Tras unos segundos de estupefacción por lo que acabo de escuchar, abrí los ojos como platos.

–¿¡Qué!?

–Se ha escapado, de nuevo.

Desvié la mirada y me llevé una mano a la frente. "Ese idiota…" Suspiré.

–Ayer regresó después de la cena montado sobre un caballo, el cual no sabía ni manejar. Me explicó que habíais ido a hablar con el conde Mott sobre Siesta, buscando una forma de traerla de vuelta. Dijo que, muy a mi pesar, hoy hablaría con Von Zerbst para intentar obtener ese maldito libro. Sin embargo, ella no está en su habitación. Y Saito no ha regresado desde entonces. Ese idiota no entiende que este no es su mundo y aquí existe un protocolo.

Louise parloteaba sin parar, bastante preocupada. Yo intentaba atar cabos, pero me era costoso con una voz estridente al lado. "Recapitulemos: Saito ha ido a hablar con Kirche. Esta habrá hecho de las suyas, tratando de engatusar al chico. Sin embargo, no creo que a nadie con dos dedos de frente se le ocurra partir sin previo aviso en mitad de la noche en busca de un libro, por muy milagroso que este sea. Tal vez…" Una luz se encendió en mi cabeza.

–¿¡Me estás escuchando!?

–Louise, ¿Hace cuánto tiempo que no ves a Saito?

Ella se sorprendió por la pregunta. Pensó durante unos segundos.

–Una hora, mas o menos.

Miré al techo de la habitación.

–Maldita sea…

–¿Qué sucede?

Me dirigí a la mesa sin dudar. "Si ella no lo asesina cuando todo esto acabe, ya me encargaré yo de hacerlo". Até a Storm Ruler al cinturón de mi pantalón.

–Tengo una ligera idea de dónde puede estar Saito. Y corre un grave peligro.

Recogí la capa del uniforme de una de las sillas y me la puse, utilizando el broche de la academia como enganche. Louise se llevó ambas manos a la boca tras comprender a qué me refiero. Su gesto se tornó en una mueca de preocupación.

–N-No me digas que…

–Ha ido por su cuenta a rescatar a Siesta.

Afirmé bastante convencido en cuanto nuestros ojos se encontraron. Ella empezó a temblar. "No no no". Apretó los dientes y los puños.

–¿Por qué no puede estarse quieto? ¿Por qué siempre hace lo mismo? Lleva aquí una semana y no ha aprendido nada…

Se lamentó la chiquilla. Recordé las palabras del conde sobre el familiar y tragué saliva. Entonces, me agaché a su lado y le coloqué una mano en el hombro. Tembló al contacto, pero me miró a los ojos de nuevo.

–Louise, no hay tiempo para hacerse ese tipo de preguntas. Ya le darás el castigo que merece cuando regresemos. Ahora debemos darnos prisa.

Dije con decisión. "Gandálfr, espero por tu bien que no trates al conde como un igual". Louise tardó unos segundos en responder. Se limpió un par de lágrimas que habían caído por sus mejillas y asintió. Le sonreí tratando de tranquilizarla un poco.

–Regresará sano y salvo, confía en mi.

Afirmé mintiendo descaradamente. "Recemos para que así sea". Me incorporé. Entonces, ella pareció darse cuenta de algo.

–Ha dejado a la espada parlanchina en mi habitación…

–Eso aumenta nuestras posibilidades de éxito.

Indiqué. La tristaniana bajó la cabeza. Cerré los ojos, buscando tranquilizarme mínimamente para pensar en un plan. Otro improvisado y maravilloso plan. Respiré profundamente.

–En primer lugar, busquemos a Kirche. Quiero saber exactamente sobre qué han hablado ella y Saito.

–¿Y si no la encontramos?

Inquirió Louise preocupada, con parte razón.

–Entonces cabalgaremos al galope hacia la residencia del conde Mott. Tenemos media hora de camino.

