Un lugar en el Mundo


IV. Tierra mojada


Una gran tormenta en una noche calurosa de verano, es considerada una bendición por embarazadas y ancianos. Elsa abrió los ojos, percibiendo que el calor no solo se había disipado de su cuerpo, sino también, del ambiente. La lona color caqui de la carpa dejaba traslucir los rayos matutinos del sol, y por su posición, supo que faltaban algunas horas para el mediodía. Sylphiel le había dicho que la Princesa se levantaba antes del amanecer, por lo que ella ya debía estar abocada a sus deberes reales.

Se levantó intentando no hacer ruido: Sylphiel aun dormía apaciblemente. Al ras de la tierra corría una tenue brisa fría, y Elsa tomó una manta para arroparla. Ella y Rania la habían adorado, la consideraban su hermana pequeña, y hasta la llegada de ese niño idiota de cabello rubio, ellas dos habían sido sus personas favoritas. Pero, aunque habían sido bastante ruines con el muchacho, este nunca se daba por aludido: no tuvieron más opción, que sumarlo a sus tardes de juegos. De lo contrario, se arriesgaban a perder el cariño de la adorable Sylphiel.

Se lavó la cara e intentó acicalarse lo más decente posible. Calzándose sus botas, salió al exterior.

Afuera, soldados y criadas estaban desarmando varias de las estructuras. El aire olía límpido y fresco.

Ella ya estaba lista para hablar con la Princesa, pero no recordaba cuál de todas era su tienda. Parada en medio de una vorágine de personas que iban y venían, sintió que estorbaba y decidió tomar asiento en una mesa con taburetes, al lado de una de las tiendas que aún no habían sido desarmadas. Esperó a que la Princesa apareciese, o Sylphiel se despertara y la rescatara de esa incómoda posición.

—¿Qué ocurre con ella?

Elsa casi voltea, pero no era a ella a quien le hablaban. Desde uno de los laterales de la tienda, llegaba el murmullo de una charla confidencial, y Elsa, tenía muy buen oído.

—Deberíamos ya estar listos para partir. Ella nunca se levanta después de la salida del sol.

No había que ser demasiado lúcido para entender de quién estaban hablando. No le gustaba el chismorreo, pero viendo que los guardias y sirvientes corrían de un lado al otro, trabajando a contratiempo, optó por no ser una molestia, y continuó allí.

—¡Ni siquiera ha desayunado! Me costó despertarla, parecía que la habían dormido con somníferos para dragones.

—Eso no es nada, ¡mira esto!

El oído experto de Elsa, distinguió la fricción de una tela de algodón.

—¿Sangre?

El campamento era una cacofonía de órdenes, quejas y reproches, pero entre esas dos muchachas, se instaló el silencio.

—Sí, es sangre —confirmó una de ellas, titubeante. Su voz parecía vaticinar alguna clase de catástrofe—. Y aún faltan dos semanas para su próxima menstruación.

—La Suprema Sacerdotisa nos advirtió que, si volvía a sangrar, estaríamos en problemas.

—¡Si llegan a descubrir que no la cuidamos correctamente, no me subirán de grado!

—¡Estúpida! Baja la voz —Elsa tuvo que hacer un esfuerzo mayor para continuar escuchando. Ella había sangrado tiempo después de transcurrida la enfermedad, pero eran apenas unas gotas negras, aquí y allá, que habían desaparecido con los meses, gracias a un preparado—. No es sangre negra. Es roja, mira.

Hubo otro silencio prolongado.

—Tienes razón.

—Bien, la vigilaremos mejor a partir de ahora. La princesa confía en Sylphiel-dono más que en nosotras. Si fuera algo serio, seguro se lo contara a ella primero.

—Realmente necesitaba ese ascenso…

A Elsa no le gustaba contar esa información. Ni siquiera la habían entrevistado, y allí estaba, escuchando la charla confidencial de dos sacerdotisas. Ahora podía entender porque la Princesa tenía a Sylphiel a su lado. No se podía confiar, plenamente, en un personal que estaba más interesado en escalar posiciones, a costa de ocultar o minimizar ciertos hechos.

Las pisadas sobre la hierba le dijeron que ellas se habían marchado. Afortunadamente, la silueta de la Princesa apareció. Esta vez, no iba a estropear la oportunidad, y no se avergonzaría a sí misma, mirándola como si estuviese frente al fantasma de Rania.

