Aviso: no lo he dicho en la presentación, pero esta historia también viene de lejos. Se puede leer su origen en "Besos: En la enfermería".
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Junio 2004
Neville recibió la llamada por flu en medio de la noche. Charlie salió tras el del dormitorio, abrochándose la bata, nunca era una buena noticia si llegaba en medio de la noche. Entre las llamas de la chimenea, la cabeza de Harry hablaba a toda velocidad. Lo único que alcanzó a entender fue parto y accidente.
— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Charlie, agachándose junto a él frente a la chimenea cuando la cara de su amigo desapareció.
— Luna se ha puesto de parto estando en casa de su padre. Han avisado a Rolf, que estaba aún en China, y ha habido un problema con el traslador. No saben aún que ha sido en concreto, pero está muerto. Y su mujer acaba de tener gemelos.
— Oh, Merlín —murmuró Charlie, abrazándole.
El vínculo entre Neville y Luna era muy estrecho, tanto que había sido una de las razones por las que Hanna había roto su compromiso.
— Tienes que ir, Nev. Pide un permiso y ve, tienes que estar con ella.
— ¿No te importa? Nuestro viaje a Rusia...
Tenían planeado su primer viaje juntos para diez días después, lo habían preparado con mucha ilusión.
— Cariño, esto va primero. Ve con ella, yo me encargaré de reorganizar el viaje para dentro de unos meses.
Neville le miró a los ojos y le abrazó, muy fuerte.
— Te quiero, Charles.
Charlie le besó con ternura, primero la frente y luego los pómulos, dejando al final uno muy suave en los labios.
— Y yo, Neville. Vamos, pongámonos en marcha, tienes unos sobrinos que conocer.
Dieciséis horas después, un Neville bastante agotado salía por una de las chimeneas de San Mungo. Corrió por los pasillos hasta el ala de maternidad, desencajado. Allí, sentado en el pasillo, se encontró con Harry, con aspecto también de no haber dormido y un café en la mano.
— ¡Harry! —llamó su atención mientras se acercaba.
Su amigo se puso de pie y dejó la taza en el suelo para abrazarle.
— Me alegro de que estés aquí, hermano.
Neville se separó y lo miró.
— Ya eres un Weasley, Nev.
Volvió a abrazarle.
— ¿Cómo está?
— Destrozada. No la había visto nunca así. Su padre está ahora con ella.
— ¿Y los niños?
— Delicados, son pequeñitos, se ha adelantado un mes.
— ¿Has avisado a Ginny? —preguntó, extrañado de no verla.
Harry se frotó la nuca, signo inequívoco de que algo se le indigestaba.
— Está de gira por Francia. Le he mandado un mensaje, pero aún no sé nada de ella.
— ¿Qué pasa, Harry?
Los ojos verdes le miraron un momento y luego se desviaron hacia la puerta de la habitación.
— Gin no tomó bien que se casara. Ni que fuera a ser madre tan pronto. No sé cómo va a reaccionar a esto.
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Ginny tardó tres días en aparecer. Cuando llegó a la sala de espera lo primero que se encontró fue a su cuñado con cara de reproche.
— Hola, Nev.
— Tres días, Ginny.
— Lo siento, yo...
Él negó con la cabeza.
— No me des a mí las explicaciones, dáselas a ella. Entra, está despierta.
Se llenó los pulmones de aire, lo soltó despacio y abrió la puerta de la habitación. Dentro, Harry hablaba muy bajo con Luna mientras le sujetaba la mano con firmeza.
— Hola.
Los dos se giraron a mirarla. Harry con casi el mismo gesto que Neville, Luna con aire más ausente de lo normal en ella.
Se acercó a la cama y se sentó en el lado opuesto al que ocupaba Harry, incapaz de separar los ojos del rostro pálido de su mejor amiga.
— Luna, yo... lo siento mucho.
Ella no le contestó, apenas hablaba esos días, pero liberó su mano y extendió los brazos, pidiendo un abrazo. Ginny respondió rodeándola con sus brazos con fuerza mientras un gran nudo se instalaba en su garganta. Ni siquiera fue consciente de que Harry se levantaba y salía, solo podía pensar en el pequeño cuerpo que se aferraba a ella y lloraba de un modo que le destrozaba por dentro.
— Lo siento mucho, cariño, lo siento, lo siento, lo siento...
Eso era todo lo que era capaz de decirle para consolarla. Luna era su persona preferida en el mundo y jamás la había visto llorar. Había sido ella la que le había consolado por horas por la muerte de Fred y después por la ruptura definitiva con Harry. La que le había abierto los ojos con una noche de besos. Y a la que había abandonado después por el Quidditch.
