbert". Devolví las mangas a la normalidad y me puse la capa. Envainé a Storm Ruler.

–Buena idea. Iré ya mismo a su encuentro.

Caminé hasta la puerta.

–Si la situación de Saito empeora ven a buscarme, ¿Vale? Cuida bien de él.

La miré seriamente. Abrí la cerradura.

–Si.

Dijo antes de que me fuera. Yo sonreí y cerré la puerta tras de mi.

Nada mas salir al pasillo, mis ojos se encontraron con los de un animal que reconocí al instante.

–Con que estabas aquí.

–"Esta vez si que la has hecho buena, querido".

Suspiré y asentí. "La verdad, ayudar a Louise de esta manera podría ser contraproducente a la hora de pasar desapercibido, especialmente por su forma de ser y lo que los estudiantes opinan de ella, pero a estas alturas ya me da igual. No es una mala chica, aunque a veces me deje sordo, me haya dado una patada en la espinilla cuando buscaba ayudar y sospeche de mi. Saito parece un buen tipo también. Como le dije a Kirche, yo elijo con quien me junto, en las buenas y en las malas".

–Sinceramente, jamás pensé que llegaría a intervenir de esa manera.

Nos pusimos en camino en busca del profesor Colbert. Ella alzó la cola orgullosa.

–"Desde mi punto de vista, y obviando tu falta de discreción, has obrado bien. Cumpliste una promesa y el chico le dio su merecido al rubio altanero".

–¿Estabas allí? Fue asombroso.

–"Me gustó sobre todo cuando alzaste la voz diciendo 'Ya basta' y todos te miraron sorprendidos. Parecías un héroe del pueblo".

Comentó con cierto sarcasmo. Esbocé una sonrisa. Preferí dejar de lado ese tema.

Salimos al patio delantero. "Creo que es hora de que ella y yo charlemos a solas, sin nadie que pueda escucharnos cerca. Si colabora, intentaré actuar de la forma mas respetuosa posible, sin alteraciones. Eso solo me ha traído una discusión, además de la forma en la que se dirigió a mi. Recuerdo que sentí como si el mundo se me cayera encima. El profesor Colbert puede esperar unos minutos". Me aclaré la garganta y me senté en un banco a la sombra. "No es que haga mucho calor, pero llevo un día complicado y quiero relajarme un rato".

–Shalquoir, ¿Podemos hablar?

Ella se detuvo a mi lado, subió al banco y apoyó su cuerpo sobre las patas traseras. Me miró con sus penetrantes ojos azules.

–"Tienes mi atención".

Respondió con educación.

–Me disculpo por haber levantado la voz antes. Lo siento.

Hice una pausa. Ella no contestó, solo ladeó la cabeza. "¿Esperará algo mas?"

–Desconozco como sabes tanto sobre mi con sólo día y medio juntos. Es algo que me ha sorprendido, especialmente lo del olor.

–"¿Que yo sé tanto sobre ti? Pero si sólo soy una gata".

Rió. Bufé. "Por favor, no lo hagas mas difícil". De repente recordé algo.

–La última vez que hablamos, mencionaste que exijo demasiado a cambio de nada, ¿Qué significa?

Ella bostezó.

–"Todavía no estás listo para esta conversación, Alessandro de Cittadella. Sólo te diré que, si dejas de luchar contra tu destino, nada habrá merecido la pena. Cuando puse mis ojos en ti, vi algo que me llamó la atención. Espero que no me decepciones, niño".

Tragué saliva ante sus palabras. Si bien es cierto que lo ha dicho de forma amable, eso no evitó que retrocediera lentamente en mi asiento. "¿No estoy listo? ¿Qué significa eso, Shalquoir? Y luego está lo de luchar contra mi destino ¿Acaso…?" Una sensación inquietante apareció en mi estómago.

–"Si llego a saber que te afectaría tanto mi sinceridad, hubiera maullado en vez de hablar".

