Un lugar en el mundo


V. Un primer día de trabajo


Al girar de la perilla, la lámpara de aceite fue reduciendo su luz, hasta apagarse. Los zorzales iniciaron, uno a uno, el canto que anunciaba un nuevo día. El verano ya había terminado, y Elsa se arrebujó en su abrigo, admirando "La hora del Lobo": esa breve fracción del día, antes de la madrugada, en donde el cielo abandona la oscuridad absoluta de la noche, para teñirse de un azul profundo. Las nubes eran plateadas, y las estrellas aún podían apreciarse. Era su hora favorita del día: tan bella como efímera.

Los ojos de la Princesa de Saillune. Un vestido que evocara ese cielo. Aquello sentaría, de forma natural, con el color de su iris: un dégradé del negro al azul, con apliques muy sutiles en color plateado.

—Plateado —susurró. Los primeros rayos del sol delineaban los contornos de las sierras.

«¿Eran alambres? ¿De acero, o de plata?», se preguntó, levantando uno de sus retratos, a la altura de su rostro: desde su propio dibujo, el individuo deforme, con piedras y alambres, le devolvía una mirada sin emociones. Elsa no podía precisar si su color de piel era azul, o gris, y tampoco había logrado imaginar qué se escondía debajo de su embozo.

Entre las callejuelas escondidas de Bo-Kaap y sus bares de mala muerte, Elsa había buscado a esa figura alta e intimidante. Quería darle un rostro completo al retrato. Ese hombre debía pertenecer a su colección personal, junto a la Princesa de Saillune, y otros seres humanos (y semi humanos), desconocidos u olvidados. Sin embargo, Elsa suponía que él se había marchado la noche del festival, y, de cualquier forma, jamás se habría animado a hablarle.

—Disculpe Señor Misterioso, ¿sería tan amable de bajar su capucha y posar para mí? —ensayó, al aire, riéndose.

—¿Con quién hablas?

Elsa se sobresaltó, y volteó para encontrarse con Merlina. La señora traía una manta, y en un gesto maternal, la puso sobre sus hombros. Elsa se lo agradeció sonriendo.

—Niña, hace demasiado frío en esta terraza. Baja y continúa trabajando en el comedor.

—Me gusta aquí. ¿Puedo encender ese brasero? —pidió, señalando un recipiente de metal que había en una esquina. Merlina hizo una mueca resignada.

—¿Has escuchado algo sobre las huelgas de Abercrave? —preguntó, y Elsa negó con la cabeza—. Es el principal pueblo minero de este país. La capital de Saillune lleva más de un año sin llegar a un acuerdo con los obreros de esa mina de carbón. Si no lo resuelven para este invierno, pasar frío será el último de nuestros problemas —suspiró, preocupada. Antes de regresar a sus tareas, Merlina le aconsejó regresar al calor de la hostería.

Elsa volvió su atención al retrato: sin una mejor idea, lo había titulado "Espadachín Misterioso". Cuando había decidido colorear su piel en un tono azul, el sonido de unos cascos de caballo interrumpió su concentración. Asomó su cabeza por la baranda de la terraza: un carruaje se detenía a la entrada de la hostería, y Beltrán, el dueño, salió a recibirlo. Afinó la vista, y distinguió algo en los banderines: el emblema del Reino Sagrado de Saillune.

Elsa se puso de pie con la potencia de un resorte, y tropezó con los bancos de la terraza, en su afán de llegar hasta la puerta. La abrió y la cerró de un portazo, sin importarle si otros huéspedes aún dormían, y descendió la escalera de caracol con toda la rapidez que sus pies le permitieron. Al llegar a la planta baja, se dio cuenta que había llegado tarde.

—¡Imbécil! ¡Te dije que verificaras el remitente, antes de abrirlo!

Merlina abofeteaba a su hermano con un paño de cocina, mientras Beltrán trataba de defenderse, sin dejar caer la carta de sus manos. Cuando ambos hermanos notaron su presencia, se sonrojaron. Beltrán tartamudeó:

—Lo siento Elsa, vi el sello real de Saillune, y pensé que era para mí —respondió, metiendo con dedos nerviosos la carta en el sobre. Merlina se lo quitó de las manos, y se lo entregó a Elsa.

—Querida, lo sentimos mucho. Le dije a este viejo idiota que no lo abra, pero vio el emblema del reino, y no pudo evitarlo.

—¡Realmente pensaba que era para mí! ¡Juro que solo leí la primera oración y nada más! —se defendió.

Elsa no respondió y corrió a sentarse al comedor. Inmediatamente, una taza de café, una canasta de panes, y mermeladas varias, fueron puestas en su mesa. Los hermanos se sentaron frente a ella, y Merlina se restregaba las manos, ansiosa.

—¿Es una oferta de trabajo? ¿de la Corona? ¡no nos has contado nada! —habló, exaltada. Elsa se preguntó por qué habría de contarles— ¿Fue en la noche del festival? ¿Fue Sylphiel-dono? ¿Te presentó a la Princesa Ameria? ¡Oh, por Cephied!

—Es el milagro de la cebada —agregó Beltrán—. Siempre ocurren cosas maravillosas en ese festival.

Elsa rezongó, irritada.

—Si no paran de hablar, no podré leer.

Ambos hermanos cerraron la boca. Elsa sacó la carta del sobre, con dedos temblorosos.

"Una mujer que puede elegir su propio futuro", ella le había dicho, y con eso en mente, no había dejado de trabajar en distintos diseños. Estaba convencida de que su postulación sería rechazada, pero también, tenía esperanzas. Desplegó la carta, con las manos sudadas.

"Estimada Schiaparelli Elsa,

Por medio del presente, tengo el agrado de dirigirme a usted, con motivo de notificarle que ha sido seleccionada para ocupar el cargo de Ayudante Personal, Asesora y Comisaria de Joyería, Insignias y Vestuario de su Real Alteza, la Princesa Ameria Wil Tesla Saillune.

