Aviso: en esta historia Harry no tiene hijos biológicos, pero a cambio tiene un ahijado, Sirius James Lupin, SJ para la familia. Tiene la misma edad que Louis Weasley y los gemelos Scamander. Y otro detalle, aquí Scorpius y Rose solo tienen un año menos que el cuarteto.

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Agosto 2008

Harry salió del flu en El Refugio una tarde de verano. Apenas había dado dos pasos cuando algo chocó contra sus piernas. Al mirar hacia abajo se encontró con los ojos más increíbles que había visto nunca, y con un puchero. Se agachó con cuidado y ayudó al pequeño niño a ponerse de nuevo de pie.

— ¿Y quién eres tú? —preguntó suave.

— Yo soy Scorpius —respondió el pequeño, levantando la barbilla con un gesto que reconoció inmediatamente.

— Aquí estás —escuchó una voz desde la puerta.

Se incorporó y miró al padre de la criatura, sorprendido.

— Hola, Malfoy.

— Potter —le contestó con voz neutra y una inclinación de cabeza —. Cuánto tiempo.

— ¿Qué haces tú aquí?

El rostro puntiagudo pasó de neutral a estar a la defensiva en segundos.

— Mi prima me ha invitado al cumpleaños de mi sobrino.

— Oh —fue todo lo que atinó a contestar Harry antes de que el niño corriera a abrazarse a las rodillas de su padre.

Malfoy no dijo nada más, lo cogió en brazos con una facilidad que evidenciaba la práctica, se dio la vuelta y salió. Harry parpadeó un par de veces, desconcertado aún. La cabeza de pelo rosa de Tonks se asomó a la puerta unos segundos después.

— Ey, Harry, ¿no sales al jardín? la fiesta es afuera.

Salió de su estupefacción y se acercó con una sonrisa a saludar a su amiga con un breve abrazo.

— Acabo de conocer a tu sobrino Scorpius.

— Uh, no me acordé de avisarte de que venía Draco —le dijo, sujetándole del brazo para detenerle antes de atravesar la puerta al jardín—. Remus me dijo que no os llevabais bien en el colegio.

La mano morena se puso sobre la de la aurora y le sonrió.

— No pasa nada, solo estoy sorprendido. No sabía que se había casado.

Tonks miró un momento al jardín antes de hablarle bajo.

— No se ha casado. Todo lo que sé es que Scorpius es fruto de una noche loca, que su madre renunció a él y que Draco y sus padres no están en buenos términos porque ella no es sangrepura y no se han casado.

— Oh.

— Mi madre me lo contó y bueno, hacía mucho que quería tener una excusa para acercarme a mi primo, es mi única familia.

Harry le tomó por el hombro y apretó. Dora era el corazón de su familia y si ella había decidido acoger a su primo, estaba seguro de que el hombre merecía la pena.

— Vamos a ver a ese cumpleañero —le dijo finalmente, besándole la mejilla.

En el jardín correteaban un montón de niños Weasley. La familia no paraba de crecer y seguía siendo tan acogedora como siempre, así que no le sorprendió ver a Rose y a Molly rodeando a Scorpius para jugar, ante la dura y aún desconfiada mirada de su padre, que estaba sentado a un lado solamente con Fleur.

Saludó aquí y allá. Suspiró al ver a Hermione y Audrey sin sus maridos, que seguían oponiéndose a ir a casa de su hermano mayor. A cambio, George y Bill eran los reyes de la chiquillería, ya había más de una decena de Weasleys de distintos tamaños gritando y corriendo de un lado a otro. Dora se acercó a la mesa a poner un poco de orden y él se acercó a Luna, sentada cerca de Draco y Fleur.

— ¡Hola! —le saludó ella con su voz de pajarito, besándole la mejilla.

— Hola, cariño. ¿Cómo estás? ¿Y Gin?

La rubia hizo un pequeño puchero que divirtió mucho a Harry, jamás habría dicho que Luna era capaz de hacer pucheros

—La han llamado para una reunión en la Federación. ¿Cómo estás? —cuestionó, poniéndole la mano sobre el brazo—. Siento lo de Colin.

No había secretos en esa familia, su ruptura era en ese momento el comentario en todas las reuniones.

— Tenía que acabar pasando, Luna.

— Has estado más fuera que dentro de esa relación todo el tiempo, Harry —le renegó con suavidad.

Él solo apretó los labios y miró a los niños que jugaban por el jardín. No se dio cuenta de que unos ojos grises le miraban con interés. Le distrajo un suspiro de Luna.

— ¿Va todo bien? —le preguntó.

— Creo que Ginny ha conocido a alguien.

Se quedó mirándola, perplejo.

— Disculpa —dijo por fin después de una pausa—, pensaba que tú eras incapaz de sentir celos.

Ella solo hizo un gesto con la mano, como si espantara un nargle de la cara. Y busco con la mirada a sus hijos y al cumpleañero, siempre preparados para meterse en un lío.

— Luna, igual es tiempo de que tú también conozcas a alguien.

