Capítulo 3
UN BAILE SOLUCIONA TODO
Se aproximaban las vacaciones y la verdad no le apetecía estar en casa porque eso implicaría estar todo el día con su madre vigilándola en cada momento lo que le supondría problemas cuando tuviese que ir a las clases de ballet. Lo ideal era conseguir un trabajo de medio tiempo.
Por eso, mientras revisaba los avisos de ocasión en el mural de la dirección, sintió el roce de una mano sobre su hombro. Volteó y vio a una de sus amigas, Ayame.
― ¿Qué harás este fin de semana? Ya casi son vacaciones.
Probablemente nada, pero no le apetecía salir.
―Aún no lo sé.
Ayame, una pelirroja de ojos verdes rolo los ojos ante tal respuesta. Kagome casi no salía con ella ni con Sango, incluso llegaba a dudar si realmente eran amigas. Seguramente era la influencia de esa amiga mesera que tenía en la cafetería.
―Koga nos invitó a Norwich ¿Quieres venir?
Debía prepararse no solo para las audiciones, sino en conseguir empleo de medio tiempo.
―No sé – respondió no muy convencida – Tengo mucho que hacer.
―Aja – asintió su amiga ― ¿Mucho que hacer en un fin de semana? Kagome, ya deja de dar excusas. Nunca sales con Sango ni conmigo. Te la pasas en esa cafetería con esa amiga rara tuya que ni sé cual es su nombre y la verdad no me interesa.
―Es Sofía y no es rara.
―Dije que no me interesa saber su nombre – repitió – Siento que es mala influencia para ti. Deberías juntarte más con… ― se mordió el labio inferior, pero tenía que decirlo – Con las personas de tu clase.
La joven ante ese comentario frunció el cejo, Sofí no era para nada una mala influencia, al contrario, era una excelente amiga que daba consejos sinceros. Estaba segura de que si les contará a sus "amigas" sobre las clases de danza, terminarían por decirle que dejara todo eso que no la llevaría a ningún lado, algo que sin duda, Sofía apoyaba.
Al no recibir respuesta, Ayame le dio un beso en la mejilla.
―Piénsalo bien y si decides ir me mandas un mensaje.
Kagome solo vio como desaparecía por el corredor y como no deseaba seguir buscando mas empleos de fin de semana, sin ver tomó un volante de color verde fosforescente y lo metió a su bolsa.
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En cuanto recibió el mensaje sobre el estado de su padre no dudó en ir a verlo. Había pasado los pendientes a Miroku, si su padre seguía malo no iba a poder asistir al club. Pero cuando lo vio sentado, jugando ajedrez con una mujer mayor cuyo peinado era raro se dejó caer en la silla.
Su padre era terco, cuando la madre de él falleció hace dos años no quiso quedarse en casa solo, al contrario, tomó sus cosas y por voluntad propia se fue a un asilo. Muchas veces le había insistido que se fuera a vivir con él, que estaría más cómodo y todas y cada una de ellas se había negado. Argumentando que estaría igual de solo. Bueno, ahora que lo veía con esa sonrisa mientras hacía un jaque mate, sin duda había sido una sabía elección.
―No te quedes ahí como estúpido – lo miró a través de sus lentes – Saluda a la dama.
Su padre señaló a la mujer que estaba sentada frente a él, la del peinado raro.
―Ella es Zero, recién llegado.
Inuyasha se levantó de la silla y tomó la mano de la mujer para depositar un gentil beso en su mano.
―Encantado madame.
―Tu hijo es muy galante – comentó con una sonrisa ― ¿Tienes novia?
―No tengo tiempo para eso.
La mujer meneó la cabeza hacia ambos lados.
―Es una lástima. Eres demasiado atractivo como para no tener tiempo.
Inuyasha esbozó una sonrisa.
―No soy de esos hombres que llevan flores, chocolates y declaran su amor a la primer mujer que ven.
Zero alzó una ceja canosa, sus ojos verdes parecieron brillar y lo señaló con un dedo.
―Tal vez porque no has encontrado a la indicada. Estoy segura que pronto la encontraras.
