Kirche estaba de pie en mitad del pasillo del segundo piso, justo al lado de la puerta de mi habitación. Me detuve a escasos metros de ella. Procuré no hacer una mueca que denotara mi malestar. Traté de adivinar sus intenciones, pero con esta mujer nunca se sabe. Además, el cansancio no ayudaba. Pese a todo, no parece la de siempre. Nos sostuvimos la mirada durante varios segundos. Finalmente, decidí romper el hielo.

–¿Puedo hacer algo por ti?

–Todo lo que ha sucedido esta noche ha sido muy extraño, ¿No te parece?

Respondió antes de que yo terminara de hablar. Sus palabras me pusieron en alerta. Tragué saliva. "No estoy preparado para enfrentarme a ella. No ahora". Cuando temía que el interrogatorio continuara, la germana sonrió.

–Sin embargo, no me meteré en lo que no me llama. Lo importante es que has evitado que Saito fuera ejecutado. Eres un joven honorable, romaliano.

Abrí la boca a modo de respuesta. "Definitivamente eres la mujer mas extraña que he conocido, Kirche Von Zerbst". Me relajé poco a poco.

–Agradezco tus palabras. Aunque no entiendo a que viene esto ahora. Es tarde y mañana tenemos clase.

La joven, en vez de contestar inmediatamente, se volteó con gracia. Su sonrisa permanecía visible en su rostro mientras pude contemplarlo. Comenzó a caminar en dirección a su dormitorio, situado a escasos metros del mío.

–Si sigues actuando como el defensor del familiar de Vallière, la gente podría empezar a pensar cosas extrañas sobre vosotros.

Mencionó en tono de burla. Su comentario me dejó de piedra. "¿Qué? Yo… Yo no tengo esas preferencias". Estaba a punto de responder esto mismo pero decidí, debido a la hora, dejarlo pasar. Gracias a que ella ya no guardaba la entrada a mi lugar de descanso, caminé en dirección a la puerta de la estancia. Justo cuando sujeté la manilla de la puerta, la cual quedara arrimada por si Shalquoir necesitaba salir, Kirche habló de nuevo.

–Aún no me has agradecido que entregara el tesoro de mi familia a ese hombre a cambio de nada.

Me detuve al instante. Suspiré. Giré la cabeza en su dirección.

–Lo siento. Ha sido un día muy largo y… Gracias.

Sentencié con amabilidad. La germana, sin dirigirme la mirada, sonrió de nuevo. Pude ver la mitad inferior de su rostro, ya que el flequillo tapaba el resto.

–Ya pensaré en algo a cambio. Buenas noches.

Y con eso me dejó sólo con mis pensamientos. Permanecí en silencio, completamente quieto durante varios segundos. "Tengo un mal presentimiento". Después de uno de los días mas duros que he vivido en meses, abrí la puerta de mi habitación. El lugar estaba prácticamente a oscuras. La tenue luz que proyectaban las dos lunas penetraba a través de las cortinas. Shalquoir, mi familiar, se encontraba durmiendo plácidamente a los pies de la cama. Agradecí que no hubiera un interrogatorio por parte de otra mujer y me quité la capa. La colgué del perchero. Desaté a Storm Ruler del cinturón y la posé sobre la mesa. Finalmente, me descalcé. Entonces, el cansancio se apoderó completamente de mi cuerpo y me dejé caer sobre la cama, quedando dormido casi al instante.

Cuando abrí los ojos, una claridad grisácea inundaba la habitación. Tardé casi un minuto en incorporarme. Estiré mi cuerpo y bostecé. Me di cuenta de que llevaba puesto el uniforme de la academia. Sin embargo, este se encontraba arrugado. "Cierto, ayer me quedé dormido con él puesto". Localicé rápidamente a Storm Ruler situada sobre la mesa, en la misma posición donde la dejara ayer. "Menos mal que cerré la puerta". Entonces, recordé que comparto habitación con una gata. La encontré en su sitio a los pies de la cama. Dormía o, al menos, lo aparentaba. "Mas tardé le informaré de lo sucedido". Me levanté y dirigí a la ventana. Corrí una cortina con cuidado. Hice una mueca de decepción con la boca.

