Dijo una voz procedente de la esquina inferior izquierda de la estancia. Todos nos alertamos. Yo, concretamente, me preparé por si sucedía algo. Los segundos pasaban y nada se movía.

–¡T-Te tengo dicho que no molestes cuando hay clientes! Maldita espada parlanchina…

–¿E-Espada parlanchina?

Pregunté anonadado. Los tres jóvenes permanecíamos intrigados. El armero sacó una hoja de considerable tamaño de un barril. Esta, oxidada tanto en su filo como en la guarda, tenía una forma diferente a cualquiera que haya visto.

–No haces mas que espantar clientes.

–¡Si, claro! ¿Y no será que la gente se ha cansado de tus mentiras?

Abrí los ojos como platos tras escuchar su voz de nuevo y estos brillaron. En la empuñadura, algo similar a una boca se movía como si estuviera animada. "¡E-Esto es fascinante! Una espada que habla nuestro idioma". Guardé a Storm Ruler en la vaina y me aproximé al tipo, el cual cuchicheaba con la hoja.

–Disculpa, ¿Cuánto quieres por ella?

Le espeté tragándome la emoción. "Este hallazgo es algo histórico. Me pregunto de que época será. Parece muy antigua. ¿Podrá contarme algo que no haya sido narrado en libros? ¿Tendrá habilidades únicas como mi catalizador? ¡Que emoción!" El tipo parpadeó violentamente.

–¿Perdón?

–Quiero compr…

Me detuve a tiempo. "Un momento". Miré a mis compañeros y sonreí. "Mataré dos pájaros de un tiro". Me acerqué a ellos.

–Louise, nos llevamos esa espada.

La chiquilla retrocedió y alzó una ceja.

–¿¡Qué!? ¿Esa chatarra?

–Escucha.

Le coloqué una mano en el hombro. Hice lo mismo con Saito y, con cierta fuerza, los acerqué a mi, algo que los tomó por sorpresa.

–Esa espada tiene propiedades mágicas.

–No lo pongo en duda. Sin embargo…

–No parece que pueda cortar nada.

Respondió el familiar por ella. Esta asintió. Mis ojos no dejaban de brillar y no pude contener la emoción.

–Imaginad las posibilidades cuando la restauremos. Una espada que habla… ¿Y si ha sido blandida por un gran soldado hace décadas? ¿Y si puede mejorar las habilidades de Saito? ¿Y si nos cuenta algún hecho histórico desde un punto de vista no redactado en los libros? ¡Es una oportunidad única!

Exclamé mientras alzaba las manos. Louise se asustó. Saito suspiró.

–Otra vez…

Susurró el chico. Yo caí en la cuenta, de nuevo, de que me he dejado llevar. Me recompuse tras sentir un calor inusual en las mejillas.

–Lo-Louise, ¿Cuánto dinero llevas encima?

Ella respondió suavemente tras unos segundos.

-Quinientos ecus.

Asentí y me volteé.

–Armero, ¿Cuánto quieres por la espada?

–Señor, ¿E-Está seguro de que quiere llevársela? Esta espada…

–Desde luego. Reconozco un arma de calidad en cuanto la veo. Creo que lo he demostrado hace un momento, ¿Verdad?

Me aseguré de recordarle lo sucedido minutos atrás. Este tragó saliva y echó un vistazo a la espada sólo para devolverme la mirada.

–Cien ecus. Lleva años metida en ese barril y no ha hecho mas que dar problemas. Aunque…

La observó con cuidado.

–Si… Tal vez si la afilan sea útil, ¿Qué me dicen?

–Nos la llevamos.

–¡Oye, yo todavía no…!

Me volteé y la miré a los ojos. Pretendía trasmitirle mi emoción. Ella dudó y, tras suspirar, asintió.

–Está bien. Nos la llevamos.

–¡Perfecto!

