Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es RosieRathbone, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to RosieRathbone. I'm only translating with her permission.


"Cuando la vida te da cien razones para llorar,

muéstrale que tienes mil razones para sonreír."

.2.

Bella

No sabía qué decir o qué hacer cuando sostengo el frágil papel en mi mano. Delilah escribió una nota muy personal, y no se sentía correcto entregarla a un extraño. ¿Actuaba como si fuera un simple deseo así como los otros niños habían escrito? Un niño había pedido una bicicleta para Navidad, y una pequeña niña había pedido una muñeca. Pero Delilah no había pedido un juguete o una bicicleta—ella había pedido que su papá fuera feliz, y parte de mí se preguntaba si era porque ellos estaban estancados en el hospital ahora mismo.

—Eh, sí... —murmuró Edward—. Ella solo... quería que te trajera esto.

Debió haber sido muy difícil para Edward entregar la nota de su hija, y que una extraña vea lo que estaba atravesando.

—La pondré en el árbol con las demás —respondí con una sonrisa.

Quizás si actuaba normal, entonces no sería muy difícil para él.

—Está bien, gracias.

Él vaciló por un instante, pero giró y se alejó caminando.

Me encontré observando el deseo, y una emoción muy intensa recorrió mi cuerpo como una corriente eléctrica. Apenas conocía a esta niña y su familia, aún así por alguna razón ansiaba cumplir su deseo.

No soy Santa Claus, y no tengo poderes mágicos, pero no podía evitar pensar en cómo cumplir su deseo. ¿Tenía una cura para la enfermedad con la que luchaba Delilah? No. La única cosa que podía hacer era hornear galletas, pero quizás eso era suficiente. Quizás si Delilah era feliz, ¿eso haría feliz a Edward también?

—¿Oye, Bella?

La voz de Edward me sacó del sueño al que había entrado. Sacudí mi cabeza ligeramente para aclarar mi mente, y luego levanté la mirada para notar que él no se había ido como había pensado originalmente.

—Hola —respondí débilmente.

—Eh, ¿quieres...? —Suspiró y se pasó una mano por el desastre que era su cabello—. ¿Quieres subir y verla?

No podía creer lo que Edward había dicho, y me llevó un segundo comprender la simple pregunta. ¿Por qué querría que subiera y viera a su hija? Él apenas me conocía.

—Oh, no quisiera molestar —dije con honestidad.

—Ella siempre pregunta si puede bajar a verte, pero no tiene la energía para el paseo —explicó Edward—. Sé que significaría mucho para ella si te sentaras a su lado por cinco minutos.

Si una sonrisa en el rostro de Delilah lo haría feliz, entonces podría potencialmente cumplir ese deseo.

—Tengo otra hora antes de poder terminar, ¿estaría bien si subo después de eso?

Noté el alivio que apareció en el rostro del hombre, probablemente porque él sabía lo feliz que Delilah iba a estar cuando me viera. Edward entonces me dijo que me tomara mi tiempo, y me dio la ubicación para encontrarlos cuando estuviera lista. No sabía cómo era el horario de visita en este hospital, pero el hecho que Edward hubiera dicho que estaba bien quería decir que el personal no tendría problemas con ello.

Aún no estaba completamente segura de cómo sentirme, y mientras transcurría la última hora, me preguntaba si era mejor ir a casa como originalmente había planeado. Entendía que Delilah quería verme, pero no quería entrometerme en su hora familiar. ¿Qué pensaría su madre? ¿Cómo se sentiría ella con que una extraña fuera a sentarse al lado de su hija?

Pero después de todo eso, decidí ir. Se lo había prometido a Edward, y la expresión en su rostro me dijo que significaría mucho que apareciera por cinco minutos, y no quería ser la que arruinara eso.

Recogí la mesa como siempre, y colgué los nuevos deseos en el árbol, pero en vez de darle al personal el resto de las galletas, las guardé en mi cartera y me las llevé. Incluso si Delilah no tenía permitido una, supuse que el resto de la familia apreciaría las galletas. Quizás Delilah tenía un hermano que felizmente las comería por ella.

Fue entonces cuando noté lo poco que conocía a esta pequeña. Había conocido a un par de miembros de su familia, pero eso era todo. No había conocido a su mamá, no sabía si ella tenía hermanos o hermanas, pero tampoco sabía por qué estaba aquí en primer lugar. Había un yeso en su pierna que me decía que se la había quebrado de alguna forma, ¿pero qué hay de la cánula? ¿Por qué estaba tan débil como para bajar en la silla de ruedas?

