El guardia hizo un gesto de desaprobación. "Maldigo el nombre por el que me va a conocer esta gente, pero no me queda otra. Si le doy el mío y descubren que soy un noble adoptado se acabó. Es mas, si mintiera utilizando el apellido de mi antigua familia junto a mi nombre podrían ejecutarme. Que ironía…" Me centré en el plan. "Actuaré como si de Vincenzo se tratara y buscaré obtener un acuerdo asequible para recuperar a Siesta". Finalmente, el hombre le lanzó una mirada a su compañero. Este negó con la cabeza y regreso a una postura mas relajada. El primero me miró a los ojos.

–Muy bien. Al tratarse de estudiantes de la academia, pueden pasar. Sin embargo, sus armas o catalizadores les serán retirados en cuanto bajen del caballo.

–Comprensible. Guíanos, guardia.

Ordené al caballo que siguiera al hombre. Saito acercó su cuerpo al mío en cuanto dejamos atrás la entrada del muro.

–Oye, Alessandro…

–Guarda silencio, Saito.

Le ordené. Él obedeció, aunque seguramente no esperara una contestación así.

Dejamos al caballo en el establo. Una vez bajamos de este, el guardia nos exigió entregar las armas inmediatamente. Cooperé sin problema. Saito iba desarmado, así que lo registraron bien por seguridad, ya que les extrañaba que no portara ni una mísera daga. Les expliqué que la audiencia con el conde nos apremia, por lo que salimos al galope de la academia. Añadí que, debido a eso, el chico va vestido de manera extraña y no con su armadura habitual. Ellos parecieron creerse la mentira, aunque no sonaba demasiado convincente. Caminamos en silencio acompañados por otros dos guardias a través de los pasillos de la mansión. "Habrán informado al conde de nuestros nombres y posición. Ha llegado la hora de utilizar mi maravillosa plática". Saito contemplaba asombrado la riqueza del lugar. Esculturas, alfombras de gran calidad, escaleras de mármol… "Es cierto que la academia ha sido adaptada a las necesidades de los estudiantes, pero esto es otro nivel". Nos detuvimos ante una puerta de madera decorada con el emblema de un dragón exhalando fuego.

–El conde les está esperando al otro lado. No intenten nada raro o lo lamentarán.

–No se preocupe.

Le aseguré. Él otro guardia llamó a la puerta.

–¡Adelante!

Se escuchó decir a una voz masculina a través de la madera. El soldado abrió la puerta y se colocó en paralelo a su compañero, con la alabarda alzada, junto a al acceso. Caminé con decisión. Respiré profundamente. "Allá vamos". Lo primero que entró en mi campo visual fue una mesa redonda con una silla en cada uno de los puntos cardinales. El conde Mott, situado en el lado contrario a la entrada, estaba sentado con los codos apoyados en la madera. Cabello castaño ondulado, ojos claros, un fino bigote entre la nariz y la boca, facciones duras… Sus vestiduras son de gran calidad, con una capa roja ocultando los hombros y parte de las mangas. Una gorguera en el cuello denotaba que, efectivamente, se trata de alguien importante. Su catalizador, un bastón de madera de medio tamaño, estaba apoyado en la silla. Su gesto, serio, se tornó en uno de curiosidad en cuanto nos contempló a ambos, especialmente a Saito. "Tengo un mal presentimiento". La estancia, un despacho dado su tamaño y mobiliario, se encuentra iluminada por una lámpara de araña dorada. Librerías llenas de todo tipo de manuscritos ocupaban la pared junto a la puerta. Un escritorio con varios papeles sobre el se situaba frente a las ventanas, con una silla de tal manufactura como pocas he visto en mi vida.

–Bienvenidos a mi morada, jóvenes.

–Buenas noches, señor.

Hice una leve reverencia. Saito me imitó torpemente.

–Tomen asiento, por favor.

Nos indicó educadamente. Yo asentí y me sitúe frente a él. Le hice un gesto al familiar con la mano para que se quedara tras de mi. Esto sorprendió al conde, que alzó una ceja.

–Los guardias me han informado de su repentina visita. Al parecer, quieren hablar conmigo sobre un asunto urgente. Adelante pues. Hablen.

