La lanzadera aterrizó suavemente con las alas hacia arriba, se movilizó por la pista hasta detenerse. Han agarró un paquete que estaba en el asiento del copiloto y salió de la cabina de vuelo.
Trista Chal, agente de la Seguridad de Miktraland se acercó hacia donde estaba Han, quien ya había bajado de la nave.
—Tara te está esperando. Sígueme—exclamó sin ningún tipo de expresión, dándole la espalda y avanzando marcialmente, entonces la siguió.
Caminó por varios ambientes, cruzó el vestíbulo, luego subió las escaleras, caminó por el pasillo hasta llegar a una habitación pequeña, donde había una cama sin dosel, una silla y mesa pequeñas, y un enorme baúl. En el suelo, estaba Merrin y Tara, quien jugaba con su hija, evidentemente era la habitación de la pequeña niña, quien contaba con cinco años. Muy cerca de ellas, estaba un droide pequeño, BD 1, quien estaba encaramado en el hombro de la niña.

Merrin era una niña de cabello gris, tez clara y los ojos de color almendra, ella se giró y Han notó lo parecido que tenía con su madre Rey, especialmente en la sonrisa, marcándole un hoyuelo en la mejilla.
Tara se puso de pie, avanzó hacia Han, abrazándolo.
—Estoy aquí, tal como te dije.
—Te he extrañado, y ella también.
Han asintió, se acercó a su hija y se arrodilló frente a ella, le sonrió. BD 1 bajó del hombro de la niña, emitiendo varios pitidos mientras movía la cabeza hacia Han.
—Yo soy tu papá.
—Sí

La niña sonrió, Han sintió la gran conexión que tenía con ella, apretó los dientes, mataría a cualquiera que intentase dañarla. Le dio un paquete.
—Tu regalo.
La niña abrió con avidez el paquete café, dejando los residuos en el suelo y miró con los ojos brillantes el ronto de peluche, abrazándolo en segundos para luego lanzarse al cuello de Han.
—Gracias, papi.
Cargó a su hija, abrazándola como si temiera perderla, le besó la cabeza, luego la acarició.
—Te quiero, Merrin. Siempre te protegeré.
Dejó a la niña en el suelo, alborotó su cabello mientras sonreía al igual que ella.
—¡Papi!—exclamó Merrin divertida mientras intentaba peinarse, aplastando su cabello, entonces Han se puso de pie y se giró, Tara sonreía con los brazos cruzados. Ella miró a su prima, quien estaba de espaldas a ellos en el umbral.
—Quédate con Merrin. Iré con Han a ponernos al día.
—De acuerdo.
—Es un tema político ¿Podemos hablar en tu oficina? —preguntó Han, ella asintió sin decir un comentario. La oficina quedaba en el otro extremo del pasillo, dando una vuelta a la esquina. El lugar estaba vació pero lleno de libros y un gran escritorio. Han cerró la puerta, asegurándola con pestillo, luego abrazó por la cintura a Tara.
—Entonces ¿Quieres hablar de política?
—¿Has escuchado el problema corelliano?
—Sí y no me meteré en ese embrollo—exclamó Tara, acariciando los brazos de Han, se mordió los labios.
—¿Estás conmigo en esto, condesa?
—Susúrrame al oído, caballero Jedi.
—¿Estás conmigo en esto, condesa?—susurró en su oído, luego Tara colocó sus brazos por encima del hombro del Jedi, luego lo besó.
—Depende de lo que quieras hacer.
—Sacaré a Tash de su asiento y tomaré el control de la AG.
—Vaya, Han…eso es…algo alocado que quieres hacer.