Buen Dios, esperaba que nunca llegara a suceder eso. Amaba su vida de soltero, tenía sexo casual cuando deseaba y no daba explicaciones a nadie de lo que hacía y que no. Francamente no le interesaba entrar en una relación, no era lo suyo.
―No insistas Zero – advirtió Inu Taisho – Muchas veces le he dicho a este muchacho que encuentre esposa. Podrá acostarse con muchas mujeres, pero cuando despierte un día y se mire al espejo vera que ya es un anciano de ochenta años y las mujeres lo verán como un viejo rabo verde.
Inuyasha entorno los ojos hacia su padre, ni siquiera sabía que hacía aquí. Bueno si, su padre había fingido estar enfermo para que fuese a verlo. Como no deseaba discutir más se unió ellos, ahora iban a jugar una partida de póker.
―Por cierto – irrumpió el silencio Zero – Escuché que ya tenemos nueva instructora de baile. Comienza esta tarde.
―Eso es estupendo. Espero que sea mejor que Marcus.
―Marcus siempre fue un cretino y no tenía la debida paciencia.
Inuyasha únicamente escuchaba la conversación de su padre con la de su compañera de asilo. Estaba mas concentrado en sus cartas.
― ¿Te quedas? – preguntó su padre.
―No sé – Inuyasha se encogió de hombros – Tengo mucho trabajo.
―Aja – asintió su padre ― ¿Mucho trabajo en un fin de semana?
Desde luego que si, eran los días en que iban más clientes al club y debía asegurarse que todo estuviera bien. No solo la seguridad de las chicas, sino la de todo el personal.
―Vamos, no seas amargado y quédate ― insistió Inu Taisho – Zero ya se a cansado de mis pasos.
― ¿Qué dices? – animo la mujer.
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Antes de comenzar la directora del asilo le dio un pequeño formulario para que lo llenara. Estaba emocionada por iniciar tanto que había hecho un repertorio con todas las posibles canciones que les fuesen de su agrado a aquellos abuelitos.
Muy bien sabía que no era un trabajo bien remunerado y eso se lo hizo saber claramente la directora, eso no le importaba sino más bien llevarle felicidad a las personas que más lo necesitaban.
Terminó de llenar todos los requisitos y se los entregó a la mujer.
―Perfecto, acompáñame. Vamos al salón de baile donde ya algunos pacientes nuestros están esperando entusiasmados por las clases.
Juntas entraron a la sala, quien lo hizo primero fue la directora seguida de ella. Todos los abuelitos estaban en fila, se podía ver en sus caras la felicidad. Había un adulto mayor quién le llamó mucho la atención. Tenía el mismo porte del señor arrogante.
―Bueno, como todos saben. Marcus renunció hace unas semanas. Sé que muchos lo extrañan.
―En realidad no. Marcus no era un buen bailarín.
La directora sonrió cuando habló una mujer de un peinado extraño.
―Lo sé Zero – respondió la directora – Por eso, tengo el gusto de presentarles a Kagome.
De inmediato todos los pares de ojos se centraron en ella. Le pareció que el señor de ojos dorados cuyo rasgos eran muy parecidos al estúpido jefe de Sofía, le hacía señas a la mujer llamada Zero.
―Es bailarina de ballet, pero sabe de todo.
― ¿Nos va a poner esa música rara moderna que la juventud escucha hoy en día, señorita?
Escuchar el señorita en la voz de ese anciano de ojos dorados le era muy parecida aun más al señor arrogante. Esperaba que no tuviese nada que ver con él.
―Porque así era Marcus – comentó otro abuelito.
―Por supuesto que no. – Kagome se apresuró a responder.
Sin duda este trabajo le iba a encantar, ser instructora de baile de unos cuantos abuelitos. Ojalá su abuelita aún viviera para ver esto.
―Bueno en ese caso – la directora giró la cabeza hacia ella― Son todos tuyos Kagome.
Esperó a que se fuera y estuviera sola con sus nuevos alumnos. El salón reinaba el silencio, era como si ellos estuvieran esperando alguna indicación por su parte.
― ¿A quién le gusta The Beatles o Elvis Presley?