Me acomodé en el asiento.

–En primer lugar, permitid que nos presente a ambos: mi nombre es Vincenzo Fontana de Cittadella. Él es Agostino de Cittadella, mi escudero y amigo. El placer es nuestro, conde Mott.

Señalé con la mano a Saito en cuanto lo nombre. Este asintió atropelladamente. El conde entreabrió la boca y sus ojos se llenaron de curiosidad. "Conozco ese tipo de miradas porque Vittorio siempre decía que yo paso la mitad del tiempo con una similar". Continué.

–Verá, como es tarde y queremos importunar lo mínimo, iré directo al grano. Hace poco, visitasteis la Academia de Magia de Tristain por motivos que no son de mi incumbencia. Sin embargo, hoy llegó a mis oídos que una de las sirvientas del lugar, llamada Siesta, ha empezado a trabajar para vos, ¿Es eso cierto?

El noble se recostó en su silla y sonrió.

–Así es. Me fijé en ella la última vez que estuve allí. Le pregunté al director por la joven y me contó que llevaba un par de años trabajando para la academia. Supuse que le vendría bien un cambio de aires. Además, la edad media de mis sirvientes es alta. Conviene tener personal joven para ciertas tareas, ¿No cree?

Asentí.

–Lo creo. Pero me temo que a mi compañero aquí presente no le ha agradado demasiado la decisión. Permitid que os explique.

Hice una pausa para intentar leer el lenguaje corporal del hombre frente a mi. Lo primero que me llamó la atención es esa curiosidad incipiente nada mas escuchar nuestros nombres. "Romalianos, por supuesto". En segundo lugar, no ha dejado de desviar la mirada hacia Saito en todo momento. "¿Sospechará algo?" Mott asintió.

–Adelante.

–Agostino es hijo de uno de los vasallos mas importantes de mi familia. Su padre lo envió a trabajar para nosotros hace un par de años. Pese a su… Complicado, en ocasiones, carácter, nos ha servido bien. Aprendió a manejar la espada y mi… Ma-Madre…

Dije titubeando, pero me recompuse.

–Le ordenó que me acompañara en mis viajes, sirviéndome como escudero. Aprecio su amistad como pocas cosas en el mundo y me duele verlo sufrir.

–Id al grano, joven.

–S-Si, disculpe. Él y Siesta se conocieron meses atrás. Con el tiempo, trabaron una relación de amistad pese a la diferencia de clases. Agostino aborrece la pomposidad y gusta de lo simple, como podéis comprobar por sus ropas… Propias del sur de Romalia. En cuanto se enteró del destino de la sirvienta, me informó de lo sucedido y solicitó mi ayuda.

Se hizo el silencio momentáneamente. "Creo que no podría haberlo hecho mejor. He puesto en práctica todo lo que Vittorio me ha enseñado. Sin embargo, este hombre será un duro oponente. Me pregunto cuantas de las mentiras que he contado tomará como ciertas. Además, mencionar a mi madre… Mala idea, Alessandro". Su imagen, con ese gesto de desprecio que siempre utilizaba conmigo, apareció en mi mente. El dolor inundó mi corazón. El conde asimiló con calma toda mi explicación antes de tomar una decisión. Su sonrisa apareció de nuevo.

–Hasta ahora sólo habéis hablado vos, joven Vincenzo. ¿Acaso vuestro amigo es mudo?

El cambio de tema me perturbó. Negué con la cabeza.

–N-No, pero…

–Entonces que sea él mismo quien me explique la situación. Vuestro tono denota que apreciáis a este chico, pero no demasiado a la sirvienta. Creo que, si de verdad le afecta tanto el asunto, es justo permitirle expresarse, ¿No os parece?

Sus preguntas buscaban ponerme a prueba. Vittorio siempre hacía algo similar, pese a conocer la respuesta previamente la mayor parte de las veces. Saito me miró aterrorizado. Le hice un gesto con la mano.

–Tenéis razón. Adelante, Agostino. Habla.