–Llueve.

Lo que mas llamó mi atención no fue el repentino cambió de clima, sino unos estudiantes saliendo de la torre principal. Me sorprendí. "¿¡Qué hora es!?" Pese a la claridad, las nubes no me permitían calcular con exactitud el momento del día. Caminé rápidamente hacia el armario. "Debo cambiarme cuanto antes. No hay tiempo para lavarse". Rogué al Fundador no haber perdido mas de una clase. Mientras me ponía los pantalones recordé que, a primera hora, tenemos clase profesor que peor me cae. Sentí la necesidad de golpear mi cabeza contra la tapa de madera del mueble. "Maldita sea mi suerte". Coloqué mi catalizador en su lugar y me dirigí a la puerta.

–Nos vemos luego, Shalquoir.

Me despedí sin esperar respuesta. Abrí la puerta y salí como una exhalación. Justo antes de que pudiera siquiera cerrarla, me encontré a Siesta de frente. Emití un quejido en lugar de gritar gracias a que todavía estaba adormilado.

–¡Siesta!

–¡M-Mi señor!

Me llevé la mano al corazón y noté como los latidos se aceleraban a cada segundo que pasaba. "¡No es el momento de tener un achaque!" Inhalé y exhalé tratando de calmarme. Finalmente, cerré la puerta.

–Me has dado un susto de muerte. No vuelvas a hacer algo así.

–¡L-Lo siento muchísimo! No volverá a ocurrir.

Añadió una reverencia su disculpa. Volvía a vestir su ropa habitual de sirvienta. La observé de arriba abajo mientras me recuperaba. Portaba un cesto de fruta en las manos. Carraspeé.

–¿Qué haces aquí a estas horas?

–He venido a ver cómo os encontrabais, mi señor. Aunque siga trabajando para la academia, mi trabajo es serviros principalmente a vos. Como no habéis asistido al desayuno empecé a preocuparme. Os he traído algo de comer.

Alzó con una mano la cesta. Suspiré.

–Estoy bien, no te preocupes. Por cierto, ¿Qué hora es?

–Aproximadamente las 8:20. El desayuno acaba de terminar hace escasos minutos.

Celebré interiormente. "Fundador, gracias". Sonreí aliviado. La plebeya se alegró de mi cambio de humor. Tracé en cuestión de segundos, ya que el tiempo apremia, el plan de hoy. Cogí una manzana del cesto de fruta.

–Gracias. Escucha, Siesta. Cuando termine la segunda hora de clase, aprovecharé el descanso para solicitar una audiencia con el director. Intentaré explicarle tu situación y el asunto del contrato. Necesitaré que me acompañes hasta allí, ¿Entendido?

La chica se sorprendió con mi propuesta pero asintió con una reverencia.

–Si, mi señor. Os estaré esperando en la escalera de espiral situada en el centro de la torre principal.

–Bien. Pero primero debo ir a clase. Al profesor Jean Paul no le gusta que lo hagan esperar.

Mencioné en voz alta y le di un bocado a la manzana mientras empezaba a caminar. "Se viene otro día ajetreado". Siesta se situó detrás de mi y emprendimos el rumbo escaleras abajo.

Tras dos pesadas clases, especialmente la primera, salí del aula respirando profundamente. Le expliqué a Louise que debía hablar con el director cuanto antes sobre el asunto de Siesta. Ella se sobresaltó y me pidió, aunque por el tono bien parecía que me estaba dando una orden, que no le contara nada sobre lo sucedido entre el conde Mott y Saito. Que procurara evitar dar datos innecesarios. Le aseguré que yo, a diferencia de cierto joven que actualmente sigue durmiendo en una cómoda cama, no soy un libro abierto. "Creo que no la he convencido del todo, pero con tal de que sus arranques violentos no se dirijan a mi, sobreviviré". Siesta aguardaba, como habíamos acordado, junto a la gran escalera espiral situada en el centro de la construcción. Sonrió y me saludó con una reverencia.