Exclamé. Se la quité de las manos al armero y este, todavía en shock, se dirigió al mostrador. Louise le entregó las monedas correspondientes y, antes de irnos, el mercader entregó una vaina igual de vieja que la espada a Saito.

–Espero verlos de nuevo, buenos señores. Tengan buen día.

–Igualmente.

Respondió el familiar por todos. Yo admiraba la espada de arriba abajo mientras caminaba en dirección a la puerta.

–Asombrosa.

–¡Tienes buen gusto, jovencito!

Sonreí ante su animado tono de voz.

Salimos de la tienda. La 'boca' de la empuñadura no dejaba de moverse mientras hablaba.

–No todos los días se conoce a una espada parlan…

En ese instante, Louise me quitó la hoja de las manos y se la lanzó a Saito, el cual la cogió con dificultades. Yo me sorprendí mas por su fuerza que por el gesto. "¿Cómo puede…? No, Alessandro. Es igual que Shalquoir. Mejor no preguntar". Ella me miraba algo molesta.

–Espero que esa espada merezca la pena, Alessandro.

Tragué saliva una vez volví a la realidad.

–Tra-Tranquila, lo hará. Confía en mi.

Salimos de la angosta calle. Saito se colocó el arma a la espalda, con esta envainada. Gracias a sus ropas, parecía un soldado extranjero procedente de algún lugar lejano. "Y tan lejano…" Sonreí. Nos detuvimos en un cruce. Yo miré en varias direcciones.

–Ahora que Saito tiene su espada, me gustaría comprar los materiales que necesito antes de la hora de comer. Louise, creo que antes pasamos por una tienda de alquimistas, pero no recuerdo exactamente su localización. ¿Podrías guiarnos hasta allí, por favor?

–Por supuesto. No queda lejos. Seguidme.

Respondió ella mucho mas tranquila. Justo antes de perder de vista la callejuela de la armería, por el rabillo del ojo vi a dos jóvenes vestidas con el uniforme de la Academia, las cuales, dado su aspecto, reconocí al instante. "¿Qué hacen ellas aquí? ¿Acaso nos estarán siguiendo?" Saito y Louise me sacaban unos metros. Para evitar preguntas, aceleré el paso sin dar demasiada importancia al hecho.

Llegamos a la tienda de materiales de alquimia mas tarde de lo que esperaba. Si bien es cierto que Louise evitó el centro de la zona comercial, llamado 'foro' en mi Romalia natal, al ser el Día de Nada no creo que esta estuviera demasiado abarrotado. Aún así, es ella la que conoce la ciudad, por lo que preferí no decir nada. "Me sorprende que aquí permanezcan abiertos tantos negocios en un día como hoy. En Romalia, centro religioso de Halkeginia, es obligatorio para la inmensa mayoría de tiendas y trabajadores cerrar. La influencia y poder del papado son equivalentes, sino superiores, a cualquier monarquía existente en el continente". Esta vez no esperé a que Saito nos abriera la puerta del local. Entré en primer lugar. Una campanita similar a la de la armería sonó sobre mi cabeza. Una vez pasamos los tres, un anciano nos dio la bienvenida. Barba larga, pelo canoso, gafas…

–¡Buenas tardes, jóvenes!

–Buenas tardes.

Sonreí. "¿Acaso todos los alquimistas veteranos son iguales? ¿Acabaré siendo así yo también cuando llegue a su edad?" Ese pensamiento provocó que me detuviera en el sitio y mi gesto se tornara en uno mucho mas serio. "Llegar a su edad…" Sentí como una mano se posaba en mi hombro. Me sobresalté y miré rápidamente hacia la persona.

–¿Estás bien?

Mis ojos se encontraron con los de Saito. Recuperé la sonrisa.

–Claro, ¿Por qué lo preguntas?

–Te has quedado congelado de repente.

Abrí los ojos sorprendido. "Maldita sea".

–Ha-Hace meses que no voy personalmente a comprar materiales de alquimia. Lo echaba de menos, eso es todo.

