Si Kakashi me vigilaba dentro de la Academia, él había visto los besos a escondidas y los comentarios demasiado adultos para ser expresados por un niño, tanto en el ámbito sexual como en el de la vida.
¿Por qué no me dijiste de esto?, le recriminé a Kurama.
No lo había sentido hasta hoy.
¿Tú sabías que él estaba vigilando el salón?
Sí. Soy un biju, Naruko, yo no paso este tipo de cosas por alto. No te preocupes, él no ha estado presente en otras ocasiones.
Le creía, e igual fui hasta donde el Hokage a corroborar. Shikamaru no me acompañó, él se marchó con Ino, Chouji y el padre de este porque las tres familias habían organizado un agasajo a un amigo shinobi.
—Tranquila Naru, estaré en tu apartamento a las 7 de la noche —me prometió Shikamaru antes de irse.
Caminé con serenidad a la Torre Hokage; a las cuatro de la tarde le traían al viejo su merienda, lo que solía ser té y galletas o pan dulce. Si yo llegaba justo a la hora, conseguiría comida y hablar con él un rato, ya que al Hokage no se le molestaba en sus descansos.
El Sandaime, mi dulce abuelo en todo menos en sangre, tomó unas decisiones precisas y duras que me hicieron entender por qué en su época (y aún mucho después de su muerte) se le conocía como el «dios shinobi». Primeramente, a último minuto, nos enteramos que Itachi ya no sería parte de Akatsuki; esto lo ideó el Hokage con Shikaku-san y con un poco de colaboración de mi Shikamaru. Kurama fue quien me advirtió de un cambio.
Algo hicieron, el futuro de Itachi se puso borroso... hay nieve en él.
¿Nieve en el futuro de Itachi?
«Si él los traiciona en los Exámenes Chunin, generará que ellos alteren sus planes y busquen nuevas sedes. Si Itachi no acude con ellos y les da un simple gracias, pero no, gracias, ellos no tendrán ningún motivo para sospechar que conocemos al pie de la letra sus movimientos.», me explicó el Sandaime.
Era una estrategia astuta. Ahora Itachi permanecía oculto en algún sitio, quizá como campesino, esperando el momento adecuado para volver. Según el Sandaime, él tenía suficiente dinero para sobrevivir por su cuenta aislado y continuar entrenando; al parecer, dicho por las publicaciones en los periódicos y no que a mí me lo hubiesen comentado, Itachi robó todo el dinero de su clan antes de irse, incluso las joyas de su madre y de algunas mujeres del clan.
Francamente, yo dudaba que tal cosa fuese cierta, pero no quería preguntar y toparme con una confirmación a semejante acto.
Luego de esta decisión del Sandaime, llegaron sus horarios de entrenamiento: el Hokage volvía a entrenar. Esto también fue publicado en el periódico, en específico en una nota del domingo, donde se comentó que el Hokage empezaría a acudir rutinariamente a los campos privados de entrenamiento que le pertenecían al Hokage de turno para fortalecerse, añadiendo que se le empezaría ver trotando alrededor de la aldea por las madrugadas. Ante esta decisión, los ninjas de la aldea se motivaron ampliamente y ellos, en imitación de su anciano líder, incrementaron sus horarios de entrenamiento.
Tanta capacitación nos serviría en el ataque contra la aldea. Ojalá Danzo no lo considerase una amenaza y mantuviese en estado normal a sus hombres.
Danzo... el muy hijo de perra tenía sus horas contadas: el Hokage nos mostró la carta en la que autorizaba a Itachi de forma oficial a ejecutar la matanza en instalaciones del Ne en la fecha prevista del ataque a la aldea por parte de Suna.
Dato aparte, ahora yo estaba siendo entrenada por el ya mencionado «dios shinobi», dándome a comprender perfectamente por segunda vez el porqué de su apodo. Joder, ese viejo tenía más ases bajo la manga que un tahúr ¡y me las estaba enseñando!
—Hola —dije en lugar de «permiso», entrando a mis anchas a la oficina del Hokage. Mi abuelito me sonrió por sobre su papeleo. Al posar mis ojos en la pila interminable de papeles, se me quitaban por milésimas de segundo mis anhelos de ser Hokage. Shikamaru me estaba pegando su pereza.
—Hola Naruko. ¿Te sientes bien?
