Decididos
Kisame ya había terminado la reparación del velero. Extrañamente, había sufrido un mínimo daño al volcarse, y de alguna manera la habían dado por inutilizada. Sin embargo, se estaba tomando su tiempo, tan solo mirando a Itachi hacer trazos en el suelo, quizás un mensaje, quizás una advertencia a los voluntarios que el emisario del shōgun había podido reunir, sin comprender por qué se tomaba la molestia.
Luego tomó una de las lanzas rotas, clavándola en el suelo y atando los jirones de un haori a modo de bandera para llamar la atención.
Kisame soltó las velas y a medida que se alejaba de la playa, Itachi reaccionó y corrió hacia él, saltando para alcanzar la embarcación que tambaleó ante su peso, pero nada que el otro no pudiera controlar.
—Tenemos que salir de esta ensenada —dijo, halando las cuerdas.
Su advertencia no iba encaminada a discutir la ruta, sino a advertirse que pasarían muy cerca del arrecife.
Todos los habitantes del pueblo se encontraban ahí, la marea había apagado las llamas, pero los cuerpos carbonizados aún permanecían sujetos en las estacas, solo reconocibles por sus tamaños, supo que no habían tenido misericordia ni siquiera con los niños.
Poco a poco, mientras rodeaban la barrera esas figuras oscuras empezaron a murmurar, palabras inconexas, confusas, pero una única cosa llegaba clara a sus oídos: su nombre repitiéndose una y otra vez.
Apartó la mirada, fingiendo que revisaba alrededor.
—Oye, ¿estás bien?
Itachi sacudió la cabeza, al instante alejando todas esas voces.
—No es nada.
Kisame intentó ignorarlo, pero bastaba verlo de reojo para saber que no estaba bien, había empezado a temblar desde hacía rato, y a luz de la luna, el perfil de su rostro fijo en los cadáveres le pareció el de un muchacho desvalido, como si él fuese el único sobreviviente de la masacre de ese pueblo.
—Debajo de tu asiento —le dijo —. Hay una caja, todos tienen una.
Itachi miró donde le dijo, encontrando un par de botellas color ámbar.
—En el mar es difícil mantener el agua en buenas condiciones —explicó.
Intentó negarse, de hecho, la devolvió a su sitio, concentrándose en lo que tenían por delante, tensando la mano sobre la empuñadura de la espada, como solía hacer para sentirse en control.
Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que pudo pasar el día sin hacer eso.
El viento soplaba por entre su cabello, empujando las velas a un ritmo constante que se aceleraba a momentos con los movimientos de Kisame.
Cerró los ojos, tenía que concentrarse en lo que deberían de hacer cuando alcanzaran el barco, tanto si era en el siguiente poblado como si lo hacían en el mar.
Su padre solía hacer énfasis en su capacidad analítica, la forma en la que le había inculcado el adiestramiento estratégico, preparándolo para tomar su lugar como la mano derecha del shōgun.
Parecía que había pasado una vida de eso, cuando al mirar por sobre su hombro, solo se encontraba con su gesto severo, apenas solo unos minutos antes de marcharse, sin dirigirle palabra.
—¿Todos desembarcan? —preguntó.
—No. Se queda unos cuantos, los suficientes como para mantener el barco listo y salir a la mínima señal.
—Esperemos a que bajen, nos hacemos cargo de los que queden y usaremos la pólvora de los cañones para hundir el barco cuando regresen.
Kisame se rio.
—No está mal, pero no nos podremos acercar mucho, nos verán venir.
Itachi asintió. No esperaba menos por las historias que había escuchado, si bien era claro que había exageraciones de por medio, tan solo el precio de la recompensa tendría que ser un indicativo de la dificultad. Los que habían capturado antes no eran más que los novatos, los que solían dejar atrás, a cargo de tareas sin importancia, posiblemente las únicas monedas que tendrían fáciles.
Había visto a Kisame pelear, el manejo de su arma era impresionante, y no imaginaba qué tanta sería la diferencia con los que le dejaron atado en el campamento.
El sonido del oleaje era lo único que distinguía, con su siseo acompasado interrumpiéndose solo al chocar con la madera.
—Ya estamos en el rango de visión del vigía —anunció, mientras recogía la vela.
Itachi levantó el rostro, aguzando la mirada para ver el navío que habían estado persiguiendo. Le pareció que era demasiado pequeño, aunque quizás ese era el secreto de su velocidad, su tamaño y la forma alargada, inevitablemente le hacía pensar en una espada.
Escuchó a Kisame gruñir.
—Tendrás que disculparme, pero acaba de surgir una complicación —le dijo.
Al instante, volvió a desplegar la vela y con un movimiento brusco retomó la corriente ganando aceleración.
—Tendrás que hacerte cargo de los cañones solo.
Escucharon el ruido de la tripulación alertando sobre su llegada, Kisame tomó el arma larga que llevaba consigo, la que parecía lanza y hacha, y la arrojó. Escuchó el silbido de la trayectoria, y el quejido del hombre al que atravesó.
Enseguida Kisame saltó, sujetándose de la red que colgaba del costado, trepando en cuestión de segundos hasta la cubierta. Itachi devolvió la espada a su cinturón y subió de la misma manera.
Había más gente de la que esperaba, pero comprendió enseguida la complicación a la que se refería Kisame; tres hombres lo habían rodeado, atacándolo sin tregua, y por sus movimientos, supo enseguida que no se trataba de novatos.
Ni por instante pensó en intervenir. Ellos debían ser los miembros de alto rango que se habían amotinado contra el capitán al que Kisame debía aún su lealtad. No obstante, sí se hizo cargo del resto mientras se abría paso hacia las bodegas para alcanzar la pólvora.
La pestilencia fue notable desde el primer momento, y aunque el sudor de un montón de hombres podría ser sofocante, fue algo más lo que comprimió su estómago.
Respiró por la boca, intentando controlar la salivación de su boca y las arcadas.
Sacó un cuchillo y clavó la punta debajo de la uña de su dedo meñique de la mano izquierda. El dolor estremeció cada parte de su cuerpo, y la sacudida fue suficiente para concentrarlo.
La pólvora.
La pólvora.
Hizo los preparativos de acuerdo al plan, tan solo con un par de interrupciones de las que se deshizo rápidamente.
Ya estaba por salir, los que habían desembarcado seguramente estaban volviendo, pero su determinación tambaleó una vez más.
Apretó la mano para reavivar el dolor y terminó de subir las escaleras.
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