Capítulo 2
—¿Dónde conseguiste esto?— La pregunta sonó dura, áspera, exigente.
Tenía la total atención de Sasuke ahora.
—De un admirador—, dijo Sakura. —Al menos así es como firmaba la carta. "De alguien que la quiere bien". La gramática indica que el escritor no es una persona culta, bueno, al menos recibió suficiente educación como para escribir una carta, pero obviamente ella no asistió a la escuela hasta terminarla. Creo que es la letra de una mujer…
—¿Alguien te la envió?— interrumpió Sasuke. —Es eso lo que has venido a decirme?
—En efecto. Por suerte para ti, estaba sola en la mesa del desayuno cuando la abrí. Mi padre clasificaba setas. Con el cocinero, que no pretendía tanto
clasificarlas como apartarlas para la cena.
—¿Dónde está el sobre?
Sasuke obviamente esperaba que ella le entregara todo, pero eso estropearía sus planes.
—El sobre no revelaba mucho—, dijo Sakura. —Fue entregada en mano, sin sello, traída a Llenaren desde la estación de ferrocarril. Al jefe de estación, se la dio un maquinista, que dijo que un muchacho se la había entregado en Edimburgo. Sólo
había una línea escrita en el sobre: le fue pasada a él por un muchacho de reparto en Edimburgo. Sólo había una línea escrita en el sobre "A lady Sakura Haruno, Glenarden, cerca de Aberdeen, Escocia". Todo el mundo me conoce y sabe donde vivo, así que aunque el remitente la hubiera dejado caer en algún sitio entre Edimburgo y Aberdeen, me habría llegado. Finalmente.
Las cejas de Sasuke se elevaron mientras la escuchaba, otra vez le recordaba a su padre.
Hacía tiempo un retrato del hombre había estado colgado en ese cuarto encima de la chimenea, pero no estaba allí ahora, gracias al Cielo.
Sasuke lo debía haber llevado al desván, o quizás lo hubiera quemado. Sakura lo habría quemado.
—¿Y el muchacho que lo entregó en Edimburgo?—, preguntó Sasuke.
—No tenía ni el tiempo ni los recursos necesarios para llevar a cabo tal
investigación—, dijo Sakura, retirando su mirada de la chimenea. Un paisaje de un hombre vestido con kilt que pescaba en las Highlands, pintado por Sai, estaba colgado ahora allí. —Me gasté todo nuestro dinero en billetes de tren a Londres, para venir a decirte que me gustaría investigar este asunto para ti. Si me proporcionas los fondos y un pequeño sueldo.
Su mirada se posó de nuevo en ella, aguda y oscura.
—Un sueldo.
—Sí, en efecto. Esta era la proposición comercial que te mencioné. Quiero que me des un trabajo.
Sasuke estaba silencioso, el tictac del gran reloj al otro lado del cuarto se escuchaba muy alto en la calma.
Estaba inquieta por estar en la misma habitación que él, en una habitación
cerrada, no porque pareciera que la estaba evaluando mirándola fijamente.
No, lo que la inquietaba era estar a solas con Sasuke, el hombre de quien había estado locamente enamorada una vez.
Había sido un hombre sumamente guapo, bromista y tierno, y la había cortejado con un vigor que la había dejado sin aliento. Se había enamorado de él rápidamente, y no estaba segura que hubiera dejado nunca de estar enamorada de él.
Pero el Sasuke al que se enfrentaba hoy era un hombre diferente de aquel al que había estado prometida, y eso la preocupaba.
El Sasuke de risa fácil, que estaba
excitado y contento con la vida, había desaparecido. En su lugar había un hombre más difícil y comedido que antes. Había visto demasiadas tragedias, demasiadas muertes, demasiadas pérdidas.
El cotilleo y los periódicos habían comentado que Sasuke se había alegrado de librarse de Lady Shizune, su esposa, pero Sakura sabía la verdad.
La triste luz que había ahora en los ojos de Sasuke venía de esa pena.
—Un trabajo—, decía Sasuke. —¿Qué has hecho hasta ahora, Sakura?
—¿Hasta ahora? Endeudarnos hasta las cejas, por supuesto—. Se rió de su
broma. —Completamente en serio, Sasuke, necesitamos el dinero. Quiero mucho a mi padre, pero es muy poco práctico. Cree que todavía pagamos los salarios del personal, pero la verdad es que trabajan y nos cuidan porque se compadecen de nosotros. Nuestra comida viene de los huertos de su familia o de la caridad de los aldeanos. Creen que no lo sabemos. Me puedes considerar una ayudante de un secretario o algo así, si quieres. Estoy segura de que tienes varios de esos.
