Sakura7893: El pequeño Harry se está convirtiendo en hombre. No, enserio, en este fic él va a cambiar, a Harry se le va a destruir el mundo y va a tener que aprender lo que es ver por sí mismo.

JessyRiddleFriki-Black: Tranquila, Harry podrá tener normalizado en su mente la matanza hacia los muggles, pero él jamás lo ha hecho, por lo cual él tiene un conflicto interno que se muestra aquí.

Lailliet: Hola, gracias por comentar. Los capítulos tienen un largo entre 3000 y 4000 palabras, a veces un poquito más, sin embargo, se publican dos capítulos por semana, así que hay más o menos 7500 palabras por semana, eso es lo correcto, sino la historia avanzaría muy rápido.

Bellalphine Black: JAJAJAJ sí, como me reí con esa escena.

Giulianacontesso: jajajaja lo siento. Neville está buscando en quién descargar su enojo, un chivo expiatorio básicamente. En su mente, el causante de lo que le sucedió no fue Lockhart (o no lo ve como el principal causante) sino Harry; para nosotros es obvio que esto es completamente erróneo, pero esta es una reacción defensiva de muchas personas en el mundo: culpar, sin motivo, a personas externas de sus problemas, todo con la finalidad de descargar su ira. ¿No ha tenido usted un amigo que tuvo un mal día y de repente la gritó, dijo todas las veces que han discutido y, en resumen, descargó una "ira" que ya tenía acumulada con usted? Bueno, esa ira no estaba acumulada, hace cinco minutos ustedes dos eran los mejores amigos, pero ante una tristeza con una persona X, la persona más cercana pagó las consecuencias, usted, o en el caso de la historia, Harry.

Lovenerak: Hola, gracias por comentar. La verdad es que me tomo mi tiempo entre historia e historia, casi como medio año, porque las suelo empezar en vacaciones y las termino antecitos de empezar semestre o ya en los primeros días. Se publican cada lunes y viernes tip de la mañana hora Colombia. Tengo más historias por si gusta.

En realidad no es que me guste abordar temas sociales, al menos no inicié así, simplemente hago a mis personajes complejos y trato de salirme de los temas de siempre; por supuesto, al no romantizar las situaciones de la vida diaria, temas tan crudos como las violaciones y la esclavitud resaltan. En algunas de mis historias hablé del feminismo desde un punto de vista crítico, del poder en manos humanas y de las ocasiones en las que las "personas buenas" deben hacer cosas malas para que le bien permanezca. Yo me proyecto como novelista (ya publiqué una novela corta 😊) y me gusta pensar en Fanfiction como un hobby.

Tast Cullen: Precisamente hoy Harry tiene una especie de interiorización de lo que hizo, debatiéndose entre dos lados: «esto es normal, ocurre todo el tiempo» y «carajo, son 350 personas».

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Harry era un chico famoso en la escuela por su ascendencia y la crueldad que rodeaba su vida, pero también por lo infantil de mente que podía ser; algunos creían que él era una víctima, otros pensaban que Harry era un verdugo en miniatura. Cómo fuese, para el final de la cena, que Harry omitió y Alec, cual perro servil, imitó, toda la escuela estaba hablando mal de Harry.

—Es un asesino.

—Idéntico a su padre, siempre lo he dicho.

—Es un dictador en entrenamiento.

—Él no hace nada por ayudar a los muggles.

Yo me senté a solas en la mesa de Gryffindor, degustando la cena y esquivando a Luna; mi novia era una chica asertiva que, en medio de sus rarezas, adivinaba lo que ocurría a su alrededor y lo último que yo deseaba era que ella notase mis sentimientos negativos. Según lograba ver, Hermione escribía una carta al Profeta, pues decía, a los cuatro vientos y con mucha seguridad, que lo que Harry había hecho debía de ser denunciado. Ron, otro que no sabía medir el tono de su voz al opinar, estaba convencido que Harry era un asesino en masas desde niño.