Han besó el cuello de Tara luego de terminar de hablar, logrando que ella soltase una exhalación, luego gimió en su oído.
—Pero ¿Tendré tu apoyo?
—¿Militarmente?
—No, solo tu postura. Si Miktraland reconoce a mi gobierno, entonces nadie saltará a mi cuello.
—De acuerdo, aceptaré.
—Te amo, Tara.
Han pasó sus manos sobre la espalda de Tara, pasando por su cintura, dispuesto a sacar la parte superior de su traje Jedi y seguir con su pasión, pero ella lo detuvo.
—Pero antes de continuar—exclamó Tara, sintiendo como la Fuerza ardía en él, como un nexu hambriento. Se apartó el mechón rojo que le caía en la cara— ¿Qué somos exactamente?
Han se detuvo, mirándola fijamente, luego desvió la vista por unos minutos. Entonces Tara rodó los ojos.
—¿Tienes que pensarlo, tontito?
—Pensé que éramos…novios.
—Ah… ¿desde cuándo?
—Desde…que tenemos a Merrin—preguntó con una sonrisa tímida, pero Tara negó con la cabeza.
—Unos novios muy peculiares ¿verdad? Prácticamente viste a Merrin crecer mirando los holovids. Recién ahora la conoces en persona.
—Lo siento, Tara. El trabajo de la GAG me mantuvo ocupado.
—Bien, ahora que estás aquí…solo quiero aprovechar cada momento.
Entonces lo empujó al escritorio, provocando que las cosas que estaban encima se cayeran, luego se acercó para besarlo con pasión, subiéndose encima de él mientras las manos de Han, deslizaba la parte superior de su traje Jedi.


Saleste observa las grandes montañas de Zadaria, desde su oficina mientras daba otro sorbo a su té. Había llegado el momento de ejecutar el gran golpe y expulsar a su prima del Consorcio de Miktraland. El Imperio estaba escondido en una luna alejada del centro del Consorcio, sin que ella pudiese captarlo con sus agentes de seguridad. Los leales a ella que no ha podido comprarles su lealtad. La puerta sonó con dos golpes.
—Pase.

Un hombre de sienes grises ingresó, vestido con su uniforme escarlata correspondiente a la Casa Chal, ella se giró dejando la taza en el escritorio.
—¿Están listas las tropas?
—Sí pero hay un problema—exclamó con calma pero tragó con dificultad—Hemos avistado una lanzadera de la AG aterrizar en Miktraland. Nuestro espía ha reconocido al Jedi Dameron.

El gesto tranquilo se volvió inquieto, Saleste se dio cuenta que tenía que cancelar; no podía ejecutar el golpe con el Jedi ahí, menos si ese era el jefe de la GAG.
—¿Qué haremos?—volvió a preguntar.
—¿Estás seguro de que se trata del amante de mi prima?
—Sí, lo reconoció al escanearlo por las holo cámaras.
—Bueno esto cambia las cosas—exclamó con cierto nerviosismo—Mantenga la vigilancia en el hangar. No se acerquen a él, es un Jedi peligroso que puede "olerlos" a metros de distancia—se humedeció los labios mientras volvía a mirar las cadenas montañosas—Cuando se vaya, será la caída de la falsa condesa. Informe a nuestros leales, yo me encargo de nuestros "amigos"
—A la orden, señora.
Se retiró con marcialidad, dejando a Saleste sola, sin alejar su mirada de la ventana. El Jedi la ponía nerviosa, sabía que él era la parte difícil de su plan y no iba a ejecutarlo estando él ahí. Respiró hondamente, y volvió a agarrar su taza, dando otro sorbo a su té.