Sentenció y bajó del banco. Enmudecí. "Maldita sea. Otra vez no sé que responder".

–"Todavía quedan más de dos horas para la comida. Iré a dar una vuelta. Si me necesitas, sólo di mi nombre en alto y apareceré cuanto antes. Por cierto, espero que me des un poco de ese pollo tan rico que están cocinando los sirvientes".

Me miró juguetona mientras meneaba la cola. Yo suspiré y me incorporé.

–Cla-Claro. Tengo que ver al profesor Colbert con cierta urgencia. Por casualidad no sabrás donde se encuentra, ¿Verdad?

–"En su laboratorio. Lleva encerrado allí desde muy temprano".

Comenzó a caminar hacia delante. "¿Có-Cómo lo…? No, Alessandro. Con ella es mejor no preguntar. Dalo por hecho y listo". Sacudí la cabeza. Separamos nuestros caminos.

Los laboratorios se encuentran en la torre central, segundo piso. Al parecer, cada profesor tiene el suyo propio para experimentar con el elemento en el que, se presupone, son expertos. Louise me recomendó el del profesor Colbert por seguridad y experiencia. Hasta ahora, él me parece el mejor de todos los profesores con diferencia. Chevreuse y Jean Paul, maestros de Tierra y Agua, se defienden bien, pero les falta ese amor por educar y aprender que tiene Colbert. De Agustín, profesor de aire, prefiero no mencionar nada. Nos mirá por encima del hombro siempre que tiene ocasión, o esa impresión me ha dado hasta ahora. "Menudo idiota". Me situé frente a una puerta de madera sobre la que había un cartel que dice "Laboratorio 2", y tiene el símbolo del elemento Fuego grabado en la tabla de madera. Llamé a esta. Unos segundos después, escuché caminar a alguien dentro de la sala.

–¿Si? ¿Quién es?

–Soy Alessandro, profesor Colbert.

La puerta se abrió y, pese a la sorpresa inicial, mi profesor favorito sonrió.

–Alessandro, me alegro de verte, ¿Necesitas algo?

"Piensa rápido". Abrí la boca.

–Eh, s-si… Verá, quería preguntarle si tiene los materiales necesarios para fabricar un ungüento curativo para aliviar moratones y magulladuras. Como llegué hace poco de Romalia, no he podido ir a la ciudad.

Él me miró de arriba abajo de forma inquisitiva.

–No creo que necesites nada de eso.

Me mordí el labio. "Llegado este punto prefiero decirle la verdad, aunque sea a medias". Suspiré.

–Son para Saito, el familiar de Louise.

–¿Tan malherido quedó tras el duelo con el señorito Gramont?

Me sorprendí un poco. "Había asumido que los profesores se enterarían tarde o temprano, pero no tan pronto". Asentí avergonzado. "Al final no pude protegerlo como prometí, por mucho que Shalquoir diga lo contrario".

–La pobre está muy afectada con todo esto y me ha pedido que sea discreto. Pero si pretendo solicitar su ayuda, no puedo mentirle, profesor.

El sonrió de nuevo y abrió del todo la puerta. Me hizo un gesto para que pasara. No dudé demasiado y obedecí.

–Eres un buen chico, Alessandro. Apenas conoces a la señorita Louise y le estás haciendo un enorme favor a cambio de nada.

Lo miré a los ojos aún mas sorprendido que antes.

–¿Có-Cómo sabe que es a cambio de nada?

Él se rió y cerró la puerta con cuidado.

–Me lo acabas de decir tú. Definitivamente me alegro de que seas estudiante de esta academia.

Me ruboricé. "Me gusta que me alaguen tanto como a cualquiera, pero aún no he hecho nada". Me indicó un asiento cerca de una enorme mesa sobre la que se situaban varios prototipos de inventos. "Si Donatello viera esto quedaría fascinado". Sonreí al recordar a mi amigo. Los observé con detalle. Algunos parecían bastante avanzados, pero no soy capaz de adivinar su utilidad. Otros, mucho mas simples, dejaban ver que eran mejoras de creaciones relativamente modernas. "Veo que le gusta la ciencia y la ingeniería. Se llevaría bien con 'El Humanista'".

