La mención del nombre de mi madre se sintió como si una flecha me atravesara la cabeza. Me quedé congelado. El cuchillo de plata que portaba en la mano derecha se precipitó contra el plato, provocando un sonido estridente que sorprendió al conde y a Siesta, asustando sobre todo al primero. "¿Q-Qué acaba de decir…?" Empecé a temblar y una profunda angustia se apoderó de mi cuerpo. Me aislé del resto de la habitación. "¿De qué conoce este tipo, un noble tristaniano del que nunca he oído hablar, a mi madre?" Nuestros ojos se encontraron. Sus labios se movían, pero yo no lograba comprender lo que decía. Dentro del caos que era mi cabeza ahora mismo, un poco de cordura se abrió paso. "Físicamente, mi hermano y yo somos como el sol y la luna. Él, rubio con ojos verde esmeralda, es el vivo retrato de mi madre. Yo, por el contrario, comparto mas similitudes con mi difunto padre. ¿Entonces cómo sabe quién es Lucrezia Fontana de Cittadella? ¿Habrán mantenido correspondencia y ella le habrá mencionado algo de su, actualmente, único hijo legítimo?" Dos imágenes aparecieron en mi cabeza en ese mismo instante: la primera, un doloroso episodio ocurrido poco antes de que mi hermano fuera a estudiar a Gallia, tuvo lugar en la residencia Fontana de la capital, donde he pasado gran parte de mi vida. Allí, Vincenzo intentó gastarme una broma tras encontrar mi viejo diario abierto en el escritorio de mi habitación. Traté de recuperarlo por todos los medios, pero este acabó siendo pasto de las llamas de una chimenea. Jamás me he considerado una persona violenta, pero supongo que la paciencia tiene sus limites. Lo golpeé en la nariz, provocando que mi madre, tras escuchar a la ama de llaves, nos castigara a ambos. Recuperé lo poco que se salvó del fuego: páginas sueltas, los dibujos de las runas de los familiares legendarios y alguna historia que mi padre me había contado de la guerra… Desde ese día, y pese a riñas pasadas que acabaron en buen puerto, jamás he vuelto a intentar entablar una conversación de mas de tres palabras con él. Por fortuna, unos meses después mi madre lo envió a Gallia a formarse como mago. No he vuelto a verlo desde entonces. La segunda imagen, mucho mas reciente, la considero el peor momento de mi existencia. Cuando me mudé a la residencia de los Serevare, lo único que he agradecido a mi madre desde que empezó a tratarme con desprecio, mi vida cambió a mejor: los dolores tardaron en aparecer; conocí a gente maravillosa, sobre todo a Giulio y Vittorio, a quienes les dedo prácticamente todo lo que soy ahora; crecí como persona; aprendí magia gracias a Ludwig, un mago circular que Vittorio contrató para enseñarme lo básico. El germano tuvo muchísima paciencia conmigo… Sin embargo, todo eso empezó a desmoronarse una vez conté a Vittorio sobre mi enfermedad, poco antes de que este fuera elegido Papa. Él siempre ha cuidado de mi. Me enseñó a escuchar sin ser visto, a mentir, a aproximarme a ciertas personas con cuidado… No he tenido demasiadas oportunidades para poner sus enseñanzas en práctica. Y aquí estoy ahora, mintiendo como un bellaco. Pese a todo, la sóla mención del nombre de mi madre acaba de derrumbarme cual castillo de naipes. Jamás le perdonaré el haberme desheredado. A ojos de ella, yo era una pieza débil e inservible. Un peón enfermo. Nunca había tenido planes para mi, lo cual me dio una libertad de pensamiento y acción poco propias en la nobleza. De ahí mi forma de ser actual; unida a a otras vivencias, por supuesto. Una carta acompañada de una orden judicial a través de la cual mi madre me retiraba el apellido… Informó a Vittorio a través de una maldita carta de que yo, Alessandro Fontana de Cittadella, pasaba a ser sólo Alessandro, hijo desheredado de los Fontana de Cittadella. Rabia, tristeza, decepción, impotencia… Adjetivos que definen muy bien lo que sentí a lo largo del tiempo. Añadamos también achaques de salud debido a ello. Había pasado de ser el respetado hijo de la segunda familia mas importante del país, a poco mas que un bastardo adoptado por el futuro Papa. Por fortuna, Vittorio me otorgó legalmente su apellido para cursar mis estudios en la Academia de Magia de Romalia. Luego, el cariño y calor que los brazos de Francesca me ofrecieron durante unos meses ayudaron enormemente a que saliera de esa oscuridad. Me sentí querido de verdad por primera vez en toda mi miserable vida por alguien ajeno a mi familia, adoptiva o no.
