La súbita noticia nos sorprendió a todos, especialmente a mi. Retrocedí un par de pasos y abrí los ojos como platos. El conde sonreía tranquilo. Tardé varios segundos en reaccionar.

–¿¡Có-Cómo!?

Exclamé. El hombre se volteó en mi dirección con un gesto de incredulidad.

–¿Estáis bien?

–¿Cómo que ahora me pertenece?

Louise, la cual sujetaba la cabeza ya sanada de Saito entre sus manos, observaba expectante. Mientras tanto, Kirche y Tabitha habían caminado hasta nuestra posición. El noble tristaniano sonrió.

–Por supuesto. El trato consistía en que si vuestro escudero me entregaba el tesoro de la familia Von Zerbst en el plazo de una semana, Siesta regresaría con vos.

No daba crédito a lo que escuchaban mis oídos. "¡Un momento! Yo no acordé algo como esto". Siesta, visiblemente mas aliviada, tenía su vista fija en mi. Alcé la mano derecha mientras trataba de buscar una excusa.

–S-Señor, yo no necesito una sirvienta personal…

Afirmé débilmente. El conde Mott, cuyo gesto se torno serio, llamó con un movimiento de su bastón a uno de los guardias situado junto a las puertas. El joven se aproximó con presteza.

–El contrato de Siesta está sobre la mesa de mi despacho. Tráelo inmediatamente.

–¡Si, mi señor!

Colocó la mano libre en el pecho y salió rápidamente del vestíbulo. Cada vez lamentaba mas el haber acompañado a Saito en esta locura. Entonces, el hombre se dirigió a mi, sonriendo de nuevo.

–Joven Vincenzo, necesitéis o no una sirvienta, el trato lo he hecho con vos, no con la academia. Eso significa que ahora la chiquilla os pertenece. Sois libre de actuar como os plazca con ella. Aunque, si me permitís un consejo, no la azotéis mucho. Sería una lástima que esa piel tan perfecta acabara defectuosa.

Mencionó las últimas frases mientras observaba de arriba abajo a Siesta con deseo. La sirvienta se incomodó y bajó la mirada. Por un instante, hubiera aceptado sin dudar sólo para sacarla de aquí y que regresara a su antigua vida. Sin embargo, su vida ya no volvería a ser la de antes. "¿Qué voy a hacer ahora?" Mientras dudaba sobre qué responder; y el sudor se apoderaba de mi uniforme, Tabitha dio un paso al frente y encaró al noble respetuosamente.

–No se permite a los alumnos de la academia tener sirvientes personales.

Enunció inexpresivamente. Sus palabras provocaron que una sensación de alivio recorriera mi cuerpo. Casi no pude contener un suspiro. Sin embargo, el conde, aunque sorprendido, no perdió la sonrisa.

–Entiendo. Si que han cambiado las cosas en los últimos años.

Hizo una pausa en cuanto escuchó bajar al guardia que había enviado a por el contrato de Siesta. Este se situó junto a su señor y le entregó el papel. En su mano portaba también un pequeño objeto con el escudo de armas del conde Mott y una tabla de madera. El hombre abrió con magia el contrato y lo sostuvo en el aire.

–Sin embargo, este asunto no tiene que ver con la academia. Estamos en mis tierras y aquí se hace lo que yo digo, jovencita. Si el trato que hice con vuestro amigo aquí presente contradice las reglas de vuestra institución, de la cual, os recuerdo, soy mecenas, es su problema, no el mío.

Sentenció. Abrió el pequeño objeto situado sobre la madera y en su interior se encontraba lacre líquido. Mientras el anillo se precipitaba hacia este, listo para ser sellado inmediatamente en el contrato, yo empecé a temblar. "Me está poniendo a prueba de nuevo, pero esto es demasiado".