Una vez explicado el plan, los dos asentimos decididos. Eché un vistazo rápido a mi cuarto para asegurarme de que todo estaba en su sitio. Todo menos cierta gata… Maldije en voz baja. "Luego me encargaré de ella". Salimos al pasillo y dejé arrimada la puerta por si Shalquoir decidía regresar. Caminamos hasta la puerta de la habitación de Kirche y Louise la golpeó violentamente. La imagen de aquella noche, cuándo la contemplé vestida con aquel atuendo tan revelador, apareció en mi mente. Mi rostro se puso rojo como un tomate. "Fundador, te lo pido humildemente. Que no abra la puerta vestida así". Sin embargo, no obtuvimos la respuesta deseada. No del otro lado de la madera al menos.

–Vaya vaya, no esperaba recibir visita esta noche. Mucho menos de la pequeña Vallière y su nuevo amigo.

La voz de la germana, procedente de nuestra derecha, provocó en mi un enorme alivio, por sorprendente que parezca. Borré cualquier rastro de rubor de mis mejillas. Louise y yo nos giramos la cabeza en su dirección. Una juguetona sonrisa estaba grabada en su rostro. A su lado, Tabitha permanecía con los ojos fijos en nosotros. Un libro bajo su brazo izquierdo y su bastón en el derecho. Inexpresiva. "Gracias, Fundador. Especialmente por atender a la cláusula de mi petición". La tristaniana dio un paso al frente.

–Von Zerbst, necesito preguntarte una cosa.

Dijo completamente seria. Kirche abrió la boca, levemente sorprendida. Se cruzó de brazos sensualmente.

–Adelante, pues.

–Saito ha desaparecido. ¿Tienes idea de dónde puede estar?

La pelirroja entrecerró los ojos. Sonrió de nuevo.

–¿Ha vuelto a escaparse? ¿Tan pronto? Tu familiar te aprecia muy poco, pequeña.

Louise negó y levantó los puños, molesta.

–¡No hay tiempo para eso! Responde de una vez.

–Tus formas dejan bastante que desear, Vallière. Deberías aprender de tu amigo aquí presente.

Me señaló. Suspiré. "¿Cuánto tiempo mas van a discutir?" Por fortuna, mi compañera se relajó un poco. Cerró los ojos.

–Escucha, Kirche. Saito podría estar en peligro. Sabemos que ha ido a hablar contigo. Únicamente queremos conocer el contenido de vuestra conversación y si te ha dicho algo sobre el conde Mott. El tiempo apremia.

Enunció bastante tranquila, lo cual me alegró dada la situación. "Bien dicho, Louise". Kirche se percató del significado de sus palabras y cambió a una actitud mucho mas seria. Pensó durante unos segundos.

–Hace poco mas de una hora llamó a la puerta de mi habitación. De forma mucho mas sosegada que tú, debo mencionar.

Puntualizó. Continuó tras una pequeña pausa en la que Louise rodó los ojos.

–Me informó por encima de la situación. Al parecer, ese conde busca una reliquia familiar que ha pertenecido a los Von Zerbst desde hace generaciones. Un libro, concretamente. Saito me pidió que se lo entregara.

Mencionó. Yo abrí los ojos como platos en cuanto escuche la palabra 'entregar'. "¿¡Qué!?" Di un paso al frente.

–¡Un momento! ¿Cómo qué 'que se lo entregaras'? ¿Acaso tienes el libro en tu poder?

Inquirí emocionado. La joven asintió.

–Así es. Mi padre me lo entregó como parte de mi ajuar cuando me mudé a la academia. Sin embargo, y pese a que me gusta leer de cuando en vez, yo no necesito tal objeto.

Una enorme sensación de alivio se apoderó de mi interior. Empecé a creer que todo acabaría bien. "Menos mal. Fundador, gracias". Respiré aliviado. Louise se sorprendió de su afirmación.

–Entonces ¿Se lo entregaste a Saito?

Preguntó la chiquilla.

–No. Le propuse un trato y él declinó. De hecho, se retiró bastante molesto, aunque todavía no comprendo el motivo.

Me llevé una mano al rostro tras asimilar su respuesta. "Por supuesto. No todo iba a ser tan sencillo". Pensé bien en la situación. "Seguramente, Kirche le haya hecho una proposición que le causaría problemas. Este se negó y, viéndose contra las cuerdas, salió corriendo. Maldito idiota…" Unos segundos después, Louise me miró angustiada.

