La súbita aparición de ciertas estudiantes provocó que cualquier intento de conversación sobre la hoja de Saito quedara en el olvido. Kirche, extrañamente, cargaba otra espada cuya guarda me pareció haber visto antes, pero no lograba recordar dónde. Se acercaron a nosotros, lo cual molestó a Louise enormemente.

–¡Von Zerbst! ¿¡Qué demonios haces aquí!?

Chilló, asustándonos a Saito y a mi. La germana rió.

–Vivo aquí. Concretamente, en esa puerta.

Indicó ella, bromeando. Esto hizo enfurecer a Louise todavía más.

–¿¡Entonces por qué no te vas a tu habitación y nos dejas en paz!?

Tabitha no había levantado los ojos de su libro en ningún momento. "¿Acaso hay alguien capaz de concentrarse en la lectura cuando estas dos están presentes? A mi me sería imposible". Algo se me pasó por la cabeza en ese instante. Empecé a cerrar la puerta de mi cuarto en silencio.

–Bueno, si me disculp…

La tristaniana colocó un pie entre la puerta y el marco, impidiéndome avanzar.

–¡Todavía no he acabado contigo, Alessandro! ¿Debo recordarte que hemos comprado esta chatarra por tu culpa?

Tragué saliva. Maldije en mi interior.

–"Estoy deseando ver cómo sales de esta, querido".

La pomposa voz de Shalquoir resonó en mi cabeza. Su cola se movía de lado a lado sobre la cama. Finalmente, abrí la puerta y, sin tener la oportunidad de decir nada, Louise empujó a Saito hacia dentro, apartándome por el camino.

–Precisamente hoy no me apetece soportar a esa idiota.

Mencionó la chiquilla. Una vez accedieron, me dispuse a cerrar la puerta. Sin embargo, Kirche los siguió poco después. Sonriendo pícaramente, pasó por mi lado en un instante. Parpadeé varias veces. Tabitha la imitó. En cuestión de segundos, en mi cuarto había cuatro personas que en ningún momento solicitaran mi permiso para entrar. Cerrá la puerta, suspiré tras pensar en lo que iba a suceder y me preparé lo mejor que pude.

–¿¡A ti quién te ha dado permiso para entrar!?

–Eso mismo me pregunto yo…

Susurré. Me dispuse a sentarme en la cama. Tabitha había hecho lo propio junto a Shalquoir, a la cual observó rápidamente antes de volver a su libro. "Me gustaría saber que está leyendo". Kirche y Louise se encararon. Mejor dicho, dada la diferencia de estatura, Louise encaró los… Me ruboricé.

–Tranquila, Vallière. No he venido buscando una confrontación.

–¿¡Entonces por qué estás aquí!?

–Louise, por favor, no levantes tanto la voz. Es tarde.

La chica me miró y, lejos de disculparse, giró la cabeza enfadada. Kirche aprovechó el momento para acercarse a Saito y entregarle la espada que portaba en sus manos. El chico se sorprendió.

–Esto es para ti, cariño.

Le guiñó un ojo en el proceso. Él se ruborizo y, tras dejar en la mesa la hoja oxidada, tomó el regalo. Sacó la espada de la vaina y Louise, el familiar y yo abrimos los ojos como platos. "No puede ser…" La espada dorada de la armería.

–Esto es…

–¿Te gusta?

Inquirió ella, complacida. Mi cabeza empezó a atar cabos. "Con que sí nos estaban siguiendo. Sin embargo…" Me aislé del mundo que me rodea. "¿Cómo habrán hecho para llegar al mismo tiempo que nosotros a la capital? No había mas personas en el establo cuando partimos. Y por el camino no divisé a ningún otro estudiante". Miré a la germana. "¿Por qué lo ha hecho? Tal vez…" Louise se cruzó de brazos y se apoyó en la pared. "¿Buscará robarle a Saito debido a su rivalidad? Según Louise, ella siempre consigue lo que quiere, especialmente cuando de hombres se trata". Terminé suspirando. "Mujeres…"

–¡Es genial! Cómo brilla…

–¿Qué pretendes, Von Zerbst?

