Cuatro semanas pasado, la fecha límite estaba a punto de llegar, en dos días se decidiría qué hacer. Naruto había estado muy feliz esas semanas, había tenido a alguien que cuidaba de él y le daba cariño, algo muy raro en su vida, y al tener a alguien así a su lado, el número de bromas que gastó se redució considerablemente, apenas había hecho siete bromas en esas cuatro semanas, lo cual fue una sorpresa para el hokage y el resto de aldeanos, ya que Naruto era capaz de gastar hasta tres bromas en un día, y en ese tiempo solo había gastado una broma cada cuatro días más o menos.
La gente estaba encantada de no tener que aguantar tantas bromas por parte del niño demonio, y creían que la presencia de Aimi era buena, creían que estaba poniendo en cintura al niño con mano de hierro, no podía estar más equivocados.
El hokage también estaba contento con el resultado, pero él sabía la auténtica razón de ese cambio, había visitado a ambos unas cuantas veces a lo largo de esas semanas. Naruto y Aimi vivían en el apartamento de Naruto, que, aunque pequeño, permitía que ambos vivieran cómodamente.
Él había visto la relación que tenían ambos, una muy cariñosa y cercana, sobre todo por parte de Naruto, el cual la llamaba Mimi, aunque en algunas ocasiones se le escapaba y la llamaba mamá, lo cual hacía que las mejillas de la joven se encendieran, se le hacía raro que un niño la llamara así teniendo 18 años.
El hokage estaba satisfecho con el periodo de prueba, pero había algo que ensombrecía su buen humor por la felicidad de Naruto, ese era el hecho de que el pequeño rubio fuera jinchuriki. No sabía cómo reaccionaría ella al saberlo, si ni siquiera los shinobis eran capaces de comprender que Naruto no era un monstruo, ¿cómo esperar que una civil que ni siquiera era de la aldea lo comprendiera ?, el tiempo se estaba agotando, y ese detalle era lo único que se interponía en la posible felicidad futura de Naruto.
El sonido de alguien llamando a su puerta lo sacó de sus pensamientos reflexivos.
-Adelante - dijo intentando centrarse en el mundo real.
-¿Me ha hecho llamar a Lord Hokage? - preguntó Aimi entrando en el despacho, después de conocer un poco más al hombre mayor, se dio cuenta que era un señor muy agradable, lo cual ayudó a que no estaba tan nerviosa ante su presencia.
-Sí, me gustaría hablar contigo de un asunto, por favor, toma asiento.
Aimi obedeció sin decir nada, era consciente de que solo le quedaba dos días antes de que se cumpliera el mes, supuso que el hokage quiso adelantar esa fecha a ese día, y ella no tenía problemas con ello, esperaba poder hacerse cargo de él de ahí en adelante.
-Me gustaría hablar contigo sobre Naruto - dijo el hokage cuando Aimi se hubo sentado.
Ella asintió con la cabeza, había acertado con suposición, o eso era lo que creía.
-No sé si eres consciente de cómo ve la gente de esta aldea a Naruto - prosiguió el hombre.
Aimi no pudo ocultar una mueca de desprecio, odiaba cómo la gente se refería a él y las miradas e insultos que le daban, en esos momentos deseaba ser una kunoichi para mandar a todos esos idiotas al hospital.
-Asumo por tu cara que sí eres consciente - dijo el hokage ganándose un asentimiento de cabeza por parte de la joven - bien, sabes por qué es - ella negó, a lo cual el hokage suspiró y se preparó para contárselo, aunque se suponía que era un secreto de rango S, no le parecía justo que ella desconociera ese secreto si iba a cuidar de él - verás - comenzó a contar el Hokage - como tal vez sepas, o tal vez no, hace 6 años, el kiubi atacó la aldea - dijo e hizo una pausa para ver a la joven, la cual lo escuchaba sin decir nada - en medio del desastre, el cuarto hokage se dio cuenta que solo había una forma de detener al kiubi, y esa forma era sellarlo en alguien - volvió a detenerse y fijarse en la joven, la cual seguía escuchando sin hablar ni cambiar su rostro, aunque ella tenía una ligera idea de cómo continuaba la historia - él se sacrificó para salvar la aldea y selló a la bestia en un pequeño niño recién nacido.
-Naruto - susurró Aimi deteniendo al hokage, el cual asintió.
-Así es - afirmó - Naruto es ese niño, él es el jinchuriki del kiubi, la bestia de nueve colas está encerrada en él - terminó el hokage.
El hombre mayor miró fijamente a la mujer frente a él, la cual no había dicho nada más, tampoco se había movido, se mantenía quieta y con una expresión seria. El hokage temió lo peor, pensaba que ella al igual que todos ahora odiaba a Naruto por algo que escapaba de su poder. Justo cuando él iba a decir algo más para intentar que la mujer lo comprendiera o que se alejase de Naruto de forma pacífica, la oyó hablar.
