Después de despedirnos de los cocineros y el resto de sirvientes, los cuales fueron muy amables con nosotros, llamándonos incluso La espada de los plebeyos, regresamos al dormitorio de los estudiantes de segundo año. Saito, con el estómago lleno, se detuvo a recoger la ropa limpia junto a Siesta. Yo decidí caminar de vuelta a mi cuarto en solitario. "Shalquoir debe estar esperando por mi". De camino, pensé en lo sucedido en las cocinas mientras la imagen del chef Marteau me venía a la mente. Me estremecí. "Que hombre tan… Peculiar. Pobre Saito". Sonreí amargamente. "Me he dejado llevar. Si Siesta no llega a aparecer, no sé si habría podido seguir preguntándole sobre su vida". Abrí la puerta del cuarto. Mi familiar se encontraba echada sobre la silla del escritorio. Fijó sus perlas azules en mi.
–"Creí que no volverías hasta mañana, querido. Estabas tan ensimismado en tu conversación con el siervo junto a la fuente que no te percataste de mi presencia".
Me rasqué la nuca.
–Lo siento, Shalquoir. Ya sabes cómo soy cuando algo me interesa.
–"Tenía una ligera idea, pero preferí comprobarlo por mi misma. Haces demasiadas preguntas, Alessandro".
–Se me fue un poco la mano con ellas, desde luego. ¿Cuándo regresaste?
La gata se estiró, bostezó y saltó al suelo.
–"Poco antes de que llegara la joven sirvienta al rescate. Ahora, vamos a la cama".
Ordenó altivamente. Yo desvié la mirada ante el tono utilizado. "¿Acaso todas las mujeres de este lugar van a darme órdenes?" Observé a Shalquoir mientras esta subía a la cama tras rascar las uñas en las patas de la silla. "Mujeres y gatas, por lo que veo". Abrí el armario.
–Deja que me cambie primero al menos.
–"Como gustes".
Exceptuando la capa, metí el resto del uniforme en el cesto de la ropa sucia. Recogí el primer pijama que encontré.
–"¿Has pensado en hacer carrera militar una vez termines con tu aprendizaje?"
Su pregunta me sorprendió enormemente, especialmente porque ella parece conocer mi condición. "Supongo que hasta su capacidad analítica tendrá límites". Suspiré una vez terminé y la miré.
–No. Odio la violencia y las guerras. Creo firmemente en que todo conflicto puede resolverse con la palabra. Sólo bárbaros y asesinos utilizarían las armas a la primera de cambio.
Ella se rió apaciblemente.
–"Te falta mucho por aprender, pero estoy bastante de acuerdo con tus ideales. Espero que no llegue el día en que algún suceso te haga cambiar de parecer, querido".
Iba a responder, pero entonces se escuchó un sonido extraño en la distancia. Me volteé hacia la puerta.
–¿Qué ha sido eso?
–"Algo que no es de nuestra incumbencia".
Sentenció con seriedad. Me encogí de hombros y deshice la cama por el lado derecho.
–"¿De qué hablabas con el familiar de la chiquilla irritante? Si no es molestia preguntar".
Me metí en la comodidad del lecho. Me tapé hasta el estómago y la observé mientras ella se acurrucaba junto a mis pies.
–No, tranquila. Intercambiamos información sobre su mundo y el nuestro. Al parecer, Saito proviene de un lugar lleno de gente muy dispar. Existen similitudes entre ambos mundos, pero lo mas llamativo quizá sea que allí las personas no pueden hacer magia como en Halkeginia.
Hice una pausa. Me llevé un dedo al labio inferior. "Mmm… Tal vez los humanos no, pero… ¿Y si existen otras razas ocultas, como los elfos, que si logren conjurar encantamientos?"
–"Ya veo. Un mundo sin magia… Interesante".
Otro sonido extraño, procedente del mismo lugar que antes, me sobresaltó.
–¿Otra vez?
–"Alessandro, céntrate. ¿Qué le contaste de nuestro mundo?"
Me espabilé.
–Eh, si… No demasiado. Un poco de historia, centrada en Romalia, geografía y cultura.
–"Como un profesor particular. ¿Por qué no me sorprende?"
Su respuesta me hizo bajar la cabeza.
–M-Me gusta compartir mis conocimientos. Eso es todo.
-"Lo sé. No pretendía ofenderte, querido. Buenas noches".