Ese par era unos hipócritas, hace unos años estaban obstinados en ser amigos de Harry y ahora él era para ellos un monstruo equiparable con su padre, Voldemort.

Voldemort... ese nombre ya no me asustaba.

Mientras más conspiraban mis compañeros, más silencioso estaba yo. Mi vida se hizo añicos por culpa de Harry, yo no merecía lo que me sucedió, todo fue su culpa, por saberse defender, por dar miedo, por ser... él, así que ahora no me molestaría en defenderlo.

Antes de irme del Gran Comedor, hice un sándwich con ensalada y pechuga. Esta noche nuevamente tendría las pesadillas, ellas me atacaban con fuerza y yo me defendía con la comida, la que siempre era fiel, me hacía sentir feliz y se quedaba conmigo.

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350 personas.

Suspiré.

—Son muggles, Harry —me dije —. No importa, a nadie le importa.

El conocimiento de lo que causé no me robó el sueño, dormí como un bebé hasta las cinco de la mañana, pero si me achispó el humor. Mientras me cambiaba de ropa, alistándome para mi detención con el profesor Hagrid, no pude dejar de pensar en lo fácil que fue ordenar una masacre. Me habría gustado decirle al profesor Flitwick que yo sí sabía lo que estaba haciendo, que no, que yo no estaba tan loco para no comprender el valor de 350 vidas; y que no, que no era mi padre, pero 350 personas me parecieron tan... tan poca cosa. ¿Cuántos muggles murieron en los años de mi infancia? ¿La suma de todos los muggle usados para sacrificios qué números arrojaba? ¿A cuántos muggles les piqué las tripas hace un año?

350 no era la gran cosa, solo un número, uno muy pequeño.

Y eso me aterraba.

El profesor Hagrid recién salía de su cabaña con su mascota cuando yo pisé los jardines; él cargaba una caneca en las manos, al lado de ese señor todas las cosas parecían pequeñas, pero era una gran caneca. No me topé con compañeros, profesores o fantasmas en mi camino al exterior, así que no supe si mi orden se dio a conocer en la población estudiantil o si permaneció en secreto. Ojalá fuese la segunda opción, yo no quería tener que ir justificándome en cada paso que daba.

El profesor Hagrid, al menos, no parecía saber, pues me saludó con naturalidad.

—Buenos días, señor Riddle. Venga conmigo.

—Sí... hola Fang.

El perrito, que era inmenso, casi como las fieras que tenía papá en casa, se me aproximó olisqueándome. Los animales en el mundo real, o sea que no eran de historietas, no sonreía, o si lo hacían no eran tan obvios, pero este perro lucía muy alegre y tranquilo. Curioso, ¿no? Él era tan grande que podía matarme si se me tiraba encima con saña, pero era un perro mansito.

—Le agradas —comentó entre dientes el profesor Hagrid —. Fang es muy buen juez de carácter.

—¿Eso qué significa?

—Que él sabe cuándo alguien es malo o bueno —suspiró —. Aunque no siempre atina, por ejemplo, con el director Dumbledore... olvídalo. Para la detención no usaremos magia —cambió de tema abruptamente. Oh, estábamos en el Lago Negro —. Es imposible limpiar el agua completamente, el lago es demasiado grande y profundo, pero con las redes que se extienden mágicamente lograremos retirar muchas de las hojas muertas que caen en el agua.

Las redes mágicas eran unos objetos similares a las redes para cazar insectos con los que yo jugaba siendo más pequeño; al tenerme en el castillo, papá en un inicio no me introdujo al mundo de los mortífagos tan bruscamente, sino que mandó construir un jardín completamente aislado y lleno de flores, juegos, animalitos y demás, era un lugar paradisiaco, pero al empezar a estudiar pociones mi mente relacionó los cadáveres de insectos que yo cortaba con los insectos que recolectaba por las tardes. Recuerdo que lloré tanto en mis primeras clases de pociones que papá acabó con el jardín entero, aumentando así mi tiempo con los mortífagos.