Lo había hecho mal, muy mal. Cuando acabó la escuela y Luna le dijo que se dedicaría a viajar un año con su padre, se enfadó, como la niña caprichosa que era. Se separaron enfadadas y apenas se habían vuelto a ver en esos cinco años. Ella se había centrado en su carrera y Luna había conocido a Rolf en uno de sus viajes.
Cuando recibió la carta de su amiga, hablando con ilusión del chico que había conocido y de sus planes de matrimonio, se sintió fatal. Harry se dio cuenta, porque le conocía bien, se habían convertido en amigos muy cercanos después de superar su ruptura, y la animó a ser sincera, a confesarle a Luna cómo se sentía respecto a ella, pero no le hizo caso. Le entró pánico a acabar de estropear su amistad y trató de superarlo y de poner buena cara en la boda y las veces que se vieron posteriormente.
La entrada de un enfermero interrumpió su abrazo. El hombre venía con una sonrisa, empujando una especie de cunita doble.
— Hola, Luna. Te traigo a tus bebés un ratito —le saludó con voz empática—. ¿Recuerdas lo que hemos hablado? necesitan contacto contigo.
A Ginny se le hizo un nudo en la garganta al ver esos pequeños envueltos en mantitas y la falta de reacción de Luna al ver a sus hijos. No dijo nada, apretó los dientes y ayudó a su amiga a sentarse en la cama. El enfermero sacó con cuidado a uno de los niños, que lloriqueaba bajito como un gatito. Con paciencia, ayudó a Luna a colocarlo en su pecho, para que el pequeño pudiera comer. Los ojos de su amiga brillaron un poco al sentir a su hijo tratando de sacar leche de su pecho.
No pudo evitarlo, se le llenaron los ojos de lágrimas cuando vio a Luna acariciar con cuidado la cara de su bebé y susurrarle dándole ánimos para que comiera. Miró al enfermero, que también tenía los ojos sospechosamente brillantes. Entonces otro llanto llegó desde la cunita. El enfermero se acercó a sacar al otro bebé y, con él en los brazos, le miró con una pregunta muda en la cara. No se lo pensó demasiado, estiró los brazos y tomó el liviano paquete envuelto en una mantita azul. Lo acunó, con palabras suaves y dulces. Le acarició la pequeña naricita con la suya propia, aspirando el olor a bebé.
Miró de nuevo a Luna, que observaba embelesada al bebé entre sus brazos succionar con esfuerzo. Supo que estaba viendo un cambio, que había sido afortunada de presenciar la primera conexión de su amiga con uno de sus hijos, tras tres días sepultada por su pena.
— Volveré en un ratito a buscarlos —murmuró el enfermero, inmerso también en el ambiente íntimo que se había generado entre madre e hijo—. ¿En unos minutos le ayudas a cambiar?
Ginny asintió, acunando de nuevo el bebé entre sus brazos, un gesto inconsciente pero que le nacía de muy adentro.
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Seis meses después
La lechuza que llegó aquella mañana era la tercera de la semana. Ginny la despidió impaciente y volvió a ayudar a su madre en la cocina.
— ¿Otra carta del entrenador? —preguntó su madre, sin perder de vista la tarta que decoraba.
Su hija resopló, tratando de quitarse el flequillo de los ojos mientras ponía un cuchillo a cortar patatas para la cena.
— Se me acaban las excusas. Si no vuelvo a entrenar a principios de año, me echan.
— ¿Y qué vas a hacer?
Se dejó caer en una de las sillas de la cocina, frotándose los ojos.
— No lo sé, mamá.
Molly dejó con cuidado el cucurucho que había usado para escribir un gran "Felicidades Charlie" y se sentó junto a su hija.
— Luna puede seguir aquí con nosotros, estaremos encantados de ayudarla con los bebés el tiempo que haga falta.
— Gracias, mamá. Lo que no sé si quiero irme yo. Pensar en separarme de ellos...
Su madre le tomó una mano y Ginny levantó los ojos castaños y los fijó en los de su madre, igualitos a los suyos.
— Cariño, no sé si esto es sano para ti. Ni para ella. Si has de volver a tu vida, cuanto antes mejor. Ella tiene que empezar a ver qué hacer con la suya también.
— ¿Realmente crees que es más sano marcharme? No puedo abandonarla ahora. Y los niños... me desgarro por dentro de pensar en dejarlos.
Molly la miró con una mezcla de compasión y preocupación.
— Hija mía, acoger en tu vida a hijos que no son tuyos es muy duro.