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No entendía porque le había dicho a su padre que se quedaría a verlo bailar, pero sabía que tenerlo a su lado le haría feliz. Lo que debería era sacarlo de ahí para llevarlo a casa y si su departamento no era lo suficientemente adecuado para él, buscaría una casa solo para los dos. Pero seguramente lo odiaría él se había establecido aquí y era casi el alma de la fiesta en ese asilo.
¿Dónde quedaba el maldito salón de baile?
Había tenido que atender una llamada con un proveedor y para ello tuvo que salir del asilo, por nada del mundo deseaba que su padre escuchara discutir con un proveedor sobre lencería y zapatos para las chicas. Pero al volver de nuevo a la sala de juegos él ya no estaba ahí ni Zero.
Afortunadamente se cruzó con la directora quién amablemente le indicó donde se encontraba, incluso se ofreció a llevarlo. Y mientras caminaban juntos en silencio no pudo evitar observarla. Alta, cabello rubio y de perfectas curvas.
Pero mientras se iban acercando la voz de Elvis Presley se iba haciendo presente con "Jailhouse Rock" y al abrir la puerta se quedó mudo al ver la mujer que estaba en medio de la pista, mientras que todos los adultos mayores le seguían el ritmo.
Tenía la misma energía que todos ellos, hasta que su padre le ofreció la mano a la señorita con cero educación y juntos bailaban. Todos los demás hicieron un círculo mientras aplaudían y sonreían al ver a la pareja bailar al son de la música. Debía reconocer que esa menuda mujer bailaba muy bien, porque no era ella la que guiaba sino su padre y seguía sus movimientos.
Por algún motivo sonrió, nunca había visto a su padre bailar de esa manera desde que mamá murió y ahora se veía feliz, alegre con esa señorita.
Una señorita que guardaba muchas sorpresas.
La música terminó y todos les aplaudieron, incluyendo él.
Su padre al darse cuenta de la presencia su hijo le hizo que entrara.
―Tardaste, ven te presento a…
Kagome se puso rígida en cuanto se encontró con él. Luego su mirada pasaba de él al señor Inu con quien había estado bailando. Cabello plateado, ojos dorados, casi la misma sonrisa, ya estaba encajando las piezas del rompecabezas.
― ¿Tú? ―dijo ella.
―Por lo visto nuestra maldición es cruzarnos en todos lados, señorita. – dijo sarcástico.
―No es maldición, es una desgracia.
―Muchas matarían por estar en su lugar. – le guiño un ojo descaradamente.
―No me incluía en ese "muchas". – replicó ofendida.
―Si no la estaba contemplando.
Inu Taisho pasó la mirada de uno al otro, era como si los demás no existieran, solo ellos dos. Aquí había algo raro. Notaba esa tensión que una vez sintió cuando conoció a su amada Izayoi. Esa mirada de odio entre ambos que tal vez podría dar paso a algo más.
―Ah veo que ya se conocen – comentó su padre, para romper tensión.
―Para mi gran fortuna – respondió Inuyasha burlón.
La mirada que le lanzó la señorita con cero educación iba directa a la yugular. Incluso podría leer sus pensamientos.
"Váyase a la mierda cada vez que respire "
Claramente la podría escuchar, pero vaya que estaba haciendo un gran esfuerzo para controlarse. Tenía los nudillos apretados que incluso se estaban haciendo blancos.
― ¿Te vas a quedar? – preguntó su padre.
Si pensaba quedarse, ahora con mayor razón lo haría y todo con el afán de molestarla.
Sonrió y mirándola, respondió.
―Desde luego. Me encantaría.
Ahora todos la miraban a ella, como si esperaban su aprobación y no tuvo más remedio que asentir.
―Bien, todos tomen una pareja.
Inmediatamente Zero tomó del brazo a Inuyasha, todos habían tomado pareja a excepción del señor Inu, que gentilmente le ofreció su brazo. Ojalá así fuese su hijo, con esos modales. En cambio, era un grosero y patán.
"Can't Take My Eyes off You" en versión Morten Harket comenzó a sonar y todos los abuelitos incluidos ellos dos empezaron a bailar.