Con eso finalizó nuestra conversación.
–Buenas noches, Shalquoir.
Introduje mi cuerpo totalmente dentro de las sábanas. "Shalquoir…" Sonreí. "Una familiar así sólo podía ser invocada por alguien como yo. Pese a todo, es una criatura agradable… Cuando quiere. Espero descubrir mas cosas sobre ella pronto". Cerré los ojos y respiré profundamente. Pasado un minuto, escuché un estruendo en el pasillo. Como si alguien hubiera echado una puerta abajo.
–¿Qué demonios sucede esta noche?
Me levanté y recogí a Storm Ruler de la mesa.
–"Siempre igual".
Escuché resonar su voz en mi cabeza, pero no le di importancia. Abrí con cuidado la puerta de mi habitación y eché un vistazo al exterior. "Mmm…" De repente, vi a cierta noble tirar por la capucha de cierto familiar mientras este cargaba un cesto de ropa limpia.
–¡Oye, no hace falta ser tan agresiva! Ya he pedido perdón…
–¡Cállate! ¡Llevo una hora esperando que regreses! En cuanto lleguemos a mi cuarto te vas a enterar de lo que es bueno.
Entrecerré los ojos. "Por qué no me sorprende…" Dejé mi catalizador junto a la puerta. Salí al pasillo una vez estos desaparecieron escaleras arriba para comprobar lo que había sucedido. Suspiré.
–En fin…
–Buenas noches, chico que habla con las espadas.
La voz de cierta joven me asustó por tercera vez desde que llegué a la Academia. Me sujeté al marco de la puerta y dirigí mi mirada hacia el origen de esta. Abrí los ojos como platos una vez contemplé lo que había. "Oh, Fundador…" Kirche estaba apoyada sensualmente en la puerta de su habitación. Su mirada fija en mi y una sonrisa en el rostro. Lleva puesto un conjunto violaceo que deja poco a la imaginación. Me puse rojo como un tomate y me llevé la mano a la nariz.
–Bu-Bu-Buenas noches.
Fue lo único que logré decir, ahogándome por el camino. Entré en mi cuarto y cerré la puerta violentamente. Respiraba a duras penas apoyado en la madera. "Padre no se equivocaba. Malditos germanos". Shalquoir alzó la cabeza y la ladeó una vez me observó.
–"¿Qué has visto ahí fuera? He escuchado la voz de la pequeña tristaniana y su familiar, pero luego ha sucedido algo más, ¿Cierto?
El rubor desaparecía poco a poco.
–Así es. Esa mujer va a acabar conmigo antes que mi enfermedad…
Susurré lo último para mi.
Me desperté tras una noche de descanso que mi cuerpo necesitaba, especialmente después de lo visto ayer antes de acostarme. Un escalofrío recorrió mi espalda. "Mujeres…" Cabe mencionar que, antes de cerrar los ojos, escuché movimiento y sonidos extraños procedentes de pisos superiores. Shalquoir supuso, con acierto si mal no recuerdo las palabras de Louise, que esta estaría castigando a Saito por algún motivo relacionado con Kirche o la tardanza; o ambas. "Dada la rivalidad que existe entre ellas, no me extrañaría. Pobre Saito". Tras despedirme de Shalquoir y prometer que traería lo mejor del menú a la hora de comer, me dirigí al salón principal de la torre central.
Las clases de hoy han sido bastante ligeras. Al ser la primera semana del curso, prácticamente no hacemos mas que repasar y realizar encantamientos básicos. Mientras Shalquoir devora con ansia la comida que le he podido traer, yo estoy escribiendo en mi diario. No lo hago de forma tan habitual como cuando era niño, pero me gusta dejar constancia de lo vivido. "Al menos ahora ningún hermano podrá quemarlo". Unos minutos después de que mi familiar terminara con su manjar y se echara en la cama, alguien llamó a la puerta. Yo dejé el diario a secar y guardé la pluma en el tintero.
–Adelante, está abierto.
Dije en alto. La puerta se abrió con cuidado y pude ver a las personas con las que mas tiempo he compartido desde que estoy aquí. "Hoy Louise permitió que el chico desayunara y comiera. Menos mal". Sonreí y ellos pasaron, cerrando Saito la puerta tras de si.
–Buenas tardes, Alessandro.
–Hola, Alessandro.