Sabía que no era mi lugar hacer estar preguntas, pero no estaba segura de cómo prepararme mentalmente para lo que fuera a presenciar arriba. ¿Delilah había empeorado rápidamente en la última semana?

Realmente no quería pensar en ello, pero quizás la niña estaba aquí definitivamente. ¿Quizás su deseo para Santa era más profundo de lo que había pensado originalmente, y ella quería que Edward fuera feliz cuando ya no estuviera allí para hacerlo sonreír?

¡Ella apenas ha vivido! ¡Es demasiado joven para desear cosas así!

¿Y por qué una niña debería pasar Navidad en la cama de un hospital? Si hay un Dios en el cielo, quiero una respuesta a eso.

Luché con esos pensamientos oscuros y las lágrimas que querían escaparse mientras caminaba por los pasillos del hospital en busca de la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Mi corazón comenzó a latir aceleradamente ante la seriedad del lugar adonde me dirigía. Delilah no hubiera sido llevada a UCIP por una pierna rota.

Conté los números mientras pasaba cada cuarto, y entonces finalmente me detuve en el cuarto 118. Dudé por un segundo antes de golpear suavemente y esperar una respuesta.

La puerta se abrió menos de treinta segundos después por Alice, la mujer que había visto una vez la semana pasada.

—¡Hola! —exclamó cuando vio quién estaba en la puerta—. Qué sorpresa especial.

¿Edward no les había contado su plan? Podía entender por qué era un secreto para Delilah, pero seguramente los otros habrían sido informados.

—¿Está bien si entro? —pregunté.

—¿El cielo es azul? —replicó Alice con una sonrisa.

Mis piernas se volvieron de gelatina cuando me obligué a dar un paso, pero apenas logré mantenerme derecha y no caí al suelo. Siempre había tenido un problema con el equilibrio, y lo último que quería era mostrar mi talento especial en un cuarto lleno de extraños.

El cuarto era cuadrado y blanco. Todo blanco.

Una gran cama estaba ubicada en el centro, y fue entonces noté a la pequeña niña que yacía debajo de las mantas celestas. Delilah hacía parecer que la cama fuera enorme, y no estaba segura de si eso era algo adorable o no.

Mientras me acercaba a la cama, noté que Delilah dormía con un brazo alrededor de un osito de peluche. Sus mejillas estaban sonrojadas, y su cabello rubio sobre la almohada que sostenía su cabeza.

—Gracias por venir —susurró Edward desde su lugar, al lado de su hija.

—Prometí que lo haría —respondí.

—Ven, puedes tomar mi lugar —dijo Alice mientras daba unas palmadas a su silla—. De todos modos iba a tomar un café. ¿Quieren algo?

—Oh, no, gracias. —Sonreí.

—Estoy bien —respondió Edward.

No sabía qué hacer mientras me sentaba y colocaba mi cartera en el suelo. ¿Debía decir algo? ¿O debíamos permanecer en silencio hasta que Delilah despertara?

Afortunadamente, Edward respondió esa pregunta por mí.

—Lilah —susurró y acarició la mano de su hija—. Lilah.

Mi corazón acaba de romperse nuevamente ante su sobrenombre.

El rostro de Delilah se contrajo en una mueca, y su cabeza giró de un lado al otro. Parpadeó por unos segundos antes de abrir sus ojos lentamente y revelar ese hermoso par de ojos verdes.

—Hola, dormilona. Alguien vino aquí a verte.

Delilah claramente estaba muy débil, y eso se notaba mientras luchaba para girar su cabeza en mi dirección. Debió haberle tomado un minuto percatarse quién era, pero una sonrisa hermosa se formó en sus labios.

—Bella Galleta —susurró. Había un suave jadeo en su voz.

—¿Cómo está mi cliente favorita? —Guiñe un ojo.

Sus ojos se cerraron suavemente por un segundo o dos, y entonces los volvió a abrir mientras luchaba contra el sueño.

—Te extrañé, Bella Galleta.

—También te extrañé —respondí—. Lamento que no te sientas muy bien.

