Bellalphine Black: Bueno, lo de insensible es relativo. Si bien es cierto que suena horroroso «desbloquear» los recuerdos referentes a la violación, hasta cierto punto es correcto hacerlo. Sin recuerdos, ¿quién le pone un límite a lo que le hicieron a Neville? ¿Quién le decía a él que Lockhart no tenía un cómplice que también lo agredió? ¿Qué no fue solo violado, sino puesto en situaciones aún más degradantes (porque las hay)? Al saber qué fue lo que ocurrió, Neville puede enfrentarse completamente a lo que le hicieron, iniciando su sanación. Por supuesto, repito, es relativo, algunas personas pueden preferir no saber y otras sí, pero en este caso la matriarca Longbottom decidió que el camino «feo» era mejor.

Sakura7893: Neville fue dañado profundamente y tendrá una reacción muy pasivo agresiva. Él está buscando un chivo expiatorio para vengarse, pero en el proceso se va a destruir él mismo. Quiero usar a Neville para retratar lo que puede ocurrir con una victima de violación, que no todos son palabras de superación, sino que muchos, por su propio trauma, se vuelven personas odiosas.

AMATISTE: Muchas gracias, creo que usted fue de las poquitas que no intentó mentarme la madre con educación por ese giro de acontecimientos.

Giulianacontesso: Lo siento. Este libro le va a duro a Harry y va a tener varios enemigos, pero el principal de todo es Neville. Ya van a entender por qué.

JessyRiddleFriki-Black: Gracias por no odiarme jajajaja. Hagrid es un buen tipo, sí.

Tast Cullen: No sé que va a pasar con Neville al final, pero voy a hacer que ustedes lo odien.

Para aclarar lo de Neville: Básicamente, él niño va a ser el antagonista principal, un tipo de villano que todos nosotros tenemos el disgusto de conocer íntimamente. ¿Quién adivina?

0oOo0

No dudé en lo que debía hacer: fui a la enfermería y le pedí a Poppy un frasco de poción para el resfriado. Voldemort podía ordenarles a los mortífagos lo que se le antojase, pero sobre mí él no mandaba. Con la mayoría de los estudiantes en el Gran Comedor degustando su desayuno y actualizándose en lo tocante a sus horarios, esperé a Harry en el pasillo baldío. Mi hijo era conocido por no demorarse mucho en el Gran Comedor, él no parecía gustar de las multitudes.

Mis escasos conocimientos sobre mi Harry no fallaron, él salió acompañado por el hijo de Bellatrix Lestrange.

—Harry —lo llamé.

Mi hijo apretó los dedos de los pies, fue notorio su nerviosismo.

—Buenos días, señora, er, profesora Potter.

—Buenos días —masculló el moreno. Alec era como se llamaba ese niño; nunca escuché nada bueno de él, pero tampoco tenía pruebas de que fuese peligroso.

—No te quitaré mucho tiempo —le extendí el frasco de poción —. Es para el resfriado, así te sentirás mejor y te bajará la fiebre.

Harry se lamió los labios, trató de extender la mano, pero se resistió y negó con la cabeza.

—No, muchas gracias, profesora.

—Sé lo que dijo tu padre —abordé el problema real: la orden de Voldemort —. Dejarte pasar el día enfermo es cruel, se te puede castigar de otra manera.

—Yo estoy bien, el baño... gracias, pero no, gracias. Permiso.

0oOo0

Jalé a Alec fuera de allí. Casi tomo la medicina, me sentía terriblemente mareado y con ganas de vomitar, pero me lo mejor era poner tierra de por medio con la señora Potter.

—Hizo bien —me felicitó Alec, luego bajó la voz —. Si quiere, yo puedo conseguirle un frasco de poción para el resfriado.

¿Quería que desobedeciera a mi padre?

—Papá dijo que no.

—Él no tiene por qué enterarse —lo miré con incredulidad; Alec lució avergonzado —. Lo lamento, pero... es que usted se ve muy mal.

—Estoy bien —mentí sacando mi horario de mi bolsillo; Severus se tardó un poco en dárnoslos. Mi primera clase era encantamientos —. En el salón me voy a recostar en la mesa.

—Como usted quiera.

Pasé mis clases con mala cara, deseoso de irme a dormir o de hacer fondo blanco con las pociones curativas, pero papá dijo no. Sin embargo, papi tuvo razón, el baño me ayudaba, solo era que yo me volviese a echar agua en la cabeza para bajar mi temperatura entre las asignaturas, logrando un punto de equilibrio gracias al cual logré sobrevivir y llegar al almuerzo. Comí a solas con Alec, ya que Neville se hallaba ocupadísimo con Luna en la mesa de Ravenclaw.