Me recosté en el asiento. Había empezado a sudar desde que la imagen de mi madre apareció en mi cabeza. Por fortuna, la capa del uniforme me tapaba los sobacos y la camisa es de color blanco. El familiar dio un paso al frente. El conde lo observaba con curiosidad.

–Y-Yo… Como ha dicho mi señor, mi relación de amistad con Siesta es de lo poco que agradezco a la academia. Procedo de la baja nobleza, por lo que el resto de estudiantes me miran por encima del hombro continuamente. Siempre me ha costado tratar con otros nobles, pero la gente del pueblo y los sirvientes suelen apreciarme.

Detuvo su discurso, el cual, para ser improvisado, no ha estado mal. "Algo ha aprendido desde su llegada". Respiré disimuladamente. El conde, que ladeara la cabeza nada mas Saito titubeara al empezar a hablar, colocó los codos de nuevo en la mesa.

–Ya veo. Y dime, joven Agostino, ¿De qué parte de Romalia procedes?

–¿Eh?

El chico dudó. Mott continuó.

–No seas tímido. Nunca he conocido a un noble que tratara a los sirvientes como iguales. Es como si… Como si tú fueras uno de ellos.

Mencionó mirándolo directamente a los ojos mientras sonreía de oreja a oreja. Yo abrí los míos como platos. "No puede ser… ¿Cuándo lo…?" De repente, el conde negó con la mano y se rió levemente.

–Estoy bromeando, jóvenes.

Recuperó su tono habitual.

–Sin embargo, espero que comprendan que me cuesta creerles. Primero, se presentan en mi mansión a la hora de la cena sin previo aviso. Luego, afirman conocer a una de mis sirvientas mencionando únicamente su nombre. Por último, Agostino, tanto tu acento como tus vestiduras no parecen propios de Romalia. Joven Vincenzo, habláis muy bien y no dudo de vos, pero vuestro compañero resulta increíblemente sospechoso, ¿No os parece?

Cada vez que me llama por el nombre de mi hermano, siento como si apretaran mas la soga que yo mismo coloqué en mi cuello en cuanto tracé este plan. "¡Maldita sea! Las cosas van de mal en peor. El conde nos ha calado desde que empecé a hablar. ¿Qué hacemos ahora?" Una luz brilló en ese instante en mi cabeza. Me aclaré la garganta.

–No puedo rebatir sus sospechas sobre mi amigo, pero le prometo que es de fiar. Me ha ayudado mas que ninguna otra persona desde que trabaja para nosotros. En cuanto al asunto de la sirvienta, Siesta tiene el cabello corto, negro como el carbón. Es de mediana estatura y sus ojos, azules como el cielo en un día de verano, brillan con luz propia.

Mott se sorprendió con mi descripción algo exagerada de la sirvienta, pero terminó asintiendo con una sonrisa de complacencia en el rostro.

–Yo no podría haberla descrito mejor. Muy bien, veamos si Siesta los reconoce. ¡Guardia!

Llamó a uno de los hombres apostados en la puerta. Este entró casi al instante, listo para cumplir cualquier orden que le diera el conde.

–¿Señor?

–Trae aquí a Siesta, la nueva sirvienta. Inmediatamente.

–¡Si señor!

Respondió, colocando el puño izquierdo en el pecho. Salió y cerró la puerta tras de si. El conde recuperó la sonrisa y se levantó de la silla por primera vez en toda la conversación. Me sorprendió su reacción. Se dirigió en silencio a una de las estanterías situadas a su derecha. Saito me colocó una mano en el hombro aprovechando el momento. Suspiré aliviado. Él tenía un gesto de angustia en el rostro.

–Joven Vincenzo, ¿Vino?

Me ofreció sacando dos copas junto a una botella de vino. Tardé lo mío en responder.

–M-Me temo que debo rechazar la oferta. Tengo el estómago vacío y no me sentaría bien.

–Una pena.

Respondió fingiendo tristeza. Dejó mi copa junto a otras similares. "¿Por qué sólo me ha ofrecido a mi?" Recapitulé lo sucedido hasta este punto. "Definitivamente sospecha de Saito. A partir de ahora, debo tratar el asunto con mas cuidado que nunca y evitar que este vuelva a abrir la boca". El conde se sentó de nuevo.