De ese jardín quedaban algunas flores. Justo en esa zona papá construyó mis casitas del árbol y mandó poner esas mesas y sillas de madera donde él en ocasiones se sentaba a fumar.

Las varas que sostenían las redes se alargaban lo que fuese necesario, deteniéndose sobre la mugre y acortándose para que fuese fácil verter dentro de la gran caneca las hojas muertas y mugre que hallamos. El trabajo de limpieza cumplió su objetivo de castigo: fue aburrido y monótono.

—Me quiero ir —balbuceé de forma quejicas.

El señor Hagrid se rio.

—Tú te lo buscaste.

—Pff... ¡Barty!

El mortífago me sonrió, ¿cuándo se paró él detrás de mí?

—Buenos días, joven... —mi título se vio interrumpido por su amplio bostezo que malamente él tapó con su mano.

Mirándolo bien, Barty lucía cansado.

—¿Dónde estuviste anoche?

—En el castillo de su padre, picando muertos para darle de comer a los perros —me sonrió.

Me sonrojé avergonzado, pero al mismo tiempo feliz. Si lo que yo había ordenado hacer se había difundido en la escuela, hoy iba a ser un día horrible, pero de parte de Barty, y papá, yo siempre obtendría buenos ánimos, palabras amables y alentadoras. A ellos dos nada de lo que yo «maldadosamente» hiciese los sorprendía, yo no me les podía equiparar a ellos ni una pizca; a sus ojos yo debía de ser un niño jugando al dictador, como dijo Ron ayer.

—¿Qué pasó allá?

—Hubo un fallo de parte de los altos mandos que permitió el amotinamiento de más de 350 prisioneros, pero el asunto fue solucionado gracias a su orden. Su padre llegó anoche y restableció la calma.

—Ah... y si papá llegó, ¿para qué picaron toda la noche los cadáveres? Digo, hay métodos más fáciles, además papá siempre aprovecha los cuerpos.

Conforme las palabras salían de mi boca, más verde lucía el profesor Hagrid, quien se paró a oírnos hablar.

—Sí, tiene razón, pero su padre así lo quiso —con un gesto cariñoso, Barty me llamó con su mano. Acudí a él soltando la red. En voz baja, y tuteándome, el mortífago me dijo algo más —. Tu padre está muy orgulloso de la forma en que manejaste las cosas, Harry.

Separé los labios ligeramente.

No importaba que tan mal se portasen mis compañeros conmigo hoy en las clases, nada arruinaría esta maravillosa sensación: papá estaba orgulloso de mí.

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Hermione escupía veneno en el desayuno: su carta ni siquiera fue mencionada en el Profeta. Herida en el orgullo, la jovencita se dedicó a esperar la llegada de Harry para abordarlo con sus protestas humanitarias. Yo también esperaba a Harry con Alec, era usual que nos sentáremos juntos, pero no en la mesa Gryffindor. Esto era una novedad que yo causé adrede, en la mesa de Slytherin Harry permanecería a salvo, pero en medio de leones...

—¡Hola Neville!

—Hola —musité. Alec lo saludó en su estilo educado, el profesor Crouch, que escoltó a Harry, siguió caminando en dirección de la mesa de profesores —. ¿Cómo amaneciste de tu resfriado?

—Mucho mejor —sonrió sentándose. Harry estaba tan contento que no se percató de las miradas asesinas de Ron y de los susurros de la mayoría —. No sabía que las gripas comunes se quitaban tan fácilmente, sin pociones solo duran un día.

—Sí...

Lo observé servirse panqueques, pedirles leche tibia a los elfos, tocino y huevos revueltos; cuando Harry estaba feliz, comía mucho. Continué desayunando en espera de la olla hirviendo que explotaría en 3, 2, 1...

—¿Qué sucedió con las 350 personas?

Bueno, Hermione trató de mantenerse cordial.

—¿Cuáles? —pidió Harry antes de meter un generoso bocado en su boca. Joder, él sí que amaneció con hambre.

—Los muggles en tu casa.