—Marmota anda raro.

—¿De dónde viene el apodo? —pregunté.

Mi madre estaba almorzando en la mesa de Gryffindor con su hijo, quien le platicaba con mucho ánimo, según alcancé a ver de rapidez. Sin necesidad de bloquear la mesa de profesores con mi cuerpo, no tuve escusa para sentarme mal o fallar en mis modales.

—Después de que usted se marchó, él andaba durmiendo en todas partes.

¿Durmiendo?

—Extraño... supongo que tiene que ver con que antes no logró descansar adecuadamente.

—Yo tampoco habría dormido —Alec hizo una mueca de ansiedad —. ¿Cómo le fue hoy en sus...? Alguien lo busca, joven señor.

Seguí su mirada, en la puerta del Gran Comedor había un mortífago con todo e indumentaria, salvo la máscara, parado tímidamente y mirándome.

—¿Eh?

Él se acercó vacilante. De inmediato tuve allí a la profesora Potter, la directora Mcgonagall y el profesor Snape.

—¿Qué crees que estás haciendo aquí? —atacó Sev.

—¿Cómo pasó usted la brecha de seguridad? —se interesó la escocesa.

—Salga del Gran Comedor —mi madre fue directa.

—Lo lamento, debo hablar con el joven señor y las puertas de la escuela me dejaron entrar. Es una urgencia —aunque dijo esto último a modo de exclamación, el resto de sus palabras estuvieron cargadas con respeto y vacilación; con sus grandes ojos, lucía como una persona muy abierta e inocente, pero eso debía ser mentira, no existían los mortífagos inocentes.

—¿Conmigo? —dije extrañado. ¿Qué tenía que hablar un mortífago conmigo?

—Sí, joven señor —al hablarme, respetuosamente inclinó la cabeza. Alguien bufó —. Es que tenemos un problema de hacinamiento y de mando.

—No estoy comprendiendo.

—¿Quién se quedó a cargo en el castillo? —pidió Sev.

¿Dónde estaba Barty?

—Es que ese es el problema, señor Snape: no hay nadie a cargo. Mi señor se halla en unas reuniones y no puede ser interrumpido, la señora Lestrange y su esposo se encuentran en una misión, el señor Lestrange, Rabastan, se fue de viaje, el señor Crouch está aquí dictando clases y... pues es que no tenemos más líderes. El más antiguo es la Rata, pero nos dijeron que él...

—No tiene ningún tipo de poder —completé yo —. No se le hace caso, se le ignora y no se le permite abandonar su puesto.

—Exactamente, joven señor —continuó en su tono vacilante y nervioso —. Y, bueno, revisamos la lista de línea al mando y usted aparece allí.

—Es una formalidad, pero él tampoco tiene poder —le aclaró Sev —. Barty Crouch se encuentra en clases aún, pero lo puedo llamar y...

—Podría solucionarlo yo —dije —. Am, ¿qué tan difícil puede ser? —añadí al ser cuestionado visualmente por todos los adultos. Sev lució divertido con mi sugerencia, la directora Mcgonagall frunció el ceño y mi madre... en ella no me detallé —. ¿Dijiste hacinamiento?

—Así es, joven señor. Esta semana han estado llegando los presos habituales, el problema es que sin nuestros líderes no hemos sabido que hacer con los muggles...

—¡¿Usted está hablando de los desaparecidos?! —exclamó la profesora Potter —. ¡¿Usted está preguntándole a un niño de 13 años que hacer con los muggles que secuestraron?!

—Er, ¿sí? —puso cara de pánico.

¿De dónde sacó mi papá a este hombre tan miedoso?

—A los presos se los llevan cada mañana —recordé —. Sev, ¿tú sabes a qué sitio se los llevan?

—No, es un secreto, pero Barty sabe.

—Sí, precisamente todos los altos mandos tienen conocimiento de la dirección a la que deben ser transportados, por eso yo creí que el joven señor sabría.

—No, yo me entero únicamente de lo que ocurre en el castillo. Manténganlos bajo control y en la noche Barty va allá y les resuelve.

—Es que ya no hay sitio en los calabozos y las otras salas están selladas, no hemos querido forzarlas a abrirse.

—Es mejor que no husmeen —concordé con él —. Amárrenlos y siéntelos por ahí en el patio, bajo la sombra —creí que esto era correcto.

—Perfecto, sí. Gracias, joven señor, muchas gracias —y tras una profunda reverencia hacia mí y una despedida cortes, en extremo cortes, con los profesores, él se retiró.