Sasuke examinó los decididos ojos verdes que habían frecuentado sus sueños durante años y sintió que algo se rompía dentro de él.
Había venido como respuesta a una oración. Sasuke había planeado viajar a Glenarden pronto para convencerla de que se casara con él, sabiendo que el culmen de su carrera estaba cerca.
Había querido ganarlo todo y presentárselo a ella en un plato, para que fuera incapaz de negarse. La haría ver que le necesitaba tanto como él a ella. Pero quizás esto fuera mejor. Si la introdujera en su vida ahora, se acostumbraría tanto a estar allí que cuando le entregara su mano, no podría decir que no.
Podría encontrar un pequeño empleo nominal para ella, permitirle que siguiera las pistas del que tenía las fotografías, no estaba equivocada, la oposición lograría ponerle en ridículo si las obtenía, y mientras cerraría su puño sobre ella, tan despacio que no se daría cuenta de que la tenía atrapada hasta que fuera demasiado tarde.
Sakura estaría con él, a su lado, como estaba ahora, sonriéndole con sus labios rojos. Cada día, y cada noche.
Cada noche.
—¿Sasuke?— Sakura agitó una mano delante de su cara. —¿Estás distraído,
verdad?
Sasuke volvió a enfocar su mirada en ella, en la curva besable de su boca, la
pequeña sonrisa que ya una vez hizo que deseara tenerla... De todos los modos posibles.
Sakura metió la fotografía en su bolsillo.
—Bueno, en cuanto al sueldo, no tiene que ser grande. Algo para mantenernos, eso es todo. Y los alojamientos para mi padre y para mí mientras estemos en Londres. Unos pequeños cuartos nos servirán, estamos acostumbrados a cuidarnos nosotros mismos, siempre que la vecindad no sea demasiado sórdida.
Mi padre andará por todos los sitios y no quiero que los gamberros de la calle le molesten. Empezaría por tratar de explicarles como se fabrican los cuchillos con los que pretenden apuñalarle y acabaría con una conferencia sobre como templar el acero.
—Saku…
Sakura continuó, sin hacerle caso.
—Si no deseas confesar que me has contratado para investigar quién envió la fotografía, y puedo entender que quieras ser cauteloso, puedes decir a la gente que me has contratado para hacer algo más. Mecanografiar tus cartas, quizás. Realmente aprendí a usar una máquina de mecanografía. La administradora de correos del pueblo tenía una. Se ofreció a enseñar a solteronas a escribir a máquina de modo que pudieran ser capaces de encontrar un trabajo en la ciudad
en vez de esperar en vano a un hombre que les hiciera caso y se casase con ellas. Por supuesto, no me podía trasladar a una ciudad sin mi padre, que nunca abandona Glenarden más que para unas pocas semanas, pero aprendí esa habilidad de todos modos, sin saber cuándo me podría ser útil. Y ahora puede. Y de todos modos, me debes dar un trabajo que me permita ganar dinero para volver a Aberdeen.
(N. de T: La primera máquina de escribir se comercializó en 1870).
—¡Sakura!
Sasuke oyó que su grito llenaba el cuarto, pero a veces la única manera de que se callara era gritar.
Parpadeó.
—¿Qué?
Un rizo se cayó de debajo de su sombrero y serpenteó hacia su hombro, una franja de oro rosa en su blusa de sarga.
Sasuke contuvo el aliento.
—Permíteme pensar un momento.
—Sí, sé que puedo hablar muy deprisa. A mi padre no le importa. Estoy un poco nerviosa, debo confesarlo. Estaba comprometida contigo y ahora estamos aquí, parecemos dos viejos amigos.
Dios Santo.
—No somos amigos.
—Lo sé. Dije que "parecemos" viejos amigos. Un viejo amigo que le pide al otro un trabajo. He venido acá movida por la desesperación.
Podría decir eso, pero su sonrisa, su mirada abierta, hablaba de impaciencia y determinación.
Una vez Sasuke había probado esa impaciencia, ese entusiasmo por la vida, y tenía muchas ganas de probarlo otra vez.