–Buenas tardes, ¿Qué os trae por aquí?
Me incorporé y coloqué el diario cerca de la ventana para que la tinta secara mas rápido. Louise se sentó en una silla junto a la mesa y Saito permaneció de pie a su vera, como un fiel escudero. "Aunque, por cómo lo trata, bien podría ser su gallo de pelea". Ella, que accediera al habitáculo con un gesto de molestia, sonrió amablemente.
–Quiero pedirte un favor.
Abrí los ojos sorprendido. Me senté a su lado y le ofrecí a Saito un asiento. Este negó con la mano.
–Adelante.
–Verás, Alessandro. Este perro inútil no sirve para nada.
Esas palabras salieron de su boca y su gesto cambió de un momento a otro mientras observaba a su familiar de reojo. Me puse tenso. "E-Empezamos bien". Saito y yo nos miramos. Él se encogió de hombros. Ella continuó.
–No tiene modales, aptitudes mágicas ni habilidades útiles para un sirviente. Sólo sabe manejar la espada. Aunque empiezo a dudar sobre eso, porque ayer antes de acostarnos mencionó que nunca había empuñado una hasta el duelo con Guiche.
–O-Oye…
–¡Tú cállate!
Profirió Louise mientras apretaba los puños. Saito retrocedió asustado. Desvié la mirada. "Louise, entiendo que no conozcas las capacidades de Gandálfr todavía, pero te aseguro que son reales. Es un gran luchador. Además, es un ser humano, ¿Qué es eso de 'perro inútil'? Ojalá pudiera decirle eso sin que ella me interrogara o sospechara de mi. O me insultara por apoyar a Saito. Piensa, Alessandro". Tras unos segundos sopesando opciones, suspiré y alcé la cabeza.
–Vale, ¿Y en qué os puedo ayudar yo?
–Mañana es el Día de Nada. Necesito que nos acompañes a la ciudad. Le compraré una espada y comprobaré si sabe defenderse de verdad o la victoria en el duelo fue cosa de suerte. Entiendo que tú, al empuñar una como catalizador, entiendes algo de ellas, ¿Verdad?
La escuché atentamente y asentí. "Mmm… Yo también tengo que ir a la ciudad". Entonces, caí en la cuenta de algo. "Un momento. Yo sé como manejar una espada, pero no entiendo tanto de su manufactura. Además, dado el tono utilizado, ¿Por qué asume que no tengo nada que hacer mañana? En ocasiones su insolencia me supera". Lo pensé durante unos segundos.
–Antes de aceptar o rechazar la oferta debo advertirte. No soy experto en espadas. Puedo diferenciar un filo de calidad de una espada forjada por un herrero novato, pero mis conocimientos se quedan ahí.
–Es más de lo que sabemos nosotros.
Mencionó ella con sinceridad. Coloqué un dedo en el labio. Acabé sonriendo.
–Está bien. Os acompañaré.
–¿De verdad?
Dijo Louise mientras sonreía. Saito imitó su gesto y su cuerpo se relajó. "Supongo que tenerme allí como apoyo es un alivio para él". Me incorporé.
–Si. Además, yo tengo que comprar materiales de alquimia. La gran mayoría de mis existencias no sobrevivieron al viaje desde Romalia.
Señalé el cofre donde guardo lo poco que me queda.
–Terminaría yendo tarde o temprano. Mejor hacerlo en compañía agradable.
–¡Perfecto! Nos vemos mañana en las caballerizas después del desayuno. Hablaré con el director Osmond para solicitar dos corceles bien entrenados.
Ella me imitó y dirigió su mirada hacia su familiar. Este se asustó ante el gesto de la chiquilla.
–Vámonos.
Fue lo único que mencionó Louise. Saito asintió y abrió la puerta para ella.
–Nos vemos mañana.
–Hasta luego, Alessandro.
–Adiós…
Le lancé una mirada de complicidad al chico y este sonrió amargamente. Cerró la puerta despacio. Suspiré.
–Nunca he conocido a nadie tan insoportable como Louise.
–"Estoy de acuerdo".
La suave voz de Shalquoir me sorprendió. Ni Louise ni Saito se percataran de su presencia. Y yo tampoco le di importancia. La observé mientras salía de detrás de la cama.
–¿Dónde estabas?
–"Evitando ser vista para que esa niña no hablara mas de la cuenta".
