Señalados
Kisame se llevó la mano a la frente para mitigar la luz. Se habían quedado dormidos al cobijo de un viejo árbol a las afueras de una aldea, y en general el tiempo en tierra le empezaba a sentar mal. El sitio era muy pequeño y mientras más tiempo dieran a los lugareños para retener su descripción más fácil sería que los entregaran.
Entraron, compraron algunas provisiones y salieron sin dirigirle la palabra a nadie.
Acamparon cuando cayó la noche. Aparentemente no los había seguido y eso le pareció extraño, por lo que Itachi había dicho, el hombre que había asesinado era el hijo de shōgun, pero ni siquiera los soldados que le acompañaban habían seguido su rastro. Esperaba, con toda honestidad, días de persecución desigual. La embarcación les daba cierta ventaja, pero era solo un velero, si decidían andar un barco, incluso con el diseño de Konoha, los alcanzarían sin problema.
Aguzó el oído, intentando escuchar más allá de los sonidos habituales del bosque, y creyó oler el inconfundible olor de la mierda de caballo. Sacó su catalejo, y lo apuntó en la dirección que le indicaba el viento.
Tal como lo esperaba, un escuadrón de caballería se acercaba a la aldea, y por sus banderas, pertenecían al propio shōgun y...
Miró a Itachi, se había hecho un ovillo abrazando la espada, y además del ceño fruncido, le pareció notar un ligero temblor que no podía relacionarlo con el sereno. Las noches en esa época del año eran generosas, especialmente cerca de la playa.
Puso una rodilla en el suelo, y solo hasta ese momento, días después de haberlo conocido, se percató de que era demasiado joven. Algo que no se notaba a primera vista por el semblante cansado, acentuado por sus profundas ojeras.
—Hey —le llamó, sacudiéndolo por el hombro —. Hay que irse, al fin llegaron.
Itachi se sobresaltó, y solo porque Kisame se apresuró a tomarlo por la muñeca, no desenvainó la espada. No se sintió ofendido, era lo mínimo que podía esperar, por el contrario, le causó cierta gracia.
Ese chico era capaz de asesinar incluso medio dormido.
Le dejó intentar borrar el rastro de su improvisado alojamiento y volvió a examinar, aunque no pudo evitar el sentirse contrariado respecto a lo que debía hacer.
Volvió a mirar a su compañero.
Solían decir, entre los hombres de mar, que tal cosa como el destino no existía. Acostumbrados a luchar contra una fuerza voluble e ingobernable como el océano, la única certeza era que cada hombre ganaba su vida día a día, con su valor y experiencia, y no con la influencia de algo indefinido como el destino. Pero no sabría decir si eso aplicaba a los isleños.
—Han enviado a tu hermano —le dijo.
Itachi detuvo sus movimientos en seco, apenas mirando por sobre su hombro. No había necesidad de preguntas, ya estaba claro que sabía quién era él, y si Sasuke se había presentado con las banderas del clan, era simple lógica.
No quiso mirar.
¿Cuántos años tendría Sasuke? ¿Quince?
Cumpliría dieciséis en unos meses.
Siempre se había parecido más a su madre, y se preguntó si había conservado los mismos rasgos delicados a medida que se adentraba en la adolescencia o, por el contrario, se habían endurecido por la huella que había dejado la masacre en el castillo.
¿Sería alto?
De niño no destacaba especialmente por eso, incluso su padre le reprochaba que no creciera "como otros", "como su hermano".
Sintió el impulso de pedirle el catalejo a Kisame y verlo con sus propios ojos, pero se resistió, no estaba seguro de lo que haría si el muchacho que estaba ahí se parecía a lo que había imaginado y siempre quiso para él.
Dejó escapar un suspiro
El shōgun había cumplido su palabra. Le había jurado que, si un día decidía matarlo, se encargaría de que fuera su propio hermano, de modo que el muchacho pudiese vivir con la frente en alto al haber limpiado el nombre de su familia.
Aunque no dudaba que, simplemente, tanto él como su corte, se deleitaban con la idea de un drama digno de leyenda que podría pasar al teatro en cualquier momento, posiblemente bajo su propio mecenazgo. Y a la gente le gustaban los héroes, pese a que rara vez tenían conocimiento real de los eventos que llevaban a una decisión "heroica".
Al final, Sasuke se convertiría en una figura de su juego de política.
—Hay que irnos.
Kisame asintió, dándole una última mirada al muchacho que bajaba de su caballo. Era una comitiva realmente pequeña, y solo se pudo imaginar que eso se debía a que sería tan bueno con una espada en mano, como su hermano mayor.
¿Qué iba a hacer Itachi? ¿Rehuiría de ese encuentro? ¿Aceptaría irse al País del Hierro con él?
Lo vio tomar por todo desayuno, lo que quedaba de una de las botellas de sake que habían comprado en el pueblo. Tuvo un pequeño escalofrío, seguramente sintiendo el golpe del alcohol en su sistema entumido, y se limpió con la manga la gota que había escapado por la comisura de sus labios.
Claramente no le quedaba nada en esa miserable isla, pero tampoco parecía, precisamente, alguien muy decidido a apreciar su propia vida por sobre cualquier cosa, más bien, creía que solo estaba aguantando lo suficiente, hasta que la muerte lo alcanzara, si no era que un buen día decidía alcanzarla por su cuenta.
¿Y había algo que pudiera hacer?
No realmente, no era su asunto. Cada quien cargaba con su equipaje como mejor podía, solo que no podía evitar el pensar en que era una pena. Alguien con su fuerza, su astucia y su juventud, podría tener cualquier cosa que deseara.
Pero no lo quería.
Esa era la verdad.
¿Qué pudo hacer como para no sentirse digno de tomar lo que sus capacidades le podían ofrecer?
Tenía una muy vaga idea, y sería interesante ver cómo se desarrollaban los eventos, porque tener una conciencia era un mal negocio, especialmente para personas como ellos, a quienes el mundo tenía menos consideraciones de las que tendrían con una mierda en el camino.
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