Adjunto encontrara las condiciones de contratación. Si las mismas se ajustan a sus pretensiones, agradeceré remita respuesta escrita, la que deberá ser entregada al mensajero que hizo entrega de esta misiva.

Saluda atentamente,

Vionette Cecile,

Coordinadora general del personal femenino del Reino Sagrado de Saillune"

Elsa apenas podía detener el temblor de sus manos, pero leyó la segunda hoja. Ambos papeles cayeron a la mesa. Quedó con las palmas hacia arriba, como si estuviese rezando una plegaria, mientras los hermanos se peleaban por leer primero.

—¡Por Cephied! ¡Te eligieron, niña! ¡Te eligieron!

Merlina la sacudía por los hombros, pero Beltrán no podía sacar los ojos de la segunda hoja, la de las condiciones de contratación.

—¿Qué? Todo este dinero, ¿solo por vestir a la Princesa?

Toda la escena se detuvo cuando alguien se aclaró la garganta, y los tres corrieron el cuello. El delegado de Saillune, un soldado con turbante blanco y uniforme verde claro, esperaba de pie en la entrada del comedor.

—¡Sí, claro! La respuesta —Elsa alcanzó a decir. Merlina corrió al mostrador, al grito de:

—¡Traigo pluma y papel!

Elsa se sentó, y con todo lo necesario, comenzó a redactar la carta de aceptación. Al escribir, no dudó sobre qué tipo de formalidad debía utilizar. Por primera vez, agradeció haber sido criada en familia noble.


Tal como le había confirmado el oficial de Saillune, dos semanas después, un carruaje lujoso y elegante, estaba apostado en la puerta de la hostería. Elsa no había viajado así, desde su infancia.

Las puertas y ventanas de las casas de Bo-Kaap se llenaron de ojos curiosos ante un transporte que pocas veces se veía, y Elsa recordó que ser el centro de atención (y también de envidia), había sido una de las razones por las que había renegado de nacer en familia adinerada, y altanera.

Merlina, Beltrán, y su grupo de amigos estaban de pie en la puerta de la hostería. La noche anterior se habían esmerado por darle una despedida íntima, pero abundante en comida y cerveza. Se despidió de cada uno de ellos, Merlina la abrazó, y la hizo prometer que se mantendrían en contacto.

Uno de los soldados de la Corona abrió la puerta del carruaje, y Beltrán la sostuvo del brazo para ayudarla a subir. Elsa sacó la cabeza por la ventana, para dar una última despedida, y Beltrán tomó su mano, mirándola seriamente a los ojos.

—Servir a la Corona de Saillune fue el honor más grande que me ha hecho esta vida, y seguro lo será también para ti —habló, con una mirada repentinamente seria—. Pero recuerda: Un corazón tranquilo es mejor que una bolsa llena de oro. Sé fiel a la Princesa, y ella te recompensara.

El carruaje partió sin anuncios, y Elsa solo alcanzó a gritar: "¡Adiós!"


Uno podía afirmar que estaba próximo a la capital de Saillune, por el encandilamiento que producían los rayos del sol, al proyectarse sobre los muros blancos de la ciudad. El carruaje circulaba por una de las avenidas más transitadas, y desde allí, Elsa se sorprendía por la riqueza de sus edificios, bibliotecas y templos, cubiertos de mármol. El sol apenas había despuntado, y, aun así, una intensa actividad comercial y cultural, agitaba las calles.

—La ciudad de Atlas es pequeña, comparada con esta —comentó al soldado que la acompañaba, pero este no respondió nada.

Su carruaje fue sobrepasando muro tras muro, y a medida que se acercaban al Palacio, los controles eran más rigurosos. Ella y sus pertenencias habían sido inspeccionadas tantas veces, que no se percató cuando llegaron al centro de la ciudad. Bajó nuevamente del carruaje, esperando otro control, pero esta vez, fue una joven mujer quien se acercó a ella.

—Schiaparelli Elsa, ¿verdad?

Elsa, que acababa de percatarse donde se encontraba, tardó en responder.

—Sí, soy yo.

—Bienvenida al Palacio Real de Saillune. Acompáñeme por favor. La llevaré hasta sus aposentos, donde podrá asearse, y tener la primera reunión con nuestra Coordinadora, Vionette Cecile.

Elsa la siguió, intentando trazar un mapa mental del palacio. Pero la belleza de las cúpulas blancas, los minaretes dorados, y los jardines que alcanzó a distinguir, se robaron su atención.


Luego de una ducha rápida y un cambio de ropa, Elsa fue guiada hasta la oficina de la tal Vionette Cecile. Había intentado memorizar los pasillos y patios que la llevarían de regreso a su habitación, pero había resultado imposible. En el camino, se había cruzado con muchas personas, y pudo distinguirlas entre sirvientes, soldados, caballeros, ministros y funcionarios de la corte, por su vestimenta. Se preguntó si también tendría la oportunidad de conocer al Príncipe Regente, Philionel El Di Saillune, aunque fuera solo de vista.

—Espere aquí por favor —pidió la joven, entrando a la oficina.

Elsa tomó asiento. Frente a ella, una muchacha con uniforme del personal de servicio, se restregaba las manos. Por su rostro, parecía estar a punto de entrar en un colapso nervioso. Cuando abrieron la puerta y la llamaron por su nombre, la joven casi se larga a llorar, pero se puso de pie y entró. Elsa apenas había llegado a calcular un cuarto de hora, cuando la puerta se abrió nuevamente, y la muchacha salió gimoteando, con los ojos rojos.

«Oh, sí. Eso fue muy alentador», pensó.

La puerta se abrió una vez más, y esta vez, fue su nombre el que llamaron. Elsa entró enderezando los hombros e irguiendo la espalda: esto no era nada, ya había pasado por situaciones más estresantes.


Del otro lado del escritorio, se sentaba una mujer madura, de aspecto elegante y distinguido. Su cabello era canoso, sin embargo, eso no le restaba en belleza, más bien, sugería un carácter astuto y calculador.