Mientras caminaba hasta allí, la Princesa hacía algunos ejercicios de estiramiento. Ya no llevaba ningún vestido engorroso: vestía una túnica azul hasta las rodillas que, por supuesto, también tapaban sus brazos, y debajo, un pantalón holgado de lino blanco. Usando unas alpargatas grises, hacía pequeños trotes, y vista así, daba la impresión de ser una muchacha más del personal de la Corona. La vio sana y activa: no había motivos para preocuparse por su salud.

Al verla de espaldas, volvió a recordar la monstruosa enagua que había arrastrado, y se burló: la chica tenía suficiente con lo que su madre, y la naturaleza, le había dado.

—Buenos días, Su Alteza —saludó, anunciándose con una reverencia. La Princesa volteó y corrió hasta ella, agitando el brazo para saludarla.

—¡Elsa-san! Buenos días, ¿te sientes mejor?

Elsa media un metro setenta y cinco, por lo que siempre miraba a las personas desde arriba. La Princesa estaba radiante como la misma mañana. Al contrario de su retrato, sus ojos ahora tenían una chispa de alegría.

—Sí, gracias por cuidar de mí —respondió. Ella extendió su brazo, invitándola a sentarse a una angosta mesa.

—¿Has comido algo? ¿Te importaría desayunar conmigo?

Titubeó, pero no podía negarse. En sus inicios, Elsa había trabajado con nobles de distintos abolengos, había crecido en una familia así y pensaba que sería fácil. Pero una cosa era pertenecer, y otra muy distinta, trabajar para ellos. El menosprecio con el que solían tratarla, la hizo optar por el camino que la mayoría prefería evitar: las prostitutas eran despreciadas por la sociedad, pero a ella, la trataban con respeto y dignidad. Mientras que estas eran flexibles y abiertas de mente con sus diseños, las mujeres nobles solo querían vestirse como pavos reales. Que una Princesa la invitara a desayunar, junto con la revelación de la noche anterior, destruía todos los prejuicios que había construido en torno a la nobleza, y más aún, sobre la realeza.

La Princesa sacó de una canasta, tazas, botellas, y algunos bocados dulces y salados. Mientras lo hacía, tarareaba y silbaba. Elsa no pudo evitar recordar sus canciones, en esos días de enfermedad y muerte.

—Sin duda, este no es un desayuno de campeones, pero desperté más tarde de lo normal, y no quise demorar la tarea de los demás. Disculpa si es muy ligero.

—Es más que suficiente.

Elsa tamborileó sus dedos sobre la carpeta que tenía en el regazo, mientras la princesa acomodaba todo en la mesa. No le importaba desayunar, quería mostrarle sus trabajos.

—No eres muy conversadora, ¿verdad?

«Estoy hablando con la Princesa del Reino de Saillune, y acabo de descubrir que fue quien me cuidó cuando pensé que iba a morir. Aún lo estoy procesando, Su Alteza», pensó, aunque solo respondió:

—No acostumbro la compañía, en realidad.

Ella le sonrió, entregándole una taza. Abrió una de las botellas y empezó a verter un té frío. Ideal para ese sol que volvía a calentar y secar la tierra.

—Me recuerdas a una persona, seria y reservada. Pero apuesto a que te sonrojas con facilidad —comentó, y corrió la mirada hacia las sierras, con un suspiro anhelante.

Elsa no la escuchó: la Princesa vertía la bebida, con la atención puesta en el paisaje, y se debatía entre cortarle la ensoñación, o decirle que estaba a punto de derramar todo. Cuando el líquido ya había empezado a superar el límite de la taza, no tuvo otra opción más que sacarla de esa nube idílica, en la que estaba inmersa.

—Princesa, está derramando el té.

—¡Oh, mierda! —dijo, y Elsa apretó los labios para suprimir una sonrisa. No todos los días se podía escuchar malas palabras, de la boca de un miembro de la familia real—. ¡Perdón!

Había imaginado un desayuno espeso en conversaciones, sin embargo, la Princesa ladeaba continuamente su cabeza en dirección a las sierras. Tenía una sonrisa aletargada, como si estuviese a punto de dormir una agradable siesta, y su mirada parecía extraviada. Ni triste, ni melancólica. Era como si estuviese…

«¿Enamorada?», se preguntó.

Elsa abrió y cerró la boca varias veces. Quería iniciar la charla pendiente, pero se dio cuenta que, para sacarla de ese idilio, tendría que chasquear los dedos cerca de su oído.

