Diez años después
Unos nudillos golpearon la puerta del despacho del Jefe de aurores. Harry levantó la mirada de los informes que leía con el ceño fruncido, no eran horas de visitas, él ya debería llevar un rato en casa.
— Entre —respondió por fin mientras hacía un tempus.
La puerta se abrió y un hombre joven con cabello rubio entró decidido.
— ¿Estabas pensándote si me dejabas entrar, papá?
El jefe rió y se levantó con los brazos abiertos. Abrazó al muchacho, con fuerza, sintiendo dentro ese calor que se generaba cada vez que le escuchaba llamarle papá.
— ¿Qué haces aquí? ¿cuándo habéis vuelto? —le preguntó cuando volvió a sentarse.
— Recogerte, papá dijo que era la única manera de hacerte salir del despacho.
Harry enrojeció. Seguía teniendo un serio problema con el exceso de trabajo, que su marido aguantaba casi siempre con paciencia. Recogió los informes, dejó la pluma en su sitio y estiró la mano para que la capa fuera hasta él, todo bajo la atenta mirada de los ojos grises de Scorpius. Desde pequeño le había impresionado esa capacidad de Harry de hacer pequeñas cosas mágicas solo con un gesto.
— ¿Cuándo habéis llegado? —le preguntó poniéndose la capa mientras se acercaba al cuenco de los polvos flu.
— Hace un par de horas.
Su padre se paró, con la mano ya preparada para echar los polvos a la chimenea y le miró con su cara de investigador.
— ¿Qué has hecho?
— ¿Yo? Nada malo, papá —le respondió, componiendo el mismo gesto de falsa inocencia que usaba cada vez que hacía una travesura de niño.
Harry movió la cabeza negativamente mientras se metía en la chimenea y decía con firmeza la dirección del apartamento que seguía compartiendo con Draco.
Al salir de la chimenea, nada más dar dos pasos, tropezó. Como en un deja vu, miró hacia abajo y se topó con unos ojos rasgados, de un intenso color ámbar. Se agachó, con cuidado de no asustar a la niña, y preguntó.
— ¿Quién eres tú?
La nena miró tras él un momento, y Harry imaginó que a Scorpius, y contestó clara.
— Yo soy Xian Malfoy-Weasley, abuelo Harry.
El escalofrío que le recorrió fue indescriptible. Levantó la mirada y se encontró a Louis y Draco mirándole, la mirada de su marido tan llena de emoción como la suya. La nena, al sentirse ignorada, fue a refugiarse en los brazos de su padre.
Se puso en pie y dio dos pasos para abrazar estrechamente a su yerno.
— ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De dónde? —balbuceó.
— Os contaremos todo mientras cenamos —le tranquilizó Louis con una sonrisa—. Te prometo que no hemos hecho nada ilegal, Jefe.
Harry soltó una carcajada y caminó de nuevo hacia Scorpius. Desde los brazos de su padre, Xian lo observaba todo con interés, sus ojos se veían despiertos y agudos.
— ¿Puedo? —preguntó, abriendo los brazos.
Xian miró a Scorpius, que le hizo un pequeño asentimiento, y luego se estiró un poco hacia Harry, olfateando.
— Hueles bien —dijo la niña con claridad.
Y se inclinó hacia él, dejándose tomar en brazos.
Para la hora de la cena, Xian dormitaba en brazos de Louis. Con facilidad que indicaba práctica ya, Scorpius transformó una butaca en una cama pequeña y acostó a su hija en el salón. Harry sintió una gran ternura al ver la mirada de Scorpius sobre la nena mientras la tapaba y le apartaba el negro cabello de la cara.
— ¿Cuándo ha ocurrido esto? —preguntó a quemarropa en cuanto Scorpius se sentó a la mesa.
— Hace año y medio. Nos llamaron para mediar en un conflicto entre dos manadas de lobos en una zona remota de Vietnam.