–Mi señor.

–Siesta.

Respondí algo avergonzado. "Podría vernos cualquiera". Me centré en lo importante.

–Acabemos con esto de una vez.

–Como ordenéis.

Aguardó a que yo pasara delante y me siguió de cerca, manteniendo dos escalones de diferencia entre nosotros continuamente.

–Mi señor, si no es molestia preguntar, ¿Qué tal os ha ido en clase?

Sin detenerme en ningún momento, bufé y traté de dar una explicación lo mas correcta posible.

–Bien. Hemos empezado a dar teoría relacionada con los hechizos lineales de Aire. A su vez, la profesora Chevreuse procura que no nos quedemos atrás en la práctica con el elemento Tierra.

La conversación murió con mi comentario. "Poco puede aportar una sirvienta en este ámbito, por lo que su silencio es comprensible". Llegamos al último piso de la torre en pocos minutos. Siesta se detuvo a un lado de la escalera, puesto que no es necesaria su presencia en la pequeña charla que va a tener lugar entre el director y yo. Desde aquí, y a través de las ovaladas ventanas, podría verse con claridad el valle en el que está emplazada la academia, lleno de verdes campos y serpenteantes senderos, de no ser por los nubarrones de tormenta que amenazan en el cielo, descargando lluvia continuamente sobre estos. En el este, un extenso bosque ocupa varias hectáreas de terreno. De la lejana cadena montañosa situada al sur, la cual atravesara en carruaje semanas atrás, apenas se distinguía un tercio de su majestuosidad. "Es curioso. No han pasado ni dos semanas desde que me instalé en este lugar y parece que llevo aquí mucho mas tiempo. Supongo que todo se debe a la aparición de Saito". Esbocé una media sonrisa. "Fundador, dame paciencia". Una vez alcancé el último escalón, observé que junto a la puerta de la oficina del director había un pequeño despacho. En este, una joven no mucho mayor que yo estaba con la vista enfocada en unos papeles. "No recuerdo su nombre, pero fue muy amable conmigo la noche de mi llegada". Caminé en su dirección y emití un leve sonido con la boca para advertirla de mi presencia. La secretaria alzó la cabeza y nuestros ojos se encontraron.

–¿Puedo ayudarte?

Inquirió en un tono prácticamente inexpresivo. Sonreí.

–Si. Me gustaría saber si el director Osmond se encuentra ocupado en estos momentos. Tengo un asunto importante que discutir con él.

La mujer negó con la cabeza.

–Ahora mismo no está reunido con nadie. Puedes pasar.

Me informó. La noticia me alegró un poco, aunque no lo suficiente como para convertir este día en uno bueno. "Si logro solucionar el embrollo en el que me he visto envuelto puede que cambie de parecer". Asentí.

–Gracias.

Me dirigí a la puerta. Llamé dando un par de golpes lo suficientemente fuertes como para alertar a cualquier persona presente al otro lado. Agarré el pomo con la mano derecha. Justo en ese momento, recordé que tal vez hubiera sido buena idea traer conmigo el contrato firmado por el conde Mott, sobre todo para tener una prueba fehaciente de lo sucedido la pasada noche. Maldije el haberme quedado dormido y haber actuado sin pensar debido a ello. Giré el pomo y la puerta se abrió sin problemas. Pasé dentro con cuidado y cerré tras de mi. "Allá vamos". La oficina del director es una estancia diáfana. Varios muebles de diferente utilidad y tamaño están repartidos por las paredes. Una mesa redonda considerable se sitúa a la derecha, rodeada de hasta diez sillas de madera de primera calidad. Frente a esta, una chimenea, actualmente encendida, es flanqueada por dos sofás de manufactura exquisita. Sobre el hueco de la misma está grabado en la piedra el escudo de la academia: la estrella de cinco puntas que representa los cinco elementos de la magia. "Aunque uno se haya dado por extinto desde hace casi un siglo". Lo que centró mi atención, sin embargo, fue el propio director Osmond, que se encontraba sentado en una silla detrás del escritorio. El hombre, de anciana edad, estaba leyendo un papel mientras fumaba de una pipa ricamente decorada. En cuanto sintió mi presencia, alzó la vista con curiosidad.