Para desabotonar su blusa, abrirla despacio, inclinarse y lamer su garganta. Mirar sus suaves ojos mientras besaba la esquina de su boca. Sakura había estado preparada. Tan amorosa y fuerte.
La necesidad oscura se removió de los sitios en los que la había sepultado
durante mucho tiempo, atormentadora y fuerte. Le decía que se podría inclinar hacia Sakura ahora mismo, colocar sus brazos por detrás de ella en los brazos de la silla en la que ella se sentaba y, tomar su boca en un beso largo, profundo…
Sakura se inclinó hacia delante, el cuello de su vestido raspaba su suave barbilla.
—Buscaré las fotografías mientras dices a tu personal que me has contratado para ayudarte con tu montón de correspondencia. Sabes que necesitas a todos los que puedan ayudarte con tu interminable objetivo de lograr ser primer ministro. ¿Puedo deducir que estás cerca?
—Sí—, dijo Sasuke.
Una respuesta tan corta para resumir sus años de trabajo y esmero, sus innumerables viajes para aquilatar el estado del mundo, los políticos le había cortejado sin parar en reuniones interminables en el castillo Kilmorgan.
Pero sentía la necesidad, la obsesión hervía en su cerebro. Le conducía cada día de su vida.
La mirada de Sakura se suavizó.
—Pareces más vivo así—, dijo. —Como acostumbrabas a ser. Salvaje e imparable. Me gusta muchísimo verte así.
Sintió su pecho apretado.
—¿Cómo ahora, muchacha?
—La verdad es que has estado un poco frío este último tiempo, pero me alegro mucho de ver que el fuego todavía está en tu interior—. Sakura se recostó, nuevamente práctica. —¿Bueno, entonces, en cuanto a las fotografías, cuántas te hicieron en total?
Sasuke sintió que sus dedos presionaban el escritorio, como si atravesaran la madera.
—Veinte.
—¿Tantas? Me pregunto si esa persona las tiene todas, y de dónde las sacó. ¿Quién las hizo? ¿La Sra. Terumi?
—Sí—. No quería hablar de la Sra. Terumi con ella. Ni ahora, ni nunca.
—Lo sospechaba. Aunque quizás quienquiera que las envía las encontrara en una tienda. Las tiendas venden fotografías a coleccionistas, de todas las clases de personas y todas las clases de temas. Supongo que éstas habrían salido a la luz mucho antes de ser así, pero…
—Sakura.
—¿Qué?
Sasuke controló su carácter.
—Si dejas de hablar por espacio de un minuto, te podré decir que te daré el
empleo.
Los ojos de Sakura se agrandaron.
—Bien, gracias. Debo decir, que esperaba tener que argumentar mucho más…
—Cállate. No he acabado. No os instalaré a tu padre y a ti en uno de esos ruinosos cuartos de Bloomsbury. Os quedareis aquí en casa, los dos.
Ahora su mirada parecía agitada. Bueno, podría investigar también ahí y habría recorrido parte de su camino.
—¿Aquí? No seas ridículo. No hay ninguna necesidad.
Era necesario. Ella había ido por su propio pie a su trampa, no la soltaría ni la dejaría irse.
—No estoy tan tonto como para dejar que deis vueltas por Londres, ni tú ni tu padre estáis acostumbrados a este mundo. Tengo muchos cuartos aquí, y
raramente estoy en casa. Dispondrás de toda la casa la mayoría del tiempo.
Wilfred es mi secretario ahora, y te podrá decir lo que hay que hacer. Tómalo o déjalo, Saku.
Sakura, posiblemente por primera vez en su vida, no sabía qué decir. Sasuke le ofrecía lo que quería, la posibilidad de ayudarle, y no había exagerado, poder conseguir un poco del dinero que necesitaban. Su padre raramente percibía su pobreza, pero lamentablemente, la pobreza los percibía a ellos.
Pero vivir en la casa de Sasuke, respirar el mismo aire que él cada noche…
Sakura no estaba segura de poder hacerlo sin volverse loca. Habían pasado años desde que su compromiso se había deshecho, pero de algún modo, el tiempo nunca sería suficiente.
Sasuke había vuelto sus cartas. Le proporcionaría el dinero para no pasar hambre, pero en sus términos, a su manera. Había estado equivocada al creer que no lo haría.
El silencio se prolongó.
Ben giró su gran cuerpo, gruño un poco y volvió a dormirse.
