Un lugar en el Mundo
III. Puedo escucharte
Al abrir los ojos, lo primero que captó su campo visual fue una espada.
«No. Es una cimitarra», se corrigió. A pesar de que su cabeza parecía estar alojando un millar de astillas, recordó súbitamente la breve lección sobre espadas que le había dado uno de sus primeros clientes. Era un forjador de armas, quien había invertido sus ahorros en la dote y en el vestido de boda de su hija, la máxima aspiración de un buen padre de familia.
Las cimitarras no eran espadas. Eran sables de una hoja larga, curva, y ligera. Y esta, en particular, tenía una empuñadura finamente labrada. ¿Le pertenecía a la princesa?
«Mi cabeza», se quejó, al intentar moverse. El aire olía a tierra húmeda, señal de que se estaba aproximando una tormenta.
—¡Despertó!
Era la voz de Su Alteza Real. Elsa sintió el cuerpo tan flácido como una gelatina, pero hizo un esfuerzo por reincorporarse. Apoyó los pies en el suelo, y lo máximo que pudo hacer, fue sentarse. La cabeza le latía, y estaba segura de tener el aspecto febril de una gallina mojada.
—Con cuidado Elsa-san —aconsejó Sylphiel, arrodillándose frente a ella y entregándole un vaso con agua. Elsa lo tomó todo, de un solo trago.
—Sylphiel-san me contó que caminaste las últimas horas bajo el rayo del sol. Estás insolada —La Princesa tomó asiento a su lado, y le hizo una sonrisa comprensiva. Su voz, amable y dulce, era reconfortante—. Creo que tomar alcohol no fue la mejor decisión, ¿verdad?
La princesa descansó una mano compasiva sobre la suya, mientras le sonreía con dulzura. Sus ojos azules tenían el efecto de entibiar el corazón, y Elsa tuvo que luchar contra el impulso espontáneo de sonrojarse.
«Oh, no. No seas estúpida. Detente ahí», se regañó a sí misma.
—Siento la molestia, Su Alteza —Quiso poner fuerza en sus muslos para ponerse de pie, pero fracasó—. Estoy muy avergonzada.
—¡No, no! —Ella negó enfáticamente—. No hay nada por lo que estar avergonzada ¡Esto ocurre a los corazones bravíos y valientes, que viajan en busca de aventuras y proezas! ¡Y usted es una de ellas!
Elsa abrió y cerró la boca varias veces, sin saber qué decir. La Princesa ahora la tomaba de ambas manos, mirándola con entusiasmo, como un niño que espera de un juglar, una gran historia épica. Sylphiel se aclaró la garganta, y Elsa notó que había un cierto bochorno, extendiéndose en las mejillas de la sacerdotisa.
—Le resumí a Ameria-san un poco de todo lo que charlamos. Que viajaste a muchos países, e incluso, te aventuraste al otro lado de la barrera.
—¡Eso es increíble! —La princesa soltó sus manos, pero había en ella tanto entusiasmo, que le recordó al alegre e inquieto perro labrador de su infancia. Había algo que a Elsa no terminaba de cuadrarle: la Princesa era quien se mostraba admirada y fascinada por ella, cuando se suponía que debía ser al revés—. No existen tantas mujeres que se aventuren a explorar solas el mundo, Elsa-san. Sí hechiceras como Lina-san, y hasta ella es toda una excepción…
—Ameria-san, creo que deberíamos dejarla descansar.
La princesa alineó su espalda y cabeceó, estando de acuerdo. Elsa hizo un último intento por ponerse en pie, pero volvió a caer en la cama.
—No te muevas, por favor —le pidió la Princesa, y suponiendo lo que Elsa quería, tomó su bolso y se lo entregó.
—Perdóneme Su Alteza. Vine a entrevistarme con usted, y terminé siendo una molestia, ¿cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Apenas dos cuartos de hora, no tiene por qué preocuparse —respondió. Para su sorpresa, la Princesa la tomó de un brazo, cruzándolo sobre su propio hombro. Elsa notó un agarre firme y fuerte, a pesar de su cuerpo pequeño—. Sylphiel-san, ayúdame a llevarla a tu tienda. Creo que pronto empezará a llover.
Sylphiel la tomó del otro brazo y ambas la levantaron sin esfuerzo. Elsa sentía un rubor expandirse por todo su rostro, pero seguir disculpándose solo la haría verse más patética.