Mentí. El familiar dudó inicialmente, pero acabó asintiendo. De la nada, se rió levemente.

–¿Saito?

–Lo siento. Es que me recuerdas un poco a mi.

Caminamos en dirección al mostrador.

–¿En serio?

–Si. En mi mundo existe un aparato llamado videoconsola. En ella puedes jugar a muchos juegos diferentes. Recuerdo que, cuando era mas pequeño, me emocionaba un montón si mis padres me regalaban alguno que quería.

–¿Vídeo… Consola? ¿Y dices que puedes jugar a muchos juegos?

–Es difícil de explicar. Verás, cuan…

–¿Vais a seguir charlando mucho rato? Alessandro, te recuerdo que estamos aquí por ti.

La voz de Louise nos silenció. Permanecía junto al mostrador con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. "Siempre que hablamos de un tema interesante, alguien nos interrumpe. Me preocupa pensar que la persona con la que mas tiempo quiero pasar aquí es Saito y no una mujer… Alessandro, nunca cambiarás". El chico y yo nos miramos y suspiramos. Me aproximé a mi compañera y el alquimista.

–Disculpe mis modales. Estaba buscando una serie de materiales para diferentes tipos de pociones y ungüentos.

–Muy bien. ¿Tiene una lista?

–Por supuesto.

Busqué en mi bandolera, la cual me traje a propósito para llevar la mayor cantidad de materiales posibles, un lista escrita sobre un trozo de pergamino. La encontré sin mayores complicaciones.

–Aquí.

Saito contemplaba maravillado algunos artículos que la tienda tenía colgados de las paredes. Cajas apiladas, estanterías llenas, mesas con diferentes útiles de alquimia… "Están bien provistos. Louise me ha traído al lugar indicado".

–Si mi memoria no me falla, deberíamos tenerlo todo. Buscaré primero la piel del 'gecko de fuego germano'. Últimamente, ha habido problemas con la compra de mercancías procedentes del este del gigante oriental y no recuerdo si nos queda suficiente.

–¿Problemas?

El anciano se dirigió al otro lado del mostrador, donde una gran cantidad de materiales de apariencia exótica permanecían alejados de los clientes.

–Si. Al parecer, la zona no está bien defendida debido a su escasa población y clima extremo. Por ello, los bandidos asaltan a viajeros, expediciones y mercaderes continuamente. Ya hemos hablado con la reina Henrietta suplicándole que envíe una carta al Kaiser Albricht II para que mas soldados vigilen el lugar, pero no hemos obtenido respuesta.

Asentí por inercia, pero el anciano estaba de espaldas. "Siempre me he preguntado cómo debe ser vivir en lugares así. Romalia, con su clima agradable aunque caluroso en verano, ha sido mi hogar durante diecisiete años. El este de Germania, Tierra Santa, los Condados Orientales… Ojalá me de tiempo a ver esas regiones con mis propios ojos". Louise bufó.

–Esos germanos siempre igual. Bárbaros…

Su comentario me sacó una sonrisa. El anciano emitió un sonido de aprobación.

–Maravilloso.

Calculó la cantidad escrita en el pergamino y la guardó en otro recipiente.

–Son estudiantes de la academia, ¿Cierto?

Preguntó mientras buscaba el resto de ingredientes.

–Así es.

Respondió la chica por los dos.

–Hace años, muchos de los suyos eran clientes habituales. Con el tiempo, otras tiendas de alquimia abrieron sus puertas y ahora apenas veo sus uniforme. ¿En que curso están? Si no es molestia preguntar.

–Segundo.