—¿Estamos de acuerdo?— Sasuke extendió sus manos en el escritorio.
Manos firmes, fuertes con dedos callosos. Las manos de alguien que trabajaba mucho pero que podían ser increíblemente tiernas en el cuerpo de una mujer.
—Realmente, me gustaría mandarte al infierno e irme enfadada, pero como
necesito el trabajo, supongo que debo decir que sí.
—Puedes decir lo que desees.
Se miraron fijamente a los ojos. Sakura evaluaba su mirada de color oscuro, casi onix.
—Realmente espero que tengas la intención de pasar bastante tiempo fuera—,dijo.
Un músculo se contrajo en su mentón.
—Enviaré a alguien para que vaya a por tu padre al museo, y te puedes mudar
inmediatamente.
Sakura pasó su dedo por la lisa superficie del escritorio. El cuarto era oscuro con una decadente elegancia, pero poco acogedor. Devolvió su mano a su regazo y miró otra vez a los ojos a Sasuke, nunca resultaba una tarea fácil.
—Eso debería ser aceptable—, dijo.
—¿El va a hacer qué?— Sai Uchiha le dio la vuelta a su pincel.
Una gota de amarillo Uchiha cayó al suelo a sus pies.
—Papá, debes tener cuidado—, le dijo Aimee de cinco años. —La Sra. Mayhew nos dirá muchas palabrotas si dejas el suelo manchado de pintura.
Sakura acunó al pequeño Robert Uchiha en sus brazos, su pequeño cuerpo caliente apretado contra su pecho.
Eileen, la hija de Sai e Ino, estaba en un capazo al lado del sofá, pero Aimee estaba de pie cerca de Sai, con las manos en su espalda mirando a su padre adoptivo pintar.
—La idea del trabajo es mía—, dijo Sakura. —Puedo escribir a máquina fácilmente y ahorrar dinero para mí y mi padre. Los libros de mi padre son unos trabajos asombrosos, pero como sabes, nadie los compra.
Sai escuchaba su argumentación mirándola fijamente, con la misma intensidad que Sasuke. Llevaba su kilt lleno de pintura como era habitual y también las botas, un pañuelo rojo alrededor de su cabeza para impedir que se le manchara el pelo de pintura. Sakura sabía que a Sai le gustaba pintar sin camisa, pero por deferencia a sus hijos y a Sakura, se había puesto un amplio guardapolvo, muy manchado de pintura.
—¿Pero espera que trabajes para él?
—Realmente, Sai, lo hago contenta. Sasuke necesita mucha ayuda si desea que la coalición de su partido gane. Quiero ayudarle.
—Entonces hace lo que tú quieres. Mi hermano hace las cosas de forma solapada. ¿A qué juega?
—Francamente—. La fotografía pesaba como el plomo en su bolsillo, pero Sasuke le había pedido, y ella había estado de acuerdo con él, que guardaran el asunto en secreto incluida su familia, por el momento. Se enfadarían que alguien pudiera tratar de chantajear a Sasuke, pero también se reirían. Sasuke no tenía ganas de ser el objeto de burla de su familia.
—Quiero el trabajo—, dijo Sakura. —Sabes cómo están las cosas para mi padre y para mí, y no deseo vivir de la caridad de nadie. Piensa que es mi terquedad escocesa.
—Se aprovecha de ti, muchacha.
—Es Sasuke Uchiha. Sabe lo que hace.
Sai la contempló un momento más, entonces tiró su brocha que goteaba en un tarro, y caminó a grandes pasos por la habitación, salió y cerró con un golpe.
Sakura se estremeció, todavía sosteniendo al bebé.
—¡Sai! No hay ninguna necesidad…
Sus palabras quedaron ahogadas por el ruido de las botas de Sai en la escalera.
—Papá está enojado con el tío Sasuke—, dijo Aimee cuando la puerta se abrió despacio otra vez. —Papá a menudo está enojado con el tío Sasuke.
—Esto es porque tu tío Sasuke es exasperante—, dijo Sakura.
Aimee inclinó su cabeza.
—¿Qué significa eso? ¿Exasperante?
Sakura cambió a Robert de postura, ya que se había dormido profundamente
después del arrebato. Abrazarle llenó algo vacío en su corazón.
