La súbita aparición de Kirche nos tomó por sorpresa a ambos. Con su habitual sonrisa en el rostro, portaba en sus manos la espada dorada con la que trató de engatusar a Saito. El chico y yo nos miramos. "Esta mujer nunca se rinde". Rápidamente, el mencionado respondió con una pregunta.

–¿A-A mi?

–Pues claro. Ten.

Le tendió la espada con cuidado. El familiar dudó durante un buen rato. En mi cabeza, la idea de que Louise lo viera regresar con ese objeto no sonaba demasiado bien. Finalmente, ella prácticamente se la colocó en las manos, provocando que este la sujetara.

–Como ya dije, esta espada es un regalo para ti. A mi no me sirve de nada, puesto que ni sé empuñarla ni la quiero para decorar mi habitación.

–¿En serio?

–¿Acaso no confías en mi?

Inquirió dolida. Los ojos de Kirche empezaron a brillar con una intensidad inusitada. Saito y yo nos quedamos embobados. Sin embargo, me espabile antes de caer en la telaraña tejida por la germana. "Tengo la sensación de qué, como no ha ganado en su duelo particular contra Louise, busca deshacerse del objeto que le recuerda a ello". Mi acompañante se levantó y sacó la hoja dorada de la vaina. Sonrió como un niño pequeño.

–¡Es fantástica! ¡Muchas gracias!

–De nada.

De repente, la atención de Kirche se centró en mi. Su sonrisa cambió por un gesto de seriedad. Nuestros ojos se encontraron y yo me puse tenso.

–¿Podemos hablar un momento a solas?

Mi cara debe ser un poema ahora mismo. Tragué saliva. "¿Por qué quiere hablar conmigo de forma tan repentina? Pensé que después de lo sucedido el Día de Nada no volvería a dirigirme la palabra. Interesante. Le seguiré el juego". Asentí tímidamente.

–Saito, ¿Te importaría…?

–No, tranquilo. Gracias por lo de hoy, Alessandro. Lo necesitaba.

Me regaló una sonrisa sincera. Se la devolví aunque con cierto nerviosismo por lo que podría suceder a continuación.

–Nos vemos luego.

Dijo finalmente Saito.

–Hasta otra.

Kirche se despidió con la mano y una sonrisa encantadora. En cuanto el familiar se alejó lo suficiente, la estudiante se sentó a mi lado. Ambos observamos al chico caminar feliz con su juguete nuevo. Yo intentaba evitar el contacto visual.

–Os habéis hecho buenos amigos en muy poco tiempo.

Mencionó ella para romper el hielo. "La palabra amigos tal vez sea demasiado". Respondí con naturalidad.

–Al principio, me costaba creer que procediera de otro mundo. Hace unos días hablamos a solas por primera vez. No somos tan distintos como pensaba. Dos extraños lejos de su hogar.

–Ya veo.

Saito desapareció de nuestro campo visual. Procedí a mirarla a los ojos. Kirche, manteniendo el gesto de seriedad, me imitó. Sorprendentemente, no me sentía tan incómodo como esperaba. "No mires abajo, Alessandro. Por tu honor, no lo hagas".

–¿Por qué ayudas a Vallière?

Me espetó directamente. Dejé de lado cualquier pensamiento sobre su busto y abrí los ojos como platos. Me cogió desprevenido. Ella enarcó las cejas. "Esto va a ser interesante. Vittorio, pondré en práctica tus consejos". Me aclaré la garganta.

–El día del duelo entre Saito y Guiche te respondí que yo elijo a mis amistades. Todavía mantengo…

–Esa contestación estuvo bien delante de ella para hacerla feliz. Pero yo no soy estúpida, romaliano. Hay algo más, ¿Me equivoco?

Su respuesta me dejó congelado, especialmente por el tono inquisitivo empleado. "¿Cómo lo…?" Antes de poder continuar con mi hilo de pensamientos, ella se colocó un dedo en el labio y cerró los ojos.

–¿No te parecería extraño que un estudiante extranjero, del cual nadie sabe nada, se inscriba en tu academia y que, casualmente, se junte con la persona mas solitaria y criticada de la clase? Porque a mi si.