–Conde Mott, estoy seguro de que…

Murmuré. Ya fuera porque no me hubiera escuchado o decidiera ignorarme, estampó el sello de su familia en el contrato. El sonido provocó que me sobresaltara. Apreté los dientes y el puño izquierdo, oculto bajo la capa. "Maldita sea mi suerte. Como si no fuera suficiente con que este tipo pueda descubrir las mentiras que he perpetrado, ahora debo pensar qué voy a hacer con una sirvienta a la que apenas conozco y por la cual me he jugado el cuello. Todo por ayudar a un joven con el que llevo hablando una semana. Alessandro, nunca aprenderás…" Mientras los segundos pasaban y el silencio reinaba en el vestíbulo de la mansión, le lancé una mirada de soslayo a Siesta. Esta entreabrió la boca, aguardando por una respuesta. Poco después, mis ojos se encontraron con los de Louise. Ella, tan cansada como yo de todo esto, me suplicó con la mirada que tomara una decisión. El conde me tendió el contrato de la sirvienta.

–Aquí tenéis. Ha sido un placer hacer negocios con vos, joven Vincenzo.

Dudé sobre como actuar. Observé el sello del noble estampado sobre el papel. Tras sopesarlo una última vez, acepté mi derrota, al menos por ahora. "Estoy demasiado cansado como para pensar con claridad. Y no sería conveniente que a mi salud se le ocurriera jugarme una mala pasada en este momento. Mañana reflexionaré con calma para buscar una forma de salir de este embrollo". Suspiré, recogí el contrato y lo leí por encima. No tenía nada de especial. Solamente indica que debo alimentar y darle un techo a Siesta. Por último, y gracias al sello, el conde Mott hiciera oficial que, como su antiguo propietario, ella me pertenece a partir de ahora. Lo enrollé.

–Perfecto. Siesta, ve a recoger tus cosas.

Le exigió el conde. Ella hizo una reverencia.

–Si.

Respondió aliviada. La joven se puso en camino sin dudar ni un momento. El conde comenzó a caminar escaleras arriba sin previo aviso. Se detuvo en el cuarto escalón y nos lanzó una mirada de indiferencia a los estudiantes. Llevaba el libro que durante generaciones perteneció a los Von Zerbst bajo el brazo izquierdo.

–Ahora si me disculpan, tengo una lectura que empezar. Es tarde y supongo que deberían regresar a la academia cuanto antes. Buenas noches, jovencitos.

No aguardó a que nos despidiéramos. Continuó su camino tarareando una melodía, bastante mas contento que antes. Yo permanecía con la mirada perdida en mitad del vestíbulo, con el contrato de una sirvienta que no necesito, no puedo alimentar y ni siquiera puedo poseer en la mano derecha. Tabitha se aproximó a Saito y Louise. La tristaniana se alejó de su familiar. Tras un leve movimiento del bastón, este se elevo un metro en el aire. No parecía que fuera a despertar pronto. Louise recogió la espada dorada con ambas manos. Cuando decidí volver al mundo real, sentí a mi lado la presencia de alguien que no se había movido desde que el contrato fue sellado. Kirche me observaba como si tratara de leer mis pensamientos. Mis ojos se centraron en el suyo. Ella desvió la mirada hacia nuestras compañeras, las cuales se aproximaban lentamente. Antes de que nadie dijera nada, logré articular palabra.

–Subid a Saito sobre la dragona. Siesta y yo os alcanzaremos en cuanto ella regrese.

Tabitha no respondió, sino que se puso en camino con el cuerpo levitante de Saito. Los guardias aguardaban apostados a ambos lados de la puerta a que nos retiráramos. Louise, sin embargo, si permaneció en el sitio. Miraba fijamente al suelo tratando de encontrar las palabras adecuadas. En cuanto levantó la vista y abrió la boca, yo alcé la mano izquierda y negué con la cabeza.

–Aquí no.

Dije suavemente. Ella, cuyos ojos todavía permanecían hinchados por las lágrimas derramadas anteriormente, comprendió al instante la situación y asintió. Se dirigió a la puerta principal de la mansión. Kirche la imitó.