—... —tuvimos que esperar a que él terminase de masticar y tragara —. Están muertos.

Lavender hizo una mala cara.

—Es increíble —gruñó Ron —. Mataste a toda esa gente solo por gusto.

Más increíble fue ver a Harry encogerse de hombros. ¿Enserio no le importaba lo que ellos pensasen de él? Porque si era así... ¿cómo lo haría sufrir yo?

—En el castillo de papá hay mujeres sin capacidades mágicas, animales indefensos y elfos domésticos, yo no iba a permitir que esos locos destruyeran mi casa —dijo como si fuera obvio. De cierta manera, lo era —. Si a esos muggles los capturaron los mortífagos, ya estaba muertos, yo solo aceleré lo inevitable.

—Hay más opciones —inquirió Hermione erizada en su molestia e irritación —. Liberarlos, por ejemplo.

Harry se demoró otro bocado en contestar.

—Esa no es una opción, estaban presos y no había nada más que hacer.

—¿Por qué nos sentamos aquí? —me preguntó Alec en voz baja.

—A ustedes se les había acabado el tocino.

—Ah.

—¡Tú no puedes decidir ese tipo de cosas! ¡No eres Dios!

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—¿Qué es Dios? —pedí sin comprender.

La castaña retrocedió brevemente, extrañada con mi pregunta.

—Dios es... Dios.

—¿Qué es lo que está queriendo decirme? —pregunté a Neville. Él se encogió de hombros.

—Niños, demasiado alboroto para esta hora de la mañana —nos riñó Barty acercándose a ver que sucedía; su cara de sueño aún no se le borraba. Las exclamaciones de Granger debieron de llamar la atención, pero entre mi autoimpuesta ignorancia de la mesa de profesores y mis ojos puestos en mi plato, yo no me di cuenta de si éramos el centro de las miradas o no —. ¿Qué sucede ahora? ¿Es por lo de ayer?

—Sí, profesor —en los labios de Granger, la palabra profesor sonó a insulto.

—Bueno, no hay mucho que hacer al respecto: esos muggles están muertos y, siguiendo las órdenes del joven señor, fueron picados por partes y usados para alimentar perros y cerdos.

¿En el castillo había cerdos?

—¡Eso es inhumano! —jadeó Ron.

—Lo sé, pero fue lo que ocurrió.

—¿Y no hay restos que entregar a las familias? —pidió ella, mi madre. En qué momento se nos acercó, no supe. Oh, no era la única docente curiosa.

Jum, este desayuno cada vez se ponía peor.

—Nop. Los cerdos devoran todo.

—¡¿Lo dice tan campante?!

—Cinco puntos menos por gritar a un docente, Granger —se mofó Barty —. Mira niña, la realidad es que a nadie le importa una mierda si esa gente vive o muere. Joven señor, por favor venga conmigo, olvidé darle un regalo de parte de su padre.

—¿Un regalo? —sonreí. Me gustaban los regalos.

—Sí. Ven Alec.

Los dos lo seguimos fuera del Gran Comedor. De su bolsillo, Barty extrajo una caja alargada que al retornar a su tamaño original demostró ser muy grande, de la mitad de mi tamaño.

—Wow, ¡¿ese es mi regalo?!

—Bueno, tiene un bonito moño encima —comentó burlesco Barty. Era cierto, la caja, verde, se coronaba con un moño naranja.

Lo destapé velozmente, indiferente de estar a mitad del pasillo y de tirar el papel regalo por ahí. Al terminar de desenvolverlo, me quedé mirando el objeto sin comprender.

—¿Qué se supone que es?

Era una mesa de madera redonda, alta y con un pequeño pedal junto a las patas. La mesa en sí no era muy grande, su diámetro era tal vez del tamaño de mi brazo.

—Ponga su pie en el pedal —me indicó Barty. Los que pasaban por ahí vieron con curiosidad el objeto. Obedecí y la mesa redonda giró sorprendiéndome.

No necesité que me dijesen más.

—¡Es un torno! —chillé emocionado.

