JessyRiddleFriki-Black: Lo del secreto es algo que técnicamente todos conocemos, jajajajajjaja. ¿A cuál actitud de Voldemort en específico se refiere? A Elena la vamos a tener un rato, pero me temo que... nah, no les voy a spoilear.
AMATISTE: Bueno, ¿qué se les ocurre que quieran ocultar Voldemort y Dumbledore? 😉.
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—¡Ten algo de respeto por la memoria de tu hermano!
—¡Necesitamos pensar en el futuro! ¡Esa amistad podría salvarnos la vida!
—¡¿Desde cuándo mis hijos son unos cobardes?!
Ni enterrando mi cabeza bajo la almohada logré opacar la pelea de mi casa. De lo que logré entender, llegó una carta invitándome a pasar una tarde con Harry y mi abuela se negó de inmediato, contrario a mis tíos.
—¡No somos cobardes! ¡Usamos la cabeza! ¡Mamá, perdimos la guerra, Dumbledore está preso y la Orden del Fénix no tiene idea de qué hacer! ¡Que Neville sea amigo de ese niño es lo mejor que nos puede ocurrir!
—¡Frank estaría decepcionado de todos ustedes!
—¡Frank está muerto!
Me tapé más con mi colcha. Quería paz y silencio, comer las galletas de mi abuela y cuidar de mis plantas en el jardín, no oír que a mi sincera amistad la convertían en una moneda de cambio.
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—Agh... um... ah...
Pronto acabará, me repetí por segunda vez. Desde que le empecé a hacer caso a Elena, respecto a mantener un dildo dentro mío constantemente, mis encuentros con mi amo se hicieron más fáciles, pero aún dolía. A mi amo no le gustaban los juegos previos, ni los besos: él llegaba, se soltaba la ropa, me empujaba en la cama y se metía dentro de mí, indiferente de qué agujero escogía. Era un animal.
Mi amo acabó y, como cada vez, se aferró a mi cintura enterrándose lo más que podía, disfrutando de los últimos segundos de placer que obtenía de mi cuerpo. Antes de retirarse, me golpeó con su palma en mi trasero. Él no era cuidadoso, me agarraba con suficiente fuerza para lastimarme y me golpeaba sin miedo.
—Estupenda como siempre, Katherine.
—Me alegro que le guste, amo.
La respuesta adecuada que se me inculcó. De pequeña, observando a mis hermanas ser violadas y abusadas por tantos hombres, sin un segundo de descanso, me sentía afortunada de ser escogida para ser entregada virgen, ahora hubiese preferido ser violada a los cinco años y tener el cuerpo acostumbrado a esos tratos, como Elena.
Me senté sintiendo el semen deslizarse fuera de mí, fingiendo que no me dolía asumir esa posición; mi amo se sentó en la cama a acomodarse la camisa y el pantalón. Mi alcoba en el harem era amplia y muy decorada en colores terrosos, era un lugar hermoso en el que mi amo no dudaba en aparecer a su antojo, sacarme de la cama o, sin molestarse en despertarme, cogerme en seco.
—¿Cómo han ido las cosas aquí? ¿Qué tal el golem?
—Haciendo su función, amo —solo Elena y yo teníamos conocimiento de que el amo Harry que se aparecía cada mañana y tarde no era él, sino un objeto mágico que adoptaba su forma y voz —. Margaux y Emma hacen filan para ser atendidas.
Emma era la hija del antiguo ministro.
—Muy bien. ¿Y Elena?
—Ella lo atiende, finge que es su hijo y lo trata muy bien... les enseñó a las chicas a suplicar.
Si algo me causaba asco, era Elena. Ella era sucia y morbosa, le agitaba el trasero al golem y, no conforme con eso, le inculcaba a Margaux y Emma que eso era lo más «divertido» de hacer.
—A esa niña le encanta la verga, una lástima que sea solo de Harry. Mi hijo es muy tímido e infantil, no le dará lo que quiere sino hasta dentro de unos años.
—Eso he supuesto —me detuve, mi amo acababa de poner su mano en mi muslo. Esa mano me golpeó muchas veces; a mis hermanas mi padre, mi abuelo... todos los hombres, en resumidas cuentas, las golpeaban, les dejaban las nalgas moreteadas y las mejillas rojas. Yo no entendía cómo hacían ellas para sonreírles y pedirles más.