–'Richebourg'. Se cultiva en la frontera con Gallia y es el mejor del país. Evidentemente, jamás tendrá ese toque romaliano que poseen sus vinos. Nadie puede competir contra algo así, ¿Me equivoco?

–No lo hace, señor. Los vinos de Toscana son incomparables.

Respondí fingiendo una sonrisa llena de soberbia. Entonces, caí en la cuenta de algo mientras el conde se servía una copa. Mi cara debe ser un poema ahora mismo. "¿¡Cómo no he pensado en esto antes!? ¡Siesta conoce nuestras verdaderas identidades! Si llama a Saito por su nombre se acabó. ¡Piensa, Alessandro!" Apoyé una mano en la frente por inercia. El conde bebió un sorbo y se percató de mi cambio de humor.

–¿Todo bien? Estáis sudando mucho. ¿Seguro que no os apetece un trago?

–N-No os preocupéis. Estoy perfectamente.

Le aseguré. Todo lo seguro que puedo estar. Él aceptó mi respuesta. Alguien llamo a la puerta tras casi un minuto donde reinó el silencio.

–¡Hágala pasar!

Ordenó el conde. La puerta se abrió y la sirvienta entró en la estancia. Todos los presentes dirigimos la mirada hacia ella. Saito sonrió como un idiota. Un sentimiento de alivio recorrió mi cuerpo. La chica, vestida con un traje ciertamente revelador, nada que ver con su atuendo de sirvienta habitual, dejó el protocolo a un lado y caminó hasta nosotros con presteza. Una sonrisa se formó en su rostro.

–¡Saito!

–¡Siesta!

Se saludaron. Unas ganas crecientes de que atravesaran mi estómago con una espada aparecieron en cuanto la chica llamó al familiar por su verdadero nombre. "Por fortuna no ha mencionado el mío. Si, es cierto que el conde sospecha de Saito. Pero esto me da una oportunidad para intentar solucionar el problema". Agarré con fuerza los brazos de la silla.

–¿Saito? ¿Quién es Saito?

Inquirió el hombre. Yo me volteé. Sus cejas, enarcadas, me indicaban que podría estar empezando a sospechar demasiado.

–Es el apodo de Agostino. 'Saito' es una palabra que utilizamos al sur de Romalia para referirnos a los jóvenes que no aprenden pese a tropezarse varias veces con la misma piedra. En el caso de mi escudero, y por muy absurdo que suene, le gusta que sus amigos lo llamen así.

Indiqué aparentando una falsa seguridad inusitada. "Llegados a este punto, no debo echarme atrás lo que queda de conversación". El conde entrecerró los ojos y se dirigió a mi. Hizo un gesto con la boca de desaprobación, pero no medio palabra. Tras una pausa en la que Siesta se dio cuenta de su error, pese a que no parecía comprender lo que estaba sucediendo, se situó junto a su nuevo amo. Mott continuó.

–Dime, Siesta ¿De qué conoces a estos jóvenes?

La sirvienta se sorprendió pero juntó ambas manos en postura servicial.

–S-Son estudiantes de la academia.

–¿Los dos?

Siesta dudó. Le lancé una mirada de advertencia para que pensara muy bien lo que iba a responder. Sin embargo, fue Saito el que intercedió por ella.

–No, sólo el señor Vincenzo tiene ese derecho. Yo lo ayudo cuando me lo ordena y lo protejo en caso de que suceda algo.

El conde alzó las cejas. Yo celebré interiormente. "Buena jugada, Saito".

–La devoción que profesas a tu señor te honra, jovencito. Sin embargo, creí haberle preguntado a mi sirvienta, no a ti.

Saito bajó la cabeza.

–L-Lo siento…

–Saito no ha dicho ninguna mentira, mi señor. Él siempre acompaña a su señor allá donde va y lo apoya en todo momento.

Añadió la sirvienta. Empecé a pensar que saldremos de esta. El conde asimiló las palabras de la chiquilla.

–Muy bien. Ahora entiendo verdaderamente la situación. Disculpadme por haber dudado de vos, joven Vincenzo.