Al terminar la escuela, Lorcan y Lysander se habían embarcado en un viaje junto a sus madres, para conocer otras culturas mágicas. Habían vuelto escandalizados por el trato que se daba en muchos lugares a las criaturas mágicas. Tras acabar sus estudios de magizoología, siguiendo la estela de los Scamander, habían creado un grupo que viajaba para ayudar a estas criaturas por todo el mundo, arrastrando con ellos a SJ, Fred, Louis y Scorpius.
— Llegamos tarde —explicó pesaroso Scorpius—. La manada de Xian había sido exterminada y a ella la habían dejado por muerta.
Louis tomó la mano de Scorpius y le reconfortó.
— Las autoridades de esa zona de Vietnam nos dijeron que allí nadie la iba a adoptar, por la licantropía y por el poder que tiene la manada rival —les explicó el pelirrojo, mirando a su hija.
— Louis le salvó la vida —intervino orgulloso Scorpius—. Él descubrió que aún vivía y exigió que fuera atendida en el hospital.
— Allí los sanadores odian a los licántropos; además son muy supersticiosos y consideran que si una criatura está herida de muerte y la salvas es tu responsabilidad, como el que salva a un perrito aquí en la calle —comentó, irritado—. Se lavaron las manos, pero me permitieron atenderla en sus instalaciones al menos.
— Cuando estuvo repuesta nos dimos cuenta de que no podíamos despedirnos de ella —murmuró el rubio, mirando a su padre adoptivo con los ojos brillantes—. Escribimos a Remus y le pedimos consejo, él nos contestó que era el destino, nadie podía entender como nosotros lo que sería su vida en un lugar tan hostil. Así que empezamos los trámites de adopción.
Draco carraspeó, emocionado.
— Estamos muy orgullosos de vosotros, ¿lo sabéis verdad?
— Gracias, papá —contestó su hijo con una sonrisa—. No sabíamos si os parecería una locura.
— Ser padre siempre es una locura, hijo. —Se detuvo para dar un sorbo de vino y volver a ponerse serio— ¿Entonces ya están todos los trámites? ¿Es todo oficial?
Scorpius asintió.
— Completamente. Ahora nuestro siguiente paso es instalarnos aquí.
— ¿De verdad? —preguntó Harry con ilusión.
Louis masticó despacio antes de hablar.
— La psicomaga que nos evaluó a los tres para la adopción nos recomendó que nos estableciéramos una temporada al menos cerca de la familia, para ayudar a Xian a crear lazos y raíces. Así que estamos en proceso de buscar trabajo aquí y una casa.
— Rose está organizando un grupo de trabajo para colaborar con el ministerio en la reforma de la legislación sobre criaturas mágicas. Cree que, con mi experiencia, soy el candidato perfecto para dirigirlo. Me encajaría muy bien porque supone trabajar bastante en casa. Y Louis ha enviado el currículum a San Mungo.
— ¿Somos los últimos en saberlo entonces? —preguntó Draco un poco picado a su hijo.
Scorpius sonrió y negó con la cabeza.
— Rose me ha ayudado ocupándose de los trámites que había que hacer aquí. —Miró a Louise de refilón antes de respirar y seguir hablando— Por cierto, hay otra cosa que…
— Os habéis casado —le acusó Harry, señalándole con el tenedor, entrecerrando los ojos—. La ley británica lo exige para una adopción.
Los chicos tuvieron el detalle de parecer culpables.
— Os prometemos que fue parte de los trámites —los defendió Louis—. No hemos querido celebrarlo hasta llegar a casa.
— Quiero estar presente cuando le digas eso a tus madres, Louis —contraatacó Draco con una sonrisa malvada— Y a Molly.
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La llegada de Xian a la familia se planificó de un modo gradual. A diferencia de los miembros de la manada de Remus, la niña había nacido loba, descendía de una larga línea de licántropos; sus instintos no estaban controlados por su parte humana, sino al contrario. Había creado un vínculo muy estrecho con Louis durante las semanas que estuvo en el hospital, pero a SJ le había gruñido en cada visita. Había tardado varios meses en aceptar la presencia del otro lobo, así que sus padres decidieron exponerla poco a poco al resto de la familia.