–Con respecto a su huida, Tabitha lo vio marchar poco después a lomos de un caballo.

Terminó de explicar Kirche. La pequeña de cabello azulado asintió levemente. Nosotros nos sorprendimos.

–No…

Exclamó Louise, al borde de las lágrimas. Asumí la responsabilidad el asunto. "Debemos darnos prisa". Me aclaré la garganta.

–Kirche, necesitamos ese libro. Es un asunto de vida o muerte.

Le rogué. La germana se sorprendió por el tono empleado. Tabitha la observó un momento.

–¿D-De vida o muerte?

–Si. El conde y Saito no acabaron en buenos términos la última vez. Si se le ocurre actuar como un idiota, y yo no estoy presente para detenerlo, podría perder la cabeza.

Sentencié, muy a mi pesar. Louise retrocedió, totalmente impotente ante la situación. Desvió la mirada, tratando de ocultar su dolor. El gesto de Kirche se tornó en uno de preocupación. Sopesó cómo actuar. "En cierto modo, ella no nos debe nada. Es mas, conoce a Saito desde hace una semana. Por mucho que el chico le interese, no creo que…" Rápidamente, asintió tras lanzar una mirada de complicidad a su amiga y comenzó a caminar en nuestra dirección.

–Dadme un minuto.

Fue lo único que dijo una vez pasó por nuestro lado. Abrió la puerta de su habitación y entró como una exhalación. Su respuesta me sorprendió, para bien. Esbocé una media sonrisa. "Parece que tras esa capa de superficialidad y erotismo se oculta una buena persona. Aunque todavía es pronto para hablar". Tabitha se colocó a nuestro lado, observándonos con su habitual gesto inexpresivo. Louise suspiró aliviada.

–Menos mal…

Mencionó en un susurro. Poco antes del tiempo que había indicado, Kirche salió del cuarto con un libro en las manos. Nos lo mostró. Este se encontraba resguardado por una especie de funda cerrada con llave, la cual colgaba del lateral de la misma.

–Aquí está.

La tristaniana se aproximó a ella y solicitó que se lo entregara abriendo las manos. Sin embargo, la germana negó con la cabeza.

–Os acompañaremos.

–¿¡Qué!? Pero…

Exclamó Louise. Yo interferí dada la situación.

–Bien. Pongámonos en marcha entonces.

La chiquilla me lanzó una mirada de incomprensión, pero pronto se dio cuenta de que no merece la pena discutir por un asunto tan banal en nuestras circunstancias. Iniciamos la misión de rescate conmigo al frente. "Primera parada: los establos".

Una vez alcanzamos el patio, avistamos los establos en la distancia. Se encontraban cerrados, a diferencia de la última noche, cuando Saito y yo tomáramos prestado uno de los caballos. "Es tarde". Entonces, Tabitha miró al cielo y silbó muy fuerte. Esto llamó la atención del resto, que nos detuvimos al instante.

–¡Claro! A lomos de Sylphid llegaremos en un abrir y cerrar de ojos.

Mencionó Kirche. "¿Sylphid?" Inicialmente, no comprendí a que se refería, aunque el nombre Sylphid me sonaba de algo. De repente, se escuchó un sonido estridente procedente del cielo nocturno. Una dragona de mediano tamaño apareció ante nosotros. Caí en la cuenta. "¡Por supuesto! Sobre ese familiar tardaremos unos pocos minutos en alcanzar las tierras del conde Mott. Espero que sea suficiente para evitar que Saito cometa alguna estupidez, puesto que nos lleva mas de media hora de ventaja". El majestuoso ser descendió con cuidado.

–Gracias, Tabitha.