Parecía que Delilah estaba a punto de responder, hasta que una tos dolorosa y horrible interrumpió sus palabras. Edward saltó a la acción y ayudó a su hija a sentarse en la cama y le dio uno golpecitos en la espalda mientras la tos continuaba. No sabía qué podría hacer para ayudar, por lo que levanté la botella de agua que se encontraba en la mesa.

La botella era rosa con stickers de caricaturas divertidas.

—Gracias —dijo Edward mientras tomaba la botella.

Jaló de la tapa para abrir la botella y la acercó a Delilah. Ella no dudó en beber el agua, y una vez que el ataque de tos había sosegado, Edward la ayudó a acostarse de nuevo. Delilah acercó su osito de peluche a su rostro y pasó la garra del oso por su mejilla. Se durmió en un instante.

—Lo siento —susurró Edward—. Eso seguramente no fue divertido de ver.

No podía creer que él se disculpara por algo así. En todo caso, yo debería disculparme, especialmente ya que permanecí sentada sin hacer algo.

—No necesitas disculparte —le dije—. ¿Esto...? ¿Esto es normal?

No estaba segura si tenía permitido preguntar sobre su enfermedad, pero no pude evitarlo.

—No es normal que sea tan malo, pero recientemente ha estado despertándose así cada hora.

Noté la expresión afligida en el rostro del hombre. Edward compartía los mismos ojos verdes que su hija, pero no brillaban como los de ella. Me preguntaba hace cuánto tiempo que se encontraban así.

—Ella está muy cansada —respondí.

—Lo está. —Edward asintió—. De nuevo, ella no está así de cansada normalmente, pero la reciente infección ha provocado eso.

—¿Puedo...? —Pausé para encontrar las palabras—. Quiero decir, no sientas que tienes que responderme, ¿pero puedo preguntar cuál es esa infección?

¿Era muy metida?

¿Estaba haciendo preguntas inapropiadas?

—Delilah, eh... —Edward se pasó una mano por el rostro cansado—. Actualmente está luchando contra una neumonía, razón por la que estamos aquí ahora, pero cuando ella tenía tres años, fue diagnosticada con Fibrosis Quística.

No sabía qué decir.

Traté de contener las lágrimas en mis ojos, y mi garganta se cierra cuando intentó luchar contra la emoción.

Conocía la Fibrosis Quística, pero desafortunadamente no sabía lo suficiente como para ofrecer algo. Lo que sí sabía, sin embargo, era que era una condición espantosa que afectaba tus pulmones, y sabía que la condición a menudo empeoraba con el tiempo. Lo que esta pequeña batallaba ahora iba a empeorar a medida que crecía.

—Lo siento mucho. —Me negaba a levantar la mirada y encontrarme con sus ojos. Se sentía erróneo emocionarme cuando apenas conocía a esta familia.

—Por suerte, mi padre es un doctor aquí, así que al menos ella ha estado en buenas manos durante los últimos tres años.

—¿Tu papá es un doctor aquí? —repetí—. ¿Alguien que conozca?

—Eh, ¿Carlisle Cullen?

Sabía que Forks era un pequeño pueblo, pero el mundo realmente es un lugar pequeño. Charlie había sido mejor amigo de Carlisle por un tiempo, ¿cómo jamás conocí a su familia antes?

—Él es la razón por la que tengo mi negocio de galletas —dije con una risita—. Tu padre y el mío han sido buenos amigos por años.

—¿Charlie Swan? —cuestionó.

—Ese mismo —confirmé.

Una pequeña sonrisa se asomó por la boca de Edward. Era la primera emoción positiva que había visto en él.

—Sí, papá me dijo que la hija de Charlie estaba haciendo algo en el hospital.

—¿Vives aquí? —pregunté—. No puedo decir que haya notado a alguno de ustedes antes.

—No, vivimos en Seattle, pero mis padres se mudaron aquí cuando papá recibió una oferta de trabajo —contestó—. Pero cuando apareció la neumonía, sabía que no llevaría a Delilah a ningún otro lugar.

—Creo que has elegido el lugar correcto. —Sonreí.

—Creo que sí.

~DW~

Edward y yo charlamos por el resto de la hora, pero fue interrumpida una o dos veces cuando Delilah tenía otro ataque de tos. Cada vez que la tos se sosegaba, ella volvía a dormir pacíficamente. Le envié un mensaje a mi jefa (para todos los efectos) y le dije que tardaría un poco con mis entregas porque algo importante había surgido, y ella me dijo que no me preocupara y que podía hacer mi trabajo cuando volviera a casa. Apreciaba su respuesta, especialmente porque no quería tener que irme aún.

