La gente creía que los gemelos Weasley lo compartían todo. Pero no, de hecho había cosas que para ellos eran límites: los calzoncillos y las novias. Con los calzoncillos la solución de su madre era bordarles su inicial discretamente en la costura de la cintura. ¿Sexy? Claro que no, pero era práctico.
Respecto a las novias, solía haber un segundo problema: les gustaban las mismas chicas. Era inevitable, siendo tan parecidos, y generaba situaciones complicadas, como la que se había dado en el baile del Torneo de los tres magos: los dos querían ir con Angelina Johnson, su compañera de quidditch.
— Yo la vi primero —aseguró Fred.
— Porque siempre te subes el primero al tren, eso no cuenta —le respondió su hermano con desgana, tumbado en la cama.
— ¿Qué hacemos entonces? No se puede esperar mucho o las mejores estarán cogidas.
Una almohada le golpeó la cabeza. Mosqueado, miró a George.
— Son chicas, hermano, no una calabaza que escoges en el mercado.
— Lo que sea —sentenció de mal humor Fred—. ¿Cómo lo hacemos?
— ¿Cuál sería tu segunda opción? —respondió pensativo, rascándose la barbilla.
— Supongo que Katie o Alicia. Tengo algo con las mujeres poderosas.
George contestó con un "hummm" que entre ellos significaba "estoy de acuerdo".
— Me parece buena opción. ¿Nos lo jugamos?
La almohada le dio en la cara en cuanto planteó la pregunta.
— ¿Quién es ahora el que las compara con calabazas?
— Hay que ser práctico.
Fred suspiró y se sentó al lado de él.
— ¿Una partida de snap explosivo?
==0==
1998
La reincorporación al trabajo después de la guerra fue extraña, Al menos para Dora. Bill y Fleur volvieron a su trabajo para Gringotts con relativa facilidad, los duendes sabían valorar a los buenos trabajadores y el ministerio les tenía muy ocupados con los trámites de embargo de las cámaras de mortifagos.
Remus se quedó en casa con Ted, ya con la oferta de Hogwarts sobre la mesa, y Dora tuvo que volver al cuartel. Llevaba un año sin trabajar, se habían escondido tras la caída del ministerio. Y había sido madre. Le costó bastante convencerse a sí misma de darle una oportunidad al cuerpo de nuevo.
El cuartel de aurores era un caos. Había recibido orden de presentarse el 15 de mayo, pero cuando llegó al vestíbulo se encontró todavía con las huellas de las últimas escaramuzas entre aurores y mortífagos. La gente entraba y salía continuamente, como si todo el mundo tuviera prisa, pero los pocos jefes de escuadrón o de sección que quedaban vivos no tenían un mínimo control de sus aurores.
Subió las escaleras para ir al despacho del jefe Robards, donde decía la convocatoria que se tenía que presentar. Al entrar a la sala de espera se llevó una pequeña alegría, una muchacha alta, de piel oscura y ojos duros estaba sentada también, mirando a algún lugar indeterminado del techo. La observó un momento antes de hablar. Las ojeras eran evidentes y percibió un ligero temblor de manos. Estaba más delgada que cuando la había conocido como la pareja de Fred, dos años antes, pero era lo esperable, después de lo que había pasado.
— ¿Angelina?
Los ojos oscuros se movieron hacia ella y apreció una pequeña sonrisa antes de que se pusiera de pie para saludarla.
— ¿Qué haces aquí?
— Soy de las pocas que acabó el año de formación antes de que todo se volviera loco, me han convocado para hacer el año de prácticas —le contestó con voz grave y desapasionada.
Dora asintió, la vuelta de Voldemort había creado un afán en el ministerio de formar aurores a toda velocidad, reduciendo la formación a la mínima expresión de un curso y un año de prácticas.
— ¿Y eso es lo que quieres ahora? —preguntó, sentándose junto a ella.
— Todo lo que sea estar activa está bien. ¿Tú te incorporas hoy?
— Sí.
Supo que su gesto le había delatado, porque vio en la cara de Angelina que iba a plantearle la misma pregunta que ella le acababa de plantear, pero en ese momento se abrió la puerta y el propio jefe salió a llamarlas. A las dos.
— Siéntense, por favor. Me alegro de verlas a las dos.
Ambas asintieron, a la expectativa.
— Supongo que ya habrán visto al llegar que las cosas por aquí están muy desorganizadas. A día de hoy no tenemos idea siquiera de cuantos aurores siguen vivos, hay cuerpos que no se han encontrado. Y los pocos que hay están dispersos entre los juzgados y Azkaban. ¿Están las dos dispuestas a incorporarse ya?
— Pensaba que para eso estábamos aquí —contestó Dora, seria.
Robards la miró, serio también.