Les sorprendió la facilidad con la que Remus conectó con ella. Quizá porque olía parecido a sus hijos o porque despedía ese aire alfa, fue la niña la que se acercó a él una tarde que se juntaron en un parque cerca de la casa que alquilaban provisionalmente. Su abuelo estaba sentado en un banco, charlando con Louis, mientras ella jugaba a unos metros, pero poco a poco se fue acercando hasta subirse al regazo de su padre y examinar al otro lobo con sus ojitos rasgados. Los dos adultos la escucharon olfatear y sonrieron al verla moverse de las piernas del más joven a las del mayor, que la abrazó con cuidado, enternecido por ver a la niña frotando la mejilla en su abrigo para impregnarse con su olor.
A partir del alfa se animaron a hacer visitas cortas al resto de la familia. La observaron mirar con curiosidad al bebé de Victoire, quedarse en una esquina en casa de Teddy y Rose, embelesada viendo a Ted cambiar el color de su cabello. En El Refugio la dejaron a su aire, explorando los olores, con su padre Scorpius siguiéndola de cerca. Se dejó conquistar por los cuentos de la abuela Fleur, el increíble olor de las galletas del abuelo Bill y los fantásticos abrazos de la abuela Dora. Tras la tercera visita, los cuatro abuelos se enternecieron cuando la niña se echó a llorar porque no quería marcharse.
— Me parece que nos ha adoptado como manada, hijo —le acarició el pelo Remus mientras la niña lloraba en brazos de Louis—. No llores, cachorrita, nos veremos pronto.
— Yo quiero aquí —balbuceó la niña— aquí huele bien.
Sus padres se miraron. Louis podía entenderla, de niño lo que más le arropaba en el mundo era el olor de su casa. En el colegio había acudido más de una vez al despacho de su padre cuando estaba inquieto, porque a su veela le calmaba el olor del alfa.
— Cariño, seguro que los abuelos nos pueden hacer un hueco —le dijo Scorpius al oído.
— ¿Y vienen aquí los otros abuelos? —preguntó la niña con un puchero, preocupada porque Draco y Harry les habían visitado varias veces en la casa que alquilaban.
— Sí, nenita, los abuelos saben venir aquí, a ellos también les gusta mucho esta casa. ¿Quieres ir a por tus cosas mientras los abuelos te preparan una habitación aquí.
— Con vosotros —afirmó ella, sujetando a sus padres del abrigo, siempre temerosa de que fueran a desaparecer.
En El Refugio vieron a la niña florecer. Llevaba casi dos años aprendiendo inglés con sus padres adoptivos, pero hasta entonces había mostrado más capacidad para entenderlo que para hablarlo. Comenzó a hablar más, a jugar por la casa sin necesidad de que sus padres estuvieran cerca. Y a acurrucarse con los abuelos que se turnaban para cuidarla. Entonces llegó la primera luna llena.
La víspera de la luna llena, en El Refugio se respiraba una energía diferente, una vibración. Remus y Bill pasaban esa noche solos, corriendo por el bosque, el lobo protegido por la poción matalobos y el humano siempre junto a él, menos humano que nunca. El resto de la manada solía pasarla en vela y juntos, acompañándose y esperando al amanecer a que los padres volvieran sanos y salvos.
Un par de días antes, Bill y Remus se sentaron a hablar con Scorpius y Louis.
— ¿Cómo ha sido la luna llena hasta ahora para Xian? —preguntó Remus, acariciando inconscientemente la rodilla de Bill, sentado como siempre pegado a él.
Scorpius miró a Louis.
— Su lobo está reprimido por el trauma. No ha habido transformación, suele pasar esa noche inquieta y lloriqueando, aferrada a nosotros.
— Hablamos con la terapeuta antes de viajar y nos dijo que quizá el reinicio que supondría vivir aquí y relacionarse contigo ayudara —explicó el sanador..
Remus miró a los dos jóvenes, serio.
— ¿Qué te preocupa, Scorp?
El rubio dio un respingo y miró a los tres hombres con un rastro de culpabilidad antes de hablar.