Dijo Louise, aliviada. La chiquilla ni la miró. La dragona colocó el estómago a nivel del suelo y nos ofreció subir a su lomo a través del ala derecha. Sonreí. "Esto me recuerda a la primera y única vez que he volado hasta ahora. Meses atrás, a comienzos del invierno, Giulio y yo sobrevolamos Romalia a lomos de Azzurro. El plan, completamente improvisado, se convirtió en uno de los mejores días de mi vida. Me sentí tan libre, tan… Alejado de las preocupaciones terrenales. Tan lejos de Francesca… Sin embargo, las circunstancias actuales son bien distintas. Por mucho que la idea de volar sobre un dragón sea una fantástica, debemos ayudar a Saito". Las chicas iban subiendo de una en una mientras yo permanecía junto a la criatura con la mirada perdida. "En un futuro, me gustaría pedirle a Tabitha que me dejara montar sobre Sylphid. Supongo que, si hablamos alguna vez y llegamos a congeniar, todo es posible". Louise me señaló y ordenó con el dedo que subiera.

–¡Alessandro! ¿¡Subes o qué!?

–¡S-Si, voy!

Me apresuré. Tabitha se aseguró que todos estuviéramos sentados para evitar una desgracia. Me situé junto a Kirche, detrás de Louise. La chica de cabello azulado ordenó a la dragona que elevara el vuelo susurrándole algo al oído. El familiar obedeció y, un abrir y cerrar de ojos en el que tuve sujetarme con fuerza al animal, ascendimos a una altura considerable. Louise retrocedió sorprendida y Kirche también se movió levemente. Tabitha fue la única que no se inmuto. "Estará acostumbrada". Entonces, se volteó y me miró a los ojos.

–Dónde.

Mencionó.

–Este. A caballo se tarda media hora al galope.

Ella asintió. Dio una nueva orden a Sylphid y nos pusimos en camino, desplazándonos a una considerable velocidad.

Cuando llevábamos unos minutos sobre el lomo de la dragona, recordé lo sucedido el último Día de Nada. Caí en la cuenta de algo tras observar a Kirche durante un instante. "Con que así nos siguieron…" Fijé mis ojos en el ser. "Jamás se me hubiera ocurrido pensar que nos estarían vigilando desde el cielo. Hasta el mas novato de los rastreadores lo tendría fácil dada la velocidad a la que nos desplazamos". Louise giró la cabeza en mi dirección.

–La espada parlante mencionó que, si hubiera acompañado a Saito, le habría ido mejor.

–No estoy tan seguro de eso. Es preferible que sea irrespetuoso con un noble a que alce un arma contra él.

Le recordé. "Al fin y al cabo, si un plebeyo amenaza físicamente a un noble, este tiene el derecho de hacer lo que quiera con él". Kirche colocó un dedo en el mentón, llamando nuestra atención.

–Pero… Saito si iba armado.

Su afirmación provocó que los dos la miráramos atónitos.

–¿¡Qué!?

Exclamé. "No me digas que…" Ella se encogió de hombros.

–Durante nuestra pequeña conversación, portaba en su espalda la espada que le regalé días atrás. Si Louise no ha vuelto a verlo desde entonces, eso quiere decir que ha ido a rescatar a la sirvienta por la fuerza.

Sentenció la germana con acierto. Alcé la vista, derrotado. Entonces, Kirche fijó sus ojos en Louise.

–Si se le ocurre hacer lo que ha mencionado el romaliano, Saito será ejecutado. Y la culpa recaerá sobre ti por ser su maestra.

Le indicó. La tristaniana empezó a temblar aterrorizada.

–¡Debemos darnos prisa!

Dije alzando la voz para que Tabitha comprendiera la situación. Esta, que aparentemente no pareció escucharme, dio una tercera orden a Sylphid.

–Sujetaos.

Susurró en un tono que apenas logré entender. Entonces, descendimos a una velocidad vertiginosa. Obedecí algo tarde, provocando que la capa del uniforme casi saliera volando por no haberla sujetado bien con el broche debido a las prisas. Una vez nos aproximamos a tierra firme, contemplé por segunda, y deseaba que última vez, la residencia del conde Mott. Un pequeño grupo de guardias y perros guardianes nos observaban desde abajo. Atisbé a contemplar sus estupefactos rostros.

–¡Alto!