–Buenos días, señor director.

Saludé educadamente, acompañando este con una leve reverencia propia del sur.

–Ah, eres el jovencito romaliano enviado por el Papa.

–¿Me recuerda?

Inquirí sorprendido. Él sonrió bajo su poblada barba.

–Por supuesto. No todos los años aceptamos alumnos de tierras tan lejanas. Usted y la joven de cabello ceniciento son los únicos estudiantes romalianos de la academia actualmente.

Asentí anonadado. "Así que Chiara y yo somos los únicos romalianos aquí. En el profesorado tampoco parece haber nadie del sur, desde luego". Me aproximé al escritorio procurando que las paredes escucharan lo menos posible de nuestra conversación. El anciano me indicó con una mano que tomara asiento en una de las dos sillas situadas frente al mueble.

–Siéntate hijo. ¿Cuál era tu nombre? Disculpa mi memoria. Demasiadas personas procedentes de todos los rincones de Halkegenia me envían cartas o buscan una audiencia conmigo continuamente.

Ante su amabilidad, acepté la oferta de acomodarme.

–Me llamo Alessandro. Alessandro… Serevare.

Sonreí amargamente. "Jamás me acostumbraré a utilizar el apellido de Vittorio con las autoridades. Aunque… Sin él no estaría aquí". El hombre inhalo un poco de humo de su pipa. Exhalo con total tranquilidad.

–Y bien, Alessandro, ¿En qué puedo ayudarte? ¿O es que has venido aquí porque el Fundador te ha enviado para auxiliar a este pobre anciano en sus quehaceres diarios?

Bromeó tratando de aliviar la tensión provocada por mi notorio cambio de ánimo, algo que agradecí. Negué con la cabeza tras dejar escapar una risita.

–No, señor. Necesito hablar con usted sobre un asunto importante ocurrido en los últimos días.

–Una pena. Con lo entretenido que es el trabajo de un director.

Reí de nuevo.

–No lo pongo en duda.

–En verdad es un suplicio. No acabes como yo, chico. Bueno, ¿Qué ha sucedido estos días?

Sus cambios de humor repentinos me dejaron de piedra. "Me cuesta creer que este hombre sea uno de los hechiceros mas poderosos del continente. Las apariencias engañan, desde luego". Me recuperé. Pensé con cuidado sobre como proceder. "No debo mencionar a Saito en ningún momento. Se lo he prometido a Louise. Además, si le digo que he utilizado un nombre falso podría reprimirme duramente. Y con razón". Carraspeé tras unos segundos de aclarar ideas.

–Verá, ayer por la noche ocurrió un evento… Inesperado.

El hombre alzó una ceja.

–¿Ah si?

–Si. ¿Recuerda la joven sirvienta que le fue entregada al conde Mott como presente por su mecenazgo?

El director colocó la mano derecha en su barbilla.

–Si. Una chiquilla morena de ojos azules y buen ver.

Su descripción, concretamente la última parte, provocó un leve rubor en mis mejillas.

–S-Su nombre es Siesta.

–Entiendo, ¿Qué sucede con ella?

Alzó una mano y me pidió que esperara.

–Permite que reformule mi pregunta. ¿Por qué está aguardando por ti en las escaleras de la torre?

–Pues…

Iba a responder completamente en serio cuando asimilé su pregunta. Abrí los ojos como platos y los dirigí a mi interlocutor. Me quedé congelado. "¿Que? ¿Cómo ha…? No me digas que…" Un sinfín de preguntas se acumularon en mi mente. Entonces, y viendo mi silencio, el anciano rió.