—Déjanos solas —le dijo a su secretaria, quien silenciosamente se retiró. Elsa hizo una reverencia, y la Coordinadora le indicó que tomara asiento en el sillón, al otro lado del escritorio—. Bienvenida señorita Schiaparelli, ¿ha tenido un buen viaje?

—Así es, muchas gracias —respondió. La Coordinadora ubicó una taza frente a ella, y la llenó de té. Elsa no pasó por alto ese detalle, aparentemente insignificante: servir una infusión, sin ofrecerla primero, tenía un solo fin. Intimidar.

—Mi nombre es Vionette Cecile, y soy la Coordinadora General del Personal Femenino. Fui yo quien te envió la carta, confirmando tu contratación.

—Es una gran oportunidad para mí. Agradezco su confianza —Volvió a inclinar su cabeza. La Coordinadora la analizó silenciosamente, mientras daba sorbos a su té. Elsa sabía que estaba tratando de incomodarla, pero conocía de sobra los juegos del lenguaje corporal. Después de largos segundos, Vionette apoyó su taza en el plato, con un tintineo que resultó irritante.

—Debe agradecérselo a la Princesa Ameria. Sin su intermediación, usted no estaría aquí —Elsa captó la provocación, pero se mantuvo imperturbable. Cuando Vionette comprendió que no iba a recibir respuesta, continuó—. Su ciudad natal es Sairaag, y usted es una amiga de la infancia de Sylphiel Nels Lahda.

—Así es —contestó, sin agregar nada.

—Seré franca con usted, señorita Schiaparelli, cuando la Princesa Ameria descartó a todas las demás postulantes, e insistió con usted, entendí que no necesitaba investigarla. Usted debía ser igual de… —Vionette se tomó unos segundos, para pensar un adjetivo acorde—… Interesante. Tan interesante, como ese grupo de amigos, que la Princesa tanto adora.

«Un momento. ¿Me está comparando con Lina Inverse? ¿Debería sentirme halagada?», se burló, internamente.

—La Princesa es una joven idealista y de corazón justo. Para desagrado de muchos vejestorios de la Corte, sus planteos y resoluciones suelen ser sabios y acertados. Si la Princesa Ameria toma una decisión, muy probablemente, sea la correcta —explicó. Elsa advirtió que el respeto y la admiración de esa mujer, por la Princesa, era sincero y real. La Coordinadora abrió un cajón, y sacó una pila de sobres, que esparció frente a ella—. Probablemente recuerdes estos nombres.

Elsa dio un vistazo general: Scylla, Madame Victorine, Mesalina Licisca, eran algunos de los nombres que aparecían allí. Como lo había supuesto, habían investigado su pasado, y a sus principales clientas. La Coordinadora la miró con una sonrisa enigmática, esperando una respuesta.

—Son antiguas clientas —confirmó, sin mostrar ni un ápice de vergüenza.

—Cortesanas, prostitutas célebres, actrices, y más. Fueron referencias muy interesantes —sonrió, tomando otro sorbo de té—. Debido a que la mayor parte de la documentación de Sairaag desapareció, usted fue alguien difícil de rastrear. Sin embargo, como le conté, creo firmemente en las decisiones de la Princesa. Además, todas sus clientas se desarmaron en halagos hacia usted. ¿Mas té?

Elsa ni se había mojado los labios. ¿Era una suposición, o acababa de recibir un cumplido?

—No, gracias.

—Le advertí e insistí a la Princesa Ameria acerca de tu historial, de tus clientas, y, sin embargo, aún recuerdo cual fue su respuesta: "Mujeres así, necesitan rodearse de personas que sean discretas, y Elsa-san cuenta con esa virtud. Me gusta la gente que sabe guardar secretos". ¿Usted sabe, señorita Schiaparelli, a qué se refería la Princesa?

La pastilla anticonceptiva. La mancha de sangre en la sábana. La pérdida de su virginidad. La Coordinadora la estaba midiendo, o estaba intentando sonsacarle información. O quizás, ambas cosas a la vez. De pronto, escuchó la voz de Beltrán, aconsejándola: "Un corazón tranquilo es mejor que una bolsa llena de oro".

—No sabría responderle, Coordinadora —respondió, con la voz tan calma, como el té inmutable en su taza. El silencio que se hizo entre ellas, fue espeso como el alquitrán.

Alguien golpeó la puerta, y la secretaria entró a la oficina, silenciosamente. La Coordinadora le hizo un gesto con la cabeza, para que hablara rápido y se marchara.

—Su Majestad, el Príncipe Philionel, pidió retomar de inmediato los arreglos para la galería de arte, en el Salón Quemado. También, ordenó confeccionar el atuendo formal del palacio, para Sir Graywords.

El cambio fue instantáneo: Vionette enderezó su postura en la silla, trasladando su atención a la secretaria. La presencia de Elsa, se había convertido en algo menos insignificante que una mosca.

—Sir Graywords, ¿ya regresó? ¿se encuentra aquí?

—Sí, Coordinadora. Llegó con la comitiva, a primera hora de la mañana. Asistió a la reunión del Príncipe Philionel, junto al funcionario Fynn Holzer.

Elsa no tenía idea de quién era ese tal "Sir Graywords", pero definitivamente, tenía que ser alguien importante. No debía haber muchas personas en el mundo, que lograran inquietar a Vionette Cecile.

—Bien. Agenda una cita para hoy, y llama a dos modistas para que tomen sus medidas. Yo estaré allí.

La secretaria se retiró de la oficina, como un fantasma. Vionette se aclaró la garganta y recuperó la compostura.

—El tiempo apremia y hay mucho por hacer. Tienes reservadas dos reuniones, primero con una sacerdotisa del templo, quien te explicará las ceremonias y ritos, y luego con nuestro erudito, quien te dará una concisa historia sobre el país, y la genealogía de nuestros reyes. La Princesa Ameria tiene compromisos fuera del palacio durante todo el día, por lo que podrás reunirte con ella a partir de mañana. Tienes agendada una reunión a las ocho, luego del desayuno, que se sirve a las seis. ¿Comprendiste todo?