— Ya lo he hecho.

— ¿Qué es lo que te molesta entonces?

— Que sea demasiado tarde.

Harry comprendió y la abrazó.

— Habla con ella —le murmuró al oído—. Estoy seguro de que no es tarde.

— Me ha dicho tantas veces que es feliz con lo que tenemos, Harry —le susurró a su amigo.

—Porque lo es. Pero eso no quita para que tú seas tú, Luna.

Un carraspeo a su lado les hizo levantar los ojos. Ahí estaba Ginny, mirándolos con una ceja levantada. La fachada intimidante, una broma realmente entre ellos, desapareció rápidamente al ver la cara compungida de Luna. Se agachó ante los dos, preocupada.

— ¿Qué pasa?

Harry miró un momento a Luna, recordándole con la mirada que solo tenía que hablar con Ginny, y luego se levantó, dejando el asiento libre a la pelirroja, que se sentó rápidamente y tomó una de las manos de su mejor amiga.

— ¿Te encuentras bien? —le insistió en un susurro preocupado.

— Estoy bien, tranquila.

— ¿Qué pasa entonces?

Luna le miró un momento, luego apartó la mirada y murmuró:

— No es nada, hablamos luego en casa.

Para terquedad la de un Weasley. No iba a moverse de allí, ni un centímetro, sin una respuesta.

— Ginny, por favor. Déjalo estar.

No le respondió, solo siguió mirándole con el mismo gesto porfiado y sin soltarle la mano.

Luna suspiró, miró un momento a Harry, que le animaba con un gesto poco sutil a unos metros, y apretó los labios.

— ¿Has conocido a alguien? —preguntó muy bajito, apretando la mano de Ginny.

Ella la miró desconcertada.

— No... ¿Por qué...?

— Pareces más feliz. Y tienes muchas reuniones.

Ginny suspiró.

— Las reuniones son para un nuevo proyecto de trabajo. Por eso estoy contenta, quería darte una sorpresa. ¿En serio crees que si hubiera conocido a alguien no te lo diría?

— Han pasado cuatro años, podrías seguir con tu vida.

— Tú —acentuó el pronombre con un ligero apretón de su mano— y los niños sois mi vida. Estoy donde quiero estar, Luna.

Luna sonrió, con los ojos brillantes de lágrimas. Y entonces el jardín de El Refugio se quedó en silencio, porque Luna tiró de la mano que sujetaba hasta acercar a Ginny y besarla. Tras el breve silencio sorprendido, comenzaron los aplausos. Harry contempló maravillado a Luna sonreír y murmurar un "te amo" antes de repetir el beso y a Ginny abrazarla tan fuerte que parecía que quería fundirse con ella.

Miró a su alrededor; el romántico momento pareció tener el influjo de un hechizo. Vio a sus anfitriones intercambiar miradas y por un momento quiso verlos también abrazarse y besarse. No con un afán morboso, sino porque merecían poder mostrarse amor en público sin ser juzgados. Y a pesar de los años transcurridos aún no se sentían cómodos siendo cariñosos delante de la familia.

Vio a George acercarse hasta Angelina, murmurarle algo al oído que la hizo reír y luego abrazarla por la cintura, rozar sus narices, y besarla hasta dejarla sin aire. Y entonces su mirada se cruzó con la del invitado sorpresa. Le sorprendió ver en los ojos grises algo familiar, algo que veía en los suyos a menudo: vacío.

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La fiesta siguió, con su tarta, niños hiperactivos gracias al exceso de azúcar, adultos hablando cada vez más alto para hacerse oír por encima del griterío. Hubo un momento en que Harry necesitó escapar y entró en la casa con la excusa de coger un vaso de agua. Al ir a entrar a la cocina se encontró con una imagen muy tierna: Bill estaba sentado en el mostrador de la cocina y abrazaba con las piernas a Remus , que tenía las manos apoyadas en los fuertes muslos. Estaban muy pegados y hablaban bajito, con una sonrisa. Caminó hacia atrás con cuidado y cerró la puerta cuando Bill se inclinó hacia delante y acarició con la nariz la garganta de Remus, un gesto que le pareció más íntimo que un beso.

Al salir de espaldas no vio que otra persona se acercaba por detrás, cargado con platos. Le detuvo un gruñido justo antes de chocar.

— ¡Potter!

Se volvió, sobresaltado y un poco sonrojado.

— ¡Lo siento! —se disculpó rápidamente, tomando alguno de los platos— No es un buen momento para entrar a la cocina.

Malfoy levantó una ceja interrogante.

— Remus y Bill están teniendo un momento cariñoso —confesó finalmente, porque parecía que Malfoy estaba esperando una explicación.

— Oh —fue lo único que atinó a decir Malfoy.

Harry analizó su gesto, la costumbre del interrogador.

— Todavía se te hace extraño.

El rubio suspiró. Dejó los platos que llevaba en la mano sobre la mesa más cercana y se sentó en el sillón.

— La primera vez que vine a visitar a mi prima me encontré con cinco niños. Me extrañó, porque las niñas eran muy rubias, pero no le di más vueltas. Estaba nervioso.

