Ken Madell, consultor del Gran Moff imperial, se hallaba en su espaciosa oficina, con una hermosa vista a la ciudad de Bastion, cuyas montañas nevadas se podían ver a lo lejos. La oficina estaba muy iluminada por los rayos solares.
El droide protocolar negro se apareció en el umbral de la puerta.
—Señor Madell, su invitada a llegado.
—Muy bien, R4 VL. Hágala pasar—exclamó Madell cerrando la tapa de su datapad y se puso de pie, acercándose al otro extremo de su oficina, donde había dos sillones y una pequeña mesita, el hombre se acercó a un mueble rodante donde había vasos y botellas de líquido ámbar, bebidas alcohólicas. El droide se retiró, luego de unos segundos, ingresó una mujer encapuchada, con un velo sobre la mitad del rostro, dejando al descubierto sus ojos pardos. Madell aguardó mientras señalaba el asiento.
—¿Desea un licor de Whisk?
—No, estoy bien.
—De acuerdo.
Madell colocó dos hielos en el vaso y se sirvió el whisk, dejándolo solo a la mitad, luego se sentó en el mullido sillón, mirando a la mujer, que se retiraba el velo y se bajaba la capucha.
—Cuando me informaron que usted quería hablar conmigo, no lo creí y aún estoy sorprendido de verla por aquí, señorita Chal ¿No es usted familiar de la Condesa?
—Sí, soy Saleste Chal, la prima de la condesa—exclamó casi con desprecio—Hay un sector que está descontento con el gobierno de mi prima. Ha desafiado varias veces a las Casas Nobles, tiene una hija que se desconoce el padre y estoy seguro de que ha envenenado a la antigua condesa
—¿La Ta'chume? ¿Ella no murió de un infarto?
—La venerable Ta'chume gozaba de una salud perfecta, se le veía vital y enérgica. Es muy raro que haya muerto de un infarto y estoy segura de que lo están encubriendo. Además, tiene un romance con un caballero Jedi—respiró hondamente cerrando los ojos y los abrió—Mi padre está muy convencido que el Jedi es el padre de la mocosa, que no hay otro hombre que haya estado cerca de la condesa. Yo no lo creo, las fechas no cuadran pero esto ya es el colmo, hay demasiado descontento.
—Bien, entiendo—exclamó Madell dando otro sorbo a su bebida—¿Qué quieres que haga yo?
—Quiero la ayuda del Imperio.
—¿Para qué quieres al Imperio, señorita Chal?
—Para ayudarme a sacar del gobierno a esta traidora. Y ser yo la nueva condesa, llevar a Miktraland a una era de prosperidad y a la decadencia como lo está llevando mi sucia prima.

Con las manos en las rodillas, formó puño mientras Madell daba otro sorbo a su bebida, luego se reclinó en el asiento, dejando su mano con el vaso en el aire, mientras revolvía en un vaivén pausado.
—Puedo hacerlo, puedo ayudarte con recursos y dinero pero ¿Qué me darás a cambio, Saleste? Nosotros no "trabajamos" gratis. Debe haber un beneficio.
—El dinero que te daremos ¿No es suficiente? Te daré el precio que pidas—exclamó Saleste, humedeciéndose los labios, Madell torció los labios, luego negó con la cabeza.
—No, el dinero ya no nos importa, no desde que eliminamos a los malos elementos de la Primera Orden. Ahora somos lo suficientemente ricos para "comprar" gobiernos chicos. ¿Qué me darás, Saleste?
—¿Qué es lo que deseas?—preguntó, entonces Madell sonrió.
—El Consorcio de Miktraland tiene mundos ricos en minerales. Nosotros podemos sacar provecho de ello. Baldavia es rico en oricalcus, un mineral que carecemos ¿Nos daría el control de no solo de este mundo sino también del mismo Consorcio de Miktraland?