Sentenció ella. Con esto, el anciano dio por terminada la conversación. Pasamos unos minutos en silencio, con Saito quieto junto a Louise y ella mucho mas relajada al ver lo eficiente que resultó ser el alquimista. Una vez lo tuvo todo listo, colocó cuidadosamente los frascos y recipientes variados sobre el mostrador. Entregué la cantidad de dinero correspondiente y nos despedimos amablemente, sobre todo yo ante las buenas formas del vendedor. Guardé los materiales en mi bandolera. "Todavía queda dinero mas que suficiente". La imagen de mi familiar me vino a la mente. Concretamente, sus runas. "Me pregunto si podremos parar en una librería antes de la comida. Tal vez allí encuentre algo más que en la biblioteca de la academia". Salimos de la tienda.

–Louise, como todavía falta un rato para la hora de comer, ¿Podríamos visitar una librería de camino?

La chiquilla me miró inquisitivamente. Sin embargo, prefirió no hacer preguntas.

–Supongo que si. Hay una muy cerca de aquí. Vamos.

Sentenció.

La librería escogida por la tristaniana posee ese olor añejo que tanto me gusta. Cuenta con tres pisos y está situada en una pequeña plaza. "He conocido a muchas personas a lo largo de mi vida, pero muy pocas me han hecho tan feliz como un buen libro". Louise y Saito se ofrecieron a ayudarme en mi búsqueda de libros sobre runas y familiares. Bromeé con el hecho de que Saito encuentre información sobre su propia naturaleza. No les hizo gracia, ni siquiera cuando expliqué el chiste. "Supongo que, si no conoces la verdad detrás de las runas de Gandálfr, no es tan gracioso. Eso o que mi humor es terrible". Nos dividimos por pisos a petición de mi compañera para acabar cuanto antes, ya que afirma tener mucha hambre. Después de unos quince minutos buscando, no encontré nada interesante en la sección de familiares, la cual, afortunadamente, estaba situada en mi piso. Suspiré.

–Después de esto, sólo se me ocurre hablar con el profesor Colbert directamente. Eso o infiltrarme ilegalmente en la sección prohibida de la biblioteca. Sin embargo, mi habilidad de sigilo no es tan buena como me gustaría…

Justo antes de bajar la escalera, en la sección de historias fantásticas, la portada de una obra que reconocí al instante me hizo detenerme. Saqué el ejemplar y sonreí en cuanto leí el título.

La princesa Lu.

Una vorágine de recuerdos inundaron mis pensamientos. "Habré leído esta historia unas cinco… Tal vez seis veces. Fundador, gracias". Decidí llevarme el libro. "Cuando me mudé a la residencia de Vittorio, rebusqué durante días entre mis pertenencias. Todo fue en vano. Supuse que se habría quedado junto a otros bienes en la casa-palacio de mi familia". Suspiré mientras bajaba las escaleras. "De pequeño, soñaba con ser un caballero tan valiente como Ivaldi, el héroe de la historia. No tenía miedo a nada". Vi a Louise hablando con Saito en la distancia. "Madurar, y más padeciendo una enfermedad aparentemente incurable, es horroroso". Sonreí en cuanto se percataron de mi presencia.

–¿Has encontrado algo?

Inquirió ella.

–Con respecto a los familiares, no. Sin embargo…

Le mostré el ejemplar. Ella se sorprendió y una sonrisa se formó en su rostro.

–¿La princesa Lu? Mi hermana Cattleya me contaba su historia para ayudarme a dormir cuando era pequeña. Aunque, entre cuento y cuento, algunas partes variaban.

–Existen diferentes versiones. Tal vez tu hermana conociera la mayoría de memoria y por ello modificaba el relato.

–Es posible, si.

El ejemplar apenas me costó unos ecus, lo cual, para el estado en el que se encontraba, me sorprendió. "Supongo que la historia no es tan popular como hace diez años". Salimos de la biblioteca y Louise nos indicó que la siguiéramos por tercera vez. Comeríamos en una taberna frecuentada por nobles y otros estudiantes de la academia.

Una vez pedimos la comida, nos sentamos en una mesa libre junto a una ventana del local. Ciertamente espaciosa, la taberna estaba abarrotada. Estudiantes de todos los cursos de la academia, ciudadanos de diferente clase social, algún que otro noble… "Se nota que es una taberna de la capital". Mientras aguardábamos por la comida, Louise se dirigió a mi.

