Un lugar en el Mundo


II. La sombra plateada


Elsa llevaba más de una década sin soltar ni una lágrima, pero el llanto desconsolado de Sylphiel mientras ambas se abrazaban, estuvo a punto de quebrar ese invicto.

—Ya, ya, niña —le habló suavemente, y palmeó, gentil, su cabeza—. Déjame ver tu rostro.

Sylphiel se alejó de su pecho, y Elsa pudo contemplarla. A pesar de su nariz moqueando y los ojos rojos e hinchados, reconoció a su pequeña y antigua amiga, ahora convertida en toda una bella mujer. Sacó un pañuelo de su pantalón, y le secó el rostro.

—Perdón —susurró ella, hipando.

—Sylphi-chan… —Su voz, que siempre era monocorde e indiferente, ahora era afectuosa y protectora—. Pensé que habías desaparecido junto a Sairaag. No sabes cuán feliz me hace saber que estaba equivocada.

Sylphiel hizo un gemido y arrugó la cara, entregándose a un nuevo llanto. Volvió arrojarse a los brazos de Elsa, y casi vomitó una letanía de lamentos:

—¡Elsa-san, lo siento! ¡Siento mucho todo lo que ocurrió! ¡Siento mucho lo de Rania-san! ¡Fue tan injusto! ¡Papá intentó convencerlos, pero no supieron comprender!

Elsa sintió un vacío en el estómago al escuchar, después de tantos años, ese nombre. Hizo acopio de toda su fortaleza interna, y desenredó de su cintura, los brazos de la joven.

—Eso ocurrió hace mucho tiempo —respondió, dibujando una sonrisa que fuera convincente. De cualquier manera, no se le daba demasiado sonreír, por lo que el resultado seguramente se vería algo forzado—. Y entonces, ¿qué haces por aquí?

—Fue Merlina-san —Sylphiel se secó las lágrimas y trató de recobrar la compostura. Al notar que Elsa no sabía de quien hablaba, aclaró—. Merlina-san es la posadera de este lugar. Ella me buscó, y me dijo que había llegado una chica de Sairaag, como yo. Cuando dijo tu nombre, no podía creerlo, ¡pero sí, eras tú!

Elsa tomó de la mano a Sylphiel, como cuando eran niñas y ella la cuidaba de los bribones del barrio. Después, había llegado ese idiota de cabello rubio, y le había quitado el lugar preferencial que tenía en los ojos de su inocente, y adorable, vecina Sylphiel.

Llenó dos jarras de cervezas hasta el tope y le arrimó una a la sacerdotisa. Esta, sin dudarlo, empinó el codo y bebió de un trago casi toda la bebida.

—¡Con cuidado Sylphi-chan! —la previno, riendo.

—Elsa-san, ya había perdido la esperanza de reencontrarnos —declaró. Elsa pensaba que ella volvería a llorar, pero, por el contrario, comenzó a reír, trayendo al presente un recuerdo de sus travesuras— ¡Gracias por no delatarme con la Bless Blade!

Elsa puso su mejor cara de desconcertada, pero la sonrisa bailando entre sus labios, decía lo contrario.

—¿Hablas de la espada del santuario? Oh, yo no sé nada de eso. No sé de qué me hablas.

Ambas rieron, cómplices del mismo secreto. Luego, las sobrevino un silencio expectante: tenían tantas cosas por contarse, que no sabían cómo ni por dónde empezar. La visión periférica de Sylphiel atrapó algo que le llamó la atención: Elsa tenía cerca de su codo, un papel arrugado.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalándolo.

—¿Esto? —El papel con el retrato de la princesa estaba arruinado, lo que era una pena, teniendo en cuenta cuánto cuidaba su colección. Lo abrió y trató de alisarlo, en vano. De pronto, recordó el encuentro con el sujeto deforme y espeluznante, que había acontecido minutos atrás. Un escalofrío recorrió su espina dorsal—. No es nada, solo un retrato que estaba haciendo antes de que tú llegaras.

Sylphiel le quitó el papel de sus manos.

—¡Oh! —jadeó, sorprendida—. Pero si es Ameria-san.

Que su amiga mencionara a la princesa de una manera tan cercana, utilizando su nombre de pila, y sin los honoríficos obligados para la realeza, no era un detalle que Elsa podía pasar por alto.

—¿La conoces? —preguntó. Su interlocutora asintió varias veces.

—¡Claro! Es mi amiga.

Elsa arqueó las cejas, francamente sorprendida.

—Perdona, pero ¿cómo una sacerdotisa de Sairaag llegó a ser amiga de la princesa del reino más importante del interior de la barrera?

—Es una larga historia —respondió, más interesada en seguir examinando el retrato—. Tus dibujos siempre fueron muy reales. Pero este me da tristeza.