—Deja de temblar cuando te cojo y no quiero saber que volviste a llorar después de que me voy.
Los elfos debieron contarle.
—Sí, amo.
—Eres una esclava, naciste esclava y te morirás esclava —dijo con calma —. Solo tienes una función en la vida: abrir las piernas, hacer que me corra y cerrar tu boca.
—Lo sé, discúlpeme amo.
Su mano me soltó. Que alivio.
—Mi hijo le dio la orden a Elena de que lo acompañe por las tardes, pero no quiero que sea ella la que duerma la siesta con él todos los días. Hoy irás tú, mañana Margaux y después Emma. Lávate muy bien antes de verlo.
—Sí, amo. ¿Desea que interactúe con él de alguna forma?
—Haz lo que Harry te diga, recuerda que él es pequeño y consentido —se sonrió y me miró. Sus ojos rojos me daban pánico —. Ha estado teniendo días malos, pero nada como la gentileza de una mujer para subir el ánimo. Haz que mi hijo se sienta el rey del mundo.
—Lo haré, amo.
—Bien. Ven esta noche a mi habitación, olvídate de esa lencería que ustedes tanto usan. Te quiero desnuda, mojada y muy despierta; estoy estresado, mi día de hoy será horrible y pienso darte toda la noche sin parar.
Yo sabía que responder en esos casos, pero fue difícil formular las palabras tratando de no sonar asustada. «Las chicas miedosas no gustan», decía papá.
—Permítame hacerle un oral. Quiero que usted, mi amo, tenga el mejor día.
—Esos cabrones sí que las entrenan —se burló —. ¿Quieres que tenga el mejor día? Lo que quieres es que yo desaparezca —no pude decirle que no. Brinqué cuando él sujetó mi rostro —. Así que tu padre te dijo que no te asustaras. Katherine, no todos los hombres somos iguales. A mí en lo particular me encanta ver llorar a las mujeres. Créeme, contigo soy amable; no puedo matarte, costaste mucho y eres una belleza que no desperdiciaría.
—Gracias, amo.
Su agarre en mi cara se aligeró y su mano se deslizó fuera.
—Ya sabes, mojada y con un café recién tomado.
—Sí, amo.
Se estaba marchando, pero se detuvo.
—Muy bonito el culo que le están desarrollando a Margaux. La quiero perfecta para cuando ella cumpla los 17 y de preferencia que mi hijo la halla estrenado antes.
—Sí, amo.
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Uno, dos, vuelta, uno, dos, vuelta. Solté un instante mi bordado para admirarlo. Era unas rosas de varios colores, muy bonitas; por algún motivo estas flores me encantaban. Me acomodé mejor en la silla, de forma despreocupada abrí las piernas. Yo estaba desnuda, pero eso no estaba mal. Mis hermanas y yo debíamos estar desnudas lo más que pudiéramos para que los amos nos vieran.
Hablando del amo... el amo está aquí.
—Hola amo.
—Hola Margaux.
Le sonreí, pero él no me devolvió el gesto. ¿Hice algo para enfadarlo? Ah, no, no estaba enojado, miraba mi rosita, la que se asomaba entre mis piernas abiertas.
—¿Mi hijo te visitó hoy?
—No, se marchó anoche, amo.
—¿Qué hicieron?
—Jugar, amo. Mi amo estaba muy feliz porque logré meterme todo su puño en la boca.
—¿En la boca? ¿Y allá abajo qué te cabe?
—Me cabe el amo, amo.
—¿Y duele?
—A veces... pero lo que mi amo me haga es lo mejor.
Lo vi sonreír, hice algo bien. Yeih.
—Esto va bien con ella —murmuró. ¿Se refería a mí? —. Si mi hijo te toca, sonríe y dale las gracias, así te duela porque lo que viene del amo es lo mejor.
—¡Sí!... ¿y usted me tocará?
—En unos años, niña.
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—¡¿Qué?!
Sonreí ante el enojo de Elena.
—Iré yo, lo ordenó el gran amo.
—Pero mi amo...