— Estamos aquí porque estoy tratando de reorganizar las cosas. Es usted una auror con experiencia, Tonks, y quería emparejarla con Johnson para ser su formadora. Estoy pensando en crear un escuadrón con otras cuatro parejas en la misma situación y empezar a trabajar en el resto de las cosas que están desatendidas.
Dora se giró a ver a Angelina, que estaba sentada con cara inexpresiva y los brazos cruzados sobre el pecho.
— ¿Tú qué opinas? —le preguntó.
La muchacha levantó una ceja, sorprendida por la pregunta.
— Yo estoy aquí para hacer lo que me ordenen.
La miró un minuto. Se giró a su jefe y contestó con firmeza.
— Estamos dentro. ¿Por dónde empezamos?
==0==
No fue fácil arrancar a la nueva vida. De hecho lo único fácil era trabajar con Angelina. La chica era seria y disciplinada, dispuesta a trabajar todas las horas que le cayeran encima y una bruja muy bien preparada. Las complicaciones de la vida de Dora estaban dentro de su casa en ese momento, y en las cosas que les tocaba ver cada día en el trabajo.
Acabada la guerra, para el mundo exterior, que en realidad era su madre y la familia de Bill, no tenía sentido que siguieran viviendo los cuatros juntos. Entendía la lógica de quien lo veía desde fuera, eran dos parejas jóvenes, parecía que debían desear su propio espacio. Pero algo dentro le decía que no, que estaban bien como estaban.
Había una sensación cuando estaban todos en casa como de un secreto a voces. Y una energía diferente en la luna llena. En la de mayo, Remus había decidido pasar la noche en el sótano de la casa Black, tras consultarlo con Harry.
Había despertado de madrugada, inquieta. Al bajar a la cocina, se había encontrado con Bill con una taza y la cabeza entre las manos.
— ¿Bill?
— ¿Cómo puedes estar aquí, mujer? El alfa está solo. Eres su hembra, ¿no escuchas su llamada?
Contuvo el aliento, impresionada. La voz de Bill sonaba ronca, casi animal. Sus ojos no se veían azules, sino dorados y se había arañado los brazos de una manera espantosa.
Temblaba, preso de un trance que no podía entender y no había ocurrido antes. Había sentido la llamada de Greyback durante meses, pero no tenía comparación con lo que sentía esa noche.
— No puedes ir con él, Bill. Es peligroso.
El negó, la melena pelirroja desordenada flotando a su alrededor.
— Él nunca nos haría daño, somos su manada. Solo quiere cuidar de nosotros.
Las palabras de Bill se quedaron flotando en la mente de Dora durante días. Observaba a su atípica familia en silencio, a Bill dando de comer a Teddy, a Fleur fruncir el ceño cada vez que Remus la abrazaba. Los roces inconscientes entre Bill y Remus. Ese tirón a la hora de dormir que le llevaba a sentirse dividida entre las ganas de ser abrazada por su marido y serlo por Fleur.
==0==
Las cosas se salieron un poco de control a principio de junio, cuando fue herida en una refriega. Después de que la atendieran en San Mungo, se quedó a solas con su nueva compañera. Angelina la miró con los labios apretados antes de preguntar.
— ¿Qué tienes en la cabeza que te distrae así? Ese tío no debería haber sido un peligro para alguien como tú.
Se frotó los ojos, cansada y dolorida, la herida en el vientre ardía mientras se curaba.
— Todavía estoy en baja forma —contestó bajo.
— No es cierto. Estás distraída.
Suspiró. Había sido una refriega estupida, Angelina tenía razón, en otro momento habría reducido al tipo sin pestañear.
— Las cosas en casa están extrañas —reconoció finalmente.
— ¿Con tu marido y tu hijo?
Volvió a suspirar. Y abrió la compuerta de todo lo que tenía en la cabeza a su compañera, a la que había adoptado en pocos días como a una hermana pequeña.
— Tenéis que hablar, Tonks. Pero de vosotros, no de la opinión de los de fuera —le recomendó Angelina cuando terminó de explicarle.
— La cuestión es qué es el "nosotros" —murmuró más para sí misma que para su compañera.
Angelina le tomó del antebrazo y apretó, el primer contacto físico voluntario desde que trabajaban juntas.
— ¿Renunciarías a lo que tienes? Así, tal como es ahora.
— No —respondió sin dudar.
— Entonces habladlo.
La miró, sorprendida por su actitud después de toparse con la incomprensión de sus familias.
— ¿No te escandaliza? —le preguntó con curiosidad.
La muchacha sonrió un poco y negó con la cabeza.
— Amor es amor. Yo personalmente...
Les interrumpió la entrada de Bill. Llegó a ver la sombra de tristeza pasando por la cara morena, era inevitable con el parecido entre los hermanos. Y se estremeció, por la simple idea de perder a cualquiera de sus tres... sus tres amores, se dijo a sí misma tragando saliva.
El pelirrojo se acercó hasta ella y le abrazó.
— ¿Estás bien, pequeñaja?