Siesta regresó un par de minutos después de que las últimas dos alumnas abandonaran el vestíbulo. Vestía todavía el atuendo de sirvienta ciertamente revelador que el conde Mott le obligara a ponerse. Portaba una maleta en ambas manos, la misma con la que se despidió aquel día en el patio de la academia. Sus ojos azules me miraban fijamente. Suspiré y le hice un gesto con la mano para que nos pusiéramos en camino. A paso ligero, cruzamos el ostentoso jardín delantero, rodeando la fuente de mármol situada en su centro. Siesta permanecía dos pasos detrás de mi. Divisé a Sylphid por encima del muro que delimitaba la finca, cerca de varios árboles. Nos reunimos con el resto del grupo. Los guardias nos observaban desganados. La dragona se agachó como la primera vez que subimos en su lomo y Tabitha elevó a Saito un poco mas en el aire, depositándolo con cuidado encima de ella. Louise se situó al lado de su familiar rápidamente. Kirche la siguió. Finalmente, Siesta y yo nos colocamos detrás de ellas, sentándonos con cuidado. Observé a Saito con lástima, pero algo dentro de mi quería explotar. "En cuanto despierte hablaremos muy seriamente de su comportamiento. Sólo espero que Louise no lo mortifique antes de eso. A quién quiero engañar…" Suspiré. La joven de pelo azul se subió justo en la unión entre el cuello y el lomo de la dragona. Le ordenó elevarse sin previo aviso. Siesta se agitó violentamente. Le coloqué una mano en la espalda para tranquilizarla y ayudar a que mantuviera el equilibrio. Ella me agradeció con una leve sonrisa.

Mientras sobrevolábamos los verdes campos primaverales de Tristain en dirección a la academia, las dos lunas iluminaban un cielo nocturno completamente despejado. Nadie había dicho una sóla palabra desde que abandonamos la residencia del conde Mott. Sin embargo, una serie de miradas de todo tipo se dirigieron a mi en cuanto alcanzamos la altura ideal. Louise quería decir algo, pero la presencia de Kiche, Tabitha y Siesta parecían hacerle dudar, puesto que sus ojos iban en la dirección de ellas continuamente; sólo para volver rápidamente a mi. La germana por su parte había dejado de lado cualquier preocupación por el familiar de su rival para centrar su atención en mi, aunque tratara de disimularlo. Siesta, que inicialmente se emocionara un poco en cuanto alzamos el vuelo, y conociendo su lugar como plebeya, parecía aguardar a que nosotros iniciáramos una conversación. Finalmente, cansado de tantas miradas, decidí hablar.

–Saito se recuperará pronto, Louise. La maestría del conte Mott con el elemento Agua es envidiable. El hechizo curativo que utilizó para cerrar sus heridas tan rápidamente supera mis habilidades por mucho.

Afirmé tratando de aliviar un poco la situación. Entonces, mi gesto se tornó en uno de seriedad absoluta.

–Sin embargo, es su actitud lo que me preocupa. Desde que lo convocaste no ha dejado de meterse en problemas. No sólo eso, sino que tú y yo nos hemos visto involucrados continuamente en ellos. Puedo comprender que este no sea su mundo y no esté acostumbrado a nuestra sociedad y sus reglas. Pero todo tiene un límite. En cuanto despierte, le dejarás bien claro que se acabó el actuar como un idiota redomado, ¿Entendido?

Aguardé su respuesta mientras la miraba fijamente a los ojos. Ella iba a responder verbalmente, pero acabó asintiendo varias veces. Entonces, tras casi un minuto donde el silencio reinó de nuevo en el que pensé bien que decir a continuación, decidí disipar de la mejor forma posible las dudas con respecto a mi persona que se crearon durante la conversación con el conde Mott. Desvié la mirada hacia un lugar lejano. Hacia unas montañas cuyos picos se encontraban nevados.

–Toda mi relación con el conde Mott es fruto de un engaño. Una argucia. Debido a la insistencia de Saito apenas he tenido tiempo para pensar en un plan mas elaborado. El nombre por el cual me conoce es el de un noble romaliano con el que traté hace años…

Hice una pausa. Cerré los ojos. "Vincenzo… Jamás pensé que podrías causarme mas problemas por culpa de tu nombre que de tus acciones. Mucho menos años después de nuestra última conversación". Los abrí de nuevo y continué.

–Me vi obligado a dar un nombre falso por seguridad. También mentí sobre la identidad de Saito. Si el conde llega a enterarse de que es un familiar, lo habría ejecutado en cuanto este le faltó al respeto la primera vez, dos días atrás. Sólo nos queda rezar porque nunca descubra la verdad.

Sentencié agotado. Nadie dijo una sola palabra más. Pasé el resto del camino absorto en mis pensamientos, con los ojos fijos en el horizonte. No me atreví a volver la mirada hacia mis acompañantes en ningún momento.