–Alessandro.

–¿Si?

–¿Cómo es Romalia? Recuerdo que, mientras este idiota este permanecía inconsciente por su tozudez, me contaste que procedes del sur del país pero siempre has vivido en la capital.

El cambio de tono empleado al referirse a su familiar nos tomó por sorpresa a ambos. El desvió la mirada cansado. Yo sonreí mientras pensaba como abordar la pregunta y recordaba mi tierra natal.

–Romalia es… Diferente.

Comencé.

–Si bien es cierto que mi familia procede de Cittadella, allí sólo pasábamos los veranos. Mi madre prefería la residencia de la capital, especialmente por su cercanía al resto de nobles y eclesiásticos. Mi padre, en cambio, era un general condecorado de las revueltas que asolaron el país hace dos décadas. Mucho mas campechano. Odiaba la política y los entresijos cortesanos.

Hice una pausa. Cerré los ojos.

–No he puesto un pie Cittadella desde que murió. De eso hace ya siete años…

Silencio. "He hablado de más, como siempre. Por fortuna, he escogido la palabra muerte y no asesinato. Maldita sea la política". Suspiré.

–Lo siento.

Dijo Saito, apenado. Louise, con la boca entreabierta, también tenía un gesto de lástima en el rostro. Los miré a los ojos y sonreí.

–No te preocupes.

Iba a continuar, pero el mesero nos colocó los platos delante en ese momento. "Salvado por la campana". Louise agradeció la comida al Fundador, gesto que yo no acompañé. Mientras esperábamos a que enfriara, y yo daba un largo trago a la cerveza, pude aclarar mejor mis ideas.

–Como os decía. Romalia es una ciudad única. Llena de iglesias, fuentes, obras de arte en las calles… Y, sobre todo, la Cittadella de Saint Forsythe, hogar de la catedral que da nombre a la misma y la residencia papal. La residencia de mi familia se encontra… Encuentra cerca de este emplazamiento.

–¿Vosotros también tenéis un Papa?

Preguntó Saito. Yo, pese a sorprenderme, asentí.

–Por supuesto. Es la cabeza de la iglesia, heredero de Saint Forsythe y el mismísimo Fundador: Brimir.

–Entonces vuestra religión se debe parecer a una que existe en mi mundo cuya sede está en un país de Europa.

Mis ojos empezaron a brillar tras recordar la charla que mantuvimos la otra noche.

–¿Ese continente que te recuerda a Halkeginia?

El familiar sonrió y asintió.

–Se dice que el clima de Romalia es muy agradable durante todo el año.

Louise nos devolvió al tema principal de conversación.

–Durante casi todo el año, mas bien. Los veranos son demasiado agobiantes, especialmente en el mes de Ior. Nunca he sido amante de las altas temperaturas.

Empezamos a comer en silencio. Tras saborear y tragar un trozo del pollo, continué.

–Además del clima, algo que me ha sorprendido para bien, la Academia de Magia de Tristain es ciertamente distinta a la de Romalia. Aunque la materia sea similar, allí, al menos en primer año, casi todas las clases son teóricas.

–Aquí sucede algo similar. Obviando mis… Problemas para conjurar hechizos elementales, durante la mitad del primer curso apenas practicamos magia.

Dijo eso último mientras desviaba la mirada y un rubor aparecía en sus mejillas. Saito sonrió, pero se detuvo en cuanto Louise recuperó la compostura.

–Yo cometí el error de aprender lo básico por mi cuenta antes de ingresar en la academia. Las clases se me hacían soporíferas, exceptuando las de alquimia. En retrospectiva no ha sido una mala decisión, puesto que la magia práctica tampoco es mi fuerte. Necesito tiempo para aprender y realizar correctamente hechizos elementales.

–¿En serio?

