Un lugar en el Mundo


VI. La cuarta pared


Del alud de pensamientos que arrasó con toda lógica, hubo una idea, solo una, que emergió de la mente de Elsa, con curiosa claridad:

«La Princesa parece un koala, aferrada a un árbol». Nada decía, que este debía ser el pensamiento más lúcido.

Elsa bajó las manos a su regazo, pero su cabeza era un espectáculo de fuegos artificiales a las cero horas del Año Nuevo, mientras un coro de mujeres le cantaba: "¡Qué thriller te has inventado!". El primer impulso de su cuerpo, fue querer romper la puerta a patadas para huir de allí, pero la Princesa y ese sujeto estaban a solo unos metros de distancia. Si la escuchaban, podían atraparla, y a Elsa no se le ocurría un testimonio convincente, para justificar su sospechosa situación. La arrojarían a las mazmorras del Palacio, antes de siquiera poder abrir la boca.

«¿Debería contratar a una hechicera? ¿Habré sido maldecida? Esto no puede estar pasándome». Estaba horrorizada: ¿en qué momento la sucesión de eventos había terminado siendo una cadena de mala suerte, que la había arrastrado hasta allí? Cuando saliera de esa cueva de ratones, buscaría la forma de hacer que Berenice y Greta pagaran por ello.

—Bienvenido a Saillune, Sir Graywords, ¡apaciguador de huelgas!

La voz de la Princesa resonó en el gran salón, con todo el entusiasmo que la caracterizaba. Ella seguía con las piernas aferradas a su cintura, y sus cortos brazos rodeaban su cuello. Sonreía con tanta desenvoltura y sinceridad, que Elsa entendió que Su Alteza no estaba siendo irónica con él.

—Ameria, no empieces tú también —respondió, y Elsa se sorprendió, al oír su voz: no la recordaba tan serena—. Ya tuve suficiente con tu padre y Fynn, hablando de eso todo el día.

—¿Por qué no? ¡Te queda bien! ¿Qué opinas de "Paladín de los acuerdos y la paz social"? Todo caballero necesita un sobrenombre apropiado.

La esfera de luz flotaba alrededor de ellos, como una luciérnaga molesta. Sostener el cuerpo de la Princesa parecía tarea fácil: él levantó uno de los brazos, y con un gesto de los dedos, el hechizo se elevó por encima de sus cabezas. La manga de su camisa se corrió, y Elsa pudo ver una porción del brazo, desnudo.

—No necesito ninguno —Él respondió—. Soy tu guardia personal, nada más.

El color de su piel, azul, le recordó a la azurita pulida, un mineral muy apreciado por los orfebres de joyería. Sería algo bello de observar, sino fuera por las incrustaciones de piedra que tropezaban por todo su brazo. En Bo-Kaap, Elsa había alcanzado a distinguirlas en su rostro, y las había comparado con unas oscuras verrugas. Aunque se avergonzara de sí misma, no podía negar la aversión que le provocaban. Justo en ese momento, las cicatrices negras de sus propios brazos, le empezaron a picar.

«Que ironía», pensó, «Los tres estamos condenados, a ocultar nuestro cuerpo al mundo».

—Zelgadis-san, ¡qué aburrido eres! —regañó, amistosamente, y volvió a abrazarlo, apoyando la mejilla en su pecho—. A veces me recuerdas al tío Christopher.

Con solo vislumbrar esa pequeña porción de su piel, a Elsa la invadieron algunas preguntas inevitables: ¿Estaba todo su cuerpo salpicado por esas piedras ásperas? ¿Qué clase de tela tenía que usar, para evitar que su ropa se rasgara a diario? Por último, una idea, mucho más sombría, comenzó a formarse en su mente:

«Ella no puede haber… No, no es posible. No con él». Elsa no se animaba, siquiera, a terminar el pensamiento. La Princesa, abrazada a ese hombre, ahora le resultaba menuda y frágil.

—Has ganado peso.

Ella desenredó las piernas, y puso la punta de los pies sobre el suelo, con él sosteniéndola por la cintura. La diferencia de altura entre ambos, de al menos dos cabezas, a Elsa le pareció absurda, incluso cómica.

—Zelgadis-san, ¡qué grosero! —respondió, ofendida, aunque se entreveía una sonrisa—. El frío ya está aquí, y las clases de esgrima son realmente exigentes, ¡por supuesto que necesito aumentar mi ingesta calórica!

Elsa curvó las cejas, sorprendida. ¿La Princesa había decidido superar su aversión por las armas?, ¿cabía la posibilidad de que fuera por el consejo que ella le había dado en Bo-Kaap? Se le entibió el pecho, con apenas suponerlo.