Preguntó Louise. La germana se llevó una mano al pecho y aparento estar sorprendida.

–¿Yo? Nada. Solamente me encontré esta espada en una armería y pensé que a Saito le gustaría. ¿Acaso no puedo hacer un regalo de forma desinteresada?

Se encogió de hombros y cerró los ojos orgullosa. Louise apretó los puños.

–Con que nos seguisteis…

Aproveché un momento y eché un vistazo al libro en el que estaba metida Tabitha. Alcancé a leer un par de frases. Me sorprendí. Se trata de una historia de aventuras que recuerdo haber leído hace unos años. "Y yo que pensé que le gustarían las lecturas densas. Sería interesante charlar con ella a solas en alguna ocasión. Si es que su aparente timidez me lo permite". Saito jugueteaba con su nuevo, aunque inútil para el combate, regalo.

–¿Sabes, Vallière? Es patético que no hayas podido permitirte una espada como esta y, en su lugar, equipes a tu familiar con un trozo de metal oxidado.

–¡La culpa es de Alessandro!

–¿¡Qué!?

Me sobresalté. "¿Por qué me meten en su discusión?" La tristaniana me señaló con el dedo.

–¡Tú fuiste el que insistió en comprar esa chatarra parlante!

Kirche se sorprendió al oír esto. Tabitha alzó la cabeza intrigada y observó impasible la espada que permanecía en la mesa.

–¿Parlante? ¿Acaso las espadas te responden cuando hablas con ellas? Tienes una habilidad peculiar, romaliano.

La chica me regaló una sonrisa humillante. Yo desvié la mirada sin saber bien que responder. Escuché una risita en mi cabeza. "Maldita gata…" Kirche se cruzó de brazos, resaltando sus atributos, y se colocó en una pose de superioridad para encarar a Louise.

–Verás, Louise. Mi familia, a diferencia de la tuya, puede permitirse comprar maravillas como esta continuamente.

Afirmó sin perder la sonrisa. "Andrea y ella harían buena pareja". Bajé la cabeza. "Un momento, ¿Cómo que 'permitirse maravillas como esta continuamente'?" Recordé las palabras del armero. "El tipo dijo que valía una fortuna por pertenecer a un alquimista famoso. Me pregunto cómo la habrá conseguido".

–Esta es una espada germana. Al igual que yo, la diferencia de estatus con el resto de la Academia es evidente. Una tristaniana como tú jamás podría compararse.

Entrecerró los ojos con orgullo. Antes de responder furiosa, la actitud de Louise cambió completamente. Una sonrisa llena de malicia se formó en su rostro.

–¿Estás tan segura de eso?

–Totalmente, pequeña.

Remarcó el adjetivo. Louise miró en nuestra dirección.

–Muy bien. Alessandro, ¿Te importaría cruzar espadas con mi familiar un momento?

–¿Qué?

–¿Cómo?

Respondimos al unísono. Ella se impacientó.

–¡Levantaos de una vez!

Nos miramos el uno al otro. "Por mucho que me tiente el ayudar a Louise a dar una lección a Kirche, esto se está yendo de las manos. Una cosa es destapar las mentiras de un armero codicioso, y otra muy distinta cruzar espadas en mi cuarto". Alcé los brazos y negué con la cabeza.

–No voy a enfrentarme a Saito en una habitación amueblada y llena de gente. Especialmente si se trata de la mía.

Ella se sulfuró. "Si algo sale mal, podrían expulsarme. Soy el único alumno que utiliza una espada como catalizador. La culpa recaería sobre mi al instante".

–¿¡Acaso no te enfurece que esta idiota se haya reído de ti!? ¡Que poco orgullo tienes!

–Pequeña Vallière, deberías solucionar los problemas por ti misma en vez de buscar ayuda continuamente.