Cuando sus miradas se cruzaban, ambos ya fruncían el cejo. O de vez en cuando fingían no verse, cuando en realidad aprovechaban cuando el otro no lo estaba haciendo. Y de eso se dio cuenta Inu Taisho.
―Como me trae recuerdos esta canción – explicó el padre de Inuyasha.
Teniendo la atención de la chica con la que bailaba. Era bonita y como le recordaba a su esposa. Si su hijo no se daba cuenta de eso, era un ciego y tarde o temprano otro se la robaría.
― ¿Por qué le trae recuerdos? – preguntó interesada, mientras la hacía girar.
―Porque un día… – suspiró ― Se la canté a mi esposa cuando estábamos en preparatoria. Lo hice para declararle mi amor y que fuese mi novia.
De pronto se le vino a la mente al guapísimo y ya difunto High Leger en diez cosas que odio de ti y eso se le hizo demasiado romántico.
¿Porqué ya no había hombres así?
Se podía imaginar a ese hombre con unos años menos, seguramente sería la misma imagen que su hijo. Solo que él si sería un prefecto caballero en todo los sentidos de esa palabra. No podía entender como un hombre así, tenía un hijo como el señor arrogante.
―Pero el destino nos separó hace dos años. Ella murió y aquí estoy, superándolo cada día.
De pronto un remordimiento pasó por su ser. Había sido grosera con el señor arrogante sin saber que su madre había fallecido.
―Lo siento.
El hombre esbozó una sonrisa.
Pero sin que Kagome viera, le hizo una seña a Zero y juntos asintieron a la par.
―También yo, señorita.
Kagome no comprendió el significado hasta que el hombre la hizo girar y terminó en otros brazos. Unos brazos más fuertes que la sujetaron con fuerza.
Sus miradas se cruzaron y esta vez no hubo nada que decir entre ellos dos. Inuyasha la sujetaba de la cintura y la mantenía pegada a su cuerpo.
El padre de Inuyasha se acercó con Zero, mientras ambos se disponían a terminar el minuto y medio de la canción.
― ¡Que esperan para bailar! – exclamó Inu Taisho.
Kagome estaba nerviosa, no es que fuese la primera vez que bailaba con un hombre. Solo era que nadie la había estrechado así, de esa forma como lo había hecho él y lejos de enojarse o apartarse, se puso roja.
"¿Y se iba?" "¿Si la dejaba sola ahí?" eran sus principales temores.
Pero lejos de eso, en realidad a Inuyasha le hormigueaban las manos, cuando sus dedos tocaron la espalda esbelta de esa señorita, cuando sintió el impacto de su dulce aroma raspar su nariz, un impulso parecido a deseo o posesión se apodero de él.
"¿Y si lo rechazaba?"
"¿Si se molestaba por bailar con ella sin su consentimiento?"
La vida era un riesgo y tenía que tomarlo. Además, probablemente no se iba a escapar de un insulto o algo parecido.
Miró a su padre por el borde de la cabeza de la señorita, éste le regalaba una malévola sonrisa. Sin duda había sido orquestado por él y esa mujer de extraño cabello. Quien también le regaló una sonrisa.
El corazón de Kagome dio un respingo cuando lo sintió moverse y para su sorpresa lo seguía con mucha facilidad. Ya no la apretaba contra su cuerpo, ahora la tomaba con suavidad, como si fuese algo delicado que debía ser tratado con cuidado. Lo seguía en cada movimiento hacia ambos lados, en cada giro, incluso llegó a levantarla y pegarla contra su cadera y ella flexionar las piensas.
Ahora el centro de atención era ellos, los abuelitos se habían formado en rueda para aplaudir a esa pareja joven que se había robado la atención.
Pero para ambos, el salón estaba desierto, solo eran ellos dos.
En los últimos acordes se acercaron lo suficiente el uno al otro, tanto así que sus labios estuvieron a punto de tocarse.
―Lo sabía – le susurró Zero a Inu – Sabía que había esa atracción en ellos dos.
―Solo espero que mi hijo no sea tan estúpido.