–Tranquilo, no voy a obligarte a hablar. Soy consciente de que ayer, cerca de la medianoche, tú y tres alumnas mas rompisteis el toque de queda, regresando de, asumo, la residencia del conde Mott sobre una dragona junto a Siesta y el familiar humano invocado por la señorita Vallière. ¿Me equivoco?

Su relato me dejó aún mas sorprendido si cabe. Me limité a asentir repetidas veces. Sujeté con fuerza los brazos de la silla. Sentí una gota de sudor caer por mi espalda. Él esperó tranquilamente a que respondiera. Tragué saliva procurando articular palabra.

–N-No tiene sentido ocultárselo. Es cierto, Siesta ya no le pertenece al conde Mott.

–Esa parte de la historia la desconocía, pero asumí que algo importante sucediera la pasada noche si la joven sirvienta regresó con vosotros. Además, si el buen conde no ha hecho acto de presencia todavía con una de sus salidas de tono es que todo ha acabado bien, ¿Correcto?

Asentí de nuevo, mas tranquilo viendo que no parecía enfadado ni molesto con nuestra imprudencia. Decidí acabar con esto cuanto antes, especialmente porque en menos de quince minutos tengo clase con el profesor Colbert y no quiero decepcionar a mi profesor favorito llegando tarde. "Bastante daño he hecho ya quedándome dormido hace unos días en una de las asignaturas que imparte". Suspiré.

–Está bien informado, señor director. Siesta… Siesta es de mi propiedad ahora.

Coloqué una mano en el pecho como si me hubieran acusado y tratara de defenderme de una sentencia de muerte.

–¡Pero yo no necesito un sirviente personal! Sé cuidar de mi mismo y soy consciente de que las reglas de la academia lo prohíben.

El director se recostó en su asiento y no respondió inmediatamente. Esto me puso en tensión de nuevo. Jugueteó con su barba y fumó de su pipa.

–Efectivamente. Las reglas de la academia prohíben a los estudiantes poseer sirvientes mientras permanezcan aquí. Sin embargo…

Se incorporó con cuidado y se dirigió a la enorme ventana que había tras su asiento. Observó un rato en silencio el bosque donde aterrizamos la pasada noche.

–Dada la situación y viendo tu diligencia no le daré mas importancia que la de una anécdota puntual. Te propongo un trato, Alessandro.

Se volteó y me encaró. Me levanté de la silla de la impaciencia.

–Haré la vista gorda con respecto a todo este asunto si Siesta vuelve a sus quehaceres diarios en la academia. Añadiré a los términos que nosotros nos ocuparemos de su manutención y le daremos cobijo. Así no tendrás que compartir habitación con una hermosa joven de ojos azules.

Enunció amigablemente, añadiendo algo de ironía en la última oración. Sentí casi todo el peso que portaba sobre mis hombros deshacerse en un abrir y cerrar de ojos. No podía creer que esta aventura tuviera un final feliz, pese a que todavía estaba el asunto del nombre falso y mi tapadera. Sonreí incrédulo.

–¿Lo dice en serio?

–Por supuesto. Has hecho lo correcto, jovencito. Siesta te estará agradecida eternamente.

Cerró los ojos y me devolvió el gesto. Podría gritar de felicidad ahora mismo, pero el decoro me lo impedía. Caminé hasta él y le cogí la mano derecha con las miás.

–¡Muchísimas gracias, señor director!

El anciano se sorprendió pero se dejó llevar por mi alegría. Nos separamos.

–Ahora, ve e informa a Siesta de lo sucedido aquí. Ah, y regresa a clase. Tienes menos de diez minutos antes de la próxima sesión.

Seguí sus ojos hasta un reloj de cuco bellamente decorado. "¡Rayos! Debo darme prisa". Caminé rápidamente hasta la puerta.

–¡Gracias por su tiempo! Nos veremos en otra ocasión, señor director.

–No ha sido nada, jovencito. Que tengas un buen día.