–Vincenzo, ¿Os encontráis bien?
En esta ocasión, la voz del conde si logró devolverme a la realidad. Asentí efusivamente y sonreí. Su rostro mostraba verdadera preocupación, al igual que el de Siesta.
–S-Si.
Conseguí decir.
–¿Os ha sentado mal el jabalí?
–N-No, señor. Es sólo que… N-No esperaba que vos conocierais a mi madre. Tan lejos de casa, ya sabe…
Articulaba las palabras atemorizado. Mi voz, mucho mas débil que durante la audiencia, me delataba completamente. El hombre recuperó la sonrisa y dio un sorbo a su copa. Yo trataba de recuperarme poco a poco. Tarea imposible dada la situación.
–No he tenido el honor de conocerla. Ni siquiera he mantenido correspondencia con ella. Pero he oído cosas…
Gesticuló con la mano libre.
–Una mujer como pocas vuestra madre. De convicciones fuertes. Sin ella, nuestro sueño jamás habría sido posible.
Sus alabanzas hacia la persona que me destruyó la vida provocaban una sensación de asco tal en mi cuerpo que incluso empecé a sentirme mal físicamente. Dejé de comer cuando todavía quedaban tres cuartas partes del manjar. "Cedí demasiado pronto al estúpido plan de Saito. Y todo para salvar a una sirvienta que ni siquiera me importa. Maldita sea mi suerte…" Recapacité sobre ese pensamiento. "No, él no tiene la culpa de esto, concretamente. Y ella tampoco". Le lancé una mirada a la indicada. Siesta permanecía de pie junto al conde, pero sus ojos iban del mismo a mi continuamente. Entonces, recordé algo que acababa de mencionar Mott. "¿Nuestro sueño? ¿El sueño de quiénes?" Decidí jugar mi última carta actuando como lo haría el peor Vincenzo que he conocido, un déspota orgulloso de sus acciones. "Intentaré sonsacarle toda la información que pueda. Si mi madre está implicada, tal vez a Vittorio le interese lo que tenga que contar este conde tristaniano". Sonreí mientras bebía tímidamente un sorbo de mi copa, prácticamente llena.
–Siempre he admirado a mi madre, señor. Ella me ha enseñado todo lo que sé.
Afirmé aparentando una seguridad inusitada. Continué antes de que él respondiera.
–Estoy deseando graduarme como mago para poder ayudar a los nuestros.
Esto agradó enormemente al conde, el cual se rió.
–Desde luego, vuestra madre estará orgullosa de vos, Vincenzo. Pocos jóvenes se presentarían de noche en la residencia de un desconocido para tratar de ayudar a un amigo por un asunto tan, y permitidme la expresión, absurdo.
Dio el último bocado a la carne de jabalí que quedaba en su plato. Asentí cansado mientras suspiraba. Siesta le sirvió mas vino tras un gesto que este realizó sin mirarla.
–Reconquista unificará Halkeginia, Vincenzo. Nos ha costado mucho esfuerzo, dinero y sufrimiento, ajeno por supuesto, pero lo lograremos. Al fin y al cabo, que menos que nosotros, los Elegidos, para gobernar en este magnífico continente lleno de corrupción, monarcas débiles y recursos cada vez mas escasos.
Sentenció emocionado. Yo abrí los ojos como platos ante las locuras que acababa de escuchar. Procuré no aparentar demasiada sorpresa, pero me era imposible. "Los delirios de grandeza de este hombre igualan a los de mi madre. De hecho, que personas así estén involucradas en una obra de tal calibre me preocupa. Especialmente con semejante convencimiento. Reconquista… Nunca he oído hablar de una facción con ese nombre. Por lo que me ha dado a tender el conde hasta ahora, parece haberse formado en las últimas décadas. Debo informar urgentemente a Vittorio sobre esto en cuanto reciba su respuesta, no únicamente del asunto Derfflinger. Ten cuidado, Alessandro. Estás jugando con fuerzas que escapan a tu alcance. Si mi madre se llegara a enterar de lo sucedido aquí esta noche…" Tragué saliva de sólo pensarlo. Me recuperé como pude, sonriendo falsamente. "Imitar a Vincenzo es complicado, especialmente con cada palabra que sale de su boca, señor". Alcé la copa.