–No os preocupéis, señor. Comprendo vuestra actitud. A mi también me parecería sospechoso que dos jóvenes a los que no conozco de nada se presentaran en mi casa a estas horas para hablar sobre una sirvienta.

El conde, mas tranquilo, se recostó en su asiento y observó a Siesta. Dio un largo trago a su copa, que estaba casi vacía.

–Ahora que lo mencionáis, ¿Cuál es el motivo de la disconformidad de vuestro escudero? Todavía no me han informado de este y asumo que por ello solicitaron una audiencia conmigo.

Asentí comprensivamente. "Por fin". Apoyé los codos en la mesa.

–Veréis, me gustaría saber si podríamos hacer algo para que Siesta regresara a la academia. A Agostino…

–Lo lamento, joven, pero ella me pertenece ahora. El director me la entregó como gesto de amistad. Vuestro amigo tendrá que asumir la pérdida y seguir con su vida.

Replicó él completamente serio. Yo sentí su negativa como una estocada. El problema vino a continuación. Mientras pensaba como reconducir la situación, Saito dio un paso al frente.

-¡No hable de ella como si fuera una mercancía!

El familiar elevó la voz y empleó un tono lleno de rabia. Yo lo miré sorprendido mientras apretaba los dientes. "¡No actúes como un idiota precisamente ahora, Saito!" Su cuerpo temblaba de ira. El conde se quedó de piedra. Rápidamente se incorporó, recogiendo su bastón por el camino.

–¿¡Cómo osas tú, un escudero cualquiera, hablarme de esa manera!?

Imité al conde. Me situé entre este y mi compañero. Alcé las manos. Siesta se asustó.

–Di-Disculpad la falta de modales de mi escudero, señor. La chica le importa de verdad…

-¡Esa excusa no le da derecho a hablarme como si fuéramos iguales!

–¡Mi señor, Saito no pretendía faltarle al respeto!

Dijo la sirvienta. El conde la miró y comenzó a tranquilizarse. Saito cometiera el error de sostenerle la mirada. "Debo intervenir". Carraspeé.

–Me aseguraré de darle una lección cuando regresemos a la academia, señor. Pero, por favor, volvamos al ambiente sosegado que ha tenido la conversación hasta ahora.

Le rogué. El hombre dudó, pero terminó asintiendo, relajando su postura. De hecho, observó a Saito durante un momento y sonrió. Una sonrisa que me provocó un escalofrío.

–Tenéis razón, joven Vincenzo.

Entonces, encaró al familiar. Yo los miré a ambos preocupado.

–Dime, chico. ¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para recuperar a Siesta?

Todos nos sorprendimos con su pregunta, especialmente el mencionado. Este no retrocedió.

–Haré lo que sea por sacarla de aquí.

–¿Lo que sea? Bien…

El conde, complacido, sonrió maliciosamente. Se dio la vuelta y se dirigió a una de las ventanas de la estancia, dejándonos a Saito y a mi en el sitio. Siesta nos lanzó una mirada de incomprensión. Yo, aunque aliviado porque el plan parecía funcionar por fin, sentí que las cosas iban a empeorar de un momento a otro. "Su sonrisa no me da buena espina. ¿Qué pretende? Saito ha ido demasiado lejos, primero elevando la voz y luego diciendo una estupidez como esa. ¿Y si el conde le pide que asesine a alguien para él? ¿Y si después de eso lo ejecuta públicamente? La reputación de Louise y la mía quedarían por los suelos. Es mas, si descubre mi verdadera identidad, yo también acabaría en prisión por usurpar la identidad de mi hermano. O peor…" El adulto, tras un largo silencio, empezó a hablar de nuevo.

–Hace cuatro años, me enteré de la existencia de un manuscrito que, según se dice, contiene los secretos del amor.

Empleó un tono mucho mas formal que con Saito. Yo enarqué las cejas. "Nunca he oído hablar de un libro como ese. ¿Se tratará de una leyenda y por ello ordenará a Saito que lo busque a cambio de Siesta? ¿Para así no tener que preocuparse por este asunto nunca mas? No. Parece estar hablando de algo real. Qué extraño…" El conde continuó.