Han terminó de colocarse el peto, pero cuando fue a buscar su capa, vio que lo tenía Tara, quien se acercaba, entonces él se giró para que ella lo colocase.
—Entonces ¿Vuelves a tu trabajo?
—Sí.
—¿Será así Han?
Han se dio la vuelta, colocó sus manos sobre la cintura de ella, mientras Tara lo observaba con atención cada detalle de su rostro.
—Pronto esto cambiará, amor. Lo que voy a hacer, será por el bien de nuestra hija, donde crecerá en una galaxia segura y justa. Ninguna niña o niño sufrirá.
—A ella solo le falta un año para asistir a la Academia Jedi y no me gusta enviarla a algún lado sabiend que sy vida corre peligro, a pesar de que mi abuela esté muerta.
—¿Aun está en peligro?
—Mi percepción de la Fuerza lo dice, pero no es tan claro. He redoblado las vigilancias y su habitación está asegurada con mi magia.
Han asintió, sabía que ella era en parte una Hermana de la Noche pero aun así, estaba inquieto por su hija.
—Me despediré de ella y volveré, te lo prometo.
Tara asintió, entonces Han colocó sus manos sobre las mejillas de ella, luego Tara tocó las manos de Han con las suyas y el hombre la besó.
Luego se aferró a su mano juntos abandonaron la oficina, caminando por los pasillos en silencio hasta llegar a la habitación donde estaba Merrin jugando con sus peluches. Trista solo estaba apoyada en la ventana, quien luego caminó por la habitación al ver llegar al a pareja. Merrin, quien jugaba con BD 1, se puso de pie y corrió hacia sus padres.
—Merrin—exclamó Han colocando una rodilla al suelo—Me iré a trabajar pero regresaré. Y cuando lo haga, estaremos juntos como una familia.
—Ya, papi.

Abrazó a su hija, luego le dio un beso a la frente y se puso de pie. Tara no dijo una palabra, solo asintió cuando él la miró.
—Que la Fuerza te acompañe, amor mío.
—Lo mismo para ti, Tara—sonrió Han, dándole otro beso en los labios, luego le guiñó el ojo y se fue solo por los pasillos. Ella solo lo observó irse, cruzándose de brazos.
Al menos, él estaba prometiendo que se quedaría. Si parte de su promesa dependía del golpe de estado que pensaba hacer contra Tash, entonces tendría que aceptarlo.


El Halcón Milenario se deslizó por la pista del hangar del Palacio del gobernador de Onderon, se detuvo.
—Bueno, espero que él escuche—exclamó Finn.
—Lo mismo. Vamos—exclamó Rey.
La rampa tocó el suelo y los tres maestros Jedi bajaron de ella, el lugar estaba atestado de pilotos y cazas, droides que iban de un lado a otro, se escuchaba sonidos de motores, mientras un séquito se acercaba a ellos. Un onderano anciano los detuvo cuando ya se habían alejado del viejo carguero.
—Lo siento pero solo uno verá a nuestro gobernador Ephran Bonteri.
El gobernador era el hermano menor del senador Jedon, Jannah miró a Rey
—Entonces ¿Quién irá?
—Rey es la Gran Maestra.
—De acuerdo—exclamó Rey pacientemente pero dejando en claro su molestia que solo uno deba hablar con el gobernador en vez de los tres maestros.
—Te esperaremos en el Halcón, Rey.

Finn y Jannah se dieron la vuelta, entonces Rey siguió al séquito hacia la salida del hangar. El maestro Jedi notó que varios pilotos hacían ejercicios en el lugar mientras otros se subían a los cazas.
—Es como si estuvieran preparándose para algo—exclamó Jannah mientras subía por la rampa del Halcón. Finn se detuvo, había sentido algo pero desapareció rápidamente. Jannah lo notó.
—¿Qué pasa?
—Sentí…algo extraño—exclamó Finn—No lo sé. Tal vez sea el ánimo de estos pilotos.
—Sí, seguramente.
—Vaya…no quiero otra guerra—exclamó Finn meneando con la cabeza mientras ingresaban al viejo carguero corelliano, luego se sentaron en la cabina de pilotaje.
—Yo tampoco—exclamó Jannah, quien luego se estiró en su asiento—Ahora que Rori se ha casado, tenemos nuestra cabaña para nosotros dos.
—Sí, pero se siente tan vacío, aunque ella últimamente no estaba mucho tiempo en casa—exclamó Finn sonriendo nostálgicamente—Sabes, estuve pensando en sugerirla que tome a un aprendiz o aprendiza. Siento que ella está lista para enseñar.
—No lo había pensado—exclamó Jannah inclinándose hacia su esposo—Aunque siento que tener un aprendiz o no, no debería estar condicionada a recibir el rango de maestra.
Finn asintió mientras miraba el hangar, e igualmente Jannah volvió a su asiento, cerrando los ojos y empezó a meditar.

