No pude adivinar nada, tampoco concentrarme, sentí los ojos del señor Potter en mi nuca toda la sección. No le dije a papá porque él se enojaría con el hombre y en este momento papi estaba ocupado con su debate, en el que impresionó al público con su conocimiento actualizado del mundo muggle.
—¿Ganaron? —pedí saliendo de la mano con papá en dirección de la cafetería. Al parecer ellos continuaban teniendo negocios en ese lugar y almorzaríamos ahí.
—Aún no, el debate va a proseguir en dos días.
—Y si ganan, ¿qué pasa?
—Empezará un proceso legal que buscará modificar la ley de prohibición de encantamiento de objetos muggle.
—Ah —asentí al señor Weasley.
—¿Y ya tienes una teoría, nené?
Evadí los ojos de papá.
—La verdad, no. ¿Qué ganas tú con esto?
Papá sonrió y el señor Weasley lo miró, también esperando una respuesta.
—Si no adivinas hay pescado guisado en leche para la cena —me advirtió papá con mofa.
—¿A mí me dirá o tendré que cenar pescado? —lo cuestionó el señor Weasley directamente.
Papá alzó una ceja, muy divertido con el tono retador del pelirrojo. Antes de que papito pudiese hablar, madame Bones y la señora vestida de rosa que actuaba como oposición en el debate nos alcanzaron.
—Para mantener las asperezas al mínimo, quisiese que almorzáramos todos juntos, dado que vamos para el mismo sitio.
—¿Cuál? —pregunté.
Madame Bones me respondió, pero la mujer de rosa frunció el ceño.
—Hoy se celebra el juicio de un auror que usó una imperdonable contra un civil.
—¿Eso no lo manda directo a Askaban?
—Sí, Harry, pero de todas formas debe de haber un juicio. Señor oscuro, ¿su hijo nos acompañará?
A papá le incomodó algo, yo suponía que era el tono que ella usó, porque fue lo que me pareció extraño a mí. Llegamos a la cafetería; esta vez sí estaba repleta de gente.
—Por supuesto.
—¿Usted notificó a cafetería?
—¿Notificar qué?
El señor Weasley intervino. Los cinco nos sentamos en una mesa de seis puestos en el centro de la cafetería. A lo lejos vi a Lucius acercándose con cara de nerviosismo.
—Los almuerzos se preparan por pedido, todos los trabajadores contamos con uno porque estamos anotados en la lista, pero no se cocinan más ni se sirve otro tipo de comida para poder agilizar la entrega del almuerzo al personal del ministerio.
—Mi señor —Lucius nos alcanzó —. Permítame llevarme a su hijo a su casa.
—¿Por qué? —lo miré mal. Me estaba divirtiendo... no tanto, pero estaba con papá. Había olvidado hacerle a papi la pregunta respecto a mis pedidos, pero analicé en el debate que, si llegábamos a tiempo para la cena, bien podía empacar lo que me comprasen por la noche.
—Es que no hay almuerzo para usted, joven señor.
Papá lo miró a él y a los presentes en la mesa.
—¿O sea que solo prepararon mi almuerzo y no se puede comprar uno diferente para Harry?
—Exacto, señor oscuro.
Papá quiso detenerse un segundo a pensar en una solución, pero Lucius no se lo permitió.
—El juicio es en media hora, puedo llevarlo y traerlo, mi señor.
—En media hora no alcanzan y si llegan tarde él se quedará por fuera.
—Podría pasar el resto del día en casa —sugirió el señor Weasley.
Esa conversación iba muy rápido y sin mí, pero yo entendí el tema crucial.
—¿Me quedaré solito otra vez? —pregunté decaído.
Papá parpadeó en mi dirección.
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Tristeza, decepción, resignación.
—No, nené —hice una pausa para admirar su rostro esperanzado. Harry era muy fácil de leer —. Ve con Lucius, trae nuestros almuerzos y quédate con el mío.
Harry asintió y después frunció el ceño.
—¿Y qué vas a comer tú?
—No tengo hambre —hice una mueca de negación para darle realismo a mis palabras. Tras eso, añadí con diversión —. ¿No recuerdas que comí mucho en el desayuno?
—Sí —se rio —. Tomó doble ración de tarta de limón —les dijo a los presentes en la mesa, que le sonrieron falsamente, siguiendo el juego, menos Umbridge. Harry volvió a pensar lo que le dije —. Oye, pero yo también tomé doble ración de tarta y tengo hambre.