Y con eso nos despedimos. Abrí y cerré la puerta con decisión. Me apoyé en esta y respiré profundamente, olvidando por completo que la secretaria del director Osmond estaba todavía en su despacho, observándome con curiosidad. No le di importancia.

–Buenos días, señorita.

Saludé como si nada. Ella me devolvió el saludo con la mano, pero apenas me detuve a verlo. Siesta aguardaba en una pose servicial varios escalones mas abajo. Al contemplar mi sonrisa, ella se sorprendió.

–Buenas noticias, Siesta. Pese a que sigues siendo de mi propiedad, volverás a tu antigua vida como si nada de esto hubiera sucedido.

La plebeya abrió la boca y una felicidad contagiosa la inundó.

–¿¡Lo decís en serio!?

–Totalmente en serio.

Su reacción me tomó por sorpresa: la chiquilla me abrazó repentinamente.

–¡Gracias, gracias, gracias!

Me ruboricé al sentir su cuerpo contra el mío y alcé los brazos a modo de respuesta, emitiendo un quejido por el camino. Ella se dio cuenta rápidamente de lo que había hecho y retrocedió avergonzada, regresando a su pose servicial. Desvió la mirada y bajó la cabeza.

–¡Di-Disculpadme, mi señor! ¡Yo no…!

–Tra-Tranquila, comparto tu gozo.

Sacudí la cabeza.

–Ahora debo regresar a clase. Y tú a tus tareas como sirvienta de la academia.

Le sonreí. Ella se relajó e imitó mi gesto. Sus ojos brillaban como si estuviera a punto de derramar varias lágrimas.

–Os estoy muy agradecida por todo lo que habéis hecho por mi, mi señor. Si necesitáis cualquier cosa en cualquier momento, no dudéis en hacérmelo saber e iré inmediatamente a vuestro encuentro.

E hizo una reverencia. Negué con la cabeza mientras miraba la bóveda de piedra de la escalera espiral. "Fundador, no obstaculices mas mi camino por el momento. Te lo pido de rodillas".

Esa misma tarde decidí practicar un poco con hechizos de Aire. Tras un rato, y buscando evitar que Storm Ruler no se cargara lo suficiente como para que diera problemas, envainé la espada y eché un vistazo al patio delantero de la academia por la ventana. La lluvia no parecía tener planes para cesar en las próximas horas. El cielo continuaba tintado de un tono gris oscuro. Cualquier idea que implicara salir del dormitorio se diluyó como el maquillaje de una viuda. Shalquoir seguía ignorándome. Enroscada en si misma, aparentaba estar dormida sobre la cama. "Esto no puede seguir así". Caminé hasta su posición y me senté a su lado. Ella ni se inmutó.

–Shalquoir, entiendo que estés molesta conmigo por lo sucedido en los últimos días. Te pido perdón si mi actitud te ha provocado rechazo, pero he pasado por momentos extremadamente tensos por culpa de Saito y el conde Mott y… Lo siento.

No estoy acostumbrado a disculparme. Mucho menos a hacerlo con una gata parlanchina. Preferí callarme y esperar una respuesta, por muy satírica, y con razón, que esta fuera. El animal se estiró, aunque no se digno a mirarme, todavía. Pasaron mas de treinta segundos hasta que habló.

–"Era de suponer que algo importante había sucedido. Adelante, te permito desahogarte contándome las andaduras en las que te has visto envuelto. Al fin y al cabo, ¿Para que estamos los familiares?".

Enunció con cierto veneno en sus palabras como si yo fuera un amante tratando de excusarse. Fijé la vista en mis manos y traté de ordenar mis ideas. Procedí a contarle todo lo sucedido, centrándome especialmente en la actitud de Saito, la gran mentira que improvisé y, necesitado de un apoyo, lo acontecido en la cena privada que el conde y yo mantuvimos. Tras casi quince minutos de explicación sin que ella me interrumpiera y algún intento de excusar nuestra estupidez, sentencié maldiciendo mi plan y a Saito. Mis ojos se dirigieron a ella y esta, que había modificado su postura para encararme, por fin centró sus zafiros en mi. Bostezó.