El mercenario chistó, pero sonrió, y le hizo un pequeño golpe en la punta de la nariz. Era un gesto insignificante, pero que Elsa tradujo como uno de cariño, casi fraternal.

—Ameria, no lo decía por eso. Te ves como antes. Como antes de…

Él no habló más, pero ella sonrió con amabilidad, interpretando su silencio. Elsa puso palabras en ese vacío:

«Te ves como antes. Como antes de que esa enfermedad te consumiera hasta las entrañas».

—Zelgadis-san, dejemos eso atrás. ¡Estoy bien! —aseguró, poniendo las manos en su cintura—. ¡Lista para retomar nuestra cruzada por la justicia y la amistad, en todo el continente! —declaró, soltándose de sus brazos y apoyando ambos pies sobre el suelo. Elsa vio como el rostro de la Princesa se fruncía, suprimiendo un quejido de dolor, y apartando, por reflejo, un pie del suelo.

—¿Qué ocurre? —preguntó, preocupado. La Princesa sacudió la cabeza, restándole importancia, pero él apoyó una rodilla en el suelo, y, tomándola por el talón, inspeccionó la planta del pie. Elsa distinguió una mancha de sangre, sobre el suelo de mármol—. Ameria, ¡qué diablos haces descalza!

—No quería hacer ruido —respondió, casi excusándose, y bajó la mirada, avergonzada—. Pensé que sería más emocionante venir así.

—Estás sangrando —No era una observación, sino una acusación. De sus manos azules emergió una luz que Elsa podía identificar: era el hechizo curativo que Sylphiel le había enseñado, el más básico y fácil de efectuar. A ella le había servido para curar cortes y raspones, pero desde que las cicatrices negras se habían adueñado de sus brazos, esa habilidad había desaparecido.

—No es nada —La Princesa le restó importancia a la herida, aunque ya no sonaba tan segura de sí misma.

—Ameria, ten un poco de criterio, ¿quieres? Evita lastimarte, no siempre tendrás a alguien para curarte.

Elsa sintió la dureza de esa afirmación, como una cachetada en su mejilla. ¿Por qué tenía que ser tan rudo? La chica había perdido su capacidad mágica, todo lo que la había definido hasta entonces, y en lugar de lamentarse, se había apuntado a clases de esgrima, para suplir esa falta. ¿No podía dejar pasar un tonto error?

—Lo siento. Tienes razón, Zelgadis-san —Ella se disculpó, apesadumbrada.

Elsa volteó los ojos, irritada. Le parecía indigno que un miembro de la realeza de Saillune, se disculpara con un mercenario cualquiera, apenas nombrado caballero.

«Mi querida Elsa, ¿qué son esos pensamientos tan snobs? Sabes que él no es un simple mercenario. Es el amante de la Princesa, como tú bien has dicho».

Elsa bajó los párpados, resignada, cuando escuchó a Rania en su cabeza. Era algo que le ocurría con regularidad: cuando se encabritaba con alguna situación, la voz de ella aparecía para hacerla entrar en razón. Elsa sabía que en realidad dialogaba con su subconsciente, quien había creído conveniente, usar la voz de su fallecida amiga. Más de una vez, se había preguntado si se estaba volviendo loca, o era algo que ocurría con todos los seres humanos.

«Rania, él no puede ser el amante de la Princesa. Debo haber malinterpretado todo», determinó, sin titubear.

«¿Malinterpretado? ¿De qué forma?».

«La mancha de sangre puede haber sido por cualquier corte. La Princesa parece ser alguien torpe, propensa a los accidentes».

Elsa siguió sus movimientos: él sacó un pañuelo de su pantalón, y lo extendió sobre el suelo. Con sus dedos azules, extrajo algo muy pequeño del pie de la Princesa. Ella hizo un quejido de dolor, y amagó quitar el pie.

—Quédate quieta —Le ordenó, reteniéndola por el tobillo—. Son fragmentos de vidrio, tengo que quitarlos.

Elsa sí reconocía que ese hombre era el tan mentado, Sir Graywords. Su nombre, Zelgadis, no era fácil de deletrear, pero ella tenía buena memoria, y la conversación de los dos funcionarios de la corte, había quedado tallada en su memoria.

Mientras Sir Graywords continuaba quitando las astillas del pie de Su Alteza, y las dejaba sobre el pañuelo, la voz de Rania, volvió a interpelarla.

«¿Y qué me dices de la pastilla que te pidió comprar?», desafió.

