Se me acaba de dañar el programa de word en el computador, si el lunes no he publicado ya saben por qué es, pero trataré de acomodar esto antes.

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—¿No cenarás conmigo hoy? —el tonito triste de Harry no fue tan notorio como en días anteriores.

—Pensaba en que podrías cenar con las esclavas y yo con Katherine —en los pasillos baldíos de mi castillo esa conversación no era para nada inusual.

—Ah —Harry asintió —. ¿Te acostarás con ella?

—Sí.

—... ¿papá? ¿Por qué a ustedes les gusta el sexo?

—¿A quiénes? ¿A los adultos?

—Ajá.

¿Cómo se lo explicaba?

—Es divertido, se siente muy bien. Es un juego para nosotros.

—¿Y por qué las mujeres sufren?

—Las esclavas no sufren —le recordé —. Su vida gira entorno al sexo.

—¿Y las muggles?

—Ellas sí sufren.

—¿Por qué?

¿Tantos años viviendo en este castillo y no lo entendía?

—Harry, los hombres y las mujeres, las ricas, no sufren, el resto lloran a cada momento.

—Ahh. Papá... ¿las esclavas lloran?

—No —entonces le dije lo que yo apreciaría que él interiorizara —: Nené, las esclavas son felices, les gusta el sexo, les gusta que las toquen y a los hombres nos gusta tocarlas. Lo entenderás si pasas tiempo con ellas.

—Es que me asustan, se reúnen las tres a mi alrededor y... me hacen sentir incómodo.

Sí, eso era muy entendible. El golem y las pociones las estaban convirtiendo en unas zorras perfectas. A Emma aún no la probaba, pero lucía especialmente apetitosa; una lástima desperdiciar a una ninfómana como Elena, pero ese gustico se lo dejaría a Harry. Margaux, por su parte, provocaba mucho, solo su edad me retenía.

—Es porque te confunden con el golem. Duerme hoy con Emma o Elena, la que quieras, o Margaux. Solo una, juega con ellas.

—¿A qué?

Lo miré, ya estábamos frente a la entrada del harem.

—No te hagas el tonto, ya lo sabes. Ellas son el juguete, tú quien juega.

—¿Eso no es cruel?

—No —le sonreí y le puse la mano en el hombro. No me importaba que Harry fuese un niño tontuelo y amable, pero quería que creciese sin miedo a las mujeres; aunque lo de él no era miedo, era respeto, mas tampoco quería que las respetase. Las mujeres no eran más que un cubo para verter el semen (creo que ya está más que claro que Voldemort es la máxima expresión del machismo), él tenía que aprender a someterlas —. Son mujeres Harry, están ahí para que juguemos con ellas.

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Eso sonaba igual que cuando los mortífagos decían que los muggles solo eran para torturas: no tenía sentido o explicación, pero todos lo aceptaban como una verdad universal. Eso me bastó para saber que la justificación de papá era errónea, sin embargo, ¿qué era lo correcto? Diría que tratarlas mejor, pero a Elena le gustaba, las chicas en la escuela se maquillaban para verse bonitas y muchas se esforzaban por lucir guapas. Eso lo hacían para los hombres, ¿no? ¿Para quién más?

Yo jamás estuve de acuerdo en lo que le hacían a los muggles, pero ¿qué más se hacía con los muggles? ¿Liberarlos?

—¿Grande, pequeña o mediana?

Parpadeé viendo a papá sujetar el pomo.

—¿Qué?

—Elige. ¿Grande, pequeña o mediana?

No supe a qué se refería, ¿comida tal vez? ¿Ropa? ¿Un peluche? Me encogí de hombros y tomé el camino seguro.

—Grande.

Papá rio entre dientes y abrió la puerta. La imagen que vimos era típica, pero no dejaba de ser... extraña: Margaux y Elena besándose de una forma desesperada, con... ¿deseo era la palabra?

—Jum —papá hizo un ruidito —. Bueno, mientras que se mantengan mojadas, supongo que se vale.

No supe a qué se refería.

—Amo —Katherine, que estuvo hasta ese punto sentada en el sofá examinando un tejido, se levantó. Ella iba en un vestido de lana ligero, construido con un patrón de grandes aberturas que nos daba una vista plena a su cuerpo desnudo. La otra, en el fondo de la habitación, viendo a mi esclava y a Margaux, estaba desnuda.