–"No he bostezado por tu historia, querido. Es sólo que los días nublados me relajan en exceso".

Empezó a hablar. Se lamió prácticamente todo el cuerpo hasta que decidió continuar.

–"Perfecto. Una gata no puede permitirse estar despeinada".

Pausa.

–"Bien, Alessandro. Por lo que veo has hecho caso omiso de mi consejo sobre pasar desapercibido".

Asentí derrotado. "Me lo merezco". Entonces, se colocó en una posición mas digna alzándose sobre sus patas delanteras.

–"Sin embargo, has vuelto a actuar como un héroe. La plebeya te está agradecida; y el siervo de la chiquilla irritante no ha sufrido daños graves. En cuanto a la mención que el conde hizo de tu madre, no podías siquiera imaginar que un noble tristaniano cualquiera hubiera oído hablar de ella. Mucho menos que pertenecieran a la misma facción. No te atormentes más por ello".

–No es tan sencillo, Shalquoir. ¿Y si descubre que he mentido? Me denunciará y seré ejecutado. Ni siquiera Vittorio podría protegerme.

Mi familiar se rió de esa forma irritante que tanto extrañaba.

–"¿Quién ha dicho que los héroes vivan lo suficiente como para contar sus hazañas?"

Preguntó irónicamente. Esto provoco dos reacciones en mi. Por un lado sentí la soga apretarse en mi cuello. Por otro, me hicieron gracia sus palabras. Esbocé una sonrisa.

–He sido demasiado imprudente.

Negué con la cabeza mientras alzaba la vista para mirar el dosel de la cama. De repente, sentí un peso en mi regazo. La gata se había posado sobre mis piernas, enroscándose con cuidado.

–"Si que lo has sido. Por fortuna, tus manos siguen siendo tan suaves como las de una doncella".

Fruncí el ceño.

–¿Me estás llamando afeminado?

Shalquoir suspiró.

– "Hombre tenías que ser. ¿Por qué siempre os ofendéis cuando una mujer os alaba de tal forma?"

Decidí no darle mas importancia y la acaricié lentamente. Sonreí.

–"Ahora escúchame bien, querido. Debes hablar con el familiar humano y advertirle de que no puede seguir actuando como un niño caprichoso o, al menos, que no involucre a los demás en sus conflictos. Una cosa es su maestra, que bastante tiene con soportarlo, y otra muy distinta tú, por muy amigo suyo que seas".

Sentenció tajantemente. Suspiré y desvié la mirada. "Eso mismo llevo intentando desde que Guiche lo dejó inconsciente y no ha dado resultado. Tal vez haya que tomar medidas mas… Drásticas". Empecé a planear como convencer a Saito.

Decidí no esperar mas tiempo y media hora después me hallaba frente a la puerta del cuarto de Louise. "Saito se habrá recuperado completamente después de descansar mas de medio día. La habilidad con los hechizos de curación del conde Mott es muy superior a la mía, por lo que no tengo nada de que preocuparme. En caso de que siga durmiendo hablaré con Louise, dejándole claras las cosas. Y no pienso tolerar que se imponga o sobresalte esta vez". Suspiré y llamé a la puerta. Escuché la voz de Louise al otro lado, pero no entendí una sóla palabra. Pasados unos segundos, la madera se movió y, como era de esperar, Saito se encontraba al otro lado en perfectas condiciones. El chico se sorprendió.

–Alessandro…

–Me alegra verte recuperado, Saito. ¿Puedo pasar?

Sonreí con sinceridad. "Una cosa es que quiera reprimirlo y otra muy distinta que no me alegre de verlo en pie". El chico asintió y me dejó espacio. Louise, sentada en la silla de su escritorio, alzó la vista de un papel que estaba leyendo y me miró. Saito cerró la puerta tras de mi.