Al no estar ese sujeto, solté el resoplido que llevaba ya rato aguantándome.

—¿De dónde sacó mi papá a este tipo? —me burlé.

—Ahora la Marca Tenebrosa se puso de moda —añadió con guasa Sev —. Continúe con su almuerzo, yo notificaré a Barty.

—Gracias Sev —los profesores se alejaron, al quedar a solas me fijé en la mirada divertida de Alec —. ¿Qué?

—Su primera orden en público.

—Mi primera orden en público y en privado —especifiqué —. Yo soy un bastardo, bueno, era; en fin, yo no daba órdenes —tomé en mi cuchara un poco de sopa. La sopa era buena con la gripe, eso decía Pimpón.

—Pero creí que usted se sentaba en el trono de su padre.

—Sí, pero el de las órdenes es papá, yo solo me sentaba allí a perecear.

—Ah.

Seguí almorzando, olvidándome de ese extraño mortífago. Creí que el asunto quedaba solucionado con mi indicación, pero me equivoqué. Volví a ver a ese sujeto en mi camino a Herbología.

—¡Joven señor! —me llamó trotando por el prado.

—¡Un mortífago!

—Es inofensivo —dije —. ¿Qué? —pedí con algo de exasperación.

—Tenemos una revuelta.

¿Una revuelta? ¡¿Enserio una revuelta?!

—¿Los presos no se dejaron? ¡Eso es increíble! —comentó Granger.

—No, eso no es increíble —dije yo —. Esas personas no comen, no beben agua, muchos llevan días enfermos, ¿cómo es posible que tengan fuerzas para hacer una revuelta?

—No lo sé —admitió horrorizado —. Los amarramos como usted dijo, pero se soltaron. Nos atacaron con ladrillos, los volvimos a atar con magia, pero se alcanzaron a atrincherar en los calabozos.

¡¿Qué?!

Oh no.

—¿Y mi padre?

—Aún en reuniones.

Esto era algo muy malo. ¿Qué hacía yo? ¿Llamaba a Barty?

—Profesora Sprout, ¿el profesor Crouch estará ocupado?

—Creo que sí, hijo —la mujer mayor miraba de mala manera al mortífago —. Harry, yo entiendo que tú te sientas cómodo junto a este tipo de personas, te dejaré hablar con él, pero los demás entren al invernadero.

—Pero yo quiero saber sí...

—Adentro, señorita Granger.

—Déjalo, Hermione —dijo Ron oscuramente —. ¿No ves que el niñito está jugando al dictador?

Apreté los dientes, pero no respondí.

—Los muggles no se encuentran bien físicamente, atáquenlos con más veras, no importa que algunos salgan heridos. Ellos se irán en la noche, solo es controlarlos ahorita.

—Correcto, joven señor. Gracias.

Eran mortífagos, tontos y todo, pero eran mortífagos, ellos serían capaces de torturar a esa pobre gente y someterla, ¿no?

Todo indicaba que no.

—¡Solo son muggles! —grité al final del día, indiferente de los alumnos que me viesen por allí. Mi día había sido horrible, al malestar se le sumó la preocupación de lo que estaba ocurriendo en el castillo, el estrés de estar en clases todo el día y de, ahora, tener que dirigirme al Gran Comedor, donde tendría otra cena incómoda por culpa de la presencia de mi mamá.

Al menos ya tenía hambre.

—Es que no podemos.

—¡¿Cuántos hay allá?!

—350, joven señor.

—¡De ustedes, tonto!

—Ah... pues, solo la Rata y yo

—¡¿Qué?!

El castillo jamás estaba solo.

—Es que se suponía que hoy no habría presos porque ayer se los llevaban, pero nadie apareció a llevárselos.

Ay no, esto de verdad era un problema. Papá iba a estar furioso.

—¿Y la Rata?

—Se escondió.

Rodé los ojos con enojo. ¡Cobarde!

¿Qué hacía yo con esos muggles? Papá no aparecía, los otros no estaban...

—Alec —sujeté el brazo de mi amigo —. Llama a Barty o a Severus.

—Sí, joven señor —el mortífago y yo lo vimos correr en busca de los nombrados. Ya por el pasillo se acercaba el profesor Flitwick con varita en mano y los brazos cruzados, molesto por la presencia del siervo de mi padre —. ¡No están!

—Ay no —susurré.

¿Qué se suponía que hiciera yo? ¿Ir? No, papá se enojaba si me salía de la escuela.

—¿Qué puedo hacer con los presos, joven señor?