Sentenció, haciendo que nuestras miradas se encuentren de nuevo. Esas malditas gemas color ámbar que tiene por ojos penetraron en mi ser hasta el alma. Estoy completamente a su merced. "Esta chica es muy perspicaz. La he subestimado por sus actitudes pasadas. ¡Piensa, Alessandro! ¡Piensa!" Tartamudeé varias veces sin obtener resultados. Ella ladeó la cabeza, aguardando una respuesta para, seguramente, rebatirla. "¿Cómo sabe que me acerqué inicialmente a Louise por interés? ¿Habrá escuchado mi conversación con Shalquoir aquella tarde previa al Día de Nada?" Kirche sonrió.

–¿Qué sucede? ¿Te ha comido la lengua el gato?

Preguntó empleando un tono irónico. "Hablaré lo justo y necesario. Si, eso haré". Logré centrarme por fin.

–Louise y yo somos muy similares. No me ha costado empatizar con ella.

–No pareces tener problema a la hora de conjurar encantamientos elementales; y asumo que sabes manejar mínimamente la espada. Eso sin contar tus buenas formas. Vallière no poseé cualidad alguna para ser estudiante de esta academia, pero tú si.

Me señaló con el dedo índice de la mano derecha. Su comentario me molestó, puesto que ahora empezaba a intuir sus intenciones. Apreté el puño.

–Kirche, si has venido aquí buscando ponerme en contra de Louise, te aseguro que no lograrás nada.

Respondí seriamente. Para mi sorpresa, ella se limitó a reír. Sin embargo, no ha sido como en otras ocasiones, sino una risa… ¿Sincera? Negó con la mano.

–Tranquilo. Si afirmas ser como ella, jamás podría convencerte de hacer algo que no quieres.

Se hizo el silencio. La germana volvió a mirar al frente, hacia un grupo de estudiantes de tercer curso que paseaba por el patio en ese momento. Entre ellos, pude divisar a dos cogidos de la mano. Una sonrisa se formó en el rostro de Kirche. Su ojo visible se entrecerró.

–¿Te gusta Louise?

Su pregunta casi provoca que me caiga del banco. Me ruboricé enormemente y sujeté con ambas manos el borde del asiento.

–¡Pu-Pues claro que no! Solamente nos llevamos bien porque ambos hemos pasado por eventos similares, especialmente en lo referente a la magia.

Ella me observaba llena de curiosidad.

–¿Ah si? ¿Tú también eras negado para la magia?

Me tranquilicé poco a poco de su pregunta anterior, aunque ese tono juguetón que emplea habitualmente me incomoda. Miré al frente tratando de dar una contestación lo mas sincera posible sin comprender muy bien la razón. "Estoy respondiendo las preguntas de una persona que, por lo que me ha demostrado hasta ahora, podría utilizarlo todo en mi contra. Su personalidad y la mía ni siquiera son compatibles. Sin embargo, admito que esa sorprendente perspicacia me ha dado curiosidad". Suspiré.

–Lo era. De hecho, todavía lo soy.

Respondí francamente. Hice una pausa.

–Me cuesta demasiado aprender hechizos nuevos, especialmente los de nivel superior al mío.

La imagen de Louise pronunciando encantamientos y fracasando me vino a la mente. Una sonrisa se formó en mi rostro, pero no con la intención de reírme de ella, sino todo lo contrario. "Estoy deseoso de verla en acción cuando descubra su verdadero poder". Kirche no había dicho nada desde que me preguntó sobre la magia, así que continué.

–Tal vez por eso confío un poco en las habilidades de Louise. Tal vez algún día logre realizar un hechizo que no termine en una explosión y nos impresione a todos, ¿No te parece?

Inquirí, girando la cabeza en su dirección. Me sorprendí levemente al ver que ella me estaba mirando fijamente con una encantadora sonrisa en el rostro. Abrí la boca como un idiota. Algo en mi interior se agitó.

–Tu fe en la pequeña Vallière es encomiable. Es afortunada al poder contar con alguien como tú de su lado.

Hizo una pausa. Cerró los ojos y continuó.

–Ciertamente, ella ha logrado conjurar a su familiar sin problemas, pese a que este sea un plebeyo indisciplinado. Tal vez tengas razón.

Sentenció. Se incorporó lentamente y me encaró sin perder la sonrisa. Yo me había quedado mudo con sus palabras.

–Eres mucho mas interesante de lo que creía, chico que habla con las espadas. Ya nos veremos.