—Lo siento, ¿te estoy reteniendo? —preguntó Edward.

Levanté la vista de mi teléfono y vi que estaba señalando al objeto en mi mano.

—Oh, no, no seas tonto —respondí—. Solo estaba diciéndole a mi jefa que tendría terminado mi entrega más tarde.

Una expresión se asomó por el rostro de Edward, pero se esfumó antes que pudiera leerla.

—¿Se supone que estás trabajando?

—En realidad, no —dije—. Trabajo mis propias horas, pero tengo entregas que hacer cada día. Así que mientras que los tenga para antes de la medianoche, entonces estaré bien.

—¿De qué trabajas?

—Eh, soy escritora... —Me sonrojé. Siempre lo había encontrado difícil de contar a las personas.

—¿Algo que puede que haya leído? —preguntó él con verdadera curiosidad.

—Quizás Delilah los haya leído. —Me reí.

Creía que Edward iba a decir algo más, pero entonces fuimos interrumpidos por la pequeña niña cuando comenzó a retorcerse en la cama. Delilah murmuró unas palabras incoherentes antes de volver a abrir los ojos.

—Hola, Bella Galleta. —Sonrió.

—¿Tuviste una buena siesta? —pregunté con la misma expresión suave en mi rostro. Realmente no podía evitar sonreír cuando estaba en su presencia.

—Soñé que Bruno y yo comíamos galletas.

Tenía la sensación que Bruno era el nombre de su osito de peluche, dado por la forma en que ella sostenía su garra.

—Eso me recuerda —dije mientras levantaba mi cartera del suelo.

Había olvidado que había guardado el resto de las galletas antes de venir aquí, y quizás Edward apreciaría el dulce después de los días que había tenido. Tenía una mezcla de galletas en forma de árboles de Navidad, de espiral, y las de menta granizada con chocolate blanco, pero tenía que haber algo en la pila que él disfrutaría, incluso si no eran sus galletas favoritas, las de chips de chocolate.

—Vaya, Lilah, mira esto —jadeó Edward mientras observaba la pila sobre la cama.

—¿Son para nosotros, Bella Galleta?

—Toma las que quieras —respondí.

Edward y Delilah se divirtieron mucho revisando cada paquete y separando las galletas en tres pilas diferentes.

—La tía Rose ama las de espiral —dijo él mientras seleccionaba la galleta roja y verte de una pila—. Y el tío Emmett ama las de menta.

—Y la tía Alice también ama las de menta.

Fue entonces que me percaté que Alice no había vuelto de buscar un café. Quizás ella creía que estaría muy lleno aquí con los cuatro en el cuarto.

—¿Y cuál te gustaría a ti? —Edward le preguntó a su hija.

—¿Puedo tener una? —Se señaló a sí misma.

—Como excepción, puedes tener una. —Asintió él.

La sonrisa en el rostro de la niña era la más brillante y fuerte que la había visto esbozar en una semana. Edward simplemente le había ofrecido una galleta, pero significó mucho más que eso para ella. Solo la semana pasada él había estado molesto de que ella haya comido el hombre de jengibre, y ahora aquí se las ofrecía.

Ambos, Delilah y Edward, eligieron las galletas con forma de árboles de Navidad, y entonces me devolvieron el resto.

—Por favor, tomen las que quieran. ¿Algún otro miembro de la familia que quiera una?

—Creo que a la Nana le gustan los árboles también —respondió Delilah—. Y al Abu.

—Está bien, tomaremos dos más. —Edward puso los ojos en blanco—. Pero, por favor, guarda el resto para tu familia.

Lo que Edward no sabía era que mi padre prácticamente vivía de estas galletas, y siempre me aseguraba de guardarle al menos una todos los días. Pero lo que más me interesaba era lo poco que tomó. Asumía que Delilah era hija única, dado que no seleccionó ninguna para un hermano o hermana, pero ¿acaso su mamá no querría una? ¿Acaso su mamá estaba aquí para comer una?