—Eso es porque eres un tragón —me burlé —. Ve con Lucius para que traigan los almuerzos de todos, yo quiero un café y agua.
—¿Discúlpeme?
Miré al aireado Lucius, que me vio con espanto.
—¿Algún problema con tener que servirnos los almuerzos, primer ministro? —soné amenazante.
Incluso Harry se quedó quietecito.
—No, mi señor —dijo apretando los dientes, muy ofendido.
Una vez ellos estuvieron lejos, el señor Weasley habló.
—Oiga, es una tarde nada más. No saldremos sino hasta las cuatro, ¿va a estar todo ese tiempo sin almorzar? Harry puede quedarse solo en casa unas horas.
—He pasado hambre antes —me encogí de hombros —. No quiero dejar a Harry por su cuenta, está presentando depresión infantil y eso podría empeorarlo.
—¿Depresión infantil? ¿Por qué?
—Pues, madame Bones, no le ha ido muy bien en Hogwarts, estuvo muy asustado por el asunto de las violaciones y no ha hecho más que tener pesadillas, y ahora yo estoy demasiado ocupado como para ponerle atención, así que... no sé, se está sintiendo mal, desplazado e inutilizado.
—¿Por eso lo trajo? Creí que era un castigo por escaparse de casa.
—Las dos cosas. Harry se fugó porque estaba molesto, él ha pasado unas semanas muy aburrido y yo le ordené a través de otra persona que no usase su nuevo juguete porque... bueno, esa mierda es muy peligrosa. Harry estaba enojado conmigo porque cree que lo estoy ignorando, estaba enojado con el mortífago, su elfo doméstico está ocupado, los otros mortífagos que juegan con él no están... Harry se quedó solo de golpe por varios meses. El acto de rebeldía no fue más que una forma de llamar la atención y esas cosas no hay que pasarlas por alto.
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Dios mío, el señor oscuro mostraba reconocimiento de las emociones humanas.
Si él fuese cualquier otro padre, yo estaría profundamente orgulloso de sus acciones y consideraría hacerme su amigo, pero ¡era el señor oscuro! ¿Existía humanidad en este hombre? ¿Educación emocional por parte de un ser que se excitaba viendo torturas?
Malfoy y Harry trajeron un par de bandejas con todos nuestros almuerzos. El niñito venía con una cara contrita, el mayor dejó los platos con magia en los respectivos puesto y se marchó sin siquiera saludar. El señor oscuro lució risueño con la situación, hasta que se fijó en Harry.
—¿Qué tienes?
—Tú dijiste que yo comería broccoli y pescado en leche para la cena —le recordó con un puchero —, pero me sirvieron broccoli. ¿Por qué me adelantaste el castigo? —se quejó.
¿El padre le daba su almuerzo y él protestaba porque era broccoli? Juraba que Voldemort lo gritaría, pero el hombre lo miró con incredulidad, remplazada pronto con risa y una palabrota no dicha, solo emulada en sus labios.
—Yo no escribo los menús de la cafetería. Cómetelo Harry.
—Pero papá...
—¿Quieres que te cuchareé tu broccoli frente a toda la cafetería?
Ante la vergonzosa amenaza, el niño negó vehementemente y se sentó. Voldemort destapó su botella de agua y dio un buen sorbo, sin inmutarse por vernos comer.
—Tome mi sopa —susurré en dirección del señor oscuro. Los adultos fueron los que me notaron, Harry estaba muy ocupado sacando de una bolsa de papel sus cubiertos.
A ver, yo jamás le ofrecería un plato de sopa al asesino en masas que dirigía nuestro país, sin embargo... ahí había un padre que prefería que su hijo comiese antes que él mismo, yo podía empatizar con eso.
—No, gracias —respondió en el mismo tono robándole una mirada a Harry —. El niño se preocuparía. Harry no necesita saber lo que sucede.
Wow.
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Salvo el broccoli, el almuerzo estuvo delicioso, lástima que papá no probó.
—Mañana come menos tarta para que tengas hambre en el almuerzo —le sugerí al tomar su mano.
Papá me sonrió.
—Seguro.