Barty parpadeó ante mi grito ampliando su sonrisa.

—Así es. Su padre quiere que usted continúe estudiando cerámica en sus ratos libres y le manda esto para que usted pueda moldear la arcilla más fácilmente. Ah, y también...

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Fue asombrosa la velocidad en la que el joven señor me rapó de mis manos el segundo regalo, que más que un regalo era una entrega: su escoba, la Saeta de Fuego.

Con Alec cargándose el torno de alfarería y con el joven señor arrastrando su costosa escoba, los dos corrieron histéricos al patio para poder probar el juguete. Les sonreí divertido y volví a bostezar, tenía mucho sueño. Pasé la noche despierto organizando diversas cosas, pero en ese tiempo mi señor durmió y para mí esa era suficiente recompensa.

Quemando el papel y cartón regado que dejó el joven señor, me devolví al Gran Comedor. Quería café.

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—¿Cómo así que terminal?

—Significa que la enfermedad se encuentra en su última fase. Me temo, señor Lestrange, que le quedan pocos meses de vida. Le recomiendo organizar sus asuntos y, si puede, engendrar unos hijos para que hereden su apellido, su linaje y sus bienes.

Me voy a morir.

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¿Existía una posibilidad de que la escuela me permitiese ver clases con los de cuarto año, o sea, con Barty? En mi defensa, yo tenía las suficientes capacidades para emparejarme con el curso. De existir esa posibilidad, no tendría que volver a sentir estos nervios, recostado con los demás en el pasillo, aguardando a la llegada de la señora Potter, quien abriría la puerta del salón al llegar.

La novia de Neville nos acompañó porque su clase no empezaba sino hasta dentro de una hora. Luna siempre fue una chica rara, pero divertida.

—Tu cabello parece un nido —me dijo ella —. Y estás algo tenso. ¿Estás bien?

—Estuve volando hace un rato —expliqué tratando de suavizar mi cabello con mis manos. No justifiqué mi postura incómoda, a mi parecer era más que obvio: conforme se alargaban lo minutos, peor me ponía yo por la agonía de tener que esperar a mi madre en el pasillo.

¿Y si ella se acercaba a mí?

—¿Te devolvieron tu escoba? ¿No seguías castigado?

—Papi me levantó el castigo.

Ya me parecía raro que papá me entregase así sin más la «escoba mortal». Resultó que los escudos de seguridad de la escuela funcionaban como una muralla, no dejaban ni entrar ni salir, por lo cual yo tuve un límite de altura.

—¿Quieres volver a ser parte del equipo de Quidditch?

—¿Se podría? —le pregunté a la rubia.

¿Cuánto faltaba para la llegada de mi mamá? ¿Qué pasaría cuando ella arribase al pasillo? ¿Me hablaría o me ignoraría e iría a abrir la puerta del salón?

—¡Claro! —respondió con su ensoñadora mirada inalterable. Podía entender porque a Neville le gustaba tanto Luna, ella era muy dulce y amable —. Ya es viernes, pero la otra semana deberán hacer pruebas. Averigua que posiciones se encuentran disponibles.

¿Y si mi madre me retenía al final de la clase y cerraba la puerta?

—Lo haré. Gracias.

Jugar Quidditch era divertido, Marcus y los demás eran muy amables. (En esta historia Draco no hace parte del equipo; a mi parecer, en la historia original, todo el interés de él por participar era debido a su envidia hacia Harry.)

—¿No te da miedo que te vuelvan a atacar? —me preguntó Neville.

¿Y si mi madre me atacaba para poder secuestrarme?

—No. Papá ya acomodó las barreras de protección, yo debería estar bien. El señor Burn no podrá...

—¿Señor Burn? —se metió en la conversación Hermione con un tonito que me incomodó.

¿Y si mi madre también me gritaba como Hermione? Era una mujer y ellas gritaban mucho cuando se enojaban. ¿Ella estaba enojada conmigo?

—Sí, el auror.

—Sé de quién hablas. Me parece increíble que le digas señor con tanto respeto después de haber matado a su hermano.