—Exasperante es cuando tu tío Sasuke te mira como si escuchara tu opinión,
entonces se da la vuelta y hace lo que le complace, pese a lo que tú le hayas
dicho. Sentir como tragas saliva, y aprietas la boca con fuerza, aunque lo que desearías sería gritar. Y saber que gritar y agitar los puños no va a servir de nada. Eso es lo que significa exasperación.
Aimee escuchó, asintió con la cabeza, como si almacenara la información para el futuro. Era la hija adoptiva de Sai e Ino, nacida en Francia, y no había aprendido inglés hasta que tuvo tres años.
El coleccionar nuevas palabras era su
afición. Sakura besó la cabeza de Robert y señaló el sofá a su lado.
—No le des importancia a tu tío Sasuke. Siéntate aquí, Aimee, y cuéntame todo lo que habéis estado haciendo en Londres, tú y tus padres. Y cuando venga mi padre nos hablará de las momias del museo.
—No puedo creerlo, — gritó Sai, su acento escocés resurgía al enfadarse.
Sasuke cerró el gabinete que guardaba el retrato del que no había podido
desprenderse y le miró irritado.
Sai estaba enfadado, con los dedos y la ropa manchados de pintura, el pañuelo agitanado en el pelo. Sasuke sabía que esto pasaría, pero de todos modos se enfureció.
—Le di un empleo nominal con un sueldo y un lugar para vivir—, dijo Sasuke. —He sido muy amable.
—¿Amable? Te oí en Ascot, Sasuke — dijiste que estabas preparado para encontrar una esposa. ¿Es así como piensas hacerlo?
Sasuke se sentó detrás de su escritorio.
—Eso pertenece a mi vida personal, Sai. Mantente alejado.
—¿Personal, verdad? ¿Cuándo te mantuviste tú alejado de mi vida? Cuando Ino me abandonó, me gritaste fieramente. Todos me gritasteis, tú, Naruto e Itachi.
Sai se detuvo.
—Itachi—, dijo.
Una sonrisa se extendió en su cara.
Así era Sai, saltaba de emoción a emoción sin una pausa entre ambas.
— ¿No tengo porqué gritarte, verdad? —preguntó Sai. —Todo lo que tengo que hacer es contarle las cosas a Itachi. Y luego que Dios tenga misericordia de tu alma.
Sasuke no dijo nada, pero sintió un amago de inquietud. Itachi, el hermano Uchiha más joven, no entendía la sutileza.
Podría deletrear la palabra sutileza y recitar lo que significaba según el diccionario, pero Itachi no podía asimilarla, o practicarla o reconocerla en otros.
Una vez que Itachi decidía entrar en acción, ni todos los diablos del infierno o los ángeles del cielo, podían disuadirle de ello.
Sai se rió de él.
—Pobre Sasuke. Tengo ganas de verlo—. Se quitó el pañuelo de la cabeza,
manchándose de pintura el pelo rebelde.
—Estoy contento de que Sakura haya venido para atormentarte. Pero no podrá ser esta noche. Me la llevo a casa, a ella y a su padre conmigo para el té, e Ino hará que se queden después. Ya sabes cómo son las mujeres cuando se ponen a hablar. No paran ante nada hasta caer rendidas.
Sasuke no había planeado quedarse en casa esa noche, pero de repente le disgustó pensar que Sakura dejaría la casa. Si la apartaba de su vista podía desaparecer, volver a Glenarden, su refugio. Un lugar que, a pesar de sus derrumbadas paredes, siempre parecía impedir la entrada a Sasuke.
—Creía que estaban los decoradores allí— refunfuñó.
—Lo están, pero nos apretaremos. Sólo me afectan sus golpes cuando trato de pintar. Saludaré a Ino en tu nombre—. Sai miró intencionadamente a Sasuke.—No estás invitado.
—Iba a salir de todos modos. ¿Harás que Sakura vuelva a casa sin peligro,
verdad? Londres es un lugar peligroso.
—Por supuesto. Les escoltaré yo mismo.
Sasuke se relajó un poco, Sai lo haría, pero entonces la sonrisa de Sai desapareció.
Se acercó a Sasuke y se puso justo enfrente, mirándole desde arriba, desde la media pulgada que le llevaba a su hermano mayor.
—No le rompas el corazón otra vez— dijo Sai. —Si lo haces, te golpearé con tanta fuerza que tendrás que decir tus discursos en el Parlamento en una silla de ruedas.
Sasuke trató de recuperar su tono de voz habitual, sin lograrlo completamente.