—Buenas noches amo —el tono sugerente de Elena era usual en ella —. ¿A cuál de mis hermanas se llevará hoy?

—Me iré con Katherine, Harry con Emma.

¿Eh?

—¿Yo?

Ah, Emma era la hija del ministro. Ella era bonita, mayor de edad o algo así, tenía un trasero inmenso y pechos pequeños que empezaban a crecer con las pociones ilegales que manejaba el harem.

—¿Y nosotras? —Margaux sonó herida.

Elena me miró con cierto dolor.

—Mañana irás tú con Harry, niña, luego Elena y Katherine. Mientras tanto, estoy seguro que hay muchos falos aquí para que se entretengan. Vamos muchacha —le señaló con la cabeza la puerta a Katherine.

Emma se acercó a mí sin cubrir su desnudez. Ella era más alta que yo, pero no más que Katherine. Me despedí agitando la mano de Elena y Margaux, más pendiente de lo singular que era ir con dos mujeres escasas de ropa junto a mi papá.

—Llévala a tu cuarto, yo me demoro aquí.

—Sí papá.

No quise ver la forma en que él le quitaba a Katherine su vestido y la empujaba a la pared, pero alcancé a verla a ella: me sonrió.

Tal vez yo estaba siendo muy injusto con papá y él no estaba equivocado respecto a que las mujeres se podían tratar como uno quisiese.

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Una vez mi joven amo dejó de mirarme, borré mi sonrisa. ¡Qué miedo!

—Eso, haz que el niño esté tranquilo —comentó en voz baja el hombre al que yo le pertenecía una vez su hijo doblaba en la esquina.

—Amo, ¿yo dormiré con su hijo?

Si era cierto, tenía una posibilidad de huir de él convirtiéndome en...

—¿La favorita de Harry? —se burló. Ese hombre también sabía leer mentes, como el abuelo —. Vamos a poner las cartas sobre la mesa. Si mi hijo te quiere para jugar a los peluches, yo soy la prioridad, si te quiere para cogerte, él es la prioridad, pero no serás su favorita. Por las noches me cogeré a la que se me dé la gana, pero tú solo estarás en mi cama.

—¿Y si su hijo me solicita?

—Es que te puede solicitar —dijo con obviedad —. Dormirás con él en unas noches, pero eso no ocurrirá seguido. Te explicaré como será, Katherine —lo dijo terminando de quitarme mi vestido. Era humillante estar tan expuesta ante él —. De noche, te cogeré hasta reventarte y si mi hijo te llama, así ese culo tuyo esté sangrando, irás, sonreirás y dejarás que él se descargue en ti a sus anchas, para luego volver a mi cama. Esa es tu vida, —sujetó mi vagina sin delicadeza —, por esta cosita que tienes aquí es que vives y cuando esto ya no me guste y Harry prefiera las vaginas jóvenes de las bebés que ya están llenando este harem, te mataré.

A pesar de que él me ordenó que no temblase mientras me violaba, no pude evitar hacerlo.

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Emma resultó ser interesante. No era tan lanzada como Elena ni tan necesitada como Margaux, pero no era distante en el sentido físico como Katherine. Rompimos nuestro beso y ella me sonrió con una ternura que nunca había visto yo en el rostro de una mujer.

Emma no decía mucho, solo tenía ese aire de niña inocente y linda que... no, en realidad no podía. Aún no entendía esas reacciones de mi cuerpo, lo afiebrado que me sentía cuando las esclavas me tocaban; seguía siendo incómodo verlas desnudas, a eso no me adaptaba del todo. ¿Por qué lo que giraba a su alrededor era sexo exclusivamente? Elena me mostró su faceta humana por un breve periodo de tiempo, pero al reunirse con su hermana y empezar a adoctrinar a las otras volvió a ser la misma chica desaforada que creció en un harem.

Dije que me quedaría con Margaux, que la acompañaría en ese proceso de transformación física y moral, mas ya estaba agotado: que cada quién cuidase de sí mismo, yo no me sacrificaría más por ellas. Accedí a besarlas, a juntármeles, a seguirles la cuerda en mis visitas al harem, pero ya no más.

—Pimpón —lo llamé en un susurro, esperando que papá no me oyese. Por el ruido que venía de su habitación, él se ocupó con Katherine.