¿Y si mi madre me odiaba?

—¿Josef?

—¡Sí!

Me quiero ir de acá.

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Antes de hablar, me aseguré de que mis palabras estuvieran cargadas de compasión, la misma con la que ahora todos me hablaban.

—Harry ¿por qué mataste a ese hombre?

Y Harry aceptó mi intervención creyéndola como una pregunta genuina, no se dio cuenta que yo quería empeorar las cosas. No importaba lo que Harry dijera, Hermione se lo tomaría a mal y le gritaría.

—¡No hay motivo que digas que se gane nuestro perdón!

O lo gritaría incluso antes de permitirle hablar.

—No me interesa el perdón de nadie —oh, Harry se enojó. Sus manos apretaron el cinto de ese feo bolso caribeño que cargaba a todas partes —. Yo solo quería que Josef se callara.

—¿Qué? ¿Habló muy duro e interrumpió tu siesta, maricón? —gruñó Ron.

Seamus lució dubitativo, queriendo hablar, aunque no supe qué bando elegiría. El argumento que él pudiese tener era irrelevante, Harry explotó.

—¡Cállate! ¡Siempre estás criticando cada pequeña cosa! ¡Tú no sabes lo que es escuchar esos gritos! ¡Ni poner música ni irme a la cima del castillo de papá acalla los lamentos de esa gente! ¡Es como si me persiguieran!

—¡Será porque te lo mereces! —contratacó Ron.

Nunca había visto a Harry reaccionar así. Yo ya me había dado cuenta que él estaba nervioso por la espera de la señora Potter, y algunas personas esquivaban los nervios con ira, como mi tío, pero jamás vi esa actitud en Harry.

Harry golpeó a Ron. Fue un puño que le lastimó la mano, él fue muy explícito con su «auh». Ron, quien retrocedió dos pasos por la sorpresa y el impacto, porque yo dudaba que fuese solo por el golpe, arremetió contra él vociferando una corta hilera de insultos. Los dos se enfrascaron en una pelea física que constaba de empujones bruscos, los cuales terminaron estampándolos contra la pared.

Sonreí. Cumplí mi cometido. Eso me dio cierta satisfacción, Harry y Ron estaban en igualdad de condiciones físicamente, el pelirrojo podía dañar a Harry, no tanto como Lockhart a mí, pero era un comienzo. Mi vida se había destruido por culpa de Harry, yo me encargaría de que, así como Lockhart, desde la sombra y el anonimato, la vida de mi «amigo» se hiciese añicos.

—¡¿Qué creen que están haciendo?!

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Ninguno de los escenarios caóticos que mi mente fabricó en ese pasillo sobre el posible encuentro con mi madre incluía que ella me tomara de la oreja.

—Eso duele —protesté sujetando su mano para detenerla.

La piel de ella, no pasé por alto, era muy suave. ¿Ese era el significado de la frase «unas manos delicadas»?

—Señora Potter, suélteme —rogó Ron.

—¿Para que se sigan matando? No, gracias —se burló de nosotros conduciéndonos, aún sujetos de los oídos, al salón —. Yo no tolero tontas peleas y rencillas personales. Pídanse mutuamente disculpas para poder empezar la clase.

—Yo no le voy a pedir disculpas —dije.

—Él me atacó primero, que se disculpe él.

—El problema lo podemos solucionar con unas palabras, o ¿prefieren detención? —Ron y yo nos miramos con muto desagrado —. Dejen de ser infantiles.

—Yo no me disculparé.

—¿Ron?

—...

La señora Potter suspiró. No supe si nos miró o algo, yo no la estaba viendo.

—Detención con el profesor Snape por una semana.

—Ya tengo detención con Hagrid —dije.

—La cumplirás cuando termines con el profesor Hagrid —hizo énfasis en el cargo del semi gigante.

—Lo que sea —murmuré huraño yendo a ocupar un puesto.

Me dolían las manos, pero se sintió bien golpear a Ron.