Las carpas ya habían sido desarmadas en su mayoría, las mesas y las sillas plegadas, y los sirvientes pasaban frente a ellas dándole miradas significativas, que decían: "Ya estamos listos para partir". Pero la Princesa seguía sosteniendo su taza de té, sin tomar, y mirando las sierras como si estas fuesen una obra de arte, y no un paisaje ordinario, de los que se encuentran en cualquier camino.

—Princesa, ¿puedo mostrarle mis diseños? —se animó a decir. Ella se sobresaltó, como si hubiese olvidado que había otra persona allí.

«¿Qué ocurre con esta chica?», rumió.

—¡Sí, perdón! —respondió, sacudiendo la cabeza y tomándose de un tirón su té frío. Cogió un bocado salado y se lo echó a la boca, apenas masticándolo. Elsa le entregó la carpeta de cuero con todos sus trabajos. La princesa comenzó a pasar las páginas, una por una, y a Elsa le sudaban las manos— ¡Woa! Esto se ve tan… ¡cómodo! ¡Y pantalones! Podría ponerme esto yo sola, sin ninguna ayuda, ¿cómo es el corsé?

—No hay corsé —explicó inmediatamente. Su cara irradió tal intensidad, que pensó que la Princesa se levantaría y la abrazaría.

—Nunca pensé que respirar y vestir elegante, podrían ir de la mano —Ella atendía, con mucho detalle, cada hoja de su cuaderno—. Sylphiel-san me contó que te encontró en la terraza de una hostería. Supongo que alcanzaste a ver mi vestido.

—Sí —se limitó a responder.

—¿Y qué piensas? —preguntó, levantando la vista de sus trabajos, y mirándola fijamente. La chica podía ser dulce y aparentar inocencia, pero sin duda sabía ir al punto cuando era necesario—. Puedes responder con sinceridad, Elsa-san.

—Su Alteza, usted es una joven mujer, iniciando su etapa adulta. Pero ellos continúan vistiéndola como una niña.

Hubo un parpadeo, y un movimiento de sus cejas, apenas imperceptible.

«¿Fui muy dura? Pero usted me pidió sinceridad, Su Alteza», pensó.

—Disculpe si la he ofendido —se retractó, inclinando la cabeza.

—¡No, no! —negó, sacudiendo las manos—. Lo has resumido perfectamente. Solo que… —dudó, bajando levemente la mirada, buscando una manera de explicarse—. Has dicho que "ellos me visten". Y nunca lo había pensado de esa manera.

Estaba bordeando un tema peliagudo, lo intuía, pero Elsa no pudo evitar dar luz a esa brecha, que se había abierto en la conversación.

—¿Quién diseña su vestuario?

—Blasina-san se ha encargado, desde que tengo memoria. Pero falleció hace más de un año y su puesto está vacante. Estuve exceptuada de mis deberes por unos meses, y ahora que los retomé, sé que reiniciaran la búsqueda de su reemplazo.

—¿No confía en el criterio de quienes deciden?

—Usted lo ha dicho, Elsa-san —coincidió, inmediatamente—. Es su criterio, no el mío.

—Entiendo —contestó. Y lo entendía, de verdad lo hacía.

Un guardia se acercó hasta ellas, y, haciendo una reverencia, le ofreció a la Princesa un objeto largo, envuelto en un lienzo de terciopelo azul.

—Gracias. Puedes dejarlo aquí, lo llevaré conmigo —respondió, y el soldado se retiró, haciendo otra genuflexión. La tela se había corrido, y Elsa reconoció la empuñadura del sable que había visto la noche anterior.

—¿Usted sabe de esgrima, Su Alteza?

Ella se rio.

—No, ¡prefiero luchar con justicia, usando solo la fuerza de mis músculos! —respondió, doblando un brazo y cerrando su puño. Incluso debajo de la túnica, se podía apreciar su fibrosa complexión. Elsa pensó que, luego de esa enfermedad tan devastadora, nadie podría tener ese cuerpo, salvo que se sometiera a algún extenuante entrenamiento, con un estricto régimen alimenticio—. Pero este fue un regalo de un soberano. Él me aconsejó que, una mujer que porta armas, es más intimidante que una sin ellas.

Elsa estaba de acuerdo con esa afirmación. Sin poder usar su magia, la Princesa no podía depender solo de su fuerza bruta. Para explicar su punto, sacó la daga que llevaba en su pantalón. Grave error. Sin notar cuándo sucedió, tenía la punta de una espada a milímetros de su cuello. Elsa soltó el puñal y este cayó con un ruido sordo sobre la mesa. Levantó los brazos, sin animarse siquiera a respirar.