Mencionó Kirche sin dejarse provocar por el comentario de Louise. "No puedo hablar". La tristaniana, roja como un tomate, la encaró de nuevo.

–¡Dice la que expulsaron de su anterior academia porque se cansó de que los hombres no le hicieran caso y tuvo que mudarse a un país vecino! ¡Patético!

La germana si reaccionó esta vez.

–¿¡Có-Cómo te atreves!?

La tensión podía cortarse con un cuchillo. En un instante, ambas sacaron sus varitas y las apuntaron en dirección a su oponente. "¿La expulsaron? Interesante…" Abrí los ojos como platos. "¡Un momento! ¡Estamos en mi habitación!" Me levanté de la cama y traté de interponerme.

–¡Deteneos!

–¡Tú no te metas!

Me regañó Louise. Sin embargo, antes de que ocurriera ningún desastre, una ráfaga de viento sopló en el cuarto, provocando que las varitas de las contendientes volaran de sus manos y cayeran en las mías. Todos nos sorprendimos. Se escuchó un sonido detrás de mi.

–Los duelos están prohibidos.

Susurró Tabitha. Suspiré aliviado. "Menos mal". Kirche sonrió de nuevo y, tras recuperar su varita, pasó por mi lado y observó a Saito, el cual todavía estaba maravillado con su juguete.

–"Se te suben a las barbas, querido".

–En ese caso, dejemos que Saito decida qué espada es mejor.

Devolví el otro catalizador a su dueña tras maldecir en voz baja por culpa de Shalquoir. Louise me lanzó una mirada que provocó un escalofrío. Se situó junto a la germana.

–¿Y-Yo?

Mencionó el chico, asustado. "Pobrecillo. Me compadezco de ti, Saito". Las dos estudiantes colocaron las manos en la cintura y se agacharon.

–¡Pues claro! Al fin y al cabo, tú eres quien portara la espada en batalla.

Le recriminó Louise. El familiar recogió la hoja oxidada y se detuvo un momento para comparar ambas. "Por fuera no hay color. De hecho…" Observé las espadas y a las jóvenes. Sonreí. "Son un reflejo de sus compradoras. La de Kirche es, en apariencia, espléndida. Brillante, dorada, con joyas en la guarda… Todo florituras. Sin embargo, su uso en combate es prácticamente nulo. En cambio, la de Louise recuerda a su incapacidad para realizar magia convencional, pero el hecho de que esta pueda hablar y posiblemente tenga propiedades únicas la hacen especial, como si de un mago del Vacío se tratase". Saito dirigió su mirada a las chicas y tragó saliva. Ellas le metieron prisa acercándose mas.

–¿¡Cuál es mejor!?

Dijeron al unísono.

–¿No puedo elegir las dos?

En cuestión de segundos, ambas le dieron una patada en la canilla. Yo me sorprendí muchísimo. El familiar quedó dolorido y casi se cae al suelo. "Y luego yo digo que se me da mal tratar con mujeres". Me acerqué a él y lo sostuve por los hombros.

–Saito, ¿Estás bien?

–No…

Respondió tras emitir un quejido. Louise y Kirche se alejaron un poco y se incorporaron. Se miraron a los ojos de manera desafiante. "Tengo un mal presentimiento". Tabitha recogió su bastón por precaución. "¿Van a enfrentarse de nuevo? Están yendo demasiado lejos".

–Aprovecharé esta oportunidad para decir lo que pienso de ti, Vallière. Eres despreciable. Nunca has conjurado bien un hechizo y siempre actúas como una cría insoportable.

Sus palabras provocaron que sintiera una enorme empatía por Louise. "Despreciable…" Algo dentro de mi empezó a agitarse.

–¿Ah si? ¡Pues tú eres una engreída descerebrada! ¿¡De qué te valdrá ese cuerpo cuando envejezcas!? ¡Jamás encontrarás a nadie que te quiera de verdad!