El auror se sentó en el sillón más cercano y sonrió.

— Dora no te había dicho nada. ¿Por qué estabas nervioso?

Negó con la cabeza.

— Me escribió una carta, por mi cumpleaños. Me sorprendió, porque era la última persona que había esperado que me felicitara. No decía mucho, solo que sabía que pasaba un mal momento con mis padres y que quizá querría venir con Scorpius a merendar y que los niños se conocieran. Estaba nervioso porque bueno, Remus me intimida bastante —confesó bajando un poco la voz y mirando hacia la puerta de la cocina.

— ¿En serio? —preguntó, alzando las cejas sorprendido—, jamás lo habría dicho.

— Fue un buen profesor, aunque yo fuera un gilipollas y en ese momento no supiera apreciarlo. Y mi experiencia con licántropos en la guerra...

Harry asintió, comprensivo.

— Supongo que la merienda fue bien, porque estás hoy aquí.

Malfoy le miró con un gesto que decía "Así de brillante es el cuerpo de aurores" y el no pudo evitar la carcajada.

— Me sorprendió encontrarme con Fleur también. Y verlas a las dos con los niños, tienen esa dinámica tan curiosa...

— ¿Curiosa en qué sentido?

— Acuden a ellas, indistintamente, y ellas no hacen distinciones. Entonces no podía entenderlo, no sabía que se han criado los cinco como hermanos.

— Y no les insinúes que no lo son. He visto a Victoire pegarse con la hija de un compañero del banco de Bill y Fleur porque le dijo que Ted no era su hermano.

La cabeza rubia asintió y echó un vistazo hacia el jardín por las cristaleras abiertas, Scorpius jugaba sentado en el suelo y vigilado por Hermione y Audrey.

— Aún con todo, estaba cómodo. Y créeme que no soy de los que se sienten cómodos con desconocidos. Hasta que llegó Lupin de trabajar. Los niños fueron todos a por él. Yo ni siquiera sabía que él da de nuevo clases en Hogwarts. Saludó a los niños, los escuché llamarlo papá. Vino, me saludó y...

— Las saludó a las dos con un beso —concluyó Harry, con una sonrisa.

Asintió, mirando de nuevo hacia afuera. Remus y Bill debían de haber salido por la puerta de la cocina al jardín, caminando muy juntos, pero sin tocarse.

— Ellos no invitan normalmente a gente a su casa, Malfoy —le contó Harry en voz baja, siguiendo la dirección de su mirada—. Solo la familia, y aún así son muy comedidos.

— Me parece... fascinante, que lo hayan hecho funcionar.

— Diez años. Es admirable, sí. Hace un rato lo pensaba, es una pena que después de este tiempo aún haya familia que no lo acepta.

Malfoy le miró, sorprendido.

— ¿De verdad? hoy me ha parecido que los Weasley son muy acogedores.

Harry torció el gesto. No llegó a contestar, porque veía a Hermione venir hacia ellos con Scorpius en los brazos, frotándose los ojos.

— Creo que te reclaman, Malfoy —señaló con la cabeza hacia afuera.

El hombre se puso rápidamente de pie y fue al encuentro de su hijo, tomándolo en brazos. Harry sonrió y se levantó para llevarse los platos a la cocina y beber ese vaso de agua que tenía pendiente.

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Coincidió unos días después de la fiesta con Tonks en el comedor. Ella comía, al final de un largo turno a las cinco de la tarde, él buscaba un café. Se sentó a acompañarla mientras daba pequeños soplidos a su bebida.

— Draco vino anoche a cenar —dejó caer ella en un momento de silencio, después de hablar de su última misión.

— Me alegra que estéis conectando bien.

Dora sonrió, un poco ladina, mientras estiraba la mano para tomar el vaso de agua.

— Parece que vosotros también conectasteis bien en el cumpleaños.

Harry no le contestó, solo sonrió y movió la cabeza negativamente.

— Ayer estuvo preguntando por ti —insistió ella.

— Dora, no.

La aurora le miró con un gesto que parecía confuso e inocente a la vez.

— ¿No qué? Solo digo que Draco parece interesado.

— No te metas a casamentera.

Ella se echó hacia atrás, con los brazos cruzados y un puchero.

— Con Angie funcionó.

Su jefe volvió a negar con la cabeza.

— No pongas a tu primo en ningún compromiso, que te conozco.

— Harry, ¿qué tiene de malo? Es guapo, amable, buen padre, inteligente. No le interesa tu fama. Y ya habéis probado que podéis tener una conversación adulta.

— Que podamos hablar civilizadamente solo indica que los dos hemos madurado. De ahí a poder tener una cita hay un mundo, Dora. Así que olvídate.

Era mucho esperar que Dora Tonks hiciera caso. En su cabeza tenía lógica, unir a las únicas dos personas de su entorno solteras. Así que, como Harry se negaba a tener una cita, decidió que cada vez que invitara a uno a casa, invitaría al otro.