–¿Te interesan mis inventos?

Sus palabras me espabilaron.

–Soy un admirador de lo moderno. Pero mi campo es la medicina y la magia curativa. Mi amigo Donatello estaría encantado de conocerlo.

–Un nombre muy romaliano. ¿Es inventor?

–Aspirante a. El verano pasado trabajamos en diferentes proyectos. Casi ninguno acabó saliendo bien.

Ambos reímos.

–Bueno, Alessandro. No sé si tendré los ingredientes necesarios para realizar ese ungüento, pero siéntete libre de buscar por el lugar. Quiero ver de qué eres capaz.

Sonreí y eché un vistazo a los armarios llenos de materiales de diferente utilidad.

–Apenas llevo un año preparando pociones y ungüentos. De la mayoría obtengo resultados negativos, pero no me rendiré.

Sentí su penetrante mirada en mi espalda.

–Es algo personal, señor.

Respondí al aire. Cuando lo miré, él bajó la cabeza convencido de mi respuesta. La conversación murió ahí.

Mientras el profesor Colbert continuaba con su proyecto, yo buscaba en silencio los materiales necesarios para el ungüento que curaría a Saito. Bueno, no lo curaría como tal, pero haría que su cuerpo se recuperara mucho antes de lo que necesitaría normalmente. Para mi fortuna, la mayoría se encontraban juntos. Recogí lo suficiente para aplicar ampliamente el potaje. Me senté en una mesa alejada de donde se encontraba mi maestro y, tras remangar la camisa y quitarme la capa, empecé a trabajar.

–Si necesitas ayuda no dudes en pedirla.

Escuché decir al profesor Colbert amablemente.

–Gracias, profesor.

Y me puse a ello. "Siempre acabo ensuciándome mas de lo debido. Cuido relativamente poco mi aspecto en este ámbito, pese a que me considero una persona limpia. Es en estas ocasiones donde mas agradezco ser noble". Suspiré. Rematé el ungüento tras una hora de trabajo y paciencia sin ayuda de mi profesor. Arrastré la silla, lo cual provocó que el mencionado mirara en mi dirección. Se encontraba trabajando con materiales de alquimia.

–¿Has acabado?

Sonreí.

–Si. Creo que está listo. Debo aplicarlo cuanto antes si quiero que surta el mayor efecto posible.

Se acercó con parsimonia y echó un vistazo al producto. Abrió un poco la boca y luego asintió.

–Es bueno, no el mejor que he visto, pero bueno. Te felicito, Alessandro.

Le agradecí con una reverencia.

–Gracias, señor. Ahora, si me disculpa.

Me lavé las manos y la cara. Coloqué bien las mangas y me puse la capa. Guardé el ungüento en un pequeño tarro. Me dirigí a la puerta.

–Espero que todo vaya bien. Vuelve siempre que quieras. Es un placer hablar con alumnos como tú.

–Siempre que sea en mejores circunstancias, procuraré hacerlo.

Ambos sonreímos y nos despedimos con la mano.

Caminé rápidamente por los pasillos y el patio en dirección a la torre de los dormitorios de los alumnos de segundo año. Mientras aceleraba, pude distinguir en la distancia cierta cabellera cenicienta junto a otras dos chicas. "¿Será Chiara?" Bajé la cabeza. "Fui bastante descortés con ella en la capilla. En mi defensa diré que tenía una promesa que cumplir y no me apetecía mencionar nada de mi estancia en la academia de la capital. La próxima vez, con algo mas de tiempo libre, charlaremos tranquilamente si surge la ocasión". Subí las escaleras procurando no tropezarme. "Soy algo torpe y llevo un ungüento fabricado con ingredientes que ni siquiera me pertenecen. Si me caigo ahora, menuda debacle". Justo antes de llegar a la puerta del cuarto de Louise, vi una figura que me resulta conocida frente a esta. Lleva uniforme de sirvienta.