«Podría haber sido para ayudar a cualquiera de sus criadas. Esa noche, todo el personal estaba flirteando. Además, ellos ni siquiera se han besado, ¿no lo ves? No son más que amigos. Parecen hermanos», respondió.

«Eso no tiene sentido, ¿por qué dos buenos amigos se encontrarían a escondidas? ¿No te recuerda a algo? Eres tan inteligente Elsa, pero a veces te pareces a tu madre, cuando intentaba negar lo nuestro».

Elsa se preguntó, por qué su subconsciente elegía ser tan crudamente sincero.

—Te extrañé.

La Princesa habló, y Elsa fue sacada de sus cavilaciones. El mercenario trabajaba diligentemente: al quitar una astilla, aplicaba un nuevo hechizo curativo. Él no interrumpió esa tarea, y Elsa se enfocó en sus mejillas.

«Un momento», pensó. «¿Él se está ruborizando?». Elsa se cruzó de brazos, sintiéndose estafada: ¿dónde había quedado su espadachín misterioso, ese sujeto frío y sin emociones, que había plasmado en su retrato?

Sir Graywords se demoró en responder, y lo hizo en un murmullo torpe, que apenas alcanzó a oír:

—Sí. Yo también.

«¿Hermanos? ¡Míralos! Es evidente, ¡no lo niegues! Parecen sacados de un cuento. Esa noche en Bo-Kaap deben haber compartido momentos inolvidables. No entiendo por qué él no te agrada, parece muy consagrado a ella». Rania sonaba igual de apasionada que en su temprana adolescencia, cuando se pasaba los ratos libres leyendo novelas de amor.

«Es imposible».

«¿Por qué?».

«Porque el cuerpo de ese hombre, la habría desgarrado».

Y con eso, la voz de Rania desapareció.


Parada en un solo pie, la Princesa Ameria perdió el equilibrio varias veces, por lo que Sir Graywords la hizo cambiar de posición. Se desprendió de su capa y la desplegó sobre el suelo de mármol.

—Recuéstate sobre esto, el piso está frío —le indicó. Para sorpresa de Elsa, ella obedeció sin decir una palabra. El mercenario se sentó, cruzado de piernas, y volvió a tomarla por el talón. Elsa se arrastró sigilosamente hacia atrás: ahora los tres estaban en el mismo nivel, y no podía saber cuánto la ocultaban los paneles.

El hechizo Lighting flotaba cerca del rostro de Sir Graywords, y Elsa aprovechó a observarlo con más detenimiento. Era un hombre feo, y al mismo tiempo, no lo era. Sus orejas puntiagudas, la mandíbula dura y definida, junto a esos ojos astutos e inteligentes, se correspondían naturalmente con el aire de bohemia y soledad, que lo envolvía.

«Un hombre así, debió haber sido un imán instantáneo para ella», concluyó, aunque la idea la incomodara.

Sir Graywords estaba concentrado en quitar los fragmentos de vidrio, y cada vez que extraía uno, lo dejaba sobre el pañuelo, coloreando la tela con gotas de sangre.

Elsa se focalizó en el cuerpo de ella: cada vez que él sacaba un trozo de vidrio, la Princesa Ameria se mordía los labios y fruncía el ceño, pero lo aguantaba estoicamente y sin quejarse. Las mangas acampanadas de su vestimenta cubrían sus brazos, y Elsa tenía una curiosidad ineludible por ver sus cicatrices negras: ¿se parecerían a las de ella? ¿serían más oscuras, más anchas, acaso? Había diseñado varios vestidos, alguno de los cuáles, implicaban mostrar la desnudez de sus brazos. Sabía que el momento en que la Princesa le mostrará sus marcas negras llegaría, y todavía no había planeado una reacción adecuada. Además, se sumaba un nuevo factor.

«La Princesa es muy torpe, tendré que ajustar varios aspectos de su vestuario», resolvió.

No tenía la certeza, solo la sospecha, de que ya no quedaban más fragmentos de vidrio por quitar, y él, sin embargo, seguía presionando la planta de su pie. La Princesa ya no arrugaba la frente, y ahora miraba su propio regazo.

«Oh, vamos hombre, en ese pie ya no hay nada. ¿Pueden retirarse a sus habitaciones, así yo intento volver a la mía?», rogó.

—Déjame ver el otro pie —Ella, obedientemente, bajó la pierna derecha y elevó la izquierda, y al hacerlo, su túnica beige se corrió por arriba de sus caderas. La Princesa no alcanzó a notar como el cuerpo del mercenario se tensó, pero Elsa sí. Sus bonitas piernas, de suaves curvas, estaban desnudas, y en ese movimiento, Sir Graywords habría alcanzado a tener un atisbo de la intimidad oculta que las unía.