Madell nuevamente dio un sorbo a su bebida, Saleste parecía estar meditando la respuesta pero el consejero imperial no presionó a darle una respuesta inmediata, aguardando pacientemente.
—¿Me daría su palabra de que estaré en el trono? ¿Qué podré gobernar a mis súbditos?
—Claro, si ese es tu deseo; lo podemos hacer. Gobiernas a tu gente mientras nosotros nos llevamos tu oro ¿Te parece?
—Sí, me parece bien. Solo quiero ocupar el trono tomado de manera ilegal por mi prima.
Entonces Madell, colocó el vaso vacío en la mesita, se puso de pie y ella hizo lo mismo, entonces el hombre le extendió la mano. La mujer estrechó la mano que le ofrecía, cerrando así el trato. El Imperio Renacido le ayudaría a tomar su trono.
Sin decir una palabra más, la mujer se cubrió el velo y la capucha, luego se retiró raudamente de la oficina. Madell sonrió y nuevamente fue hacia su escritorio, encendió el holograma, donde el busto azul de una mujer se apareció ante él.
—¿Madell? ¿Tienes algo que contarme?
—Sí, hace un momento vino a visitarme una noble de Miktraland. Saleste Chal, prima de la condesa.
—Asi que ¿Te pidió algo?
—Que la ayude a ejecutar un golpe de estado. Sé muy bien que los territorios de Miktraland tiene recursos que necesitamos, además es importante tener un gobierno a la que podamos manejarlo a nuestro capricho.
—Muy bien, Madell. Es un buen trabajo para mantener a la galaxia dividida.
—¿Cómo va tu relación con el grupo extremista?
—Aún me siguen comprando armas, obviamente sin saber que quien soy realmente. Les doy recursos a otro grupo corelliano. Y así el Imperio sacará provecho de una guerra que se verá venir.

Mylie Talcyon usaba un nombre falso, y que solo se comunicaba con el líder extremista solo por holos encriptados, vendiéndoles armas mientras en el otro lado, mantenía una amistad cercana con Mein Silen, una senadora de Kuat, a la que tanto le dejaba en claro su apoyo e su decisión de mantener a Corellia dentro de la AG. El Gran Moff Markus Deknan sabía de estos movimientos, manteniéndolos en bajo perfil y alto secreto mientras mostraba a la galaxia, su neutralidad en el problema corelliano.
—Muy bien. Solo será cuestión de tiempo para que la AG caiga y recojamos los pedazos.
—Sí. Mantenme informada, Madell. Nos vemos.
—Nos vemos, almirante Talcyon.
La transmisión se cortó, Madell se reclinó en su asiento y nuevamente, empezó a trabajar en su datapad.


Mientras tanto en Coruscant, Han Dameron ingresó a la oficina del comandante Frokko Shabis, quien estaba acompañado por su esposa, Erin Hedja, quien estaba sentada, con los codos apoyados en la mesa. Ella miró al recién llegado, quien avanzó lentamente por la oficina.
—Coronel Dameron, que bueno que has llegado—exclamó Shabis dando la vuelta al escritorio, luego miró a su esposa—Ya conoces a Erin.
—Señora Shabis—saludó Han con un asentimiento, luego miró a Frokko—¿Ella escuchará lo que me tienes que decir? Sin ofender.
—No pasa nada, caballero Jedi—exclamó Erin sonriendo coquetamente, a pesar de que tenía a su esposo a su lado. Shabis parecía no haberse dado cuenta y Han le correspondió el coqueteo con una sonrisa.
—Lo que te voy a decir Han, se quedará aquí. Confío en ella, ella es mi soporte y está muy enterada de los movimientos militares, por increíble que parezca.
—De acuerdo, te escucho.
—Bueno, empecemos con el grupo extremista—exclamó Shabis apoyándose en el escritorio—Está siendo un verdadero dolor de cabeza ¿No lo crees?
—Sí, están atacando diferentes puntos de la AG. El Jefe de Estado no me está ayudando a desplegar a más tropas, a pesar de que él también creó a la GAG para enfrentarnos con cosas como esta.
—Sí, Tash está siendo un verdadero idiota e incluso, me comentó que la idea darle la independencia a Corellia se le pasó por la cabeza.
—No podemos hacer eso—exclamó Han frunciendo el ceño—Corellia es demasiado valiosa para dejarla ir. Sus fábricas militares, sus droides cazadores grysk e incluso, el Punto Central.
—Eso es lo que le dije, no podemos darle la independencia a Corellia. Lo único que se me ocurre es darle un bloqueo comercial o ocupar el planeta militarmente.
—No creo que él tenga las pelotas para hacer eso—exclamó Han cruzándose de brazos—¿Estás pensando hacer algo muy drástico? O ¿me equivoco?
—Tengo leales y ahora te lo pregunto, coronel Han Dameron ¿Estás conmigo en esto?