–¡Mira quien fue a hablar! ¿¡Cuántas personas se han interesado por ti en toda tu miserable vida!?

–¡Ya basta!

Alcé la voz y me incorporé, dejando a Saito apoyado en la silla. Ellas se sorprendieron con mi pronto. Las encaré enfadado.

–¿¡Pretendéis discutir toda la noche!? ¡Además, os recuerdo que estamos en mi habitación!

Miré a Louise a los ojos una vez las dos se tranquilizaron.

–No dejes que lo que diga una persona que te trata así te afecte, Louise. Sin embargo, Kirche tiene parte de razón. En ocasiones actúas como si todos te debiéramos algo.

–¿Ves? Hasta el chi…

–En cuanto a ti…

Clavé mis ojos en los suyos tras interrumpirla. Ninguna intimidación podría detenerme ahora. Ella retrocedió.

–La gente como tú si que es insoportable. Te crees la mejor sólo porque el Fundador te ha otorgado una belleza exuberante. Deberías dejar de criticar al resto y reflexionar un poco más sobre tus acciones.

Sentencié, cansado de este espectáculo. La germana se quedó congelada. Miré a mi alrededor y observé que cada uno mostraba un gesto diferente en el rostro: Louise bajó la cabeza avergonzada; Saito tenía los ojos abiertos como platos; Tabitha había cerrado su libro y me miraba fijamente, sin expresividad en el rostro; Shalquoir se sentara sobre sus patas traseras y contemplaba la escena con curiosidad; por último, Kirche giró la cabeza, ocultándose bajo el flequillo que siempre tapa su ojo derecho.

–"Buena interrupción, querido".

–¡Así se habla, campeón! ¡Malditas crías molestas!

Obviando el comentario de Shalquoir, todos nos sorprendimos al escuchar una voz metálica procedente de Saito. Inicialmente, las rivales creyeron que se trataba del familiar y lo miraron de forma aterradora.

–¿Qué has…?

–¿…Dicho?

–¡N-No he sido yo, lo juro!

El chico se defendió colocando la espada oxidada delante de si.

–La espada.

Mencionó Tabitha. Yo dejé de lado mi enfado y me acerqué a Saito con cierto entusiasmo. Todos observábamos la hoja con curiosidad.

–Una espada ya no puede ni dormir tranquila…

–La espada… ¿Habla?

Preguntó Kirche, incrédula. "¿Ahora quién es el loco?" La hoja colocó la boca dirigida hacia Saito.

–Tú, chico. A pesar de esa cara de idiota que tienes, puedo sentir tus habilidades de familiar.

–¿Mis habilidades?

–Alessandro.

Louise giró la cabeza y me miró a los ojos.

–¿Tú espada también puede hablar?

–En los dos años que llevo empuñándola no ha dicho una sola palabra.

Respondí. "Esto es fantástico. Ha vuelto a hablar una vez ha sentido el poder de Gandálfr". Sonreí como un idiota mientras contemplaba el objeto.

–Tengo que agradeceros el que me hayáis sacado de esa tienducha.

Louise se incorporó después de escuchar eso. Tras suspirar, se colocó una mano en la frente.

–¿Por qué siempre acabo rodeada de gente rara?

Ese comentario me sentó como un jarro de agua fría. Entrecerré los ojos. "No hacía falta decirlo en alto, mujer". La espada giraba por si sóla en las manos de Saito. Nos 'miró' uno por uno mientras nos juzgaba con sonidos extraños.

–¿En qué año estamos? No, eso da igual, ¿Dónde estamos? ¡Responded, venga!

Mas que exigir, el ser parecía lleno de curiosidad. "¿Tendrá amnesia? Quiero preguntarle tantas cosas…" Me reí tratando de normalizar la situación.

–Nos encontramos en la Academia de Magia de Tristain. Año 6243 tras la muerte del Fundador.

¿Ella? Si es que tiene género, se dirigió a mi.