Rodé los ojos y me acerqué a ella. Me agaché a su lado.
–Mañana estaré fuera casi todo el día. Espero que no causes problemas a los sirvientes u otros estudiantes.
Ella bostezó, dando una imagen llena de ternura. Alzó la cola y, tras incorporarse, pasó por mi derecha sin mirarme.
–"Si crees que, pese a las apariencias, actúo como un animal cualquiera, permíteme decirte que estás muy equivocado".
Respondió altivamente. Yo bufé.
–Y yo debo creerte, claro. Especialmente cuando rascas las uñas en la silla del escritorio.
Shalquoir subió a la mesa y empezó a olisquear el ambiente.
–"Mmm… Lavanda. Que recuerdos".
Mencionó mientras me ignoraba. Sonreí y me incorporé, dando por finalizada nuestra pequeña conversación. "Come como una persona, se comunica como una persona y actúa como una persona. Supongo que tiene parte de razón". Eché un vistazo a mi diario y comprobé que la tinta había secado. Lo recogí, repasé lo escrito y lo cerré, colocándolo en el estante junto a ejemplares de diferentes menesteres relacionados con la magia y la medicina.
–"Tu plan de recabar información sobre la niña y su familiar va viento en popa, querido".
Su afirmación me sentó como un puñetazo. Miré fijamente el escritorio.
–Si…
Mi cerebro empezó a elucubrar. "¿De verdad estoy actuando bien? No creo que trabar amistad con una serie de personas mientras consigo información sobre ellos para enviársela a quien ha hecho tanto por mi sea algo malo. Vittorio es mi amigo. Gracias a él, he podido estudiar tanto en la academia de Romalia como aquí. Su apoyo, ciertamente incondicional, me ha llevado lejos. Y yo únicamente le he causado problemas. Siento que, si hago esto, tal vez logre recuperar nuestra relación inicial, donde no había discusiones ni reprimendas. Sin embargo…" Cerré los ojos. "Louise y Saito son buena gente. Después de haberlos ayudado sin motivo aparente, ambos me ven como un apoyo y tal vez algo más. Supongo que hacer amigos para no estar sólo es lo lógico, aunque… ¿Y si descubren que envío cartas sobre ellos a Romalia? ¿Y si me acusan de espionaje?" Un escalofrío recorrió mi espalda.
Tras un copioso desayuno, Saito, Louise y yo nos reunimos en los establos. La tristaniana solicitara dos caballos para nuestra pequeña aventura a la capital. El director le concediera la petición sin problema, aunque la chiquilla me contó que es obligatorio explicar el motivo de los desplazamientos dado que, al ser nobles, la academia podría meterse en problemas con las familias de estos si algo sucediera. "Lógico". Un mozo de cuadra tenía listos a los equinos a la hora acordada. Se retiró tras una reverencia.
–Bien. Tardaremos tres horas en llegar. Haremos una pausa a mitad de camino para descansar.
Mencionó Louise. Saito suspiró.
–Nunca he montado a caballo. Sólo de pensar que tengo que estar tres horas sobre uno…
–Y tres más a la vuelta.
Añadí. El chico me miró. Bajó la cabeza. "A mi tampoco me apetece demasiado. Por fortuna, aprendí a montar hace años y me considero ducho". Observé a ambos animales: uno es negro con la crin marrón oscura. El brillo de su pelaje y la actitud orgullosa denotan su juventud; el otro, color marrón claro y crin rubia, parece entrado en años. Me acerqué al mas joven y este me observaba con cautela, aunque su cuerpo estaba relajado, con las orejas apuntando en mi dirección. El adulto ni se inmutaba con mi presencia.
–¿De verdad nunca has montado, Saito?
–No.
Di un paso al frente y, al ver que el animal no buscaba enfrentamiento, alcé la mano derecha, nunca mirándolo directamente a los ojos. La criatura, tras unos segundos, se aproximó a olisquearla totalmente confiado.
–Entonces será mejor que Louise y tú montéis en el otro.
Les aconsejé. El caballo se dejó acariciar el hocico.
–Hola, amiguito, ¿Cómo estás?
Mi futuro compañero de viaje se relajó totalmente y respondió con un suave relincho mientras movía la cola.
–Me alegra oírlo.
–¿Eres capaz de entender lo que dice?
–Pues claro que no, idiota.