–Por la causa.
Él me imitó.
–Y por nosotros.
Y Bebimos.
Durante la próxima media hora, el conde me contó algunas de sus vivencias mas reseñables. Al parecer, cuando tenía veintidós años, su padre lo prometió con la hija de un marqués del sur de Tristain a la que ni siquiera conocía. Sin embargo, ella murió antes de la boda. Desde entonces, ha procurado mantenerse al margen de asuntos nupciales. Pese a todo, necesita descendencia, por lo que planea casarse pronto. "Por suerte o por desgracia, mi madre volvió a contraer matrimonio con un noble isleño, así que no tiene opciones. Ese tipejo me hiciera la vida imposible durante los dos años que convivimos bajo el mismo techo. Me trataba como si fuera un bastardo, pese a que mi madre todavía me reconocía como hijo legítimo por aquel entonces". Hizo algunos comentarios sobre cómo le gusta las mujeres, lo cual me incomodó, especialmente por la confianza con la que empezó a tratarme a raíz de sacar el tema de Reconquista. Siesta se ruborizó cuando habló sobre ella. Yo le lancé una mirada llena de empatía a la pobre chiquilla. Acabé cenando algo mas, pero apenas saboreaba la comida debido a lo sobrecargado que estaba por todo lo sucedido. El alcohol empezaba a afectarle cuando su actitud cambió de repente a una mucho mas seria. Apoyó el codo derecho en el brazo de su silla y colocó la mejilla en este.
–Ese escudero que os acompaña siempre. El tal… Agostino.
Comenzó a hablar de nuevo buscando llamar mi atención. Yo me incomodé por el tono empleado.
–Un tipo extraño, si me lo permitís. Jamás he conocido a un noble, ya se de baja o alta cuna, tan deslenguado con sus superiores.
Añadió. Traté de salir del paso inventando una excusa.
–Su abuelo obtuvo un título por las hazañas logradas en Tierra Santa. Se le otorgó un señorío en el extremo sur de Romalia, varios kilómetros al este de Cittadella.
–Menudo tipejo mas insolente. No deberíais permitir que hablara de esa manera, Vincenzo.
Respondió tajantemente, como ignorando mi comentario. "Cada vez que me llama por ese nombre siento arcadas. Maldita sea mi capacidad de improvisación". Acabé cediendo a su búsqueda de conflicto, pero no como él esperaba. Me acomodé en el asiento.
–No os preocupéis, señor. Lo reprimiré duramente una vez regrese a la academia. Pese a todo, y admitiendo su aparente falta de modales, es un buen chico. Daría su vida por mi si se presentara la ocasión.
–No lo pongo en duda. Sólo espero que, la próxima vez que nos veamos, me trate con el respeto que merezco. Soy su superior al fin y al cabo. Ah, y elegid vos su vestimenta. Jamás había visto ropajes tan extraños y poco apropiados para una audiencia con alguien de mi nivel.
Finalizó con un gesto lleno de orgullo. Su tono de desprecio, añadido a la situación, empezaron a molestarme de verdad. "Estoy deseando ver la cara que podréis cuando os traigamos el libro, señor". Sonreí.
–Agostino es una persona extraña, desde luego.
Comenté al aire mientras pensaba en la situación real de Saito. El conde terminó su copa por tercera vez en lo que va de cena. Me miró a los ojos directamente. Sentí como si mi alma acabara de ser aniquilada por un hechizo circular.
–Si no hubiera venido con vos, probablemente estaría pudriéndose en una celda. O peor…
Sentenció, añadiendo una aterradora sonrisa al comentario. Yo tragué saliva. Por fortuna mantuve la compostura, físicamente hablando. Mi interior era una combinación de sensaciones, la mayoría negativas. "Hora de retirarse". Me limpié los labios una última vez tras acabar con una segunda copa de vino. Decidí cambiar de tema.