–Se dice también que quien lo lea adquirirá la capacidad de volverse irresistible.

Eso último me sonó a disparate. "¿Irresistible?" Coloqué una mano en la cintura. El hombre nos miró completamente serio.

–Mis fuentes indican que el libro pertenece a los Von Zerbst, una poderosa familia de alta cuna originaria de Germania. Viven en la frontera y han mantenido malas relaciones con los nobles tristanianos desde hace siglos.

En cuanto escuché el apellido de la única mujer germana con la que he tratado en mi vida, sentí un torrente de emociones, positivas y negativas dada la situación, en mi interior. Abrí los ojos y la boca como un imbécil. "¿¡Por qué casi todas las desgracias y momentos incómodos por los que he pasado desde que llegué a este lugar tienen que ver con esa mujer!? ¡Te maldigo, Kirche Von Zerbst!" Me tranquilicé y pude ver que Saito y Siesta también comprendían la situación, aunque no se lo tomaron como yo. Algo hizo click en mi cabeza. "Ahora que lo pienso, un manuscrito que hable de los secretos del amor y sobre cómo ser irresistible es el tipo de lectura que ella disfrutaría. Tal vez esa obra exista y yo me esté poniendo paranoico". El conde miró a Saito a los ojos.

–Tienes dos semanas para tratar de conseguir ese libro, 'Saito'. Me dan igual las artimañas que emplees, si tardas un sólo día mas, Siesta se quedará conmigo hasta que me canse de ella. ¿Lo has entendido?

El chico tragó saliva, pero asintió. Yo di un paso al frente, puesto que me extrañaba que no me incluyera en ese plan tan descabellado. "Él caerá en vuestra telaraña, señor, pero yo no soy tan descerebrado".

–¿Por qué lo enviáis sólo a él, señor? Os recuerdo que es mi escudero de quién estamos hablando. Además, ¿No os convendría que fuéramos ambos y tratar de obtener ese manuscrito de la forma mas… ética posible?

Puntualicé, buscando obtener mas información. El conde sonrió. Apoyó una mano en la mesa.

–Es vuestro escudero, cierto. Sin embargo, por lo que me habéis dado ha entender hasta ahora, él es quien no está conforme con que Siesta sea mi sirvienta. A vos os importa poco la chica. Es sencillo deducirlo por el tono de voz que utilizáis cuando habláis de ella. ¿Por qué arriesgar vuestra integridad y honor por una plebeya cualquiera? Ordenad a vuestro escudero que cumpla la misión si es que de verdad sois tan amigos como afirmáis. ¿O es que acaso no confiáis en sus capacidades?

Sus argumentos destruyeron el castillo de naipes sobre el que construyera mi mentira. Me quedé paralizado. Respiré profundamente, pero no admití la derrota. "Me habéis puesto en jaque, conde Mott. Sin embargo, no lograréis el mate tan fácilmente". Recuperé la compostura.

–Agostino.

Me volteé hacia Saito. Él se sorprendió pero se puso firme, fingiendo un respeto irreal.

–¿Estás seguro de que quieres hacerlo? Si te capturan, provocas a esa gente o cometes un error fatal, no podré ayudarte.

La seguridad con la que hablo ahora mismo se debe mas al cansancio, el hambre y el deseo de acabar con todo esto que a cualquier otra cosa. El familiar asintió decidido.

–Si, mi señor.

–Bien.

Dirigí mi mirada hacia el conde. Hice una leve reverencia, colocando la mano derecha en el pecho como símbolo de máximo respeto, algo propio de Romalia.

–Os estoy muy agradecido por habernos concedido la audiencia, conde Mott. Ahora, si nos disculpáis, mi escudero y yo regresaremos a la academia. Es tarde y asumo que tendréis tanta hambre como nosotros.

