Capítulo 4
Control
Contemplaba a la hermosa pelirroja que se contoneaba en la plataforma, únicamente llevaba unos zapatos de plataforma y una delgada tanga. Era como contemplar a la misma Afrodita. Su melena caía en cascada y tenía unas exuberantes curvas que lo invitaban a tener imágenes eróticas. Ella al verlo, le guiño un ojo junto con una sonrisa.
― ¿No se supone que tienes una cita esta noche?
Hizo una mueca de disgusto ante la interrupción de uno de sus amigos. Le dio un sorbo a su whisky costoso y cerró los ojos ante el ardor que generaba en su garganta.
― Si por mi fuera me quedaba aquí. – alzó su copa ante la pelirroja y apuro el trago – Pero no se preocupen, ceno con esa niña, la dejó en casa y regreso con ustedes.
― ¡Eres un maldito, Bankotsu!
Bankotsu esbozó una media sonrisa y vio como la mujer que lo había fascinado se ocultaba tras una cortina roja. Sus amigos lo habían invitado al club llamado "Éxtasis", un club para caballeros de muy alto elite y como debía ser un lugar como ese, ofrecía buena bebida, comida gourmet y tenía las chicas más hermosas. Había pasado mucho tiempo en Francia sin poder disfrutar de algo como esto, por eso, cuando sus amigos le insistieron que fuera, aunque fuese un ratito, no dudo en ir. Desde luego que tenía membresía, solo que no la había usado con anterioridad.
Observó a sus únicos dos amigos, Naraku y Menomaru a quienes conocía desde la universidad y ellos también eran miembros del club. Si no fuera porque tuviera esa estúpida cita, ahorita en estos momentos se pagaría una borrachera con esos dos y trataría de averiguar en numero de esa pelirroja. Pero tal vez primero cumpliría con su obligación, ya habría tiempo para acercarse a ella.
― ¿En realidad pretendes casarte con ella? – inquirió divertido Naraku.
― La realidad es que no quiero – miró su vaso vacío – Esa mujer me da flojera extrema, solo cumplo con la orden de mi padre. La verdad es que ella no es mi tipo.
― Claro que no – Menomaru le dio un codazo en las costillas que lo hizo doblarse – Ya sabemos que clase de mujer es tu tipo – haciendo referencia a la pelirroja.
― Si – asintió – Ruby es hermosa y eso que solo la he visto una noche.
Sacó un bolígrafo de su saco y empezó a escribir algo en un trozo de papel. Un hombre de traje gris y corbata azul se aproximaba hacia ellos, tenía finta de trabajar ahí, de ser algo así como un gerente, porque les preguntaba a los clientes algo, a los de seguridad e incluso a las meseras. Cuando pasó por su mesa, Bankotsu le tomó el brazo para hacerlo detener.
El hombre, que le sacaba una cabeza frunció el cejo y lo miró con sus expectantes ojos dorados.
― ¿Trabaja usted aquí?
Inuyasha, miró al hombre y después a los dedos que se enroscaban en su antebrazo, de un movimiento que daba entre hostilidad y tranquilidad, retiró uno a uno los dedos de ese hombre sobre su costoso traje. Nadie, ni porque fuese cliente tenía el derecho de tomarlo de esa manera. Se compuso el traje arrugado antes de responder.
― Depende. – respondió, retirando una pelusa inexistente pero que él solo veía de aquel saco.
Bankotsu tuvo que dejar de sonreír ante esa respuesta.
― ¿Depende de qué? – ahora el ojiazul arrugaba en celo.
― Para lo que quieras hablar.
Él ojiazul frunció el cejo ante esa respuesta. Se supone que era un cliente con membrecía de oro, y aunque fuese el mismo gerente no iba a dejar que lo tratara de esa manera. Ese caballero sabría quien era.
― No me responda de esa manera que soy un cliente de oro – respondió indignado.
Inuyasha únicamente esbozó una sonrisa al ver a ese muchacho, si tan solo supiera que estaba hablando con el mismo dueño y que, si él se lo propusiera le rompería en la cara su membrecía de oro.
― ¿No tiene idea de con quien está tratando?
― Francamente no sé y no me interesa, señor – respondió con honestidad.