–Conde Mott, creo que debería volver a la academia. Se está haciendo tarde y mañana tengo clase temprano por la mañana. Os agradezco todo lo que habéis hecho por nosotros. Ha sido un verdadero honor conoceros, señor. La cena estaba deliciosa, mis felicitaciones al chef.
El hombre se sorprendió, pero aceptó la realidad. Sonrió entristecido.
–El honor es mío, joven Vincenzo. Una pena que no podáis quedaros mas tiempo. Vuestra compañía es agradable.
Le sonreí y me incorporé, colocando correctamente el uniforme de la academia. Siesta se dirigía a mi posición para mover la silla, pero se lo impedí haciéndolo yo mismo. Estaba a punto de gesticular con la mano cuando maldije interiormente por lo que acaba de suceder. "Maldita sean mis formas". El conde me imitó, pero él si aguardo a que la sirvienta actuara.
–Le prometo que traeremos ese libro.
Él se rió.
–No lo pongo en duda. Aunque tal vez ese manuscrito valga demasiado comparado con una sirvienta. Bueno…
Miró a Siesta de arriba abajo como si de un trozo de carne se tratara.
–Esos pechos… Estoy empezando a pensar lo contrario.
El comentario me sacó un ligero rubor. Uno mucho mas grande se formó en el rostro de la chica, que desvió la mirada mientras bajaba la cabeza de modo servicial. "El alcohol juega malas pasadas incluso a los mejores pensadores". El rió de nuevo. Nos dimos la mano.
–Os deseo suerte en los estudios, Vincenzo. Pronto podréis uniros a nuestra gloriosa causa.
–Eso espero, señor. Eso espero…
Respondí fingiendo estar orgulloso de mi, ya cansado de todo lo que ha sucedido en esta aciaga y olvidable noche. Mi cabeza echaba humo como si de una fogata avivada se tratase. Siesta abrió la puerta tras un movimiento de mano del conde. Antes de salir, sin embargo, le lancé una mirada llena de decisión, algo que la sorprendió. "Te sacaré de aquí cueste lo que cueste. Si puedo evitar que este tipo consiga ponerte las manos encima, lo haré. Aunque sólo sea por negarle el placer". Así abandoné la estancia.
–Buen viaje.
Después de que un soldado me entregara a Storm Ruler en la puerta principal de la mansión, el mismo mozo de cuadras de la última vez trajo consigo tres equinos adultos. Los guardias elegidos para acompañarme subieron primero, dejándome a mi el mas dócil del grupo. No le di importancia. Quería regresar cuanto antes a la academia y evadirme del mundo. Los hombres se sorprendieron de que acelerara nada mas cruzar la entrada que daba acceso a los jardines, pero no dudaron en seguirme al galope. Como ellos permanecían varios metros atrás, recapacité sobre todo lo sucedido desde que tracé mi infalible plan. Maldije en voz baja. "¿Cómo una inofensiva audiencia con un noble ha podido torcerse de tal manera? No debí haber utilizado el nombre de mi hermano, mucho menos el apellido de una casa a la que ya no pertenezco". Empecé a sentirme mal de nuevo. "Si el conde Mott y mi madre llegaran a conocerse o mantener correspondencia, correría un grave peligro. En el momento que ella niegue haber enviado a su hijo a la Academia de Magia de Tristain, el tristaniano solicitaría una audiencia con el director para acusarme de suplantación de identidad. Sin la protección de Vittorio y con las pruebas pertinentes, me detendrían, llevarían a juicio y…" Tragué saliva. Un sensación de aflicción se apoderó de mi. "Me ejecutarían. Todo lo que he luchado para acabar bajo la hoja del verdugo". La imagen de cierto familiar apareció en mi mente. "He ido demasiado lejos por un joven procedente de otro mundo al que conozco desde hace poco mas de una semana. Y todo por recuperar la confianza de un viejo amigo…" Pasados unos minutos, las torres tenuemente iluminadas de la academia aparecieron ante nosotros. Suspiré aliviado.