–¿Me permites, por favor?

La plebeya se sobresaltó y me miró de arriba abajo antes de retroceder.

–L-Lo siento.

–No te preocupes.

Puse una mano en la manilla. Sólo entonces me di cuenta de que la joven estaba temblando.

–¿Estás bien?

–S-Si. Sólo quería ver como se encontraba Saito. Pero la señorita Vallière me da algo de mi-miedo.

Bajó la mirada. "Y a quién no". Sonreí de forma agradable.

–¿Eres amiga de Saito?

Ella se ruborizó y alzó la vista.

–¿A-Amiga? Yo no diría tanto. Nos conocimos antes del duelo. Me trató muy bien pese a ser una sirvienta.

–Es un chico extraño, desde luego. Sin embargo, tratar bien a las personas no tiene que ver con la condición social.

Ella se limitó a bajar la cabeza de nuevo con mi comentario.

–Ahora, si me disculpas tengo que atender sus heridas.

–¿Son graves?

Llamé a la puerta.

–No, pero mejor tratarlas cuanto antes.

Le sonreí una última vez.

–Me llamo Alessandro, por cierto, ¿Tú?

Mi pregunta la cogió por sorpresa.

–Y-Yo Siesta.

Hizo una reverencia.

–Saito se recuperará pronto, Siesta. Confía en mi.

Y con eso me despedí de ella. En ese momento la puerta se deslizó y pude ver la figura de cierta chiquilla al otro lado. Abrió mucho los ojos cuando se dio cuenta de que era yo.

–Lo tengo.

Respondí y alcé la mano con el tarro. Ella se sorprendió bastante. Siesta permanecía a varios pasos de distancia algo mas tranquila. "Entiendo por qué le tiene miedo a Louise, al menos en su situación. Ese carácter de niña mimada me saca de quicio hasta a mi, y la conozco desde hace dos días".

–Pasa.

Se limitó a decir. Asentí y, una vez dentro, ella cerró la puerta. Pude ver que el chico tenía un paño húmedo sobre la frente. Eso me escamó. Apoyé con cuidado el tarro en la mesita de noche.

–¿Tiene fiebre?

Ella alzó una ceja.

–No, ¿Por qué lo preguntas?

–¿Y ese paño?

La chica se ruborizó un poco.

–Que-Quería mantenerlo fresco. Eso es todo…

Sonreí aliviado. Hice el mismo procedimiento que la última vez y abrí el tarro. Ella se sentó abatida en una silla que estaba del otro lado de la cama. "Me pregunto si habrá estado cuidando de él durante esta hora".

–¿Funcionará, verdad?

–Debería. Sus heridas son superficiales, pero esto hará que se recupere en un par de días. Saito es joven y no parece estar en mala forma física.

Quité las sábanas y la manta de encima del cuerpo. Subí su camisa. Louise miraba atenta el proceso. Cogí con las manos parte del ungüento y lo esparcí por el estómago del chico con cuidado. Un ligero calor apareció en la zona a medida que la medicina hacia su efecto. Esto provocó que Saito se moviera un poco en sueños.

–¿Está bien?

–Si. Es una reacción natural. Acabo de aplicar calor sobre la zona afectada.

Terminé en poco tiempo. Tuvimos que esperar quince minutos para que el cómputo se secara y poder taparlo de nuevo tras aplicar un pequeño hechizo de curación. Apenas mediamos palabra en todo ese tiempo. "Louise está preocupada de verdad por Saito. Eso me recuerda a que tal vez debería llamar a Shalquoir después de esto y conseguirle algo de comida". Suspiré.

–Louise, yo voy a retirarme por ahora. Tengo un asunto que atender con cierta gata y no quiero que se enfade o podría arañarme todo el cuarto.