—Sí, ¿a qué viene la pregunta? —curioseé cerrando la puerta a mis espaldas y ocupando el asiento de invitados.
—Perro, uno de los ANBU que tan amablemente te cuidan yendo contra mis indicaciones —me reí de la molestia en su voz —, me comentó de lo sucedido esta mañana. Ayaka-sensei y Mizuki-sensei fueron llevados ante un escuadrón ninja que... —suspiró y le hizo la ceña a sus ANBU de que se alejaran —. Te veo y olvido quién eres realmente. Los tiene Ibiki.
—Uich, que final tan feo —me mofé —. Mizuki tiene nexos con Orochimaru, creo que olvidé comentarlo.
Al Hokage casi se le cae la pipa.
—¡¿Cómo olvidas algo así?!
—Je, je. Lo siento. El tipo es inofensivo, lo derroté sin ser Genin, imagínalo. Gritó como niña.
El Hokage suspiró.
—Si tú lo dices. En fin. ¿Por qué hiciste semejante locura en el complejo Hyuga? Pudiste haber ido presa.
Tensa, me encogí de hombros.
—Hiashi debe de ser el peor padre del mundo... bueno, le gana Fugaku Uchiha. Ese clan Hyuga está lleno de estirados pretenciosos que solo traen conflicto y sumisión.
—Pero así funciona. Por favor, abstente a hacer semejantes cosas con gente tan importante e influyente. Si ellos descubren que fuiste tú, me veré con las manos atadas.
—Sí, abuelito.
—Hokage-sama —tocaron a la puerta y abrieron —. Permiso. Su bocadillo de la tarde.
—Magnífico, Maki-chan —sonrió a su secretaria, quien entró con la ración del Sandaime —. Tráele té y galletas también a Naruko. Hay que recompensar su astucia recurrente de llegar a la hora de la comida —me reí entre dientes. Con una sonrisa endeble, la secretaria asintió dejando la merienda del anciano en el escritorio. El Hokage llamó a los ANBU, finalizando así nuestra charla importante —. Se acerca octubre, Naruko-chan. Se nos vino encima tu décimo cumpleaños.
—Sí.
En vida, el Sandaime trató, y falló, de elaborarme fiestas. En mi infancia yo estaba encantada, pero al recordarlas solo podía ver en ellas tristeza: los únicos asistentes al evento eran ANBU e Iruka.
—Pensaba que este año podríamos festejarte con algo un poco más elaborado. Oí que Ino-chan, una de tus compañeras, celebró su cumpleaños con una pijamada —oh, así que el asunto de las pijamadas era por el cumpleaños de Ino. Eso tenía sentido, los clanes no botaban el dinero porque sí.
—Traté de hacer una, solo vino Iruka-sensei —el Hokage sonrió y fue a hacer un comentario. La secretaria Maki volvió con un té humeante y galletas de chocolate, interrumpiendo al anciano —. Gracias, señorita.
Ella me sonrió tensamente y se retiró reverenciando a su líder.
—Me enteré. Le quedaron bonitas sus uñas a Iruka.
Reí soplando mi té. Era de jengibre.
—Es un sujeto amable. Hoy haré otra, pero con Shikamaru.
—¿No lo invitaste a la anterior?
—Nop... quería que fuese de chicas —fruncí el ceño. Estar en el cuerpo de una niña hacía que el acto fuese más fácil; o quizás me comportaba como una infante porque así siempre traté al Sandaime, después de todo él murió cuando yo era una niña —. Shikamaru se enojó porque nadie vino y me pidió que la hiciera con él, que él se dejaba maquillar.
El Sandaime sonrió con ternura.
—Shikamaru es un buen niño. Estará invitado a tu fiesta de cumpleaños.
Fruncí el entrecejo.
—Esta fiesta... ¿no es ofensivo hacerla? Es el mismo día del festival.
—Naruko, tu cumpleaños también merece ser celebrado. Si los deseos del Yondaime hubiesen sido respetados, el festival te tendría como eje central.
Me sonrojé y mordí una de mis galletas.
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—¿Otra pijamada?
—No dirías nada si fuese con Chouji —contratacó inmediatamente papá. Yo estaba en el pasillo, recién saliendo con mi maleta, listo para pasar la noche, y parte del sábado, con Naru.