-Son idiotas - saltó de repente, ganándose una mirada confusa por parte del hokage.
-¿Qué? - preguntó estupefacto.
-Que son idiotas, ¿cómo pueden pensar que Naruto es el kiubi?, por el amor del cielo, solo es un niño de 6 años que busca que la gente lo quiera, nada tiene que ver con esa criatura.
La joven estaba que echaba humo por las orejas, ahora que sabía la verdad, detestaba más a la gente del pueblo, su ignorancia y ese odio estúpido hacia Naruto, más que nunca quería mandarlos a todos al hospital con varios huesos rotos.
El hokage se quedó en estado de shock al oírla, no esperaba que se pusiera así, claramente estaba molesta y furiosa, pero sorprendentemente no era de Naruto, sino del resto de personas, definitivamente no se esperaba eso.
Aimi se levantó de la silla y se marchó del despacho del hokage con la cara distorsionada por la rabia. Para cuando el hokage quiso reaccionar, ella ya se había ido del despacho dando un fuerte portazo. Dos anbus se dejaron ver en el despacho preguntando al hombre si todo estaba bien, a lo cual respondió que sí sin estar muy seguro, algo le decía que muchas cosas iban a cambiar a partir de ese día.
Aimi iba completamente furiosa por las calles de Konoha, todos los que la veían se apartaban de su camino, daba miedo de esa forma, y sus puños apretados decían que golpearía a quien se pusiera en su camino. Algunos creyeron que era porque Naruto había hecho algo mal e iba a darle una lección al pequeño demonio, lo cual hacía que sonrieran, y Aimi no pudo evitar enfadarse aún más al ver sus sonrisas e imaginar lo que pensaban.
Finalmente llegó al departamento y tardó un buen rato en calmarse lo suficiente como para presentarse frente al rubio y que él no se preocupase por su estado de humor.
-Ya estoy en casa - dijo al abrir la puerta del departamento, no pasaron ni diez segundos después que ya tenía al pequeño rubio abrazado a su cintura.
-Te tardaste - se quejó el pequeño sin despegarse del cuerpo de la joven.
-Lo siento, tenía un asunto que resolver y me llevó más tiempo del esperado.
Suavemente revolvió los cabellos rubios del niño, el cual soltó un pequeño quejido e hizo un puchero, lo cual le pareció adorable, no entendía cómo la gente podía ser tan imbécil como para no darse cuenta de que Naruto no era un demonio.
Pasó el resto del día con él, jugando algún que otro juego o haciéndose cosquillas el uno al otro. Cuando llegó la noche, Aimi preparó la cena y cenaron entre risas hablando sobre nada en concreto. Le costó bastante conseguir que Naruto se fuera a dormir, él también era consciente del fin del plazo y estaba intentando pasar la mayor cantidad de tiempo posible con ella, aunque esperaba que jiji le concediera que ella fuera su madre. Nada más tocar la almohada, el pequeño rubio quedó dormido.
Ella se quedó dormir en la habitación viéndolo, cuanto más lo pensaba, más cabreada estaba con los aldeanos, ante sus ojos, Naruto era el niño más lindo de todo el mundo, no merecía todo ese desprecio injustificado.
Quería cuidar de él, quería protegerlo, pero no tenía ni el poder ni la habilidad para lograr su objetivo, aún así se prometió a sí misma que haría todo lo que estuviera a su alcance para hacerlo feliz, y antes de que pudiera darse cuenta, se quedó dormida al lado de Naruto.
[...]
Sintió que algo la llamaba, que algo la sacaba de la bruma del sueño, y al abrir los ojos, se encontró tirada en el suelo en un lugar que desconocía. El lugar parecía un templo, uno de piedra marrón, había columnas a ambos lados del pasillo en el que se encontraban, y justo en frente, a pocos metros, había algo así como un altar.
Sin saber muy bien qué hacer, ella se acercó al altar, pero cuando estaba a pocos pasos de él, una figura se hizo presente con una serie de ráfagas de aire haciendo que ella diera un par de pasos hacia atrás.
-Vaya, ¿qué tenemos aquí ? - dijo la criatura que se había hecho presente.
Aimi intentó distinguir al ser que estaba delante suyo, pero a parte del viento que aún existía, la criatura emanaba una luz que le complicaba la acción de ver.
-¿Quién eres?, ¿dónde estoy? - preguntó la joven completamente confundida con los brazos frente a su cara para que la luz no dañase sus ojos.
-Jajá - djio la criatura con diversión, tal vez había sido una risa, Aimi no podía estar segura - hola jovencita - dijo el ser con una voz animada - me alegra verte, hacía más de 300 años que no veía a nadie.