Esa nueva reunión fue menos aburrida, pude ver al auror que mató a un civil desde el puesto, tan cercano a la tribuna, de papá. El hombre lucía como un loco, estaba sucio y demacrado y nos gritó al ver a papi.
—¡Luché contra el señor oscuro! ¡Maté a un mortífago! ¡¿Por qué estoy aquí yo y no él?! —apuntó a papá. Desde la celda circular donde lo encerraron no era mucho lo que el auror podía moverse.
—Mataste a un nacido muggles, idiota —le contestó papá.
Reí.
—¿Confundió a un sangre sucia con un mortífago? —me carcajeé.
—Shh —me mandó a callar papá, aunque él también rio cortamente.
—Señor Burn —habló el juez del caso —. Lanzó una maldición imperdonable en plena calle, dando a un señor que pasaba por ahí, frente a sus hijos, sin pruebas de que el difundo fuese o no un mortífago.
—¡Trabajaba para el señor oscuro! ¡Yo lo sabía! ¡Era un espía en el ministerio!
—¿Es cierto? —pregunté a papá en voz baja. Él no me respondió.
—¿Se declara culpable de usar la maldición asesina en un inocente?
—¡No! Él no era ningún inocente, era un mortífago sin tatuaje, yo sé que ellos están ocultos entre nosotros y ese tipo, él, ¡mató a mi hermano en el castillo de ese sujeto! —señaló con brusquedad a papá —. Lo mataron porque descubrieron que era un espía. ¡Lo torturaron!
¿Espía?
—¿Eres hermano de Josef? —solicité.
—Calladito Harry o te sacarán —me indicó papá, pero el auror me había escuchado.
—¡Sí! ¡Josef! ¡Soy el hermano de Josef, el espía! —energéticamente sacudió los barrotes de su celda —. ¡Diles niño! ¡Diles cómo ese nacido de muggles mató a mi hermano!
¿Por qué él creía eso?
—No sé de quién esté hablando, señor auror, pero a Josef no lo mató un mortífago, a Josef lo maté yo.
Tal vez hablé demasiado, todos me voltearon a ver, lo que me dio muchísima pena. El auror se me quedó viendo antes de estallar en un ataque de ira.
—¡Te mataré! ¡Te mataré!
Un auror le lanzó un desmaius para que se tranquilizara.
—Dado que su cliente se declaró no culpable, el juicio continúa —habló el señor juez —. El abogado defensor tiene la palabra.
El juicio fue largo y tedioso; papá me aclaró en voz baja que, en pleno fragor de la guerra, se intentaron llevar presos por maldiciones imperdonables a aurores y mortífagos inocentes del acto, así que ahora los juicios al respecto eran extensos, cumpliendo cada pequeño fragmento de la ley. Quizá papá tenía razón y estar con él todo el día sí era un castigo, porque me daba muchísima flojera estar escuchando de artículos, leyes y tonterías.
Poco a poco me adormecí, producto del aburrimiento y de la llenura del almuerzo; y me escurrí en mi silla hasta casi caer al suelo. Naturalmente, papá no permitió que yo me cayera. Él me tomó en brazos y me jaló hasta sus piernas, las cuales cruzó para darme más estabilidad. Con las piernas abiertas me sacudía ligeramente, con las piernas cruzadas me acunaba.
Finalizaba mayo, en dos meses cumpliría 13 años, ¿era correcto que siguiera sentándome en las piernas de mi papá? Seguro que cualquiera me diría que no, pero yo no quería crecer. Hace cuatro años mi vida era más simple, desde que entré a Hogwarts aprendí muchas cosas perturbadoras: que la gente buena era tan mala como la gente mala, que dormir con extraños era doloroso, que papá vivía perfectamente sin mí a pesar de meses de ausencia y que crecer lastimaba.
Cuando inicié Hogwarts no tenía problemas con leer Stud: la rana aventurera, ahora no soportaba verla porque su guiño de ojo me recordaba al profesor Lockhart, el hombre que violó a Neville e intentó violarme a mí.
Yo quería volver a esos años pacíficos donde mi mayor preocupación era ser un bastardo, por eso me aferré a la camisa de mi padre y me dejé consentir. Tenía casi 13 años y aún dormía la siesta en las piernas de mi padre, sí, y el mundo podía decir lo que se le diera la gana, porque yo era el hijo de Lord Voldemort y si yo quería que papá me sentase en sus piernas, lo obtendría.