Han miró de reojo a Erin, quien colocaba su mano sobre la mano de su esposo, había algo en ella que no podía captarlo por la Fuerza, luego miró a Shabis.
—¿Me estás pidiendo si quiero participar en el derrocamiento de ese togruta? Porque es así, estoy dentro.

Shabis sonrió, luego dio una palmada, luego tocó el hombro de Han.
—Me alegra contar contigo, coronel—luego miró a su esposa—La idea de tomar el poder fue el de ella. Y tenías razón con el coronel.
—Te ayudaré, Shabis…si estoy contigo en el poder, creo poder hacer las cosas mejores que Tash.
—Sí, coronel Dameron—exclamó Frokko sonriendo—Tú y yo estaremos juntos poniendo orden a la galaxia.
—Bien, eso es suficiente para mí ¿algo más?
—No nada, eso es todo. Hablaré con mis leales.
—Entonces, con su permiso.

Han se dio la media vuelta, provocando un susurro de su capa negra, retirándose de la oficina, dejando solos al matrimonio Shabis. Entonces Erin se puso de pie y se apoyó en la espalda de su marido.
—Haces muy bien tu trabajo, amor mío. Y pronto serás recompensado.
Erin sonrió mientras el rostro de Shabis se relajaba, sus ojos miraron un punto de la pared, desenfocados mientras los ojos de Erin se volvían amarillos.


Cuando el deslizador que transportaba a Finn y Jannah se detuvo en un edificio de gran altura, el droide conductor anunció que habían llegado a su destino. Ambos maestros Jedi se bajaron del transporte, y un hombre se acercó a ellos.
—Bienvenidos a Corellia, maestros Jedi. Nuestra Jefa de Estado los espera.
Extendió la mano hacia la entrada del edificio gubernamental, entonces ellos subieron las escalinatas e ingresaron a un recibidor amplio, con numerosos especies de otros puntos de la galaxia que caminaban de un lado a otro.

Ingresaron por un turboascensor, llevándolos al quinto piso, luego caminaron por un largo pasillo hasta detenerse.
—Esperen en esos asientos. Le informaré a la Jefa de Estado de su llegada—exclamó el hombre, quien colocó su mano en la perilla de la puerta que estaban al frente de ellos e ingresó.

Finn y Jannah se sentaron, conversaron, luego Finn empezó a golpearse los talones mientras miraban al techo. Jannah se puso de pie, dando vueltas y se sentó. Pasaban los minutos, y luego de dos horas, el hombre salió.
—¿La Jefa está lista para recibirnos o nos dará otra hora de espera?—exclamó Finn, Jannah calmó a su esposo mediante la Fuerza, sintiéndolo estresado y molesto.
—La Jefa Raneca se disculpa y ahora está disponible para atenderlos.
Abrió la puerta, entonces los Jedi se pusieron de pie e ingresaron a la amplia oficina, con ventanales de gran tamaño que podían ver los rascacielos corellianos y los deslizadores.

La habitación de color blanco humo, tenía el piso alfombrado y muchos sillones, un largo escritorio y un estante de libros. Al costado del escritorio, había dos droides cazadores grysk, con el arma apuntando al techo y los fotoreceptores rojos brillantes, miraban con desafío a los Jedi.
—Siento haberlos hecho esperar, maestros Jedi—exclamó Cira Raneca, una mujer de cabello rizado negro, cuya diadema dorada adornaba su frente, despejando su frente. Se acercó con gracilidad mientras extendía su mano.
—Soy la maestra Jannah Carlissian y él es el maestro Finn Carlissian, mi esposo.
—Bienvenidos—exclamó Cira estrechando la mano de Jannah y luego al hombre mayor—Por favor, tomen asiento.