Aimi no entendía nada, ¿qué estaba pasando?, ¿qué se suponía que era él?, ¿300 años?, ¿de qué hablaba?, esas y más preguntas pasaban por su cabeza.
-¿Cómo te llamas? - le preguntó con alegría sin hacer caso a la cara de confusión de la joven.
-Aimi - respondió la mujer sin comprender lo que estaba pasando.
-Encantado de conocerte Aimi, yo me llamo Takamimusubi, pero me puedes llamar Taka para abreviar, mi nombre es muy largo.
Aimi se quedó en shock, Takaminusubi, el dios de la creación, le estaba hablando, y lo más desconcertante de todo es que le estaba hablando como si fueran amigos de toda la vida.
-Oh, vamos querida, no te pongas así, tampoco es para tanto - dijo el dios al ver que la joven frente a él estaba en shock y le temblaban las piernas.
-Yo, yo - intentó hablar la joven, pero en lugar de eso solo consiguió tartamudear.
-Bueno, como está visto que por el momento no puedes hablar debido al impacto que ha tenido mi enorme belleza en ti, hablaré yo - dijo burlonamente Takaminusubi - pues verás - comenzó él para detenerse al darse cuenta que no sabía cómo empezar - en fin, iré directo al punto, ya que explicarte todo lo demás sería muy complicado y nos llevaría toda la noche - dijo como si nada - lo que ocurre aquí es muy sencillo, tú has hecho una promesa que no puedes cumplir con la mejor de las intenciones, pero el problema es ese, no lo puedes cumplir, cuidar y proteger a un jinchuriki no es fácil.
-¿Qué?, ¿cómo?, ¿por qué? - preguntó sin poder evitarlo la joven. Takaminusubi no pudo evitar soltar una pequeña risa ante el acto de la mujer.
-Oh, es muy sencillo a decir verdad - dijo animado - rara vez se encuentran personas como tú, personas cuyo deseo es proteger a otra aunque sabe que no tiene las capacidades necesarias, por eso intento ayudar a esas personas, generalmente sin relacionarme con ellas, pero en este caso es imposible, la magnitud de tu promesa escapa muy por encima de una situación favorable o un poco de suerte, en verdad lo tuyo necesita un milagro, y para eso estoy aquí, para dotarte de un poder mayor de lo que puedas imaginar, así podrás proteger al niño y ayudarlo a llevarse bien con Kurama y usar su poder.
-¿Quién es Kurama? - preguntó confundida la joven, y al darse cuenta de que no había sido respetuosa y lo había soltado sin más, se horrorizó y estaba a punto de disculparse cuando el dios la respondió sin darle importancia a su falta que para él no había.
-Kurama es el nombre del bijuu que Naruto tiene dentro, vosotros lo llamáis kiubi.
-¿Qué?, ¿el kiubi tiene nombre? - se preguntó en voz alta.
-Así es, todos los bijuus tienen nombre - dijo Takaminusubi - creo que también te daré cierta información que te será útil, como por ejemplo la historia de los bijuus, ellos no son como los humanos los pintan.
Ella no dijo nada, no podía creer lo que escuchaba.
-Eso sí, para que yo te dé todo esto, tú tienes que hacer algo - avisó el dios.
-Lo que sea - respondió Aimi.
-Esa es la actitud - dijo Takaminusubi con emoción - y la verdad es que es algo muy sencillo de hacer, más cuando se supone que es tu intención.
Aimi lo miró sin entender, o bueno, lo intentó mirar, la luz seguía impidiéndola ver.
-Lo único que necesito que hagas es que viertas tu sangre en el cuenco ceremonial que hay en el altar detrás de mí mientras dices tu promesa, hay un cuchillo al lado para que puedas realizarte un corte en la mano y así verter algo de sangre en el cuenco, una vez que lo hagas, en el brazo donde te hiciste el corte aparecerá una marca, ese será el símbolo de tu poder y tu promesa, el resto de detalles los sabrás una vez termine la ceremonia.
Sin darle tiempo a decir o preguntar algo, Takaminusubi desapareció y Aimi pudo volver a ver su alrededor. Tal como había visto antes y había mencionado el dios, allí había un altar con un cuenco dorado de tamaño considerable. Algo insegura, Aimi se acercó, cogió el cuchillo de magnifica artesanía que había al lado del cuenco, se cortó la palma izquierda, dejando que su sangre cayera al cuenco, y dijo su promesa.
-Cuidaré y protegeré a Naruto, haré todo lo posible para que él sea feliz, esa es mi promesa - dijo con seguridad, sellando así el pacto y la promesa que marcaría su vida y la de Naruto.
