Sakura7893: Cuanto sadismo, la pobre mujer no puede torturar a uno que otro estudiante porque ya la odian. JAJAJAJAJA.
JessyRiddleFriki-Black: Repito, ¡cuándo sadismo! Yo imaginé que ese final les iba a gustar, pero no creí que tanto. En realidad, no, Umbridge no le hace abrir los ojos. La infantilidad de Harry es producto de una crianza protectora de su padre y la escasez de otros niños en su entorno; rodeado de adultos que le seguían la cuerda, Harry no creció mentalmente al ritmo de los demás. No importa, Harry se va a dar un estrellón contra la realidad muy pronto (uno capítulos más).
Bellalphine Black: ajajajajajaj me temo que quedó viva.
Tast Cullen: Esa naturalización de la violencia es parte del fic. Harry normalizó la violencia, las agresiones, todo es parte de su día a día y aunque él comprende que para muchos no son acciones correctas, él no conoce más, así que se apega a eso. Veremos un poco más al respecto cuando aparezcan las esclavas. Sobre Voldemort, cito a Harry: es un mal hombre, no necesariamente un mal padre.
Las personas son seres complejos, Voldemort de hecho me recuerda un pasaje bíblico en el que Jesús habla de que incluso una persona terrible, cuando su hijo le pide pan, le da pan y no una víbora; y algo así ocurre con Voldemort. Él se esfuerza por criar a su hijo y lo ve como una responsabilidad. Voldemort no lo ama, él sabe que no lo ama, pero él aceptó esa responsabilidad y no le queda de otra. Hoy veremos un poco de esa lucha de Voldemort contra sí mismo porque él quiere ser impulsivo y quitarse de encima a Harry, pero al mismo tiempo sabe que no puede hacer eso.
Disfruten el capítulo. Feliz año.
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Ojalá y esa golfa barata se pudriese en el jodido infierno.
—Harry, deja de llorar.
Deja de llorar mocoso porque se me acaba la paciencia.
—Lo siento —hipó echo una bola en su cómoda cama.
A la mierda mi traje planchado, ese día ya fue muy largo. Me dejé caer junto a Harry murmurando un hechizo que me quitaría los zapatos. El niño me miró con sus ojitos rojos. Metí mi mano en la olvidada bolsa de papel, saqué una empanada de salchicha, acomodé un par de almohadas para quedar con cierta altura y le di un mordisco. Estaba fría, pero jugosa.
—¿Quieres? —le tendía una empanada.
—No tengo hambre —musitó.
Me quise encoger de hombros, terminarme las cuatro empanadas y gritarle por ser un mocoso marica y llorón. Respecto a Harry, yo rara vez hacía lo que quería, sino lo que era correcto. Ugh.
—Si te comes una, no cenarás pescado guisado en leche.
Nombrando a su enemigo mortal, conseguí que Harry cogiese una empanada y se la llevara a la boca.
—Gracias papá.
—¿Por qué? —me acabé la mía y fui por otra. ¡Qué hambre!
—Por regalarme tu almuerzo, no tenías que hacerlo —se sentó a mordisquear su empanada.
—Claro que sí.
—... lo sé, tu imagen pública.
Fruncí el ceño.
—¿De qué hablas? —lo miré —. ¿Imagen pública? No fue por eso, Harry.
—¿No? ¿Entonces por qué? —lució sorprendido.
—¿Cómo se te ocurre que te voy a dejar sin comer? —la idea era ridícula. Está bien, yo no era exactamente un santo, pero ¿obligar a mi hijo a no almorzar?
—¿No lo harías?
—Claro que no.
—Oh.
Terminé mi comida y miré al techo, esperando que Harry decidiera si comerse la sobrante o no. El niño lo que hizo fue echarse de para atrás al culminar, abrazar su almohada y mirarme con su carita de perro arrepentido. ¿Qué necesitaría para tranquilizarse? ¿Otro abrazo?
—Quita esa cara, en la cafetería ya están advertidos de que deben hacer un almuerzo extra, esto no volverá a pasar.
—La señora Umbridge dijo que lo mejor habría sido que tú me ahogaras al nacer y que yo era un inútil.
Hija de puta.
—Si te hubiese querido muerto, lo habría hecho y tú lo sabes. Decidí quedarme contigo, criarte; no eres una imposición, eres una elección.
—¿Pensaste en matarme?