Los tres se sentaron, Finn notó que los droides no dejaban de mirarlos, por un algún motivo se sentía que lo estaban escaneando. Percibía hostilidad.
—Cuando me enteré de que dos maestros Jedi iban a visitarme, captó mi curiosidad ¿Por qué dos maestros Jedi querrían hablar conmigo? ¿Es sobre el problema con la AG? Si es así, entonces al que deberían hablar es a Uro Tash.
—La Gran Maestra Skywalker lo hará—exclamó Finn.
—Queremos hablar sobre este problema y la solución en que podemos llegar—exclamó Jannah, Cira Raneca miró a ambos con cierta altivez corelliana.
—No hay nada que decir. La AG es una organización obsoleta y pasada de moda, su poderío militar no garantiza que nos proteja de otra invasión. Los grysk han dejado mucha evidencia de eso.
—Para ser justo, eso fue el error que cometió Fey'lya, los subestimó y lo pagamos caro. ¿No luchamos juntos en la batalla en este planeta? ¿No lo hicimos retroceder, uniéndonos todos?
—Yo solo respondo al pedido de mi gente, esto no es un capricho mío y de otros políticos. Nuestros compatriotas corellianos están hartos de la AG y quieren su propia industria, como el Consorcio de Miktraland.
—Lo que queremos es evitar una guerra, Jefa de Estado—exclamó Jannah—¿Hablará con Tash y llegarán a un acuerdo?
—No, él fue tajante y él es el que debe venir a mí.

Finn suspiró de cansancio, ella parecía que no iba a buscar ningún tipo de dialogo, sentía que ya no había ningún tipo de punto de retorno.
—Y esta reunión ha terminado—exclamó Cira dando dos golpes con su dedo anular en la mesa, los cazadores grysk cargaron sus armas pero no apuntaron a los Jedi, los fotoreceptores seguían cada movimiento de los maestros Jedi—Retírense, ya no hay nada de qué hablar.
—Está bien, nos iremos—exclamó Jannah poniéndose de pie al igual que Finn—Espero que Tash se comunique con usted.
—Si fuera usted, me preocuparía más lo que haría ese togruta y no de lo que estoy dispuesta hacer.
—Vámonos, Jannah—exclamó Finn tocando el brazo de su esposa, dándose la vuelta y se retiraron de la oficina.

Cuando los maestros Jedi llegaron al hangar, ambos notaron numerosos droides CG en el lugar, un par de ellos estaban en el yate estelar. Sentían como las miradas estaban sobre ellos cuando se subieron a su transporte y una vez que se sentaron en la cabina de pilotaje, Jannah resopló.
—Eso es innecesario ¿Por qué tienen a los droides vigilándonos?
—Creo que piensan que venimos de parte de Tash, además, nunca fuimos apreciados por ellos.
—Bueno, al menos he notado que estos droides se parecen menos a un esqueleto grysk para parecerse a un humano.
El yate estelar se movilizó y despegó.


Mientras tanto en Coruscant, Rey ingresó a la oficina de Uro Tash, quien estaba acompañado por Murlima Faan, una hembra bith que se hallaba cerca del gran mamparo, donde se veían los enormes rascacielos iluminados de la ciudad nocturna.

Tash estaba sentado detrás de su escritorio.
—Bienvenida, Gran Maestra Jedi—saludó Uro cuando Rey avanzó por la oficina hasta llegar al escritorio—Siéntese, por favor. ¿A qué debo esta visita? No esperaba a ningún Jedi aquí.
—Es por Corellia—exclamó Rey—Siento un clima hostil y esto me preocupa.
—Los corellianos van a tener que aceptar que no tendrán su independencia—exclamó Murlima.
—¿No decíamos eso hace cinco años?—preguntó Rey—E incluso, crearon un cuerpo policial para hacer frente a las protestas. No era una buena idea.
—¿Ha venido a criticar nuestras decisiones?—saltó Murlima pero Uro movió la mano para calmar a la vice Jefa de Estado.
—¿Tiene una solución, maestra Jedi?
—Escuche a los corellianos—exclamó Rey pero Murlima rodó los ojos—No hablo de los políticos, hablo de los corellianos de a pie. Olvide las consultas y votaciones, escuche a su gente.
—Ellos quieren salir de la AG—exclamó Tash juntando los dedos—Pero ellos no saben lo que es bueno para ellos, sus gobernantes los han lavado la cabeza.
—Entonces ¿Qué va a hacer? No parece que ellos van a torcer el brazo.
—Les daremos la libertad pero nos tendrán que dar el Punto Central. Fue diseñada por la ingeniera Rose Tico, ellos solo construyeron.
—Eso es un buen dilema—exclamó Rey—Si lo diseñaste y otros lo construyeron ¿Sigue siendo tuyo?
—Eres la amiga de Tico ¿No le preguntaste?
—Rose solo dice que fue una donación a la AG, dice que fue un trabajo conjunto con los arquitectos y obreros corellianos.