Buena pregunta. ¿Qué se hace con los presos? Oh, yo lo sabía, era algo muy simple y obvio, pero no quería decirlo. No obstante, era el castillo, mi casa... ¿y si esos presos lastimaban a Pimpón? ¿A Elena y las demás? ¿A las bebés? ¿A Nagini? ¿A papá?

—Mátelos —resolví decir.

—¿Disculpe?

—Ya me escuchó, mátelos.

—Señor Riddle, no se meta en el mundo de su padre —me recomendó el profesor Flitwick.

—Ese también es mi mundo, profesor —miré al mortífago. Era un hombre joven, castaño. ¿Qué hacía alguien así siendo mortífago? Yo conocía a varios siervos de papá que no eran ni sádicos ni crueles, eran personas normales que contaban con pocas oportunidades, estaban asustados de lo que tenían que hacer en el castillo, pero le temían más al hambre, a la necesidad, a pasar sus días sin hallar un trabajo, teniendo como única oportunidad el desconocido mundo muggle —. Mátelos.

—¿A cuántos?

—A todos. A los 350, no se detenga hasta que no estén muertos.

—Joven señor... ¿qué se supone que diga cuando me pregunten por ellos? Tenían que estar hoy en el sitio al que los llevan.

Sí, era cierto. Esto fue un fallo de papá.

—Diga que yo di la orden y que no se quejen, que fue error no prever a un alto mando pendiente.

—Bueno, sí, joven señor... am... ¿dónde entierro los muertos?

Fue cruel que me diese risa su pregunta, pero, a mis ojos, era un cuestionamiento ridículo.

—Son muggles, no se entierran. Hay machetes en los calabozos, pique los cadáveres y déselos a los perros. ¿Sabes dónde...?

—Sí, sí, en las jaulas. Gracias por su ayuda, joven señor. Disculpe mis molestias.

—No pasa nada —murmuré viéndolo marcharse, ojalá para no volver.

Este día fue de locos.

—Harry —me llamó una voz a mi costado, era el profesor Flitwick. No me fijé en él, muchos observaban mi charla, y ninguno lucía cómodo o algo menos que perturbado —. Son 350 personas, seres humanos. ¿Tú comprendes lo que acabas de hacer?

Parpadeé.

—Créame, profesor, yo no sé a dónde los envían, pero sí sé a qué van. La muerte es un regalo.

E igual, se me fue el apetito. Maté a 350 personas.

0oOo0

En muchos aspectos, yo era una persona simple, del tipo de sujetos que en el trayecto del trabajo al hogar pensaba en las delicias que le esperaban en casa: una jugosa carne asada, un buen vino, algún libro envolvente y una chica desangrándose en la cama. Cosas simples, pero exquisitas; sin embargo, hoy planeaba cenar e irme a dormir ipso facto. Estas últimas semanas habían sido agotadoras, en los días recientes yo había tocado la almohada dos horas por noche a lo sumo. Mi cuerpo me pedía, no, me ordenaba descanso y yo planeaba complacerlo.

Al aparecerme en el frente de mi castillo, parpadeé. Muertos se habrían paso por el verde pasto de los jardines frontales, eran personas desnudas y con rostros agonizantes, muggles prisioneros sin ninguna duda.

¿Muggles en el castillo? Se suponía que pasado mañana llegaban más muggles, hoy y mañana eran días destinados a la limpieza, ayer debieron habérselos...

—¡¿Qué coño hiciste?! —le grité al único sujeto en pie, un mortífago cuyo rostro no me sonaba. Ese sujeto, armado con una machetilla, cortaba el brazo de una mujer obesa.

—Cumplir una orden, mi señor.

¿Una orden?

—¿De quién?

—De su hijo.

¿Eh?

0oOo0

Emocionado, contento, casi dando saltitos, salí fuera de la seguridad de Hogwarts. Mi primer día de trabajo, técnicamente el segundo, transcurrió a las mil maravillas. Mis alumnos, que me vieron con horror al iniciar las clases, salieron la mar de felices del aula de clases, me di a entender en cada momento, pude solucionar las dudas y, en general, sentí que lo hice muy bien. El señor oscuro me tuvo leyendo gran parte de mi tiempo en la isla libros de enseñanza, negándose a tener otro mal maestro en el cargo de profesor de Defensa.

La sensación de un trabajo bien hecho era asombrosa. Ahora, una vez activase el transportador a la granja de muggles, podría ir a devorar la cena en el Gran Salón.

... oh no.

Mi señor me aguardaba sentado en la escalinata principal del castillo, rodeado de cadáveres mal fileteados y con una planilla en la mano. Salvo la planilla, la imagen cumplía las expectativas de lo que se esperaba de él.