–¿¡6243? Si que han pasado siglos desde la última vez… ¿Tristain dices?

–Exacto. Soy Alessandro. Encantado.

La espada pareció alegrarse.

–¡Ah, alguien con modales! Yo me llamo Derfflinger, pero podéis llamare Derff.

En el momento que asimilé su nombre, mi gesto cambio completamente. Por fuera, pareciera que me han disparado en el pecho con un arma de fuego. "¿Qué? ¿¡Qué!?" Segundos después, empecé a temblar y agarré la funda del objeto en mis manos sin permiso de Saito. La miré estupefacto. "Esto es…¡Fantástico! Fundador, en ocasiones la fe vuelve a mi como un caballo tras la batalla. Derfflinger, la espada que empuñó Sasha, la primera Gandálfr. Increíble…" Observaba con ojos de demente el artefacto.

–"Alessandro".

La voz de Shalquoir me espabiló. Di un vistazo rápido a la habitación y todos los presentes estaban mirándome. Sentado en el suelo, adorando un objeto oxidado como si fuera una reliquia sagrada. "Demasiado sospechoso, ¿Verdad?" Le devolví la espada a Saito avergonzado.

–L-Lo siento, me he dejado llevar…

–Ya…

El chico la sostuvo con cuidado, temiendo que pudiera quitársela de nuevo.

–¿Y tú eres?

–Saito.

–¡Me gusta tu nombre!

El familiar, mas tranquilo, se rió.

–Me caes bien. Creo que me quedo con esta espada.

Dijo sujetándola con ambas manos. Kirche retrocedió, derrotada. Louise se lo tomó como una victoria personal y sonrió orgullosa mientras colocaba las manos en las caderas. Yo no cabía en mi de la emoción. "Derfflinger. En una semana he conocido a Gandálfr y su espada legendaria. Informaré a Vittorio en cuanto reciba su respuesta". Me incorporé.

–Bueno, se está haciendo tarde y mañana tenemos clase.

Comenté al aire. Tabitha se levantó de la cama, colocó su libro bajo el brazo y se dirigió a la puerta tras despedirse clavando sus ojos en los míos. O eso asumí. Saito la imitó. Louise y Kirche, tras lanzarse una última mirada de odio, se voltearon enérgicamente.

–Buenas noches.

–Hasta mañana, Alessandro.

Dijo Saito.

-Adiós.

Susurró Kirche, la cual portaba su 'regalo' como signo de la derrota. Tabitha abriera la puerta y saliera la primera, con la tristaniana detrás de ella. Una vez cerré, suspiré aliviado y apoyé la frente en la madera.

–Menudo descubrimiento. Derfflinger…

Dije para mi. Había olvidado todo lo sucedido anteriormente.

–"Por fin se han ido. Vamos a dormir, Alessandro".

Shalquoir, echada de nuevo en la cama y mas relajada, bostezó. Le sonreí agotado. "Ha sido un día muy largo".

–Será lo mejor.

Empecé a quitarme la camisa para ponerme el pijama.

–"Cuando te emocionas de esa manera, es como si te poseyera el espíritu de otra persona, querido".

Me reí ante su comentario.

–No todos los días se conoce a una espada parlanchina. Primero tú y luego ella. En esta Academia no dejan de suceder eventos interesantes.

–"Que honor el ser comparada con una hoja oxidada".

Parpadeé varias veces. La miré y me disculpe con la cabeza.

–Perdona…

–"Tranquilo. A mi también me ha sorprendido esa… ¿Derfflinger?"

–Así es.

Una vez puesto el pijama, preparé el uniforme para mañana y me dirigí a la cama tras apagar las velas repartidas por el cuarto.

–"Antes has estado espléndido. La forma en la que acabaste con la disputa ha sido digna de un general".

Recordé lo sucedido y negué con la cabeza mientras apartaba la manta y las sábanas.

–Ahora que lo mencionas, me siento un poco mal por ellas.