—Sí, junto a tu madre, pero al final decidí que no.
—¿Por qué?
Fruncí el ceño.
—Eso no importa. ¿Qué más te dijo esa perra?
—Mala palabra —señaló sonriendo débilmente.
Puse mi mano en su mejilla, quizá con algo de tacto el mocoso se sintiera mejor. Claro, él estaba triste, debí haberlo abrazado desde el inicio para que se fuera calmando, pero yo mantenía los abrazos como la última opción.
—Vamos a hacer una cosa, si estamos hablando de Umbridge se valen las malas palabras.
—Pero a mí no me gusta decir malas palabras.
—Pero a mí sí —sonreí malignamente y Harry se rio tontamente.
¡Eso! ¡El tontuelo! ¡¿Dónde estaba ese puto tontuelo?!
—Oye, ¿ya llegó el nuevo número de Stud?
Esa estúpida rana le sacaba carcajadas a Harry, con eso lo animaría y me quitaría de encima ese problema.
—Ah, Stud... eso creo.
Oh, oh. ¿Por qué Harry se desinfló como un globo?
—¿Tiene algo de malo Stud?
—No, solo... quisiera empezar a leer cosas para mi edad —su tono falsamente alegre lo detectaría hasta un sordo.
—Dime la verdad.
Harry agachó lo ojos y permaneció en silencio. Con un suspiro me le acerqué y sobé su cabecita repleta de cabello suave. Ya lo tenía largo, tocaba cortarlo y seguro él, carente de toda importancia por el título de heredero, pediría su corte de tazón de nuevo.
—Stud me recuerda al profesor Lockhart, tienen el mismo guiño de ojo. Siempre me lo recordó y ahora no soporto ver a Stud.
¿Crees que eso es un trauma? Habla con tu amigo Neville.
Pero, la verdad, estaba bien que Harry mostrase miedo y estrés post traumático, mas no me gustaba ver a mi hijo tan triste. Su crianza solitaria lo hizo aficionado a las historietas y a los libros, lo que no era negativo, al contrario, leer era estupendo y ahora su mayor fuente de entretención se vio truncada porque un hombre decidió que sus deseos egoístas primaban por sobre la paz mental de los infantes a los que debía instruir.
—El fin de semana iremos en la tarde a la tienda de historietas, elige otra. ¿Qué pasó con la de la sirena?
Recordaba vagamente a Harry balbucear al respecto.
—¿La señorita Océano? —vaya nombre insulso —. Me agrada, pero no tiene el mismo colorido de Stud —eso era cierto, la estúpida rana parecía sacada de una secta hippie ochentera —. Papi, ¿me vas a explicar por qué apoyas al papá de Ron?
Sonreí.
—¿Por qué crees?
—No se me ocurre nada, salvo... no te vayas a enojar.
—Escúpelo.
—Que tomaste borracho la decisión y ahora no encuentras como decirle que no.
Bufé.
—Si quisiera decir que no, lo miraría a los ojos y le diría: sabes que, mejor no —¿Harry sabía decir que no? Era un mocoso amable, quizá le diese pena decir «no» a los demás —. Pero no, no se trata de eso. ¿Tienes otra teoría? —se encogió de hombros. Aparté el cabello de su frente y retrocedí, él ya se había calmado —. ¿Qué conseguirían los magos al tener acceso a tecnología muggle?
—... ¿entender a los muggles?
—Pues sí, pero otra cosa. Te daré una pista: servidumbre.
Harry parpadeó. Le concedí un minuto para que pensara. Mi presencia debía de opacar el horror que su subconsciente traía al pensar en muggles, de ahí el temor a ir a un restaurante muggle con Neville, pero no conmigo. Para él, yo era una fuente de estabilidad y la orden que dejé en su cabeza era que ese miedo irracional debía ser eliminado si yo estaba en la ecuación. El por qué no ocurrió en el ministerio, lo desconocía.
—¿Usar los objetos de los muggles para que nos sirvan a nosotros?
—Exacto. ¿Por qué?
Harry frunció el ceño adorablemente mirando el techo de su cama. Pronto a cumplir 13 años, Harry empezó a estirarse, su ropa aún le quedaba, pero necesitaría más; esa pinta aniñada de los enterizos y ropa colorida no me molestaba, que Harry fuese un niño todo el tiempo que quisiera. ¿Qué prisa tenían los demás padres de hacer madurar a sus hijos? Obvio, influenciaba que Harry era el unigénito de un hombre rico e inmortal, alguien que siempre podría cuidar de él.