Él bajó inmediatamente sus ojos, enfocándose en la tarea. Hizo presión sobre la planta del pie, recorriéndolo desde los dedos, hasta su talón. El pecho de ella ascendió y descendió, como si el mero hecho de respirar fuera algo lento y complejo.

«Esto se está poniendo peligroso». Elsa sacudió la cabeza, masajeándose las sienes con nerviosismo. «Los dos saben que ese pie está perfectamente sano. Tengo que salir de aquí».

Elsa ya no podía negar lo evidente, Rania, y su subconsciente, tenían razón. Un hermano no miraría de esa manera a una hermana. Ni tocaría sus pies con esos dedos cuidadosos, ni se sonrojaría de la manera que, ambos, estaban haciéndolo. Cada palabra entre ellos, había perdido la fluidez de los primeros minutos del encuentro, y ahora parecía, que los dos estaban deslizándose por algún túnel, cuyo final, ambos conocían.

—Pudiste… —Él empezó, y carraspeó, para aclararse la garganta—, ¿pudiste ocuparte de eso?

La Princesa levantó la vista de su regazo y lo miró, confundida. Tardó algunos segundos en comprender qué era lo que estaba preguntando.

—Sí, por supuesto Zelgadis-san. De lo contrario, ahora estaríamos en serios aprietos —respondió, riéndose. Elsa sintió un alivio al notar como, con solo esa pregunta, el mercenario había puesto algo de cordura en toda esa situación, aunque no sabía cuánto habría de durar.

—Claro, tienes razón —reconoció, incómodo. Bajó su pierna al suelo, y sin que ella se lo preguntara, la ayudó a calzarse. Eran unas sandalias cerradas, con tiras de cuero que debían ser entrecruzadas en los tobillos. Elsa notó que Sir Graywords lo hacía sin mirar, como si ya lo hubiese hecho cientos de veces antes—. Perdón. No quise dejarte sola, ocupándote de eso.

—No te preocupes, no fue nada, ¡de verdad! —respondió, sacudiendo la mano frente a su cara. A Elsa le pareció que ella lo hacía para cubrir el sonrojo, que de pronto había teñido sus mejillas—. Conocí a una mujer muy amable en Bo-Kaap, quien lo compró por mí. Creo que ambos tenemos una deuda con ella.

Elsa abrió la boca en un "Oh", mudo, cuando entendió de qué, y de quién, hablaban.

—Pensé que se lo pedirías a Sylphiel.

—Hubiese sido muy incómodo explicárselo —respondió, rascándose detrás de la oreja, nerviosa. El caballero anudó una de las sandalias, y tomó la otra—. Además, ya tomé precauciones.

—¿Precauciones?

—Para la próxima vez.

«¿Qué próxima…? Ah.». No solo Elsa había captado el mensaje, el mercenario también. Si aquella conversación fuese un diálogo extraído de las novelas que Rania leía, la joven mujer estaría ruborizada por su propia osadía, y el gallardo hombre, aprovecharía el momento para "robarle un beso". Sin embargo, la Princesa Ameria lo miraba insegura, y Sir Graywords, se limitó a un suspiro resignado, meneando la cabeza.

—Ameria, no habrá próxima vez. Ya lo hablamos.

—No, tú lo decidiste —replicó, enfadada—. Zelgadis-san, no tiene por qué ser así. Yo realmente lo disfruté, ¡y quiero repetirlo!

«Oh muchacho, quien debería estar sonrojándose es la Princesa, ¡no tú!». Elsa no podía creer que era ella quien estaba poniendo las cartas sobre la mesa, expresando abiertamente su deseo sexual, mientras Sir Graywords miraba hacia arriba. Él parecía estar esperando a que el techo se rajara en dos, para poder escapar volando de allí.

—No.

—¡Pero…!

—Ameria, no volverá a ocurrir, y no diré una palabra más sobre esto.

La Princesa abrió la boca, evidentemente ofendida. Parecía estar a punto de prorrumpir en un discurso, pero se puso de pie y le quitó la sandalia de las manos.

—Bien, como ordenes —contestó, bufando.

Elsa se sorprendió por la represalia casi infantil de ella: se quitó la sandalia que él le había colocado, y se la comenzó a anudar, a su propia manera. Sir Graywords se volvió a colocar su capa, guardó el pañuelo con los trozos de vidrio y, en silencio, la observó calzarse. La Princesa ponía tanto ímpetu en cruzarse las tiras de cuero, que Elsa temió por la circulación sanguínea de sus piernas.

—No puedo… No si eres tú la que sufre, Ameria.