–"Querido, esas niñas de papá estaban dando un espectáculo lamentable nada menos que en nuestra habitación. Puedo entender que la pequeña envidie a la germana por sus atributos; y que esta, a su vez, actúe de forma coqueta y descarada. Sin embargo, no les viene mal un toque de atención. Con el tiempo, si maduran, te lo agradecerán".

Me metí en cama. Mi familiar se colocó en una posición mas cómoda para ambos.

–Espero que tengas razón. Buenas noches, Shalquoir.

–"Hasta mañana".

Dos días después, las cosas volvieron a la normalidad pese a la escena ocurrida en mi habitación. Kirche no ha vuelto a dirigir la palabra a Louise. Saito continuó realizando tareas para su maestra como un sirviente personal. Ella le grita de cuando en vez, pero él ha dejado de pasarse de listo por las consecuencias que ello acarrearía. La última clase de hoy, alquimia con el profesor Colbert, pasó bastante rápido. Más de lo que me hubiera gustado. "Este hombre tiene una habilidad asombrosa para enseñar y ser escuchado. Me pregunto cuántos años llevará dando clase". Me despedí de Louise, explicándole la razón, y aguardé a que el aula se vaciase. Nuestro profesor, una vez me vio, sonrió y se aproximó a mi posición.

–Alessandro, ¿Necesitas algo?

–Me gustaría pedirle un favor, profesor Colbert.

Él se sorprendió un poco. Asintió.

–Adelante.

–Verá, la semana pasada estuve buscando información sobre runas y familiares en la biblioteca. Por desgracia, no encontré nada útil.

–¿De verdad? La sección pública de la biblioteca tiene una librería completa llena de libros sobre familiares.

Dudé por un momento. "Iré directo al grano. Hasta ahora, eso siempre me ha funcionado con él". Los últimos alumnos salieron del aula. Respiré profundamente.

–Es sobre mi familiar. La gata que invoqué, ¿Recuerda?

–Lo recuerdo.

Se apoyó en su mesa.

–He observado decenas de veces las runas que se grabaron en su estómago. Le juro que, de entre todos los libros que he revisado, no he encontrado nada similar. Algunos caracteres puedo reconocerlos, pero poseen modificaciones extrañas en los bordes o el centro.

Continué tratando de expresarme lo mejor posible, gesticulando incluso. El profesor colocó un dedo en el mentón y miró al suelo durante varios segundos. Finalmente, alzó la cabeza.

–¿Te importaría dibujar un boceto de ellas?

Me sorprendí un poco pero terminé asintiendo. Me tendió un pergamino y un carboncillo de su bolsa. Me apoyé en la mesa y, con cuidado, hice memoria para recordar de la forma mas exacta posible las runas de Shalquoir. El resultado fue notable, remarcando las partes irreconocibles.

–Aquí tiene.

–Perfecto. Buscaré información en la sección privada de la biblioteca. Te informaré una vez obtenga algún resultado, si es que lo obtengo.

Me di por satisfecho y asentí. Le sonreí una última vez.

–Muchísimas gracias, profesor.

Él me devolvió el gesto.

–No es nada. Nos vemos mañana. Cuídate, ¿Vale?

–Usted también. Hasta mañana.

Al día siguiente, después de hacer mis necesidades una vez rematadas las clases, me encuentro subiendo las escaleras del dormitorio. Louise y Saito se adelantaran porque la tristaniana decía haber recibido correo urgente esta mañana y quería leerlo cuanto antes. "Con un poco de suerte, el profesor Colbert obtendrá algún resultado en los próximos días". Justo cuando llegué a la segunda planta, donde está situada mi habitación, Saito bajaba algo desanimado, con las manos en los bolsillos de su prenda superior, por el otro conjunto de escaleras. El chico iba tan ensimismado que no se percató de mi presencia.

–Saito, ¿Estás bien?

El familiar se asustó inicialmente. Asimilada la situación, se tranquilizó.

–Que susto…

–Lo siento.

Negó con la mano.