Me despedí desganado de los soldados en la puerta principal de la construcción. Les indiqué que agradecieran de nuevo al conde por todo lo que ha hecho por nosotros. Caminé rápida y silenciosamente por el patio, el cual se encontraba, por fortuna, desierto. "Pronto darán el toque de queda. La inmensa mayoría de estudiantes estarán durmiendo ya". Agradecí esto. No quiero levantar sospechas. En cuanto llegué al segundo piso del dormitorio de los alumnos de segundo año, eché un vistazo antes de acceder al pasillo. "Vacío". Aceleré el paso para llegar hasta la puerta de mi habitación. Me sorprendí enormemente de encontrarla arrimada. Entonces, recordé que yo mismo la había dejado así por si Shalquoir necesitaba salir a hacer sus necesidades, dar un paseo o lo que quiera que hagan los gatos. Suspiré nada mas pensar en el nombre del familiar. "Mañana lidiaré con ella y su incomparable curiosidad". Decidí. Abrí la puerta. La habitación, iluminada por un par de lámparas, estaba tal y como la dejara. La gata alzó la cabeza desde su posición a los pies de la cama y nuestros ojos se encontraron. Ella bostezó
–"La chiquilla irritante debe haberos reprimido bien si llegas a esta hora, querido".
Mencionó adormilada. No respondí. Cerré la puerta y empecé a cambiarme de ropa. El uniforme estaba excesivamente sudado. Lo lancé con violencia a una cesta de ropa sucia situada junto a la entrada. Los sirvientes se encargaban de vaciarla y dejar prendas limpias cada día sobre la mesa. Me dirigí al cuarto de baño tras recoger una toalla del armario.
–"A alguien le ha sentado mal la cena, por lo que veo".
Afirmó Shalquoir en cuanto cambié de estancia. Apreté los dientes bastante enojado. Me contuve en el último momento y no le di una contestación que, sin duda, habría traído mas problemas que soluciones. Tras asearme con un balde de agua fría, el cual necesitaba, y antes de salir del cuarto de baño, apoyé la frente en la puerta del mismo. "Soy un estúpido". Liberé parte de la frustración acumulada propinando un puñetazo a la pared de piedra.
Al día siguiente, me levanté completamente abatido. Durante diez minutos, sopesé la idea de no asistir a las clases. Habría conseguido dormir un máximo de tres horas. Para mas inri, mi enfermedad decidió atacar violentamente en mitad de la noche. Casi cuarenta minutos de dolor intenso en prácticamente todo el cuerpo. Acabé mas sudado incluso que en la cena con el conde Mott. Maldije mi existencia, a Saito, al noble, a Tristain e incluso al Fundador. Finalmente, y tras otro baño de agua fría, me había sentado en la silla del escritorio a recapacitar. "Estoy tan cansado…" Pese al agotamiento físico y mental, la imagen del conde llegando a la academia montado sobre un caballo para acusarme de suplantación de identidad me impidió descansar. Tras ponerme un uniforme limpio, asumí mis responsabilidades. Me miré al espejo y, por el rabillo del ojo, vi a la gata estirarse sobre la cama. "Ella merece saber lo ocurrido, pero ahora no es el momento". Suspiré.
–Shalquoir, siento haberte despertado durante la noche.
–"Buenos días a ti también, Alessandro. Tranquilo, sé que no lo has hecho a propósito. Que te vaya bien en clase".
Respondió tajantemente. Se enroscó de nuevo sobre la manta y evitó en todo momento el contacto visual. Aunque me molestó el gesto, no le di importancia.
De camino al comedor, donde ya se encontraba servido el desayuno, Louise y Saito aguardaban por algo o alguien en la entrada de la estancia. "No tengo fuerzas para esto". Me lamenté. En cuanto los ojos de la tristaniana se encontraron con los míos, ella y su familiar se pusieron en marcha. El chico permanecía detrás, temeroso de su maestra. Intenté prepararme lo mejor que pude para su reprimenda.
–¡Alessandro!
Exclamó Louise. La sensación de abatimiento con la que me levanté de la cama se acrecentó. Ella colocó ambas manos en la cintura.
–¿Cómo se te ocurre ceder ante el estúpido plan de este maldito perro?
Señaló a su 'estúpido perro'. Cerré los ojos. Saito bajó la cabeza.