La Princesa dejó de torturar sus tobillos. Suspiró con los hombros caídos, y terminó de ajustar sus sandalias, con un suave nudo. Se puso de pie y caminó hasta quedar frente a él.

—Para mí no es sufrimiento, aunque te cueste comprenderlo, Zelgadis-san —Ella sonrió, tomándolo de la mano. Sus ojos azules volvían a brillar con alegría—. Hablemos de otro tema, ¿sí?

Elsa notó como la postura de Sir Graywords se relajaba. La Princesa aun sostenía su mano, pero aquello no parecía incomodarlo.

—No te llegaron ninguna de mis cartas, ¿no? —La Princesa negó meneando la cabeza, y el espadachín suspiró—. Creo que las quemaban todas. Fynn tuvo que ingeniárselas con palomas para enviar reportes.

—Papá me contó que bloqueaban todas las rutas de ingreso a Abercrave. Estaban escasos de alimentos, y ni así permitieron el ingreso de lo que enviábamos.

El espadachín se rio, aparentemente asaltado por un recuerdo, y Elsa no pudo evitar sorprenderse, al escucharlo reír.

—Tenías que ver a Fynn intentando negociar con solo dos raciones de comida por día. Creía que con Lina y Gourry lo había visto todo.

La Princesa prorrumpió en una carcajada limpia que retumbó por todo el gran salón, y se cubrió la boca, censurándose a ella misma.

—Estoy tan orgullosa de ti, Zelgadis-san.

Elsa recordó la sonrisa extraviada y los ojos ilusionados de la Princesa, aquella mañana luminosa en Bo-Kaap. Realmente dudaba que existiera otra persona en este mundo, que pudiera provocar en ella, esa contagiosa felicidad. Sintió un poco de envidia por aquellos dos.

—No fue gran cosa.

—Zelgadis-san, ser modesto no es lo tuyo. Ministros y funcionarios trabajaron muchos meses sin lograr ningún avance. Tu llegaste, y algo cambió, ¿qué fue?

—Ameria, nadie querría cerrar un acuerdo, con personas que los miran con desprecio. —Elsa tuvo que acordar con ese hombre: las criadas de su familia aguantaban solo unos meses por la buena paga, pero a la larga se terminaban marchando, incapaces de soportar la arrogancia constante de su madre—. Enviar a esos funcionarios bien alimentados, vestidos con ropa lujosa, fue una burla para toda esa gente.

La Princesa asintió en silencio, con toda la atención puesta en él. De pronto, Elsa no vio más a la joven simpática y alegre, sino a Su Alteza, Ameria Will Tesla Saillune, la mujer que había elegido hacer de la política de su reino, su primera responsabilidad.

—Dicen que descendiste a las minas, ¿es verdad?

Sir Graywords asintió. Un cuadro que estaba cerca de ellos, pareció llamar su atención, y él caminó hasta allí. Mientras lo analizaba, respondió a la joven:

—Llegué a Abercrave, solo con la idea de evitar que los mineros le partieran el cráneo a Fynn. Pero cuando me ofrecí a descender con ellos, para recoger detalles de sus condiciones de trabajo… Fue allí, cuando su actitud empezó a cambiar —narró, y volvió a mirar a la Princesa—. Hay mucho por hacer, si no se mejoran sus condiciones, y las de sus familias, volverá a ocurrir.

—Me ocuparé de eso personalmente. Gracias, de verdad.

Ella se acercó hasta él, y entrelazó una mano en la suya. El mercenario devolvió el gesto, pero arriesgándose a una intimidad mayor: acarició la mejilla de ella, tocó el lóbulo de su oreja, y peinó con sus dedos azules, el cabello negro de la Princesa. Su mano, se detuvo en su nuca.

Elsa no se dio cuenta que estaba reteniendo la respiración. Cuando estaba segura de que él iba a besarla, Sir Graywords volteó, y comenzó a caminar hacia los otros cuadros. La Princesa Ameria pestañeó, confundida, tanto, como la misma Elsa.

—Hay muchas obras de arte aquí, ¿para qué son?

Elsa apenas había alcanzado a escuchar esa pregunta. El mercenario se había alejado, y la Princesa tuvo que abandonar el estado patitieso en que ese hombre la había dejado. Trotó hasta él, y Elsa advirtió que ellos continuaban conversando, pero no llegó a escuchar lo que decían. Ambos ya se habían alejado lo suficiente.

Lo suficiente, para que ella pusiera manos a la obra, e intentara salir de allí.