Cuando salieron al exterior, los guardias, que claramente habían estado holgazaneando, volvieron a sus puestos. La Princesa parecía no darle importancia. Elsa advirtió como un viento frío arremolinaba las hojas caídas, las capas de los guardias, y el camisón de la Princesa. Unos relámpagos intermitentes iluminaban la noche, seguidos por estruendos breves, que iban creciendo en tiempo e intensidad. Elsa se convenció a sí misma de que el fantasma plateado, que había visto entre la copa de los árboles, no había sido más que una ilusión óptica, producto de la insolación y los primeros relámpagos. Si acaso había creído ver el rostro deforme, del mercenario de la hostería, era por la impresión y el miedo que le había provocado.
Las tres corrieron hasta ingresar a otra tienda, y ambas sacerdotisas recostaron a Elsa en uno de los camastros.
—Siento tener que dejarlas solas, pero aún me queda trabajo por terminar —Se disculpó, y luego se dirigió a Elsa—. ¿Conversamos mañana a primera hora? Si te encuentras mejor, por supuesto.
Elsa afirmó silenciosamente, sin nada más que agregar. Maldijo su suerte: ni una reverencia había podido hacer, por el contrario, había tenido que sufrir la humillación de ser cargada por ella y Sylphiel, hasta allí.
Las primeras gotas de lluvia cayeron sobre la tierra, caliente y seca. Era un alivio del calor, pero también, un anticipo de la gran tormenta que se avecinaba.
—Ameria-san, creo que deberías volver —aconsejó Sylphiel.
—Oh, sí, no quiero coger un resfrío de verano. ¡Que descansen!
Y con eso, la Princesa levantó el ala de la tienda, y salió corriendo de allí.
La infusión herbal de Sylphiel olía y sabía mal, pero a los minutos de haberla ingerido, el dolor de cabeza empezó a menguar. Sylphiel le quitó la taza de las manos, y se sentó en su camastro, enfrente al de ella.
—Le has caído bien inmediatamente —comentó. Elsa hizo una sonrisa torcida.
—Tienes que ser alguien muy desagradable, para no gustarle a esa muchacha —respondió. Sylphiel hizo una carcajada, pero continuó elogiándola.
—¡Digo la verdad! Hace mucho tiempo no veía a Ameria-san con ese entusiasmo tan… real. Su padre pensaba que algunos compromisos ligeros y un poco de trabajo le vendrían bien, pero no tuvo grandes avances… —Un silencio incómodo se hizo entre las dos. La tormenta ya arreciaba en el exterior, golpeando con sus gruesas gotas el techo de la tienda—. Elsa-san, no quiero parecer entrometida, pero ¿qué ocurrió? Mirabas a Ameria-san como si fuese algún fantasma, y nunca has sido de las que se sorprenden con facilidad.
Elsa pasó los dedos por su cabello rubio, peinándolo. Consideró todas las posibilidades antes de responder, y concluyó que no tenía sentido ocultarle sus razones a Sylphiel.
—La Princesa Ameria, ha estado gravemente enferma, ¿no es así?
Sylphiel se sobresaltó, y puso las manos en sus rodillas. Ese era un gesto que siempre hacía desde niña, cuando los adultos buscaban al autor de alguna travesura, aunque nunca nadie sospechaba de la angelical Sylphiel.
—¿Cómo lo sabes?
Elsa ponderó distintas respuestas, pero optó por la más ilustrativa y contundente: desabotonó los puños de su camisa, y comenzó a arremangarse, dejando ambos brazos al descubierto. Sylphiel ahogó un grito y se llevó las manos a la boca.
—Su Alteza, lleva estas mismas marcas, ¿verdad?
La sacerdotisa se echó al suelo y se arrastró de rodillas hasta llegar a ella.
—¿Cómo…? —jadeó Sylphiel, abrumada—. ¿Estabas allí también…?
Elsa inclinó la cabeza, asintiendo silenciosamente, y Sylphiel, con mucha delicadeza, tomó sus brazos por el codo. Desde dónde finalizaban sus hombros, hasta el inicio de sus manos, una mancha oscura y envolvente, descendía por su piel blanca, como un melanoma ennegreciendo los tejidos de su piel. De una pulgada de grosor, Elsa pensaba en sus marcas como un cinturón de cuero al que habían fundido sobre sus brazos, en espiral. Se había acostumbrado a ocultar esa parte de su cuerpo: algunas personas la habían visto por accidente, y de todas ellas, había recibido gestos de repulsión, pero al mismo tiempo, de compasión. Y no sabía qué era peor.