—Barty, ¿nadie notó que los deberes de los últimos días no tienen un mortífago asignado?

—Bueno —me lamí los labios, nervioso. A lo lejos vi a un mortífago flacucho trastear con los cadáveres, amontonándolos en un rinconcito tratando de acomodar el desorden —. Yo no lo sabía, como acabo de llegar...

—Ah sí —sacudió su mano restándole importancia —. De todas formas, Rabastan es el encargado de la seguridad del castillo, ¿dónde está ese tipo?

—Mi señor, algo me comentó Severus sobre un viaje de Rabastan.

—¿Un viaje? ¿A ese idiota quién le dio permiso de irse de paseo?

—... usted, mi señor.

—¡¿Yo?!... ah, sí —miró atontadamente los papeles de la planilla —. Él... él dijo algo sobre un médico.

—Tengo entendido que Rabastan tiene una enfermedad, la descubrió recientemente y acudió con un viejo médico familiar que vive en Escocia. Mi señor, disculpe la indiscreción, ¿usted está bien?

—Sí, sí.

No, no lo estaba. Físicamente él lucía bien, pero estaba demasiado ido, parpadeando mucho. Yo sabía que él era de usar hechizos de apariencias para no mostrar el cansancio y no recordarnos que era humano.

—Mi señor, permítame hacerme cargo de todo. Yo reuniré a los mortífagos y organizaré los turnos, aunque deberá decirme a quién dejamos a cargo del castillo mientras Rabastan vuelve.

—Si es solo por unos días, a ese chico —señaló con la quijada al sujeto que continuaba recogiendo muertos con hechizos de levitación —. Oye, ese muchacho fue hoy a la escuela.

—Severus lo comentó también. Al parecer, es tan despalomado e inofensivo que los hechizos de seguridad le dieron paso a la escuela —me reí —. No pude encontrarme con él porque me hallaba ocupado en los momentos que él fue a Hogwarts, pero el joven señor le avisó que yo venía a... ¿estos no son los muggles que debo llevar a la granja? —señalé los muertos cayendo en cuenta de lo que pasaba.

—Sí —y me miró, retirando los ojos de los papeles —. Barty, según esto —golpeó la planilla contra los escalones —, nadie estaba encargado del castillo hoy, no se le asignó un remplazo a Rabastan, ese chico de allá... ¡oye!, ¡¿cómo es que te llamas?!

El muchacho de ojos saltones alzó la cabeza. Él ya casi acaba en su labor, la pila de cadáveres cubría gran parte del suelo junto al muro y por poco lo superaba a él en altura.

—Thomas, mi señor.

—¿No tienes segundo nombre?

—McConaughey.

Alcé una ceja.

—Eso es un apellido, idiota —le dijo mi señor.

Thomas negó sonriendo con timidez.

—Mi madre me lo puso como nombre... era el apellido de su amante. Después de eso, y de una prueba de paternidad, mi padre nos abandonó.

Separé los labios y me reí.

—¡Qué buen chisme! —se burló mi señor —. Mc... ¿Mc qué?

—McConaughey.

Traté de pronunciarlo, pero no lo logré.

—... Thomas, estás a cargo del castillo por los siguientes días.

—Pero yo tengo que ir a trabajar —nos explicó acercándose para no tener que gritar —. Aunque ya debieron haberme echado.

—¿En qué trabajas?

—Limpio mesas en el Caldero Chorreante. Tenía que estar allí a las ocho, pero no llegaron a remplazarme y no supe si irme o no y luego todo se complicó y...

—Espera, espera, ¿has estado aquí 24 horas?

—Casi, sí, mi señor.

Nosotros nos miramos.

—¿Y faltaste al trabajo por cuidar de tu posición? —pedí yo.

—Naturalmente.

—Es leal —murmuró para mí el señor oscuro —. Thomas, ya luego te conseguiré un trabajo y te pagaré el tiempo que te quedes aquí cuidando, por las molestias —explicó —. Sigue con lo que estás haciendo.

—Sí, mi señor. Gracias, mi señor.

Una vez él se hubo alejado, hice la pregunta del millón.

—¿Quién mató a los muggles?

—Thomas. Y no adivinas de quién fue la idea.

—¿No fue de él?

—No. Aquí —señaló el reguero de muertos que quedaba —, nos hallamos ante un segundo asesino, el autor intelectual, quien ordenó matar a los muggles, picar los cadáveres y alimentar con ellos a los perros. Adivina quién fue.

—... no lo sé.

—Harry.

¿Eh?