Había sido una catarata de información, pero respondió:

—Sí, Coordinadora.

—Entonces, a trabajar.


Elsa nunca había absorbido tanta información, en tan pocas horas. La cita con la sacerdotisa, una señora prácticamente anciana, había terminado siendo un paseo turístico, interesante y agradable.

Por el contrario, la reunión con el Erudito, había sido un recuento tedioso de fechas y sucesiones de reyes. Era imposible recordar todos los nombres, pero Elsa llegó a dos conclusiones. La primera: los reinados eran breves, lo que indicaba que, o los reyes de Saillune sufrían de una delicada salud, o las sucesiones se habían hecho a costa de cortar pescuezos, y envenenar comidas. Y segundo, y lo más importante según Elsa, no había reinas.

—Entonces, según entiendo —Elsa interrumpió el discurso del sabio, quien apretó los labios, ofuscado—. Saillune actualmente no cuenta con un sucesor, luego del Príncipe Philionel.

—No —respondió, de mala gana—. Pero nuestro Príncipe aún es joven y viril. Además, la Princesa Ameria pronto alcanzará la edad legal para casarse. Ella nos bendecirá con herederos fuertes, y sabios.

¿Este era el país que se jactaba de tener las leyes más justas, y vanguardistas? Elsa fruncía la boca, indignada.

—¿La Princesa Ameria no puede asumir el trono?

Él la miró, horrorizado.

—Solo los hombres pueden hacerlo.

El erudito continuó hablando de geografía y economía, y Elsa pasó el resto de la lección en silencio, con el ceño fruncido. Se comió sus objeciones, después de todo, las leyes de sucesión no iban a cambiar por ella, y sus quejas.


Si alguien le hubiese vendido un mapa del palacio, Elsa lo habría comprado sin titubear. Después de horas, entre reuniones y traslados, la secretaria la llevó al sitio que realmente le interesaba: la sala de joyería, vestuarios y materiales de confección para la Princesa. Cuando las puertas se abrieron, su parte obsesiva casi sufre un ataque de nervios. Todo era un desorden de rollos de tela, vestidos, zapatos y joyas, con un exceso de rosa y tonos pastel, que lastimaba sus ojos.

—Esto parece la habitación de una niña —masculló. En el medio de todo aquello, había tres muchachas obedientemente paradas.

—Ellas son Berenice, Greta, y Malva. Han trabajado con la anterior diseñadora, y ahora están a su cargo.

Elsa no pudo evitar posar su atención, por breves segundos, en Malva. De cabello castaño y ojos astutos, su bonito rostro se deformaba al llegar a su mandíbula: parecía que algún animal salvaje la había mordido allí, arrancándole una buena parte.

—Un gusto en conocerla, señorita Schiaparelli —dijeron las tres al unísono, haciendo una reverencia simpática.

—El gusto es mío —respondió, inclinando la cabeza. En ese lugar, ella dirigía y eso debían tenerlo claro—. ¿Se sienten con energía?

Berenice y Greta se miraron entre sí, y solo Malva respondió asintiendo.

—Bien, busquen sus delantales. Tenemos mucho trabajo por hacer —ordenó, levantando el primer rollo de tela.


La sala fue limpiada y ordenada, hasta que la sobreexposición del color rosado, desapareció. Elsa suponía que, por años, nada había sido ordenado ni catalogado. Teniendo en cuenta que la anterior modista había sido una señora mayor, esas tres asistentes debían haber pasado sus días holgazaneando.

Muchos rollos de tela eran antiguos, y estaban percudidos. En la actualidad, había tantas invenciones que provenían del Nuevo Mundo, que era absurdo que muchas nobles ya estuviesen vistiendo esas nuevas modas, mientras la Princesa seguía con telas que habría usado su abuela.

Los muslos y los brazos de sus asistentes temblaban del agotamiento. Tiraron lo que ya no servía, catalogaron todas las joyas y accesorios, los zapatos y las tiaras, y descubrieron rarezas que Elsa sabía que a futuro podría utilizarlas. Cuando parecía que la jornada estaba llegando a su fin, Elsa envió a Berenice y Greta, a buscar catálogos de telas, de los negocios que había en los alrededores.

—¿Ahora? ¿Debe ser hoy? —preguntó Berenice, sin contener el mal humor.

—Hoy —respondió, sin levantar la mirada del inventario, y como toda respuesta, Elsa recibió un resoplido infantil. Ese desplante acabó por convencerla: se desharía de esas dos muchachas.

Malva, por el contrario, esperó silenciosa. Era la única que había trabajado, sin bufar ni quejarse.

—¿Y yo qué puedo hacer? —preguntó, sumando otro punto a su favor. Elsa decidió que solo conservaría a esa joven.

—Envía cartas a estas direcciones, solicitándoles que envíen sus catálogos y muestras —habló, extendiéndole un listado con direcciones de otros reinos—. En la carta, cita mi nombre. Después de eso, puedes retirarte.

Malva ya estaba cerca de la puerta, cuando volteó y regresó a ella. Elsa levantó la vista del inventario.

—¿Ocurre algo?

—Solo quería agradecer esta oportunidad. Me siento muy honrada de volver a trabajar para la Princesa Ameria.

Elsa dejó la pluma en el tintero, y la miró, intrigada.

—¿Ya has trabajado para ella?

—¡Sí! —respondió, entusiasmada. Era una adolescente feliz y enérgica, a pesar de su desafortunado rostro—. En el Proyecto de los Reinos Distantes. Fue una experiencia difícil, desafiante, peligrosa incluso, pero también muy divertida.

Esa muchacha, de pronto se convertía en una pieza interesante del rompecabezas. Elsa recordó que la Princesa le había contado de aquello, en su primera reunión.