—¿Qué necesita el amito? —su aparición fue instantánea. Pimpón estaba con las manos llenas cuidando a las cuatro bebés que ocultaron en la parte más profunda del harem. Por supuesto, mi elfo de crianza era eso, un elfo de crianza, especializado en bebés y niños pequeños, moldeando infantes que irían a dar con una institutriz, no era necesario que él siguiese cuidándome, pero papá jamás prescindió de sus servicios y yo deseaba que no lo hiciese nunca.

—Lleva a Emma a su alcoba y diles a las esclavas que no volverán a acompañarme.

—Pero... amo, ¿yo qué hice? —pidió Emma aterrada.

—Nada —susurré —. Te comportaste como tenías que hacerlo. Vete.

Me sentí mal por ella, no obstante, yo ya no quería estar involucrado en ese harem. A solas me sentí mejor; papá tenía razón, la soledad era buena, la gente traía problemas y situaciones dolorosas. Yo no tuve que enfrentarme a un montón de pensamientos contradictorios hasta que no conocí a Neville y Elena. Alec no contaba, él era un mortífago en formación, no muy diferente de sus padres, y aun así él logró calarme un golpe duro.

Abrazadito a Ismael en mi gran cama, me sentí a salvo. Bueno, hasta el momento en el que papá decidió que atravesar nuestra pared con la cabecera de su cama era una gran actividad nocturna.

Con una mueca, me paré, calcé mis chancletas y, con Ismael colgando de mi mano, me encaminé a su habitación a pedirle que pusiera el hechizo de silencio. Encontré en su alcoba lo que siempre encontraba, una mujer sufriendo, esta vez de forma oculta. La risa y los ojos idos de Katherine me informaron de las drogas que papá le suministró en algún punto de esa temprana noche.

—¿Qué quieres?... ah sí —no alcancé a hablar —. Lo siento, nené. Ya pongo el hechizo.

—Gracias papi.

—¿Y Emma?

Dudé.

—En... le pedí a Pimpón que la escoltara al harem.

Papá detuvo su penetración y me volteó a mirar. No lucía enfadado.

—¿Por qué?

—No quiero estar más cerca de ellas —admití mirando mis pies. Tenía las uñas largas, era hora de usar el hechizo de corte.

Esperé a que papá me diese una respuesta, pero no lo hizo. En su lugar, algo me golpeó la frente, era un pocillo con leche tibia.

—Como mejor prefieras. Buenas noches, nené.

Le sonreí y él a mí.

—Buenas noches papá.

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Lo intenté, pero no logré eyacular. Mi gran y salvaje noche arruinada por una frase de ese niño.

No quiero estar más cerca de ellas.

¿Para qué me preocupaba? Él miraría que hacía, no era mi problema, era su pene y su vida.

—Agh —me quejé saliendo de Katherine, mi erección perdida.

—¿Amo?

Naturalmente, tras esas gotas de poción que le vertí en la garganta, Katherine se convirtió en la puta que tanto se me antojaba. Ella se arrojó a mis brazos buscando atraerme, pero me la quité de encima con un puñetazo que dejaría marca en ese rostro de muñeca rusa.

Quizás forcé a Harry, tal vez debí seguir mis filosofías originales y mantener a raya a esas esclavas, pero cuando ero el niño reaccionó bien, se mostró abierto con Elena, jugó con ella y completó el enlace a una velocidad acelerada, creí que en medio de su timidez ella le había gustado, así que le proporcioné más, sin embargo, el niño se retrajo en el comportamiento que, en un inicio, creí que adoptaría.

Sí, era eso: me equivoqué. Fallé y ahora el mocoso no se sentía a gusto con mujeres. No era que yo sintiera culpa propiamente, pero... gasté tiempo, energía y dinero en ese niño, no lo dejaría crecer como un cobarde miedoso. Y no, ser sexualmente activo tan joven no significaba tener una autoestima fortalecida, pero era una actividad divertida, no tenía por qué ser algo más que un juego. No es como que Harry tuviera que hacer algo, para él era un masaje con final feliz; un hijo mío no se arrodillaría a chuparle nada a una mujer, ellas nos tenían que complacer, no nosotros a ellas.

No eran relaciones, no era sexo, solo eran orgasmos egoístas y muy merecidos para Harry; por mí que él recibiese todos los mimos que quisiese y que yo no le proporcioné.

—¿Amo?

Grandioso, otra vez llorando. Ah, fue que le rompí el pómulo. Acomodé mi ropa con un hechizo veloz.