—Obedece a su padre, como nosotras —mi hermana no respondió. Aunque yo fuese la mayor, no me enemistaría con Elena, ella tenía una buena posición que se fortalecería una vez el amo Harry se hiciese hombre. Ella sería su favorita, yo rogaba no ser la favorita de mi amo —. Mira el lado positivo, podrás divertirte con el golem. Droga a ese par y revuélcate con el golem toda la tarde.
Sin abandonar su enojo, mi hermanita sonrió.
—Supongo que no es mal trueque. ¿Iré yo mañana?
—Nos intercalaremos entre todas para la siesta del amo Harry, fue la orden.
Elena se quedó refunfuñando. Un viejo elfo me acompañó por unos pasillos secretos a la alcoba del amo Harry, de forma que yo no fuese vista por ojos extraños. Solo los ojos de mis amos podían posarse sobre nosotras, salvo cuando ellos mismos nos exhibían.
Pensé en el camino lo que le dije a mi hermana y en mi situación. El amo era muy mimoso con su hijo; él complacía en lo que fuese al amo Harry. ¿Y si yo me convertía en la favorita del pequeño amo? Quizá, solo quizá, el gran amo me cediese a su hijo; y, de nuevo, quizá, solo quizá, yo pudiese convencer al amo Harry de compartir a Elena con su padre. A mi hermanita le gustaba el trato duro, era perfecta para el amo... o tal vez él fuese muy brusco para ella y la lastimase incluso peor de lo que lo hacía conmigo, pero ese no era mi problema.
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¿Katherine era peligrosa? No, el amo Harry me veía casi como a una amiga, me contaba sus confidencias y jugaba conmigo, Katherine era su niñera. Descuidadamente, vertí poción para dormir en unos vasos con agua y se lo di a las inofensivas Margaux y Emma, quienes no sospecharon nada y pronto cayeron dormidas en el suelo del salón.
Sintiéndome como en casa, me retiré mi bata, me senté desnuda con las piernas separadas y me limité a esperar. Mi abuelo me enseñó que una mujer tan hermosa como yo no necesitaba hacer mucho para encantar a su amo.
Sonríe y abre las piernas, si es un hombre no necesitarás hacer más, si es un niño... guíñale el ojo y guíalo tú, fue el consejo de mi abuelo. Él me quiso mucho, siempre me dejaba sentarme en sus piernas para sentir en mi trasero su pene, yo era la primera que llamaba por las mañanas para que probase su leche. Eso era amor, ¿no?
A veces el amo me hacía reconsiderar mis ideas, pero... llegó el golem.
Aunque con la figura de mi amo, el golem era un hombre, bastó que yo abriese más las piernas para que se lanzara contra mí. En ocasiones quisiera que el golem fuese del tamaño del gran amo, seguro que su pene era más grande que el de su hijo de 12 años, pero ni modo, tocaba así.
—Hola amo.
—Hola putita —saludó sin gentileza, tomándome del cabello para acercarme a él.
—Mis hermanas duermen, espero que yo baste para usted —atrevidamente, pasé mi lengua por su mejilla.
El golem sonrió.
—¿Una sola? Te romperé en dos, entonces.
—Que rico —susurré en su oído.
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—¿Katherine?
Vaya, ¿y Elena?
—Hola amo —me sonrió con dulzura. Katherine era muy linda y amable, extremadamente paciente —. Su padre dio la orden de que nos turnásemos entre nosotras.
—¿Sabes por qué?
Extrañaba a Elena y seguro que ella a mí, llevaba una semana sin verla, aunque llevaba más tiempo sin ver a Margaux y de la otra chica no recordaba ni el nombre.
—No lo sé, amo, pero estoy feliz de verlo. No hemos pasado mucho tiempo juntos.
Eso era cierto y, siendo justos, Katherine, Elena, Margaux y... ella, la hija del ministro, eran geniales, salvo que separadas, porque juntas y en el harem eran terribles y me hacían sentir muy incómodo, lo que no era culpa de ellas, sino de papá y de ese sistema sexual en el que las educaban.
—Lo sé. Ya terminé de almorzar, ¿quieres dormir la siesta?
Katherine se tomó un segundo en responder. Normalmente habría dicho: ¿qué desea usted?, pero dijo:
—La verdad sí, ¿y usted?
—Sí.
—¿Le importa si elijo el lado derecho de la cama, amo?
Wow, una conversación. Quitándole la tontería del amo se sentía como hablar con una persona normal.