—La Princesa me habló de una misión que tuvo hace un año y medio atrás, ¿estamos hablando del mismo proyecto?

—¡Claro! Fuimos pocas personas, ¡pero las suficientes! El funcionario Fynn Holzer, que también es mi tío, y el soldado Goran —explicó. Inmediatamente, Malva se palmeó la frente, como si hubiese olvidado algo importante—. ¡Y Sir Graywords, por supuesto! Pero él se unió a nosotros, más tarde.

—¿Sir Graywords? —preguntó Elsa, de inmediato. Nuevamente, ese nombre volvía a aparecer.

—Sí. Es el caballero y guardia personal de la Princesa.

Elsa casi abre la boca en un "¡Ja!" triunfante, pero se contuvo. Tuvo que apretar los labios, para reprimir la sonrisa que luchaba por bailar en su rostro. ¡Tenía que ser él! ¿Quién más podía ser? La opción más simple, solía ser la correcta. Quizás, era ese muchacho flacucho y desgarbado, aquel que había puesto su espada en el pescuezo, durante la entrevista en Bo-Kaap. Sin embargo, ese niño parecía tener la edad de Malva, apenas un adolescente, y su intuición le decía, que la Princesa tenía otra clase de gustos.

La historia era tan cliché, como romántica: Un caballero de Saillune, nombrado guardia personal de la Princesa, a quien le asignan el honor y el deber de escoltarla en un viaje, y acaba enamorándose de ella. Incapaz de contener sus sentimientos, él la visitaría en una noche de tormenta, y terminarían consumando sus ocultas pasiones. Un clásico argumento de novela rosa, siempre vigente. Rania habría disfrutado de esa historia.

«Ahora solo falta que su padre la obligue a casarse con un tiránico rey, y tenemos el argumento completo», divagó, bromeando. Aunque si lo analizaba más detenidamente, debía ser un rey con agallas: no cualquiera se casaría con una Princesa campeona de lucha libre.

Por su parte, Malva continuaba llenando de halagos a ese tal "Sir Graywords".

—¡Seguramente habrás escuchado de él! Es tu primer día, pero todo el palacio está hablando de ello —explicó, emocionada por cotillear con alguien—. Algo habrás escuchado sobre las huelgas en las minas de carbón, ¿verdad? Sir Graywords regresó hoy de Abercrave, junto a mi tío. Pues bien, todo el mundo dice que su intervención fue fundamental para resolver ese conflicto. ¡La Princesa Ameria se sentirá muy orgullosa, cuando se entere que…!

Malva, de pronto, cerró la boca, y sus mejillas se llenaron de pecas rosas. Se llevó las manos a los labios, como si así pudiese sellarlas. La niña había comenzado a hablar de más, y se había detenido justo a tiempo. Elsa decidió sacarla de ese atolladero en el que ella misma se había metido.

—Bueno, basta de cháchara. Ve a por ese recado —ordenó. La adolescente le hizo una reverencia y salió de allí, prácticamente corriendo.

A la hora, las otras dos muchachas regresaron cargando pesados muestrarios. Lo dejaron sobre su escritorio, sin ninguna delicadeza.

—¿Podemos retirarnos? —preguntó malhumorada, una de ellas. Elsa levantó la vista y las miró a cada una, fijamente.

—Pueden retirarse —les dijo, y ambas suspiraron, aliviadas—. Mañana no regresen, solicitaré que las reasignen a otro sector. Este departamento necesita jóvenes que estén realmente dispuestas a trabajar por la Princesa.

Berenice abrió la boca, como si estuviese a punto de insultarla, pero Greta la tomó del brazo, deteniéndola a tiempo. Ambas voltearon, furiosas, y salieron de allí echando humos.

Elsa alcanzó a oír: "Ya verás, zorra amargada". Pero no le dio importancia. Ella solía provocar esas reacciones, y estaba acostumbrada.


Solo cuando su estómago le rogó por algo de alimento sólido, Elsa levantó la cabeza de los diseños que planeaba presentar a la Princesa, y miró el reloj: era pasada la medianoche. Guardó sus bocetos, y comió unos frutos secos que siempre llevaba con ella.

Abandonó la sala, dándole un último vistazo: aún había mucho por hacer, pero habían adelantado lo suficiente. Cuando cerró la puerta con llave, se dio cuenta que no tenía la menor idea qué dirección tomar.

Los pasillos a esa hora estaban desiertos, y los hechizos Lighting, agonizaban en las lámparas: su luz solo alcanzaba para no tropezar con los objetos decorativos. Se topó con unos guardias, parados estoicamente y mirando hacia el infinito; su atención estaba puesta solo en aquello que representara una amenaza. Cuando ella quiso hablarles, estos no dieron ningún indicio de reconocer su presencia.

Continuó caminando, y para su fortuna, se encontró con dos sirvientas, quienes le dibujaron el recorrido que debía hacer, en la palma de su mano. Cruzó patios y salones vacíos, con la confianza puesta en ese mapa improvisado, pero pronto se dio cuenta de su error: terminó en un corredor oscuro, en donde apenas distinguía sus propios pies.

Elsa barajó dos posibilidades: o ella había errado el camino, o esas dos sirvientas la habían engañado, y esto último, era lo más probable. Las noticias siempre corrían rápidas entre el personal de servicio, y Elsa sospechaba ser víctima de la venganza de Berenice y Greta. "Ya verás, zorra amargada", había sido una promesa de situaciones malas por venir.

En momentos como ese, era cuando más lamentaba la pérdida de la poca e insignificante magia que había llegado a desarrollar: ni siquiera podía crear un miserable Lighting.

—Condenada enfermedad —maldijo.

La oscuridad envolvente y el silencio absoluto comenzaban a ser inquietantes, pero lo más escalofriante, eran los cuadros antiguos que colgaban de sus paredes. La de reyes olvidados, cuyas pupilas frías y negras parecían seguir sus movimientos, desde cada ángulo.