La empresa esa de animalitos de goma era una buena idea que ahí iba; Harry creyó que montar un emprendimiento sería igual que conseguir un empleo, pero no era así, se necesitaba de tiempo para que hubiera éxito y a veces ni eso era suficiente. Mientras tanto, Harry se mantendría ocupado, mas yo no permitiría que desperdiciase su tiempo así, pronto le daría un par de indicaciones en algo más provechoso, pero primero permitiría que sintiera la decepción del fracaso. Los inconvenientes formaban hombres fuertes. Y sí, que Harry fuese un niño, pero no un niño débil.
—Se me ocurre que... como vas a inutilizar la tecnología de los muggles, quieres quedarte con lo más que se pueda y acomodarla con magia para que nosotros tengamos esa ventaja, mientras que ellos no.
Muy buena teoría.
—Le diste justo al clavo. Mañana —empecé tomando la empanada sobrante y mordiéndola. Hablé cubriéndome la boca —, mañana volveremos al ministerio, voy a echarles un ojo a los inefables, revisaremos con la Junta de Gobernadores el currículo de este año escolar y postularé una ley nueva.
—¿Qué ley?
—Que sean puestos en los hogares de los alumnos muggles chimeneas conectadas a la red flu.
—¿Para qué? —su tono extrañado se repetiría en un montón de personas al siguiente día.
—Para mi segunda ley: Hogwarts ya no es más un internado a tiempo completo, los alumnos deberán ir a sus casas los fines de semana, pueda ser desde el viernes y llegar el lunes o solo el domingo, no me importa, pero tienen que ir a sus hogares.
Harry sonrió.
—¿Podré visitarte todas las semanas?
—Sip, a mí, a Nagini, a tu esclava; además, así los padres verán el estado físico y psicológico de sus hijos, esperemos de ese modo evitar que lo de Lockhart vuelva a ocurrir.
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Leí el titular con impotencia.
«La labor de ser un buen padre.» Habían tomado mi mayor desgracia y la convirtieron en un tributo al causante de la susodicha desgracia. Incluso James y Sirius, en voz baja, creyendo que yo no los oía, comentaban positivamente al respecto desde la sala.
—Es agradable garantizar que Harry vive con un hombre y no con un tipo como Lucius Malfoy.
—Esa parte se mencionó. ¿Quién en su sano juicio cree que Voldemort es menos letal por cargar con un niño en los brazos? Y sobre eso, ¿Harry no es como pesado?
—Sabes, no se vio que él usara un hechizo de ligereza en Harry. El cabrón es fuerte.
Entré a la habitación fingiendo no haberlos escuchado.
—Los niños ya están en la guardería y Nathaniel irá con Ron al despertar. ¿Nos vamos?
—Claro Lils —la sonrisa culposa de James me dio cierta satisfacción.
Usamos la red flu para llegar al ministerio. Era la hora pico de la mañana, así que tocaba correrse y dar espacio para los demás empleados que arribaban en el ministerio. Como cada mañana, la mayoría portaba una copia del Profeta y lo comentaba camino a la oficina, casi pareciendo que todos ellos olvidaron el porqué de la existencia de Harry.
Yo no esperaba amabilidad por parte del mundo, pero tampoco la insensibilidad de nombrar a mi violador un padre ejemplar y mimoso.
Entre los que llegaban, estuvo Voldemort, Harry y una mujer atractiva que no reconocí. Mi niño avanzaba de la mano de ella hablando en un idioma que... no, ruso, era ruso. Mi Harry hablaba ruso.
—La esclava sexual de Voldemort —señaló Sirius en susurro —. Se dice que la hija del ministro terminó sin recuerdos en el harem del Innombrable.
Pobre niña.
—Harry tiene su propia esclava —comenté en el mismo tono de voz —. ¿La recuerdan?
—Sí, guapa y exótica. Una absoluta canallada —escupió James.
Durante el tiempo que tuve a Harry conmigo, guardé la esperanza de que ese niño dulce no sería como su padre, pero ese anhelo se hacía difícil de mantener intacto al ver el modo de crianza de Harry. Si mi hijo se hacía una buena persona era porque lo criaba una familia correcta; bajo la educación de ese grupo de locos sádicos se terminaría convirtiendo en uno de ellos.