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Una noche de sábado de noviembre, estaba en la cocina preparando unas bebidas cuando sintió unos brazos rodearle la cintura. Una nariz un poco fría le rozó el pómulo a la par que recibía un beso en la mejilla.

— Pequeñaja, ¿otra vez jugando a las casamenteras? —le preguntó Bill divertido—. Que Draco y Harry coincidan en casa tres veces en dos meses no se lo cree nadie.

Ella se encogió de hombros, causando que Bill soltara una risita y la abrazara más fuerte.

— Harry tiene cara de querer maldecirte el culo, te aviso.

La liberó, tomando la bandeja y dejando que ella abriera paso y le sujetara la puerta. En el salón, Draco charlaba con Remus, mientras Harry miraba a Fleur que estaba en una esquina de la habitación rodeada de todos los niños y con Scorpius en las rodillas, contando cuentos.

Bill tenía razón, Harry la miró con cara de "El lunes te voy a mandar a patrullar por delante de Sortilegios Weasley". Ella contuvo una sonrisa y miró a su primo, enfrascado en una conversación sobre educación con su marido.

Los últimos años parecía que para Remus se había congelado el tiempo. El hombre consumido y envejecido del que se había enamorado era ahora un apuesto hombre maduro, cercano ya a los cincuenta, pero más vital que a los treinta. Le sentaba bien la vida que tenía ahora, su familia, su trabajo, sus libros. Correr acompañado bajo la luna, siempre protegido y consciente gracias a la poción matalobos.

Draco se había ganado un hueco en la familia cuando comenzó a enviar cada luna llena la poción que su laboratorio había perfeccionado en los últimos años, insistiendo en que era su deber de Black cuidar de su primo político. Había sido su manera de superar el miedo irracional que le generaba la licantropía y tender un puente hacia un hombre que admiraba. Verlos ahora envueltos en una conversación tranquila le calentaba a Dora el corazón. Y sabía que era un detalle que no pasaría desapercibido para Harry, el más férreo defensor de Remus en la vida pública.

Mientras, Harry no pudo resistirse a levantarse y sentarse junto a Fleur y los niños. Le encantaba sentirse parte de la familia y era el tío favorito de todos los niños de la manada. En cuanto se sentó, SJ trepó rápidamente a sus rodillas. Su ahijado, que llevaba orgullosamente el nombre de dos merodeadores, era el más inquieto de los cinco. Siempre mano a mano con Louis, apenas unos meses mayor.

El pequeño metamorfomago cambió rápidamente a los colores de su padrino y se apoyó en su pecho, bostezando. Harry lo abrazó un poco más fuerte, permitiendo al pequeño acurrucarse. Se dejó envolver en la habilidad de Fleur para contar cuentos. Parecía tener un flujo inagotable de anécdotas y aventuras, que embelesaba a sus hijos y al pequeño Scorpius.

No vio los ojos de Draco desviarse de vez en cuando de Remus para observarle a él, riendo y gesticulando como un niño más. Tampoco lo vio seguirle con la mirada cuando, al acabar la hora de los cuentos, cogió al dormido SJ en brazos y le dio la mano a Louis, que cabeceaba también, para subir al dormitorio.

— A Harry le gustan mucho los niños. Y a ellos les encanta pasar tiempo con él. Estoy seguro de que habría sido un gran maestro —comentó Remus, tras despedirse de sus hijos.

— He oído que se lo han ofrecido varías veces —respondió Draco, mirando la escalera por la que acababan de desaparecer niños y adultos, incluido su hijo.

— Le gusta demasiado su trabajo.

— ¿Eso fue lo que pasó con Creevey? Dicen que el horario de los aurores puede ser una locura.

Remus movió la cabeza negativamente y se agachó para remover los leños de la chimenea.

— Creo que Colin venía cegado por la admiración, el culto al héroe. Y lo que más odia Harry es la fama. Él es una persona familiar, ya tiene demasiada visibilidad en su trabajo. Colin quería salir, ir a todos los eventos a los que invitan a Harry. De hecho, en seis años creo que ha venido a tres eventos familiares. Y te aseguro que los Weasley celebran muchas cosas.

Draco asintió. No comentó nada, los demás adultos se unieron a ellos para servir la cena y la charla fue por otros derroteros. Pero no pudo dejar de registrar la sonrisa feliz de Potter por algo tan banal como una conversación sobre futuros regalos de navidad para los sobrinos.

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La única cosa para la que Harry usaba su fama era para colaborar en causas benéficas. Hermione le tenía que parar muchas veces, porque si por él fuera mantendría de su propio bolsillo todo lo que pudiera, especialmente si había niños implicados.

Al llegar la Navidad, siempre había alguna recogida de fondos, o de juguetes, o de pociones curativas, todo era bienvenido. No solo iba a esas fiestas, sino que movilizaba a todos sus amigos y conocidos, así que no le sorprendió encontrarse con Malfoy al llegar el 22 de diciembre a la primera.

— Malfoy —le saludó, tendiéndole la mano.