Exclamó uno de ellos. Los canes empezaron a ladrar. Sylphid, la cual dudó inicialmente, tomó tierra a poca distancia del muro exterior del jardín. Los hombres apuntaron sus alabardas hacia nosotros. "Allá vamos de nuevo". Alcé una mano.

–¡Un momento!

En cuanto la dragona bajó las alas, me deslicé el primero y caminé apresurado hasta el soldado. Este me reconoció tras unos segundos. Todavía en alerta, relajó su postura.

–Vos sois el joven que cenó junto al conde la pasada noche.

–Así es. Solicito una audiencia urgente con el conde Mott.

Dije seguro de mi mismo. "Por el tono empleado, ha parecido mas una orden que una petición". El guardia enastó su arma. Mis compañeras alcanzaron nuestra posición. Los perros guardianes rodearon a Sylphid, pero otro hombre, mas joven, les ordenó que dejaran de ladrar para no asustar al familiar de Tabitha. Mi interlocutor negó con la cabeza.

–Me temo que el conde no se encuentra disponible en estos momentos.

–¿¡Qué!?

Chilló Louise. El guardia se sobresaltó.

–Al parecer, un plebeyo deslenguado intentó infiltrarse en la mansión y fue capturado.

Otro soldado, mas joven y con un gesto lleno de malicia, se acercó.

–Si. El muy idiota intentó desafiar a nuestro señor por algo relacionado con una sirvienta. En cuanto desenvainó su espada, lo redujimos con facilidad.

Se le escapó una risita.

–El conde jugará con él hasta que se canse. Y luego lo ejecutará.

Sentenció mientras sonreía cruelmente. Su compañero lo imitó.

–¡No!

Exclamó Louise aterrada mientras se llevaba ambas manos al rostro. Un sentimiento de irá se apoderó de mi. "Maldito…" Agarré con fuerza la empuñadura de Storm Ruler, oculta bajo la capa, y apreté los dientes. Conté hasta diez. Respiré profundamente. "No, la culpa es de Saito. Si tan sólo…" Di un vistazo rápido a mi alrededor y mis ojos se encontraron con el ámbar que Kirche tiene a la vista. "¡Eso es!" Encaré a los guardias.

–Tenemos en nuestro poder un objeto que el conde anhela desde hace mucho tiempo. Estoy seguro de que detendrá cualquier actividad que esté realizando por escucharnos.

Ellos se miraron entre si, dubitativos. El joven se encogió de hombros y el mas mayor se apartó del camino.

–Muy bien. Adelante, señor.

Asentí y empecé a correr hacia la entrada principal de la mansión. Las chicas me siguieron. Sin embargo, los hombres volvieron a alzar sus armas, impidiéndoles el paso.

–Ustedes no tienen permiso para continuar. Se quedarán aquí mientras el conde habla con su compañero.

–¡Apártate de mi camino! Soy Louise de la Vallière, hija del duque de la Vallière.

–Lo siento, señorita. Las órdenes son las órdenes.

Respondió desafiante el joven, que no se dejó intimidar. Durante unos segundos, la tensión podía cortarse con un cuchillo. Kirche y Louise estaban dispuestas a combatir. Su postura lo indicaba. Tabitha permanecía calmada, aguardando a que el asunto se resolviera. Entonces, intervine.

–Ellas vienen conmigo.

Afirmé completamente seguro de mi mismo. "No tengo tiempo para esto. La vida de un inocente corre peligro, aunque sea un idiota redomado". El guardia adulto se volteó.

–Pero…

–¿Acaso quieres que informe al conde sobre cómo has tratado a mis acompañantes?

Inquirí imitando, muy a mi pesar, al Vincenzo mas cruel. Le lancé una mirada autoritaria. Este dudó. Finalmente, bajó su arma y le hizo un gesto al otro soldado. El joven obedeció a regañadientes. Ahora si, eché a correr junto a las demás hacia el interior de la mansión.