—Dibujo lo que veo —respondió, con total sinceridad. La sacerdotisa cabeceó, estando de acuerdo, y le devolvió el retrato.

—Ameria-san no está en su mejor momento —agregó.

Una ventisca, con aroma a tierra mojada, agitó sus ropas. Elsa se apresuró a guardar todos sus trabajos en el portafolio de cuero, antes de que el viento se los llevara cuatro pisos abajo, al flujo de aldeanos que comían, bebían y bailaban, como si el mundo estuviera por acabarse. Quiso acomodarlos antes de guardarlos, pero Sylphiel tomó uno de los fajos de papeles y empezó a examinarlos, uno detrás de otro.

—¡Elsa-san, esto es bellísimo! —halagó, francamente asombrada y admirada—. Quizás bastante novedosos y algunos… escandalosos. Solo tú podrías hacer algo así.

Dejó que su amiga revisara algunos de los diseños que había creado. Mientras la escuchaba elogiar sus trabajos, Elsa fue abordada por un recuerdo de la infancia: eran tres niñas, Sylphiel la más chica entre ellas. Jugaban con los disfraces que ella confeccionaba, hecho con retazos de telas que las criadas de su casa descartaban. Sylphiel siempre elegía el rol de princesa, a Elsa le gustaba ser el malvado mercenario que la secuestraba, pero a Rania… a ella le gustaba ser la heroína justiciera.

Sylphiel la regresó al presente, al devolverle sus trabajos.

—Entonces, ¿qué haces tú por aquí? No creo que vengas por la Fiesta Anual de la Cerveza —comentó. Elsa se sintió afortunada de volver a escuchar la femenina y suave voz de su amiga.

—Sylphi-chan, dime un recuerdo que tengas de mí, disfrutando de la gente apretujada y sudada —respondió tomando otro sorbo, y suspiró con placer. El festival era ruidoso y escandaloso, pero la bebida era condenadamente buena—. Estaba en camino a la capital, pero me quede varada aquí, sin carro ni habitación.

—¿Vas a la capital de Saillune? —indagó Sylphiel, aunque era una pregunta retórica.

—Claro, ¿a qué otra podría ir?

—¿Y qué planeas hacer allí? —repreguntó, y no fue ajeno a Elsa, la ilusión que de pronto colmó las facciones de la sacerdotisa.

—He recibido un dinero… inesperado —concretó. Era demasiado complejo de explicar, y de cualquier manera no quería hablar de ello—. Pensé en ir a la capital, y poner allí un local para vender mis diseños. He viajado mucho, y ya quisiera asentarme en algún lugar.

Sylphiel juntó las palmas de sus manos y aplaudió, repentinamente feliz, como sí un oráculo le hubiese dado la respuesta que tanto anhelaba.

—¡Debes conocer a Ameria-san!

Elsa casi escupe la cerveza, pero, por el contrario, terminó atragantada y tuvo que toser varias veces para liberar la garganta.

—¿Qué? ¿A la princesa?

—¡Sí! —afirmó Sylphiel, poniéndose las manos en las mejillas. Elsa no sabía si lo hacía para acentuar la emoción, o porque estaba midiendo el nivel de alcohol desde la calidez de sus mejillas—. ¡Podrías encargarte del vestuario de Ameria-san!

—Sylphi-chan —la nombró, con mucha indulgencia—. Agradezco que pienses en mí de esa manera, pero he visto la clase de vestidos que usa la Princesa Ameria, y no creo que se adecue al estilo que tengo.

—¡No, no! ¡Eres justo lo que ella necesita!

Elsa volvió a llenar su vaso con cerveza del barril, preguntándose en qué momento se había tomado la jarra entera. Al parecer, la noche calurosa, las sorpresas de ese día, y el cúmulo de ebrios bailando y bebiendo en las calles, contribuían a aquello.

—¿Has visto lo que ha usado esa pobre chica? —respondió, realmente indignada—. Tules, encajes, enaguas y ¡mangas largas! ¡con cuarenta grados de calor!

—Tú también estás usando mangas largas —señaló Sylphiel, levantando una ceja cuestionadora. Elsa, por inercia, se ajustó su camisa y se aclaró la garganta, inventando una excusa, que resultó convincente.

—Eso es porque he caminado las últimas horas bajo el rayo del sol. Debo cuidar mi piel.

Sylphiel volvió a tomarla de las manos.

—¡Por favor, ven a conocerla! Ameria-san es encantadora, y tú eres el tipo de persona que ella estaba buscando.

—Sylphi-chan, me halagan tus palabras. Pero, realmente… —se excusó, sin saber cómo revelar sus razones. Después de unos breves segundos, decidió que lo mejor era explicarse sin rodeos—. Mis referencias no son las más… decentes. No son las apropiadas para una princesa. Incluso si mis diseños llegan a ser de su agrado, dudo mucho que la corona esté de acuerdo en que, alguien como yo, sea quien asesore y vista a la Princesa de Saillune.