— Cuanto tiempo, Potter —contestó serio.

Harry sonrió en respuesta, habían cenado juntos en El Refugio tres días antes, Dora no se rendía en su empeño de conseguir que el roce hiciera el cariño.

Escuchó el click de una cámara de fotos y supo que su apretón de manos iría al día siguiente en primera página en El Profeta.

— ¿Qué tal la garganta de Scorpius? —preguntó, cogiendo una copa de una de las bandejas que se movían entre el público.

El pequeño estaba pachucho unos días atrás y Draco había estado recopilando consejos para conseguir que se tomara las pociones y se quedara tranquilo en la cama.

— Mejor, gracias —respondió, dando un sorbo de su copa.

— Te agradezco que hayas venido, se que tú tampoco eres fan de estos eventos.

Malfoy sonrió un poco.

— Eres extraordinariamente tenaz, Potter, es difícil decirte que no a algo.

Los dos se quedaron un minuto callados, conscientes de todos los dobles sentidos de la frase.

— ¿Qué harás al final en Nochebuena? —cambió de tercio sin sutileza Harry finalmente—. La invitación de los Weasley sigue en pie.

Draco no contestó inmediatamente, haciendo que Harry se girara a mirarle. Estaba un poco pálido, como si hubiera visto un fantasma. Siguió su línea de mirada hasta una mujer joven vestida de negro que hablaba con un señor mayor.

— ¿Estás bien? —se interesó, preocupado por el gesto descompuesto del siempre controlado rubio.

— Necesito tomar aire. Si me disculpas.

Le disculpó, cinco minutos. Después empezó a preocuparse, sin perder de vista la puerta por la que había salido al jardín. Al cabo de diez minutos decidió que necesitaba asegurarse de que estaba bien, así que fue al ropero, pidió los dos abrigos y salió. Lo encontró a unos metros, sentado en los escalones que bajaban desde la terraza al jardín, con un cigarrillo en la mano. Sin decir nada, le puso el abrigo sobre los hombros y se sentó a su lado.

— Es la madre de Scorpius —confesó Draco con voz ronca.

— Ohh —fue todo lo que atinó a decir.

— No la había visto desde que firmamos los papeles. Pensaba que estaba en Alemania. Ese es su marido.

— ¿Crees que ella va a causar un problema? Puedo hacerme cargo.

Draco le miró de refilón, expulsó el humo hacia arriba y casi sonrió.

— Calma, jefe Potter. Solo me he sobresaltado, nada más, no esperaba volver a verla.

Se quedaron un momento más en silencio.

— ¿Scorpius no pregunta por ella? No puedo hacerme a la idea de lo que es saber que tienes una madre que se ha desentendido de ti —murmuró Harry.

— Es pequeño. Pero últimamente sí pregunta, sobre todo desde que va a menudo a casa de mi prima y allí hay dos mamás.

— No lo había pensado —confesó el auror, pesaroso.

— A veces me asusta pensar que ella cambia de opinión y vuelve a llevárselo—murmuró de vuelta Draco, encendiendo otro cigarrillo con manos temblorosas.

— ¿Puede hacer eso? —preguntó preocupado.

— Soy yo, Potter. Con mis antecedentes todo es posible.

— Eso no...

— No me digas que no es cierto —le interrumpió, girándose a mirarle con los ojos brillantes de ira—. Tú ves el sistema por dentro. Y sí, conozco tu fama, sé cómo tratas de hacer las cosas, pero no puedes negar que más de un juez le daría a mi hijo sin dudar aunque sea la peor madre del mundo.

Harry no respondió, porque no podía contradecirle. Había aceptado la jefatura de los aurores entre otras cosas por mierdas como esa, odiaba con toda su alma la corrupción y el prejuicio existente en la justicia mágica.

— Creo que voy a marcharme. —Se puso de pie, desapareciendo el cigarrillo— Espero que no te importe, quiero ir a ver a mi hijo.

— Por supuesto —contestó, poniéndose en pie también —. De todas formas, cualquier cosa que necesites...

Caminaron juntos escaleras arriba. Justo antes de entrar al salón, Draco lo sujetó por el brazo.

— Nos veremos el día de Nochebuena.

— Claro —respondió con una sonrisa.

Los ojos grises brillaron un poco más cuando se inclinó y le besó la mejilla antes de entrar y perderse entre el gentío.

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Por supuesto, la foto de su apretón de manos fue portada en El Profeta. Pero en las páginas interiores había más, una de ellos dos hablando antes de salir al jardín y la otra cuando se despedían. Esta última estaba tomada de tal manera que parecía que en lugar de la mejilla el beso era en los labios.

Recibió suficientes lechuzas esa mañana como para tener que pedirle a su secretario que las bloqueara, solo asuntos oficiales. Trabajó, molesto, hasta asegurarse de que todo el mundo se habría ido a casa y podía salir de su despacho sin tener que hablar con nadie del tema.

En realidad le importaba una mierda lo que nadie dijera de él a esas alturas, lo que le molestaba era que todo el mundo daba por hecho que había un interés por parte de Draco Malfoy al acercarse a él.