Intenté esconder la angustia lo mejor que pude, pero era más fácil decirlo que hacerlo. ¿Edward había perdido una compañera y ahora su hija estaba muy enferma en el hospital? ¿La vida le había dado una baraja difícil? No sabía nada sobre este hombre, además de dónde vivía, pero no podía evitar preguntarme sobre su historia. Delilah claramente significaba el mundo para él, ¿pero eso era todo lo que tenía? ¿Todo por lo que vivía?

~DW~

La semana siguiente siguió de la misma manera.

No tenía tiempo para visitar a Delilah todos los días, pero cuando podía, me sentaba a su lado por una hora, quizás dos, y hablábamos sobre cualquier cosa. A veces, estaba sola con ella, y otras veces me sentaba junto con otro miembro de la familia. Había descubierto que Edward enseñaba música clásica. Él había logrado tomarse una licencia para poder cuidar a Delilah, pero habían algunas clases a las que no podía faltar, por tanto la razón por la que Alice, Rose o Emmett lo hacían.

No le había hecho más preguntas a Edward sobre la condición de Delilah, pero me hallé googleándola una o dos veces. Sabía que buscar la condición en internet jamás era la acción correcta, especialmente si quería autodiagnosticarme, pero quería saber más. Quería saber si había algo que pudiera hacer para ayudarla. Aparentemente, las infecciones pulmonares y la neumonía eran extremadamente comunes, dado que la mucosidad que tapaba sus pulmones y vías respiratorias dificultaba su respiración. Desafortunadamente, leí lo único que deseaba no haber visto jamás. De acuerdo a la búsqueda online, las personas con Fibrosis Quística tienen una esperanza de vida de mitad de sus treintas a mitad de sus cuarentas.

Sabía por nuestras conversaciones que esta niña tenía mucho que dar, y que llegaría lejos en la vida con el cerebro dentro de ella, simplemente era una lástima que la vida le hubiera colocado un obstáculo en su camino.

Pero intenté que eso no tomara control. Horneaba mis galletas todas las noches, armaba mi mesa de ventas todos los días, y esbozaba la sonrisa más brillante que podía.

Y eso era lo que hacía ahora. Cerré la venta por el día y metí las dos galletas en mi cartera para Delilah y para mí. Edward se había ablandado en los últimos días, y ahora estaba más que feliz de que ella tuviera una galleta si ella lo deseaba. Hoy había hecho con chips de chocolate nuevamente, porque sabía que eso la haría sonreír.

Íbamos ser Delilah y yo hoy, e incuso había traído mi iPad conmigo así podíamos mirar una película navideña juntas. Odiaba la idea de que ella esencialmente estuviera encerrada en este edificio, por lo que traía toda la alegría festiva que podía.

Llegué a su cuarto, golpeé a su puerta suavemente y luego entré.

—¡Bella Galleta! —llamó Delilah desde su cama.

—Hola, cariño. —Sonreí—. ¿Estás sola?

Edward no quería que estuviera sola cuando él no podía estar en persona, por lo que me sorprendió que el cuarto estuviera vacío.

Pero justo antes que ella pudiera responder, escuché la cadena de un inodoro que venía del baño privado. Edward salió segundos después.

—Oh, hola —dije en sorpresa—. ¿No sabía que estarías aquí hoy?

—No iba a estarlo, pero mi alumno canceló de último momento. —Él se encogió de hombros.

¿Eso quería decir que no era necesitada? Realmente quería quedarme, pero si Edward estaba aquí para cuidarla, entonces supongo que ellos ya no me necesitaban.

—En ese caso, puedo irme... —Señalé la puerta detrás mío con mi pulgar.

—¡No, Bella Galleta, quedate! —se quejó Delilah.

Eso era todo lo que necesitaba escuchar. Si ella quería que me quedara, entonces no iría a ningún lado.

—Luces mejor hoy —le dije mientras me sentaba al lado de su cama. Sus mejillas ya no estaban sonrojadas, y estaba más despierta de lo que había estado la última vez que la vi, hace dos días.

—El abuelo dijo que estoy mejorando, ¿cierto, papi?

Edward se relajó en su asiento. Una sonrisa, una llena de alivio, se asomó en su rostro.

—Hay una posibilidad de que pases Navidad en casa —respondió él.

Podía ver la emoción pura en Edward, y cómo sus ojos brillaban con lágrimas sin derramar. Esas noticias habían hecho realidad el deseo de Delilah, y si las cosas seguían así, con suerte Edward volvería a ser feliz. Delilah solo tenía seis años, pero aún así sabía lo triste que estaba su padre y puede que eso haya roto mi corazón más que cualquier cosa.