—Ni siquiera empecemos con ese temita. Shikaku, la niña vive sola. ¿Quién les prepara el desayuno y se asegura que no se atiborren de golosinas? ¿Y si sucede algo?
—Relájate. Muchos cuidan de ella. Confia en mí, el lugar más seguro de la aldea es el apartamento de Naruko. ¡Shikamaru!
—Aquí estoy —dije apareciendo.
—Bien, vamos.
—¿Y la cena? —mamá alzó una ceja.
—A Naruko le gusta el ramen, pensaba entregar al niño con varios cuencos de Ichiraku.
—El niño tiene nombre.
Papá rodó los ojos.
—Calma mujer.
Logramos salir vivos y eso para mí ya era una victoria. Papá y yo adquirimos un entendimiento mutuo cargado de respeto y confianza; él y yo entrenábamos cada que mamá salía a comprar el mercado, era de tal modo desde que papá se enteró de la verdad. Aunque algunos jutsus de mi clan permanecían fuera mi alcance por una cuestión de estamina y chakra, los básicos como la posesión de sombras, la parálisis y el estrangulamiento se hallaban firmemente bajo mi arsenal.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Te molesta que me pinte las uñas?
Naruko, de casados, no me las pintaba, ella se entretenía con las suyas, pero al empezar a salir, en los ratos que lográbamos pasar a solas en la aldea, yo me prestaba para ser su conejillo de indias. La primera vez que llegué a casa con las uñas pintadas de un decente color púrpura, mi madre me hizo removerme el esmalte antes de permitirme entrar a casa porque no quería «vándalos» en la familia.
—¿Quieres hacerlo?
—No... mejor dicho, me da igual, pero Naruko quiso hacer esta pijamada con niñas y no le salió muy bien, así que me ofrecí a jugar con ella.
—¿No está algo grade? —pidió en voz baja.
Lo miré.
—Ella no tuvo infancia y yo traté de ofrecerle una en esta realidad, pero no puedo hacer que los padres no teman que Naruko duerma con sus hijas. Solo quiero que esté feliz.
—Comprendo... la problemática de tu mamá va a ser quien no lo permita —y al decirlo, papá sonrió. Él amaba profundamente a mi madre —. No he hecho más que hablar con Yoshino, pero es una mujer terca.
—Sé qué es lo que ella teme —recalqué el «qué» para referenciar al Kyubi —. Lo he conocido en persona, comprendo su miedo. Es un chakra que quema.
—Sí... —papá soltó un suspiro —. El recuerdo es atroz, entiendo a la perfección el recelo excesivo de tu mamá. Esa cosa es aberrante.
Permanecimos en silencio el resto del camino.
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Mi suegro traía a Shikamaru generalmente a las 7 de la noche, justo después de la cena, así que contaba con un poco de tiempo extra (contexto: ellos van a una hora y ella los espera a otra hora, no es error de trama). Usando un sencillo henge de una adolescente rubia, ingresé a varias tiendas femeninas y, gastando una cantidad incorrecta de dinero, compré sombras, base, pre base, iluminadores, correctores, labiales... de todo. Alguna vez tuve un inconveniente muy cómico con Shikamaru, lo recordaba perfectamente porque ocurrió frente a los novatos.
—Mira —yo había comprado un set de delineadores para ojos de colores metalizado con Ino y se lo enseñé a mi esposo apenas él llegó al restaurante.
Sin sospechar nada, Shikamaru me besó y sentó junto a mí.
—Lindo. ¿Era el que querías? ¿El que trae 10 colores?
—Sí.
—Genial.
—Pero...
—¿Hum?
—Tendremos que comer un poquito menos —Ino se había reído, los demás estaban pendientes de la reacción de Shikamaru.
—Está bien, podemos ahorrarnos el postre.
—No me refería a la cena, sino a la semana.
—¿Eh?
Esa noche Shikamaru se autoexilió en la sala, furioso conmigo por haber gastado un cuarto de la cifra destinada a mercado en maquillaje. Los enojos de Shikamaru eran contundentes: no me hablaba. En esa cena, los chicos se rieron de mi esposo, pero las chicas salieron curiosas de la actitud que asumió Shikamaru.
—¿Qué es lo que le echan? ¿Oro? —pidió mi esposo revisando el set de delineadores. Mofándose de él, Chouji invitó la cena, asegurándonos que jamás se casaría.