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Katherine se quedó conmigo en mi caminar rezagado. La estantería con las profecías era absolutamente increíble.
—No vayan a tocar nada.
—Sí papi.
—Sí, señor mío.
Igualmente, un inefable se quedó a la par de nosotros, vigilándonos. El departamento de misterios fue super divertido, alucinante al por doquier, en especial donde se hallaba el Velo de la Muerte, zona en la que papá me agarró firmemente el brazo.
No supe exactamente que estaba haciendo papi ahí, los inefables le mostraron documentos y cosas, pero me dio flojera poner cuidado. Por lo general, cuando papá me llevaba a sus negocios yo me dedicaba a mirar el paisaje y entretenerme con lo que hubiera sin prestar atención a los planes macabros que siempre terminaban en lo mismo: más poder para papá, más dolor para los muggles y sitios con maldiciones locas a los que me dejaban entrar una vez papá se hubiese desecho de los maleficios.
Luego entramos a la reunión con la Junta de Gobernadores, el lugar más aburrido del planeta.
—Me quiero ir —supliqué a papá tras media hora de solo palabreo sobre artículos, dictámenes y legislaciones educativas; ¿quién iba a saber que dictar una clase tomaría tanto papeleo, planeación y...? Er, ¿cómo fue que dijeron? ¿Planes de área? Algo así.
Papá, por su parte, me sonrió.
—Esto es un castigo, nené. Y baja la voz.
Con un mohín, dejé caer mi cabeza en la mesa y me dediqué a mirar a los señores trajeados y viejos que dirigían la Junta. Lucius estaba entre ellos, era el más joven. Katherine me sonrió y me extendió su mano; jugamos a apoyar las palmas de nuestras manos y empujar para ver quien ganaba. Claro que ella era más fuerte que yo, era una mujer inmensa.
—¿No le permitirán ir al parque? —me susurró al oído.
—No —respondí con un tono quejoso.
Cada vez que me comportaba de forma infantil Katherine me premiaba con una sonrisa; ella era tan hermosa como Elena.
Para consolarme, Katherine metió mano en mi mochila, sacando de allí mi cuaderno de dibujo. Antes de ir al ministerio lo cambié por uno que traía los croquis de los dibujos; puesto que yo no era bueno dibujando, me dedicaría a aprender a colorear. De pequeño yo dibujaba el castillos y personas, a Nagini y a los mortífagos; Barty solía felicitarme por cada uno de los dibujos, pero al crecer me di cuenta que eran pésimos.
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Katherine sería una buena distracción para Harry, además me lo quitaría de encima, logrando así dedicarme a los negocios. La Junta de Gobernadores era un puto chiste: viejos decrépitos que mandaban gracias a su dinero y posición social, no porque fuesen educadores o tuvieran conocimientos sobre la planeación de una clase.
Los planes de área que manejaban estaban bien, en eso no iba yo a discutir, pero no existía un plan de área de defensa, lo que en parte era mi culpa, ¿quién me mandó a maldecir el puesto? Y a ciencia cierta, planeaba suprimir esa maldición; los niños necesitaban recibir una correcta formación. Fuera de eso, ¿dónde estaban las dinámicas? ¿Qué los niños entraban a un aula estéril, copiaban, realizaban hechizos y salían, igual que en mi época, en la década de los 40? ¡Era una mierda de educación!
—¿Por qué no hay docentes en la junta de gobernadores? —pregunté interrumpiendo al interlocutor.
El viejecillo flacucho y ambicioso que corté groseramente me miró con sus grandes ojos abiertos.
—Señor oscuro, los docentes son para los niños, la Junta de Gobernadores crea...
—Leyes que influencian directamente a los docentes y a los niños. ¿Por qué no hay docentes aquí? Las organizaciones que dirigen escuelas deben estar regidas por docentes, no por nobles.
—¿Por qué no? —la estúpida pregunta vino de una de las pocas mujeres en la sala.
—Porque ustedes no son profesores y no saben una mierda de cómo funciona una escuela.
—¿Y usted sí? —me cuestionó la mujer esa, ¿cuál era su nombre?