—Estoy tan feliz por los dos —dije tan confiadamente como era posible sin mostrar mi propia emoción.

—¿Trajiste galletas hoy, Bella Galleta? —preguntó inocentemente Delilah.

—Por supuesto que sí. —Sonreí.

Saqué las dos galletas de mi cartera y le di una a Delilah. Ella abrió el envoltorio y le dio un gran mordisco.

—Ten. —Le tendí a Edward el segundo envoltorio. Él se la merecía más que yo.

—Estas son tus favoritas, papi.

Edward tomó la galleta, la partió en dos, y luego me dio la mitad más grande.

—No quiero que te lo pierdas.

Realmente esperaba que él no viera el sonrojo en mi rostro.

~DW~

El siguiente día era sábado, lo que significaba que tenía todo el tiempo del mundo cuando terminé la venta de galletas a las 4. No tenía nada planeado para cuando terminara, pero era bueno saber que el día era joven si algo surgía.

Había tenido una tarde encantadora con Edward y Delilah ayer, y los tres ocupamos su cama mientras veíamos Santa Clausula en mi iPad. Había amado ver esa película de niña, y a pesar que Delilah se quedó dormida en el transcurso, ella me dijo que también era una de sus favoritas.

No quería que la tarde terminara, pero tenía que hornear galletas, y Delilah luchaba para mantenerse despierta cinco minutos más. No supe cómo me sentía mientras conducía a casa, pero era una sensación única. Como si hubiera dejado todo por estar allí más tiempo, pero no podía. No era el lugar correcto, y dado todo por lo que la familia estaba pasando, tampoco era el momento correcto.

No estaba segura de quién estaba con Delilah hoy, pero me preguntaba si estaba bien que fuera allí de nuevo. Aunque sea solo por cinco minutos para ver su sonrisa y saludar. Tenía una hora más para tomar mi decisión, pero estaba casi segura que seguiría adelante con ese plan.

Mis últimas diez galletas fueron vendidas en la última hora, y añadí $72 al tarro de dinero. Era el día quince de veinticuatro, y si mis cálculos eran correctos entonces habré recolectado casi mil dólares para el hospital. Eso era increíble, y estaba tan orgullosa de mí misma por haber llegado a eso, pero el dinero ya no significaba nada para mí.

Había vendido todo cinco minutos antes de terminar, por lo que empaqué mi mesa, le di a las recepcionistas el dinero, y añadí los nuevos deseos al árbol. Las ramas estaban llenándose de muchas notas positivas, mayormente por los deseos inocentes de los niños que conocí.

—¿Bella?

Escuché la voz distante cuando estaba en la despensa, así que no supe quién era hasta que salí.

Edward se encontraba donde había estado mi mesa, y miraba alrededor de la recepción casi como si estuviera intentando encontrarme.

—Hola —dije.

El hombre se sobresaltó ligeramente, pero entonces me dio una sonrisa gentil.

—Pensé que te habías ido, pero entonces vi tu cartera —dijo mientras señalaba mi pila de cosas.

—Llegaste justo a tiempo —respondí.

No estaba segura de qué hacer, así que me coloqué la chaqueta solo para ocupar mis manos.

—Eh, yo... —masculló Edward—. Quería agradecerte por estar allí para Delilah recientemente. Ella ha mostrado una gran mejora, y siento que has tenido mucho que ver con eso.

Un dolor recorrió mi pecho al escuchas sus palabras emocionales.

—No necesitas agradecerme. —Sonreí—. Delilah hizo todo eso por su cuenta, porque ella es la niña más fuerte que he conocido.

—Aprecio lo que dices, pero aún así tuviste mucho que ver con ello.

Me encogí de hombros, insegura de qué más se suponía que dijera o hiciera.

—¿Quieres, eh, ir a tomar un café? —sugirió—. Quiero agradecerte de alguna forma, pero no puedo abandonar realmente el... ya sabes, el hospital, ahora mismo.

Tenía que admitirlo. Edward era adorable cuando murmuraba.

—¿Qué tal si tomamos un café, pero dejos los agradecimientos aquí? —Sonreí.

—Hecho.


Para las que preguntan sobre si tiene final feliz, ¿cuándo les traje una que no lo tenga? ;)