Al llegar a casa, se encontró un búho real esperándole. No hacía falta ser adivino para saber quién era el dueño del animal, tenía un aire inconfundible. Desató la nota de la pata y la desplegó con dedos un poco temblorosos.

"Lo siento muchísimo. No iré a cenar en Nochebuena, espero que lo entiendas. Un saludo, DLM"

"No lo sientas, no has hecho nada reprobable. Ven a la cena, por favor. HJP"

No hubo respuesta. Frustrado, se quitó el uniforme, se puso ropa cómoda y se metió en el flu para ir a El Refugio. En el sofá, Remus estaba sentado con Teddy y Victoire y un libro entre las manos. Los niños le miraron, intrigados por la visita entre semana, pero aún así se levantaron a abrazarle. El jaleo atrajo a los demas niños y a Bill, que salió de la cocina con delantal y todo. Un vistazo a la mandíbula tensa de Harry fue suficiente para que Bill los mandara a todos al piso de arriba a prepararse para cenar.

— ¿Lo habéis visto? —preguntó, dejandose caer en el sofá junto a Remus.

— Hasta en el banco había comentarios hoy —respondió Bill, sentándose en el brazo del sofá, cercano a Remus.

— ¿Qué pasó en realidad?

— Es el ángulo de la foto, en realidad me besó en la mejilla cuando se marchaba.

Los dos hombres le miraron, en silencio.

— Draco se ha disculpado y me ha dicho que no vendrá a cenar en Nochebuena.

— Dora ha ido a verle —confesó Remus.

— Le he pedido que venga a la cena igualmente.

— Harry, ¿volvemos al tema de que te besó en la mejilla? —comentó Bill con una sonrisa.

— No fastidies, Bill, eso no es...

— Harry, sí es. Le interesas.

Harry negó con la cabeza, incómodo.

— Ya tengo bastante con Dora jugando a la casamentera.

— Teniendo en cuenta que no está siendo precisamente discreta, creo que no podemos obviar el hecho de que ambos seguís viniendo a casa sabiendo que el otro va a estar —insistió Bill, ignorando el gesto de Remus pidiéndole que dejara el tema.

— Eso ocurrió después de tener una conversación bastante personal, solo fue un gesto amable.

— Yo soy amable y no beso a otros hombres en la mejilla, ni siquiera a mis hermanos. Solo al que quiero

—Déjalo estar ya, Bill —intervino Remus, al ver que Harry apretaba aún más los dientes.

En ese momento el flu volvió a soñar y de él salió Dora, seguida de Draco con Scorpius en brazos. Se hizo por un momento un embarazoso silencio. Hasta que el niño se revolvió inquieto en brazos de su padre, que lo dejó en el suelo.

— Vamos a buscar a Louis —dijo con claridad, tirando de la mano de Dora.

Antes de darse cuenta, estaban solos en el salón.

— No hacía falta que mandases a Dora a convencerme —le gruñó Draco a modo de saludo.

Harry no pudo menos que sonreír mientras Draco se sentaba en uno de los sillones.

— No he tenido nada que ver —respondió, sentándose también—. ¿Te ha convencido?

Los ojos grises le miraron un momento, serios.

— ¿De verdad no estás molesto? Porque nos relacionen.

La cabeza morena negó con vigor.

— Lo único que me molesta de ese artículo es que de a entender que te has acercado a mi con intereses ocultos.

— En otro momento tú habrías sospechado lo mismo —le chinchó con un intento de sonrisa.

— Touché —admitió, con un gesto avergonzado—. Pero ahora somos adultos y te conozco. Tú no necesitas nada de mí.

Una nube pasó por el pálido y apuesto rostro.

— Vendrás mañana entonces —afirmó Harry esperanzado.

— Lo haré —cedió por fin Draco, dejándose caer contra el respaldo del sillón con un suspiro de rendición.

En la cara morena apareció una gran sonrisa.

— Bien.

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La primera impresión de Draco de La Madriguera fue el caos. Niños corriendo, adultos dando voces, olor a diez platos de comida diferentes. Acostumbrado a su vida tranquila, necesitó un momento para acostumbrarse. Estaba sentado en un rincón cuando alguien le tendió una copa de vino.

— La primera vez puede ser agobiante —le comentó una voz agradable.

Se giró a dar las gracias y levantó las cejas, sorprendido.

— Longbottom.

El hombre apuesto frente a él tenía poco que ver con el niño del colegio. Le saludó con una sonrisa bondadosa y le tendió la mano.

— Bienvenido al caos familiar Weasley.

— Aún no puedo creer que voy a pasar aquí la noche —confesó tras dar un largo sorbo..

Neville le devolvió una sonrisa comprensiva.

— Esta es mi séptima. Y aún no me acostumbro del todo al jaleo.

En ese momento algo cambió y los niños se sentaron todos a la larga mesa del salón, aún libre de vajilla. Fue a moverse a buscar a su hijo, pero enseguida vio a Louis llevándolo de la mano y a Fleur ayudándolo a sentarse.