Solo fueron consientes que no estaban solos en ese salón cuando todos los presentes rompieron en aplausos hacia la pareja. Kagome fingió una sonrisa y se apartó rápidamente de él, finalizando la clase para salir apresuradamente hacía un tocador y cambiarse de ropa.
Entró y lo primero que hizo fue empaparse con agua fresa la cara, cuello, todo lo que pudiera apagar el fuego que sentía en cada poro de su piel.
¿Cómo era posible que son un simple roce de su piel sirviera para incendiarlo todo en ella?
¿Qué había sido eso?
Se supone que lo odiaba desde el momento en que lo vio en el hospital mientras esperaban a que Sofía estuviese bien, no que se lo imaginara con el torso desnudo. Porque no había dejado de ver cómo esa camisa de lino se había tensado encima de sus fuertes brazos.
Estaba loca, lo mejor era renunciar a ese trabajo ahora que sabía que el hombre tenía a su padre en ese lugar. Así evitaría verlo. Pero también era el jefe de Sofía, así que no lograría evitarlo del todo.
Pero sería una cobarde y, además, esos adultos mayores no tenían la culpa y la verdad necesitaba ese trabajo de medio tiempo ahora que las vacaciones iban a iniciar.
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Inuyasha tiró la colilla de cigarro al pavimento, estaba recargado en el cofre de su coche mientras meditaba lo que había sucedido. El siempre roce de su piel, el aroma, sus curvas moverse bajo la palma de la mano bastaron para tenerlo excitado. Ganas no le habían faltado en echarse a la cintura a esa mujer y alejarla de todos los presentes.
Se supone que odiaba a esa mujer no que se estuviera inventando mil formas de hacerle el amor. Lo peor que él mismo se estaba contradiciendo, decía odiarla, decía no volverla a ver y sin embargo ahí estaba, siguiendola en la noche para que llegara a su coche segura. Aunque el encontrarla en el asilo había sido casualidad, algo del destino, porque no fue algo que el mismo pudo controlar.
La vio salir del asilo, en cuanto se detuvo en la fachada, sus miradas se cruzaron una vez más. Antes de que ella caminara hacía el portón.
Frunció el cejo ¿No había traído su coche?
Abrió rápidamente la puerta del coche y se subió, en cuanto lo encendió, piso el acelerador para alcanzarla, deteniéndose a su lado, tocó el claxon para que ella volteara.
Kagome ni siquiera fue consiente que alguien la estaba siguiendo, tenía puestos sus audífonos, pensando en lo que había pasado. Si lo volvía a ver seguramente su corazón terminaría por explotar de confusión.
Dejó de escuchar la música, el audio de los inalámbricos o su móvil había falló. Pero no tuvo que revisarlo, pues él se había puesto delante de ella con los audífonos en la mano.
―Sube, te llevo.
Ella dio paso hacia atrás, confundida y desconfiada.
―No me subo a coches de gente extraña.
Inuyasha sonrió y le entregó los audífonos a la mujer. Era verdad, siempre se hablaban de "Señor arrogante" y "Señorita con cero educación". Ambos comenzaron con el pie izquierdo, lo ideal era iniciar de nuevo.
Ni siquiera sabía porque hacia esto. Él mismo se dijo que no vírgenes, pero esa mujer lo traía como el oso a la miel, como el mosquito más estúpido hacia la luz. Y ahí estaba él, ofreciéndose a llevarla a donde sea que fuese.
―Inuyasha Taisho – extendió su mano – Alisas "Señor arrogante"
Kagome no pudo evitar sonreír ante aquel apelativo que ella misma le había puesto.
―Kagome Higurashi – extendió lentamente la mano hacia él – Alias "Señorita cero educación"
Y cuando sus manos se estrecharon, miles de chispas flotaron en el aire, sensaciones que recorrieron sus pieles. Eran pura química perfecta. Solo al apartar sus manos sintieron una especie de vacío, vacío que deseaba ser llenado una vez más con el roce de sus pieles.
― ¿A dónde te llevo? – preguntó con voz ronca, mientras abría la puerta del coche del copiloto.