— Tú lo has hecho. Y Dora y Fleur.
— Y se sufre, porque cuando los pierdes duele igual que a un hijo que has parido. ¿Te imaginas lo que sufriría Dora si su familia se rompiera y tuviera que despedirse de Victoire, Dominique y Louis?
Ginny cerró los ojos, los apretó y se frotó con fuerza la frente. En el salón, la chimenea sonó y su madre se levantó con un suspiro para ir a recibir al cumpleañero.
Espero unos minutos a calmarse, concentrada en las patatas. No estaba preparada para recibir otra charla de su hermano o de Neville, pero la que la sorprendió con la mirada un poco perdida fue Luna.
— ¿Gin?
Levantó los ojos y la vio allí, en la puerta de la cocina, con una de esas túnicas abotonadas que ahora usaba para poder dar de mamar a los bebés. Llevaba en brazos a uno de ellos, al que frotaba la espalda.
— Estás distraída —le dijo con su voz suave, sentándose junto a ella.
— Estaba concentrada en las patatas. ¿Has dejado a Lys arriba?
La rubia negó con una pequeña sonrisa.
— Me temo que Charlie se ha apoderado de él. Tú hermano tiene un brillo especial.
— Será el amor —comentó Ginny entre dientes, acariciando las manitas de Lorcan, que jugaba con el pelo de su madre.
— Seguro, Neville también brilla.
En ese momento Lorcan, que llevaba un rato chupando el hombro de su madre, decidió que aquello no era sustancioso y que quería comida de verdad y comenzó a llorar. Sin perder la calma, Luna se desabrochó la túnica y acercó a su hijo a su pecho, que se agarró como si no se hubiera alimentado tres horas antes.
Ginny observó la estampa. Lo que se le removía dentro cada vez que veía a Luna alimentando a los bebés era una cosa extraordinaria. Bueno, en general lo que le removía Luna era increíble.
— Tienes que volver al trabajo, Gin.
— Pronto.
Los ojos increíblemente azules de Luna la miraron. Ginny estaba convencida de que esa mirada podía leerle dentro, hasta los más recónditos secretos.
— No tienes ninguna deuda conmigo —le dijo finalmente, volviendo a mirar al bebé que se aferraba a su pecho.
Ginny fue a abrir la boca para contestar, pero entró Neville con Lysander en brazos, que se removía inquieto.
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Volvió a entrenar. Y a viajar. Pero el Quidditch no era ya lo mismo. En cuanto podía se escapaba a casa de sus padres, hasta que llegó de visita en abril, aprovechando las vacaciones de Pascua, y se encontró con que Luna se había mudado.
No se lo pensó mucho, se plantó en la puerta de Xenophilus Lovegood y golpeó. Luna salió a abrir con un niño llorando en brazos, la trenza medio derecha y los ojos un poco enrojecidos.
— Hola, Gin —saludó, mirándola a ella y al interior de la casa alternativamente.
— Madre mia, ¿estas bien? —preguntó preocupada, siguiéndola al interior de la casa cuando se oyó otro llanto infantil— ¿Dónde está tu padre?
— Demasiado ruido —contestó, el tono más seco que le había escuchado desde el colegio.
Ginny no comentó nada, se limitó a tomar en brazos a Lysander, que lloraba sentado en una manta. Lo paseó por la desordenada sala de estar mientras Luna calmaba a Lorcan y le daba la merienda.
— ¿Por qué no te quedaste con mis padres?
— Tengo mi casa.
— Luna...
— Ya, Ginny. Ya lo sé, pero tengo que buscarme la vida, son mis hijos.
— Nosotros solo queremos ayudarte —le contestó suave, tomando la servilleta para limpiar la cara a Lorcan, que se había embadurnado de papilla.
— ¿Por qué hacéis esto por mí? —preguntó en un susurro.
Ginny sintió que se le rompía algo dentro al ver que le caía un lagrimón, redondo y brillante.
— Porque te queremos —hizo una pequeña pausa y siguió hablando, con la sensación de saltar al vacío—. Porque te quiero, Luna. Y sí que te debo algo.
— ¿El qué?
— Debí irme contigo. El quidditch habría estado ahí al volver, debí anteponerte a todo. Así que lo haré ahora, aunque no sea ya lo mismo. Déjame ayudarte, por favor. Déjame... vivid conmigo. Déjame al menos ser la mejor amiga que se pueda ser.
— No puedes renunciar a tu carrera.
— Puedo hacer muchas cosas si se trata de vosotros.
Luna se giró a mirarla, los pómulos enrojecidos y los ojos brillantes.