Inquirió Louise con cierta empatía en su voz. Asentí.

–Sí. No quiero imaginar lo que hubiera sido tener que practicar una y otra vez delante de compañeros como Guiche o Kirche sin obtener resultados positivos.

Su gesto se volvió sombrío y dejo de comer un momento. "Nos parecemos bastante en ese ámbito, si no tenemos en cuenta el pequeño detalle de que ella es una maga del Vacío, claro. De hecho, Louise no es negada para la magia. Únicamente desconoce su verdadero poder. Yo, por otra parte…" Di otro trago a la cerveza.

–¿Sabes una cosa, Saito? Tu duelo contra Guiche me recordó a algo que sucedió el año pasado por estas fechas.

El chico se sorprendió.

–En mi clase había un estudiante llamado Andrea. Alto, ojos verdes, sonrisa encantadora… Una especie de Guiche, pero peor.

–Me cuesta creer que haya alguien mas imbécil que ese tipo.

Mencionó Saito. Yo me reí. En ese momento, recordé el rostro de Andrea a la perfección. Las ganas de golpearlo todavía son intensas a día de hoy.

–Para Andrea existen dos tipos de personas: los que le siguen la corriente y los… Despreciables. Yo estaba en el segundo grupo.

–¿¡Qué!?

Preguntó Louise, atónita.

–Nos llamaba despreciables. Durante las primeras semanas de curso no le di importancia. A idiotas como esos es mejor no darles el gusto. Sin embargo…

Dejé los cubiertos en el plato y entrecerré los ojos. Mi gesto cambió repentinamente.

–Todo explotó un día que me insultó utilizando una palabra que odio con todo mi corazón.

Apreté los puños. Ellos sintieron que el aire se había vuelto pesado.

–Lo desafié a un duelo. En Romalia están permitidos entre alumnos del mismo curso, algo que me parece estúpido y elitista. No todo el mundo aprende a la misma velocidad.

–¿Qué te llamó?

Dijo Saito. Louise le dio un golpe en la cabeza antes de que pudiera procesar su pregunta.

–¡Es de mala educación preguntar esas cosas!

Me tranquilicé un poco gracias a su pequeña escena. Suspiré.

–Me llamó… Bastardo.

Sus rostros mostraban gestos diferentes: ella se horrorizó. Él permanecía impasible. Antes de que surgieran mas preguntas, carraspeé para centrar la atención en el asunto del duelo.

–Como iba diciendo, desafié a Andrea a un duelo. El tipo era ducho manejando el Fuego. Todo lo contrario a mi. Cuando llegó la hora, me temblaban las piernas. Sin embargo, no permitiría que ese idiota saliera impune. Independientemente del resultado, iba a demostrar lo que valgo.

Hice una pausa para terminar de comer el pollo. Ellos aguardaban expectantes.

–Vencí. Me costó horrores. Recibí varias quemaduras en las extremidades y una en la espalda que casi acaba conmigo. Ambos terminamos inconscientes, pero él cayó antes.

Resumí. "La parte en la que cuento que tuve que pasar una semana en la cama padeciendo dolores por las secuelas y mi enfermedad la dejaré para otro momento". Una vez rematé, le regalé una sonrisa llena de sinceridad y empatía a Louise.

–Si un inútil como yo puede aprender magia y derrotar a alguien en un duelo, tú también puedes hacerlo, Louise. Solamente debes encontrar tu elemento y un estilo propio.

La chiquilla se ruborizó levemente y me devolvió la sonrisa.

–Gracias.

Terminé la cerveza dado que ellos ya habían acabado con su comida hacía rato. Permanecimos un rato en silencio. La imagen de una persona a la que admiro y echo de menos me vino a la mente.

–Después del duelo, a Andrea se le bajaron los humos temporalmente; y yo gané cierta fama. Entonces, conocí a una de las personas que mas aprecio a día de hoy. Su nombre es Donatello, 'El Humanista'.

–Que apodo mas extraño.