Traté de empatizar con él lo máximo posible. "Todo lo sucedido aquí parece sacado de una obra de teatro. No me puedo creer que el plan haya funcionado. Mejor dicho, que haya sido el propio conde quien nos ha propuesto el trato, aunque este suene descabellado. Por fortuna, Kirche parece interesada en Saito. Si él la convence para que esta informe a su padre sobre el asunto del libro, puede que tengamos posibilidades. Nos lo jugamos todo a un único cartucho, pero así están las cosas". Celebré interiormente. El conde caminó en silencio hasta la mesa y ordenó a Siesta que rellenara su copa. Sus ojos se posaron en mi.

–Joven Vincenzo, me gustaría hablar con vos en privado. ¿Os importaría acompañarme mientras ceno? Cómo bien habéis mencionado, es tarde y todos tenemos hambre.

Su propuesta me congeló en el acto. Me quedé totalmente paralizado, sin saber que responder, aislándome del mundo exterior. "¿Qué pretende este hombre ahora?" Tragué saliva. El conde aguardaba una respuesta, así que dije lo primero que me vino a la mente.

–Se-Señor, mi escudero y yo hemos recorrido el camino sobre el mismo caballo…

El conde negó con la cabeza. Vació la copa de un trago.

–No os preocupéis por eso. Vuestro amigo puede regresar en él. Tomaréis prestado uno cuando terminemos de cenar y mis guardias os escoltarán. ¿O es que acaso el joven Agostino no sabe cabalgar?

Inquirió con una sonrisa desafiante. Antes de que el asunto se tornara en otra discusión, intercedí por Saito, al cual miré apenado.

–Po-Por supuesto que si, señor.

–Entonces no hay problema.

El tiempo pareció congelarse en este mismo instante mientras yo procesaba todo lo que podría suceder a continuación. "El conde sospecha de nosotros, pero sólo ahora ha decidido cargar directamente. Se ha cansado de jugar, eso está claro. Si me niego, lo tomará como una falta de respeto y tal vez sea lo que está deseando que ocurra para tacharnos de mentirosos y encarcelarnos… O peor. Aquí entra en juego mi condición de noble y estudiante de la academia. Un conde tristaniano jamás haría daño a alguien como yo sin motivo". El conde alzó una ceja. "Sólo tengo una opción posible y debo rezar para que las cosas no empeoren tanto como intuyo que lo van a hacer". Sonreí con falsa convicción.

–Acepto vuestra propuesta, señor. Cenaré con vos esta noche.

El hombre asintió complacido. Saito y Siesta se sorprendieron enormemente.

–Me alegra oírlo. Ahora, despedíos de vuestro escudero.

"Si creéis que dejaré sólo a Saito en este lugar, estáis muy equivocado". Le coloqué una mano en el hombro al chico.

–¿Puedo al menos acompañarlo a las caballerizas? Deseo despedirme como es debido y comentarle cierto asunto en privado.

–Por supuesto. Pero no tardéis demasiado. La cena se servirá pronto.

–No, señor. Os veré en unos minutos.

El Conde recogió su bastón, ordenó a Siesta que guardara el vino y se llevara la copa, y se dirigió a la puerta.

–Los guardias os indicarán dónde tendrá lugar velada. Agostino.

Llamó a Saito sin voltearse. Este se puso tenso.

–Suerte en la tarea que te he encomendado. La necesitarás.

Mencionó al borde de la risa.

De nuevo en los establos, Saito y yo aguardábamos a que un mozo de cuadras regresara con el equino sobre el que cabalgamos hasta aquí. El chico era un manojo de nervios, al igual que yo. Aunque en mi caso, mas que nervioso, estaba atemorizado. "Me pregunto cuántas de las mentiras que he improvisado se habrá creído el conde. Supongo que ahora lo comprobaré". El familiar me miró a los ojos.

–Alessandro, nunca he montado sólo. No tengo idea de cómo se maneja un caballo.

Me confesó. Yo eché un vistazo rápido al animal, el cual regresaba junto al mozo.

–Ese caballo es joven e impetuoso. No lo presiones, no hagas movimientos bruscos encima de él y, sobre todo, no te detengas en seco. Podría alzar las patas delanteras, provocando que te cayeras de él. Y créeme, no querrás que suceda algo así.

Le advertí. Él tragó saliva. Recogí las riendas de manos del plebeyo y el caballo se acercó a mi.