Tardamos poco menos de un minuto en alcanzar la puerta principal del edificio, siendo yo el primero en llegar con cierta ventaja sobre las otras. Los guardias apostados allí alzaron sus armas inicialmente. Sin embargo, tras reconocerme y asumir que nos habrían permitido el paso porque no ha sonado ninguna alarma ni portamos catalizadores u armas en la mano, abrieron las puertas. Accedimos al ostentoso vestíbulo. Me detuve en seco en cuanto contemplé el espectáculo que se estaba produciendo en el lugar: el conde Mott tenía alzado su bastón, con varias dagas hechas de hielo sobre su cabeza. Apuntaba hacia Saito, el cual se encontraba de rodillas en el suelo, rodeado por cuatro hombres armados con alabardas. El familiar, aparentemente noqueado, mostraba signos de combate, como cortes y alguna magulladura. La pobre Siesta sollozaba horrorizada junto a las escaleras que daban acceso a los pisos superiores. Por último, la espada de Kirche estaba a varios metros de distancia de mi, dentro de estos muros, escudero. "Maldito idiota redomado…" Fue lo primero que me vino a la mente. Permanecía con los ojos abiertos como platos, dudando sobre cómo actuar. Empecé a temblar por temor a la cantidad de consecuencias que han tenido, y tendrán, nuestros actos hasta ahora. Las otras estudiantes de la academia llegaron en ese momento, con Louise a la cabeza.

–¡Saito!

Chilló la tristaniana. Entonces, el conde y su séquito se voltearon en nuestra dirección sin bajar la guardia. El noble sonrió tras asimilar la situación. Abrió los brazos a modo de recibimiento.

–¡Qué tenemos aquí!

Yo respiraba agitadamente, buscando recuperar algo de aliento para confrontar a quien podría ser mi futuro ejecutor. Los guardias apuntaron de nuevo a Saito tras un movimiento de mano del conde. El chico giró la cabeza en nuestra dirección y murmuró algo. Sus ojos estaban entrecerrados. El adulto caminó en nuestra dirección. Las dagas de hielo se derritieron, regresando a su estado líquido original. El agua rodeaba su catalizador. "Que maneje con tanta facilidad un elemento, así como combinar varios en segundos, indica que es poderoso". Tragué saliva en cuanto el conde me miró directamente a los ojos.

–Nos encontramos de nuevo, joven Vincenzo.

–Conde Mott…

Logré decir. "Creo que tendré que responder muchas preguntas después de este día". Pensé tras recordar que Louise, Kirche y Tabitha también están presentes. El noble señaló al familiar procedente de otro mundo con su bastón.

–Me gustaría saber, en primer lugar, por qué vuestro escudero se presenta a estas horas de la noche en mi mansión, armado y sin el libro que solicité. Para mas inri, intentó allanar mi morada al amparo de la oscuridad. De no ser por su patética habilidad para ocultarse, creería que vos mismo lo habéis enviado a raptar a la sirvienta Siesta. La cual, debo recordaros, me pertenece por contrato.

Empezó a hablar bastante enfadado. Cada frase que salía de su boca era como un puñal en mi credibilidad. Todas las mentiras que urdí se desmoronaban cual castillo de naipes. Un nudo se formó en mi garganta, impidiéndome responder. Él continuó.

–En segundo lugar, ha alzado su arma contra mi. Y vos bien sabéis lo que significa tal osadía, espero.

Bajé la cabeza, derrotado.

–Además, ¿Quiénes son estas chiquillas que os acompañan?

Inquirió, aguadando una respuesta. Louise dio un paso al frente. Su semblante era mucho mas serio y confiado que el mío.

–Mi nombre es Louise de la Vallière.

Se presentó. "No debo dejar que el agua se salga del cauce. ¡Piensa, Alessandro!" El conde abrió los ojos como platos.

–La hija del duque de la Vallière… Impresionante. Os juntáis con gente importante, Vincenzo.

El noble sonrió de tal manera que un escalofrío recorrió mi espalda. Sentí su alabanza como un insulto. El gesto del hombre cambió de pronto a uno serio.

–Ahora, ¿Os importaría decirme qué hacéis aquí? Asumo que vos habéis venido a rogar por la vida de vuestro patético escudero. Pero ellas, ¿Por qué os acompañan?

Tardé varios segundos en responder. "De perdidos al río". Me aclaré la garganta. Hice una reverencia a modo de disculpa.