—Charlie.

—¿Sí, amo? —mi elfo personal apareció.

—Llévate a esta puta al harem y cúrala.

—Como desee. Charlie hará tal como usted ordene. Por aquí, señorita.

Hice una mueca de desprecio ante ese tic verbal de los elfos domésticos. Le ordené a Pimpón no hablar así en el momento que Harry adquirió semejante falencia en el lenguaje.

Salí de mi cuarto antes que el elfo y caminé a la habitación de Harry. Se veía... dulce durmiendo con su peluche, indefenso, infantil. Era un niño que mataba, pero que no dejaba de ser un niño.

Bueno, suficiente de experimentos, desde ese punto Harry mandaría en su madurez, no más intromisiones de mi parte. Me retiré aplicándole un hechizo de tibieza para que él durmiera mejor. Lamentablemente, lo descubrí un par de horas después, esa noche yo no dormiría.

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—¿Hum?

—Harry —papá me zarandeó el brazo para despertarme.

—¿Papi? —murmuré adormilado y deseando que se marchase para seguir durmiendo.

—Arriba mocoso —dijo con burla —. O te echaré agua fría.

Abrí los ojos de golpe causándole risa a papá.

—¿Qué? —yo seguía confuso.

—Te vas de paseo con Barty.

¿Ah?

—¿Yo?

—Sí. Arriba, te espera una piscina, caballos y una finca al este.

Parpadeé incorporándome y viendo a mis ventanas. Hedwig estaba allí rascándose un ala con su pico.

—Papá, aún es de noche.

—¿No son las ocho de la mañana? —se burló con su humor clásico.

—No —gemí recostándome en las almohadas. Papá, que lucía sudado, a saberse por qué, tal vez fue a correr, me sostuvo para que yo no cayese en las almohadas.

—No, no, no. Mientras más temprano, mejor.

Impresionado, emocionado y adormilado, hice como él ordenó. Papá no solía llamarme de madrugada y si él iba a salir a uno de sus viajes yo me daba cuenta ya en el lugar, despertándome en sus brazos y rodeado de extraños o caos. No era raro que papá me ubicase en un lugar oculto, una mini cueva justo a mi medida que él construía con su magia en medio del lugar a donde fuésemos, y me pidiera que me mantuviera en silencio. Pronto me sacaba, una vez acabase con la carnicería que montaba con los cuerpos de los magos y brujas que luchaban por detenerlo en su intento de... robar o algo así, a lo que fuese a hacer a ese sitio.

Esta era una de las pocas veces que yo madrugaba y se sintió cool, especialmente porque iba a un paseo.

—Buenos días Hedwig —saludé a mi lechuza; ella me respondió con un ruidito —. ¿Tú vienes conmigo? —pedí a papá.

—No —me retiró la colcha y encendió con su magia las luces de mi alcoba —. Solo tú y Barty, te enseñarán equitación y tendrás más tiempo para hacer pociones.

¿Papá estaba...?

—¿Te estás deshaciendo de mí? —pregunté directamente.

Papá asintió con vacilación.

—Un poco —auch, eso dolía —. ¿Recuerdas a Jacob Burn, el hermano de Josef?

¿Eh?

—¿El auror loco?

Papi sonrió, pero dejó morir su gesto.

—El mismo. Se fugó de Askaban...

—Creí que era imposible.

—Lo es. No me interrumpas —asentí —. Burn escribió tu nombre cientos de veces en las paredes de su celda; ayer en la tarde él seguía en fuga, pero no creí que sería capaz de llegar hasta acá.

—¿Intentó entrar?

—Sí. Hace varias horas se internó en el castillo.

—Pero las protecciones.

—No sé cómo las rompió, Josef debió contarle cosas. Hasta que no demos con su paradero tú estarás en aislación con Barty en una finca privada en una isla que no sale en los mapas y protegida con el encantamiento fidelius. Trataré de visitarte por las noches, seré tu única comunicación con el mundo exterior. Sin cartas y sin pedidos, lo siento nené, sé que te esforzaste con esa empresa de animales de goma, pero no te pondré en riesgo.

—Está bien —murmuré bajito.

—Báñate, Pimpón empacará por ti. Tienes quince minutos.