Mencionó Louise. Sonreí.

–Se lo puso un servidor. Él fue quien dio nombre a mi catalizador. Hemos pasado muchos momentos juntos. Al igual yo, la magia práctica no es lo suyo. Donatello prefiere los inventos.

–¿Inventos?

Asentí.

–Pasábamos tardes enteras diseñando o modificando artilugios. Especialmente él. La mayoría buscaban mejorar la vida diaria de las personas. Por desgracia, no disponíamos de los fondos para llevarlos a cabo. Para colmo de males, el verano pasado, única ocasión que logramos construir algo decente, explotó.

Comenté lo último completamente serio. Pasados dos segundos, y tras recordar el momento, me reí. Ellos me imitaron poco después a su manera. "Te echo de menos, Humanista". El rostro entristecido de mi amigo cuando nos despedimos me vino a la mente. "En verano volveremos a vernos, lo prometo". Justo cuando alcé la vista, vi a una figura acercarse. Durante un instante, la imagen de cierta chica apareció en su lugar. Sacudí la cabeza. Ella se percató de mi presencia y sonrió. Sus acompañantes la siguieron.

–¿Alessandro?

–¿Chiara?

El saludo fue extraño, especialmente porque sólo hemos hablado un par de minutos en una ocasión. "Ella estaba presente en el duelo. Supongo que mi intervención y la victoria de Saito habrán calado en los estudiantes". Louise y Saito dirigieron su mirada hacia ella. Sus acompañantes, también alumnas, de primer año concretamente, eran: una joven de pequeña estatura, cuyo cabello castaño, tan largo como el de Louise, caía sobre sus hombros. Sus ojos marrones, ocultos tras unas gafas, estaban llenos de curiosidad; la otra joven, mucho mas alta que sus compañeras, tiene el cabello rubio recogido en una coleta. Ojos azul marino mas apagados de lo normal.

–¿Tú también has venido a pasar el día a la capital?

–Necesitaba hacer unas compras. Estos son Louise de la Vallière y su familiar, Hiraga Saito. Ella es Chiara Scola de Aquileia, compatriota a la que conocí poco antes del duelo con Guiche.

Indiqué con la mano suavemente. Louise sonrió con elegancia y orgullo. Él permanecía con la boca entreabierta y asintió una vez mencioné su nombre. La chica rubia se puso tensa en cuanto nombré a la tristaniana. Chiara se rió levemente al contemplar al chico.

–Nos regalasteis un espectáculo digno de recordar.

La romaliana recordó algo en ese instante puesto que abrió la boca de forma similar a mi. La estudiante de mayor estatura se colocó junto a Louise e hizo una reverencia.

–Disculpad nuestra falta de protocolo, señorita Vallière. Soy Mathilde Alessia Van Der Elst, hija mas joven del vizconde Van Der Elst. Es un verdadero placer conocerla.

Louise se puso seria.

–Vuestro vasallaje y amistad honran a mi familia.

Comentó ella llena de orgullo. Yo sonreí. "Para alguien que la trata con respeto". La otra chiquilla, mucho mas tímida, se ajustó las gafas y se colocó junto a Chiara. Evitaba el contacto visual.

–M-Mi nombre es Do-Dominique… Dominique Françoise Charbonneau de Lyonesse. E-Encantada.

Masculló en un susurro apenas audible. Chiara le dio un codazo cariñosamente y esta se ruborizó. Yo, que faltaba por presentarme, coloqué la mano derecha en el pecho y sonreí.

–Mi nombre es Alessandro. Encantado.

Al mencionar sólo mi nombre, las cuatro chicas se quedaron mirando, especialmente Dominique y Mathilde. Chiara intervino.

–Me alegra verte, Alessandro. Ahora, si nos disculpas, estamos hambrientas y necesitamos descansar. Ha sido un viaje muy largo.