Respondió Louise por mi. "Por desgracia, esa habilidad la poseé Giulio, no yo". Sonreí con este pensamiento.
–No, pero puedo deducir que es un animal sano y fuerte, aunque creo que lo han montado pocas veces.
Me acerqué al lateral del caballo y este ni se preocupó. Me impulsé tras asegurar el pie izquierdo en el estribo y me coloqué en posición. "Hace un par de meses desde la última vez". El animal sacudió la cabeza y la alzó orgulloso.
–Bien.
Le susurré. Louise se aproximó al otro con tranquilidad y este, completamente dócil, prefería mirar hacia otro lado. Saito me observaba con curiosidad.
–Con la espada pareces un caballero y todo.
–¿Quieres subir de una vez?
Le espetó la chiquilla, ya sobre el caballo, a su familiar. Yo me reí.
–Supongo que tendré que conseguir una armadura algún día.
Comenté al aire, pero ambos lo escucharon. "Si, como si yo pudiera luchar en una guerra…" Louise ayudó a Saito a subirse al animal y el chico se balanceó. Ella se puso en camino sin previo aviso.
–¡Vámonos de una vez!
Tiró de las riendas para redirigir a su montura enfocando hacia la puerta de la academia y este obedeció. Yo hice lo propio, pero de forma mucho mas relajada.
–Nos toca.
Utilicé una técnica que Giulio me enseñara para acelerar rápidamente, especialmente útil con equinos jóvenes. El caballo comprendió al instante a qué me refería, tomándome algo por sorpresa. "Menudo pronto". En cuestión de segundos, estuve a la altura de mis compañeros.
–¡O-Oye, mas despacio!
–¡Cállate y sujétate fuerte!
Ambos iban totalmente a destiempo. El chico lo estaba pasando mal mientras tenía presionadas sus manos en… "¿En serio?" Desvié la mirada. Mi caballo, pese a los movimientos, parecía comprenderme.
–¡O-Oye! ¿¡A dónde demonios te estás agarrando!?
–Cre-Creí que era tu estómago…
–¡Ya verás cuando regresemos!
La respuesta del chico me provocó una carcajada, especialmente porque Louise no podía hacer nada ante ello dadas las circunstancias. Segundos después, sólo de pensar en las consecuencias que acarrearía el reírme de ella con un tema tan delicado, me recompuse al instante.
Llegamos a la capital a la hora prevista. La parada señalada por Louise permitió que los caballos descansaran, al igual que nosotros. Dejamos nuestras monturas en un establo cerca de la puerta noreste de la muralla. Yo me detuve un rato a admirar la capital de Tristain: la ciudad había sido construida en torno a una colina donde un enorme palacio, cuyos muros, color marfil, apenas han perdido el brillo en siglos, alberga a la familia real tristaniana. "Actualmente, el poder lo ostenta la reina Henrietta, hija del difunto Henry de Tristain, el cual murió hace casi un año. La noticia recorrió Halkeginia de norte a sur y de este a oeste. La joven, pese a las luchas de poder que acontecieron en la corte, logró hacerse con la corona a la edad de diecisiete años, gracias en parte al apoyo de su madre". Mas allá de eso, la ciudad, de considerable tamaño, está llena de vida. Pese a ser el día de Nada, muchísimas personas de todo tipo caminan por las calles. Louise nos condujo al barrió de los artesanos a paso ligero. Saito, al que le costó lo suyo acomodarse a los movimientos del equino, caminaba dolorido.
–Louise, no camines tan rápido, por favor. Me duele el trasero.
–Te recuerdo que este viaje lo hacemos por ti. Sin una espada, eres prácticamente inútil.
–¿Falta mucho para llegar?
Pregunté para evitar un posible, aunque dada la situación de Saito, dudoso enfrentamiento. Además, quiero terminar con las compras cuanto antes para regresar a la Academia y organizarlo todo. Mi compañera giró una esquina sin avisar y entramos en una calle mucho mas angosta.
–Debería estar por aquí… ¡Ahí! ¡La encontré!
Exclamó Louise. Caminó rápidamente hasta una tienda cuyo cartel tenía escrita la palabra 'Armería' encima de la puerta. Junto a esta, un pequeño letrero con una espada grabada permitía diferenciarla de las demás desde lejos. Nos detuvimos frente a la puerta. La chiquilla se volteó y miró a Saito con desdén.