El mote, que no había usado desde que eran niños, le supo a tierno y a cariño.
— Sí, sí, un rasguño nada más.
— No le creas —intervino Angelina con voz severa—, el sanador le ha mandado dos días de reposo. Y le duele.
Bill se giró a mirarla, como si se diera cuenta de repente de que había alguien más en la habitación.
— Disculpa, Angie, venía tan nervioso que no te he visto. —Se acercó, con la mano tendida— Gracias por cuidar de ella.
— Se suponía que debía ser al revés, yo responsable de ella en la calle —contestó Dora, moviéndose con cuidado para bajar de la camilla.
— No te muevas de ahí —le ordenó Bill, sujetándola del hombro—. Vigila que no se mueva, por favor, voy a hablar con el sanador.
Y salió de la habitación con las mismas zancadas apresuradas con las que había llegado.
— Eres afortunada, Tonks —le dijo Angelina, la mirada aún en la puerta por el que acababa de salir Bill—. Ese hombre te quiere, si esa es la relación que tenéis entre los cuatro, da igual como la etiquetes, pero por Merlín, vívela.
==0==
Aprovechó la convalecencia para buscar un momento para reunirse los cuatro. Después de lo ocurrido en la última luna, sentía la necesidad de tener esa conversación antes de la siguiente, de hacer lo que fuera por cuidar de Bill y Remus en esa noche.
La obligaron a permanecer en la cama, cuidándola hasta casi volverla un poco loca, así que aprovechó el momento en el que Fleur se llevó a Teddy a la cuna para pedirle que avisara a los dos hombres. Sentados los tres en distintos puntos de su cama, los miró por un momento antes de tomar aire y comenzar a hablar.
— Creo que necesitamos tener una charla sobre nuestra situación. Ya sé —les interrumpió cuando vio que iban a arrancar a hablar los tres a la vez—, ya sé que estamos recibiendo presiones desde nuestras familias para separarnos. También sé que ninguno de nosotros quiere realmente seguir ese camino. Me gustaría que fuéramos sinceros con lo que queremos que sea nuestra vida en común a partir de ahora.
Se dio cuenta de que los tres la miraban con distintos grados de sorpresa.
— ¿Tú quieres que sigamos los cuatro juntos? —preguntó Remus con voz reposada.
— Quiero sentirme libre para sentir lo que los tres me hacéis sentir, no sé si es eso lo que te sorprende.
Fleur gateó por la cama hasta sentarse junto a ella y tomarle de la mano.
— Creo que Remus se refiere a que eres la única de los cuatro que no está influenciada por ser una criatura. Para nosotros tres creo que se trata de un instinto primario, el buscar permanecer juntos. Pero para ti podría ser distinto.
Movió la cabeza negativamente y le apretó la mano.
— No. Te amo, Remus —declaró, mirando a su marido con intensidad— seguramente más que cuando me casé contigo porque ahora sé quién eres realmente. Pero entiendo tu necesidad de estar cerca de Bill, y la de él. Vi su sufrimiento en la última luna y no quiero eso, porque él también es importante para mí. Y tú —se giró a Fleur y le acarició la cara— sé que toda esta situación ha desatado a tu veela de un modo que te asusta y a veces no entiendes. Y que te sientes mal porque te peleas entre tú lealtad a tus votos y lo que sientes por mí.
— ¿A dónde quieres llegar? —preguntó Bill con voz ahogada.
— Estamos unidos, los cuatro. Los vínculos entre nosotros son cada vez más fuertes y entiendo que dan miedo y es porque estamos ignorando los que nos hace sentir y desear por el temor de herir a otro. Sed sinceros, reconoced que queréis cosas que no pedís por miedo y seguramente podamos hablarlo y llegar a acuerdos que nos hagan a todos más plenos. No digo que sea fácil, pero es la solución si queremos que esta manada funcione.
Hubo un silencio, y muchos cruces de miradas y labios apretados.
— Bill, es el momento —le dijo Remus con suavidad, poniéndole la mano en la pierna—. Dora tiene razón, este es un caso en el que la sinceridad es indispensable. Yo tampoco quiero renunciar a lo que tenemos, ni a lo que podemos llegar a tener.
Bill miró a su mujer, que le sonrió, dándole ánimos.
— Creo que hay mucha más licantropía en mí de lo que pensamos en su momento. Y mi instinto me pide salir a correr en la luna con Remus. Ahora es más fuerte, porque él es mi alfa y tenemos un vínculo muy estrecho. Pero no es solo eso. Me pide contacto físico, necesito estar cerca, no sé si puedo explicarlo.
— ¿Quieres estar cerca o tener sexo? —interrogó Fleur, directa como siempre.
Bill se frotó las cejas y Remus apretó un poquito más la mano en su pierna.
— ¿Queréis hablar de esto a solas? —preguntó conciliador.
Fleur le miró, con el rostro impasible, y luego volvió la mirada a Bill y finalmente a Dora.