Demasiado consciente de su propia respiración, Elsa chocó con un objeto, y sus reflejos actuaron de inmediato, cogiéndolo a tiempo. Era un jarrón tan alto como ella, y al enderezarlo, la carpeta con sus trabajos se deslizó de sus brazos. Maldiciendo en silencio (sin atreverse a injuriar en voz alta), Elsa se arrastró por el suelo, levantando todos los papeles. También se le había caído el recipiente con las nueces, y lo buscó, con los brazos tensos. Se sentía inquieta: tenía la sensación de estar siendo vigilada por todos esos reyes. Mientras recogía sus cosas, su propia imaginación comenzó a atormentarla. A su cabeza llegaban las imágenes de sus muertes: degollados en sus alcobas, o ahogados por un veneno en sus comidas. ¿Qué habría sido de sus almas? ¿Vagarían en pena, por esos mismos corredores abandonados? ¿Aún buscarían venganza?

—Te he estado esperando.

Elsa sintió que el alma se le iba por los pies. La adrenalina le agarrotó las manos y la respiración. Entonces, escuchó pasos, y con cierto alivio, supo que se trataba de seres humanos, al menos, unos terrenales. Otra persona contestó; era la voz desgastada de un hombre mayor.

—Lo siento. El Príncipe no dejó de trabajar, hasta que la Princesa regresó.

Elsa imitó el sigilo de un felino nocturno: sosteniendo con un brazo su carpeta y su recipiente con frutos secos, gateó por el piso, hasta replegarse contra la pared, detrás del ancho jarrón.

Eran dos voces masculinas, y debían estar en alguno de los corredores que se entrecruzaban en esa zona. El volumen de sus voces era bajo, sin embargo, ella alcanzaba a escucharlos. No eran almas en pena, pero algo de encuentros nocturnos en zonas abandonadas, le daba mala espina.

Hubo un tintineo que Elsa reconoció al instante: el que hacían las monedas de oro adentro de un saquillo.

—Empieza a hablar —exigió, la primera voz.

«Genial, justo lo que necesitaba para terminar el día. Ser testigo de un soborno», lamentó su suerte. ¿Debía arrastrarse por el suelo para escabullirse de allí? ¿O esperar a que ellos terminaran sus chanchullos, para salir con más seguridad? Optó por lo segundo.

—Su Majestad reinició el proyecto de la galería de arte, en el Salón Quemado —informó, la voz avejentada.

—¿Estás de broma? ¡Qué mierda me interesa eso!

—Sí, disculpe. También, ordenó que le confeccionaran a él las ropas del palacio.

Elsa frunció el entrecejo. Ella recordaba haber escuchado algo como eso, en la oficina de Vionette Cecile, sin necesidad de pagar ningún soborno.

—Estoy perdiendo la paciencia, ¿crees que no sé eso? Cuéntame algo que no sepa, o me devuelves esa bolsa.

—Le pido perdón —contestó, temeroso, el hombre mayor. Elsa identificó a ambos hombres como "El Informante" y "El Informado"—. También, el Príncipe le entregó un sobre, y un pergamino enrollado. Ambos fueron enviados por Bloch.

—¿Bloch? ¿Marc Bloch? Debí haber supuesto que ese malnacido estaba detrás de todo esto, ¿alcanzaste a leerla?

—No, el Príncipe la tuvo consigo todo el tiempo. Él le dijo: "Nuestro buen amigo Marc ha dicho que te olvidaste esto". Sir Graywords recibió la carta y el pergamino, directamente de las manos del Príncipe. Sospecho que el papiro, es una recomendación.

Elsa curvó sus cejas, desconcertada.

«¿Sir Graywords? ¿El amante de la Princesa? ¿Qué tanto con este hombre?», pensó. Si algo la convenció de permanecer allí, fue aquello: esa información implicaba directamente a su ama, y como tal, también la implicaba a ella.

—Hazme el favor de no decirle "Sir" a ese engendro, no frente a mí —Elsa escuchó como El Informado, escupía el suelo. A pesar de mantener un volumen de voz bajo, sus palabras destilaban rabia e impotencia—. ¡Yo les advertí a esos imbéciles! Les dije que debíamos ocuparnos de él, pero insistieron en que apenas era un mercenario de pies ligeros, con un alma demasiado libre, como para ser considerado una amenaza.

—Han subestimado la situación.

—Pero no fueron solo ellos, yo también. Él volvió a desaparecer, y ella andaba lloriqueando en los rincones, cuando creía que nadie la veía. ¡Saqué conclusiones apresuradas! Hasta abrí mi mejor vino, diciendo: "A la salud del engendro que finalmente rompió el corazón de la Princesa, y nos libró de un problema".

Elsa tenía las piernas acalambradas de mantenerlas en la misma posición, pero no se atrevió a mover ni un solo dedo. Ese hombre le parecía, llanamente, un idiota: una persona lista acortaría una reunión secreta a lo estrictamente necesario, es decir, al intercambio de información. Sin embargo, en ese momento podrían estar gestándose otras reuniones secretas, con individuos más astutos y certeros.

—Pero míralo ahora, alabado por el mismísimo Príncipe. ¿Quién lo convocó a Abercrave? ¿Fue esa bola de grasa de Fynn?

—Según entiendo, Sir Graywords… —Ante el gruñido de El Informado, el hombre viejo se corrigió—. Perdón, Zelgadis Graywords, se presentó espontáneamente en Abercrave. Luego de la misión de los Reinos Distantes, Fynn Holzer y él acabaron por llevarse bien. Cuando Graywords se apareció sin aviso, Holzer lo recibió con los brazos abiertos, y lo asignó a la comisión de negociación con los mineros. Lo demás, está en boca de todos.

—Ese engendro fue asesorado por Marc Bloch, no tengo ninguna duda. Está jugando con todas las cartas correctas. Todas.