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La pérdida de tiempo que resultó ser el juicio acabó en la conclusión obvia: de por vida a Askaban. Los gritos de Jacob Burn no perturbaron el sueño de Harry, quien no se tomó la molestia de despertarse ni cuando me levanté y lo acomodé en vertical depositando su cabeza en mi hombro para poder irme caminando.
—Se ve pesado, mi señor.
—Lo está —respondí a Lucius.
—¿Y si lo despertamos? Será más cómodo para usted, mi señor.
—Nah, déjalo que duerma. Es un niño —me uní al grupo que salía de la sala de juicios.
—Con todo respeto, mi señor, el joven señor entra a la adolescencia, hay cosas que debe dejar.
—Esto es como la teta, Lucius —dije en referencia al acto de lactancia —. Es el bebé quien decide cuando soltarla.
—Pero, mi señor, ¿no cree usted que el joven Harry está algo mimado? Lo obliga a verse menos digno y hoy le costó su almuerzo.
—¿Menos digno? —me burlé, consciente de que, debido a la lentitud con la que salíamos, yo contaba con cierto público atento a mis palabras —. No soy un pavo real, Lucius. Tengo un hijo, una responsabilidad que elegí a voluntad; yo tenía dos opciones, matarlo o dedicarme a ser padre soltero. Elegí la segunda, así que «a lo hecho, pecho», no soy menos digno o menos hombre por hacerme cargo de mi hijo. Además, fue mi error no prever lo de los almuerzos y no iba a hacer que él pasara hambre, ¿o tú lo harías con tu hijo?
Los segunditos que tardó Lucius en responder me dio claridad de que las prioridades del hombre no se hallaban en Draco.
—Absolutamente no, mi señor.
—¿Hmp? ¿Papá?
—Bienvenido al mundo de los vivos, nené —me burlé alejando mi cuello para ver su rostro confuso y atontado por el sueño.
—¿Qué pasó con el hermano de Josef?
—Estará en Askaban hasta su muerte.
—Ah —se enderezó, mirando a los que nos rodeaban. Ya casi salíamos del largo y estrecho corredor de ingreso —. ¿Debo disculparme con él por haber matado a Josef?
—No te escuchará. Olvídalo.
—Está bien —sonrió —. Papi, tengo hambre.
Dímelo a mí.
—Ve a la cafetería —lo bajé y saqué de mi bolsillo dos galeones —. Compra lo que quieras y tráeme un par de pasteles de salchicha con un café, estaré en la oficina de Lucius.
—Claro, claro —le sonreí, él y su frasecita adorable —. Papi, ¿ya te dio hambre?
—Un poquito —mentí.
Fue agradable entrar a un espacio abierto y no sentirme embutido de chorizo.
—Mañana no comas tanta tarta en el desayuno o volverás a no almorzar.
—Lo anotaré. Vete niño.
—Sí papi.
Lo vi alejarse corriendo, indiferente de mis problemas. Excelente.
—¿Tanta tarta? —curioseó Lucius. Quizá él no nos puso cuidado en la cafetería, muy ocupado en lucir como el pavo real que creía que él era.
—Le dije que comí demasiado en el desayuno y que por eso no tenía hambre en el almuerzo —expliqué. Apostaba la mitad de mi fortuna que esa decisión mía encabezaría el Profeta.
—Son las cuatro de la tarde, mi señor. ¿No se encuentra mareado?
Bufé.
—Yo crecí en años de guerra, Lucius. Pasábamos días con solo un cuenco de sopa aguada para cuatro huérfanos, eso sí era hambre.
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No supe si quedarme a comer en la cafetería o ir directamente a la oficina del ministro y comer allí con papá. Captando que, por algún motivo, yo era el centro de atención, me incliné por la segunda opción y pedí cuatro empanadas de salchicha para llevar, el café de papi y leche fría para mí que, curiosamente, venía en una caja blanca. Una vez logré equilibrar los paquetes en mis brazos, me encaminé con alegría a la oficina del señor Malfoy.
El ministerio era grande, a donde yo voltease a ver encontraba maravillas: gente ocupada, los papelitos con forma de aves y una que otra persona corriendo desesperada, sin duda tarde a algún sitio. Las escaleras, lástima, eran un lugar triste y gris, ni las aves de papel tomaban ese camino, pero el ascensor me dio miedo, yo prefería caminar. No obstante, una figura rosa se interpuso en mi camino en descenso.