— Estamos los cuatro en esto, no tiene sentido andarse con secretos. ¿Bill?
El pelirrojo carraspeó, antes de hablar con voz baja y lenta.
— Ambas cosas. ¿Y tú con Dora?
— Lo mismo.
Tras otro pequeño silencio, fue Dora la que preguntó.
— ¿Remus?
— Mi lobo os siente a los tres como suyos.
— ¿Y tu humano?
— Mi humano quiere la vida que tiene, pero sintiéndose libre para besar y abrazar sin preocuparse de que eso dañe a alguien.
Y miró a Fleur fijamente.
— ¿Me estás incluyendo en eso? —cuestionó ella con las cejas levantadas.
— ¿Por qué no lo haría?
— Porque no soy Bill o Dora.
Los ojos de Remus brillaron un momento antes de que se echara hacia delante, más veloz de lo que cabía esperar en su habitual tranquilidad. Le tomó de la mandíbula y le besó, con bastante fuerza. Dora y Bill contuvieron el aliento un minuto, esperando una reacción de Fleur, pero no pasó. Al menos no una reacción negativa, porque poco a poco las manos de Fleur subieron por la espalda de Remus hasta abrazarlo estrechamente y clavarle las uñas.
Bill se acercó y abrazó a Dora con cuidado con una sonrisa. Ella se apoyó en él y contempló el cuadro. Nunca sería lo mismo con cada uno, pero eso era lo bueno, amarlos a cada uno en la manera que le despertaban.
==0==
Volvió dos días después al trabajo. Nada más verla, Angelina sonrió.
— Tienes un aspecto radiante.
— Hemos ampliado la cama para dormir los cuatros juntos.
Su compañera sonrió un poco más.
— Me alegro, Tonks.
— Dora.
— ¿Disculpa?
— Los cercanos me llaman Dora. Culpo a la cabezonería de Remus por eso, pero ya me he acostumbrado.
Angelina le abrazó brevemente.
— Angie entonces para ti. Y ahora vamos, el jefe nos espera.
Un rato después, al salir de la reunión, Angelina preguntó.
— ¿Habéis hablado de la próxima luna llena?
Dora asintió, abrochándose los protectores de los brazos.
— Remus también cree que podría funcionar, que no le atacaría. Fleur está empeñada en ir ella también para la primera toma de contacto.
— Las veelas son atacantes formidables.
— Eso no me va a quitar los nervios.
Siguieron caminando hacia la zona de aparición. Justo antes de entrar, Dora le paró, sujetándola por el brazo, con expresión preocupada.
— ¿Estarás bien con lo de hoy?
— ¿Francamente? Creo que seríamos más útiles en otro sitio, tal y como le has indicado al jefe. Pero es lo que hay, alguna vez tiene que ser la primera.
— ¿No has vuelto por allí?
— No. ¿Vamos? —preguntó impaciente, metiendo un pie en los puntos de aparición.
Dora asintió. Se aparecieron en la zona habilitada en el Callejón Diagon solo para aurores. En seguida percibieron la agitación en la zona en la que estaba Sortilegios Weasley. Aún había negocios cerrados en la zona comercial, así que el edificio que habían comprado los gemelos resaltaba brutalmente, recién pintado y con una gran pancarta que decía "reapertura hoy" sobre la puerta en brillantes colores.
— Hacía días que no veía tanta gente por aquí —murmuró Angelina a su compañera, tensa como una cuerda de piano.
Dora se dio cuenta de que evitaba mirar hacia el edificio y sufrió un poco por ella.
— De momento nos limitaremos a vigilar, si hay aglomeraciones habrá que dividirse y tratar de que hagan un par de filas para entrar a la tienda —contestó, tratando de ponerse en modo alerta, recordando las palabras de su mentor.
Angelina se limitó a asentir y girarse hacia la creciente aglomeración. La reapertura del negocio más atractivo de Diagon había hecho salir a familias enteras. Era lógico, la gente necesitaba olvidar, dejar de pensar en las pérdidas o en los juicios. Reconoció algunos rostros de su época de la escuela entre los grupos de gente que charlaban emocionados por el reencuentro.
No pudo evitar pensar en lo que le habría gustado a Fred ver eso, a la gente usándoles para volver a la normalidad. Se le fueron los ojos sin querer hacia las ventanas del segundo piso, las del apartamento. Y tuvo un sobresalto al encontrarse unos ojos castaños mirándole.
Necesitó recordarse que ese no era Fred, que estaba muerto, que no habría más cenas los tres allí, más risas, más hacer planes locos para la tienda.
George le saludó con un pequeño movimiento de cabeza y ella se lo devolvió. También a él le echaba de menos. Y si ella se sentía así de rota, no quería imaginar cómo sería para él, acostumbrado a ser la mitad de un todo.