–Disculpad a mi escudero, señor. Asumo la culpa de todas sus acciones. Pese a que le ordené que no actuara como un imbécil mientras lo reprimía la pasada noche, una vez regresé a la academia tras la agradable cena que compartimos, él siempre se deja llevar pos sus sentimientos. Después de lo sucedido hoy, será castigado con dureza. Lo juro.

–¿Escudero…?

Susurró Louise, atónita. Por fortuna, sólo yo logré escucharla. El conde aplaudió una vez alcé la cabeza.

–Que conmovedor… Sois un joven honorable, Vincenzo. ¡Sin embargo, ese incompetente que tenéis por escudero ha intentado atacarme! Por lo tanto, su destino queda en mis manos. A no ser…

Me lanzó una mirada desafiante.

–Que queráis desafiarme personalmente por la vida de vuestro amigo.

Retrocedí. El sudor empezó a caer de mi frente. "Es una locura. Jamás tendría la mas mínima posibilidad de vencer a este tipo en un enfrentamiento improvisado. Mucho menos sin saber de qué es capaz de verdad". Entonces, me encomié al último cartucho que nos queda para solucionar esto de la mejor forma posible. "Si el conde se niega a cumplir su trato por motivos obvios, se acabó". Respiré profundamente.

–Conde Mott, me temo que debo rechazar vuestra oferta. Pese a todo, tengo en mi poder el objeto que solicitasteis a cambio de la joven Siesta.

En cuanto mencioné nuestro trato, el agua que flotaba sobre su bastón se precipitó contra el suelo. El hombre abrió los ojos como platos. Continué.

–Permitid que os presente a Kirche Von Zerbst, hija del archiduque de Anhalt-Zerbst. Ella misma ha decidido acompañarme para entregaros personalmente el tesoro de su familia.

Le lancé una mirada de complicidad a Kirche en ese mismo instante. Ella se quedó atónita. Su boca se entreabrió levemente. El conde ordenó con un movimiento de mano a sus hombres que bajaran las armas, algo que nos alivió a mi y a Louise enormemente. Siesta contemplaba expectante la escena desde su posición.

–¿¡De verdad lo tenéis!?

Exclamó el tristaniano, emocionado. Asentí. Intenté actuar con mas confianza que antes.

–Por supuesto. Un Fontana de Cittadella jamás rompe un trato. Está en nuestra sangre.

Afirmé orgulloso, muy a mi pesar. El conde Mott sonrió, mas tranquilo.

–Alabo vuestra predisposición, Vincenzo. Vuestra madre debe estar orgullosa con un hijo así.

Su tono, mucho mas amigable que antes, me dio ánimos pese a la barbaridad que acaba de decir. "Os golpearía en el rostro ahora mismo con presteza, señor". El conde encaró a Kirche.

–Ahora, entregadme el manuscrito y cumpliré con mi parte del trato. Incluso puede que le perdone la vida a vuestro escudero.

Abrió la mano derecha mientras sujetaba el bastón con la izquierda. La germana dudó. Le hice un gesto de súplica. Louise contemplaba tan sorprendida la escena como las otras dos estudiantes. Antes de que el noble empezara a sospechar de nosotros, Kirche, asimilada la situación, sacó el objeto junto a la llave de su falda. Tras lanzarme una última mirada que me puso en alerta, entregó el libro. El conde, el cual lanzó una mirada lasciva al escote de la joven que la incomodó, lo sujetó con fuerza.

–Por fin… Llevo tantos años esperando este momento.

En lugar de abrirlo, caminó en mi dirección emocionado.

–Os felicito, Vincenzo. Sois un hombre de palabra. Y tenéis mano con las mujeres, por lo que veo.

Su comentario, mas que hacerme sentir alabado, me molestó. Fingí asintiendo. El conde observaba maravillado su nuevo tesoro. Los guardias que rodeaban a Saito se alejaron un poco de él. El familiar permanecía inconsciente. Se desplomara debido al cansancio y las heridas un par de minutos atrás. Siesta se agachó a su lado para comprobar en que estado se encuentra. Louise caminó hasta posicionarse junto a ellos, bastante preocupada. Tras unos segundos en los que el noble tristaniano abrió por fin el manuscrito y le echó un vistazo para asegurarse de que, efectivamente, es el objeto que deseaba, lo cerró con presteza y sonrió agradecido.