Sus pantalones eran su kit de supervivencia. Con un diseño elegante pero austero, que ella misma había diseñado, tenían bolsillos escondidos donde llevaba todo lo que creía indispensable. Eso incluía un cortaplumas con muchas navajas de distintos usos, que, afortunadamente, no se lo habían confiscado cuando la habían requisado en los distintos controles de ingreso. A su daga, sí había tenido que decirle adiós.

Intentó pacientemente abrir la cerradura trabada de la puerta, pero era evidente que los años (¿décadas? ¿siglos?), la habían arruinado y había quedado muy maltrecha, lo suficiente como para dejarla encerrada allí. Aunque las conversaciones entre Sir Graywords y la Princesa Ameria eran unos murmullos lejanos, Elsa sabía que derribar la puerta a patadas no era una opción. En otras circunstancias, lo habría hecho, pero en esta, tenía que utilizar todas sus destrezas para salir sigilosamente de allí.

La principal dificultad radicaba en la falta de luz. Cuando ese hechicero se había alejado, también se había alejado su hechizo Lighting, por lo que, nuevamente, estaba intentando destrabar el cerrojo, prácticamente a ciegas. Además, tampoco podía ejercer demasiada presión, porque siempre estaba la posibilidad de que un ruido pusiera en alerta a aquellos dos.

«Y oh por Cephied, no quiero ver qué cara pondrían, si saben que estuve aquí, viéndolo todo». Eso sin contar que, probablemente, Sir Graywords podría considerarla una amenaza, al igual que el anterior guardia, y estaba segura de que el trato no sería igual de tolerante. Algo le decía que, si ese hombre creía que su Princesa estaba en riesgo, no dudaría en usar la espada que le colgaba de la cintura, para separar la cabeza de su cuerpo.

Enfocada como estaba en la cerradura, casi se había olvidado de la situación peliaguda en la que estaba metida. Con una sonrisa de triunfo, creyó encontrar dónde estaba el atasco.

—¿Qué? ¡No, dile que no!

Elsa dio un respingo y el cortaplumas se le cayó de la mano. Se atragantó con un alarido de frustración, y resignada se arrastró hacia los paneles, constatando que la pareja, aún estaba lejos de allí. Sir Graywords estaba de espaldas, pero podía ver el rostro de la Princesa Ameria, con total claridad. Se veía contrariada, hasta enojada quizás, pero la forma en que sus cejas estaban caídas, y su boca se apretaba, le indicaban que, sobre todo, ella estaba decepcionada.

El mercenario levantó un brazo, para tocarla, pero la Princesa se alejó de él, dando un paso hacia atrás. Sir Graywords bajó la mano, y la cerró en un puño, frustrado.

«Uf. Hasta a mí me dolió ese rechazo», pensó, sorprendida ante el hecho de que la Princesa, era quien había rehusado el contacto.

—¡No era lo que habíamos hablado! ¡Al menos debiste contármelo primero! —Elsa había olvidado el cortaplumas y sus infructuosos intentos por forzar la cerradura. La Princesa estaba enojada, y alzaba la voz, olvidando el hecho de que estaban en una reunión secreta, y alguien podría escucharla.

Su Alteza había bajado el mentón, evitando hacer contacto visual con él, y Elsa notó en sus ojos azules el borrón de unas lágrimas. Esa imagen le oprimió el corazón. Si algo detestaba en la vida, era ver a mujeres llorando por hombres. La primera vez que lo había presenciado, había sido en su pubertad, cuando Gourry Gabriev, el niño idiota con el que Sylphiel estaba tan embelesada, se había marchado de allí sin decirle siquiera un adiós. La niña había estado tan desconsolada, que con Rania habían tenido que usar sus mejores recursos, para animarla.

La Princesa no volvió a levantar la voz, aunque sí habló. Elsa lo notó porque alcanzó a leer sus labios: "¿Por qué?", ella preguntó. El mercenario la tomó por el mentón, y la obligó a mirarlo. La respuesta que él le dio, debió ser reveladora, porque la mandíbula de la Princesa cayó, y el borrón de sus lágrimas desapareció.

Elsa resistió la tentación de seguir espiándolos. No era ético ni correcto, y, además, ella tenía una cerradura por abrir. Lo único que anhelaba era una cama, aunque solo fuera para dormir las tres horas que debían faltar, hasta la llegada de la madrugada.


Podía ser a causa del agotamiento o del hambre, pero Elsa estaba lidiando con unos pensamientos muy lúgubres: se imaginaba muriendo lentamente de inanición, o de sed. Entonces, pasarían décadas, quizás siglos, y una remodelación en el palacio, haría que un grupo de albañiles se topara con su cadáver disecado. Todos ellos se preguntarían, cómo alguien podría haber acabado así.