–Sólo de pensar en las tres horas de vuelta me dan ganas de vomitar…

Dijo Saito, cuyo rostro había palidecido. Yo asentí a su comentario. Me dirigí a Chiara.

–Nosotros partiremos pronto.

De vuelta en la academia, me encuentro ordenando los materiales que he comprado. "Espero que esta vez no se estropeen". Coloqué el cuento en la estantería junto a mi diario y los libros de medicina, alquimia e historia. Shalquoir estaba cenando sobre la mesa.

–"He tenido que ir yo personalmente a las cocinas a solicitar la comida. Estoy muy enfadada, niño".

Suspiré ante su comentario. "Lleva así desde que llegué". La encaré… Mas bien encaré su lomo.

–Si comieras junto al resto de familiares…

–"No pretenderás tratarme como a un vulgar animalillo, ¿Verdad?"

Dijo esto mientras se volteaba con un gesto lleno de… ¿Desdén? En el rostro. "Todavía me cuesta leerla. Nunca he hablado tanto tiempo con un gato". Un escalofrío recorrió mi espalda y negué efusivamente.

–N-No se me ocurriría…

Permanecimos un rato en silencio mientras ella finalizaba su cena. Una vez terminó, saltó al suelo y se relamió.

–"Antes mencionaste que la chiquilla insoportable le compró una espada parlanchina a su siervo. Asumo que, dado tu comportamiento hasta ahora, te emocionaste como un niño pequeño".

Desvié la mirada y me ruboricé.

–U-Un poco… ¡Pero logré contenerme! Supongo que, mas allá de lo extravagante que resulta, una espada con propiedades mágicas no es algo tan extraño. Storm Ruler, además de ser un catalizador, tiene un as bajo la manga.

–"Estoy segura de que esa espada daría mejor conversación que la mayoría de humanos residentes en este lugar".

Sentenció. Su afirmación me sorprendió un poco, puesto que ha pensado como yo. "Siendo una espada que luce tan antigua, tendrá mucho que contar". Shalquoir subió a la cama y se empezó a asear como siempre. Entonces, alguien llamó a la puerta.

–"Estás muy solicitado últimamente, querido".

Asentí ante su comentario y me dirigí intrigado al destino.

–"Me pregunto quién será. ¿Tal vez la chiquilla irritante? ¿Su familiar? ¿La sirvienta de cabello oscuro? O mi favorita: la germana exuberante. Esa que siempre te deja sin palabras".

Antes de abrir la manilla, procesé sus suposiciones. Le lancé una mirada llena de angustia.

–¡Shalquoir, no digas tonterías!

La gata se rió telepáticamente. Todavía con las mejillas calientes, me aclaré la garganta y abrí la puerta. Nada mas vislumbrar la mitad del cuerpo de los visitantes, una voz empezó a hablar.

–Alessandro, tenemos que hablar.

Me sorprendí, pero mucho menos de lo esperado. "Louise y Saito, cómo no". Parpadeé varias veces.

–¿Si?

El familiar empuñó la espada con cuidado. Ella se colocó entre nosotros.

–Esta chatarra no ha dicho una sola palabra desde que salimos de la tienda. Estoy empezando a creer que el armero nos ha timado.

–Pesa mas de lo que esperaba.

Mencionó él. Yo me apoyé en la puerta y coloqué un dedo en el mentón mientras analizaba la situación. "Esto es inusual. Según los archivos de la Biblioteca Papal, Gandálfr debería poder empuñar cualquier arma sin importar su procedencia, tamaño o estilo de combate. ¿Se deberá al oxido tal vez?" Negué con la cabeza.

–Sintiéndolo mucho no creo que pueda ayudaros. Lo único que se me ocurre es pagar a un herrero habilidoso para que la restaure y confiar en que suceda algo.

–Vaya vaya, no será este un encuentro planificado por el destino.

Dijo una voz que reconocí al instante procedente de mi derecha. Los tres nos sorprendimos dado que el pasillo estaba vacío hace unos segundos.