—El que quieras.
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El gran amo lo dijo: darle a su retoño lo que él quisiese. El pequeño amo Harry no era mis hermanos, no era un niño estirado ni nada que se pareciese a los jóvenes con los que crecimos Elena y yo. No le interesaba el sexo, que lo alabáramos o siquiera que le fuéramos útiles, él solo quería una persona normal para pasar el rato y yo pensaba ofrecérselo mientras lo seducía.
No le pedí un beso, me incliné y directamente picoteé su mejilla. Él me sonrió y pronto estuvo dormido. Yo no pude dormir, en las últimas noches estaba necesitando sorbos de las pociones que le dábamos hace tiempo a Margaux para lograr conciliar el sueño; y en estos tenía pesadillas recurrentes del amo y de mi familia.
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Las cosas iban demasiado bien, un giro brusco en el camino era predecible: Jacob Burn, el hermanastro de Josef, escapó de Askaban.
—¿Qué encontraron? —hablé a la legión de aurores que llegaban de acudir a la celda del hombre en busca de pruebas, entre ellos Lily Potter. Uno de ellos el que se dirigió a mí.
—La pared fue rayada con una piedra, Burn escribió lo mismo cada vez: Harry S. Riddle.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo escapó?
—No lo sabemos —habló la muchacha madre de Harry —. ¿Dónde está mi hijo?
Los otros nos miraron en silencio. Realmente no tenía que responderle...
—En mi casa, a salvo.
—En un castillo que ya fue vulnerado —criticó.
—Eso no va a volver a ocurrir. Además, él irá a Hogwarts si logro conseguir un buen docente de defesa. ¿Qué están haciendo para localizar a Burn?
—Hechizos de rastreo, pero no funcionan. Hay que hacer que los dementores lo busquen.
—Los dementores se quedan en Askaban, para algo hay aurores. No asustaré a la gente con esos bichos —determiné. A los militares no les gustó ni cinco mi declaración —. ¿Qué? ¿Quieren ganarse el sueldo desde la oficina?
—No... ministro —prácticamente escupieron mi título.
—Bien, despliéguense. Los dementores son la última opción, rastreen la magia de Burn, irán con mortífagos especializados en caza y captura; en 48 horas desaparecerá la magia usada para el escape dentro de esa celda, si ustedes no han logrado encontrarlo, emplearemos a los dementores. Muchacha, ven conmigo a la oficina de tu jefe —la señora Potter, de inmediato, retrocedió un paso —. No te haré nada —dije con fastidio —. Es sobre el niño.
Con eso, accedió. No pasé por alto que su marido se acercó a la oficina del jefe de aurores, quien salió de allí con una señal de mi cabeza, enojado y pálido, sin encontrar fuerzas para discutirme.
—¿Qué sucede con Harry?
Puso distancia entre nosotros, bien por ella: no me olvidaba.
—Incluso en Hogwarts... la seguridad ya fue pagada y los hechizos instalados, será imposible para Burn entrar e intentar matar a Harry, pero no me quiero confiar. Necesitamos un docente de defensa y tú tienes título de maestra.
—Doy clases a los aurores nuevos, no a niños.
—Necesito docentes guerreros y en los que pueda confiar, mi otra opción es Barty Crouch Jr., pero creo que se van a requerir dos profesores —Harry sería puesto en una situación incómoda, pero la muchacha lo protegería con su vida y justo eso necesitaba. Meter dos mortífagos como profesores de defensa sería impopular —. Podrás ver al mocoso.
La posibilidad la ablandó lo suficiente para que ella lo considerara. Una vez aceptase, ¿qué le iba a decir yo a Harry?
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¡La encontré! ¡Yuju!
Sin pensar en nada, salí como un loco con la caja del listón negro, oculta en la habitación de pirotecnia. Papá debía de seguir en el ministerio, ¿de qué forma llegaba yo allí?
—¡Pimpón!
—Hola amito, ¿en qué le puedo ayudar?
—Necesito llegar al ministerio —le enseñé la caja con emoción —. La encontré.
—Felicitaciones amito. Permítame llevarlo, ¿puede hallar a su papá usted solo?