–¿Vas a abrir la puerta de una vez o tengo que obligarte físicamente?
El tono utilizado, añadido a las palabras, nos causó terror a ambos. "Alguien se ha despertado con el pie izquierdo hoy. Bueno, mas de lo habitual". Saito tiró rápidamente de la puerta y nos permitió el paso a ambos. Yo le sonreí a modo de agradecimiento y él me devolvió el gesto con un suspiro. Una vez dentro del edificio, una campanita sonó sobre nuestras cabezas. De la trastienda salió un hombre adulto, vestido con ropa gastada, con gafas sobre la nariz y un bigote fino. Sonrió nada mas vernos tras sacar una pipa de su boca.
–Bienvenidos sean, jóvenes. ¿En qué puedo ayudarles?
Su tono, demasiado educado para su aspecto, me provocó un escalofrío. "Algo me dice que no es de fiar. Aunque no debo juzgar un libro por la portada". Louise se aproximó al mostrador.
–Buenos días. Estaba buscando una espada para mi… Guardaespaldas.
Respondió ella con cierta duda. "La comprendo. No es fácil decir que has convocado a un familiar humano. Aunque…" Pensé en cierta gata. "No sé que sería mas difícil de explicar". El hombre asintió.
–Muy bien.
El tipo se retiró a la trastienda de nuevo. Yo eché un vistazo rápido por el lugar. Armas de diferente calidad, tamaño y forma colgaban de las paredes o estaban guardadas en barriles. La mayoría eran de buena manufactura. Louise se detuvo junto a uno de los barriles.
–Alessandro, ¿Me permites ver tu espada?
Me volteé hacia ella.
–Claro.
Saqué a Storm Ruler de la vaina y la empuñé verticalmente. Visiblemente, no tenía nada que ver con el equipo que ofrecía la tienda. La chica colocó un dedo en el mentón.
–¿La adquiriste en Romalia, cierto?
–Si. De hecho, fue forjada expresamente para mi.
Sonreí mientras contemplaba mi catalizador y algunos recuerdos, tanto agradables como peliagudos, inundaban mi mente. En ese instante, el armero salió de la trastienda con varias espadas de diferente tamaño.
–Últimamente, muchos nobles han estado equipando a sus subordinados por seguridad.
Mencionó. Tras dejar sobre el mostrador su equipo, ajustó sus gafas y observó mi espada con detenimiento.
–Mmm… Esa es una pieza de gran calidad. Por casualidad no estará interesado en venderla, ¿Verdad?
La envainé de nuevo y sonreí educadamente mientras miraba al mercader.
–No está a la venta. Lo siento.
–Una pena.
Se encogió de hombros sin perder la sonrisa. "Se nota que lleva años en el negocio. Storm Ruler podría ser confundida con una espada ceremonial si uno la observa de cerca. Pero, dada su forma y firmeza, ha sido forjada para el combate". Dando por finalizada la conversación, eché un vistazo al resto de la tienda con detenimiento. Louise y Saito se aproximaron al mostrador a observar las armas que el vendedor sacara de la trastienda. La mayoría eran mejores que las expuestas.
–No creo que pueda empuñar la mayoría.
Comentó Saito. Escuché sonidos metálicos mientras mis ojos se centraron en una alabarda de sencillo aunque eficaz diseño.
–El cuerpo debe acomodarse al arma. Le sorprendería saber, mi buen señor, que hombres de menor estatura que la suya han manejado mandobles de considerable tamaño.
–Muy bien. Entonces, muéstranos una del tamaño adecuado para mi sirviente.
Ordenó Louise con su tono habitual. Yo rodé los ojos y decidí juntarme con ellos para, como dijo la chica ayer, ayudarlos. "No sé hasta que punto puedo ser útil aquí". Suspiré. El mercader se sorprendió pero hizo una leve reverencia.
–S-Si, mi señora.
Se retiró por segunda vez a la trastienda. Saito miró a Louise.
–¿De verdad tengo que ir armado?
–Pues claro. Hasta ahora, sólo has demostrado ser útil en combate. Además, si esa Von Zerbst se acerca a ti, es mejor que tengas algo para defenderte de su familiar.
Alcé una ceja. "Con que era eso. ¿En serio te preocupa tanto que tu familiar se junte con…?" Caí en la cuenta. "Oh, claro. Rencillas familiares". La imagen de la germana vestida con su ropa de dormir apareció en mi mente y un enorme rubor se formó en mi rostro. Me volteé avergonzado. "Maldita sea… La próxima vez, no debo salir a esas horas de mi habitación".