Finalmente hubo que intervenir para poner orden en la entrada de gente a la tienda. Y un segundo problema con el que no contaron: la gente salía de allí con los brazos llenos de artículos de broma y dispuestos a usarlos con los que hacían fila. Necesitaron la ayuda de otra pareja de aurores de su escuadrón para evitar que las bromas se convirtieran en peleas, la gente no estaba como para petardos y otras explosiones.
— El jefe va a tener que poner una ruta de patrulla por aquí —gruñó a mitad de tarde Souther, el auror formador de la otra patrulla, un irlandés bajo y fornido sorprendentemente ágil.
Angelina observó el callejón, más despejado por ser la hora de más calor del día, aunque la fila para entrar seguía ahí. Parecía que todo mago británico en libertad necesitara comprar caramelos vomitivos o polvos pica pica que te ponían orejas de perro al estornudar.
— Ojalá otros comercios resurjan también —comentó el auror de prácticas mirando con nostalgia los escaparates tapados con tablas.
— Ollivanders abrirá antes del nuevo curso. Hablé con él hace unos días —indicó Dora, con la vista puesta en dos niños que salían con actitud sospechosa de la tienda.
Angelina estuvo rápida en arrebatarles las bombas con olor a pis de hipogrifo antes de que salieran de sus pequeñas manos. Dora suspiró y se acercó a hablar con los avergonzados padres mientras los otros dos aurores seguían vigilando. Al más joven se le cambió la cara cuando una figura alta y pelirroja salió de la tienda con una bandeja con vasos.
Harry se adelantó hasta George y le golpeó suavemente el hombro con una sonrisa.
— Felicidades, parece que no os va a faltar el trabajo.
— Gracias. He pensado que tendríais sed.
El moreno le sonrió, comprensivo.
— Seguro que Angelina también tiene sed.
George trató de sonreír, pero solo le salió una mueca.
— ¿Cuándo te has vuelto tan listo, Potter? ¿Por eso te han enchufado en los aurores por la cara? —le contestó, tratando de recuperar su sentido del humor provocador.
— Na, ha sido porque me han contado como entrenamiento el último año aguantando a tu hermano — le respondió con una sonrisa—. Eso da galones. A ti, si te descuidas, te meten como jefe de escuadrón.
Consiguió hacerlo reír. Y ese fue el preciso momento en el que Angelina se percató de su presencia y se acercó a ellos con una sonrisa tensa.
Harry se acercó a Tonks, mientras ellos hablaban en voz baja.
— No había oído a George reír en el último mes —le confesó.
— Creo que siempre le ha gustado —aventuró Dora, mirándolos de refilón mientras controlaba la fila—. Pero es la novia de su hermano, hay demasiadas cosas ahí, Harry.
El moreno se encogió de hombros, atento a su formador que hablaba con seriedad con una pareja joven.
— Mira lo que habéis logrado vosotros, Dora. Nunca había visto a Remus tan feliz. George necesita tiempo y buena compañía.
Ella se quedó pensando mientras Harry se alejaba hacia Souther y Angelina se despedía de George. Vio la espalda de su "cuñado" alejarse, parecía que caminaba un poco más ligero.
==0==
Dora se llevó el pensamiento a casa. Al llegar, el único en El Refugio era Bill, que preparaba la cena.
— Hola, peque — le saludó cuando entró en la cocina y se acercó a besarle la mejilla—. ¿Qué tal el día?
— Me ha tocado patrullar la apertura de la tienda de tu hermano —le explicó, apoyándose en el mostrador junto a él.
— ¿Mucha locura? Sé que habían preparado cosas nuevas.
— ¿No has visto el follón al salir del banco? —preguntó robando un trozo del pimiento que picaba.
— Acabo de llegar de la sede de Dublín, tenían un cofre que había mandado a dormir a dos trabajadores del banco.
— Una locura, en la vida había tenido que apercibir a tantos padres. George parecía contento.
Bill le miró de reojo, con una sonrisilla conocedora.
— Tienes algo en la cabeza —afirmó, apartándole la mano mientras ponía al cuchillo a picar con magia de nuevo y le servía una copa de vino.
— Tu hermano.
La cara de Bill se oscureció un poco, la herida de la pérdida de Fred estaba muy fresca todavía.
— Dora, George tiene derecho a estar mal.
— Yo no he dicho lo contrario, pero William, si le pudiéramos ayudar, ¿no crees que deberíamos?
Él gruñó y abrió la nevera para coger una cerveza y sentarse a la mesa.
— La idea no es mía, es de Harry, que estaba también de guardia. Dice que a George siempre le ha gustado Angelina.
— Peque, es tu amiga, y dices que también lo lleva mal. En mi opinión deberías olvidarte del tema. Son muchas cosas que superar.
Dora gruñó, frustrada.
— Eso mismo le he dicho yo a Harry.
— ¿Entonces?
— Da igual —movió la cabeza y la mano, borrando la historia—. Pero intenta sacar un rato para quedar con George, por favor. No creo que trabajar con gruñón Ron sea lo mejor para él.