Aunque fuese lo demasiado alto para él aun así se puso cara a cara, no iba a permitir que un hombre como ese le respondiera de esa manera tan altanera. Ese sujeto, conocería realmente quien era Bankotsu. Pero los que sí sabían quien era el hombre con quien discutían, optaron por tranquilizar a su amigo.
― Banki, ― Naraku trató de empujarlo hacia atrás – Tranquilo amigo.
Inuyasha tuvo que morderse el labio inferior para no reír. Los amigos de ese caballero tenían una forma muy peculiar de llamarlo. Los ricos y sus raras formas de hablar.
― No deberías dar estos espectáculos, amigo – dijo Menomaru.
Bankotsu los miró indignados, como si le estuvieran dando la razóna es enfundado en un traje Armani demasiado costoso para él. El tipo no mostraba educación alguna.
― Será mejor que les haga caso a sus amigos – advirtió Inuyasha, un poco más serio.
― ¿Por qué? – preguntó Bankotsu – Deme una razón.
― ¡Porque es el dueño! ¡Pendejo! – exclamó Naraku – Y una orden de él nos podría costar la membrecía.
Un silencio reinaba alrededor de esos cuatro hombres, que de pronto otros dos hombres mucho más altos que el dueño y con más masa muscular se paraban a ambos costados de Inuyasha.
― Estoy seguro de que fue un malentendido. – dijo Menomaru.
― No ha estado mucho tiempo en Londres y se le dificulta relacionarse. – excusó Naraku.
Solo ambos se miraban intensamente. Inuyasha tenía ganas de partirle la cara por prepotente, mientras que Bankotsu solo lamentaba haberle hablado, gracias a ese imbécil había perdido la oportunidad de enviarle su número telefónico a la pelirroja.
― Si – asintió al fin – Todo fue un malentendido. – apretó los labios en una fina línea, le estaba costando más a él admitir su error, deseaba hasta incluso partirle la cara.
Inuyasha asintió y aceptó la disculpa, aunque no fuese de esa manera.
Entró molesto a su oficina, se quitó el saco y lo primero que hizo fue arrojarlo a un sofá que estaba en un rincón. Fue hasta el escritorio y tomó asiento. Necesitaba tranquilizarse, había estado conteniendo todo ese momento su mal temperamento, solo imaginaba una cosa, estampar su puño en aquel patético rostro.
Se sirvió un poco de whisky y antes de darle un trago, vio su móvil sobre el escritorio, dejó el vaso lleno y después tomó el dispositivo. Lo desbloqueó con su huella para ir directo hasta la galería y buscó el video que deseaba ver.
De nueva cuenta la voz de Lewis Capaldi se escuchó por toda la habitación, mientras contemplaba ante sus ojos las imágenes. Si, había grabado a esa señorita sin cero educación durante su ensayo, verla así de concentrada mientras bailaba le daban años de tranquilidad. Haber comido con ella, conocerla un poco más fue lo mejor que le podía suceder.
Aún no sabía porque le mintió sobre su profesión, debió ser honesto con ella, pero dentro de él sintió temor de que Kagome se le hubiese escapado en ese momento.
Tal vez le preguntaría a Sofía donde estudiaba y con suerte, iría a verla. Pero aún si se acercaba a ella, sabía que para él era prohibida y no porque sus mundos fuesen distintos, sino porque no deseaba que supiera de su mundo.
― Espero estes pensando en mí.
Al escuchar esa voz melosa, apagó el móvil y contempló a la mujer que estaba parada en la puerta, esbozando una picara sonrisa.
¿Cuánto tiempo había estado ahí observando?
― ¿Qué haces aquí, Ruby?
Ella avanzó hacia él lentamente, mientras que él la recorría con la mirada. Llevaba una bata en color azul marino y sin su permiso se sentó sobre el escritorio, con las piernas cruzadas, mostrando más de lo que debería.
― No fuiste a nuestra cita de la vez pasada y me has estado evitando.
Él suspiró, si, iba ser imposible desprenderse de ella.
― Ruby….
― Así que estoy dispuesta a perdonarte si tú vienes conmigo esta noche a mi departamento. Abrimos una botella de vino y bueno….― se encogió de hombros – Esperemos a que suceda lo que tenga que pasar.
Se recargó en el respaldo de su siento. Su mirada pasaba de sus piernas a la silueta de su cuerpo, pero a comparación de la vez pasada, no despertaban su deseo.