Una vez avistamos la academia en el horizonte, Tabitha ordenó a Sylphid que descendiera hasta colocarse sobre las copas de lo árboles mas altos. El espeso bosque que se extendía al este de la construcción nos haría prácticamente invisibles al amparo de la oscuridad. "Hemos roto el toque de queda. Si nos descubren ahora podrían sancionarnos gravemente". Me lamenté por enésima vez de haber acompañado a Saito en primer lugar. La pequeña de cabello azulado le susurró a su familiar una orden. Inmediatamente, aterrizamos de forma algo brusca. Kirche, Siesta y Louise bajaron con cuidado, dejándonos a mi y a un inconsciente Saito sobre el lomo de la criatura. Tabitha me lanzó una mirada inexpresiva, la cual dirigió al otro chico poco después. Comprendí rápidamente a que se refería.

–Yo me ocupo.

Me alejé un poco del familiar y desenvainé a Storm Ruler. Conjuré un hechizo de Aire y el cuerpo de Saito se elevó ligeramente. La pequeña alumna se bajó de la dragona en cuanto deposité con cuidado al chico en la hierba. Me deslicé por el ala derecha para situarme junto a las otras tres jóvenes. Louise se dirigió a mi.

–Alessandro, podrías…

–Si.

Respondí antes de que pudiera incomodarse por su conocida incapacidad para realizar hechizos elementales. Tabitha ordenó a Sylphid al oído que se retirara. La dragona obedeció, emitió un leve sonido a modo de despedida y salió volando en dirección contraria a la academia. Todavía con mi espada-catalizador en mano, repetí el encantamiento de Aire. Pese a que el cansancio y el torrente de emociones que había vivido en la residencia del conde habían hecho mella en mi, no había conjurado ningún hechizo en todo el día, por lo que no correría el riesgo de sufrir un achaque. No al menos hasta que me desplomara sobre la cama como sucedió días atrás.

Nos despedimos de Tabitha en el primer piso de la torre donde residimos los estudiantes de segundo curso. Esa era la principal razón por la cual me encargó a mi el llevar a Saito hasta cuarto de Louise, situado en la planta mas alta. Kirche, pese a tener su habitación en el segundo piso, a escasa distancia de la mía, nos acompañó. "Se querrá asegurar que Saito dormirá donde corresponde. Tal vez busque visitarlo mañana a primera hora. Aunque, ahora que lo pienso, desde que ella y Tabitha decidieron acompañarnos en esta misión de rescate, su actitud llena de erotismo había desaparecido. Es como si una parte de ella, mucho mas adulta y noble, hubiera tomado el control". Mientras subíamos con cuidado las escaleras procurando no producir mas ruido del necesario, me percaté de que Siesta me seguía muy de cerca. Tanto que mi cuerpo se tensó. "Ese maldito trato. Me la habéis jugado, conde Mott". Alcanzamos el último piso de la torre en pocos segundos. Kirche y la sirvienta aguardaron fuera mientras Louise y yo entrábamos al cuarto de la primera, con Saito levitando entre nosotros. Arrimé la puerta sin llegar a cerrarla del todo. Pese a que la única, y tenue, luz presente en la habitación era la que producían las dos lunas en el cielo, la cual se filtraba por los cristales de la ventana, conocía lo suficiente la disposición del cuarto de la tristaniana como para saber donde estaba cada pieza del mobiliario. Louise se situó junto al escritorio y no me dirigió la mirada en ningún momento.

–Déjalo encima de la cama, por favor.

Me indicó en un tono de voz que mezclaba cansancio y desdén. Deposité el cuerpo de su familiar sobre la cama. Envainé a Storm Ruler y le eché un vistazo rápido a la cabeza de Saito. Palpé la zona donde había sido golpeado. "El conde ha hecho un buen trabajo. La herida ha sido cerrada y no dejará secuelas". Dirigí mi mirada a la joven. Louise nos estaba observando. Su rostro mostraba que lo había pasado verdaderamente mal con todo esto. Su mirada denotaba agotamiento. Decidí romper el silencio.

–Lo mas probable es que mañana se despierte con un leve dolor de cabeza. Si continúa inconsciente, avísame cuanto antes.

Ella se tomó unos segundos para responder.