El onderano llevó a la gran maestra de la Orden Jedi al gran salón, de grandes columnas y tres sillones mullidos. La puerta rectangular se abrió, donde apareció el gobernador con cierta altivez, rodeado de dos de sus guardias.
—Gobernador, la gran maestra Jedi Rey Skywalker Dameron.
El gobernador hizo ademán a la Jedi para que se sentase, ella se sentó en el sillón más cercano mientras él se sentaba al frente de ella, el onderano se sentó al costado izquierdo de Rey mientras sus guardias se ponían al costado de su líder. Rey sintió un cosquilleo en la Fuerza, sentía que algo que estaba mal.
—¿A qué debo su visita, gran maestra?
—Es sobre Corellia—exclamó Rey, quien tenía la certeza que él al menos hablaría con Raneca sobre la independencia.
—Tengo mi decisión, apoyaré a ellos pase lo que pase.
—Claro, no estoy diciendo que no lo haga—exclamó Rey—Solo deseo que tenga una conversación sincera con Raneca. He de aconsejarla que debe reunirse con Tash y llegar a un acuerdo, que no solo beneficie a ustedes, si no a la galaxia al completo.

El hombre soltó una risilla mientras meneaba la cabeza, Rey tenía una extraña sensación que no la dejaba, entonces su instinto le decía que debía irse.
—Mi hermano me advirtió de los Jedi. Mi decisión está tomada, la Jefa Cira ha decidido no hablar con él y seguir con el plan que ha trazado.
—Entonces…no hay nada que hacer ¿verdad?
—No—y la miró con atención—La verdad, yo tampoco quiero una guerra.

Se puso de pie rápidamente, sin decir una palabra más a Rey quien, al igual que él se puso rápidamente de pie.
—Es mejor que salga ahora.
—¿Qué?
Rey empujó con la Fuerza al gobernador, quien se deslizó junto con sus guardias mientras veía como el sillón donde estaba sentado el onderano saltaba en pedazos en medio de fuego y trozos de metralla.
Usó la Fuerza como escudo pero el impacto también la tiró de espaldas pero el resto del séquito no tuvo tanta suerte al verse envuelta en el fuego mientras los guardias se cubrían encima del gobernador.
Después, en medio del humo, Rey se puso de pie tambaleante, con leves cortes en los brazos y en el rostro.
—¿Está bien?

El gobernador estaba ofuscado y sucio, miró el desastre y su furia se mostró en su rostro.
—¡Esto no quedará así!
Rey solo observó en silencio como los guardias sacaban al gobernador, totalmente apenada y temiendo que esto escalase en una guerra que tanto buscaba evitar, mientras los sonidos de las sirenas se oían lejanas.

Finn se enderezó cuando sintió el grito de la Fuerza que le envió Rey mentalmente, al igual que Jannah. Su mejor amiga le envió imágenes estáticas de una gran explosión mientras bajaba rápidamente del Halcón, cuando su vista fue hacia la salida del hangar donde vio a una twi'lek subirse a una esfera y desaparecer rápidamente.

Se parecía a ella pero no estaba seguro, había pasado tan rápido…
—Finn, debemos buscar a Rey.
—Sí…sí.
Finn y Jannah corrieron por el hangar mientras los pilotos también lo hacían, aumentando el caos en el lugar.

Rey estaba en las afueras del Palacio, donde los paramédicos la atendían, aun conmocionada de lo sucedido. Se preguntaba quién podría haber ejecutado tal atentado pero no se le ocurría sospechosos. Pero lo único que si estaba segura, que el gobernador no iba a dejar pasar esto.
—Está en óptimas condiciones, gran maestra pero he notado que dos de sus dedos protésicos ha perdido la piel sintética ¿Desea que lo coloque o prefiere usar su equipo de mantenimiento? —exclamó un paramédico cathar.
—Por favor y gracias—exclamó Rey observando como el paramédico cathar retiraba la piel sintética chamuscada y derretida. Cuando terminó, ella se frotó los tres dedos mientras se alejaba del paramédico, recordando como el viejo Jedi Oscuro Sion Syko le rebanó los tres dedos de su mano derecha y su meñique con cicatriz de quemadura.