—Ajá —con la magia de Pimpón, estuve en un parpadeo en la entrada del ministerio. No era mucha la gente que estaba por esos lares, me tocó ir a la cafetería para consultar con los trabajadores —. Hola, ¿han visto a mi papá?
La pareja, que comía unos emparedados, parpadeó en mi dirección.
—No... niño Harry.
—Creí escuchar que estaba con los aurores.
—¡Gracias!
Fue tras marcharme de la cafetería que caí en cuenta que no tenía la más mínima idea de dónde quedaba la oficina de aurores. Papá me llevó una vez, pero ese día estaba demasiado preocupado como para fijarme en el camino. A punta de las indicaciones de los empleados del ministerio, me guié y logré encontrar la dichosa oficina unos pisos abajo.
—¿Han visto a mi papá?
—Ya se marchó —me explicó uno. En ese lugar estaba el señor Potter, mi madre, el señor Black y el jefe de aurores, lo mejor era que yo me fuese.
—¿Vieron a dónde?
—No, lo siento niño.
¿Por qué todos me decían niño?
—Bueno. Hasta luego.
Me fui rápido, sin darle tiempo a la pareja de acercarse a mí. ¿Dónde se metió papá? ¿Ya se habría ido al castillo? Si me equivocaba, habría hecho que Pimpón me transportara en vano y yo no quería molestarlo en estos días, él estaba ocupado con las bebés nuevas que dejaron el harem. Decidido a peinar el ministerio en busca de papi, caminé y caminé, entrando a cada oficina, importunando y tratando de sonreír para no enojarlos.
Al fin, alguien supo de papá.
—Mi señor acudió a Askaban, joven señor —de todas las personas, se trató de un mortífago «infiltrado» en el departamento de regulación y control de criaturas mágicas. Ya no existían los infiltrados, todos los mortífagos eran libres de mostrarse como lo que eran, salvo esas excepciones que papá delimitó personalmente, con fines de espionaje entre la posible resistencia.
—¿Askaban? —gemí. Yo no iba a ir a Askaban —. ¿Será que se demora?
—No sabría decirle, joven señor.
Solté un quejido.
—Bueno... lo esperaré por ahí.
El hombre me sonrió y asintió, volviendo a lo suyo.
¿A dónde iba yo? Podría quedarme en la cafetería, pero no tenía dinero y si me antojaba de algo no lo podía pedir. También tenía la opción de ir con el señor Weasley, él era amable, pero yo no lo conocía tanto. Al final me senté en una banca donde creí que estorbaría menos, en una sección alejada, al fondo del tercer nivel subterráneo, con mi caja en las manos. No me atreví a abrirla sin papá; él no dijo que era un regalo para mí, solo que era una sorpresa. Esos moños negros no eran buena señal según mi experiencia: en cajas blancas con moños negros, como esa, los mortífagos empacaban dedos y orejas de personas y las enviaban a sus familiares.
El lugar que seleccioné, donde estorbaría menos, se encontraba en construcción: lo estaban pintando. Ah, y había una mortífaga, una de las más conocidas, Carrie, una chica rubia y mestiza. Tan harto y aburrido me encontraba que me acerqué a ella en busca de trabajo.
—Hola Carrie. ¿Les puedo ayudar?
Ella abrió la boca y parpadeó.
—Buenas tardes, joven señor. Pues... estamos pintando las paredes —me explicó sin responder.
—Sí, eso vi. ¿Te puedo ayudar? Es que estoy aburrido y papá no aparece.
—Bueno... verá usted... ¿quiere pintar una pared? —yo me encogí de hombros. Sus compañeros la miraron, eran todos muy jóvenes —. Am, tome una brocha. ¿Por qué no pinta la parte de abajo?
—Seguro —le sonreí —. Gracias Carrie.
—Es un placer, joven señor —la duda no desaparecía de su voz, pero no supe por qué.
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—¿Quieres que nos maten? —me protestó uno de los chicos. Todos eran recién graduados de Hogwarts, malos puntajes en los ÉXTASIS que no conseguían trabajo y aceptaron pintar el ministerio. Antiguamente se pintaba con magia, pero el señor oscuro decretó que el trabajo lo harían personas de a pie con el fin de generar ingresos y consumo. No era mala idea, ya que algunos de ellos admitieron considerar ir al mundo muggle en busca de empleo.