Exuberantes Drag Queens, afamadas y codiciadas prostitutas, damas cortesanas, gigolós, y compañías de bailarinas de cabaret. Cuando la corona averiguara su currículum, le prohibirían la entrada incluso a la capital de Saillune.

—No sé a qué te refieres, pero créeme cuando te digo que Ameria-san no se detendrá en todo aquello. Incluso, ¡su mejor amiga es Lina Inverse! Supongo que sabes de quien te hablo.

Elsa se tocó la barbilla, pensativa.

—Claro que sé quién es, pero me cuesta creer que los rumores sean ciertos.

—¡Lo son! Lina-san también es mi amiga.

Elsa la miró como si una segunda cabeza le hubiese salido del cuello.

—¿Cuántas sorpresas más te tienes bajo la manga?

Sylphiel se rio, y sacó la lengua, un gesto que Elsa reconoció de cuando era niña y realizaba alguna travesura.

—Acompáñame a conocer a Ameria-san, y te diré todo en el camino.


Tenían tantas historias para contarse, que Elsa se alegró cuando notó que el sendero se iba haciendo más largo, alejándose del pueblo. Subieron una colina algo empinada, y cuando llegaron a la parte más alta, Elsa divisó las luces de lo que parecía ser un campamento. Había soldados distribuidos por los alrededores, pero en general, se podía notar un clima muy relajado.

Ambas empezaron a descender la colina. Allí, el viento llegaba de una forma más fresca y relajante.

—Pensé que la princesa estaría alojada en la casa de algún funcionario de Bo-Kaap.

—No hubo tiempo de organizar demasiado. No tan lejos de aquí, hubo un temporal muy fuerte que inundó un pueblo entero. Ameria-san armó un grupo de socorro, y estuvimos trabajando allí, hasta hace unos días. Pero el Príncipe Philionel pensó que el festival era una buena oportunidad para que su hija retomara alguno de sus deberes sociales, y como estábamos cerca... Le envió un vestido al azar. Ya ves, fue algo improvisado.

—¿Retomar? —preguntó Elsa—. Escuché que la Princesa Ameria es una figura política muy activa.

—Lo es —respondió Sylphiel. La colina, al descender, se iba haciendo más empinada y debieron acelerar el paso para no caer rodando—. Pero tuvo algunos percances estos últimos meses, y se vio obligada a tomar una licencia.

—¿Entonces es verdad que perdió su capacidad mágica?

Sylphiel se detuvo abruptamente y estuvo a punto de comenzar a rodar colina abajo, si no fuera porque Elsa la sostuvo de los codos. La sacerdotisa se enderezó y la miró horrorizada.

—¿Cómo sabes eso?

—En el hostal. El dueño del hostal se lo contaba a sus amigos. Aparentemente se lo había dicho la nieta, o la prima… —pensó, y luego descartó ese dato, que no era importante—. Un contacto que aun trabajaba allí, le había ido con el chisme de que la princesa no había sido capaz de curar un corte de su mano.

Sylphiel abrió y cerró la boca varias veces, indignada, y apretando los puños, comenzó a despotricar. Eso la sorprendió: ella siempre había sido una niña poco dada a expresar su enojo. Evidentemente, las amistades de sus últimos años la habían cambiado para bien.

—¡Cómo se atreve a ser tan chismosa! ¡Merece que la echen sin indemnización!

—¡Bien por ti Sylphi-chan! —dijo Elsa, y la cogió de la mano para retomar el descenso—. Qué bueno que ya puedas enojarte.

Sylphiel se sonrojó brevemente, pero retornó a lo importante de la conversación.

—Por favor, prométeme que no le contaras a nadie sobre esto. Intentaré mañana detener el chisme de alguna manera.

—Dime cuándo fue la última vez que me viste cotilleando sobre la vida de otros —la tranquilizó, guiñándole un ojo—. Y no te preocupes, no eran más que unos jubilados aburridos. A esta altura de la noche deben estar tan borrachos que ni deben acordarse de sus nombres. Como todos en ese pueblo.

Pronto llegaron a la base del campamento. Aquello, más que el perímetro en donde se alojaba un importante miembro de la familia real, parecía una versión, mucho más sobria, de la fiesta que habían dejado atrás. Las sirvientas coqueteaban con los soldados, y estos, hinchaban el pecho y erguían la espalda, dejando ver sus insignias. Incluso, muchos de ellos tomaban sorbos disimulados de cerveza, de un pequeño vaso. Cuando notaron la llegada de Sylphiel, todos aparentaron estar desempeñando alguna tarea, tratando de ocultar la bebida. Elsa concluyó que Sylphiel debía tener cierta relevancia entre todo el personal.