—Sólo vigila que vuelva a casa.
—Somos Uchihas— dijo Sai, con mirada tranquila. —Recuerda que rompemos lo que tocamos. — Pinchó con un dedo a Sasuke. —No estropees esto.
Sasuke no contestó, y finalmente, Sai se marchó.
Sasuke cogió una llave del cajón de su escritorio, volvió al gabinete que guardaba el cuadro de su padre y lo cerró herméticamente.
La vida en la casa de Sasuke resultó menos angustiosa de lo que Sakura había temido, mayormente porque Sasuke estaba raramente en ella.
Sasuke explicó la presencia de Sakura en Londres haciendo correr el cuento de que el Conde Haruno había ido a Londres para iniciar una investigación en el Museo británico para su siguiente libro. Sasuke había ofrecido al empobrecido Haruno un cuarto en su casa, y naturalmente, el conde había ido acompañado por su hija y asistente, Lady Sakura.
Sai e Ino ayudaron a impedir que las lenguas calumniaran, mudándose con los niños y todo, un día después de la llegada de Sakura, sus decoradores habían comenzado con los dormitorios.
Sasuke dijo a Wilfred que Sakura iba a mecanografiar las cartas, en la máquina de escribir Remington que había comprado para Wilfred en América.
También abriría y clasificaría la correspondencia social de Sasuke, ayudaría a Wilfred a arreglar su
calendario social y ayudaría a Ino a organizar los eventos de Sasuke.
Wilfred asintió con la cabeza sin que le cambiara mucho la expresión, estaba acostumbrado a los pedidos arbitrarios y a veces extraños de Sasuke.
Lord Haruno se adaptó a la vida en la gran casa de Grosvenor Square de Sasuke sobre la marcha, pero Sakura encontró difícil acostumbrarse a todo el esplendor.
En Glenarden, la casa de Haruno cerca de Aberdeen, uno nunca sabía cuando un ladrillo se caería de una pared o el agua de la lluvia inundaría un pasillo.
Aquí, los ladrillos no tenían permitido el caerse, ni el agua de la lluvia gotear.
Las tranquilas y bien entrenadas criadas, rondaban en torno a Sakura pendientes de su llamada, y los lacayos corrían para abrir cada puerta por la que pasaba.
Lord Haruno, por otra parte, se divertía enormemente. Sin hacer caso de los
horarios habituales de la casa, se levantaba cuando quería, invadía la cocina cuando tenía hambre, luego recogía sus cuadernos y lápices en una pequeña mochila y caminaba solo por todo Londres.
El mayordomo trató de explicarle que
Sasuke había dispuesto un carruaje para llevarle dondequiera que deseara, pero Lord Haruno le ignoró y anduvo al museo cada día o cogía un ómnibus.
Descubrió que amaba el ómnibus.
—Sólo imagínate, Sakura—, dijo Haruno cuando llegó a casa muy tarde en la segunda noche de su estancia. —Puedes ir a cualquier parte que desees por un penique. Y ver a muchas personas. Es tremendamente divertido después de lo aislados que estábamos en casa.
—Por el amor de Dios, padre, no se lo digas a Sasuke—, dijo Sakura. —Espera que te comportes como un par del reino y viajes con todo lujo.
—¿Por qué? Veo mucho más de la ciudad de esta forma. ¿Sabes, alguien en Covent Garden trató de robar en mi bolsillo? Nadie había escogido mi bolsillo antes. El ladrón era sólo un niño, ¿puedes creerlo? Una niña. Le pedí perdón porque mi bolsillo estuviera tan vacío, y luego le di el penique que guardaba para el ómnibus.
—¿Qué demonios hacías en Covent
Garden?— preguntó Sakura preocupada.
—Eso no está cerca del museo.
—Lo sé, querida. Tomé una bocacalle incorrecta y caminé mucho. Por eso llego a casa tan tarde. Tuve que preguntar a muchos policías las direcciones hasta que encontré el camino.
—Si fueras en carruaje, no te perderías—, dijo Sakura, abrazando a su padre. —Ni escogerían tus bolsillos. Y no me preocuparía tanto.
—Tonterías, querida, los policías son de lo más serviciales. No tienes por qué preocuparte por tu viejo padre. Estaré bien.
Había un destello en sus ojos, ese que la enfurecía. Sakura pensaba que su padre sabía muy bien lo que hacía, pero que jugaría al anciano distraído tanto como le apeteciera.