Bill solo pudo sonreír ante el reciente apodo de su hermano pequeño. Dora y Fleur habían tenido un roce con Ron el mismo día del funeral de Fred, por un comentario de Dora acerca de los Black. Había sido una tontería, pero Ron estaba en un modo muy agresivo con todo lo que sonaba a mortifago. Días después había discutido también con Harry cuando había acudido al juicio de los Malfoy.
— Intentaré quedar con él el domingo por la tarde un rato. ¿Te parece?
Ella sonrió y le dio un largo sorbo a su vino mientras él se levantaba de nuevo para acercarse a la cocina, dejándole de paso un beso en los labios, el primero.
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La primera impresión de George al salir de la chimenea de casa de su hermano ese domingo vino en forma de palabrota.
— ¿Pero qué coño?
Después pensaría que no era casualidad encontrarse a su hermano sentado en el sofá muy pegado a Remus, hablando en voz baja mientras el profesor tenía la mano entre su pelo y le acariciaba el cuero cabelludo.
— Hola, George —le saludó su hermano sin ninguna vergüenza, poniéndose de pie.
Su invitado lo miró con el ceño fruncido y luego a su antiguo profesor, que se puso de pie con su eterno gesto amable para tenderle la mano y saludarle.
— Harry dice que la reapertura ha sido un éxito —le felicitó con su voz tranquila.
— Mmm, gracias, sí, estamos muy contentos —le contestó George, incómodo, estrechándole la mano.
Bill dio un paso más y le palmeó el hombro.
— Vamos a dar un paseo.
Y entonces lo hizo, lo que le dejó ya definitivamente loco: se inclinó hacia Remus y le besó.
Siguió a su hermano fuera de la casa, con la boca abierta.
— ¿Qué ha pasado ahí dentro, Bill? —preguntó en cuanto llegaron a la playa.
Su hermano caminó, con las manos en los bolsillos de los pantalones y una pequeña sonrisa. Tenía el aspecto de alguien satisfecho y feliz.
— Exactamente lo que has visto.
— ¿Y Fleur?
— Durmiendo la siesta con Teddy y Dora.
— Hermano...
— Somos una familia, los cinco, George. Seguramente no lo entienda la gente, pero a nosotros nos hace felices.
— Os estáis metiendo en algo muy complicado.
Bill le miró de refilón.
— Aquí el hermano mayor regañón solía ser yo.
George suspiró fuerte y miró hacia el mar, bastante tranquilo en ese momento.
— Me siento muy viejo, Bill.
Su hermano le pasó el brazo por los hombros.
— Me parece normal.
Se quedaron allí, viendo un rato las olas romper en la gravilla de la orilla.
— ¿Es raro seguir viviendo en el apartamento? sabes que puedes venir con nosotros si lo necesitas.
— ¿No hay bastante gente en tu casa ya? —bromeó.
— Tenemos sitio de sobras, nosotros solo ocupamos un dormitorio —le contestó su hermano con una sonrisa apacible.
El más joven soltó una carcajada y abrazó a su hermano.
— Realmente va en serio.
— Completamente.
— Entonces Remus y tú... —preguntó subiendo y bajando las cejas.
Bill se sonrojó de una manera que George no le había visto jamás.
— Aún no, estamos yendo poco a poco.
— Wow. Puedes pedirle consejos a Charlie, ya sabes.
— ¿Quién te dice que no lo he hecho ya?
— A estas alturas me creo lo que me digas.
Caminaron un rato más, charlando sobre el negocio y la vuelta de Bill al trabajo. De vuelta, le convenció para entrar usando tarta de moras como método de presión. Al entrar por la puerta trasera, se encontraron a Fleur y Dora sentadas en la cocina con Teddy... y Angelina. Bill miró a Dora con el ceño fruncido, George directamente se quedó en la puerta.
— Ey, chicos. ¿Qué tal la playa? —preguntó Fleur con un biberón en la mano.
El bebé dio palmas, impaciente por su merienda, y cambió el color de su pelo al rubio platino de su madrina. Eso llamó la atención de todos los adultos y relajó un poco el ambiente.
Dora cortó un trozo de tarta y se levantó para acercárselo a George.
— Gracias... cuñada.
A ella se le pintó una gran sonrisa mientras volvía a la mesa a charlar con las chicas. George se apoyó en el mostrador comiendo su tarta en silencio, observándolas. Angelina parecía relajada y sonreía a ratos mientras escuchaba el relato de Fleur sobre una complicada desactivación en una mansión que el ministerio había requisado.
— Alguien me dijo el otro día que te interesa Angie y no lo creí —murmuró su hermano colocándose a su lado con su propio trozo de tarta.
— Lo compartíamos todo, menos los calzoncillos y a ella —le respondió ronco.
— Siéntate en la mesa, anda —le respondió, empujándole con el hombro.