–Tranquilo.

Silencio. Nos miramos a los ojos.

–¿Todo bien?

Inquirió él. No parece haber escuchado mi pregunta.

–Por mi parte si, ¿Tú?

Saito se quedó callado. Dudó sobre que responder, lo cual me preocupó. Finalmente, suspiró y continuó hablando.

–No demasiado. Louise me ha dicho que no necesita mis servicios ahora mismo, despachándome con un movimiento de mano. Se ha sentado a leer esa carta y no ha vuelto a mirarme ni dirigirme la palabra desde que la abrió.

–Ya veo. ¿No la habrás hecho enfadar, verdad?

Pregunté mientras alzaba una ceja. El chico negó con la cabeza y ambas manos con efusividad.

–¡Para nada! Esta mañana me ha regañado por lavar mal su pijama favorito, pero no he vuelto a criticarla por su apodo ni reírme de ella.

Recordé la pequeña discusión que mantuvieron en el comedor y rodé los ojos. El chico se cruzó de brazos molesto.

–Te lo digo en serio, Alessandro. Louise es insoportable. Yo no tengo la culpa de que mis padres no me hayan educado para trabajar como el sirviente personal de una noble adolescente del medievo.

No sabía muy bien que responder. Pensé durante unos segundos. "Que te hayan forzado a ser un familiar es horrible, especialmente si procedes de otro mundo donde, aparentemente, los humanos no poseen cualidades mágicas". Saito apretó los puños. Parecía estar a punto de llorar.

–¡Llevo aquí una semana y no puedo mas! Desde que llegué, varios golems invocados por un idiota me han dado una paliza, dejándome en coma; una cría insoportable me ha avasallado, tanto física como psicológicamente, en numerosas ocasiones por no 'conocer mi lugar'; una salamandra de fuego gigante me ha llevado a rastras a la suite de una pelirroja tetona en mitad de la noche; he montado a caballo durante seis horas el mismo día… ¡Odio este maldito mundo con todo mi corazón!

Acabó gritando lleno de rabia. Abrí los ojos como platos. Sentí lástima por él. Saito giró la cabeza, conteniendo las lágrimas. Empezó a temblar.

–Y-Yo sólo quiero volver a casa…

Lo miré mientras pensaba como abordar la situación. "Jamás he sabido cómo actuar en situaciones así. Piensa, Alessandro…" El chico empezó a sollozar. Alcé la mano derecha angustiado. "Gandálfr, uno de los familiares legendarios, no debería llorar por algo tan…" En ese instante, mi cerebro comprendió una verdad que llevaba negando desde que Louise lo convocó. "No, él no es un héroe de leyenda ni una máquina de guerra, sino un ser vivo. Un adolescente humano, para mas inri". Tomé una decisión y me acerqué a donde se encontraba. Le coloqué una mano en el hombro, provocando que detuviera su llanto.

–Saito, sé que apenas nos conocemos. Pero si puedo hacer que el resto de tu existencia en este mundo sea mas llevadera, aquí me tienes. Nunca he sido la persona mas sociable ni que mejor escucha del planeta. Sin embargo, tal vez pueda ayudarte a comprender un poco más a los nobles y el protocolo.

Saito alzó la cabeza completamente asombrado. Sus ojos azules, con lágrimas en las cuencas, se encontraron con los míos. Le sonreí lo mejor que pude. El chico se pasó el antebrazo por el rostro.

–¿D-De verdad harías algo así por mi?

Dejé de lado todo lo referente a mi relación con Vittorio y las intenciones que tenía inicialmente con respecto a este chico y su maestra. "Creo que he ido demasiado lejos. No hay vuelta atrás. Espero que, por hacer amistades de verdad, la vida no me juegue una mala pasada". Asentí.

–Por supuesto. Al fin y al cabo, tú mismo dijiste que no somos tan diferentes.

Saito me regaló una sonrisa llena de gratitud.