Estaba dando por hecho que ella había aceptado que la llevara. Lo cierto es que no deseaba ir a casa. Esa mañana, antes de salir su padre le dijo que tenía una cita con el hijo de su jefe.
Que mala suerte, encontrar un chico que te llame la atención y que tu padre encuentre otro con quien desea tener algo más que amistad.
Ella se encogió de hombros.
―Es tarde – explicó – Creo que iba a comer.
― ¿Y que se te antoja? – insistió.
Vaya, ese hombre sí que era insistente.
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Había sugerido comer en un lugar muy sencillo, tanto porque lo deseaba como porque no quería encontrarse ni con conocidos ni con los amigos de su padre.
Si Inuyasha pensaba que debido a su figura y su cuerpo atlético iba a pedir algo sano estaba completamente equivocado. Pues Kagome lo sorprendió cuando ordenó una hamburguesa y una orden de papas.
Ella frunció el cejo al ver esa delineada ceja alzada en su rostro.
―En mi defensa debo decir que soy una atleta con un alto rendimiento. Debo comer y quemar calorías.
Él asintió con una sonrisa en los labios.
―Por cierto – Kagome lo miró – Gracias por ayudarme el otro día con la formula. Me ayudó mucho en mi examen.
Él volvió asentir en silencio. Era extraño, comer con una mujer sin hablar de sexo. Únicamente hablar de calorías, exámenes.
― ¿Cómo es que estudias y bailas al mismo tiempo? – no pudo evitar preguntar.
Kagome se puso seria de repente, tomando una papa frita de su platillo y bañándola en la sala de tomate.
―Si debo resumir todo. Mi padre es un hombre estricto que desea que estudie administración para hacerme cargo de su empresa. Pero mi deseo llegar a ser bailarina, por eso estudio a escondidas de él.
Inuyasha asintió, y recordó las palabras de Sofía. Comenzaba a ver a esa mujer de otra forma, la niña con cero educación, se había transformado en una mujer cautivadora ante sus ojos.
No solo bailaba como una diosa, sino que era muy bella.
No se imaginaba ese cuerpo entallado en un traje sastre mientras hablaba de números, estadísticas, sino más bien se la imaginaba en un tul y zapatillas, danzando a la luz de la luna.
― ¿Y tú? – ahora le tocaba a ella preguntar y era justo ― ¿A qué te dedicas?
De pronto la idea de decirle que era dueño de un club nocturno, donde a diario veía a chicas desnudarse incluida a su mejor amiga, no le apreció la mejor opción. Lo mejor que debía hacer era mentir.
―Soy dueño de un casino.
―Nunca he ido a un casino – comentó un poco avergonzada – Bueno, de hecho, casi no salgo.
La miraba como si fuera un tesoro que hubiese descubierto y que sería solo para él.
¡En serio era muy bella!
― ¿Desde hace cuánto conoces a Sofía? – le preguntó él.
―Hace poco. Di casualmente en la cafetería que trabaja y nos hicimos muy buenas amigas. La verdad es que es una persona muy agradable.
Mientras platicaban, en otro punto de la ciudad. Un padre veía orgulloso a su hijo, faltaba unas cuantas horas para que su cita se concretara. Lo miró y limpió una pelusa de su traje.
―No olvides, esta noche vez a la hija de Douglas Higurashi. Deberás comportarte como un caballero.
―Si padre – asintió él.
―Si queremos tener el noventa por ciento de todas esas acciones más vale que la enamores. Esa niña tiene el cincuenta.
Su hijo volvió asentir.
―Enamorarla, cásate con ella y cuando ya la tengas en la palma de tu mano, haz que te firme el traspaso de sus acciones.
―Ten cuidado. Haré todo eso y más.
Su padre esbozó una sonrisa y le dio una pequeña palmada en la mejilla. Sin duda lo había hecho guapo por algo, alto y de ojos azules. Seguramente sería una debilidad para esa pequeña fiera de la Higurashi.
―Ya me estoy imaginado la cara del imbécil de Higurashi cuando me adueñe de sus acciones. Como odio a ese maldito.