–Siento haberte causado tantos problemas, Alessandro. Que hayas tenido que mentir por mi familiar, jugándote el cuello de esta forma, es demasiado. Kirche tiene razón. Soy una pésima hechicera…

Sentenció. Bajó la cabeza y apretó los puños. Una parte de mi sintió empatía por ella. Sin embargo, no había mentira en sus palabras. Podría perder la vida por culpa de Saito. "Maldita sea". Finalmente, suspiré y me dirigí a la puerta.

–Lo hecho, hecho está. Ha sido una noche muy larga. Nos vemos mañana, Louise.

–Buenas noches.

Salí al pasillo, lugar donde Siesta y Kirche aguardaban mi regreso y, posiblemente, algo de información sobre el estado del chico y tal vez su maestra. Cerré la puerta tras de mi y encaré a las jóvenes. La primera, con su habitual gesto servicial, me observaba ansiosa. La germana en cambio tenía una mano en la cadera y su ojo visible clavado en mi.

–Mañana estará recuperado y todo volverá a la normalidad. Al menos para él.

Kirche asintió y Siesta dejó escapar un suspiro de alivio.

–Espero que tengas razón. Si me disculpáis, me retiraré a mi cuarto. Buenas noches.

Mencionó la pelirroja, la cual se volteó antes de terminar de hablar. Mostraba signos de cansancio en el rostro.

–Hasta mañana, Kirche.

–Buenas noches, señorita Von Zerbst.

E hizo una reverencia. La plebeya permaneció a mi lado, aguardando a que le diera su primera orden. Sólo de pensar en los problemas que me causaría de ahora en adelante tener una sirvienta personal, algo que va en contra de las normas de la institución en la cual curso mis estudios mágicos, mi cuerpo empezó a sentir un enorme malestar. "Aprovecharé que la mayoría de estudiantes están dormidos para dejar las cosas claras". Me aclaré la garganta y dirigí mi mirada hacia ella.

–Siesta, ¿Podemos hablar un momento?

Sonrió ante mi educación.

–No tenéis que ser tan respetuoso conmigo, mi señor. Ahora vos sois mi único amo. Obedeceré todas vuestras órdenes sin rechistar.

Su contestación me tomó por sorpresa. Me quedé pensativo durante unos instantes. Respondí lo primero que me vino a la mente.

–Yo… Yo ni siquiera imaginé la posibilidad de que todo pudiera acabar de esta manera. El conde Mott me la ha jugado.

Sentencié mientras desviaba la mirada. Cuando volví mis ojos hacia la sirvienta, ella tenía los suyos clavados en el suelo. Su gesto mostraba cierta aflicción.

–No, mi señor. Si hay una culpable, esa soy yo. Siento haberos hecho pasar por todo esto. A vos y a Saito. Si llegara a pasarle algo grave no me lo habría perdonado nunca…

Hizo una pausa. Trataba de aguantarse las lágrimas. Entreabrí la boca.

–Y-Y todo porque él fue amable conmigo. Si me hubiera mantenido alejada o, al menos, le hubiera avisado de que me iba por voluntad propia…

Dijo la última frase como si de verdad se sintiera culpable, pero conoce perfectamente su situación: es una plebeya cuyo contrato está ligado a la academia. Si un noble quiere comprarla o llevársela como regalo sólo tiene que hacérselo saber al director. Eso es lo que sucedió con el conde Mott. Me acerqué a ella, pero permanecí lo suficientemente lejos para dejarle su espacio personal.

–Escucha, Siesta. Tú no tienes la culpa de nada. Mott abusó de su poder e influencia para tomarte cual objeto decorativo. Ambos sabemos que sus intenciones no eran del todo honorables.

Mencioné eso tras echar un vistazo a su revelador atuendo. No había rubor en mis mejillas. Una sensación de lástima provocada por la chiquilla me embargó. Continué mi pequeño discurso.

–Yo estaba de acuerdo con Saito y quería apoyarlo. Tal vez por eso decidí embarcarme en esta misión. Sin embargo, mi sentido común me decía que no era una buena idea. Supongo que, si le hubiera hecho caso, no estaríamos aquí.

Finalicé con un tono ciertamente irónico y esbocé una pequeña sonrisa. Ella alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los míos. La plebeya imitó mi gesto y se animó un poco. Sus ojos vidriosos brillaban con el fulgor de los candelabros. Hizo una reverencia.