—Señor, no quiero ofenderlo, ¿pero usted está seguro que él planea convertirse en candidato? No importa qué confianza le tenga el Príncipe, él es un hombre demasiado inconstante. Además, el Príncipe Philionel siempre insistió con lo mismo: "Solo están unidos por una gran amistad".

Elsa escuchó como El Informado hacía una carcajada forzada, llena de desprecio.

—¿Amistad? Ni él se cree ese cuento, pero eso no importa ahora. De todas las veces que él se ha marchado, siempre ha regresado. Pero, créeme, esta vez es distinto. Ese engendro ya se ha decidido.

—Podríamos levantar el informe de antecedentes criminales.

—¿Eso? Es un papel inservible. Algunos consideran que sus servicios a Saillune, son más que suficientes para hacer la vista gorda. Y ya sabes cómo es el Príncipe: "¡Son errores de la juventud!", "¡Lo importante es reencauzar la vida, por el camino de la Justicia!".

Si no fuera por la situación arriesgada en la que estaba metida, Elsa podría haber reído de lo que, suponía, era una imitación del Príncipe Regente.

—¿Y la investigación que confirma que fue contratado por Zoana, para apresar a la Princesa?

—Más de lo mismo. La Reina Navratilova tiene fuertes lazos con ella, y no podemos levantar esa noticia, sin ocasionar un conflicto con su reino. Información valiosa, pero que no podemos usar. Un callejón sin salida.

Hubo un silencio profundo, extendido. Elsa esperaba que allí hubiese terminado todo.

—¿Es verdad que es descendiente directo de Rezo, el Monje Rojo?

—Sí. Y es extraño, porque el fenómeno podría usar eso para posicionarse, pero jamás lo ha sacado a cuento. Opta por el camino más difícil, y créeme que, a partir de ahora, buscará participar en cada proyecto con peso que surja —Volvió a bufar, y exigió a su Informante—. ¿No tienes nada más? Tiene que haber algo, por donde hacer que muerda el anzuelo.

—Bueno, hay algo… —titubeó—. Pero es apenas un rumor entre los guardias, y el hombre que lo inició, tiene problemas con la bebida. Nadie cree en su palabra.

—No importa, escúpelo.

—Él asegura haber visto a Graywords, pasada la medianoche, saliendo a hurtadillas de la carpa de la Princesa Ameria, en Bo-Kaap.

«¡¿Bo-Kaap?!», Elsa alcanzó a ahogar un jadeo de sorpresa, sin embargo, la mano derecha actuó contra su voluntad: el recipiente resbaló de sus dedos, y al golpear contra el suelo, se abrió. Las nueces cayeron con un sonoro repiqueteo sobre el suelo de mármol, violando el sigilo de la noche.

—Hay alguien aquí —Los escuchó susurrar. Su corazón se detuvo, con el sudor del pánico enfriándole la espalda—. ¡¿Quién está allí?! —gritaron.

«Hora de correr», decidió. Oyó sus pasos yendo y viniendo, confusos por no saber qué dirección tomar, momento que Elsa aprovechó para quitarse las botas, y, apretándolas junto a su portafolio, comenzar a gatear para no ser vista. Cuando los escuchó avanzando, sobre el corredor donde ella estaba, Elsa se levantó y comenzó a correr, apretando sus pertenencias contra su pecho.

—¡Allí, esa sombra!

Elsa corrió con los latidos del corazón sintiéndolos en la garganta. Por apenas media fracción de segundo, pensó en esperarlos y luchar, pero aquellos no eran ladronzuelos ordinarios de aldea, sino, muy probablemente, altos funcionarios de la corte. Ellos no se conformarían entregándoles su billetera.

—¡Vuelve aquí! ¡Quién te envió!

Dobló por otra galería, y continuó corriendo. Ellos estaban cada vez más cerca, era cuestión de segundos antes de que diesen la vuelta por ese mismo pasillo y la atraparan. Avanzando totalmente a ciegas, Elsa chocó contra una pared. Fin del camino.

«¡No!», casi lloró, mirando a la oscuridad. «Rania, si me escuchas ¡ayúdame!»

Con la mano que tenía libre, empezó a tantear las paredes, esperando dar con algún picaporte, pero notó como la pared se hundía hacia adentro, y Elsa buscó refugió allí. Era un espacio estrecho, y sintió las formas de una escultura tallada en madera. Iba a esperar, y cuando esos dos hombres la encontraran, los iba a golpear, solo para buscar otra ruta de escape. Era un terrible plan, pero no podía ser atrapada: Elsa sabía cómo terminaban las personas que habían escuchado, lo que nunca nadie debió escuchar.

Ellos ya estaban cerca, y Elsa se hundió más contra la escultura, tanto, que su pie quedó trabado en algún ángulo de la efigie. Al intentar destrabarlo, escuchó un chasquido. Con pánico, sintió como la escultura se movía, y sin tener ya donde respaldarse, el peso de la gravedad hizo que ella cayera hacia atrás. Ahogando un grito, cayó sobre su trasero. Anonadada y sin entender qué había ocurrido, escuchó el ruido mecánico de la escultura, volviendo a su lugar original. Del otro lado, los hombres habían llegado.

—¿Dónde fue? ¡Sé que tomó este camino! ¡Mierda!

Elsa podía escuchar las voces, casi, perfectamente.

—Vamos por el otro lado. Quien sea, no debe haber ido muy lejos.

Elsa no tenía idea en donde estaba. Solo se puso de pie, y comenzó a correr en el sentido contrario de esas voces. Corrió y corrió, en absoluta oscuridad, sabiendo que cualquier cosa que la esperara en ese pasadizo oculto, sería mejor que la perspectiva de ser atrapada y, eventualmente, asesinada.


A medida que avanzaba por el pasadizo, Elsa debía encorvarse más, ya que la altura se hacía cada vez menor. Había dejado atrás la amenaza de los dos hombres, pero la situación en la que estaba ahora, no era mejor. Sea lo que fuese ese lugar, no había sido usado en muchísimos años: algunas ratas se habían colado entre sus pies, y sus dedos se habían enredado en pegajosas telarañas.