—¡Baje esa espada inmediatamente! —ordenó la Princesa, y el guardia que la apuntaba, apartó lentamente el brazo.

—Discúlpeme, Su Alteza, yo solo…

—Lo sé, actuó de acuerdo al protocolo, pero este no es el caso. Por favor, prosiga con sus tareas.

Tras un momento de duda, el hombre le hizo una reverencia, y se marchó de allí. Elsa notó que, todos alrededor, habían detenido sus tareas para observar el embarazoso momento. Se pasó la mano por su cuello, y vio que el soldado, a pesar de haberse alejado, continuaba vigilando sus movimientos. Era un muchacho muy joven, quizás un adolescente, tan delgado y alto como ella. Podía pasar desapercibido, pero evidentemente, su complexión engañaba. O quizás toda la guardia, engañaba. Había sido un error pensar que eran escoltas irresponsables y flojos: nunca habían dejado de estar atentos.

—Oh, no, estás sangrando.

Elsa se miró la mano, manchada con apenas unas gotas de sangre. La Princesa le puso una servilleta de tela en el cuello.

—No es nada Su Alte…

—Y no puedo curarte —murmuró. Su frustración era evidente. La Princesa se mordía los labios y sostenía el pañuelo contra su cuello, pero Elsa podía notar una rabia escondida en sus ojos azules—. ¡Alba-san, ven aquí por favor!

Una muchacha, que Elsa supuso que era una de las sacerdotisas de minutos atrás, se acercó solícita.

—No es nada —dijo, tratando de restarle importancia.

—Cure la herida de su cuello, por favor —pidió, sin hacerle caso. La joven acercó la mano a su garganta, y no demoró más que unos segundos. La Princesa le agradeció y esta se retiró—. Lo siento.

—Fui yo quien no pensó. No debí haber sacado esto —contestó, y cuidadosamente, asió el puñal y lo guardó en su pantalón.

—Pero esto demuestra que aquel hombre tenía razón. Mi guardia te ha visto como una amenaza, solo por una simple daga —suspiró, hablando casi para ella—. Realmente odio las armas.

—Las hechiceras no pueden usar su magia cuando están en su ciclo menstrual. Piénselo como una alternativa, cuando está en esos días. Si se aplica a ello, seguramente se convertirá en una excelente espadachina. Las mujeres debemos procurar nuestra propia seguridad.

Elsa sabía que no era solo una alternativa: sin magia, su habilidad en la lucha cuerpo a cuerpo, era lo único que le quedaba a esa joven.

—Eso se escuchó tan… ¡Heroico! —La Princesa golpeó, emocionada, los puños sobre la madera. Se paró sobre su silla, apoyó un pie sobre la mesa (tirando varios bocadillos), y señaló el sol, poniendo su otro brazo en la cintura. La emoción irradiaba en cada músculo de su cara— ¡Tiene usted razón, Elsa-san! ¡La justicia no distingue entre armas, o hechizos, solo sabe de resultados! ¡Creo que podría intentarlo! Ahora entiendo por qué Sylphiel-san me hablaba con tanta admiración, ¡usted, es una mujer que inspira!

Elsa miró a un lado y al otro, sintiendo como un bochorno encendía sus pómulos. Ninguna de las personas alrededor parecía compartir su incomodidad: ya estaban acostumbrados, y la vergüenza ajena solo la estaba sintiendo ella.

«Es un encanto de chica… ¡Pero está loca!», concluyó, intentando no reír.


Conversaron sobre pueblos, ciudades, platillos de comida y aventuras varias. Sylphiel se unió brevemente a ellas, pero los soldados requirieron de su ayuda, y las dejó solas nuevamente.

—Elsa-san, ¿busca usted establecerse en algún lugar, o estaría dispuesta a viajar nuevamente? —preguntó, volviendo al tema principal de la reunión.

—Me gusta viajar, pero quisiera tener, de una vez por todas, un lugar donde volver —respondió, sin eufemismos. La Princesa jadeó, y ella lo notó— ¿Dije algo mal?

—No. No, todo lo contrario —confesó, con una sonrisa tímida—. Solo que es la segunda vez en el día, que escucho una afirmación similar. No me haga caso.

—¿Por qué lo preguntaba?

—Porque serán requerimientos del puesto. O, mejor dicho, son los requerimientos que yo necesito —aclaró. Elsa la escuchaba con gran atención—. Veras, hace aproximadamente un año y medio estuve abocada a un proyecto que implicaba viajar a distintos reinos. Zonas ricas, pero aisladas, con poblaciones y costumbres muy distintas a las de Saillune.