—Lo siento —musité.
—¿Cómo te vas a gastar tanto en esto? —pero no fue una pregunta recriminatoria, la dijo suspirando y sin esperar respuesta —. ¿Te gustan?
—Claro.
Resignado, Shika suspiró de nuevo, me besó la mejilla y me entregó el set, sosteniendo con flojera su cabeza en la palma de su mano.
—¿No estás enojado? —le preguntó Kiba.
—Sí lo estoy, pero ya está hecho.
—No te enojes —le dije yo abrazándole el costado —. Dame otro besito.
—No me jodas Naru —y seguía sin sonar enojado.
—¡¿Eso es todo?! —chilló Ino —. ¿Un suspiro decepcionado? ¡Sai va a matarme!
Pero Shika no hizo nada más. Esa noche tomó su almohada y una manta, acomodando un espacio en el sofá de la sala. Al menos eso no ocurrió en la casa de mi suegra o si no ya estaría la arpía envenenándole la cabeza a Shikamaru. En nuestra hora de dormir, mi esposo se devolvió a la habitación, lo que me hizo suponer que dormiría conmigo, pero en su lugar volvió a mirar el set de delineadores depositado en mi peinadora, suspiró y me dio un beso de buenas noches, retirándose.
Hizo eso por tres días.
Bueno, pensé en mi realidad, al menos el arroz se multiplicó y me pagaron extra por mi misión.
Con las compras en dos bolsas, dejé caer el henge en un baño público y me devolví para mi apartamento. Estando en el buen sector de la ciudad, las tiendas continuaban por la zona en compañía de las tiendas de artesanías y artículos variados. Mirando por las vitrinas, me enamoré de unas mascarillas que promocionaban a la par con hidratantes de ojos y labios. ¡Tenía que comprarlo!
—Largo niña.
Lo había olvidado, en la aldea yo no era bien recibida. Aun así, ese no era motivo para empujarme tan fuertemente. ¡Me caí!
—Tsk, ¿qué forma de tratar a las niñas de esta aldea es esa? —por una vez, mi defensor no fue un hombre, sino una mujer: Anko Mitarashi —. ¿Estás bien, mocosa?
—S-sí.
Joder, ¡era Anko! ¿Hace cuánto no veía yo a esa mujer?
—¿Qué necesitas de aquí?
—Am, es que quiero comprar las mascarillas —le sonreí. Anko era amable con las chicas jóvenes y solía llevarles la cuerda —. Dejan la piel bonita.
—¿Ah sí? Tal vez yo quiera comprar unas —sonriéndome, sujetó mi mano y entró conmigo a la tienda con un rostro duro que prometía dolor. Salimos de allí con cinco paquetes, dos míos y tres de ella.
—Muchas gracias señorita.
Anko odiaba que le dijeran señora.
—Cuando gustes. Búscame en el Bosque Prohibido si necesitas que le rompa la cara a alguien.
—Ja, ja, sí.
Lo dicho: ser hija del Yondaime traía sus ventajas. ¿Sería distinto si yo fuese hombre? Seguro que sí, pero lo que tenía entre las piernas era un agujero y no un palo, por lo que continuar haciéndome esa pregunta era innecesario. Las ventajas yo las tenía y punto, nada más importaba.
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Las pijamadas se nos hicieron rutina. Cada semana yo acudía a la casa de Naru dos o tres veces para estudiar, jugar o verla practicar patrones raros en sus ojos y mejillas. Naruko era una experta en sellos corporales... hablando de sellos, Naru tuvo un nuevo enfrentamiento con el cabrón.
El conflicto lo originó un comentario inocente de Chouji.
—¿O sea que Naruko y Sasuke son los últimos de sus clanes? ¿Son iguales en ese sentido?
Sasuke se erizó como un gato furioso.
—¡Claro que no! Yo soy un Uchiha, un clan de élite. Esos Uzumaki...
—Ni te atrevas —Naruko le contestó tirando al suelo los shuriken con los que practicábamos en el patio bajo la vigilancia de Iruka-sensei. Mizuki y Ayaka fueron ejecutados tras encontrárseles cartas que los comprometían con Orochimaru —. Mi clan fue vital para la fundación de esta aldea.