—Se suponía que iban a ser unas vacaciones agradables —bromeó, para aligerar la tensión dramática, pero, por el contrario, a Sylphiel le empezaron a temblar los labios.
—Ameria-san, mientras estabas inconsciente… ¡dijo que tu rostro le era familiar!
—Debí suponerlo cuando la vi con ese horrible vestido de mangas largas —agregó burlonamente, como último recurso para quitar la expresión de tragedia del rostro de su amiga—. Sylphi-chan, no me pongas esa cara. Sigo viva, después de todo. Otros no corrieron con la misma suerte.
—Elsa-san, ¡lo siento! Yo debí haber estado allí, pero mi tío enfermó y...
—No seas tonta, ¿por qué te disculpas? —reprendió, dándole un golpe amistoso a su nariz. Se acomodó la camisa y volvió a cubrirse los brazos, e hizo que Sylphiel tomara asiento a su lado—. Tuve suerte —enfatizó—, de que ella apareciera allí.
—¡Cuéntame más, por favor! Ameria-san es sociable y comunicativa, pero cuando se trata de ella misma… —Sylphiel buscó la palabra que más se adecuara a su, otrora, compañera de aventuras—. Es reservada. Desde que regresó a Saillune, no ha dicho una sola palabra sobre ello.
—Sylphiel —la llamó, abandonando esta vez el apodo cariñoso. La sacerdotisa lo notó, y hundió los hombros—. No puedes presionar a las personas para que te cuenten aquello que no quieren.
—¡No lo hago! —se defendió, negando enfáticamente con los brazos—. Pero ella ha sido una compañía amable y un consuelo, durante los aniversarios de la muerte de mi padre. Ha escuchado tanto de mí, que se siente injusto saber que está sola en ese inmenso palacio.
Elsa corrió el cuello hacia un costado, pensativa. Para ella, la vida continuaba si uno ponía empeño en olvidar los acontecimientos difíciles o traumáticos. Probablemente, para la Princesa Ameria fuera igual. Sin embargo, había personas como Sylphiel, que podían procesar mejor el dolor si alguien los escuchaba. No es que creyera que aquello estaba mal, pero había episodios de su vida que prefería dejarlos en la latente caja del pasado. Aun así, accedió:
—¿Qué es lo que quieres saber? —preguntó, y recibió una sonrisa compasiva de Sylphiel, quien le acarició el brazo, cubierto por su camisa.
—¿Aún duele?
Elsa negó, sacudiendo la cabeza.
—No. A veces pica, pero es soportable.
—Oh, a Ameria-san le ocurre seguido, y son muy útiles los bálsamos que preparan sus sacerdotisas. Puedo conseguir la receta para ti.
—Gracias —murmuró, incómoda. Algo le decía que la siguiente pregunta, no iba a ser tan fácil.
—Y… ¿cómo se sintió?
Era una duda simple, y Elsa también tenía una respuesta muy concreta.
—¿Te acuerdas de la historia que nos contó Obāchan sobre la maldición del Rey Dils II?
Elsa vio como Sylphiel palidecía frente a ella, y la piel de sus brazos se estremecía.
—El rey, transformado en una masa de carne, con serpientes en su interior que lo devorarán, pero se regenerará… eternamente —masculló la sacerdotisa, sombríamente, pero recitando al pie de la letra, una de las historias que su abuela les narraba, para mantenerlas quietas y obedientes.
«Y vaya si lo lograba», pensó. De pronto, los truenos, la lluvia y la tormenta habían pasado de ser relajantes, a espeluznantes.
—Creo que esa es la forma más concisa e ilustrativa, para describir cómo se sintió —confesó, con la misma serenidad de quien detalla como cocinar un pollo en una sartén. Por el contrario, Sylphiel llevaba plasmado el horror en su rostro.
—¡Pobre de ti! ¡Pobre de Ameria-san! —gimió, tomándola de las manos.
—¿Ahora entiendes por qué ella no quiere hablar de ello? —regañó. Sin embargo, ya estaban inmersas en el tema, y no había forma de echarse atrás—. Siguiente pregunta.