Elsa hizo rápidos cálculos mentales: fue en ese proyecto, cuando la fatalidad las había encontrado en el mismo lugar. Pero mantuvo sus pensamientos en el presente.

—¿Tuvo inconvenientes para adaptar su vestuario, a las costumbres locales?

—¡Exacto! —respondió con un aplauso, entusiasmada de que alguien se adelantara a sus argumentos—. Y no solo eso. Las rutas eran complejas, y terminé… perdiendo la mayoría de mis vestidos.

Más que un lamento, Elsa interpretó aquello como un sincero alivio.

—Puedo viajar con usted, Su Alteza. Podemos estudiar juntas los destinos, e idear un vestuario que se adapte a cada uno de ellos.

«Oh no, ahí viene otra vez», pensó, al ver su reacción: se mordía los labios de ansiedad, y sus ojos azules ardían de fervor y anticipación. Pero, cuando Elsa ya se estaba preparando para escuchar otro discurso pomposo (acompañado de alguna pose épica), la Princesa bajó su voz, hasta convertirla en un susurro:

—Elsa-san, ¿puedo pedirte un favor?


En la avenida principal de Bo-Kaap, un olor metálico y picante ascendía desde el empedrado. A pesar de la lluvia, el olor a cerveza oxidada, mezclada con restos de comida, componía un olor nauseabundo, difícil de ignorar. Además, era casi mediodía y el sol calentaba las calles.

Elsa caminó esquivando botellas, vasos, comida, y personas durmiendo a mitad de la vereda. Algunos pocos comercios estaban abiertos (o quizás, nunca habían cerrado), pero la mayoría aún debía estar recuperándose del festival. Unos desafortunados barrenderos, se daban a la ingrata tarea de recoger, limpiar, y despertar a los borrachos, a punta de baldes con agua.

—Disculpe, ¿conoce alguna botica? —preguntó a uno de ellos.

—Dobla en esta calle a la derecha, y luego a la izquierda —respondió de mala gana, y Elsa tuvo que dar un salto hacia atrás, para que el baldazo de agua que iba a un borracho, no la mojara a ella.

Siguiendo las indicaciones, encontró el negocio, pero mirando el cartel se dio cuenta que aún faltaban quince minutos para su apertura. Se sentó en sus escalinatas, y jugueteó con el papel y la bolsa con monedas que le había dado la Princesa.

—Te agradeceré si no le cuentas de esto a Sylphiel-san —Ella le había dicho, no sin rastro de culpa. No le gustaba mentirle a su amiga, pero si Sylphiel no preguntaba…

«Entonces no puede contarse como mentira, ¿verdad?», se convenció. De cualquier manera, ella solo estaba cumpliendo con un pedido muy sencillo: entregar ese papel a un boticario, recibir la mercadería, pagarla, y entregársela a la Princesa. Todo muy simple. Sin complicaciones.

La campanilla de la puerta sonó a sus espaldas, y Elsa volteó. De pie estaba Merlina, la recepcionista de la hostería.

—¡Elsa, querida! ¿Qué haces tu aquí?

«¡Esta familia tiene negocios en todos lados! ¿Cuánto paga la jubilación como empleado de la Corona?», pensó.

—¿Puedo pasar? —pidió, poniéndose de pie.

—¡Claro, pasa! Hoy tendremos un día de muchas ventas por aquí: ya sabes, medicina para la resaca, el dolor de estómago… entre otras cosas —explicó, e hizo una risilla cómplice, a su última frase.

Elsa no contestó, no quería extender una conversación que no necesitaba. Merlina se ubicó al otro lado del mostrador, y luego de acomodar ciertos bártulos, la atendió.

—Dime, qué necesitabas —preguntó, y Elsa le extendió la nota doblada que le habían entregado. Merlina desplegó el papel, leyó, y por último sonrió, guiñándole un ojo. Volteó a la estantería detrás de ella, cubierta con botellas de distintos tamaños y colores. Canturreando una canción, movió los dedos hasta dar con la correcta—. Es infalible, luego de este festival, siempre las vendemos como pan caliente. ¿Dónde estás? Oh, ¡te encontré!

Era una botella del tamaño de su pulgar. Adentro, había una única pastilla.

—¿Cuánto le debo?