—Buenas tardes, señora Umbridge.
—Subsecretaria Umbridge —me corrigió con pompa —. Por supuesto, ¿qué esperar de un bastardo glorificado?
¿Buscaba insultarme? Crecí oyendo esas palabras.
—Está bien, disculpe. Debo bajar a la oficina del ministro.
Ella me tapó el paso.
—No eres más que un lastre para tu honorable padre, un sangre pura de verdadera ascendencia. Eres un mocoso ignorante e ingrato.
—¿La ofendí de alguna forma, señ... subsecretaria Umbridge? —intenté entenderla. ¿Por qué tenía que enfrentarme así?
—¿A mí? ¿No te bastó con dañar a tu padre? —¿dañar a papá? —. ¿De verdad eres tan idiota para creer que por comer de más en el desayuno él no tendría hambre en el almuerzo? Por andar de indisciplinado el señor tenebroso tuvo que cargar contigo, saco de carne inútil, luego le tocó no almorzar y, para el colmo, te quejas de la comida y le exiges que te trate como a un bebé.
—¿Papá tenía hambre? —pregunté estúpidamente.
Bueno, tenía lógica lo que ella decía, pero papá... ¿él por qué no lo mencionó?
—¡Claro que tenía hambre! ¡Estúpido! —de un manotazo me tumbó mi leche y el café, desparramándose por los escalones, se salvaron las empanadas porque yo las sostenías entre mi brazo y mi pecho, no con mis manos —. ¡Mira el desastre que hiciste! —chilló —. ¿Por qué no te ahogaron cuando naciste? ¡Imbécil! —su cuerpo me golpeó al pasar; yo traté de apartarme de su camino, pero igual ella me alcanzó a tocar.
¿Papito tenía hambre? ¿Yo me comí su almuerzo? Pues... oí que lo mencionaron, pero papá me garantizó que no tenía hambre. Y a él no le molestaba que yo ocupase sus piernas de silla, ¿cierto? No que yo le hubiese preguntado, pero...
Traté de no llorar, era vergonzoso que las personas supiesen que yo estaba llorando; aferrado a la bolsa con las empanadas y con la mirada en el suelo, subí las escaleras, salí al amplio corredor y me encaminé a la oficina del ministro, cuya ruta memoricé al ir esta mañana al debate.
Tal vez fue mala idea acompañar a papá. Lo mejor sería que me quedara en casa y no lo importunara en sus asuntos.
Quise dejar la comida con la secretaria y escabullirme, pero tenía que justificar el café faltante. Sin embargo, ¿cómo iba a hablar con esa bola pesada instaurada en mi garganta que impedía el flujo de las palabras?
—¿Harry? —el tono amigable de papá se esfumó en un santiamén —. ¿Qué te pasó?
Alcé los ojos; con ese movimiento las lágrimas que intentaba refrenar se me escaparon.
—¿Niño?
Grandioso, no solo el señor Malfoy estaba ahí, también Madame Bones.
—¿Qué pasó? —pero papá no se aguantaría a que yo encontrase la forma de explicarme —. Abre tu mente —ordenó sujetando mi mandíbula, forzándome a mirarlo.
Por una breve fracción de segundo se reprodujo en mi mente mi encuentro con la señora Umbridge. Las emociones que sentí en esas escaleras volvieron: incomodidad, miedo, vergüenza, decepción de mí, tristeza.
A papá el rostro se le transformó, ya no era un hombre, era un animal. Bruscamente él me soltó el rostro y pasó por delante de mí.
—¡¿Dónde está esa perra?!
Con el señor Malfoy siguiéndolo, me quedé ahí con Madame Bones. La dama se agachó a mi altura y sujetó mis hombros con delicadeza.
—Harry, cariño, ¿qué te sucedió?
—La subsecretaria —atiné a decir.
Madame Bones entrecerró los ojos.
—Es una mujer peculiar, algo agresiva. ¿Te habló?
—¿Es verdad que le robé le almuerzo a papá?
—Claro que no —respondió de inmediato —. ¿Eso te dijo Umbridge? —asentí —. Tú no...
No logró completar su frase, los gritos de la señora Umbridge llegaron hasta la oficina.