Se despidió. Acompañó esto último con un guiño lleno de sensualidad. Un ardor inusual recorrió mi cuerpo de arriba abajo. Ella se volteó y empezó a caminar en dirección al dormitorio.

–Ha-Hasta otra…

Susurré, pero Kirche no lo escuchó. Mientras la veía marcharse, suspiré.

–Esta mujer me va a volver loco.

Unos días después, me desperté antes de la hora habitual debido a una pesadilla relacionada con mi pasado. Respiré profundamente varias veces mientras me quitaba el sudor de la frente. "Padre…" Tras una serie de pensamientos sobre mi familia, salí de la cama y me dirigí a abrir la ventana para tomar algo de aire. En cuanto coloqué las manos en el cierre, divisé a una persona que reconocí al instante en el patio. "¿Siesta?" Lo que me llamó la atención, mas que su presencia, era su atuendo y un objeto que portaba en las manos. El primero, mucho mas apropiado para viajar que su habitual vestido de sirvienta, consistía en una blusa, un chaleco marrón y una falda del mismo color. Mi suposición sobre la funcionalidad del atuendo venía dada por una maleta de pequeño tamaño que sujetaba firmemente con ambas manos. "Curioso. ¿Tendrá que asistir a algún evento importante? En la residencia papal, cuando a un sirviente se le casaba un familiar, se le daban varios días de descanso". No le di mucha mas importancia y, una vez entreabierta la ventana, me dispuse a cambiar el pijama por el uniforme.

–"Buenos días, querido".

La adormilada voz de Shalquoir me sorprendió, pero no tanto como otras veces. La gata se estiró en la cama mientras bostezaba.

–Buenos días, Shalquoir.

–"Has madrugado. ¿Todo bien?"

Su capacidad analítica es digna de alabar. Aproveché la oportunidad y le acaricié la barriga un rato. Tengo tiempo de sobra. Ella cerró los ojos.

–He tenido una pesadilla.

–"¿Sobre qué?"

–La muerte de mi padre.

Se hizo el silencio. Shalquoir ronroneó levemente. Pasados un par de minutos, la observé con calma. "Supongo que debo fortalecer mi vínculo con ella todo lo que pueda. Es mi compañera de vida al fin y al cabo". Sonreí y me incorporé.

–Dejaré la puerta arrimada.

–"Se agradece tu comprensión sobre mis necesidades básicas".

Respondió con cierta ironía.

Una vez en el comedor, Louise, que llegó de las últimas, se sentó a mi lado tras un cordial saludo. Busqué a Saito durante unos segundos, pero el chico no aparecía. Mi compañera se percató de lo que estaba haciendo y, sin dirigirme la mirada, cerró los ojos.

–Siento informarte de que no va a venir.

Afirmó con cierta molestia. Temiéndome lo peor, bajé la cabeza.

–¿Qué ha hecho en esta ocasión?

La tristaniana me encaró.

–Cruzar la línea, de nuevo. A ese perro no le pareció suficiente con aparecer en mi habitación llevando en sus manos el maldito 'regalo' de Von Zerbst, que ayer se quejó activamente de que le hiciera lavar mi ropa. ¿¡Quién se cree que es!? Además, ahora también tengo que soportar a esa espada parlanchina.

Su voz se elevaba cada vez mas, haciendo que yo retrocediera en mi asiento, si eso es posible. "No debió aceptar la espada tan a la ligera… No me puedo creer que sea tan insulso como para no saber que cada vez que Kirche se le acerca, tiene que salir corriendo por su salud, física y mental". Me aclaré la garganta.

–¿L-Lo vas a dejar sin comida otra vez?

Ella negó.

–No, eso no funcionaría. Al parecer, alguien…

Me dio a entender mientras me penetraba con la mirada. Un escalofrío recorrió mi espalda.

–Contribuyó a que ese castigo no surtiera el efecto deseado la última vez.

–¡Yo no tuve nada que ver con eso!

Me defendí de su evidente acusación. Y era cierto. Fue Siesta la encargada de alimentarlo aquella noche. Tal vez mi presencia en el patio le haya hecho pensar de forma errónea. Pese a todo, si que lo habría ayudado si Shalquoir hubiera dejado algo de la cena. Louise se tranquilizó un poco.