Tash se humedeció los labios pero Murlima se quedó en silencio.
—Si les doy lo que piden estos corellianos, los senadores pedirán mi cabeza.
—Solo te aconsejo que escuches a los corellianos…quiero evitar una guerra que solo provocará más divisiones entre nosotros. No más votaciones.
—Debo hablar con mis oficiales. Es una decisión que no puedo tomar a la ligera, tuve que no aceptar las renuncias de Onderon y Togoria, porque son valiosos para nosotros.
—Bueno, hice lo que pensé que era correcto—exclamó Rey poniéndose de pie—No puedo obligarlo a tomar una decisión pero le pido que haga lo correcto. Escuche a la gente, no a los políticos. Con su permiso.

Se dio la vuelta, ambos solo atinaron a observarla abandonar la oficina y entonces Murlima miró al togruta.
—¿Qué piensas hacer? Corellia tiene un gran arsenal de armamento ¿Has probado en enviar a un emisario con una maleta de créditos? Con Cantonica funcionó.
—¿Crees que no lo hice? El emisario regresó con la maleta llena y asustado porque los droides CG le apuntaron a la cara.
—Entonces, convoque una reunión con el comando militar y estoy segura de que te rechazaran la idea.
—¿Qué debo hacer entonces?
—Insinuar un bloqueo comercial debería asustarlos.
Tash se reclinó en su asiento, sin estar muy seguro, la hembra bith se alejó de la ventana y al igual que Rey, abandonó la oficina, dejando al Jefe de Estado sumido en sus pensamientos.

Cuando Rey llegó en el recibidor del Palacio, sintió a Poe acercarse a su espalda y sentir sus brazos sobre ella, luego su barbilla se apoyó en su hombro.
—Cuando escuché que una hermosa Jedi estaba aquí, vine lo más rápido posible—susurró en su oído de manera juguetona, luego Rey se giró para verlo y darle un beso en los labios.
—¿Estás ocupado?—preguntó.
—No, he terminado con mis obligaciones. ¿Salimos de este "pozo de Carkoon"?—bromeó en un susurro.

Una vez que salieron del edificio, y empezaron caminar bajo el cielo nocturno del planeta, con diversos deslizadores cruzando velozmente por las pistas, Rey agarró la mano del piloto, ahora almirante de la AG.
—He hablado con Tash y tiene muchas dudas.
—Sí, también lo he notado. ¿Ha dicho algo?
—Le he sugerido que escuche a los ciudadanos de Corellia, la sola idea de darles la independencia sin pasarlo a votación y permiso de los militares teme perder su poder.
—Tash es un cobarde—exclamó Poe negando con la cabeza—Es increíble que después de Ackdan y Connix, pasamos a este sujeto.
—Y ¿se les permite a los almirantes hablar mal de sus "jefes"?—preguntó Rey con una sonrisa, deteniéndose bajo una farola.
—Solo los que se merecen—exclamó Poe, pero el semblante de Rey cambió a uno más serio.
—¿Hablaste con Han? No lo vi después de la cena.
—Desde que estoy aquí, no he hablado con él. Y espero que él se acerque a pedirme disculpas.
—Deberías buscarlo, es nuestro hijo. Intentaré a buscarlo en el cuartel de la GAG.
—De acuerdo, pero eso está al otro lado de la ciudad—se excusó—¿Tienes hambre?
—Sí—exclamó Rey, sin dejar de pensar en Han, mientras seguía a Poe al interior de un tapcaf.

Sentía que algo molestaba a Han pero ahora él no se mostraba receptivo.