–Muchísimas gracias por haberme salvado. A partir de ahora os serviré lo mejor que pueda en todo lo que necesitéis. Estoy muy contenta de tener un nuevo amo tan amable y bueno como vos, mi señor.

Su respuesta no causó el efecto deseado. Suspiré agotado, de nuevo. "No parece comprender aún la situación en la que me encuentro". Negué con la cabeza. Decidí enfocar el asunto desde otra perspectiva.

–Tu vida en la academia… ¿Te gusta? ¿Estás cómoda sirviendo aquí a los nobles?

Siesta dudó por un momento. Respondió con otra sonrisa.

–Así es. Pero no os preocupéis por eso. Aceptaré con gusto serviros únicamente a vos a partir de ahora.

–Siesta… No creo que vaya a funcionar.

Me detuve a pensar bien la situación. Cerré los ojos y me cruce de brazos. "Definitivamente tengo que actuar con decisión. No poseo el dinero necesario para mantenerla; y tampoco necesito sus servicios de forma personal. ¿Qué puedo hacer?" Le di vueltas a una idea que ha rondado mi cabeza desde que sobrevolábamos el cielo sobre Sylphid. "¡El director Osmond, claro! Debo hablar con él y explicarle con calma la situación, evitando hablar de más, por supuesto. Yo hablando de más, algo que no sucede nunca…" Hice una mueca de desaprobación. "Céntrate, Alessandro. Por ahora le ordenaré que regrese a sus quehaceres diarios". Volví a realidad. La sirvienta aguardaba que le diera una respuesta mas concreta.

–Siesta, por el momento volverás a tu antigua vida. Cocinarás, limpiarás y trabajarás como hasta ahora. No me gustaría levantar sospechas o hacerte cambiar de rutina debido a esta locura.

Ella asintió tras asimilarlo, mucho mas aliviada que antes. Entonces, en un alarde de caballerosidad inusitada, continué hablando.

–Sin embargo, y al menos por el momento, responderás ante mi y únicamente ante mi.

Siesta se sorprendió de nuevo con esto último. Ladeó la cabeza.

–¿A qué os referís?

Antes de dar ninguna explicación, me detuve a pensar en las palabras que acababan de salir de mi boca. "¿Por qué he dicho eso ahora? ¿El cansancio me está afectando tanto como para creerme un caballero? Tal vez las enseñanzas de Vittorio hayan calado en mi mas de lo que esperaba. 'Procura complacer a los demás a través de la palabra para ganártelos', solía decir. Por supuesto, él se refería a los cortesanos romalianos, no a una sirvienta tristaniana cualquiera. Al fin y al cabo, poco podré interferir con respecto a lo que le suceda a partir de ahora si regresa a su antigua vida una vez hable con el director mañana". Respondí a su pregunta.

–Seguirás viviendo como hasta ahora, trabajando para la academia, pero con una condición: yo soy tu nuevo señor por contrato, por lo qué, y es una orden, sólo aceptaras las tareas que desees. Te tomarás los descansos que necesites y no le darás explicaciones a ningún otro noble o sirviente. En el caso de que alguien se queje o trate de obligarte a hacer algo que no quieres, lo enviarás a mi para que hablemos sobre el asunto, ¿Entendido?

Pregunté tranquilamente. La plebeya, estupefacta, tardó unos segundos en reaccionar. Finalmente, realizó otra reverencia. Sonreía de oreja a oreja.

–Muchísimas gracias por todo, mi señor. Saber que cuento con vuestra ayuda es un alivio… ¡No es que los otros señoritos y señoritas de la academia sean malas personas! Es sólo que… Gracias.

Sentenció Siesta tras expresarse de forma atropellada. Un pequeño tono rojizo se podía vislumbrar en sus mejillas. Sonreí para no darle importancia. "Es una chica encantadora, no hay duda. Supongo que por eso quiero que todo este episodio de contratos y planes improvisados acabe cuanto antes para ella… Y para mi. Si lo pienso bien, y en caso de que pudiera mantenerla, no me importaría que me sirviera personalmente. En Romalia, si un noble o institución no puede dar manutención y un techo a todos y cada uno de sus sirvientes, estos son libres de irse y romper su contrato por ley".