–Tendréis que volver los dos sólos, amiguito.

El animal relinchó levemente. Coloqué la mano izquierda en su hocico.

–Regresaré en cuanto acabemos de cenar.

–¿Estarás bien?

Me preguntó Saito, preocupado. Le sonreí lo mejor que pude.

–Si, tranquilo. Soy un estudiante de la academia. Mientras no le falte al respeto al conde, algo que no planeo hacer, todo irá bien.

Respondí fingiendo una falsa seguridad. "No he dicho ninguna mentira. Pese a todo, desconozco el motivo de la invitación". Ayudé a mi compañero a subir al caballo por seguridad. Este se aupó bien, colocando los pies en los estribos. Le tendí las riendas.

–No sé muy bien como agradecerte todo esto Alessandro, pero te debo una.

Yo suspiré y agaché la cabeza. "Con que dejes de causar problemas es suficiente, Saito". Finalmente, le sonreí.

–Mañana hablaremos con Kirche sobre el manuscrito que codicia el conde. Buen viaje.

Antes de que pudiera acomodarse, le di un cachete al caballo y este salió trotando del lugar.

De vuelta en la mansión, los guardias me escoltaron hasta la estancia donde tendría lugar la cena. Para mi sorpresa, esta no se dio en el comedor, sino en una de las plantas mas altas de la residencia. Mientras caminábamos por un pasillo, ambos soldados se detuvieron frente a una puerta de madera, decorada de forma similar a la que tenía el despacho donde mantuvimos la audiencia con el conde.

–Puede pasar, señor.

Me indicó uno de los guardias. Asumí que yo sería la única persona con el derecho de acceder a la estancia sin previo aviso. Asentí y abrí la puerta con cuidado. Me sorprendí en cuanto mis ojos contemplaron la… Habitación: iluminado principalmente por una lampara de cristal y de menor tamaño que el despacho, el habitáculo es, ciertamente, acogedor, gracias sobre todo a una chimenea situada en su centro. Esta se encontraba encendida. Varios sillones se repartía en torno a una mesa de menor altura junto a ella. El conde, sentado a la derecha de otra mesa, redonda en este caso, me esperaba recostado en una silla decorada con dragones en sus brazos. Sonrió nada mas verme. Lo que mas llamó mi atención, sin embargo, fue la presencia de Siesta, que estaba de pie junto al noble. "¿Qué hace ella aquí?" Traté de actuar con normalidad.

–Joven Vincenzo, tomad asiento, por favor.

–Si, señor.

Obedecí.

El conde ordenó a Siesta que avisara a los cocineros para que la comida fuera servida inmediatamente. "Cómo me alegro de conservar mi estatus. Este hombre es temible con la gente de clase inferior". Durante el tiempo que aguardábamos a que un par de mayordomos sirvieran la comida, no mantuvimos conversación alguna. Esto me escamó, especialmente por que el conde Mott no dejaba de sonreírme. "Parecemos dos viejos conocidos que llevan sin verse varios meses y por ello quieren celebrarlo en privado. Qué extraño…" Ellos se retiraron tras una reverencia.

–Siesta, el vino.

Indicó el conde. La joven obedeció sin dudar. Mientras escanciaba mi copa, me lanzó una mirada llena de incertidumbre. Yo, en un visto y no visto, alcé las cejas devolviendo el gesto para darle a entender que, aparentemente, estoy bien. Durante los primeros minutos de la cena, el silencio se mantuvo. Metí un trozo de jabalí asado en la boca y saboreé con cuidado después de que él lo probara primero. El nerviosismo me impedía disfrutar de la comida, así que tomé la decisión de acabar cuanto antes.

–¿Os gusta el jabalí, Vincenzo?

Me preguntó el conde para romper el hielo.

–Nunca lo había probado, señor. Pero sí. Está delicioso.

–Me alegro. Le di caza yo mismo hace un par de días.

Le sonreí a modo de alabanza. Entonces, él limpió la comisura de sus labios con un pañuelo y me lanzó una mirada llena de curiosidad.

–Si os soy sincero, no esperaba conocer al hijo de Lucrezia Fontana de Cittadella en tales circunstancias.