–Alessandro… Gracias. Me alegra saber que puedo contar con alguien en este lugar.

Aprovechando un silencio momentáneo, recordé entonces que nos encontramos en mitad del pasillo del dormitorio de los alumnos de segundo año. Entrecerré los ojos. "Espero que nadie nos haya escuchado, especialmente a él". Le indiqué las escaleras de bajada con el pulgar.

–¿Te apetece que demos una vuelta por el patio mientras charlamos y así tomas un poco el aire? Conozco a Louise tan bien como tú, pero no convivir con ella bajo el mismo techo se agradece.

Saito, mucho mas animado, se rió.

–¡Vamos!

Recorrimos los diferentes patios repartidos por los terrenos de la academia durante un buen rato. Inicialmente, charlamos sobre varios asuntos. Me explicó, tras recordarlo, en que consiste una videoconsola. Me costó creerle y no comprendí demasiado el funcionamiento de tal invento, pero suena divertido. "Si tengo la oportunidad de probarla alguna vez, no dudaré en hacerlo". A cambio de lo que yo les conté el Día de Nada sobre mi pasado, él se sintió lo suficientemente cómodo para hablarme del suyo. Al parecer, y como ya me indicara, era estudiante en un lugar llamado 'instituto'. Cursó allí un par de años para, finalmente, dejarlo en busca de trabajo, pese a la insistencia de sus padres. Su grupo de amigos, aunque pequeño, estaba muy unido. "Que hable tan emocionado de ellos me dio algo de envidia, no lo niego. Nunca he necesitado muchas personas a mi alrededor, pero tengo la espina clavada de sentir que pertenezco a algún lugar con gente que me quiera. Aprecio o he apreciado muchísimo a Vittorio, Giulio, Donatello y Francesca, pero ni siquiera se conocían todos entre si ni llegaron a hacerlo nunca". Terminamos por sentarnos en un banco a la sombra. Una pregunta surgió en mi mente, en parte por hacer un intento de empatizar aún mas con el chico.

–Di, Saito, ¿Alguna vez has tenido pareja?

El familiar negó con la cabeza mientras hacia una mueca con la boca.

–Nunca. Me han gustado un par de chicas, pero jamás di el paso. En mi país, salir con alguien de tu escuela no está bien visto. Según los adultos, distrae de las obligaciones y no es algo necesario.

Me sorprendí bastante con su afirmación.

–¿En serio?

Asintió. Pensé un momento qué responder.

–Comprendo las razones. Sin embargo, impedir que dos personas estén juntas o que estas sean criticadas por algo tan banal me parece estúpido.

–¿Verdad? En cambio, lo primero que sucede cuando aparezco en este lugar es que Louise me bese en los labios.

Él se ruborizó mientras desviaba la mirada. Se me escapó una risita tras recordar la Ceremonia de Invocación.

–Cierto.

–¿Y tú, Alessandro?

Antes de responder, una enorme cantidad de imágenes del verano pasado inundaron mi mente. Sin embargo, la que recuerdo con mas intensidad, ya sea por su importancia o la proximidad temporal, se dio en el Baile de Mascaradas que se celebró en la Academia de Magia de Romalia cuando llegó el invierno. Ese baile cargado de sentimientos. "Francesca…" Sin darme cuenta, había estado callado durante el tiempo suficiente como para preocupar a mi acompañante

–¿Alessandro?

Escuché su voz en la distancia y me espabilé. Nos miramos a los ojos sin decir nada durante unos cuantos segundos. Suspiré.

–Si. Yo si he tenido pareja…

–¿De verdad?

Asentí fingiendo una sonrisa. Saito dudaba entre si seguir preguntando sobre el asunto o dejarlo pasar. "Espero no haberlo asustado". Justo cuando iba a hablar de nuevo, alguien se acercó a nuestra posición con un objeto en sus manos, sorprendiéndonos y ayudándome por primera vez desde que la conozco, aunque ella no lo sepa.

–Te estaba buscando, Saito.