Marcados
Cuando el emisario del shōgun y la exigua compañía que había formado llegaron a la costa, Itachi los esperó a la sombra de un árbol, con la espada entre las piernas, pensando en la forma más coherente de explicar cómo había ocurrido esa masacre. Sin embargo, el hombre apenas miró por encima la fila de cadáveres apilados, más aliviado que extrañado.
—Dije que haría su trabajo —dijo, palmeando la funda.
—Sí, eso parece.
Le hizo una seña al hombre a su derecha, y este se acercó para inspeccionar los cuerpos.
Uno de los voluntarios, preguntó si lo había hecho solo, pero Itachi no respondió. Kisame esperaba en el campamento al pie de la colina. Si esos sujetos lo veían, no iban a preguntar al respecto, lo iban a matar y dejar con el resto como alimento para los carroñeros.
—Por sus marcas, todos son novatos —dijo finalmente el asistente.
—¿Estaban solos? —preguntó el emisario.
Itachi haló aire.
—Cuatro campamentos de vigilancia, ninguno tenía prisioneros o rehenes, solo tenían que vigilar que nadie del pueblo escapara. Pero no hay ninguna embarcación en los muelles, salvo las que hundieron, por supuesto.
El hombre frunció el ceño con gesto meditabundo.
—Van al siguiente pueblo...
Se giró hacia sus hombres, una compañía que en total se componía de veinte hombres y les indicó que seguirían el camino, para luego volver la mirada a Itachi.
—¿Nos acompañarás o solo quieres la paga por estos?
Itachi valoró las opciones. Dependiendo de cuánto pudiera cazar ese día, podría finalmente tener dinero suficiente para largarse de la isla, pero no se sentía demasiado confiado de la eficacia del grupo que habían conseguido formar, todos parecían demasiado novatos, y uno, de hecho, tenía por toda arma una hoz de campo.
—Quedé de encontrarme con alguien —dijo —, quizás los alcance más tarde.
—¿Tu amigo se nos unirá?
Itachi se encogió de hombros. Dudaba que le fueran a dar un permiso de cazarrecompensas a un extranjero, así que solo atrapó al vuelo el saco de monedas que le correspondía por los que ya había entregado, y se adentró en el bosque, dejando que los otros siguieran su camino.
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—¿No vas a acompañarlos? —preguntó Kisame mientras avivaba las llamas de la fogata bajo la olla de hierro, apenas lo vio aparecer por entre los árboles.
Itachi se sentó frente a él, sacando el dinero y dividiéndolo por la mitad.
—Gracias —le dijo Kisame, embolsándose las monedas y ofreciéndole un cuenco para servirse.
—¿Es suficiente para que vuelvas?
—¿A Kiri? Ni en mil años volvería.
—No es que me importe, pero tampoco te puedes quedar aquí. Te matarán a la primera oportunidad.
Kisame sopló al estofado, apenas dirigiéndole una mirada.
—Ven conmigo —dijo de pronto.
Itachi se sintió contrariado, personalmente, solo había vuelto para hacer lo justo que era darle su parte de la recompensa, no porque tuviera interés en entablar algún tipo de vínculo, sin embargo, estaba comiendo amenamente con él, como si fueran compañeros de toda la vida, y con la misma naturalidad había salido esa propuesta.
—¿Y cuál es tu plan?
—Pensaba llegar al País del Hierro, lejos de estas guerras de mierda.
—Eso está lejos. No será barato.
—Por eso lo digo, ven conmigo —insistió, mostrándole una de las monedas, dándole a entender lo que necesitaba de él —¿O es que tienes mujer e hijos?
Itachi sonrió de medio lado, pero el ligero temblor en sus labios, y la forma en la que sus ojos se nublaron, hizo que el otro comprendiera que había tocado una llaga.
Se preguntó qué había pasado, y cualesquiera que fuera el fantasma que lo había tocado tendría que ser muy jodido como para afectar al mismo sujeto que tan solo unos días antes hubiera decapitado sin titubear a los hombres que habían matado.
—Podemos alcanzarlos —dijo Itachi al cabo de un rato.
Kisame pateó tierra para apagar la fogata y solo tomó un par de cosas del campamento que metió en una bolsa.
—Cuando se amotinaron —empezó a explicar —, tenían el plan de recorrer la costa, siempre en el barco, de modo que pudieran evitar las fuerzas armadas que pudieran mandar.
Itachi apuro el paso. Esa zona era peligrosa para navegar, más de una embarcación acababa encallando en los bancos de arena y contaba con que los piratas de Kiri no estuvieran demasiado familiarizados como para, quizás, ganar tiempo.
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Apenas vislumbraron una tenue luz entre los árboles, y a medida que acortaron camino, se percataron de que se trataba de todo lo que quedaba del pueblo. Aún se escuchaba el crepitar de la madera, y algunas pequeñas hogueras sobre los cúmulos de lo que debieron ser casas. Del pueblo no quedaba nada, apenas algunos escombros, y en las calles, toda clase de objetos, desde ollas y platos hechos añicos, hasta ropa cubierta por una capa de hollín y ceniza.
—¿En dónde están todos?
Kisame se arrodilló, poniendo la mano en la tierra, sintiéndola caliente, aunque sus pies ya habían notado el aumento de la temperatura.
—Esto ha estado ardiendo quizás dos días.
—¿Realmente llegaron tan pronto?
—Konoha tiene buenos barcos, pero nada comparado con los de Kiri, pueden cubrir la misma distancia en la mitad de tiempo.
—Jamás los vamos a alcanzar.
—No por tierra.
Kisame corrió hacia el muelle, pero todos los barcos también se encontraban destruidos, sin embargo, esa imagen también pareció confundirlo un poco más.
—¿Qué pasa? —preguntó Itachi.
—No entiendo qué están haciendo estos imbéciles.
—¿A qué te refieres?
—Lo normal es entrar al pueblo, tomar lo que sirva: comida, medicamentos, armas, y salir antes de que lleguen los soldados.
—Pero se amotinaron, ¿no?
—Sí, porque el capitán quería quedarse en el pueblo, secuestrarlo para pedir recompensa. A nuestra gente no le sirve el dinero ni el oro, nos movemos entre países, y lo que queramos o necesitemos simplemente lo tomamos. Aun así, esto no es normal.
Kisame señaló un arrecife, y la luz del claro de luna iluminó lo suficiente como para distinguir las siluetas de personas atadas a estacas.
Itachi entreabrió los labios, solo hasta ese momento el olor a carne quemada se sobrepuso al de la madera y la sal del mar.
Había visto eso antes, ocho años antes.
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