— Gin yo... no es lo mismo.
— Lo sé.
— Lo pensaré —respondió finalmente, volviendo su atención al niño que reclamaba con la boca abierta.
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La casa era cálida. Eso era lo que le evocaba a Ginny cada vez que llegaba de trabajar. No había sido difícil conseguir un trabajo de instructora de vuelo. Trabajaba para la liga infantil de quidditch y estaba en casa a horas razonables. Y eso le hacía feliz.
También era ruidosa, claro, porque había por allí dos niños llenos de energía. Y mística, con Luna siempre había olor a alguna hierba rara quemándose. Pero también olía a galletas, como ese día poco antes de Navidad.
Los niños ya correteaban, así que salieron a recibirla al escuchar el sonido del flu. Caminó hasta la cocina con uno en cada brazo.
— ¿Galletas de Navidad? —preguntó, sentándolos a los dos en sus respectivas sillas para la cena.
Luna sonrió.
— Mi madre las hacía siempre. Quiero llevar algunas a casa de tus padres.
No estaba muy convencida de querer pasar las fiestas con su familia. Había detectado miradas de pena en las últimas reuniones familiares. Sabía que para los demás era difícil de entender que ella estaba bien con lo que tenía, que era feliz sin pedirle más a Luna. Su recuperada amistad y los niños, no necesitaba más.
Aquella noche, al acostarse, seguía dándole vueltas. Al día siguiente lo hablaría con Luna, no tenían porqué pasar la Nochebuena con sus padres. Un golpecito en la puerta la sacó de sus pensamientos.
— ¿Puedo entrar? —preguntó Luna.
Asintió, claro. Su amiga entró, en camisón, descalza, el largo pelo suelto cayendo por la espalda. Y una caja en la mano.
— Olvidé decirte que había llegado un paquete de tus padres esta mañana —le dijo mientras se sentaba en su cama con las rodillas pegadas al pecho.
En esa postura le recordaba a cuando se colaba en Gryffindor por las noches para dormir con ella. Parpadeó y tomó la caja. La abrió con cuidado y tuvo que parpadear otras tres veces al ver lo que había dentro.
"Queridas Ginebra y Luna,
una familia es un vínculo basado en el amor y el respeto y vosotras habéis creado una muy bella. Os enviamos nuestro cariño y el primer adorno para vuestro propio árbol de Navidad, para que nunca olvidéis que sois una rama de un gran árbol que os va a cobijar para siempre.
Con amor,
Molly y Arthur".
Ginny sintió que se le apretaba un nudo en la garganta, de emoción. Era justo lo que necesitaba en ese momento, el espaldarazo de la comprensión de sus padres.
Luna sacó la bolita con cuidado y la observó.
— Tu familia es maravillosa, Gin —susurró, mirando hipnotizada la caída de la nieve sobre la pequeña casa.
— Tú eres maravillosa, Luna.
Recibió una sonrisa, una grande y luminosa. Le tendió la mano y juntas bajaron al pequeño salón y colocaron el adorno con cuidado en la parte alta del árbol, a salvo de pequeñas manitas.
Volvieron a subir, cada una en sus pensamientos. Al llegar a la puerta de su habitación, fue Luna la que habló.
— ¿Puedo quedarme un rato?
— Claro.
Se metió en la cama y abrió una esquina, invitándola a entrar. Ella se puso todo el pelo sobre el hombro y se metió en la cama, tumbándose de frente, de nuevo compartiendo almohada.
— Hace días que tienes como una nube gris sobre la cabeza, ¿qué te preocupa?
Sonrió, porque era imposible no hacerlo.
— En las últimas reuniones familiares he sentido que me miraban con pena.
Los ojos azules la examinaron un momento en silencio, antes de que una pequeña mano muy blanca se posara sobre su mejilla. Y tembló, era mucho tiempo sin sentir eso.
— ¿Por mí? ¿Por nosotras?
— Porque no entienden que pueda ser feliz así.
— ¿Lo eres?
— Lo soy. ¿No me crees?
— Te creo. Te veo feliz.
— Que mis padres lo entiendan me ayuda. Esta tarde pensaba en no ir a la cena de Nochebuena.
La manita sobre su mejilla le acarició con suavidad. La miró durante unos minutos, mientras los ojos azules se cerraban y su mano se escurría de su mejilla. La tapó con cuidado y apagó la luz. Antes de cerrar ella misma los ojos, le besó con cuidado en la frente y murmuró.
— Ojalá estar de nuevo en la enfermería —musitó Ginny—. Haría tantas cosas diferentes.