–Alessandro, ¿Necesitas algo?

Dobló el escrito y lo guardó en el primer cajón con cuidado. Me dirigí a una de las sillas situadas junto a la mesa y, sin esperar a que me dieran permiso, me senté. Saito se colocó entre la tristaniana y yo.

–He venido a informarte de lo que ha sucedido con el director.

La chica abrió los ojos mas de lo normal y se impacientó. Bajé la cabeza.

–El director Osmond lo sabía todo.

–¿¡Qué!?

Exclamó Louise. Se hizo un silencio incómodo. Continué.

–Desde la primera visita a la residencia del conde Mott hasta la hora de nuestro regreso ayer por la noche. No os hacéis idea de la humillación que supuso para mi. Sentí como el peso del mundo se precipitaba sobre mis hombros inevitablemente.

Suspiré y miré a los ojos a la noble.

–Sin embargo, no pareció molestarle. Me advirtió de que no debemos mencionar nada del asunto a nadie. Especialmente la parte del contrato. A ojos de la academia, Siesta nunca ha cambiado de manos. Volverá a sus quehaceres diarios aunque legalmente continué siendo de mi propiedad.

Saito emitió un sonido a modo de queja.

–No me gusta que habléis de ella como una mercancía cualquiera.

–¡Silencio! Te recuerdo que todo esto es culpa tuya, perro.

Louise alzó la voz y el familiar obedeció de mala manera. La joven se levantó y se dirigió a la ventana. Colocó una mano en el cristal. Las nubes en el horizonte comenzaban a disiparse. "Pronto amainará, aunque sea temporalmente". Saito se acercó a mi.

–Louise me ha contado todo lo que ha pasado desde que quedé inconsciente.

El chico dobló su cuerpo en una reverencia que me cogió desprevenido. Abrí la boca anonadado.

–Muchas gracias por tu ayuda, Alessandro. Si puedo hacer algo por ti, lo que sea, lo haré.

Tardé varios segundos en reaccionar. Louise, mas relajada, suspiró y colocó ambas manos en la cintura. Recordé el verdadero motivo de mi visita y me incorporé, encarando al familiar. Lo miré directamente a los ojos con un gesto de seriedad en el rostro.

–Escúchame bien, Saito. Te lo advertí en su día y te lo advierto de nuevo: se acabó el actuar como un idiota descerebrado. No vuelvas a desafiar a nadie, mucho menos a un noble, si no tienes motivos de verdad para hacerlo. Hasta ahora he sido benevolente y te he apoyado porque comprendo tu situación. Eres un joven procedente de un lugar muy lejano en una tierra desconocida y rodeado de extraños, al igual que yo. Pero eso no quita que debas actuar de acuerdo a unas reglas. Tú eres un familiar. Por mucha libertad que creas tener, estás ligado a tu maestra. Si tú eres encarcelado, torturado o ejecutado, la responsabilidad de tus actos recaerá sobre Louise.

Me detuve antes de seguir avasallándolo para ver su reacción. Saito no respondió, sólo aguardaba a que continuara con la cabeza gacha. Le coloqué una mano en el hombro tras creer que había recapacitado sobre sus actos. El chico me sostuvo la mirada de nuevo.

–¿He sido claro?

Inquirí como un padre al termino de una reprimenda con su primogénito.

–Si. Lo siento. A partir de ahora procuraré controlarme y pensar primero las cosas.

Acepté su disculpa a medias. Satisfecho, me separé de él y dirigí a la puerta, no sin antes comprobar la hora en el reloj de pie situado junto al armario empotrado de la habitación.

–Pronto será hora de cenar. Aunque la tormenta nos de una pequeña tregua, tendremos que cruzar el patio bajo la lluvia. Si me acompañáis tal vez decida utilizar un conjuro para repeler la peor parte de esta. ¿Qué me decís?

Observé a ambos tras abrir la manilla de la puerta. Ellos se miraron entre si y sonrieron. Asintieron al unísono.