–Tranquila. Entiendo lo que quieres decir.

Añadí. El silencio reinó entre nosotros por un momento. Entonces, el recuerdo de la cena que el conde Mott y yo compartimos me vino a la mente. "Un momento… Ella estaba presente". La conversación acontecida entre esas paredes fue escuchada por sus inocentes oídos. Me puse tensó de repente. La miré de arriba abajo. "Lo siento, Siesta, pero tengo que asegurarme de que el nombre de mi madre, de mi hermano y el apellido de mi antigua familia no sean escuchados dentro de estos muros. Especialmente sabiendo que una Scola de Aquileia estudia aquí". Carraspeé para llamar su atención. La sirvienta me miró a los ojos.

–Siesta, una última cosa antes de despedirnos por hoy.

–¿Si?

–Todo lo sucedido esta noche y, especialmente, la noche en la que Saito y yo fuimos en tu busca debe ser olvidado por ti. Harás como si nunca hubiera pasado, ¿Entendido? Si alguien te pregunta, tú no has estado presente en ningún momento, ¿He sido claro?

Inquirí en un tono mucho mas serio y directo. La plebeya enarcó las cejas, dudando sobre cómo responder exactamente. Realizó una nueva reverencia, mucho mas rígida que la anterior.

–Si, mi señor.

–Es una orden.

Añadí, no aceptando del todo su respuesta y movido por el miedo, a mi discurso. Junto a esas tres palabras, lancé una mirada intimidatoria. "Es la primera vez en mucho tiempo que actúo así con un sirviente. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas". Ella se estremeció y perdió la postura servicial por un instante, como si no se creyera que pudiera comportarme de esta manera después de lo sucedido. Viendo que Siesta no sabía cómo responder continué, buscando dejar clara mi posición.

–Lo que voy a decir a continuación no lo veas como una amenaza, pero si este asunto sale a la luz y descubro que tú has tenido algo que ver, tomaré medidas drásticas.

Llevé mi mano izquierda al pomo de Storm Ruler, moviendo levemente la capa para que ella captara al instante a que me refiero. Sin embargo, y pese a la templanza de mis palabras, mis dedos temblaba ligeramente. "¿Qué estoy diciendo? Jamás podría asesinar a una persona como ella a sangre fría. De hecho, sólo de pensar en asesinar a alguien…" Mi línea de pensamiento se vio truncada por una marcada reverencia realizada por Siesta. La chiquilla parecía verdaderamente asustada.

–O-Os juro por mi vida que de mi boca jamás saldrá una sóla palabra referente a lo acontecido estos días.

El tono empleado me hizo sentir como un tirano. Relajé mi postura y suspiré.

–Gracias por tu comprensión. Ahora ve a dormir. Mañana nos veremos y buscaremos una forma de solucionar el asunto de tu contrato con el director.

La plebeya respiró aliviada y alzó la cabeza. Sonrió débilmente.

–Buenas noches, mi señor.

Con una última y precipitada reverencia, Siesta se despidió. Salió rápidamente del pasillo, iluminado a estas horas de la noche por los candelabros, cuyas velas estaban todas encendidas, en dirección al piso inferior. Mientras permanecía quieto en el mismo lugar en el que acababa de amenazar de muerte a una joven a la que apenas conozco, bostecé sin contemplaciones y aproveché para estirarme un poco.

–Fundador, te ruego que, de camino a mi cama, no pongas ninguna traba mas.

Con el pensamiento de lo que acababa de suceder en mente y una sensación de malestar físico creada a raíz del cansancio, bajé las escaleras que conectan el tercer piso con el segundo. "Por ahora parece que todo ha acabado bien. Saito se recuperará pronto; el conde Mott tiene el libro que tanto deseaba; Louise y yo no caeremos en desgracia por culpa de Gandálfr; Siesta está a salvo, de nuevo, en la Academia…" Sonreí melancólicamente.

–Mañana va a ser un día muy duro… Sólo de pensar en que tenemos clase a primera hora con el profesor Jean Paul se me viene el mundo encima.

Tras mencionar esto en voz baja, crucé la esquina. Mis ojos divisaron el pasillo y, para mi sorpresa, este no se encontraba vacío al igual que el del tercer piso. "¿Qué hace ella todavía aquí?"