–¿Y si el conde llega a deteneros? ¡Es un oficial real, no un estudiante de la academia cualq…!
Alcé la mano derecha. Su irritante tono de voz me estaba perforando la cabeza como si de una lanza se tratase.
–Lo lamento, Louise, pero no tengo tiempo para esto. No ahora. Si, cedí ante Saito. Si, ha sido una mala idea. Soy consciente de ello.
Respondí agotado. Me detuve. "Llegado este punto, siento que lo he perdido todo. Fundador, si el conde descubre la verdad, envíalo cuanto antes a acabar con mi sufrimiento". Abrí los ojos. Ellos se encontraban atónitos ante mi respuesta y el tono empleado, especialmente Louise. "Las ojeras no creo que ayuden demasiado a ocultarlo".
–Apenas he dormido esta noche. Necesito estar sólo. Si me disculpáis…
Empecé a caminar hacia el comedor, pasando por su lado sin despedirme como es debido. Saito iba a interponerse, pero algo lo detuvo.
Ha sido una mañana terrible. Me quedé dormido en clase de alquimia, provocando la risa del resto de estudiantes. Excepto de Tabitha, la cual parece no tener emociones. El profesor Colbert me preguntó alarmado si me encontraba bien y, muy a mi pesar, respondí que si, que no se preocupara. Que sólo había pasado una mala noche. "Dos semanas aquí y ya me he visto involucrado en varios asuntos peliagudos. Primero el duelo y ahora una apuesta con un conde que podría destapar mis mentiras con una sóla carta. Fundador, ¿Cuánto tiempo seguirá creándome problemas mi familia?". Apenas he comido en lo que va de día. He estado a punto de ceder ante el sueño, de nuevo, en el comedor. Me despedí con un susurro de Louise y Saito, los cuales no dejaron de lanzarme miradas de preocupación en todo momento, y me dirigí al dormitorio. Me dejé caer sobre la cama, quedando dormido al instante, no por placer sino por necesidad.
Cuando desperté, todavía brillaba el sol. No he visto a Shalquoir desde la mañana. "Debe haberse molestado de verdad. Sintiéndolo mucho, hoy no es mi día". Caminé hasta la ventana tras hacer mis necesidades. "Anochecerá pronto". Después de prepararme como es debido, salí al pasillo para estirar las piernas. "Daré una vuelta por el patio antes de que llegue la hora de la cena". Mientras bajaba las escaleras, y gracias a las horas de descanso, pensé con calma en todo lo que había sucedido: Saito llamando a la puerta de mi habitación; yo aceptando ir con él; la audiencia con el conde; y la cena. "Maldita sea. Nos precipitamos demasiado, sobre todo yo. Mi improvisado plan podría costarnos caro". Me mordí el labio inferior. En la planta baja del dormitorio, me topé con cierta persona. Inicialmente lamenté su presencia. Pero entonces, una idea surgió en mi cabeza. "Es hora de hacer las cosas bien por una vez". Saito me saludó. Portaba una cesta con ropa limpia de Louise en las manos. Devolví el gesto y sonreí para darle a entender que me encontraba mejor.
–Buenas tardes, Saito.
–¡Alessandro! ¿Cómo te encuentras?
Inquirió preocupado el chico.
–Mejor. Aún no me he recuperado del todo, pero ahora al menos puedo mantener una conversación como es debido. Siento lo de esta mañana. Yo…
–No te preocupes. Louise y yo lo entendemos. Aunque a ella le ha molestado que nos despacharas así.
Me aseguró. Suspiré aliviado. Entonces, un pensamiento ocupó mi mente, preocupándome enormemente. Me acerqué a él para hablar en voz baja.
–Saito, ¿Qué le has contado a Louise exactamente?
El chico se sorprendió por mi tono. Dejó la cesta en el suelo.
–Únicamente la parte del trato. Le expliqué que el conde Mott nos recibió, tú hablaste con él y nos ofreció intercambiar a Siesta por un libro que tiene la familia de Kirche.
Respondió seriamente. Traté de leer su lenguaje corporal. "No parece estar mintiendo. Veo que ha comprendido perfectamente las artimañas que improvisé. Sin embargo…" Me pegué a él, quedando nuestros rostros a escasos centímetros de distancia. Traté de amedrentarlo gracias a la diferencia de tamaño. El chico retrocedió.