Alzó la vista cuando vio a Finn y Jannah acercarse a ella en una gran velocidad, el maestro fue el primero en llegar y abrazó a su hermana.
—¿Estás bien?
—Un poco golpeada pero sí. El gobernador también está ileso pero no puedo decir lo mismo del séquito—exclamó con tristeza sin dejar de tocarse los tres dedos.
—¿Qué ha pasado?
—Una explosión en el salón—exclamó Rey mirando a Jannah—Sentí ese aviso por medio de la Fuerza. Si mantenía la conversación, él estaría muerto. Usé un escudo para amortiguar los daños.
—Es extraño—exclamó Finn entrecerrando los ojos—Mientras bajaba del Halcón me pareció ver a una twi'lek subiéndose a una esfera de aspecto rugoso pero desapareció repentinamente.
Rey bajó la mano y miró a Finn.
—¿Crees que sea Alema?—preguntó Jannah.
—Asumiré que es ella—exclamó Rey frunciendo el ceño—Y se lo informaré a Shara.
Empezó a caminar hacia el hangar, seguida por la pareja Carlissian.

Una vez que llegaron al Halcón Milenario, Rey se sentó en la cabina de piloto mientras Finn en el lugar correspondiente al copiloto mientras Jannah lo hacía a la espalda de él. Entonces Rey activó el holo donde le envió un mensaje a Shara, informándole que vio a Alema escapando de Onderon y el atentado del gobernador.

Una vez que terminó, Rey Finn se miraron un rato.
—Entonces ¿adónde vamos? ¿Regresamos a Yavin IV?
—Parece que es lo único que podemos hacer ahora—exclamó amargamente Rey—Encomendarnos a la Fuerza es el único camino que tenemos.
—No podemos rendirnos—exclamó Jannah.
—Sea lo que sea, debemos estar listos.
Puso en marcha el viejo carguero, sin poder dejar de pensar en lo sucedido, no le quedaba más opción que Tash realmente haya avanzado en su propuesta de darle la independencia a Corellia.


Han llegó a los cuarteles de la GAG sin problema alguno, un guardia le notificó que Julissa lo aguardaba en la sala de interrogatorios y él fue raudo hacia allá.
En el pasillo angosto y de colores fríos, en la puerta de duracero estaba Ava, con las manos a la espalda. Han se acercó a ella, quien se puso de pie al estar sentada en el suelo.
—Han.
—¿Han capturado al senador sullustano?
—Sí pero costó un poco. Él tenía un guardaespaldas mandaloriano.
—¿Está muerto? —inquirió secamente desviando su vista y apoyando su mano en el pomo.
—Sí, lo maté—exclamó apenada, Han la miró sin entender porque ella estaría triste por eso.
—No te compadezcas, Brek—soltó Han—Él te hubiera matado, además es un mandaloriano…sirven mejor muertos que vivos.

Ava abrió los ojos en sorpresa, pero Han no se molestó en verla, ya que giró el pomo e ingresó a la sala de interrogatorios, donde estaba el sullustano sentado, cuyas manos tenían grilletes que estaban unidos a la mesa de duracero, una pequeña lámpara alumbrada la estancia de un tono verde muy claro. No se veía muy bien, Han podía captar el miedo en él.
—No habló mucho desde que llegó—contó Julissa, quien estaba apoyada en un espejo gigante, donde evidentemente al otro lado había otros guardias que veían el interrogatorio—Pensé que lo podrías hacer tú.
Han asintió, luego empezó a dar vueltas sobre la mesa, sin decir una palabra más, el sullustano intentaba mostrarse sereno y tranquilo, pero Han sentía que estaba estresado y temeroso por medio de la Fuerza. Se detuvo frente a él pero no se sentó.
—¿Sabes por qué estás aquí?
—Una detención arbitraria e ilegal. Por supuesto denunciaré esto al Senado.
—No lo harás—exclamó Han, pero el sullustano se armó de valor.
—Vendrá mi abogado, tengo derecho a un abogado…
—No, no vendrá—exclamó Han, luego sonrió—Yo soy el que controla el cotarro de aquí. Si decido que venga alguien, vendrá. Tu abogado está siendo retenido en su vivienda.
—¡Eso es ilegal!
—Yo soy el que hace las reglas, cabeza redonda—soltó Han—Sé que ayudas a estos extremistas corellianos ¡Dinos donde se esconden esos Kriffados extremistas!
—No se dé que habla. Siempre lo he dicho, estos delincuentes no representan al corelliano respetuoso de las leyes.

