Proscritos

El barco ardió hasta que el daño en el mástil y la quilla lo rompieron por la mitad, y fue el mar el que sofocó las llamas.

Sin embargo, Kisame apenas prestó atención, no podía despegar la mirada de la forma persistente en la que Itachi restregaba la hoja de su espada con un paño empapado, aunque ya no quedaba mancha alguna. Ladeó un poco el rostro, buscando alguna expresión, pero no había nada, como si toda emoción estuviese contenida en un jarrón de porcelana; pálido, frío... y a la vez tan frágil.

Tan solo le había conocido desde hacía unos días, pero la necesidad de encajar las piezas crecía dentro de él.

—Hace tiempo —dijo en voz baja, aunque en el silencio desolador que sobrecogía el lugar, fue perfectamente audible —, el capitán nos habló sobre un hombre capaz de detener una incursión por sí mismo. Decía que muchos barcos desistían de intentarlo siquiera cuando veían su escudo ondeando en la costa: un abanico rojo y blanco.

Itachi se quedó quieto, también pudo ver en su mente la misma bandera, pero ardiendo en llamas.

—Dicen que su clan se volvió tan poderoso e influyente, que el shōgun temía un golpe de estado, así que los mandó matar a todos.

Muy lentamente, Itachi se puso de pie, y lo miró a los ojos:

—No a todos —susurró —. El más joven miembro del clan fue llevado ante él, y lo convirtió en su discípulo.

—Oh si, el joven príncipe de la corte. He escuchado de él. Pero, ¿qué hay del legítimo heredero?

Itachi se giró, caminando hacia el devastado pueblo.

—Está muerto.

Kisame no quiso insistir, dio una última mirada al barco en que había vivido los últimos quince años, que terminaba de hundirse, apagando las llamas restantes y sumiendo todo en oscuridad. El denso manto que había dejado el humo pareció acentuarse, dejando la sensación de estar respirando directamente de las brasas.

—Con algo de suerte —dijo Kisame —, los demás nos alcanzarán en un par de días...

Ni bien decía eso, cuando escucharon el galope desenfrenado de un considerable grupo de caballos. Ambos sabían que solo cierto grupo podía permitirse un lujo así. Kisame no lo pensó demasiado, tenía que ocultarse, su apariencia lo delataría enseguida y no les importaría demasiado que hubiese colaborado con la masacre de los piratas.

Itachi, sin embargo, tenía que quedarse si querían cobrar, pero tuvo un mal presentimiento. Si el shōgun iba a mandar a su ejército, ¿cuál era el propósito de un emisario que reclutara cazarrecompensas?

Se mantuvo erguido, aunque listo para sacar la espada cuando los jinetes lo rodearon.

—¿Quién eres? —preguntó el que dirigía la comitiva.

La máscara que cubría su rostro emulaba a un mono, y junto con el símbolo que ondeaba a su espalda, supo que se trataba de uno de los hijos del shōgun.

Por respuesta, le extendió el pergamino que lo acreditaba como uno de los voluntarios reclutados. Un soldado lo recibió, lo extendió y se lo mostró a su señor que apenas vio su nombre, le dirigió una mirada inquisidora, aun a través de la máscara.

—No temes usar tu nombre —le dijo.

—¿Por qué debería? —preguntó.

La insolencia en su voz puso en alerta a los soldados que habían bajado de sus caballos, y uno de ellos dirigió hacia él su espada, pero sin desenfundar, Itachi lo desvió, haciéndole perder el equilibrio.

Pudo empezar un enfrentamiento, pero el hijo del shōgun los detuvo.

—No hay razón —dijo —. El superviviente de una noble familia debería estar orgulloso de su herencia. Y como lo ofreció mi padre en su momento, hay un sitio en la corte, o en su ejército, para el heredero del clan Uchiha.

Solo hasta ese momento, los soldados entendieron a qué refería desde un inicio, y se mostraron asombrados por tal revelación.

—Y como dije en su momento, no tengo ningún interés de convertirme en una mascota —luego sonrió despectivamente —, además, ya tiene a mi tonto hermano menor para eso.

—¡Muestra más respeto a la generosidad del gran señor de Konoha!

Itachi buscó la mirada del hombre, pasando de los soldados que habían formado la barrera. No era tan joven, tenía la edad suficiente como para saber qué clase de generosidad era la que ofrecía su padre, la que lo había condenado a esa vida errante en la que lo único que importaba era llegar al final de día.

El hombre no pudo sostener su mirada, en cambio examinó a su alrededor. Más allá de los escombros del pueblo, los cadáveres en la playa que habían conseguido recuperar del naufragio, del que apenas quedaba el mástil en el mar con los jirones de la bandera que tanto dolor había causado.

—Es imposible que esto lo haya hecho un solo hombre —dijo un soldado.

—No subestimen la grandeza de un heredero de la sangre Uchiha —respondió el líder para acallarlos —. Acompáñanos al palacio, para que se te entregue lo prometido. Nuestro shōgun ofrece su gratitud.

Itachi asintió, aceptando las riendas de uno de los caballos, dirigiendo por un instante la mirada hacia los riscos. Kisame sin duda lo esperaría. No es como que quedaran muchas opciones para obtener dinero a la brevedad.

Sin embargo, estaba por montar cuando un grito lo puso en alerta.

—¡Aun hay alguien vivo!

Sabía de quién se trataba, y junto con un grupo de soldados corrió en la misma dirección.

Kisame ya había sometido a los tres que lo habían descubierto y recibía sin problemas a los que le siguieron. Por un instante, Itachi creyó vislumbrar una sonrisa, incluso cuando se arrojaron contra él como enjambre, y a todos ellos venció.

—Este de aquí —dijo el hijo del shōgun —, bien podría valer su precio en oro.

Bajó de su caballo tomando sus armas de la montura.

A su indicación, los soldados dejaron de atacar y formaron un cerco, como si fuese una cacería, con los perros rodeando una presa para un cazador.

De ninguna manera pensaría en Kisame como una presa, pero la forma en la que se estaban dando las cosas, le molestó de sobremanera.

El olor a quemado golpeó su nariz, pero sabía que no eran los restos de la nave o el pueblo, sino el mismo olor que a veces percibía cuando tenía dudas sobre sí mismo: humo, sangre y carne quemada.

Ninguno de los soldados reaccionó al momento en que la cabeza de su señor cayó al suelo, salpicando de sangre a los que estaban a su alrededor, y esos segundos que tardaron en comprender lo ocurrido, fue suficiente para que los dos se volvieran al mar.


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