— ¿Qué ocurre?

— Ahora los hombres Weasley entrarán el árbol y los niños lo adornarán. Cada año hacen los adornos ellos.

Draco asintió. Aquello no tenía nada que ver con las frías tradiciones Malfoy. Observó a Louis y Dominique ayudando a Scorpius a hacer una cadeneta con piñas, bajo la atenta mirada de Fleur.

La puerta se abrió y los siete hombres Weasley entraron con un gran abeto. Vio la sonrisa de Neville y siguió su mirada hasta el más bajo y fornido de los pelirrojos, con aspecto de vikingo.

Aseguraron con magia el gran árbol y se sentaron entre los niños a hacer adornos.

— Puedes unirte, no solo los niños adornan —comentó Neville sonriendo al ver a la pequeña Lucy mirar fascinada como su abuelo creaba escarcha plateada en algunas ramas.

— Estoy bien, gracias —respondió dando un sorbo y escaneando la gran habitación.

— Harry siempre llega el último —le explicó, adivinando a quien buscaba—. Cosas de gran jefe. Es el primero en llegar a trabajar y el último en salir de la oficina.

— ¿Tú también eres auror?

El otro rubio asintió.

— Llevo casi ocho años en la reserva de Rumanía. Charlie es domador allí.

En ese momento, como si lo hubiera invocado, el fornido pelirrojo apareció junto a ellos con una cerveza en la mano. Besó a Neville y le tendió la mano.

— Soy Charlie. Tú debes ser Draco, mis sobrinos hablan mucho de ti y de tu hijo.

Draco sonrió y le estrechó la mano. Se enredaron en una conversación sobre la reserva mientras los niños completaban la decoración y la mesa era despejada para cenar. Cuando quiso darse cuenta, alguien estaba cambiando su copa de vino vacía por una nueva.

Levantó la mirada y se encontró con los brillantes ojos verdes de Harry.

— Ya veo que te tratan bien —comentó, bebiendo de su propia copa—. Charlie, tu madre te reclama en la cocina.

El domador sonrió de lado y le tendió la mano a su pareja, golpeando con la otra la espalda de Harry al pasar.

— ¿Todo bien? —preguntó el auror, sentándose junto a él y mirando a la gente que se movía por el salón.

— Si te estás preguntando si he tenido que hechizar al marido de Granger por grosero, la respuesta es no. Pero tampoco me ha dado la oportunidad, se ha mantenido a una buena distancia.

Harry movió la cabeza, decepcionado.

— Por lo demás, bien. Scorpius está tan emocionado que ya me ha dicho que quiere venir todos los días.

— Y aún no ha llegado lo mejor —murmuró, observando a Neville sujetar la puerta de la cocina para Charlie, que llevaba un gran montón de platos.

Draco entendió el comentario a la hora del postre, cuando Arthur se puso en pie, pidiendo silencio.

— Buenas noches, familia —comenzó, sonriendo a la avalancha de aplausos y silbidos—. Me hace muy feliz veros a todos esta noche aquí, acompañándonos en otra Nochebuena. Este año somos más, pero que no se asuste nadie, no es otro embarazo —se detuvo mirando a sus nueras con gesto interrogante, pero todas negaron con la cabeza entre risas—. Somos más en la familia gracias a Draco y Scorpius.—Alzó su copa hacia el sonrojado invitado y a los niños que alborotaban alrededor del pequeño— Y ahora me vais a permitir que diga unas palabras a mi yerno más joven.

Neville enrojeció profundamente, pero se puso de pie animado por Charlie y Bill.

— Como padre, debería empezar hablando de lo afortunado que eres de estar con mi hijo — paró hasta que acabaron las risas y los comentarios entre los hermanos—, pero lo cierto es que es Charlie el afortunado. Nos consta, porque lo vemos en cada visita y en cada carta, que nuestro hijo es intensamente feliz teniéndote en su vida. Y eso nos hace de paso felices a Molly y a mí.

— Yo sigo, papá —interrumpió Charlie, nervioso, poniéndose de pie.

Tomó la mano de Neville y, entre "ohhh" y "awww" se puso de rodillas.

— Mi padre tiene razón cuando dice que soy inmensamente afortunado de tenerte en mi vida. Y por eso me gustaría, Neville Frank Longbottom, que accedieras a casarte conmigo.

Todas las miradas convergieron en Neville, que se tapaba la boca, conmocionado y con los ojos brillantes.

— El afortunado soy yo—consiguió al final contestar con voz ronca—, porque me topé contigo y me enseñaste a vivir de nuevo. Me diste una familia y el mejor hogar del mundo. Claro que me casaré contigo, Charles, jamás renunciaría a todo lo que es la vida junto a ti.

Charlie sonrió, emocionado, y se levantó como un resorte a besarle, entre los aplausos y los gritos de la familia.

Al final de la noche, mientras ayudaba a Draco a ponerle el abrigo a Scorpius, Harry lanzó un comentario al aire.