–Ahora escúchame bien. Todo lo sucedido durante la audiencia con el conde quedará entre nosotros. Para el resto de personas, incluida Louise, tú jamás has escuchado el nombre Vincenzo Fontana de Cittadella. Nada de lo que yo haya dicho, sea mentira o no, saldrá de tu boca, ¿Entendido?
Mi repentino cambio de humor lo asustó. Tragó saliva y no respondió. Fijé mis ojos en los suyos.
–¿Entendido, Saito?
–Tra-Tranquilo. Soy una tumba.
Me aseguró en un susurro. No me convenció. Lo sujeté del cuello de su extraña prenda superior con la mano izquierda, elevándolo hasta su barbilla. Este abrió los ojos perplejo.
-J-úralo por tu vida.
Dije apretando los dientes. Saito empezó a temblar.
–¡L-Lo juro, lo juro! No diré nada.
Lo solté y desvié la mirada. Él se alejó unos pasos. Respiré profundamente.
–Lo siento, Saito. Me he dejado llevar.
Pasamos unos segundos en silencio. "Espero que nadie nos haya visto". El familiar dudaba sobre como actuar a continuación. Finalmente, decidí hablar yo mismo.
–Bien. Dime, ¿Has pensado algún plan para obtener el manuscrito de la familia Von Zerbst?
Saito se recompuso poco a poco. Asintió, todavía conmocionado.
–Hablaré con Kirche esta noche después de la cena.
Coloqué un dedo en la barbilla.
–Ciertamente, podemos aprovechar su favoritismo por ti. La frontera con Germania está a dos días de camino. Con un poco de suerte, Siesta regresará a la academia la próxima semana.
Respondí tratando de tranquilizarlo, lo cual conseguí. "Temo lo que Kirche o su familia lleguen a pedir a cambio por el libro, pero ya se me ocurrirá algo". Un escalofrío recorrió mi espalda. "La última vez que dije eso nos metimos en este lío. Alessandro, nunca aprenderás". Él sonrió.
–¿Tú crees?
–Confío en nuestras posibilidades. Sin embargo, debemos ser cautelosos. No queremos que se entere mas gente de la debida.
Saito asintió de nuevo. Le sonreí.
–Mañana me informarás de lo que te haya contado Kirche y trazaremos un plan con calma. Nada de improvisar, ¿Está claro?
Le advertí con una mirada de desconfianza.
–¡Entendido!
Esa noche, mientras continuaba con el libro de episodios históricos de Tristain que había pedido prestado de la biblioteca, la imagen de Giulio me vino a la cabeza. Cerré el ejemplar y lo dejé sobre el escritorio. "Te echo de menos, hermano". Sonreí tras recordar algunas aventuras que vivimos juntos. "El padre de Francesca no acabó demasiado contento con nuestra pequeña intromisión en su morada durante el verano. Mucho menos cuando vio a Giulio besándose con una de sus criadas mientras hacía guardia para evitar que nos descubrieran a mi, en aquel entonces, pareja y un servidor". Me reí. Alcé la cabeza y contemplé la estancia. Esta se hallaba vacía. "Shalquoir no ha regresado en todo el día…" Empecé a preocuparme por ella. En ese instante, alguien llamó a la puerta violentamente. Me sobresalté. Caminé rápidamente hasta el destino y abrí sin dudar. Por fortuna, o desgracia según se mire, era Louise, no el conde Mott y sus guardias, cuya imagen apareció en mi mente en cuanto me di cuenta de que me encontraba desarmado.
–¿¡Dónde está Saito!?
Antes de que pudiera procesar una mínima cantidad de información, la chiquilla me apartó con una fuerza inusitada. "Jamás me acostumbraré a esto". Echó un vistazo rápido al cuarto. Entonces, dirigió su mirada hacia mi.
–¡Alessandro, responde!
–¡No tengo ni la mas mínima idea de a qué te refieres!
–¡No me mientas!
–¡No lo hago!
Pasamos unos segundos en silencio, mirándonos fijamente a los ojos. Su nerviosismo y agitación me contagiaron. Ella se tranquilizó un poco.
–Saito se ha ido. No lo encuentro por ninguna parte.