― Eso no va a pasar – negó – Cometí un error en meterme contigo. Así que será mejor que a partir de hoy me veas como tu jefe.
Por lo que veía en su expresión, esa respuesta no le había satisfecho del todo a la mujer, porque de inmediato se bajó de l escritorio y ahora tenía las manos apoyadas sobre él, mirándolo con el cejo fruncido. Realmente estaba molesta.
― ¿Me estas rechazando? ¿A mí?
Él hizo como que miraba en toda la habitación, esperando encontrar a alguien más, para luego sostener su mirada.
― Así es.
― Nadie me rechaza – lo señaló – Y menos tú.
― Pues quiero decirte que yo soy una excepción reina – se levantó de su asiento, dispuesto a sacarla él mismo de su oficina – Así que será mejor que te prepares para tu próximo número. O si no estas conforme con mi respuesta, será mejor que vayas buscando otro club donde puedas ofrecer tus servicios.
La tomó del brazo y volvió a recorrer su cuerpo. Podía ver como su pecho subía y bajaba agitadamente.
― Aunque supongo que para ti no sería problema encontrar uno. Bastaría con que te desnudaras para que te contrataran.
Ante aquel comentario, la mujer se indignó y estuvo a punto de abofetearlo, pero él detuvo su muñeca en el aire. El rostro de Ruby estaba rojo y sabía por qué. La había ofendido de manera intencional y lo hizo con un simple motivo, que se alejara de él.
― ¡Eres un bastardo! – escupió esas tres palabras en su cara.
Y él las aceptó.
― Es lo que me han dicho. Pero no te quejaste la vez pasada mientras te cogía en esta oficina.
― ¡Maldito!.
Ella intentó zafarse y de buena gana la soltó.
― Ahora que ya sabes que soy un bastardo. Tienes dos opciones, irte del club o continuar con tu trabajo, pero sin acercarte a mí.
Ella asintió y se apartó de él, dispuesta a salir de la oficina y continuar con su trabajo.
― Vas arder en el infierno, te lo prometo, jefe.
Inuyasha no le dio importancia a su amenaza y en cambio observó como la mujer salía de su oficina, pero no deseaba estar ahí, esta noche no estaba al cien, con la cabeza fría. Le mandaría un mensaje a Miroku para que se hiciera cargo de todo.
Sin duda iba ser una noche muy larga.
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Kagome de vez en cuando observaba a su padre mientras éste caminaba de un lado a otro de la habitación. Era como si el que iba a tener una cita era él y no ella. Pero para era ella todo lo contrario, sentía como su estómago se contraía. No quería esta cita, le habían estado insistiendo para que ese encuentro se diera, aunque había sido más una orden que un "¿Quieres salir con él?"
― ¿Por qué tarda tanto? – preguntó el padre, mientras veía su reloj – Son más de las nueve.
Su esposa, interrumpió su lectura de su revista de sociedad para mirar a su esposo con una sonrisa pacífica.
― Dijo que llegaba a las diez. Aún no es la hora – de pronto miró a su hija ― ¿No estas ansiosa por salir con él? Es un joven muy apuesto.
― Tan emocionada como nadar con tiburones hambrientos esperando ser devorada– dijo con una sonrisa sarcástica.
Tanto su padre como la propia madre abrieron la boca al mismo tiempo, captando el sarcasmo en su hija. De pronto, el hombre de la familia detuvo su andar deteniéndose centímetros de Kagome, a quien miraba fijamente.
― Ese joven es un buen partido para ti y la familia. Su unión podría ser beneficiosa para todos.
Kagome cerró de golpe su libro, dejándolo sobre la mesa y se levantó del sofá, para estar a la par de su padre.
― ¿Lo dices por ti o por mí? – se cruzó de brazos – Porque no encuentro nada de beneficioso para mí.
Pero al ver que su padre cambiaba de distintas tonalidades, tuvo que intervenir su madre, para evitar una discusión entre ellos dos.
― Kagome, solo conoce a Bankotsu. Estoy segura de que van a congeniar bien. Su padre ha hablado maravillas de él.
Hubo un silencio entre los tres, era como si ellos estuviesen esperando una respuesta por su parte.
― Kagome – insistió su padre.