—Parece que alguien se divirtió anoche —canturreó Merlina, riéndose pícaramente, y le arrimó su pedido. Elsa le entregó unas monedas, pero ella no las aceptó—. No te preocupes, a todas nos ha ocurrido alguna vez. Pero procura tomarlo antes de las doce horas o…

La señora dibujó con sus manos un círculo que iba desde la boca de su estómago, hasta el final de su vientre. Elsa pasó de fruncir el entrecejo, confundida, a curvar todos sus músculos faciales. Merlina la vio abrir la boca, levantar sus cejas y abrir los ojos tan grandes, que no le alcanzaban sus cuencos oculares: era la misma cara de estupefacción que pusieron todos, cuando el alcalde les confirmó que la barrera Mazoku, había caído.

—¡Ay, Elsa! ¡No me digas que no entiendes! —insistió Merlina, ahora con un tono de reproche—. O te tomas eso dentro de las doce horas, o mejor te buscas al infeliz ese, para exigirle que en nueve meses pague la cuota alimentaria.

Elsa cabeceó, no para acordar con Merlina, sino para acomodar las piezas en su cabeza, que comenzaban a encajar: la mancha de sangre en la sábana, el ensoñamiento de la Princesa durante el desayuno, su rostro iluminado de felicidad. Y la pastilla, que ahora sabía de cuál se trataba.

—¡A-Adiós! —Elsa se despidió de pronto: arrojó en el mostrador la bolsa de monedas, y metió la pequeña botella en el bolsillo de su pantalón. Echó a correr.

Llegó cuando los soldados estaban terminando de apear a sus caballos, mientras las sirvientas, guardaban los últimos enseres en los carruajes. La Princesa también terminaba de acomodar unas cajas en una de las carretas, y cuando la vio llegar, todo su rostro se abrevió en una sola palabra: Alivio.

Dejó de correr los últimos metros, y trató de aparentar completa normalidad. Sylphiel asomó la cabeza, desde el interior de uno de los carruajes.

—¡Elsa-san, has llegado justo a tiempo!

—Lo siento, tenía que atender algunas cosas en el pueblo —respondió, acercándose al carruaje.

—Rezaré para que consigas ese puesto. ¡Nos podremos ver más seguido!

Se colocó frente a la ventana, y cruzó los brazos detrás de su espalda, juntando las manos y abriéndolas ligeramente. Sintió como los dedos de la Princesa, se llevaban la botella.

«Eso fue rápido», pensó.

—Saluda a tu tío por mí, Sylphi-chan —dijo. El soldado que la había apuntado con la espada, apareció de la nada y abrió el carruaje, para que la Princesa pudiera subir. Por un momento, Elsa se preguntó si ese hombre era el autor de la mancha en la sábana.

Para ocultarse, los secretos elegían noches de tormenta.

—Elsa-san, fue realmente un gusto haberte conocido —le dijo la Princesa, tomándola de las manos— ¡Pelearé por ti, para que seas la elegida! Quiero que trabajemos juntas, espera la comunicación oficial por favor.

Sabía que las oportunidades eran nulas: la corona investigaría sus referencias y la rechazarían. Pero, aunque eso ocurriera, haber conocido a la estrafalaria Princesa de Saillune, ya la consideraba toda una recompensa.

—Princesa, gracias por esta oportunidad —agradeció, haciendo una reverencia. Arrancó un papel de su cuaderno, e hizo una anotación rápida con un carboncillo. Lo plegó y se lo entregó. Sylphiel arqueó las cejas, curiosa, pero no dijo nada—. ¿Puedo hacerle una pregunta?

—¡Por supuesto!

—Cuando piensa en su vestido ideal, ¿qué es lo que quisiera transmitir?

La princesa sonrió y afirmó, decidida:

—¡Mostrarme como una campeona de la…! —Pero cerró la boca, presa de algún dilema interno. Se tomó algunos segundos para pensar, y finalmente respondió, más serena—. Como una mujer que puede elegir su propio futuro.

Elsa cabeceó, devolviendo la sonrisa, y caminó hacia atrás, para que la procesión de carruajes y carretas, comenzara a andar. Sacudieron los brazos, despidiéndose, hasta que las ruedas levantaron tanto polvo, que no pudieron verse más.


Sylphiel se acomodó en el asiento mullido del carruaje, y con un tono suspicaz, preguntó:

—¿Qué te escribió Elsa-san?

Ameria abrió el papel, lo leyó, y volvió a guardarlo en el bolsillo de su pantalón.

—Solo la dirección de su hospedaje.

El carboncillo se había corrido, aun así, podía leerse claramente: "Tómelo antes de transcurridas las doce horas".