Pronto, supo que había llegado al final del pasadizo, cuando tocó un picaporte. Lo giró y abrió una puerta. Había un compartimento cerrado y estrecho, pero en donde al menos podía estar de pie. También, estaba repleto de telarañas. Cerró la puerta tras ella. Se dio cuenta que a la altura del suelo llegaba una ínfima fuente de luz, y se arrodilló para ver qué era.

La luz entraba por pequeñas perforaciones circulares. Eran varios paneles de madera intercalados, y Elsa sabía que había visto aquello en algún lado, pero no recordaba dónde. Cuando relajó la vista, luego de tanta oscuridad, a sus ojos entraron las imágenes de lo que había del otro lado de esos paneles. Era un salón, muy grande. Pesadas cortinas cubrían los ventanales. Solo uno de ellos estaba semi abierto, dejando entrar la luz de la luna. No había muebles, solo atriles con cuadros. Algunos, estaban cubiertos por sábanas.

La manera en que los agujeros de los paneles estaban superpuestos, permitían ver una imagen casi perfecta del salón.

—Esto tiene que abrirse de alguna manera —susurró. Tocó los paneles de madera, pero no encontró ningún mecanismo para abrirlos. Aquel lugar estaba hecho para espiar, y no era una ruta de escape. Si lo pensaba con detenimiento, lo mejor era permanecer allí, hasta que fuera de día. Esos hombres, aún debían estar buscándola. Sería mucho más seguro volver por donde había venido, pero con la seguridad que daban los rayos del sol.

Agotada, cerró los ojos y entró en un estado de sueño frágil, confuso e incómodo. Pasaron algunas horas, y Elsa despertó, sobresaltada, al escuchar un ruido.

Miró hacia el salón. Alguien entraba por una de sus puertas, y la cerraba tras de sí, silenciosamente. Probablemente, era uno de esos hombres, buscándola. La luz de la luna ya no era tan potente, por lo que apenas distinguió al individuo: usaba una capa, y llevaba alguna especie de maleta en sus manos. Él se acercó hasta la ventana y corrió la cortina, tapándola completamente. De sus manos, nació una esfera de luz, que hizo flotar cerca de su rostro.

—No puede ser —Elsa jadeó. Cabello plateado, piedras enquistadas en el rostro, y orejas puntiagudas. Era él.

«La sombra plateada», reconoció, mortificada. Él dejó la maleta sobre el suelo, y caminó alrededor del salón, observando con detenimiento las obras de arte, mientras su hechizo Lighting flotaba alrededor de él.

«¿Qué hace él aquí? ¿Por qué esta aquí?», se preguntó, pero Elsa sospechaba la respuesta. Esa noche, en el campamento de la Princesa en Bo-Kaap, había visto su figura plateada, oculta entre las copas de los árboles. No había sido producto de la fiebre, ni de su imaginación. Había sido él, escondido entre las ramas y sus hojas.

«Vino a matarla», aseveró. Era un mercenario a sueldo, sin ninguna duda, y esa noche del festival en Bo-Kaap, él habría estado analizando a su objetivo desde la terraza de la hostería. ¡Y ella misma le había facilitado la tarea! Cuando el retrato de la Princesa Ameria se le había escapado de las manos, él lo había atrapado, y lo había observado con detenimiento.

Sin saber que era observado, Elsa veía como el monstruo admiraba, con detalle, las obras de arte. Ese hombre había burlado los controles, los guardias reales y todos los muros, de alguna manera excepcional.

Ella puso atención, a la maleta que él había dejado sobre el suelo. ¿Qué contendría? ¿Un arma quizás? ¿Una del Nuevo Mundo? Elsa había escuchado rumores preocupantes sobre esos artefactos: lograban una puntería perfecta a muchos metros de distancia, sus disparos eran silenciosos y mataban instantáneamente, haciendo solo un pequeño agujero en el cuerpo de la víctima.

¿Pero por qué esa noche en Bo-Kaap, no había consumado el magnicidio de la Princesa? ¿Qué se lo había impedido? Entonces, Elsa recordó un nombre: Sir Graywords. La presencia de su guardia personal, esa noche, había evitado el asesinato. Y ahora que lo recordaba, ¿la madre de la Princesa no había muerto de la misma manera?, ¿asesinada cruelmente por un asesino a sueldo?

—Va a ocurrir otra vez —susurró, para ella misma.

Elsa se puso sigilosamente de pie, decidida. No iba a permitirlo, no iba a dejar que la Princesa Ameria, la joven que la había salvado, repitiese la historia de su madre. Buscó el picaporte de la puerta, y lo giró, pero la puerta no cedió. Intentó varias veces, sin éxito. Mortificada, Elsa se dio cuenta que había quedado encerrada. Escuchó otro ruido, proveniente del salón. Se arrodilló a mirar.

Una figura pequeña, entraba al salón. Elsa distinguió la túnica blanca con ribetes dorados, de la familia real. Estaba descalza, y llevaba unas alpargatas en sus manos. Sus pies eran delicados y minúsculos. La esfera de luz del mercenario, flotó por encima de su cabeza, y Elsa vio como él sonreía. El hechizo de luz, los alumbró a ambos.

Elsa reconoció el rostro de Su Alteza, la Princesa Ameria, sonriendo tímidamente. La Princesa corrió, y dando un salto, se abalanzó hacia él. El mercenario la atrapó en el aire. Ella lo abrazó, envolviendo su cintura con sus piernas.

Elsa se llevó las manos a la boca.

—¡Zelgadis-san! —dijo la Princesa, y hundió su cabeza, en el hueco de su cuello.


Notas de la autora: Según una de las tantas (y confusas) entrevistas, hechas a Kanzaka, las mujeres no tienen derecho a la sucesión al trono de Saillune. Pueden encontrar esta información en la excelente página de "Lost Slayers".

Pido disculpas si el capítulo fue demasiado extenso. ¡Gracias por leer!