—También los Uchiha —exclamó Sasuke —. Los Senju y los Uchiha fuimos los fundadores, los tuyos solo actuaron de mediadores. Además, eran un montón de débiles que se dejaron exterminar, mientras que los Uchiha permanecimos fuertes en la guerra.
—¡No señor! No nos pongas en la misma balanza —le gritó Naruko. Los alumnos, tanto de nuestra clase como los de la otra, nos estaban prestando atención, incluso Iruka esperaba oír la forma en que Naruko defendería a su gente —. Tres países formaron una guerra de años contra el pequeño país del Remolino por el miedo que les daban los Uzumaki y aun así ellos fueron los que perdieron la guerra y decenas de miembros de mi clan sobrevivieron. Pero a tu poderoso clan —escupió con ira y sarcasmo —, con su gran Sharingan, le bastó una noche y un adolescente de 12 años para ser exterminado hasta quedar con solo dos miembros. Y no fue precisamente porque tú eras capaz de defenderte ante Itachi.
—¡Cállate!
—Fue lástima y desprecio —gruñó Naruko —. A tu hermano no le importaste lo suficiente ni para que te matara.
Ok, Naru descargó su ira. Sasuke, obvio, no se quedó de brazos cruzados dejándose insultar. Yo no intervine en la pelea física que se armó entre los dos. Fue muy cómico ver cómo Iruka, al tratar de finalizar la disputa, era golpeado accidentalmente por ese par.
Los maestros de los dos grupos y unos cuantos sensei que fueron llamados tuvieron que sujetarlos y llevarlos adentro. Yo metí mi cabeza por la puerta para terminar de ver el chisme: siguieron peleando y Naruko casi le arranca de un mordisco un pedazo de oreja a Sasuke y él le tironeó su trenza hasta dejarle la cabeza a Naru como la de un muñeco de trapo. Ah, y Naruko pateó con fuerza la hombría de Sasuke, lo que lo tranquilizó mejor que si lo hubieran drogado. A Naruko ese golpe bajo no le bastó y quiso seguir atacando, pero como ya no era necesario sostener a Sasuke, que estaba medio ido en el suelo, los otros Chunin la sostuvieron.
Lo vi antes de que ocurriera. Cuando Naruko se sentía superada y estaba así de enfocada en matar, perdía el control de su chakra. Los demás chismosos junto a mí no necesitaban verlo, pero no fui capaz de ganarles en fuerza y lograr cerrar la puerta.
—¡Quieta niña!
—¡Suéltenme!
Retenida por media docena de Chunin contra su voluntad, con unas fuerzas físicas no aptas para forcejear con militares adultos, el chakra del Kyubi fluyó visiblemente en el aire, empujando muy lejos a los Chunin que la sujetaban.
Lo que la frenó de continuar con su explosiva pelea fue el rostro aterrorizado de los Chunin, en especial Iruka. ¿Cómo no iba a estar él asustado? Naruko tenía los ojos del Biju y el aire asesino de ese chakra que tanto quemaba la rodeaba. Hasta a mí me daba miedo cuando ella entraba en ese estado.
«Iruka-sensei... », musitó en un susurro que no alcancé a oír, pero sí a ver. Sus ojos volvieron a ser azules y estaban inundados en lágrimas.
—Lo siento... ¡lo siento!
Y huyó.
La perseguí unos segundos después, al recomponerme de mi propio susto.
0oOo0
—¿Hubo algún daño?
—No señor.
De pie frente al Hokage, traté de controlar los temblores de mi cuerpo. Naruko volvió a sorprenderme, esta vez para mal. Yo sabía que ella tenía cierta influencia en el chakra del Kyubi; ella y la bestia debían tener algún tipo de vínculo en pro de la supervivencia mutua, esa era mi explicación para que Kyubi, de todas las criaturas, cuidase de los pequeños cortes y moretones que sufría ella.
—Quita esa cara, Iruka —me riñó el Hokage —. No es más que una niña.
—Señor, esa niña soltó el poder del Nueve Colas —le dijo otro de los Chunin. En la oficina del Sandaime nos reuníamos los implicados en el incidente, los ancianos, varios líderes de clan y un ANBU experto en sellos.
—No seas ridículo —se mofó nuestro líder —. El sello del Yondaime requiere algo más que una rabieta infantil para romperse.
—Hiruzen —lo interrumpió Koharu-san, la consejera —. No podemos confiarnos. La noticia se está corriendo, algunos niños vieron lo ocurrido...