–No sabía que te importara tanto como para que gastes tu dinero en mi.
Louise lo encaró molesta.
–¿¡Qué estás insinuando!? ¡Si te lleno de lujos podrías adquirir malos hábitos!
Saito se protegió con ambas manos por seguridad.
–Compraré lo que sea necesario para que cumplas con tus obligaciones como familiar. Nada más.
Mientras ellos continuaban hablando, yo me recuperé de pensamientos… Extraños. Empuñé una de las espadas que el mercader colocara sobre el mostrador.
–No está mal.
–¿Crees que servirá?
Me preguntó ella. Yo la miré y dejé el objeto en su sitio.
–Veamos primero lo que va a sacar el armero y luego decidiremos. ¿De cuánto presupuesto dispones?
Louise bajó la cabeza y un tono rojizo ocupó sus mejillas.
–Poco.
Susurró. Yo sonreí.
–Entonces, debemos escoger con cautela.
Respondí. "La entiendo bien. Vittorio me entregó una cantidad considerable de ecus, pero hay que tener en cuenta que debo gestionarlos bien, puesto que, antes de partir, me informó de la dificultad de enviar dinero desde Romalia". El mercader salió por tercera vez de la trastienda, moviendo la cortinilla con cuidado. En sus manos portaba una espada ancha y larga.
–Lamento la espera.
Se disculpó. Observamos maravillados el objeto: la guarda está, aparentemente, bañada en oro, con joyas engastadas. Del pomo cuelga una pequeña cuerda roja. La vaina es de cuero curtido. Entrecerré los ojos en cuanto el armero la colocó sobre el mostrador. "Parece una espada ceremonial. Si se ha utilizado en batalla, probablemente haya pertenecido a un alto cargo militar y visto pocos enfrentamientos. Eso sin contar el precio que posiblemente vaya a tener". Saito se emocionó.
–Vaya… ¡Es fantástica!
–Si que lo es…
–¿Quieren echarle un vistazo a la hoja?
Preguntó el mercader. Saito asintió y cogió la empuñadura sin dudar. Retiró poco a poco la espada de la vaina y, nada mas ver el filo, yo fruncí el ceño. "¿Oro? ¿Quién querría un arma cuya hoja ha sido forjada en oro? Definitivamente se utilizaría en ceremonias religiosas o para nombrar caballeros". Le lancé una mirada inquisitiva al mercader. "¿Cómo ha conseguido este artesano de tres al cuarto una espada así?" Louise y Saito admiraban la espada. Él la movía lentamente.
–Grandiosa.
–¡Es la mejor que tenemos! ¡Fabricada por el mismísimo alquimista germano 'Lord Wermar'! Puede atravesar el acero como si fuera mantequilla. Su precio, lógicamente, es elevado.
Las sandeces que salían de su boca me molestaban enormemente. "Timador". Volví a un aparente gesto de tranquilidad e inocencia.
–¿Si? Me gustaría comprobarlo.
–¿Eh?
–Quiero comprobar si está tan afilada como dices.
Insistí. El armero dudó. Me dirigí a Saito. Saqué a Storm Ruler de la vaina por segunda vez y la empuñé firmemente, lista para resistir un impacto.
–Saito, atácame.
–¿Qué?
–Alessandro, ¿Qué pretendes?
–Tú ataca con todas tus fuerzas.
Los tres me miraban de formas distintas: Louise permanecía expectante; Saito, con la boca abierta, no comprendía la situación; y por último estaba el armero, que alzó las manos y empezó a preocuparse por algo.
–N-No es necesario comprobarlo, señor. Tiene mi palabra.
–No pretendo ofender, buen hombre, pero no somos personas que se dejan engañar por las apariencias. Adelante.
Le indiqué a Saito una vez me preparé. El chico pareció entender por fin la artimaña y levantó la espada, sujetándola con ambas manos. El mercader ahogó un grito y se interpuso antes de que sucediera nada nocivo para su negocio.
–¡E-Esperen!
Empezó a sudar y juntó ambas manos delante del rostro.
–Di-Discúlpenme. Yo… Yo no pretendía…
–¡Ja, te lo tienes merecido, viejo embustero!