–A partir de ahora, permanecerá junto al resto de familiares en el patio mientras asisto a clase. Al fin y al cabo, en el aula se queda dormido, no atiende, mira debajo de las faldas de las chicas…

Enumeró ella. Lo último me hizo desviar la mirada. "Saito…" Finalmente, suspiré y aguardé a que llegaran los salmos.

–Por una vez estoy contigo, Louise.

Susurré. La tristaniana, aparentemente, no me escuchó. Tras agradecer la comida al Fundador disfrutamos del manjar. En una ocasión, ella se detuvo y miró fijamente el plato. Sus manos temblaban levemente. Iba a hablar, pero una mirada de tristeza me interrumpió. La chiquilla bajó la cabeza.

–¿Sabes una cosa? En días como hoy, desearía que Saito fuese tu familiar y no el mío. Vosotros dos os entendéis muy bien, salvando las diferencias obvias, claro.

Su comentario me dejó de piedra. Comprendí al instante que debe ser algo que lleva pensando desde hace tiempo dado el tono empleado. Las runas de Gandálfr aparecieron en mi mente. "Si ella conociera la verdad…" Entonces, la imagen de cierta gata sustituyó a la del otro familiar. Desvié la mirada. "Dudo bastante que Shalquoir soportara a Louise una cuarta parte de lo que lo lleva haciendo Saito. De hecho, en el momento que ella empleara ese tono de niña mimada, mi familiar le espetaría una de sus contestaciones, dejándola sóla y sin darle la oportunidad de responder, como ya ha hecho conmigo en un par de ocasiones". Tras un largo silencio, sonreí y me dirigí a ella.

–El día del duelo entre Saito y Guiche mantuvimos una conversación similar, ¿Recuerdas?

Louise me miró y abrió un poco la boca, sorprendida por mis palabras. Asintió.

–Por aquel entonces, te dije que tu familiar era tu familiar porque así lo ha dictado el destino. Todavía mantengo esa postura, Louise. Además, puede que seas la primera persona en siglos que ha convocado un familiar humano. Eso te hace especial, ¿No crees?

Finalicé sin perder la sonrisa, mucho mas empática en esta ocasión pese a estar mintiendo descaradamente. La tristaniana asimiló mis palabras. Tras unos segundos, sonrió aliviada.

–Si, si lo creo. Gracias, Alessandro.

–No tiene importancia.

El día se sucedió sin altercados. Las clases se han vuelto mas interesantes esta semana y pronto empezaremos a dar, al menos en teoría, materia sobre hechizos lineales. Mientras aguardo a que llegue la hora de la cena, estoy leyendo un libro sobre Tristain que solicité en la biblioteca. Shalquoir entra en mi campo visual en ese instante. Parece estar buscando donde ponerse cómoda. Recuerdo entonces que el profesor Colbert, el cual me ha dicho en privado que por ahora no ha encontrado nada sobre lo que le comenté, nos ha informado hoy de que en dos semanas tendrá lugar un acontecimiento conocido como el 'Día del Familiar'. Este evento, que al parecer siempre ocurre en la tercera semana de Feoh, consiste en que ese día no habrá clase. En su lugar, tendrá lugar un examen para los familiares convocados por los alumnos de segundo año de la Academia de Magia de Tristain. Al espectáculo asistirán la reina Henrietta, su séquito y algunos nobles de alta cuna. Entre ellos y los profesores, se decidirá que familiar es el mas destacable, otorgándole un premio monetario a su amo. "Personalmente no me interesa demasiado. No soy una persona derrochadora y tampoco me apetece tener que practicar un número de circo junto a mi familiar para complacer a los demás. Supongo que, si Shalquoir da un discurso correcto, aprobaré". Observé a la gata, implicada tanto o mas que yo en todo esto. "Siempre está diciendo que somos iguales. Debería preguntarle". Cerré el libro y lo coloqué sobre el escritorio.

–Shalquoir, tengo que comentarte una cosa.

–"Adelante".

Le informé por encima de qué va el asunto. Ella no dijo nada. Sólo aguardó a que terminara de hablar. Una vez finalizado mi discurso, cerró los ojos y agachó la cabeza de nuevo.

–"Creía que eras un poco mas competitivo, querido".

Respondió con sorna. Me sorprendí levemente. "Buen punto".

–Y lo soy, pero cuando yo mismo participo en el evento. Aquí eres tú la que decide.

Una risita sonó en mi cabeza.