— Confío en ti, en vosotros. Pero os he visto regresar de la noche de luna llena. Estoy preocupado por mi hija. Porque estéis lo suficientemente lúcidos como para cuidar de ella.
Louis le tomó del hombro y lo acercó a él.
— Dora tenía ese miedo cuando empezamos a pasar juntos la luna —habló Bill por primera vez—. Las primeras noches Fleur venía con nosotros como medida de precaución, y aún así Dora pasaba la noche en vela, acompañada por Harry o por Angie.
— Tu miedo es normal, Scorpius. Louis puede acompañarnos, seguro que Fleur se ofrece también. Y te sentirás más arropado si esperas en casa con Dora, incluso con tus padres si quieres. Pero hijo —le interpeló con su voz calmada—, no va a pasar nada, siento a Xian aquí, —Se señaló el pecho— con vínculos tan fuertes como los del resto de mi manada. Cuidaremos de ella.
Eran las seis de la mañana y Scorpius se paseaba por la cocina de El Refugio, inquieto. Sentados a la mesa sus cuñados y cuñadas acompañaban a Dora como cada luna llena, junto a Draco y Harry.
Cuando por fin se abrió la puerta, se precipitó hacia Louis, que llevaba a Xian dormida en brazos. Los abrazó a los dos con fuerza.
— ¿Está bien?
— Está perfecta —le respondió su marido, emocionado—. Tendrías que haberla visto, Scorp. Ha correteado todo el tiempo, feliz. Hemos tenido que esperar a que se cansara.
Scorpius tomó a su hija con cuidado y la abrazó, cerrando los ojos con alivio. A su alrededor, el resto de la familia se levantó para abrazar a los recién llegados. Al abrir los ojos, se topó con una imagen preciosa de Remus, Bill, Dora y Fleur fundidos en un abrazo múltiple. Miró a Louis, que contemplaba a sus padres con una sonrisa. Ese era el espíritu de la manada, la unión y el amor. Se sentía terriblemente afortunado de haber crecido con sus padres, pero la magia que se percibía en El Refugio era otro nivel.
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Encontraron una casa cerca de El Refugio. Se mudaron despacito, permitiendo a Xian hacerse poco a poco al cambio. La niña avanzaba a ojos vista, relacionándose con el resto de la familia y corriendo con sus abuelos bajo la luna. Y con su padre Louis, al que había fascinado la experiencia desde el primer día.
Afrontaron la Navidad con un ánimo muy festivo, la bisabuela especialmente. Sentados junto a la chimenea, tomados de la mano, Draco y Harry observaron a Xian sentada en las rodillas de su padre Scorpius, esperando a la entrada del árbol. Aquel año, por primera vez, los nietos Weasley acompañarían a sus padres y tíos en la tarea de cortar el árbol y traerlo hasta la casa. Las nietas se sentaban a la larga mesa, preparando adornos y discutiendo con su abuela y las madres sobre si era o no machista que mantuvieran la tradición. Sentado a la cabecera de la mesa, Arthur sonreía mientras sostenía al bebé de Victoire e intervenía de vez en cuando en el debate.
La cena fue la misma algarabía de todos los años. Y la entrega de regalos, como siempre comenzando por el más joven. El pequeño Jean Paul recibió su primer jersey Weasley, a juego con un gorrito verde que le hacía parecer un duendecillo. Tras él llegó el turno de Xian, que recibió un jersey con una X del mismo color que sus ojos ámbar. Y una cajita. Louis la abrió con cuidado, sacó la bolita de cristal y se la mostró a su hija mientras Scorpius leía la nota adjunta.
"Queridos Louis, Scorpius y Xian,
esta bolita ha estado esperando por vosotros desde que acabasteis vuestros estudios y os fuisteis a viajar por el mundo haciendo lo posible por ayudar a los demás. Estamos tan orgullosos de vosotros, es difícil valorarlo con palabras.
Nos alegra infinito que añadáis una ramita más a nuestro árbol Weasley y que por fin os instaléis cerca para permitirnos ver crecer a una nueva generación. Da igual la sangre, lo que importa es el corazón, y el nuestro os cobija siempre.
Os queremos,
los abuelos"