Comenté sonriendo para aliviar la tensión. Ella me devolvió el gesto bastante mas aliviada de lo esperaba.

–No hay problema. Has hecho mucho por nosotros, Alessandro. Te estoy muy agradecida, de verdad.

Sus palabras y esa inesperada sinceridad provocaron una sensación agradable en mi interior. Me ruboricé. "Definitivamente me alegro de estar aquí y conocer gente como ellos, aunque sea de hace unos días".

–N-No ha sido nada. En cierto modo parece que lo he hecho buscando aprobación, pero no es así. Como ya dije, mi vida hasta ahora ha sido bastante solitaria exceptuando por una serie de personas a las que aprecio muchísimo. Pertenecer a este lugar y que en un par de días me haya visto envuelto en un duelo de forma indirecta es… Diferente. Y lo agradezco.

Respondí desde el fondo de mi corazón. Ella se sorprendió un poco con mi sinceridad, pero eso no evitó que sonriera de nuevo.

–Te entiendo. Mi vida también ha sido complicada en ese sentido.

Hizo una pausa. Desvió la mirada.

–Siento haber dudado de ti antes. Simplemente, no entendía por qué alguien buscaría ayudarme sin pedir nada a cambio.

Asentí.

–La verdad, hasta yo mismo me sorprendí de mi forma de actuar. No acostumbro a ser tan decidido. No me considero un cobarde, pero estoy lejos de ser un 'caballero'.

Entrecomillé con las manos. Ella me miró de nuevo con curiosidad. "Evidentemente, no voy a contarle nada sobre mi misión aquí ni mi relación con el papado. Es demasiado pronto. Si surge la ocasión y no me queda otra, hablaré. Pero esperemos que eso sea dentro de mucho tiempo".

–Pues yo creo que si lo eres, o al menos tienes madera. He conocido a decenas de nobles y muy pocos estarían dispuestos a ayudar a unos desconocidos a cambio de nada.

Me ruboricé todavía más con sus palabras.

–Gra-Gracias… Bueno, a cada minuto que pasa, Shalquoir se enfada mas.

Me disculpé torpemente. Recogí mis cosas y me dirigí a la puerta. Ella se incorporó.

–¿Nos vemos luego en el comedor?

Preguntó antes de que abriera la manilla.

–Claro.

Respondí y la miré por última vez.

–Si le pasa algo a nuestro campeón, avísame sin dudar.

Señalé a Saito. Esta suspiró tras echarle un vistazo rápido.

–Si, no te preocupes.

Y con eso nos despedimos. Cerré la puerta tras de mi y respiré profundamente. "Bueno, todo ha salido a pedir de boca". Sonreí tontamente y miré al techo. "Parece que mi habilidad a la hora de realizar pociones y ungüentos ha mejorado. Poco a poco, Alessandro. Logros como este me llevan a creer que algún día hallaré la cura a mi maldición". Me sujeté la zona del corazón con la mano libre y cerré los ojos.

–Buenas tardes, chico que habla con las espadas.

Abrí los ojos como platos y me sobresalté retrocediendo varios pasos tras escuchar una juguetona voz procedente de mi derecha. El tarro con el ungüento estaba a punto de caerse pero lo sostuve de milagro. Cuando levanté la mirada, pude ver a cierta germana con la cual ya he pasado por dos momentos embarazosos. Ella estaba sonriendo.

–Von Zerbst…

Ante mi reacción, ladeó la cabeza.

–No hace falta ser tan formal. Llámame Kirche.

Me recompuse poco a poco.

–Está bien, Kirche.

Silencio incómodo. Su sonrisa se formó de nuevo. Sentía sus penetrantes ojos atravesar mi ser. Tragué saliva. "Esta chica y sus atributos acaban conmigo".

–¿Pu-Puedo ayudarte con algo?

–Ahora que lo dices, si. Te he visto salir de la habitación de Vallière. ¿Cómo se encuentra su familiar?