–¡Fantástico!

Me miró a los ojos.

–Me alegro de que nos hayamos conocido, joven Vincenzo, aunque sea en tales circunstancias.

Señaló con su bastón hacia Saito. Yo empecé a preocuparme de verdad por el chico tras ver llorar a Siesta.

–Sólo espero que, algún día, podamos sentarnos en la misma mesa vuestra madre, vos y un servidor.

Indicó en un susurro que únicamente yo alcancé a oír. Cansado de todo este número circense, suspiré para sorpresa del conde.

–Señor, muy a mi pesar, dado que me encantaría hablar mas con vos, el tiempo apremia. Mi escudero está herido. Además, nosotros debemos regresar a la academia puesto que hemos roto el toque de queda.

Intenté explicarme lo mejor que pude, pero el vaivén de emociones, unido a la hora y el temor a que se descubra la verdad sobre mi, me impedían utilizar la retórica. Mott comprendió la situación rápidamente.

–Entiendo. Cuando yo era estudiante, saltarse el toque de queda sin permiso implicaba un castigo importante. En cuanto a vuestro escudero…

Empezó a caminar en dirección al grupo de Saito, Siesta y Louise con total tranquilidad. Entonces, caí en la cuenta de algo. "Siesta…" Me aproximé rápidamente al hombre.

–Señor, una cosa mas.

El conde volteó la cabeza.

–¿Si?

–El libro que mi compañera os ha entregado formaba parte de un trato, ¿Recordais?

Afirmé. El noble cayó en la cuenta en cuanto observó su nuevo tesoro. Emitió un sonido de entendimiento, acompañado de un movimiento afirmativo de cabeza.

–¡Por supuesto!

Siesta se apartó rápidamente en cuanto llegamos a la posición donde el familiar permanecía, ahora boca arriba, inconsciente sobre el suelo. Tenía un hilo de sangre brotando de su cabeza. "Saito…" Observé la escena con lástima. Louise, temerosa de lo que pudiera hacer el noble, sujetaba la mano izquierda del chico. Lágrimas habían caído por su rostro.

–Que desperdicio…

Mencionó el conde. Alzó su bastón y el agua de un florero cercano emergió de este. Todos nos pusimos en guardia. De hecho, yo coloqué la mano izquierda en la empuñadura de Storm Ruler por si acaso, aunque ese sería el mayor error que cometiera en mi corta vida. "Desde mi posición…" Antes de continuar con mi línea de pensamiento, el agua se posó con cuidado sobre la cabeza del chico.

–Por esta vez haré una excepción y le perdonaré la vida a… 'Saito'. No toméis esto como un acto de buena voluntad. Mas bien, es una… Nueva cláusula en nuestro trato.

Comentó mientras el agua cerraba la herida en la cabeza del familiar. Me sorprendí ante su habilidad con la magia curativa. "Si no fuerais tan orgulloso, podríais ser un gran maestro, señor". Louise respiró profundamente y le regaló una leve sonrisa a Saito. Entonces, su tono cambió a uno mucho mas lúgubre.

–Sin embargo, tiene prohibida la entrada a mis terrenos. Si alguno de mis guardias lo encuentra infiltrándose, será ejecutado en el acto, ¿Entendido, Vincenzo?

Me lanzó una mirada a modo de advertencia una vez terminó su conjuro y el agua regresó al florero. Asentí tras tragar saliva.

–E-Entendido, señor.

Entonces, observó a Siesta y suspiró. La chica se incomodó y bajó la mirada mientras se colocaba en una pose servicial.

–Es una pena… Pero habéis cumplido con vuestra parte del trato, así que yo cumpliré con la mía. Siesta.

La mencionada alzó la cabeza.

–¿Mi señor?

–Recoge tus cosas y prepárate para partir. Desde este mismo momento, pasas a ser propiedad de Vincenzo Fontana de Cittadella.