«No entiendo por qué amas castigarte con esos pensamientos, mi querida Elsa».

«Déjame en paz Rania».

Elsa tenía la espalda recostada en la pared, y abrazaba sus piernas, con la frente apoyada sobre las rodillas.

«Mira, allí vienen otra vez. Si vas a morir aquí dentro, mejor que sea cotilleando primero, ¿no? Dime, ¿qué crees que Sir Graywords le haya dicho a la Princesa? Parecía muy sorprendida».

Sus intentos por abrir la cerradura habían resultado infructuosos. La única alternativa que quedaba, era que esa pareja de tórtolos se retirara, para forzar la cerradura con violencia. Ya lo había hecho una vez en su vida, podía volver a hacerlo.

«No me interesa lo que hagan esos dos. Yo solo vine a este lugar a trabajar».

—Esto… ¿es para mí?

Elsa levantó inmediatamente la cabeza. Rania tenía razón: de alguna manera, ella estaba encerrada allí por culpa de esos dos, y lo menos que podían hacer, era entretenerla con escenas de su complicado y extraño romance.

La Princesa Ameria estaba sentada frente a la maleta cuadrada que el mercenario había traído. Elsa casi se había olvidado de eso. Se rio de si misma, al recordar como había pensado que allí había alguna especie de arma letal, para asesinar a la Princesa. Al fin y al cabo, Rania siempre había tenido un poco de razón: aunque era ella la aficionada a las novelas románticas, Elsa era quien acababa teniendo una inclinación mayor al drama.

—Ábrelo con cuidado. Es frágil.

Sir Graywords estaba de pie y cruzado de brazos, pero la forma en que tamborileaba los dedos, daba cuenta de su ansiedad.

«Aw, Elsa, ¡el caballero le trajo un regalo a la Princesa! Creo que puedo morir de amor. Si yo no estuviese ya muerta, claro».

«Rania, tu humor negro borda lo desagradable».

Ella desató las correas que ajustaban la maleta, y desabrochó las hebillas que la cerraban. Abrió con cuidado la tapa superior, y Elsa estiró el cuello intentando ver qué había dentro. La Princesa abrió los ojos, atónita, y levantó la cabeza para mirar a su guardia personal. Su boca estaba semiabierta, entre la sorpresa y una sonrisa de incredulidad que no acababa de formarse.

El mercenario sonrió, suficiente, como si esa hubiese sido la reacción que él había imaginado.

—¡Pero…! ¡Él había dicho que…! —titubeó, riéndose nerviosa. Con extremo cuidado, metió ambas manos en el interior de la maleta. Sacó un libro, envuelto en un tipo de tela traslúcida, que Elsa identificó al instante: era un tejido natural, realizado a partir de la extracción proteica de unos gusanos, que solo crecían en determinadas zonas montañosas, y que se utilizaba para proteger objetos o pinturas antiguas, del polvo y el paso del tiempo.

—¿Qué no existían más reproducciones? Parece que se equivocó.

La Princesa apoyó, con la mayor delicadeza posible, el libro sobre el suelo de mármol. Corrió el tejido, y acarició la tapa. Era una edición sumamente antigua. Elsa podía asegurarlo por la encuadernación: estaba recubierta por el cuero de un Guiverno, un tipo de dragón del que hacía mucho tiempo no se sabía nada, y el tipo de costura, era impecable. Además, las hojas eran amarillentas y gruesas. En su época, aquello debió costar una fortuna, y en la actualidad, Elsa estimaba que el valor era incalculable.

—Pensaba pedirle a Marc-dono que me permitiera enviar un escriba, para que hiciera reproducciones manuscritas.

—Pero esta copia tiene un valor adicional —Él reveló, y Elsa debía reconocer que el hombre sabía cómo crear expectación—. Está completa. Tiene el último capítulo.

La Princesa dio un grito de sorpresa.

—¿De verdad? —exclamó, mirándolo azorada—. ¿Lo leíste? ¿Cómo termina? ¡No, no me cuentes!

—Por supuesto que no lo leí —respondió, tapándose la boca para esconder una sonrisa—. ¿Quieres leerlo ahora?

—No —respondió, resuelta—. Lo leeremos en el jardín, desde el primer capítulo, con un sabroso té, café para ti, y acompañado de pain au chocolat y tartaletas de limón. Me pondré un vestido, y lo haremos todo acorde a como esta obra lo merece. Podríamos invitarlo a papá, ¡seguro le encantará!

—Como digas —consintió, sonriendo.

—Gracias Zelgadis-san, debe haberte costado una fortuna.