— ¿Te arrepientes de haber venido? Ha sido aún más loco de lo habitual.

— Para nada —respondió el rubio con una sonrisa, abrochando con cuidado el abrigo del niño.

— Supongo que nos veremos en unos días.

— Quizá alguien debería decirle a Dora que no es nada disimulada y puede dejar de invitarnos a los dos.

Harry se encogió de hombros, sin dejar de sonreír.

— Es posible que ya se lo haya dicho varias veces, pero me dejo liar porque me gusta tu compañía.

— Nunca lo habría imaginado.

— ¿No?

Draco lo miró un momento, con el niño ya en brazos.

— Podrías disfrutar de mi compañía sin necesidad de ir a cenar a casa de mi prima —le murmuró, con un poco de incertidumbre.

— Estaría encantado —respondió sonriente—. Te escribiré mañana.

Esta vez sí, se dijo Draco a sí mismo, armándose de valor. Dio dos pasos, se pasó a Scorpius al otro brazo y con la mano libre tomó a Harry de la nuca con cuidado y le besó.

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Un año después

— Papá, papá, una lechuza —gritó Scorpius, entrando corriendo en la cocina.

Draco suspiró, apartó la sartén del fuego y salió de la cocina limpiándose las manos en un trapo. En la repisa de la ventana del salón había una lechuza con aspecto de haber conocido tiempos mejores. Abrió un poco, temblando por la mera idea de dejar pasar el aire frío de diciembre, pero el ave no quiso entrar, se limitó a depositar en sus manos el paquete que llevaba en el pico y salir volando entre la ventisca.

— ¿Qué es? —preguntó el niño, subiéndose a una de las sillas para ver el paquete que su padre había depositado sobre la mesa.

— Lo envían los señores Weasley.

El pequeño se inclinó hacia delante, su nariz casi tocando las manos blancas de su padre que desenvolvían una pequeña figura. Draco la dejó con cuidado sobre la mesa y Scorpius la miró maravillado. Era una bolita de cristal, con una casita dentro. La chimenea echaba humo que se convertía en nieve al tocar el cielo de la bola.

— ¡Es como la de Louis! —exclamó el niño contento, acariciándola con un dedo.

Draco asintió, la habían visto unos días antes en el árbol de El Refugio.

— ¿La pondremos en nuestro árbol, papá?

— Claro, hijo. Dentro de un rato, cuando venga Harry, acabamos de adornarlo y la ponemos en un lugar especial, ¿te parece?

Su hijo sonrió feliz y se bajó de la silla de un salto.

— Ve a lavarte las manos, Scorp, enseguida vamos a cenar.

Esperó a abrir la nota que venía con el regalo a que Scorpius saliera por la puerta. Se sentó en la silla y leyó.

"Estimados Draco y Scorpius,

llega la Navidad y quisiéramos haceros llegar este presente para adornar vuestro árbol.

Para los Weasley, la familia es un gran árbol, nosotros nos sentimos el tronco y nos gusta pensar que estamos presentes en cada una de las ramas.

Esperamos vuestra compañía en Nochebuena. Dile por favor a Scorpius que es imprescindible su colaboración en la decoración del árbol a mitad de tarde.

Siempre eres bienvenido en nuestra casa y en nuestros corazones. Un gran abrazo,

Molly y Arthur"

La leyó tres veces, con un nudo en el estómago. Después de los problemas que había tenido con sus padres, había pasado las dos primeras navidades de su hijo solo. La idea de ser bienvenido en una familia a la que no le ataba nada, solo el cariño a Harry y a Dora, era tan inverosímil...

— Ey, ¿qué pasa? —dijo de repente una voz al lado suyo, sobresaltándole.

Levantó los ojos de la nota y ahí estaba, Potter, con gesto un poco preocupado. Le tendió la nota, con los labios apretados. Harry la leyó y sonrió. La dejó sobre la mesa y se acuclilló delante de su silla, buscando sus ojos.

— Ya eres oficialmente un Weasley, Draco —le dijo con voz ronca—. Asume que este año tendrás tu primer jersey con tu inicial.

— ¿No te parece extraño todo esto? —consiguió preguntar al final.

Harry negó con la cabeza y tomó una de sus manos, apretadas en puños en su regazo.

— Hay una de estas en todos los hogares Weasley, Molly empezó a regalarlas la Navidad tras la guerra. Personalmente me agrada mucho la idea de que tengas una, sin que esté mi nombre en la carta. No lo hacen por mi o por Dora, lo hacen por ti y por Scorpius. Aunque tu y yo no estuviéramos juntos esto habría pasado igual, Draco.

Lo vio, el gran esfuerzo de tirar de su estoicismo sangrepura para no emocionarse por todo eso. Y el cortocircuito que estaba haciendo en su cabeza. Se incorporó y lo abrazó, permitiendo que Draco apoyara su cara en su estómago y soltara un par de lágrimas con disimulo.

Soltó una risita cuando unos bracitos se abrazaron a una de sus piernas. Ese era su lugar preferido en el mundo, con los dos Malfoy abrazados a él.