Mientras su padre se entretenía en el museo o viajando en ómnibus, Sakura
hacía sus deberes aparentes. Encontró que disfrutaba escribiendo a máquina las cartas que Wilfred le daba, porque le permitían vislumbrar la vida de Sasuke, al menos la formal.
El Duque está encantado de aceptar la invitación del embajador a la recepción al aire libre el próximo martes. O, El Duque presenta sus excusas por no resultarle posible asistir a la reunión del viernes por la noche. O, Su Gracia agradece a su señoría el préstamo del libro y lo devuelve con su gratitud.
Demasiado cortés y muy diferente del estilo que usaba Sasuke.
Pero realmente él no escribía las respuestas, garabateaba sí o no en las cartas que Wilfred examinaba y le pasaba.
Wilfred redactaba las respuestas, y Sakura las escribía a máquina.
Sakura podría haberse arreglado pronto con la redacción de las respuestas por sí mismas, pero Wilfred, viejo orgulloso, creía que ese era uno de los pilares de su vida, por lo que Sakura no insistió.
Menos mal.
Estaría tentada de escribir a máquina cosas como: Su Gracia presenta sus excusas por no asistir a su baile de caridad. Por supuesto que no irá, vaca loca, después de que le llamara mierda escocesa. Sí, oí como lo decía en Edimburgo el verano pasado cuando regresó. Realmente debería refrenar su lengua. No, era mejor que Wilfred redactara las cartas.
En cuanto a las fotografías, Sakura reflexionó sobre qué hacer.
Sasuke le había dicho que había veinte fotografías en total. Habían enviado a Sakura sólo una, no tenía forma de saber si el admirador las tenía todas o sólo ésta. ¿Y si sólo tenía esa, dónde estaban las demás?
Por la noche, sólo en su habitación, sacaría la fotografía y la estudiaría.
La postura mostraba a Sasuke en el perfil perfecto. La mano que apretaba el borde del escritorio, mostraba todos los músculos tensos de su brazo, el hombro fuerte y redondeado. Los muslos desnudos de Sasuke mostraban la nervuda fuerza, y la cabeza doblada meditativa no era de ningún modo débil.
Ese era el Sasuke que Sakura había conocido hacía años, con el cual había accedido sin vacilar a casarse. Había tenido el cuerpo de un dios, una sonrisa que derretía su corazón, un brillo pecador en sus ojos dedicado a ella y sólo a ella.
Siempre había estado orgulloso de su físico, se mantenía en forma con mucha equitación y andar, boxeo, remo, o cualquier otro deporte que pudiera practicar en ese momento.
Por lo que había podido vislumbrar debajo de su kilt y su chaqueta, ahora era más musculoso y sólido que en la fotografía. Jugó con la fantasía de hacerle ahora una fotografía, y comparar entre las dos.
La mirada de Sakura finalmente bajó hasta la cosa hacia la que fingía no sentir interés. En el cuadro, el falo de Sasuke estaba parcialmente tapado por su muslo, pero Sakura lo podía ver, sin erección, pero lleno y grande.
Recordó la primera vez que había visto a Sasuke desnudo, en la pérgola de
Kilmorgan, una locura construida en un acantilado con una amplia visión del mar.
Sasuke se había quitado su kilt en último lugar, su sonrisa perversa cuando Sakura vio que no llevaba nada debajo. Se había reído cuando su mirada resbaló hacia abajo por su cuerpo y vio su erección y cuánto la deseaba.
Nunca había visto un hombre desnudo antes, al menos ninguno como ese hombre. Recordó el sonido de su corazón, el rubor de su piel, el cálido orgullo de saber que el evasivo Lord Sasuke Uchiha le pertenecía.
Había acostado a Sakura en la manta que había cogido previsoramente para la excursión y le había permitido explorar su cuerpo. Había enseñado a Sakura todo lo que ella deseaba. Había atinado en todo.
La sonrisa de Sasuke, su risa baja, el modo increíblemente sensible en que la había tocado habían hecho que se enamorara locamente de él. Sakura creyó que era la más afortunada de las mujeres, y lo había sido.
Sakura suspiró y metió la fotografía y su diario, en su escondrijo.
Llevaba viviendo en la casa de Sasuke tres días cuando llegó la segunda fotografía, se la entregaron en mano directamente a ella.
La historia pertenece a la autora del Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