Elsa tuvo que taparse la boca y sellar los labios para no dejar salir una carcajada.

«Niña, ¿cómo puedes ser tan ingenua? ¡Ese libro solo podría comprarse empeñando una buena parte de este palacio!».

El mercenario miró hacia un costado y se rascó la nuca, incómodo.

—¿Zelgadis-san? —La Princesa citó su nombre con algo de suspicacia, y volvió a repetirlo, enfadada y poniendo los brazos en la cintura—. ¡Zelgadis-san! ¡No me digas que lo robaste!

—Ameria, te puedo asegurar que no lo echarán en falta. Lo tenían abandonado en un desván mohoso.

—¡Eso no es excusa! —Ella levantó un brazo y lo señaló con un dedo aleccionador—. Ahora eres un honorable representante de Saillune, ¡no puedes ir robando tesoros ajenos!

—¿Quieres que lo devuelva?

El dedo de la Princesa perdió vigor, y Elsa la escuchó tartamudear monosílabos, a la par que el espadachín ensanchaba una sonrisa burlona.

—Bueno, ya no hay remedio —resolvió, con las mejillas encendidas y la nariz altiva—. Primero lo leeremos y después veremos qué hacer.

«¡Por supuesto que no lo devolverás!».

Con suma precaución, regresó el libro a la maleta, ajustando nuevamente las correas y enganchando los broches. Se puso enérgicamente de pie, y alejándose algunos pasos de él, le dijo:

—Yo también tengo una sorpresa preparada —Se acomodó las mangas acampanadas y le guiñó un ojo.

—Ah, ¿sí? —dijo él, con los brazos cruzados y en actitud desafiante—. ¿Y de qué se trata?

La Princesa no respondió y cerró los ojos. Elsa ladeó la cabeza, confundida, pero el hechicero abandonó su postura de suficiencia. Puso los brazos al costado y la observó con el ceño fruncido, adivinando lo que iba a hacer.

—¡Ameria, no…!

Levitation.

Elsa dio un respingo cuando ráfagas de viento se arremolinaron desde el suelo, con un silbido. Los pies de la Princesa se separaron de la superficie, y Elsa casi da un chillido de emoción, cuando no la vio más. Ella estaba levitando, lo suficientemente alto como para no alcanzar a verla.

«¡¿Recuperó su magia?!», se preguntó, completamente emocionada.

—Ameria, baja ya. Todavía no tienes un control total.

Al contrario que Elsa, Sir Graywords no se oía tan entusiasmado.

—¿No me felicitas? ¡Mira, puedo ir más alto! Pero necesito toda mi concentración, haz silencio Zelgadis-san —explicó, y el silbido del viento, se hizo más profundo. El hechicero echaba el cuello hacia atrás, lo que a Elsa le indicaba, que la Princesa estaría por alcanzar el techo.

—¡Ameria, cuidado con la…!

Elsa escuchó un golpe sordo, seguido de un grito, y el silbido del viento cesó. Con la velocidad de un parpadeo, el hechicero se impulsó hacia ella. El cuerpo de la Princesa regresó al campo visual de Elsa, cayendo laxo, y Sir Graywords la atrapó a tiempo, segundos antes de impactar contra el suelo.

La Princesa abrió los ojos, reconociéndose en los brazos de él. Parecía aturdida. Se sobó la cabeza, gimiendo adolorida.

—¡Por qué hiciste eso! ¡Todavía no estás lista! —increpó, enfurecido, pero ella no parecía enterarse. La Princesa echó el cuello hacía atrás y señaló algo en el techo.

—No tuve la culpa, fue esa lámpara, no vi que estaba allí —se excusó, con total normalidad. Atrapándolo con la guardia baja, ella aprovechó para rodearle el cuello con sus brazos, y le sonrió con picardía—. Quería impresionarte, ¿lo logré?

Zelgadis Greywords exhaló un suspiro furioso, evidentemente dispuesto a darle una buena reprimenda. Pero apenas separó los labios para hablar, la Princesa Ameria se arrimó a él, y lo besó.

Elsa se tapó la cara con las manos, pero había demasiado silencio, y la curiosidad hizo que abriera los dedos, lentamente. Espió.

La Princesa volvía a sostenerse en puntas de pie, y los brazos de él la rodeaban entera, por la cintura y por la espalda. Era él, quien ahora la besaba. Con la boca abierta, con la lengua, burlado en sus propias palabras, humillado por todas sus falsas, pero honestas, intenciones.

Ella se separó brevemente de él, mareada, y le preguntó:

—¿Una última vez?

Él cerró los ojos, y sacudió la cabeza, rendido.

—Solo una última vez.