–"¿Acaso está el maestro dándole la oportunidad de decidir sobre ambos a su familiar?"

–No lo hagas mas difícil, por favor.

Rogué. La gata abrió los ojos y sus perlas azules se clavaron en mi.

–"No te preocupes, Alessandro. Ya me aseguraré yo demostrar de lo que soy capaz. Hasta tú quedarás impresionado con mi retórica".

Su contestación me generó mas preguntas que respuestas. Alcé una ceja.

–Temo lo que puedas hacer. Sólo te pido que no me dejes en mal lugar.

–"¿Cuándo he hecho yo eso desde que nos conocemos?"

–Continuamente…

Shalquoir rió de nuevo.

–"Tranquilo, querido. Sé muy bien como tratar con la nobleza".

Di por finalizada la conversación. Suspiré profundamente. "Hasta ahora, sus habilidades consisten en poseer inteligencia humana y hablar a través de la telepatía. A mi me parecen asombrosas, pero tal vez eso no sea suficiente para impresionar a la corte real". Me senté a su lado y la acaricié. Entonces, alguien petó en la puerta.

–"¿Has invitado a alguien a nuestro hogar sin avisarme?"

–Pues… No.

Respondí atónito. Me incorporé, dirigí al destino y abrí.

–Alessandro, necesito tu ayuda.

–¿Saito?

El chico, que empezó a hablar nada mas verme, tenía un gesto de preocupación en el rostro. Su voz sonaba llena de angustia.

–¿Puedo pasar?

–S-Si, claro.

Me aparté de su trayectoria y el entró con decisión. Yo no comprendía nada de lo que estaba sucediendo. Shalquoir se enroscó en la cama haciéndose la dormida. Una vez cerré la puerta, el familiar me miró a los ojos.

–Siesta se ha ido.

Su afirmación me sorprendió aun más. Enarqué las cejas. Recordé entonces que esta mañana la había visto en el patio con ropa de viaje y una maleta en las manos.

–Hoy, temprano por la mañana, la vi con un atuendo extraño en el patio. Observaba con detenimiento la torre dormitorio.

–El chef Marteau me ha contado que un tal conde Mott se la ha llevado y ahora trabaja para él. Louise me ha dicho que ese tipo es uno de los mecenas de la academia. Suele ir y venir continuamente para hablar con el director de diferentes asuntos.

Asentí. "Comprendo su pérdida, pero así funciona nuestra sociedad". Me senté en una de las sillas junto a la mesa.

–Entiendo. Es una lástima. Siesta es joven y diligente. La echaremos de menos por aquí.

Saito, bastante atribulado, se acercó a mi.

–Quiero ir a hablar con ese tipo.

Su propuesta provocó que casi me cayera de la silla. Abrí los brazos tratando de expresarme mejor.

–Saito…

–Alessandro, Siesta se ha portado muy bien conmigo desde que nos conocimos el día del duelo con Guiche. Si se hubiera ido por voluntad propia, jamás la seguiría. Pero el chef me ha dicho que así funcionan las cosas por aquí. Un noble escoge a un sirviente como pago y la academia se lo entrega. No es justo.

Me crucé de brazos, impaciente.

–Saito, escucha…

–Además, Louise me ha contado que ese tal Mott no le cae bien al resto de nobles locales. Se sabe que le gustan las jovencitas. No puedo tolerar que trate de hacerla su amante en contra de su voluntad.

Finalizó atropelladamente mientras gesticulaba. Sentía la angustia en su voz. Pensé durante unos segundos cómo afrontar esto. Suspiré profundamente.

–Escúchame, por favor.

Le indiqué que tomara asiento y el obedeció, especialmente por el tono empleado. Lo miré a los ojos.

–En primer lugar, tú no conoces personalmente a ese hombre. Estás acusando sin pruebas, basándote en las suposiciones que Louise, u otra gente, han hecho sobre él, a un noble. Noble que, para mas inri, es benefactor de la academia.

Hice una pausa. Saito asintió, desviando la mirada por el camino. "No parece muy convencido". Continué.

–En segundo lugar, lo que propones es una locura por diferentes motivos. Intuyo en que cosiste tu plan, así que antes de tomar una decisión, te explicaré algunos: ese hombre es un noble. Tú un plebeyo. Si se fija en las runas grabadas en tu mano y entiende un poco del asunto, asumirá que eres un familiar y podría considerarte poco mas que un perro callejero. Aquí entro yo, un joven noble estudiante de la academia. ¿Qué asuntos podría querer tratar con ese conde? Añade a la mezcla que soy extranjero y no lo conozco de nada.