Así empezaron los domingos de merienda en El Refugio. Durante el verano y el comienzo del otoño, los dos invitados acudieron puntualmente todos los domingos. Al principio apenas hablaban entre ellos, luego poco a poco el ambiente se relajó. Muchos días se les unía Harry también, todos charlando alrededor de la mesa o sentados en mantas en la playa.
Un domingo de final de noviembre, Harry entró en la cocina de El Refugio y encontró solamente a los dos hermanos con una taza de café, hablando en voz baja.
— ¿Dónde está todo el mundo? —preguntó, sirviéndose un café como si estuviera en su casa y sentándose a la mesa.
— Dora y Remus han ido con Teddy a ver a Andrómeda, ha pasado una semana difícil. Fleur está trabajando.
Harry miró a George, que parecía ojeroso y más decaído.
— ¿Estás bien?
— Ron ha hecho de las suyas —explicó Bill.
El moreno suspiró y le puso a George la mano en el hombro.
— Sea lo que sea que haya dicho, no deberías hacerle caso. Está amargado, no sé cómo Hermione le aguanta.
— El otro día acompañé a Angelina a casa. Es una tontería, una cosa anticuada, pero me apetecía pasar un poco más de tiempo con ella —le contó, en un tono preocupantemente plano—. Se lo conté a Ron y me preguntó si había olvidado que ella quería a Fred, que yo solo sería un sustituto.
Los otros dos hombres se miraron, con los labios apretados.
— Hermano, ella es una buena persona. Confía en ella.
George levantó los ojos enrojecidos y los miró a los dos.
— Pero siempre voy a pensar eso, que me tolera porque soy lo más parecido a Fred que va a tener.
==0==
El cumpleaños de Tonks acabó siendo una cálida reunión familiar en La Madriguera, por iniciativa de Molly. Lo ocurrido en Navidad había supuesto un punto de inflexión familiar, salvando a los dos intolerantes que se mantenían en sus trece. Los domingos había almuerzo familiar y Teddy era festejado como el primer nieto de la familia.
George llegó a casa de sus padres apareciéndose junto a la valla del jardín. Y la primera persona que se encontró fue a Angelina.
Los dos se quedaron parados. La última vez que se habían visto, aquel día que la había acompañado a casa, había habido un momento especial, un momento en el que habían vuelto a reír juntos como antes.
— Hola Angie —saludó, tímido, seguramente por primera vez en su vida.
Ella le examinó, seria.
— ¿Es cierto?
— ¿El qué?
— Que los dos queríais ir conmigo al baile y os lo jugasteis, en lugar de preguntarme.
George maldijo internamente a su hermano Bill por bocazas. Pero asintió.
— Que par de gilipollas.
— Estoy de acuerdo —murmuró, tratando de sonreír y de entender por dónde iba la mente de Angelina.
— ¿Por qué has dejado de venir los domingos? —preguntó, directa.
— Porque no soy él.
Angelina suspiró y ablandó su tono de voz, acercándose un poco más a él.
— Lo sé perfectamente, la gente tiende a creer que erais iguales, pero yo te conozco, George. Vuelve a venir los domingos.
George sonrió ampliamente y le besó la mejilla antes de sostenerle la puerta para entrar en el jardín.
Obedeció, claro, porque ese era parte del encanto de Angelina, ser firme y convincente. Volvieron los domingos de merienda, y acompañarla a casa después se convirtió en costumbre.
Llegó el 1 de abril. Levantarse por la mañana fue un esfuerzo, igual que poner buena cara todo el día. La familia le escribió o pasó por la tienda. Bill y Fleur lo arrastraron a comer a un restaurante cercano y lo distrajeron con anécdotas de trabajo. Pero llegó la noche y cuando cerró la puerta de la tienda y subió a casa, estaba solo.
Se quedó sentado en el sofá del salón, viendo la luz de la calle reducirse hasta ser de noche. Entonces sonó el timbre de la puerta. Se levantó con un suspiro, realmente no tenía ganas de ver a nadie, pero la mirilla mágica le aviso de que se trataba de Angelina.
— Hola.
Ella le miró con cara inexpresiva y levantó una bolsa que olía a comida.
— ¿Puedo pasar?
George simplemente se apartó y ella entró resuelta hasta la cocina. Dejó la bolsa sobre el mostrador y se giró.
— Feliz cumpleaños, George.
Y le abrazó. Era la primera vez que ella le abrazaba desde el funeral. Se aferró a ella, con un sollozo atascado en la garganta.
— Es tu día, y vamos a celebrarlo. Te prometo que el 2 de mayo vendré aquí con una botella del mejor whisky de fuego y brindaremos por Fred hasta caer inconscientes, pero hoy hay que celebrar la vida, George. Tus 21.
Lo abrazó un poco más y luego, al separarse, le sonrió y acarició su larga nariz pecosa con la suya, un gesto que inevitablemente hizo sonreír también a George.