Tomé una ducha con agua tibia que se fue transformando, con el paso de los minutos, en agua temperatura ambiente, o sea, fría. Salí de ahí sin sueño y desnudo. Al salir, a mi cuarto le faltaban cosas mías, como si hubieran saqueado. El baúl tampoco estaba. Tuve miedo de que fuese ese señor auror y no Pimpón quien hubiese hecho aquello.

Por primera vez revisé mi closet con cuidado, examinando las prendas que continuaban allí. Pimpón fue sabio y me dejó una muda de ropa normal junto a mis uniformes de Hogwarts y mi ropa elegante que jamás usaba. Era un overol oscuro, una vieja camisa verde, medias negras (he oído que en otros países les dicen calcetines) y mis tenis de cordones. Gracias a que Pimpón no empacó la ropa de eventos, él no tocó la foto de mi madre.

Con delicadeza y lentitud saqué de dentro de un saco de invierno la fotografía impresa en papel periódico; cada día la miraba y la devolvía a su puesto, hipnotizado en secreto por ella. Esta vez, para no dejarla aquí, la metí en el bolsillo de mi overol.

Um, mis pies se sentían algo extraños, mis zapatos no eran tan cómodos como la última vez. En fin, bajé por las escaleras encontrándome con papá, que venía limpio y fresco, pero en pijama.

—¿Qué hora es?

—Las cinco de la mañana.

Wow.

—¿Irás conmigo a la isla?

—No. Barty te acompañará. A partir de hoy irás con él a todas partes, será tu guardia personal mientras estés fuera de Hogwarts.

—¿Y Alec? —pedí saliendo con él por la puerta de la torre.

—Me temo que esta vez necesitarás algo más que un chico mayor que intimide a los que se metan contigo. Me aseguraré de que las protecciones de Hogwarts estén por instauradas antes de dejarte asistir; fuera de la escuela tendrás a un mortífago de alto nivel junto a ti en cada momento.

—Gracias por el piropo, mi señor.

Barty me sorprendió saliendo de entre las sombras.

—¡Hola! —lo saludé enérgicamente.

—Y espera a que se tome su leche —se burló papá en referencia de mi brote de energía —. Tenle paciencia, aprende rápido, pero es muy distraído. No te confíes en esa isla, los ojos bien abiertos, Barty.

—Por supuesto que sí, mi señor.

Oh, papá no nos acompañaría más allá. Tras ver la reverencia de Barty y sobarme el cabello y una mejilla, papi se devolvió a la Torre Sur, quizá a dormir un rato. Él casi no dormía.

—No te he visto últimamente —le señalé a Barty.

Cuando yo era pequeño, muy pequeño, vivía sujeto a la mano de Barty y Rabastan. A veces era curioso pensar en ellos como asesinos porque fueron los hombres que jugaron conmigo, me alimentaron y me acompañaron.

—He estado muy ocupado con mi servicio a su padre. Las cosas marchan muy bien.

¿No acababan de intentar matarme en el castillo de papi?

—¿Qué son las cosas?

Barty sonrió.

—Usted ya sabe suficiente, joven señor.

Sentado a mi izquierda, sin ocupar el puesto de la cabecera reservado para papá, Barty se sentó en el comedor a disfrutar del delicioso desayuno de los elfos de la cocina. Podía diferenciar sus platillos de los de Pimpón ante la escasez de comida moldeada en flores, gatos o demás animalitos. Al parecer, cuidar de bebes era muy complicado, especialmente al haber varios.

—Pinté paredes con Carrie.

—Me contaron, ella dirige a un grupo de obreros.

Con su poco comer, identifiqué que Barty estaba tenso, muy tenso.

—¿Sucede algo Barty?

—Nada, joven señor, salvo... yo me escapé de mi casa tras descubrirse que era un mortífago. Llevo 8 años sin ver a mi padre, pero ayer tuve una pésima charla con él.

—¿Cómo se llama?

—Barty Crouch.

—¿Por eso te dicen Jr.?

—Así es.

No supe de qué forma consolarlo o animarlo; cerré la boca y terminé mi ensalada de frutas. El desayuno no nos tomó mucho más y, desde la sala del trono, lo que significaba que papá había autorizado tal acción, Barty me sujetó de los hombros. Antes de que pudiera preguntar el paradero de mi baúl, fuimos succionados por la magia, quien nos transportó hasta el frente de una inmensa casa.

—Wow. ¡Qué casota!

—Chalet, joven señor —me corrigió Barty —. Le va a encantar.