Puntualicé, expresándome lo mejor que pude. Cuando mencioné la palabra noble en referencia a mi mismo, algo en mi interior provocó un dolor punzante. "Por fortuna, legalmente todavía lo soy". Saito agachó la cabeza, derrotado. Apretó los puños y cerró los ojos. Sentí lástima por él. "Lo siento, Gandálfr, pero poco puedo hacer en este asunto". Entonces, el chico me miró a los ojos.

–Tú conoces a Siesta. Sabes que es una chica genial.

–Cierto. Pero no es motivo suficiente como para solicitar una audiencia personal con un conde.

Sentencié. Él se dio por vencido debido a mi insistencia. Aguardé a que tomara una decisión cabal. Mientras tanto, sopesé, por mero placer, cómo convencería con un noble al que no conozco para que devolviera a la academia a una joven sirvienta con la que apenas tengo relación. "¿Qué pediría a cambio? ¿Dinero? ¿Otra sirvienta? Necesitaría tiempo para idear un buen plan". Di por finalizada mi línea de pensamiento. Saito se levantó de la silla en ese momento con un gesto de decisión en el rostro.

–Iré por mi cuenta.

–¿¡Qué!?

Abrí los ojos como platos. Él caminó en dirección a la puerta sin dirigirme la mirada.

–Agradezco tu opinión, Alessandro. Sin embargo, Siesta es de las pocas personas que me ven como a un ser humano. No puedo dejarla en la estacada.

Me incorporé y lo detuve colocando una mano en su hombro.

–No dejaré que cometas tal estupidez.

Dije seriamente. "Te ayudé en el duelo con Guiche. Encontramos juntos a Derfflinger, tu arma predilecta. Si crees que voy a permitir que pierdas la vida por intentar salvar a una sirvienta, estás muy equivocado, Gandálfr. Esto no sólo te afecta a ti, sino también a tu maestra y mi propio honor". Dejé de lado mi incipiente amistad con él, poniendo por encima su condición de familiar legendario. Saito se zafó del agarre.

–Lo siento, pero la decisión ya está tomada. Al fin y al cabo, no tengo nada que perder. Cada día que pasa, la posibilidad de regresar a mi mundo me parece mas irreal. No me echaré atrás únicamente por vuestro maldito protocolo.

–¡Esto no tiene que ver con el protocolo! Es tu vida lo que está en juego, Saito. Tienes mucho que perder.

Repliqué alterado. El chico dudó dada mi insistencia. "Desconozco si las runas le han dado un coraje inusitado… O si ya era así de idiota en su mundo, pero cuando se trata de nobles, hay que ir con pies de plomo". Saito seguía de pie, mirándome a los ojos. Una sensación de inquietud me sobrecogió. "Llegado este punto, creo que sólo me quedan tres opciones: dejarlo ir, manteniéndome al margen pero con una carga de conciencia enorme si le sucede algo malo; impedirle ir, noqueándolo aquí mismo y llevarlo de vuelta a la habitación de Louise; o acompañarlo, aprovechando mi condición de noble y estudiante de la academia para obtener una audiencia con el conde Mott".

Montados sobre el mismo equino al amparo de la noche, nos dirigíamos al galope en dirección a la residencia del conde Mott, situada a una media hora de camino hacia el interior. Saito se sujetaba con fuerza a mi estómago. "Maldita sea mi capacidad para tomar decisiones. Ni siquiera he trazado un plan. Vamos directos a la boca del lobo". El caballo que tomamos prestado de los establos de la academia se trata del mismo que escogí el último Día de Nada. "Joven e impetuoso, perfecto para una escapada ilegal". Cuándo tomé la decisión de acompañar a Saito, bajamos de los dormitorios con cuidado. Aprovechamos que la mayoría de alumnos se encontrarían en sus cuartos aguardando la hora de cenar. Nos preocupaba especialmente Louise. Recé todo el camino hasta los establos para no escuchar su voz. Dio resultado. Con lo que no contábamos, sin embargo, era la presencia de Guiche y una de sus 'amigas' en la fuente de la planta baja del dormitorio.