—¿Dónde está la Princesa? —preguntó, demandante, a uno de los soldados. Este se repuso firmemente y respondió, mirando hacia el frente.

—Sylphiel-dono, la Princesa ya se encuentra en su tienda —respondió.

La sacerdotisa siguió caminando y Elsa fue detrás, sorprendida nuevamente por la figura de autoridad en la que su amiga se había convertido. Llegaron hasta una de las tiendas más amplias, y Sylphiel se anunció antes de ingresar.

—Ameria-san, soy yo, voy a entrar —habló, y luego la miró a ella—. Espérame un momento aquí por favor.

Elsa cabeceó y permaneció de pie, en la entrada de la tienda. Desde que habían comenzado la caminata hasta allí, se había mantenido tranquila y distendida, pero al descender por la colina, los nervios habían comenzado a estrujar su estómago. Todo aquello era bastante surrealista, ¿realmente esto estaba sucediendo? ¿estaba a punto de entrevistarse con un miembro de la realeza de Saillune? Quería palmearse la frente, pero había comenzado a dolerle. Se arrepintió de haber tomado tanta cerveza, ¿la Princesa olería el vaho a alcohol, saliendo de su boca?

«¿Qué estoy haciendo? Estoy sudada, huelo a alcohol y me estalla la cabeza», pensó, arrepentida de haberse dejado arrastrar por el entusiasmo de Sylphiel. Había sido criada en familia noble, pero ya no recordaba cómo hacer una reverencia decente.

—Tranquilízate, maldita sea —se dijo a sí misma, pero el mundo empezó a dar vueltas a su alrededor. Sacó la cantimplora de su bolso, y tomó un largo trago de agua. Aspiró lentamente, llenando sus pulmones de un aire cada vez más fresco, y, cerrando los ojos, se concentró en escuchar los susurros de las hojas de los árboles. Levantó su cabeza hacia la fuente de este relajante sonido, y abrió lentamente los ojos. Entonces lo vio.

Fue apenas un haz de luz plateado en la copa de los árboles. Como un espectro que aparece por una milésima de segundo. A Elsa se le cayó la cantimplora de las manos, y boquiabierta, no pudo apartar los ojos de allí, tratando de comprobar si, realmente, había visto lo que creía haber visto, o había sido solo una mala pasada de su imaginación, efecto del alcohol.

Estaba casi segura de que sus ojos habían atrapado, entre los árboles, la figura plateada del sujeto de la azotea. Pero no podía ser, ya no había nada allí, solo ramas y hojas que se sacudían con el viento.

—Elsa —La voz de Sylphiel la trajo a la realidad—. Ya puedes entrar.

«Bueno, a lo importante», resolvió, recobrando la compostura. Sylphiel levantó la solapa de la tienda por ella, corriéndose a un costado para dejarla pasar. Elsa entró, y la vio.

La Princesa estaba sentada. Vestía un camisón blanco de algodón, que le llegaba hasta por debajo de las rodillas, y una bata azul índigo, cubriendo el resto de su cuerpo.

—¡Hola! —la saludó ella, poniéndose de pie—. Elsa-san, ¿verdad?, ¡gracias por venir! Perdona que te haya hecho esperar, pero primero debía quitarme ese corsé. Afortunadamente Sylphiel-san llegó en mi auxilio. ¡Unos minutos más y creo que iba a asfixiarme!

Sylphiel sonrió tensamente, cuando vio que su amiga de la infancia solo observaba a Ameria, sin pestañear ni pronunciar una palabra. Parecía estar viendo un fantasma. Cruzó miradas con la Princesa, quien entendía aún menos la situación.

—Elsa-san, ¿te encuentras bien? —preguntó Sylphiel.

Pero Elsa no podía quitar los ojos de la Princesa, y aunque quisiera, tampoco podía abrir la boca. En su cabeza, regresaron los ecos de una voz que no había logrado olvidar.

"No se preocupe señorita... eh... desconocida. ¿O debería decir señora? Eso no importa. Señorita desconocida. Me escucha, ¿verdad? La curaremos y pronto podrá estar con su marido. Ups. No lleva anillo. Entonces junto a sus perros, o sus gatos, o lo que más quiera, ¡incluso si es un cactus! Pero quédese con nosotros por favor, ¿sí? Prometo que esto no será más que un mal recuerdo"

La misma voz. Ese mismo timbre de voz. Alegre, agudo y cantarín. Indudablemente, era ella.

Elsa sintió que le dolía el cuerpo, nuevamente le ardían los brazos, y se tomó la cabeza con ambas manos. Supo que se estaba desmayando. Antes de desvanecerse por completo, sintió que alguien la atrapaba entre sus brazos. Era la Princesa Ameria, una vez más.