—Sí —me regodeé —. Tengo una técnica en educación infantil que tomé a distancia, una licenciatura en inglés, una especialización en desarrollo del aprendizaje autónomo y un doctorado en docencia y pedagogía —al finalizar, todos me miraban con la boca abierta, incluyendo a Harry —. Puedo hablar de educación todo el jodido día, pero ustedes no. Las mediocres capacidades académicas de generaciones enteras son debido a su culpa, ustedes permitieron que un imbécil fuese director por décadas, que desviara fondos y perjudicara a los niños, que un fantasma sea docente y que no haya un maldito profesor de defensa que se quede por más de un año.
Recibí silencio.
—La Junta de Gobernadores ya está instituida, si tiene una queja...
Acallé al viejo lanzándole un Avada Kedavra. Hubo un montón de gritos en la sala, pero los ignoré.
—Esto es muy fácil, el puesto del difunto será remplazado por un docente, uno con experiencia. Luego, cinco de ustedes dimitirán y permitirán que sus plazas sean ocupadas por personal cualificado para el cargo. ¿Alguna pregunta?
Más silencio. Con mano de hierro y unas pocas matanzas todo marchaba a la perfección.
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Citando a Alec, a papi «se le fue la olla». Ese asesinato significó que todos los presentes en el ministerio se aterrorizaran de nuevo por él. Almorzar fue complicadísimo porque la gente temblaba y sus cucharas generaban ruido excesivo a causa de su agitación; nos sirvieron sin vernos a los ojos. Katherine se marchó al castillo a almorzar, no volvería a verla sino hasta la noche según papá.
—Esto de postular una ley resultó muy fácil —se mofó papá.
Le sonreí.
—Eres muy malo.
—¿Yo? —dijo con exagerada indignación.
—Sabes que no te dirán que no, la aprobaron sin siquiera revisarla.
—Claro que no, niño. La revisaron, por eso Lucius casi se desmaya.
Reí. Resultaba que en plena crisis económica el gobierno no podía poner red flu gratuita para centenas de alumnos, mucho menos construir casi 300 chimeneas en hogares muggles.
—¿De verdad prestarás tú el dinero? —curioseé comiendo de la ensalada. ¡Estaba riquísima!
—Sí, y el país tendrá una deuda conmigo. Suena ganar, ganar.
—Si tú lo dices. ¿No es mucho dinero?
—Haré lingotes de oro.
Ladeé la cabeza, confuso.
—¿Hacer...? El oro no se fabrica, papá.
—Claro que sí, especialmente si cuentas con la piedra filosofal.
Nos marchamos tras el almuerzo al castillo para poder ver el elixir de la vida en acción: los elfos fundieron metal barato con forma de lingotes de oro y papá, empleando un gotero, dejó caer una gota en cada uno, los cuales se convirtieron instantáneamente en oro.
—Con esto debería bastar —susurré. Eran 20 lingotes de oro, con eso bastaba para lo que fuera.
—Prestaremos 15, toca registrarlos en Gringotts. Te quedarás aquí, nené.
—¿Aquí? ¿Y el castigo?
—¿Quieres ir a pasar toda una tarde en Gringotts rellenando formularios? —negué con fuerza —. Entonces te quedarás. Quita esa carita, Harry. Mañana tu amigo sale de la escuela, él y Alec podrán ir a verse contigo.
—¡¿Enserio?!
—Enserio —acordó rodando los ojos —. Bájale al azúcar que consumes, niño.
—¡Sí!... papi, antes de que te vayas, ¿de verdad estudiaste todo eso?
—Así es. Obtuve mi doctorado hace unos 15 años, ¿por qué?
—Por nada, curiosidad —me encogí de hombros —. Nunca te imaginé profesor de niños pequeños.
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¿Cómo le explicaba que estudié en universidades muggles y que allí existían tres rangos de edad?
—Mis títulos son para alumnos de Hogwarts.
—Pero dijiste que hiciste una técnica en primera infancia.
—Eso fue para saber que hacer contigo —le confesé sin problema. Harry abrió los ojos —. ¿No tenías pedidos que empacar? Vamos, vete. Te veo en la cena, niño.
—Sí... adiós papá.
—Adiós.
Pasaría por alto esa sonrisita dulzona que me dedicó. Yo no tenía sentimientos por ese niño, él era un bulto ruidoso que comprendía, pero no amaba. Lo importante era que Harry no sabría esto nunca, para él yo era su papá distante, pero cariñoso y que siempre priorizó en él. Según mis estudios y libros, eso bastaba para que él creciese con confianza y seguridad.