—Herederos de clan —intervino Yamanaka-san —. Ellos no hablarán. Nos aseguraremos.
—Ya es muy tarde. El pueblo se va a enterar, el escalofrío del chakra del Kyubi se sintió hasta en las oficinas de la Torre Hokage.
—Yo propongo mano dura con la niña —dijo Danzo-san.
Ese hombre no me inspiraba ni pizca de confianza.
—Permiso para hablar —solicité.
—Habla.
Exhalé mi aire.
—Naruko Uzumaki es una niña revoltosa y traviesa, pero nunca había mostrado un comportamiento parecido. Ella ha evidenciado ser consciente de la existencia del Kyubi en varias oportunidades y de cierta forma toma ventaja del chakra de este ser, especialmente cuando al ser herida, sin embargo, en sus entrenamientos Naruko jamás usa esta fuerza, sin importar lo agotada o frustrada se encuentre. Lo que ocurrió esta mañana fue un incidente aislado que, como su maestro y pedagogo, considero que no debe trascender.
—¿Esa es su recomendación? ¿No hacer nada? —me criticó Homura-san, el consejero varón.
—Por supuesto que no, hay que hablar con ella, pero no considero necesaria una sanción. Naruko maneja toneladas de chakra diariamente sin dejar salir ni una gota; hoy fue atacada verbal y físicamente por un alumno que la golpeó y la lastimó para luego ser rodeada y sujetada por un montón de adultos. Ella se asustó y el chakra reaccionó. Es instinto.
—Y no hay que olvidar que es una mujer —agregó el ANBU.
—¿Qué tiene que ver el género? —criticó la consejera.
—¿Usted no se asustaría, Koharu-san, si un montón de hombres la sometieran contra su voluntad?
La anciana guardó silencio.
—Sí, el género aquí sí influye —consideró el Sandaime —. ¿Tú qué sabes del control de Naruko sobre el chakra del Kyubi, Iruka?
—No mucho realmente, pero he estado creando una conjetura todo el día.
—¿Conjetura?
—Sí. Una vez vi a Naruko llamar al Kyubi para que la curase de un raspón muy grande en su rodilla. Ella dijo que el biju dormía la mayor parte del tiempo, un sueño ligero que le permitía estar pendiente del estado de ella, pero que a veces la bestia caía en un sueño profundo del que tocaba llamarlo en voz alta. ¿Y si el Kyubi estaba profundamente dormido y se despertó por el miedo de Naruko? Esto explica por qué envió tanto chakra.
—¿El Kyubi es un ser pensante? —solicitó saber Hiashi-sama.
—Sí —contestó el Sandaime —. La bestia tiene un raciocinio complejo, igual que nosotros. Sumado a esto, acabo de recordar que el sello del Yondaime no deja pasar chakra más allá del necesario. Si tanto chakra se filtró fue porque Naruko, consciente o inconscientemente, lo consideró necesario y el Kyubi, que se interesa en ella únicamente por su supervivencia, se lo envió.
—Sigue siendo peligroso —decretó Danzo —. La niña necesita disciplina y entrenamiento.
—Es una niña de 9 años —el Hokage lo vio con dureza —, no un arma. Ya hemos tenido esta conversación, Danzo, y la respuesta no ha cambiado: no. Lo que ella necesita es autocontrol, la culpa la tuvo su explosión agresiva que requirió de ser suprimida por los Chunin, no su chakra.
—¿Y dónde está esa niña?
¿Esa niña? Uno esperaría más educación de Hiashi-sama.
—En su hogar —contestó el ANBU —. Llorando.
0oOo0
Con mis acciones limitadas por la presencia de los ANBU, traté de que Naruko abandonase su estado depresivo con mil chistes, anécdotas, muecas y un fallido intento de canto.
—Vamos Naru. No fue tu culpa.
—Sí lo fue —gimoteó.
—Bueno, sí, pero... no hubo heridos o muertos. Tómalo como una lección de no intentar matar al estúpido de Sasuke.
—Yo no quería asustar a Iruka-sensei. Al fin está siendo mi amigo, pero creí que ellos me iban a hacer algo malo.
—Lo sé —suspiré y volví a intentar animarla con los papeles que estaban sobre la cama: las invitaciones a su cumpleaños. Faltaban cuatro días —. Mañana le entregas una de estas y verás que él no está resentido.