Cuando llegamos a la planta baja, escuchamos, al menos, a dos personas hablando. Ninguna resultó ser Louise. Suspiré aliviado. Las prisas me impidieran pensar con claridad, así que no tuve en cuenta que ni Saito ni yo sabemos dónde está situada la residencia del conde Mott. "Maldita sea". Nos aproximamos con cuidado y vimos, en primer lugar, a Guiche. Se me ocurrió algo. "Tal vez él conozca al conde. Al fin y al cabo, es tristaniano". A la otra persona, una joven rubia cuyo pelo consiste en largos tirabuzones, tardé algo mas en reconocerla. "No logro recordar su nombre…"

–¿Acaso crees que esto arreglará el hecho de que me fueras infiel con aquella chica?

–¡Pues claro que no, Montmorency! Me sorprende que creyeras a ese familiar tan grosero.

–Disculpad la interrupción.

Alcé la mano derecha. Los dos alumnos se sobresaltaron. Nos miraron sorprendidos. En cuanto Guiche se aseguró de que eramos nosotros dos, se levantó de repente con su varita-rosa en la mano.

–¡Vosotros! ¿¡Qué queréis ahora!? ¿No fue suficiente con destrozar la vida amorosa de…?

Saito dio un pasó al frente y lo miró muy serio. El noble detuvo su ataque verbal.

–Queremos preguntarte una cosa, nada mas.

Aseguró el familiar. Guiche se sorprendió. Decidí ir directo al grano.

–¿Dónde se encuentran las tierras del conde Mott?

El estudiante enarcó las cejas.

–¿Por qué queréis saber algo así tan repentinamente?

–Eso no es asunto tuyo. ¿Lo sabes o no?

Inquirió Saito de manera exigente. Guiche abrió los ojos como platos debido a las forma de expresarse de mi compañero. Suspiré. "Comprendo que tengamos prisa, pero respétalo un poco mas". El tristaniano se aclaró la garganta.

Así llegamos a la situación actual. No tardamos demasiado en otear el palacio-mansión del conde en lontananza. Logré trazar un plan con el que no estoy del todo conforme, pero que debería funcionar. Nos expone lo mínimo a ambos. No nos conviene que ese noble descubra nuestra verdadera identidad, especialmente la mía. Le ordené al caballo que dejara de galopar para pasar al trote. Saito se separó un poco de mi.

–¿Hemos llegado?

–Saito, a partir de ahora harás lo que yo te diga, ¿Entendido?

Utilicé un tono imperativo poco propio en mi, pero la situación lo requiere. El familiar demoró unos segundos en responder.

–Si.

–Bien. Dejarás que yo hable en todo momento. Tú sígueme el juego.

Saito emitió un quejido.

–¿¡E-Ese es tu plan!?

–¿Qué esperabas? No he tenido tiempo de pensar en algo mejor.

Le rebatí. Nos aproximamos a la entrada de la propiedad. El edificio, una impresionante mansión de cuatro plantas, con una cúpula en su centro, rezumaba opulencia. "Seguramente haya sido construida en las últimas décadas". El frontón, visible hasta en la mas oscura de las noches gracias a la luz de las diferentes estancias de la construcción, tenía varias escenas grabadas. Los jardines delanteros ocupaban un espacio considerable del terreno y estaban rodeados por un muro de mas o menos tres metros de alto, con un fuente en su centro. Dos hombres armados con alabardas hacían guardia junto a la entrada, adornada esta con esculturas de dragones a cada lado de la misma. En cuanto nos localizaron, uno de ellos alzó la mano derecha.

–¡Alto!

Detuve el caballo a escasos metros del guardia.

–Buenas noches, soldado.

Saludé aparentemente calmado. "No dejes que el nerviosismo se apodere de ti, Alessandro. Vittorio debe estar orgulloso". El tipo se aproximó con cuidado. Nos observó de arriba abajo antes de continuar.

–¿Puedo preguntar quiénes son ustedes y qué buscan aquí?

Su tono, de respeto absoluto, se deberá a mi uniforme y que venimos sobre un caballo. Sin perder la postura orgullosa, me aclaré la garganta tras arrepentirme previamente por lo que estoy a punto de decir.

–Mi nombre es Vincenzo Fontana de Cittadella. Mi escudero y amigo aquí presente, Augusto de Cittadella, solicita una audiencia con el Conde Mott, señor de estas tierras.