Cumplió con lo prometido, el día del aniversario de la batalla bebieron juntos hasta rodar por el suelo. Brindaron por Fred, contaron anécdotas y lloraron juntos.
Al levantarse la mañana del 3 de mayo, lo primero que sintió fue el efecto de una resaca espantosa. Como pudo, se arrastró hasta el baño para buscar una poción. Allí, sobre el mármol había dos viales que no había visto nunca, con etiquetas que decían poción anti resaca mentolada.
Tomó una sin dudar. Y se echó la otra al bolsillo antes de ir al salón. Por mucho que había insistido, Angelina había preferido dormir en el sofá a hacerlo en la antigua habitación de Fred. Y allí estaba, hecha un ovillo bajo una manta de cuadros escoceses. Aún tenía huellas de lágrimas en la cara, pero aún así a George le pareció lo más hermoso que había visto en su vida.
Se sentó en el suelo y la observó dormir. Las largas pestañas oscuras acariciando la suave piel oscura le daban el aspecto de una niña, la niña que le había gustado desde la primera vez que la había visto al subirse al tren para ir a Hogwarts.
— Podría detenerte por ser un acosador espeluznante, George. Mirar dormir a alguien es raro —le dijo con voz ronca sin abrir los ojos.
— Te he traído la poción que dejaste en el baño —se excusó, dejándola junto a su mano mientras hacía mención de ponerse de pie—. Voy a hacer café.
Una de las manos de Angelina le sujetó del brazo antes de que se alejara. Los ojos negrísimos le miraron, preocupados.
— Humor auror.
George sonrió y puso su otra mano sobre la que le sujetaba.
— Veamos si el café hace que seas más graciosa.
Hizo un desayuno contundente, porque la víspera se habían alimentado de alcohol nada más. Ella entró por la puerta frotándose los ojos y arrastrando un poco los pies. Apoyado en el mostrador con una taza de café, George le miró y no pudo evitar recordar las veces que la había visto así en el pasado.
— ¿Qué miras? —preguntó ella aún ronca, dejándose caer en la silla y tomando el vaso de zumo de naranja.
— Estaba teniendo un deja vu, casi espero ver a Fred ahora entrar acabando de abotonarse la túnica.
Angelina dio un largo sorbo a su zumo y se aclaró la garganta antes de hablar.
— ¿Te sientas conmigo? El desayuno se enfría.
Inclinó la cabeza y caminó para sentarse junto a ella y servirse bacon y huevos.
— La próxima vez igual deberíamos vernos en mi casa.
— ¿Qué quieres celebrar? —preguntó prudente entre ganchada y ganchada de huevos.
— ¿Quieres una excusa para quedar? si es necesario, mi periodo de prácticas se acaba en dos semanas.
George dejó el tenedor con cuidado en el plato. La miró tan fijamente que ella, que estaba mirando a su plato, lo sintio y se giró.
— Quiero quedar, la excusa me da igual.
Ella sonrió, estiró la mano, lo sujeto por la punta de la barbilla y lo acercó a ella. Rozó sus narices y le besó.
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Navidad 2000
— Hola, mamá —saludó a su madre con un beso en la mejilla.
— Hola, Georgie. ¿Qué tal el trabajo? —preguntó distraída, cerrando un paquete.
— Bien —se sentó junto a ella— ¿Qué haces?
— Preparo regalos.
Junto a ella había varios paquetes cerrados atados con cintas de colores.
— Oye mamá, ¿te parecería bien si invito a Angelina a venir en Nochebuena?
Su madre levantó la mirada del lazo que ataba con cuidado y le miró con ojos brillantes.
— ¿De verdad?
El frunció el ceño, confuso con su reacción.
— Sé que quedáis, pero como no me has contado nada no he querido hacerme ilusiones.
Abrazó a su madre.
— Estoy pensando en pedirle que vivamos juntos.
— ¿En el apartamento?
Negó con la cabeza. Demasiados recuerdos allí.
— He mirado casas cerca de aquí y cerca de casa de Bill.
Molly se secó una lágrima y se giró al montoncito de paquetes. Cogió uno y se lo extendió a su hijo.
George abrió el paquete y sacó con cuidado un adorno de cristal con una casita dentro. Lo dejó sobre la mesa y leyó la nota que lo acompañaba.
"Querido George,
Nos hace felices verte cada día sonreír un poco más. La añoranza es inevitable, te entendemos, pero eres joven y la vida está a tus pies.
Esperamos que pronto este adorno esté en un árbol en una casa feliz en la que te plantees crear tu propia familia.
Te amamos, hijo,
Papá y mamá"
— Trataré de cumplir con vuestras expectativas, mamá —le dijo, emocionado, abrazándola.
— Lo único que queremos es que seas feliz, George. Y si Angie es la persona que te va a ayudar a serlo, estaremos muy felices de pasar la Nochebuena con ella.