Respiró y volvió a respirar para después tener que acceder a su solicitud con un leve movimiento de cabeza.
― Lo intentaré. – dijo al final.
El timbre se escuchó en toda la casa, de inmediato sus padres ocuparon sus respectivos lugares en el sofá. Su madre le indicó que también lo hiciera ella y aparentar que esa discusión no se había generado.
Minutos más tarde entraba el mayordomo anunciando la visita del hombre en cuestión.
Bankotsu entró con una espléndida sonrisa, llevaba dos ramos de flores de diferentes tamaños. Primero saludó a sus padres y como si quisiera ganarse a sus padres le entregó el más grande a su madre, luego se deshizo en halagos hacia ella. Kagome entornó los ojos hacia él, cuando tomó asiento a su lado.
― Este es para ti.
Kagome miró a sus padres y con una sola mirada de su padre, basto para que ella accediera aceptar el regalo.
― ¿Cómo esta tu padre?
― Bien – asintió Bankotsu – Le manda sus saludos. – se aclaró la garganta y luego añadió ― Disculpen por mi tardanza, tenía mucho trabajo.
Pero Kagome arrugó la nariz, ese hombre olía a tabaco y whisky caro. Seguramente veía de otro lugar.
― Oh no te preocupes – respondió su madre – Kagome ha estado impaciente esperándote, pero la hemos tranquilizado.
Bankotsu sonrió y miró a Kagome. Que al verlo sintió ahora si como se le contraía el estómago. Por más guapo que fuese, expedía un aura, algo que no le daba confianza.
― Eso me alaga.
― Es tarde – cambió de tema – Tengo hambre.
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Bueno, al menos el restaurante no era muy elegante como se lo había imaginadoy eso la hacía sentir un poco cómoda por si decidía salir huyendo. Debía despachar a Bankotsu de inmediato e irse a casa, deseaba estar descansando ya que le esperaba una semana demasiado intensa. Agatha estaba constante mente sobre sus pies y si se descuidaba podría incluso hasta ganarle el papel del Cisne.
― ¿Y qué estudias, Kagome?
Se había olvidado por completo de la compañía de Bankotsu. Luego de ordenar estaban esperando en silencio sus alimentos. Ya era muy tarde como para cenar ¿Dónde carajos había estado en realidad este hombre? además, había sido descortés en no mandarle un mensaje, por lo que ella lo hubiese cancelado de inmediato.
― ¿A caso no te lo dijo tu padre? – preguntó secamente.
― Si – asintió – Pero quiero saberlo de tus propios labios.
― Eso es tremendamente aburrido. ¿Para qué vas a preguntar algo que sabes?
Mejor le hubiera dado su numero a esa pelirroja, seguramente estaría enseñándole diferentes idiomas de una manera muy peculiar en la cama. Incluso, cuando terminara de cenar, volvería a ese club para encontrarse con ella y le importaría muy poco su altercado con el dueño del lugar.
― ¿Qué música te gusta?
― No me gusta la música.
Mintió, lo cierto que le gustaba todo tipo de música, pero había decidido mostrarse insoportable durante la cena, para que así, él se desencantara de ella y con suerte, una segunda cita no ocurriera.
Bankotsu resopló, esto sería mucho más complicado de lo que supondría. Pero le hizo una promesa a su padre. Debía conquistar a esa mocosa insolente y caprichosa por más insoportable que se mostrara.
― ¿Te gusta el arte?
― No sé nada de arte.
Otra mentira, le encantaba el arte, era su vida entera. Si tuviese el tiempo suficiente visitaría todas las exposiciones a las que la habían invitado.
― ¿Entonces que te gusta? – volvió a preguntar, a punto de perder la paciencia.
Ante esa pregunta, aparecieron un par de ojos dorados ante ella, pero después negó con la cabeza para espejar esas imágenes.
Miró a su cita y con una media sonrisa, respondió.
― El silencio. La soledad. Son mis dos "s" favoritas.
Bankotsu comprendió el doble sentido de aquellas palabras, dejó su móvil sobre la mesa y se disculpó con ella para irse al tocador y despejarse un poco.