—Pero si él lo pidió, ¿cómo hago para decirle que no? Me destriparían —expliqué en voz baja. Mi joven señor tomó una brocha de las grandes y un cubo de pintura que le entregó otro de los muchachos; tras oler con curiosidad la pintura, el niño sumergió la brocha y aplicó la capa de azul claro sobre la pared gris que continuaba sin pintar. Su baja estatura le facilitaba alcanzar la parte inferior de las paredes.
—¿Qué le dirás a su padre cuando se entere?
—No lo sé. Vuelvan al trabajo. Tenemos dos semanas para entregar esto.
Sí, tampoco me fue muy bien en los ÉXTASIS y eso en la comunidad mágica era sinónimo de fracaso. Mi primer trabajo fue de dependiente en un almacén de libros que pronto cerró, fui a parar a una zapatería muggle, de donde me «rescataron» los mortífagos: ellos me entrenaron para que completara una misión luego de mi ingreso a la fuerza médica del Innombrable. En mi grupo solo había personas ricas y con excelentes resultados ante el señor oscuro, así que no les importó cederme la gloria por unos instantes, lo cual fue suficiente para que mi señor me consiguiese un trabajo en una casa de campo cercana a la costa cultivando plantas de pociones curativas.
El trabajo servil me hizo fuerte y me encalló las manos, mis bellas uñas se llenaron de tierra y mi cuerpo de cansancio, era una vida dura, pero mejor que la de Bertha, la costurera. Ella tuvo una juventud similar a la mía y consiguió un puesto de trabajo muy cómodo y una vida medianamente decente, mejor que la pobreza en la que yo vivía, tras acostarse y convertirse en amante ocasional del señor oscuro.
Él era guapo, se tenía que reconocer, mas eso no era suficiente para mí. Las historias de su brutalidad eran contadas casi a diario, sus amantes rara vez sobrevivían y con la propia Bertha él era duro en ocasiones, aunque según los demás esa era su forma de ser blando; yo no imaginaba lo que él le haría a una mujer normalmente, así que me abstuve de meterme por ese camino.
El joven señor trabajó duro, se esforzó y casi terminaba la pared para el final del día, justo cuando llegó su padre. Un chico lo vio primero y me jaló la camisa; ellos tenían mucho miedo alrededor de nuestro dictador. Yo pausé mis actividades e hice una reverencia sencilla. El señor oscuro no se fijó en mí, él se paró detrás de su hijo con una ceja alzada, el niño no lo notó hasta que su padre no le habló.
—Lo veo y no lo creo.
El niño se giró y sonrió risueño.
—Estaba aburrido.
—Muy aburrido —determinó el señor oscuro.
—Era esto o irte a buscar a Askaban.
—Tú nunca iras a ese sitio —aseguró de inmediato. Sí, Askaban era horrible —. ¿Cuánto tiempo llevas acá?
—No lo sé, pero ya casi acabo con esta pared.
Él alzó las cejas.
—Carrie —me llamó. Palidecí —. ¿Hace cuánto está mi hijo pintando?
—Tres horas, mi señor.
Al mirarme él, los chicos junto a mí retrocedieron. Quise hacerlo igual, pero temí moverme.
—¿Y le diste las gracias a Carrie por entretenerte?
¿Las gracias? El pequeño hizo una «o» con su boca.
—Creo que no. ¡Gracias Carrie!
—D-de nada —farfullé.
—¿Nos vamos ya?
—Sí. Devuelve esas cosas —en lo que su hijo iba a entregar el balde de pintura y la brocha al montoncito que teníamos acumulado en un rincón, el señor oscuro me miró —. ¿Alguien vino a hablar con él?
¿Eh?
—No.
—¿Eres la única mortífaga de la zona?
—Creo que sí.
—Hmp. Bueno. Vamos niño —lo llamó con su mano, dándose la vuelta para marcharse —. ¿Y la caja?
El jovencito se la mostró, la había achiquitado dentro de su bolsillo.
—¿La puedo abrir?
—Pues claro.
—... ¡wow! ¡Entradas a Quidditch!
—Para que vayas con ese amigo tuyo. Adiós, muchacha.
—Adiós, mi señor.
—Adiós Carrie.
—Adiós joven señor.
Entradas a Quidditch, que buen regalo.