Han nuevamente se movió, estaba vez se colocó al lado derecho del alien, su mano se apoyó en el respaldar mientras la otra, en la mesa, inclinándose.
—Mas te vale decirme lo que quiero, pestilente. Hay pruebas—movió las carpetas que estaban en la mesa y activó un holo—¿Lo lees? Te hemos investigado. Solo quiero que lo admitas y me digas donde se esconden.

El sullustano tragó saliva, nervioso. No quería revelar las posiciones de ellos, a pesar de que empleaban la violencia, sentía que ellos solo expresaban su sentir.
—Soy un senador y usted me está difamando. Evidentemente alguien se está haciendo pasar…
—No me tome como un idiota, senador—exclamó Han irritado—Dígamelo o indagaré en su mente. Créeme, no le gustará.
—¿Usted no es un Jedi? ¿Eso es algo permitido entre ustedes?

Han miró a Julissa, quien asintió, luego caminó hacia la puerta, cerrando el pestillo, luego apagó la Holo cámara.
—Tiene suerte que no haya sacado del baúl el Abrazo del dolor ¿Lo recuerda?—preguntó mientras levantaba su mano de la mesa, el sullustano tembló—Me obligaste…no te gustará nada. Veré donde se esconden tus amiguitos y veré lo que haré después.
Colocó su mano a centímetros de la cabeza del sullustano, y usó la Fuerza para entrar en su mente e indagar lo que buscaba. El alienígena tembló, luego empezó a gemir y finalmente gritó, sintiendo como si miles de cuchillos se pinchasen en su cabeza.

Han vio él se reunía con ellos, se comunicaba mediante holos encriptados y el planeta donde estaban. Solo debía enviar un contingente de guardias para arrestarlos a todos. Y entonces, el grupo debería darse por eliminado. Y la paz volvería a la galaxia.
Se enderezó cuando terminó, el sullustano jadeaba asustado y adolorido, mirando al techo, en medio de sudores fríos. Han lo miró con desprecio, luego se acercó a Julissa.
—No podemos arriesgarnos a que hable. Enciérrenlo y envíe un acorazado a Vortex donde se esconden estos animales.
—Sí, coronel Dameron.
—Estaré en mi oficina.

Julissa asintió mientras se acercaba al sullustano, quien tenía la cara en la mesa. Cuando Han salió, vio a Ava de pie, al frente de ella; solo se cruzaron miradas y él reanudó su camino hacia su oficina particular.
Todo lo que hacía para salvar a su hija y mantener la galaxia segura para ella, se estaba ensuciando las manos pero sentía que era el único modo.

Cerró la puerta detrás de él cuando llegó a su pequeña oficina, donde estaba una mesa y una silla, una ventana donde se veía el atardecer de Coruscant. Se dio la vuelta y se sentó en el suelo, cerró los ojos. Otra vez la visión de su hija fue a su mente, donde ella era asesinada por un señor oscuro de armadura grysk.
Jadeó de cansancio cuando volvió en sí, dándose cuenta de que nada había cambiado, pero luego recordó que aún faltaba estudiar la caída de otro Jedi, cuyo apellido su madre adoptó pero ella solo lo escuchó mencionar de la boca de Luke.

Cerró los ojos y la bruma blanca lo envolvió, viajando en la corriente, rumbo a la época de Anakin Skywalker.