Elsa aguardó a que Sylphiel superara el espanto. Después de unos minutos, la entrevista reinició.
—Si has visto a Ameria-san en el escenario, desde esa terraza, e incluso hiciste un retrato de ella, ¿por qué la identificaste recién ahora, al presentártela?
—Por su voz —respondió, instintivamente—. No podría olvidar la voz de quien me salvó.
Le pareció que esa sentencia había sonado melodramática, pero era la pura verdad.
—¿Estabas consciente? —preguntó, sorprendida.
—Casi nunca dejé de estarlo —confirmó—. Los pedidos de auxilio de los demás enfermos, el llanto desesperado de sus seres queridos. Y el olor putrefacto —Elsa llegó al final de la oración, casi susurrando—. Tardé en darme cuenta que era yo quién olía así.
Sylphiel le hizo una caricia en el hombro.
—No debí preguntarte nada de esto, Elsa-san —Su voz, apenas lograba disimular el llanto que debía tener atravesado en su garganta—. Perdóname.
Elsa negó con la cabeza. Se había dado cuenta que, en realidad, sí necesitaba exorcizar esos recuerdos.
—No podía abrir los ojos, pero sí podía oírlo todo —continuó—. Cuando le rogué a Ceiphied que me liberara de una vez, llegó la primera sensación de alivio en semanas, o días, no lo sé. Sentí algo cálido, como el sol en invierno. Y luego escuché su voz, hablándome cerca del oído: "Vas a superar esto", me dijo.
Sylphiel no pudo decir nada, conocía a Elsa y nunca la había visto llorar, por lo que se asombró, en silencio, al advertir sus ojos acuosos. Tomó sus manos, y las albergó en las suyas.
—Eso suena muy a Ameria-san.
Elsa hizo apenas un bosquejo de sonrisa, y tomó una honda respiración para recobrar la compostura.
—Tu amiga es realmente extraña —continuó, asomando una carcajada—. Me llamaba "Señorita desconocida", y hablaba de temas muy distintos: de lo bello que eran allí los atardeceres y las montañas, o de la vez que ella y sus amigos habían sido convertidos en muñecos de tela, o de lo difícil que había sido cazar un dragón, que finalmente no se lo habían podido comer. ¡Y a veces cantaba canciones empalagosas, y cursis!
Sylphiel acompañó riéndose a carcajadas.
—¡Definitivamente era Ameria-san!
—Pero un día, ya no escuché más su voz.
La tormenta no se tomaba descansos, y la lluvia seguía cayendo con la misma fuerza que al inicio. Elsa se preguntó si la Princesa seguiría trabajando, o ya se habría ido a dormir.
—Tengo entendido que los refuerzos llegaron justo a tiempo —explicó Sylphiel—. Ameria-san se desplomó frente a ellos.
—¿Yo la contagié?
Sylphiel se sorprendió ante esa pregunta: claramente, ella se sentía culpable.
—No, Elsa-san. Podría haber sido cualquiera. Ameria-san atendió a muchísimas personas por días, casi, sin ayuda. No pienses así.
La sacerdotisa dejó que su amiga procese la información. Al final, había sido algo positivo hablar de todo aquello, si eso implicaba que Elsa dejara de sentirse culpable.
—Cuando nos curaron, recuperé mi peso, y pude volver a caminar, la busqué entre los sobrevivientes. Quería agradecerle su apoyo, pero no la encontré. Pensé que había muerto, como tantos otros.
—Ameria-san fue trasladada a otro lugar, no muy lejos de allí, para continuar con su tratamiento —explicó. Ahora Sylphiel podía entender muchas cosas, y se animó a seguir preguntando—. Ese dinero del que hablaste, ¿acaso es…?
—Es la indemnización que nos dio la Alianza de Estados Costeros, para que mantengamos la boca cerrada. Cuando las sacerdotisas consideraron que ya estaba recuperada y no podía contagiar, dejaron que me marchara. Y bien, aquí estoy.
Sylphiel consideró que era un buen momento para un té. Se levantó y puso el agua en el calentador de bronce, encendiendo la mecha. Mientras repartía las hebras en las tazas, Elsa habló.
—La Princesa Ameria es alguien valiente. Haberse hecho cargo ella sola de toda la situación… Saillune está en buenas manos.