Mientras esperaba a que ese hombre saliera del baño, el móvil que estaba sobre la mesa brillo y le llamó a atención. Si, no era curiosa, no había revisado el móvil del señor arrogante, pero en este, había una notificación de un mensaje, pero en él estaba escrito la palabra "cita"
Cuando lo tomó se sorprendió que no tenía bloqueo y abrió el mensaje. Un tal Menomaru había enviado un mensaje a un grupo.
Menomuaru (línea)
― ¡Ya termina tu cita! ¡Le vamos a seguir en mi casa!
Naraku:
― ¡Conseguimos putas!
¡Este si se merecía que lo mandaran a la cada vez que respirara!
Todo ardió dentro de ella y no porque el imbécil tuviese planes después de la cita, sino porque le estaba haciendo perder el tiempo valioso. Pero no se iba a quedar allí, esperando a que le hiciera preguntas pendejas, no, ese idiota sabría quien era Kagome.
Un mesero paso delante de ella, era el mismo que los había atendido, así que le hizo una seña y de inmediato él se acercó.
― ¿Se le ofrece algo señorita?
― Si – asintió – Tráigame la langosta a la mantequilla...
De pronto empezó a observar todo el menú y pedir los platillos más caros. Ya tenía definido lo que iba hacer.
― Ah y este vino – señaló la imagen del vino sobre el menú.
― Ese vino es caro señorita...
― Y sé que es caro – interrumpió – Y que solo se vende por botella. Así que tráigame la botella por favor.
― De acuerdo – asintió.
Pero cuando estuvo a punto de irse, Kagome lo volvió a detener.
― Hágame una seña cinco minutos antes de que me traiga el pedido.
― ¿Puedo preguntar por qué?
― No – ella negó – Solo hágalo.
Dejó tal y como estaba el móvil y guardó compostura, fingiendo que no había pasado nada. Incluso marcó como "no leído" el mensaje de Bankotsu.
― ¿Me extrañaste?
― No tienes ninguna idea – dijo sarcásticamente.
Se cruzó de brazos, dispuesta a escuchar una vez más sus absurdas preguntas y ella, devolviendo respuestas pequeñas. Cuando de repente, su mesero le hizo una seña. La cena ya se iba a entregar. Así que antes de que llegara, tomó su bolso y lo miró.
― Ahora me toca a mi ir al tocador. Sin tardo.
Kagome pasó a un lado del mesero y le guiñó un ojo, pero en lugar de dirigirse al tocador fue directo hacia la salida. Antes de irse, contempló la cómica escena. La cara de Bankotsu era un poema al ver toda esa comida y la botella de vino costosa sobre la mesa. La buscaba por todos lados, pero ella se ocultó para que no la viera.
― Para que le lleves la cena a las.
Dicho eso salió del restaurante, pero se había olvidado de un pequeño detalle durante su planeación de venganza... ¡Su coche lo dejó en casa!
Ahora tendría que pedir un servicio de taxi, pero al ver a escasos metros de ella el puente Westminster, decidió dar un paseo. De ir a casa temprano y ser cuestionada por sus padres acera de su cita, prefirió retrasar el momento.
La noche era igual que otras veces, solo que en esta ocasión no llovía. Se detuvo a medición y contempló la ciudad. Tal vez Sofía tenía razón, debía alejarse de sus padres y buscar por ella misma sus propias aspiraciones. Si seguía viviendo bajo su techo, era probable que no la dejaran alcanzar sus sueños.
Era difícil, a veces se sentía como un pequeño pajarillo encerrado en una jaula de oro, esperando ser rescatada, pero en este caso, jamás le pasaría.
Pero tampoco era eso, desde que había conocido a ese señor ... corrección, se dijo para sí misma, con una sonrisa en los labios. Desde que había conocido a Inuyasha no podía lograr quitárselo de la cabeza. Incluso todo el día de hoy.
¿En que casino trabajaban él y Sofía? Debía preguntarle.
― Si sigues pensando de esa manera se pueden quemar tus neuronas, señorita.
Kagome irguió la espalda y al girar se encontró a escasos centímetros de su cuerpo. Incluso estuvo a punto de perder el equilibrio, pero él la sostuvo de la cintura atrayéndola hacia él.
Sin perder la vista cada uno del otro.
Hola mis queridas lectoras, feliz año, feliz todo!
Disculpen la tardanza, pero es que empecé un poquito flojo el año y me di unas vacaciones de dos semanitas :).
Nos leemos pronto.
Besos.