Naru miró el sobre colorido que ya antes había empujado. Un rastro de esperanza cruzó su rostro repleto de llanto.
—¿Tú crees?
—Sí. Y Hinata tal vez no pueda ir, pero sé que querrá hacerlo.
Naruko absorbió su nariz y tomó la invitación.
—¿Tu mamá te dejará venir?
—Yo estaré aquí —garanticé.
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No supe cómo, pero la noticia no fue tan conocida. De alguna extraña manera que yo adjudicaba a mentiras, los civiles tenían la impresión de que Sasuke fue el causante del estallido de chakra que asustó a media aldea. Y tratándose del genio Uchiha, todos se lo creyeron ciegamente, incluyendo a Sakura y las otras niñas que avasallaban al imbécil ese en su pupitre; solo Ino me miró con cautela. Hinata, reina de la razón, estaba en su pupitre sacando sus enseres escolares con calma.
—Hola Hinata —le sonreí.
—Bue-buenos días Naruko-chan.
Hinata no me mostró el susto, recelo u odio que emitieron los adultos en la Academia.
—Ten. Es una invitación a mi cumpleaños —le entregué la tarjeta naranja y azul que mandó a imprimir el Hokage. La hora de la reunión era las seis de la tarde, una hora después del discurso del Sandaime, lo que inauguraba el festival —. Yo tuve le desdicha de nacer en medio del ataque del Kyubi, así que casi nadie va a mis cumpleaños. Sé que es probable que tu padre no te dé permiso, pero quería que supieras que estás invitada.
Hinata se sonrojó y sonrió ampliamente.
—¡Gracias Naruko-chan! Tra-trataré de ir.
—Buenos días clase.
Iruka-sensei... si mi relación con él se había ido al traste por culpa de mi ataque de ira y mi susto, muy justificado, con tanto Chunin sujetándome, le pediría a Kurama reiniciar todo de nuevo, así a Shikamaru le estallara la cabeza. Oh, y mataría al Sasuke de esta realidad antes de irnos.
Avergonzada, esquivé los ojos del maestro a lo largo de las clases, anotando como alumna juiciosa en mi cuaderno, cualquier cosa menos verlo directamente.
Cobarde.
No me jodas.
Ve y habla con él en el almuerzo.
¿Y si se enoja?
Haces que Shikamaru, el Sandaime e Itachi confíen en mis decisiones, pero tú no das el ejemplo. Mocosa miedosa.
—Estúpida bola de pelos —murmuré.
Shika miró en mi dirección, pero negué con la cabeza para que se despreocupara.
Bueno, no se me conocía como imprudente por nada. Al sonar la campana del almuerzo, con mi mochila y la invitación en mi mano, me estacioné frente a la mesa de Iruka-sensei mirándolo fijamente. Él, intuyendo que yo quería hablar sobre lo sucedido, alargó su ida, de modo que quedamos solos.
—Naruko-chan...
—Lamento lo ocurrido —junté mis manos en mis piernas e hice una reverencia —. Fue un accidente.
—Lo imaginé. No tienes nada de qué disculparte.
—¿No? —elevé mi cabeza sorprendida.
Iruka me sonrió.
Te lo dije.
—Quizá un poco por tu arrebato, pero en lo tocante al... chakra rojo, no hay nada que disculpar.
Vacilé antes de soltar un:
—¡Gracias!... ¿Iruka-sensei?
—¿Sí?
Le enseñé mi invitación. Sorprendido y curioso, él la tomó.
—Tengo la desgracia de ser el primer bebé recién nacido que el Yondaime encontró ese 10 de octubre. Mi sangre Uzumaki me hizo una Jinchuriki adecuada y mi cuerpo logró adaptarse al chakra del Kyubi. Sé que ese día murieron sus padres, pero también nací yo, para mala o buena fortuna. No sé cuál de las dos sea.
—Para buena —intervino mi sensei —. Sin ti no habríamos sobrevivido.
—Hum... el Hokage me hará una fiesta de cumpleaños a las seis. No es obligatorio que vaya...
—Estaré allí, Naruko-chan.
—¡¿En serio?!
—Sí.
—Ya-taa —grité con todo lo que tenían para dar mis pulmones.
Iruka-sensei se rio conmigo.