Sylphiel vertió el agua caliente en las tazas, respondiendo con un dejo de malhumor:
—Ella no estuvo sola. No en ese momento. Pero esa es otra historia.
Elsa tomó la taza que Sylphiel le entregó, y silenciosamente, tomaron la infusión. Ahora que el dolor de cabeza había desaparecido (y que su corazón se sentía más ligero), podía entregarse a un sueño reparador, con el sonido de la lluvia arrullándolas.
—¿Por qué no le contaste quién eras? —preguntó Sylphiel, con la nariz hundida en su taza.
—¿Para qué? Es historia pasada, y por lo que me cuentas, ella ya tiene suficiente con la pérdida de su magia.
Sylphiel asintió, distante.
—Es algo así… como un secreto de estado. Solo las esferas de poder más allegadas al Príncipe Philionel, los amigos de Ameria-san, y sus sacerdotisas, saben de ello.
—¿Pero no es peligroso que salga fuera de la seguridad del palacio? Perdóname Sylphiel, pero los guardias de aquí parecían demasiado relajados, como para proteger a su Princesa.
—Reforzar su seguridad solo levantaría sospechas, y nos encontramos cerca de la capital. El Príncipe Philionel piensa que lo mejor es que todo se mantenga en secreto, por eso los soldados están confiados, pensando que su Princesa sigue siendo una buena hechicera. Por eso me han enviado a mí. Trabajé en el ejército y conozco su desempeño.
—Woa, ¡eso es admirable Sylphi-chan! —reconoció, realmente impresionada. La sacerdotisa se sonrojó—. Ahora entiendo por qué lucía tan triste en la ceremonia —reflexionó, recordando la inauguración del festival—. Mi cuerpo quedó más agotado y ya no tengo la misma resistencia que antes. Además, perdí la capacidad de curarme pequeñas heridas, que una vez me habías enseñado. Pero para una hechicera y sacerdotisa como ella, perder su capacidad mágica debe ser el equivalente a perder los brazos.
Sylphiel acordó, con pesar.
—Sí —respondió, y de pronto pareció recordar algo, porque bufó indignada y apretó el puño. Aunque en cualquier otra persona podía ser un gesto intimidatorio, en ella era tierno—. Y, como si Ameria-san no tuviese suficientes problemas, está ese sujeto, que se esfumó, ¡justo en un momento así! Lina-san juró que si lo encuentra, lo destrozará, ¡y no podré culparla si lo hace!
—¿De quién hablas? —preguntó.
Pero Sylphiel se dio cuenta que quizás ya había hablado lo suficiente, y sonrió nerviosa. Le hizo un gesto con la mano para que desestimara su comentario.
—Nada, no me hagas caso. ¿Apagamos las lámparas y dormimos? Mañana en el desayuno podrás hablar con Ameria-san, y mostrarle tus diseños.
Elsa estaba agotada, por lo que accedió de inmediato. Entre las dos apagaron las luces, y se acostaron en sus camastros.
—¿A qué hora despierta la Princesa?
—Antes de que salga el sol.
—Qué muchacha trabajadora.
En la oscuridad de la noche, entre la lluvia y los truenos, la voz femenina de Sylphiel se volvió a escuchar.
—¿Elsa-san?
—Dime.
—Este reencuentro... me hace muy feliz.
Elsa sonrió, adormilada. La vida era extraña y daba reveses inesperados. Había llegado a esa aldea con la idea de pasar la noche y seguir su viaje, pero en unas pocas horas todo se había trastocado: se había reencontrado con una querida amiga a quien creía muerta, había descubierto que esa niña loca que la había cuidado, no era nada más, ni nada menos, que la Princesa de Saillune, y, por último, existía la chance de ponerse al servicio de la Corona, trabajando para ella.
—A mí también, Sylphi-chan.
Si una adivina se lo hubiese presagiado el día anterior, la habría acusado de charlatana y embustera.
Ella cerró los ojos, deseando que la lluvia limpiara las penas y la soledad de la Princesa. Aunque tan solo fuera, por esa noche.
Notas de la autora:
La maldición que narra Sylphiel es Raugnut Rushavna, y sale en las novelas, pero no en el anime. El Rey Dils II fue maldecido al intentar acabar con el Rey Demonio del Norte.
La primera vez que leí esto, no pude sacarme la imagen mental por días.
¡Gracias por leer!
